No recuerdo ahora dónde leí que los seres humanos estamos hechos para soportar cierto grado de incertidumbre, pero no demasiada, y cierto grado de certidumbres, pero tampoco en grado absoluto. Cualquiera de los extremos nos precipita en la ansiedad, la enfermedad y, eventualmente, hasta en la muerte. Puede haber sido Sábato, o tal vez Kundera, quien lo escribió. En cualquier caso, a estas alturas de mi vida, tengo certeza absoluta de que los seres humanos, casi sin excepciones, somos capaces de las mayores crueldades, de las más infames canalladas; basta que las circunstancias nos coloquen en la situación apropiada para que nuestra locura sádica y destructiva se desate. La historia abunda en ejemplos. La antigua y la de hoy. Certeza absoluta es también que los mismos hombres y mujeres capaces de las mayores crueldades y horrores, pueden obrar otras veces inspirados por el amor, el altruismo y la generosidad. Nadie, o casi nadie, es siempre y en todas las circunstancias una sola cosa. La incertidumbre, entonces, surge de que ignoramos si este hombre concreto o esta mujer concreta que está frente a nosotros en este momento, actuará movido por un impulso o por el otro. Se supone que la ley y la civilización brindan algunas garantías de que lo peor no ocurrirá en cualquier momento, pero como es evidente, las fronteras son frágiles y rápidamente los santos pueden convertirse en bestias y las bestias en santos… Más aun ‒y sobre todo‒ cuando están convencidos de que actúan en defensa de una “causa justa”.
MUNDICIA / Rodrigo Soto
Una bitácora del día a día, mes a mes, año a año, con textos incómodos o inconexos, de esos que no encuentran cabida en otro sitio, hasta que la muerte u otro bicho o alimaña se aparezca o nos separe... perecgeorges@gmail.com
martes, abril 21, 2026
jueves, marzo 05, 2026
AMANECE
Amanece
La Abuela reaviva el fuego
del día
Las llamas alumbran
calientan y cantan
El agua hierve
y el aroma del humo inunda la casa
La vida vuelve
como un animal que se despereza
La majestad del sol
apenas se anuncia
y cada cosa que existe
despierta tocada por la gracia
jueves, diciembre 18, 2025
EL OUROBOROS TERMODINÁMICO
Un par de semanas de dedicación al estudio de la Termodinámica (no, obviamente,
desde la perspectiva de un especialista, sino de quien busca una comprensión básica
del tema) resultaron una experiencia fascinante. Mi foco de atención fue la
Segunda Ley de la Termodinámica, también llamada “Ley de la Entropía” que, en
forma sencilla, dice más o menos lo siguiente: puesto que, hasta donde sabemos,
el universo es un sistema aislado que no intercambia energía con otros sistemas
(es “el único” universo), debemos asumir que toda su energía está aquí, transformándose,
desde el primer momento de su formación, es decir, que su energía se degrada y su
entropía aumenta constantemente en el tiempo.
Que la entropía del universo aumenta significa que, a
medida que el tiempo avanza, la energía que contiene y lo conforma explora, adopta
y agota diversas formas para disiparse. En otras palabras, el universo como un
todo es un conjunto de sistemas y de procesos que tienen lugar para disipar o degradar
la energía potencial contenida en él. La entropía es el resultado de ese
proceso, es decir, lo que queda a medida que la energía contenida en el
sistema, agota sus formas para continuar disipando o degradando su potencial
energético.
Una consecuencia de este razonamiento, es que llegará un
momento en que el universo en su conjunto habrá agotado todas sus posibilidades
de transformación, es decir, un momento en que todo cuanto exista tendrá
exactamente la misma temperatura y la misma forma (o, más precisamente, la
misma “ausencia de forma”), con lo cual todos los procesos de creación y disipación
habrán cesado. Es lo que los especialistas llaman “la muerte térmica” del
universo.
¿Cómo es posible que la entropía del universo aumente
constantemente, si todo cuanto ocurre a nuestro alrededor nos revela más bien
fenómenos de creación de “orden” (u organización) de la materia y la energía?
¿No son acaso las galaxias conglomerados ordenados de miles de millones de
estrellas? ¿Y no son las estrellas aglomeraciones inconmensurables de átomos
que, sometidos a presiones impensables, generan nuevas formas de materia como
los núcleos pesados y liberan energía organizada como radiaciones de luz? Y la
vida misma, ¿no es también un maravilloso fenómeno de organización de átomos, moléculas
y tejidos, que desemboca en la aparición de organismos increíblemente
complejos?
Estos fenómenos son la realidad observable, pero para
que esto ocurra, la energía que los impulsa ha perdido parte de su potencial
transformador (se ha degradado), y parte de ella se ha disipado en el espacio como
calor irrecuperable. Los fenómenos complejos (de los átomos a las galaxias a la
vida) ordenan u organizan materia y energía, pero en ese proceso, hay una
pérdida (disipación) de calor/energía, que se pierde en el universo.
Más todavía: desde una perspectiva termodinámica, el
objetivo de todos estos fenómenos es, precisamente, disipar la energía: galaxias,
estrellas, planetas, cometas, púlsares, organismos biológicos, etc., no son (o
somos) otra cosa que formas en que, impulsada por las leyes de la Fisica, la materia
se organiza con miras a disipar de la manera más eficiente posible la energía
del cosmos.
Ahora bien, si el universo en su conjunto es un
sistema aislado que no intercambia energía con “otros universos”, todo lo que
observamos en él son, por el contrario, “sistemas abiertos” que constantemente
están intercambiando energía y/o materia con su entorno.
La radiación electromagnética que emana de las
estrellas, por ejemplo, es la forma en que se transforma y dispersa la energía
que se genera dentro de ellas, y para formarse, las estrellas debieron
aglutinar cantidades ingentes de gases y polvo estelar. En el orden biológico
ocurre lo mismo: mediante la fotosíntesis, las plantas transforman una parte de
la energía que reciben del sol en azúcares, mientras otra parte de esa energía
se dispersa o se pierde en el espacio como calor inutilizable.
Si el universo es el único sistema aislado, todo lo
demás ocurre o tiene lugar en un estado de desequilibrio energético y calórico
en el que, por una parte, algo (un sistema) toma materia o energía de su
entorno para organizarla y degradarla o disiparla de la manera más eficiente
posible. Este movimiento de tomar energía, organizarla y disiparla se observa
en todos los planos de la realidad, desde la mecánica cuántica de partículas, a
la física atómica, a la química molecular, a la vida orgánica y los sistemas
sociales. Cada uno de estos planos, niveles o escalas de la realidad presupone e
incorpora a los anteriores.
Por ello, desde la perspectiva de la termodinámica y,
más específicamente, de los sistemas complejos o Ciencia de la Complejidad, puede
decirse que el mundo observable se organiza de manera crecientemente compleja
(lo que los especialistas llaman “sistemas anidados”). Los estudiosos de la
Complejidad han identificado patrones mediante los cuales los fenómenos (físicos,
biológicos, sociales) adquieren complejidad o se degradan hacia formas menos
complejas.
El primero y más importante de estos patrones, revela
que cuando aumenta la complejidad de un sistema, emergen características que
resultaban impredecibles a partir de sus elementos constituyentes. Por ello,
desde la perspectiva de la Complejidad y los sistemas complejos, el todo es
siempre más complejo que las partes (es imposible predecir las cualidades de un
sistema complejo a partir de los elementos que intervienen en él). Estas “cualidades
o patrones emergentes” son el núcleo mismo del estudio de la Complejidad.
Además, en su tránsito hacia formas de organización más
complejas, los sistemas parecen tantear o explorar distintas alternativas antes
de encontrar un patrón estable. Los especialistas llaman a esto “espacio de
fases” o “cuenca de atracción”, y al estado de estabilidad, lo denominan “atractor”.
Desde esta perspectiva, y para poner un ejemplo, los
homínidos y las otras especies homo fueron el tránsito por el “espacio
de fases” o la “cuenca de atracción” hacia el homo sapiens, que ha
resultado un estado de relativa estabilidad del género homo. Pero, atención: no es que la especie humana
fuera el destino teleológico de los homínidos o estuviera inscrita en la
evolución de la vida terrestre, más bien las condiciones de la biosfera y los
ecosistemas existentes determinaron las condiciones para que el homo sapiens
fuera una adaptación exitosa y eficiente, es decir, las condiciones constriñen
la evolución de los sistemas hacia formas estables de mayor complejidad.
Pero volvamos a la termodinámica. Si todo fenómeno de
creación de orden local implica forzosamente degradación de la energía
potencial del sistema y aumento de la entropía general, hemos de concluir, en
primer lugar, que todo fenómeno de creación es, en definitiva, un fenómeno de
transformación y, además, un fenómeno de disipación energética y, por tanto, de
“destrucción” del cosmos.
Al tiempo que el universo está en un proceso de
constante transformación, degrada o disipa su potencial energético y aumenta su
entropía. No hay creación sin destrucción; creación y destrucción son fenómenos
correlativos y tienen lugar en el mismo acto y en el mismo momento.
Esta conclusión desafía nuestra lógica y el entendimiento científico del
mundo, mas sin embargo, fue captada y descrita con precisión por símbolos o
sistemas filosófico-religiosos desde la antigüedad.
Dos ejemplos sobresalientes de ello son el Trimurti o
la Danza Nataraja, de la cosmovisión védica hindú, donde el cosmos es el
resultado de una eterna danza en la que intervienen Brahma, el Creador, Vishnu,
el Preservador, y Shiva, el Destructor. Todo lo visible es el resultado de esta
Danza cósmica en la que permanentemente participan los tres Principios.
No menos preciso e igualmente fascinante y poético,
resulta el antiguo símbolo del Ouroboros, el Dragón que se Devora, de origen al
parecer egipcio aunque con resonancias y equivalentes en muchas culturas en todo
el orbe, y que ejerció particular fascinación a los alquimistas europeos. En el
Ouroboros vemos con claridad la imagen de algo que se alimenta de sí mismo y
que, por tanto, toma forma al tiempo que se consume o se destruye. Si todo
cuanto ocurre o existe tiene la finalidad de degradar la energía potencial de
un sistema (el universo, en última instancia), es también una manifestación o
una materialización del potencial de esa energía. Y es ahí donde aparece la
belleza.
Podríamos decir que una cualidad emergente de los sistemas
complejos es la belleza, pero también, la capacidad de apreciarla. Si bien es
cierto que desde una perspectiva termodinámica el único objetivo de todo lo que
ocurre es disipar la energía del cosmos y aumentar su entropía, en el proceso,
de forma inesperada e impredecible, emergió la belleza y aparecieron criaturas
capaces de sobrecogerse con ella.
viernes, diciembre 12, 2025
LA MUERTE YA NO ES LO QUE ERA
“¿Y cómo así”, dirán algunos, “el rostro de la Pelona es siempre el mismo: gélido y hediondo.” Pues no. Resulta que no. Hasta no hace mucho, morirse era volver a la tierra, “porque polvo eres y en polvo te convertirás”, es decir, alimentar con nuestros despojos la fecundidad terrenal, pues nos veíamos como frutos, luego de haber sido semillas, destinados a regresar a la tierra para que el ciclo continuara… Sin ir más lejos: el mismísimo Yavhé-Dios nos modeló con barro muy terrenal. Sin embargo, de un tiempo a esta parte, en las ciudades superpobladas por habitantes conectados a la Internet, la muerte ya no sabe tierra, a Tierra, sino a cosmos, a Cosmos, a polvo estelar, a luz galáctica, a Energía Primordial. Los tiempos han cambiado y los Nuevos Sacerdotes -físicos y cosmólogos- poseedores de la Última Palabra, de la explicación definitiva sobre el funcionamiento del universo, nos hablan de mecánica cuántica y de colapso gravitacional, y también la Muerte -vieja compañera de andanzas- cambia de rostro o de máscara y asume, cada vez más, la investidura de fenómeno galáctico o de transmutación estelar --nada más trascendental que un cielo estrellado--. No me burlo ni critico esto -todos necesitamos y buscamos consuelo-, solo anoto la curiosa mutación de la muerte a la que asistimos.
martes, noviembre 25, 2025
FORMA Y CONTENIDO
En literatura, lo que cuentas es cómo lo cuentas. Lo que cuentas no existe “fuera” de como lo estás contando porque lo que estás creando es un hecho literario, sin realidad más allá de las palabras que has enlazado. Lo que cuenta es cómo lo cuentas.
jueves, noviembre 13, 2025
TÍA HILDA
¡Cuánta alegría me daba
su sola presencia!
Y su risa: ¡Cómo
iluminaba alrededor!
Uno desconoce
el significado cabal de la palabra “nunca”
hasta que un ser amado muere.
Solo entonces
el cuervo oscuro de Poe
aparece en el dintel de la mente
y sentencia su rotundo
“¡Nunca más!”
(2021)
UN APUNTE
La belleza me despertó, o desperté a la belleza, alrededor de mis 14 años. Como si algo me sacudiera por dentro, experimenté de pronto una forma de conexión con todo lo que me rodeaba. Aquella noche había salido a caminar por las calles solitarias de mi barrio. La luna plateada iluminaba las nubes fugaces. Noche fría, tal vez de enero. Y así, caminando sin rumbo ni propósito fijo bajo el cielo nocturno, la belleza de la noche me hirió sin aviso previo, despertándome a la conciencia rotunda, irrevocable, de mi soledad y de mi unidad con lo que me rodea; conciencia de un exilio, pero también promesa muda… Solo ahora me pregunto qué parte o qué dimensión de mi ser experimentó aquello, y solo puedo responder que no fue una parte de mí mismo -no mi conciencia, no mi cuerpo, no mis sentidos-, sino aquello que los organiza, que los unifica -la integridad o totalidad de mi ser. ¿El mundo me estaba hablando? ¿La belleza es su lenguaje? ¡Qué grande y hermoso misterio!
(2020)
domingo, noviembre 09, 2025
ESPERANDO A LOS BÁRBAROS
En 1940 el escritor italiano Dino Buzatti publicó “El desierto de los tártaros”, una inquietante novela que relata la desesperante espera de Giovanni Drogo, un joven oficial italiano destacado en una remota guarnición en los desiertos del norte, donde la vida gravita alrededor de un posible ataque de los tártaros. Inspirado por esta obra, cuarenta años después el escritor sudafricano J.M. Coetzee publicó su novela “Esperando a los bárbaros”, en la que el protagonista ‒el Magistrado‒, es designado para impartir justicia en un asentamiento en la Frontera, donde su vida aletargada discurre bajo la amenaza difusa de una posible invasión de los bárbaros. Metafóricamente, ambas obras dan forma a uno de los temores más arraigados en la mentalidad de Occidente (y quizás de la humanidad entera): la irrupción repentina de una fuerza disolvente y salvaje del exterior que reduce a escombros el orden existente. Sin embargo, a la luz de lo que ocurre en los Estados Unidos, en buena parte de Europa y de eso que llamamos “el mundo occidental”, tal parece que los bárbaros no se encontraban más allá de las fronteras del imperio, sino que calladamente crecían en su interior. Las imágenes del asalto al Capitolio de los Estados Unidos, el 6 de enero de 2021, ya eran clara evidencia de esto, y lo que hemos visto después lo confirma: la instauración de la posverdad, el menosprecio de la ciencia, el conocimiento, y de muchas de las instituciones y valores que son el fundamento de lo solemos llamar “la civilización” (o al menos “esta civilización”) son la prueba irrefutable. Los bárbaros no vendrían del norte ni serían extranjeros: surgirían de las entrañas mismas del imperio, llevando por estandarte la ignorancia, el odio y el resentimiento