Esa perra rabiosa
se
alimenta con nuestra sed
y
engorda con nuestra hambre
la imaginamos despedazando a otros
pero
nos devora a nosotros
Si
le disparamos un tiro en la frente
resucita
de sus cenizas
cual
Ave Fénix maldita
¿Cómo
librarnos de ella?
Una bitácora del día a día, mes a mes, año a año, con textos incómodos o inconexos, de esos que no encuentran cabida en otro sitio, hasta que la muerte u otro bicho o alimaña se aparezca o nos separe... perecgeorges@gmail.com
Esa perra rabiosa
se
alimenta con nuestra sed
y
engorda con nuestra hambre
la imaginamos despedazando a otros
pero
nos devora a nosotros
Si
le disparamos un tiro en la frente
resucita
de sus cenizas
cual
Ave Fénix maldita
¿Cómo
librarnos de ella?
Una civilización que hace de lo desechable un valor es, necesariamente, una civilizacion desechable.
Puesto ninguna inteligencia artificial posee nada que se asemeje ni remotamente a la subjetividad, es imposible su resonancia con los seres humanos. Nuestra interacción con los modelos de lenguaje es estrictamente mecánica, aunque se trate de una “mecánica semiótica” o semiológica, es decir, basada en los significados de las palabras. Con los modelos de lenguaje y los centros de datos podemos intercambiar información, pero jamás tener resonancia. Sin embargo, los modelos son diseñados para producir la ilusión de que tal resonancia se produce, y de que con ellos podemos satisfacer una de las más profundas necesidades y móviles humanos: el anhelo de comunicación. De ahí la adicción que producen. Irónicamente, la adicción no hace más que alejarnos y desconectarnos más y más de nuestros semejantes.
A veces recuerdo que estoy vivo gracias a un avanzado dispositivo tecnológico conectado a mi corazón. Entonces me maravillo.
Otras veces recuerdo
que estoy vivo gracias a un avanzado dispositivo tecnológico conectado a mi corazón, y me horrorizo.
Pero lo más extraordinario es caer en cuenta de que siempre terminamos por normalizar lo extraordinario, hasta la vida misma.
En ocasiones, leyendo textos sobre historia antigua ‒reinos caídos, sublevaciones, imperios emergentes, ambiciones, intrigas y traiciones palaciegas‒, uno tiene la impresión de que aquello pudo ser imaginado y escrito por alguien, incluso por uno mismo. Esto no es casual, antes bien, responde al hecho de que la historia es, en definitiva, el escenario donde la imaginación humana se proyecta, se realiza o se manifiesta… Imaginación e historia se espejan, pues en esta se materializan los anhelos, deseos y pasiones humanas, es decir, los delirios de la imaginación.
| Simone Weil. Foto tomada de la Web. |
Quizás no fue la primera hacerlo, pero creo que nadie, como Simone Weil, describió la desventura de estar sometida como obrera a las líneas de producción industrial, y el sentimiento de enajenación asociado a ello. Bajo ese sentimiento subyace la sensación de estar “trabajando para las máquinas”, es decir, subordinada a ellas y sujeta al ritmo impuesto por ellas. Los obreros son, literalmente, “devorados” por las máquinas y convertidos en un engranaje más de su funcionamiento. La era digital, particularmente con las inteligencias artificiales, ha refinado el mecanismo, al punto de que hoy, buena parte de la humanidad (si no la mayoría) trabajamos para las corporaciones creando valor y rentabilidad, sin ser conscientes de ello ni recibir a cambio un salario. La sofisticación es tanta, que trabajamos para los algoritmos al tiempo que nos servimos de ellos; es más, sirviéndonos de ellos, los perfeccionamos y creamos valor y rentabilidad para sus dueños.