sábado, febrero 17, 2024

DOS APUNTES


1

Es bien conocido el gusto de los mexicas, y de otros pueblos amerindios, por adornar sus templos con las calaveras de los sacrificados, pero ahora descubro que el cráneo de Miguel Hidalgo, el prócer de la independencia de México y de Latinoamérica, estuvo expuesto durante los últimos DIEZ AÑOS del régimen colonial español (1811-1821) frente al edificio de la Alhóndiga de Granaditas, en Guanajuato... ¡Adonde fueres, haz lo que vieres, parece la moraleja!

2

Comprendo que algunos costarricenses crean tener (todavía) algunas razones para sentirse (un poco) orgullosos de su país, pero de lo que no tengo la menor duda, es de que los ticos sobreestimamos en mucho la calidad de nuestra democracia.

La reciente relectura de las “Memorias” de Mario Sancho (1889-1948) así me lo confirma una vez más. Es evidente que los intríngulis, movidillas y matráfulas propios de la democracia parroquial y electorera de la que tanto se burla Sancho en su libro, no han desaparecido -en mi vida adulta he presenciado ya un buen número de ellas-, pero mi asombro no tiene límites cuando me entero de que, poco antes y poco después del estallido de la Guerra Civil Española, Costa Rica le negó la entrada al país nada más y nada menos que a León Felipe y a Rafael Alberti.   

Se trata de dos hechos completamente independientes entre sí. Resulta que en julio de 1936 Mario Sancho viajó a Panamá con su familia para asistir a una serie de conferencias que impartiría ahí León Felipe, con quien Sancho había establecido amistad previamente en México. Como consecuencia del levantamiento franquista, Felipe duda de regresar a su país y cae enfermo. Sancho lo invita a recuperarse en Cartago y a permanecer ahí durante un tiempo con su familia, pero el gobierno de entonces, presidido por León Cortés Castro, amparado en la “ley candado” recientemente aprobada  y haciéndose eco de la histeria anticomunista generalizada, le niega la visa de entrada… ¡a pesar de que el país mantenía relaciones diplomáticas con la República española!

De lo de Alberti me entero por un artículo de Vicente Sáenz, contemporáneo de Sancho, publicado en la revista “Liberación” y titulado “No viaje a Costa Rica quien no tenga dinero”.

Resulta que previo al estallido de la Guerra Civil, durante el último gobierno de Ricardo Jiménez (1932-1936) Alberti y su mujer, la también escritora María Teresa León organizan un viaje a Costa Rica, probablemente como parte de sus actividades para recaudar fondos en favor de la Huelga General o Revolución de Asturias, en 1934, pero el avión en el que llegan es rodeado tras tocar tierra por un grupo de policías que les impiden desembarcar… El Presidente Jiménez escribirá al día siguiente en los diarios que la razón para ello fue que no habían demostrado suficiente solvencia económica para entrar al país.

“Desconcertados -escribe con obligada ironía Sáenz- mostrábanse  el poeta y la escritora. ¡Apenas diez minutos podían estar en la Costa Rica democrática!”

Y así fue como León Felipe y Rafael Alberti… ¡nunca estuvieron en Costa Rica!

lunes, febrero 12, 2024

LA "DATÓSFERA" Y LA SOCIEDAD DIGITAL

 

Centro de Datos de Google. (Tomado de Internet)

Una ventaja de asistir a una transición tecnológica como la que vivimos --con sus dramáticos cambios económicos, sociales y culturales-- es atestiguar cómo con ella se impone un nuevo lenguaje, nuevas descripciones y pensamientos --una ideología, en suma--, que se propaga hasta convertirse en un elemento constitutivo y característico de la época.
 Así, por ejemplo, con la digitalización se entronizaron los “datos” y los “hechos”.

En décadas pasadas, se habló de “la sociedad de la información” y también de la “sociedad del conocimiento” para caracterizar a la sociedad que emergía con las tecnologías digitales. A la luz de su evolución, resulta evidente que ambas pecaban de excesivo optimismo y que, lejos de visibilizar, invisibilizaban el aspecto fundamental del asunto, a saber, que la digitalización se basa en la creación, utilización y el manejo de datos.

Allá por los años 90, en los inicios de la digitalización, solía hablarse de que las tecnologías digitales tenían dos componentes, el hardware y el software. Hoy sabemos que, en realidad, tienen tres: el software, el hardware y los datos, siendo estos últimos el objeto que los dos primeros crean y manipulan. Los datos son la creación por excelencia de la sociedad digital, no en vano, en épocas recientes con frecuencia escuchamos hablar de “minería de datos” y de “ciencia de datos”, nombres eufemísticos y más o menos reveladores del verdadero objeto de estos nuevos saberes y tecnologías, a saber, la manipulación y el empleo de los datos.

Los “datos” y los “hechos” de las tecnologías digitales no solamente crean y canalizan palabras, imágenes y representaciones, también están integrados en los objetos -¡incluso en nuestros alimentos y en nuestros cuerpos!- y mediatizan las relaciones sociales. Su presencia es palpable, y a menudo determinante, en casi todos los ámbitos de nuestra vida cotidiana.

Aunque no nacieron con las tecnologías digitales y son el resultado de una larga evolución del pensamiento filosófico y científico, los “datos” y los “hechos” asociados a ellos se tienen hoy por premisa y fundamento últimos y casi únicos del conocimiento, y están en la base de sus aplicaciones tecnológicas.  Sin embargo, “datos” y “hechos” no son la realidad, son construcciones humanas para reducir, interpretar y manipular la realidad.

Tomemos por ejemplo las imágenes. Mientras los registros audiovisuales llamados “analógicos” descomponían la luz incidente en el procesador electrónico de las cámaras en ondas o impulsos electromagnéticos registrados en una cinta, los registros digitales de hoy hacen lo mismo, pero descomponen los colores en bytes o paquetes de datos grabados en una memoria.

Aunque no se trata de una definición técnica, puede decirse que un pixel es un componente gráfico de la imagen digital que percibimos, y cada imagen está compuesta por varios cientos de miles (y hasta millones) de pixeles.  Ahora bien, cada pixel es, a su vez, la traducción o interpretación gráfica de un paquete de información compuesto por bytes o datos, reconvertido en color (o en sonido) por un programa informático.

De la misma forma en que el hermoso rostro de una muchacha que postea su fotografía en las redes sociales para recibir los “likes” de sus admiradores fue convertido primero en “bytes” (datos informáticos) y luego en “píxeles” (interpretación o traducción gráfica de aquellos), los “datos” y los “hechos” que en la sociedad digital se tienen por criterio último de realidad o de verdad, también son construcciones a partir de las cuales nos representamos e interpretamos el mundo.

Las imágenes que desde el espacio sideral transmiten los telescopios espaciales son un ejemplo inmejorable. Contemplamos con fascinación esas hermosas imágenes de objetos cósmicos situados a distancias espacio-temporales apenas concebibles, erizados de formas ondulantes y de colores sicodélicos, y rara vez nos detenemos a pensar que lo que vemos es una imagen elaborada por programas informáticos que convierten en formas y colores los datos capturados por instrumentos fabricados con ese propósito. Asumimos que aquella imagen es una representación fiel de la realidad cósmica, cuando es más bien (¡pero esto no es poca cosa!) la reconstrucción gráfica de paquetes de datos recogidos y procesados con tecnologías digitales.

Por tanto, no es solo que nuestra vida cotidiana esté cada vez más condicionada por aparatos e instrumentos basados en tecnologías digitales, como podría pensarse, sino que nuestra representación y entendimiento del mundo están igualmente mediatizados y determinados por esas tecnologías.

Los humanos nos servimos del lenguaje, de las palabras, de los conceptos, para reducir a formas inteligibles y estables el incesante flujo de sensaciones e impresiones provenientes del mundo. Las palabras, los conceptos, son herramientas para modelar la realidad, y mal haríamos si las tomáramos por reales, al menos de la misma forma y en el mismo sentido en que llamamos reales a un venado, a un zafiro o a un sombrero.

El lenguaje binario con el que se construyen los datos es también una forma de reducción y de modelaje de la realidad. Así pues, los “hechos” y los datos de la sociedad digital son, literalmente, hechos o construidos, lo que no significa forzosamente que sean meras falsificaciones o invenciones.

De la misma forma en que podemos mentir con el lenguaje, podemos crear una realidad autónoma con los datos y los hechos digitales. Los “hechos alternativos” de la Casa Blanca en el (¿primer?) gobierno de Donald Trump, el metaverso de Zuckerberg y las “guerras híbridas”, las fake news, troles y avatares, son solo los aspectos más visibles de cómo los “datos” y los “hechos” pueden construir realidades.

En el ámbito de la inteligencia artificial, se denomina “el conjunto de datos” o el “el dataset” al universo de datos con el cual esta trabaja y se entrena (la diferencia entre una cosa y la otra es ambigua o más bien inexistente, pues la IA se encuentra en un bucle de aprendizaje continuo). Le solicito al ChatGPT que proponga cinco nombres alternativos para dicho universo y me sugiere “Mosaico de Datos", "Reserva de Conocimiento", "Sinfonía de Datos", "Puzzle de Información" y "Ecosistema de Datos", pero ninguno me satisface.  Prefiero quedarme con la tontamente humana “datósfera” que figura en el título.

A modo de prueba introduzco el término “datósfera” en el ChatGPT, y genera la siguiente salida: “Datósfera es un término que podría ser utilizado para referirse al universo de datos que rodea a la sociedad moderna. Podría conceptualizarse como una esfera o esfera de influencia formada por la vasta cantidad de datos generados, compartidos y procesados en el mundo digital. Esta "datósfera" englobaría todas las formas de datos, desde los producidos por dispositivos conectados a internet hasta aquellos generados por interacciones humanas en línea, y podría considerarse como el entorno en el que se desenvuelve la tecnología de la información y la comunicación en la actualidad”. Definición insuperable. “Datósfera”, además, sugiere una relación con los términos atmosféricos e, ndirectamente, con “la nube” donde supuestamente se alojan los datos.

El aspecto central de la sociedad digital, es precisamente la creación de esta “datósfera” en constante crecimiento, y el rápido desarrollo de medios y plataformas para su manipulación y explotación comercial por un reducido grupo de corporaciones, cuyo ámbito de acción no son las naciones, ni siquiera los bloques comerciales, sino la humanidad entera. Estas compañías, de hecho, terminaron apropiándose de la “datósfera”, muy al contrario de las previsiones optimistas de lo que significaría la cyber esfera de la que algunos hablaban hace dos décadas. 

La creación, manipulación y explotación comercial de la “datósfera” es pues el rasgo distintivo de la sociedad digital, en donde las corporaciones tecnológicas se erigen además en actores políticos, sin que ningún gobierno ni entidad multinacional haya sido capaz, hasta ahora, de regularlas ni de imponerles límites de ningún tipo --no digamos ya de hacerlas pagar por el valor del que se apropian y del que usufructúan comercialmente--, con la sola excepción del gobierno chino, que desde el inicio segregó con una muralla digital su “datósfera” para ejercer control sobre ella, poniendo en evidencia una vez más las enormes posibilidades de control y de manipulación social que se abren con su  dominio efectivo.


martes, febrero 06, 2024

EL CARIBE Y NUESTRA HERENCIA AFRICANA

(En el Instituto Tecnológico de Costa Rica, el 11 de noviembre de 2023)


A propósito de la reciente celebración del día de la Persona Afrocostarricense, que hoy nos convoca aquí, debemos decir antes que nada que no es preciso tener orígenes africanos --aunque, como veremos enseguida, muchos los tenemos-- para celebrar este día y la herencia africana en lo que somos como nación.

Al hablar de lo afrocostarricense, la mayoría de los ticos partimos de una idea equivocada, pues asumimos que lo afro y lo caribeño son sinónimos o equivalentes, cuando lo cierto es que, en Costa Rica, no solo lo caribeño es afro, ni lo caribeño es exclusivamente afro. En otras palabras, la herencia africana va mucho más allá de nuestra costa caribeña, y en la costa caribeña de nuestro país, hay mucho más que la herencia africana.

Empezaré por lo primero. Nuestra herencia africana no se circunscribe a la costa caribeña del país, puesto que africanos esclavizados llegaron a lo que hoy es Costa Rica con las primeras expediciones de conquista españolas. El comercio de personas africanas sometidas a condición de esclavitud, fue una institución generalizada en toda América durante el periodo colonial, incluida desde luego la remota y miserable provincia de Costa Rica. El comercio de esclavos africanos también se dio en nuestro país.

Tatiana Lobo, escritora chileno-costarricense recientemente fallecida, recrea en su magnífica novela titulada Asalto al Paraíso una escena de trata de esclavos en el mercado de Cartago, a mediados del siglo XVIII. En otro de sus libros, titulado Negros y blancos, todo mezclado, esa misma escritora revela, mediante investigación genealógica, que muchas de las familias prominentes de Cartago, San José, Alajuela y Heredia, se mezclaron en distintos momentos con descendientes de aquellos esclavos y esclavas. Asimismo, muchos africanos o descendientes de africanos fueron llevados a trabajar o se establecieron como hombres y mujeres libres en lo que hoy es Guanacaste.

La herencia africana está presente en nuestra sangre, es decir, en nuestro fenotipo o fisonomía. Mestizos y mulatas, cholas y “pardos” -como se los llamaba entonces-, son el más profundo sustrato de nuestra nacionalidad, como la entendemos hoy.  Por ello, permítanme este



LLAMADO

El tambor bantú
redobla dentro de mí.

Su llamado de siglos
cruza océanos.

¡No te detengas, hermano!
¡Sigue tocando!

Hoy celebramos
a los ancestros lejanos.

Hoy también
soy africano.

No es por casualidad que el culto nacional promovido en Costa Rica por la iglesia Católica y el Estado, poco después de la independencia de España, sea el de una imagen a la que coloquialmente llamamos “la Negrita”, que apareció para más señas en “la puebla de los pardos”. ¿Y acaso no era moreno y de pelo murruco “el tambor”, Juan Santamaría? También dan testimonio de esa antigua presencia africana en el Valle Central toponimias como “Calle Morenos” y “la calle de los Negritos”.

La idea de una Costa Rica primordialmente “blanca” desde el punto de vista étnico, es una invención de algunos ideólogos e intelectuales del siglo pasado, como lo muestra el filósofo Alexánder Jiménez Matarrita en su libro “El imposible país de los Filósofos”.

La herencia y el legado africano también enriquecen nuestro lenguaje, nuestra cocina y nuestra música, para mencionar los aspectos más evidentes. ¿De dónde, si no, piensan que vienen palabras como “timba”,  “cachimba” o “bemba”? También “pachanga” y “cabanga” son de origen africano, según opinan varios entendidos, por mencionar solo algunos ejemplos.

En cuanto a la música, es inevitable recordar el origen africano de la muy típica marimba, así como también del quijongo. La cantautora guanacasteca Guadalupe Urbina ha investigado esta raíz africana de una parte de la música tradicional guanacasteca. Es probable que algunas toponimias de la región, como por ejemplo Cananga, un barrio de Nicoya, o Malambo, un cerro del cantón de Santa Cruz, también sean de origen africano.

Carlos Meléndez y Quince Duncan, en su libro “El Negro en Costa Rica”, recuerdan que en el siglo XIX un número importante de afromestizos llegaron al país procedentes de Cuba, junto con el general y prócer de la independencia cubana Antonio Maceo, y se establecieron en las inmediaciones de Mansión de Nicoya.

Si hablamos de alimentos, tubérculos como el ñame y la malanga vienen de África, y hoy son parte de nuestra dieta y están plenamente integrados a la olla de carne.

De modo que es un error suponer que lo afrocostarricense se restringe a la provincia de Limón y a las personas de fenotipo manifiestamente africano o “de raza negra”, como solía decirse. No: lo africano está desparramado en todo el territorio nacional y es, en muchos sentidos, indistinguible e inseparable de lo que entendemos como “lo costarricense” o “lo nacional”.

Otro error que solemos cometer, es creer que nuestro Caribe es única o primordialmente afro costarricense. Esto pudo haber sido así a finales del siglo XIX y durante la primera mitad del siglo XX -durante el apogeo de la migración afroantillana, y mientras la United Fruit Company operó como un enclave en esa región del país-, pero no lo era antes de esa época, y hoy, lo es cada vez menos.

El Caribe costarricense es también profundamente indígena -lo era mucho antes de Minor Keith y de los afroantillanos en la zona-.

Como hoy sabemos, la costa caribeña del país fue durante siglos territorio de caza de tortugas para el pueblo miskito, cuya presencia todavía atestiguan algunos nombres, como Cahuita. Y me  apresuro a agregar que los miskitos venían no solamente a cazar tortugas, sino también indígenas bribris, a los que esclavizaban para vender en Jamaica.

Pocos costarricenses saben que, durante los siglos XVII, XVIII y XIX, mientras España e Inglaterra libraban interminables guerras por el dominio imperial del mundo, el Caribe nicaragüense fue un protectorado inglés (como siguió siéndolo Belice hasta bien entrado el siglo XX).

Los ingleses nombraron un “rey mosco” o miskito, que dependía del gobernador británico en Jamaica. Pues bien, los reyes moscos o miskitos vendieron a empresarios británicos y alemanes lo que hoy es la costa caribeña de Costa Rica al menos en dos oportunidades, sin que en Cartago ni en San José siquiera se enteraran de ello. Aunque aquellos empresarios nunca llegaron a tomar posesión de sus tierras, el dato ilustra hasta qué punto los miskitos sentían que lo que hoy es la costa caribeña de nuestro país les pertenecía.

Pero el Caribe costarricense también ha sido y es hasta hoy profundamente bribri. Si bien los bribris no son un pueblo marítimo, la Baja Talamanca ha sido uno de sus territorios históricos desde hace siglos y continúa siéndolo hasta hoy. Y, como muchos adivinarán, el pueblo bribri también tiene su propia literatura, aunque hasta hace relativamente poco, esta se transmitiera exclusivamente de forma oral. A continuación, un poema tradicional bribri, traducido por el profesor Adolfo Constela Umaña:



En algún momento me puso
mi Originadora en este mundo;
en este gran mundo
me puso Ella.

Mis pensamientos no van hacia nada
de este gran mundo.

Hacia mi camino, hasta allá
van mis pensamientos.

Hacia el lugar de mi Originadora
van mis pensamientos,
aunque entre los vivos
estoy en este tiempo.

En este mundo, en la alborada,
¿quién amanece? Yo amanezco.

En el gran mundo clarea
y entonces, en el gran mundo, yo amanezco.

La presencia negra y africana en la costa caribeña se remonta al siglo XVII, cuando los criollos cartagineses establecieron en Matina haciendas de cacao. Las haciendas eran propiedad de españoles y criollos residentes en Cartago, pero estaban al cuidado de esclavos de origen africano, mulatos y pardos que permanecían en Matina y eran, además, el primer frente de defensa contra las invasiones de los piratas y de los zambos mosquitos.

El ferrocarril a Puerto Limón era un proyecto estratégico para facilitar la exportación de café hacia Europa. Como es sabido, la obra terminó siendo concesionada al estadounidense Minor K. Keith, quien hizo venir a obreros chinos e italianos para trabajar en el tendido de la vía férrea. De los chinos,  muchos murieron y los sobrevivientes regresaron a su país; de los italianos, muchos se establecieron en las ciudades del Valle Central. Más adelante, en el curso del siglo XX, muchos comerciantes de origen chino se establecieron en la provincia, no solamente en la ciudad de Limón, sino también en los pueblos de la costa y del interior.

No es hasta el último cuarto del siglo XIX, cuando Keith hizo venir a decenas de miles de antillanos, mayormente jamaiquinos angloparlantes, aunque también algunos originarios de otras islas del Caribe, para darle un empujón definitivo a la empresa. Como parte del pago que recibió Keith del Estado costarricense, se encontraban decenas de miles de hectáreas en las tierras bajas del Caribe, donde Keith plantaría bananales para exportar la fruta a los Estados Unidos. Este es el inicio de la United Fruit Company, que posteriormente se extendería por varios países de Latinoamérica y que puede ser considerada una de las primeras compañías transnacionales de la historia.

Los trabajadores que Keith hizo venir de las Antillas conservaban su pasaporte y nacionalidad, y se suponía que los cónsules inglés y norteamericano en Puerto Limón, velaban por sus derechos. No eran considerados costarricenses aunque sus hijos nacieran aquí y, por ese motivo, tenían restricciones para desplazarse libremente por todo el país.

Concluida la construcción del ferrocarril, algunos regresaron a sus islas de origen, pero otros se quedaron y pasaron a trabajar para la United Fruit Company. Algunos, además, hicieron venir a sus familiares que se establecieron como colonos y campesinos, inicialmente en tierras baldías pertenecientes al Estado y, más adelante, cuando la “enfermedad de Panamá” diezmó los cultivos y la transnacional trasladó el grueso de su operación al Pacífico Sur, en tierras abandonadas por la Compañía Bananera. Parte de este proceso histórico puede leerse en las novelas Limón Blues, de la escritora Anacristina Rossi, y Calypso, de la ya mencionada Tatiana Lobo.

Tan pronto la Compañía Bananera de Minor Keith inició sus operaciones en la región caribeña de Costa Rica, miles de jóvenes de la meseta central fueron a trabajar allá. También lo hicieron centenares o miles de nicaragüenses y hondureños atraídos por el trabajo fijo y los salarios en dólares.

Ambientada en las tierras bajas del Caribe, la literatura bananera costarricense incluye varios clásicos de nuestra literatura, como son Mamita Yunai, de CALUFA, y Puerto Limón y Murámonos Federico, de Joaquín Gutiérrez. Incluso Carmen Lyra, en su Bananos y Hombres, se aventura en tierras caribeñas en el marco de la explotación bananera. Aunque la presencia afro antillana y afro  costarricense es palpable en todas estas obras, nadie podría decir que estamos ante literatura “afro costarricense”. Otro tanto podría decirse de una obra que, desde mi punto de vista, también puede ser considerada un clásico. Me refiero al libro Más abajo de la piel, del expresidente Abel Pacheco, un conjunto de evocaciones poéticas de la costa caribeña y de la población afrocostarricense, hechas por tico-meseteño.

En nuestra literatura también existen voces originadas en esta migración antillana, y son cada vez más.

Los primeros afroantillanos se expresaron en su lengua materna, el inglés, y sus trabajos se difundieron en los periódicos que circulaban en la época en Puerto Limón. De ellas, debo admitir que no conozco nada.

No fue hasta inicios de la década de los 70 del siglo pasado, cuando los primeros descendientes de aquella migración antillana, ya plenamente costarricenses, publicaron sus obras en San José, y en idioma español. El primero de ellos fue Quince Duncan, quien abordó temas propios de la cultura afro limonense, pero también otros relativos a la disyuntiva política de la época y a los conflictos generacionales entre hijos y padres.

Contemporánea de Duncan fue la poeta Eulalia Bernard, fallecida hace poco más de un año. Bernard hace de sus ancestros y herencia africana el tema central de su obra; lo mismo hacen otras poetas más jóvenes, como Shirley Campbell Barr y Dlía McDolnald, ambas criadas en San José.

Igualmente contemporáneo de Duncan, y sin embargo, mestizo más que afrocostarricense, debe mencionarse a otro escritor limonense, Gerardo César Hurtado. Sin embargo, Hurtado no aborda el tema de lo caribeño y de lo afrocostarricense más que de manera tangencial.

Arabella Salaberry, poeta y narradora, también es de origen limonense y también ha tematizado la historia y la cultura del caribe costarricense, sin que por ello pueda ser considerada una voz “afro costarricense”.

Desconcertante y excéntrico es el poemario del filósofo español y costarricense Constantino Láscaris, titulado “De Salomón a Demóstenes Smith”, donde encontramos poemas como este:



ZUMBA

Zumba el zambo la zambomba,
Zumba bronco zombembé.
Jale amigo
Y vete a ver
al zambo que zambea
pacanga zombembé.


Zumba zambo bozambo
La danza del yeyé
Con la chamba y un zapato
Coloraditos de serd.

Chita llegó tarde
Al negro bailongo
Y el bongo lloraba
La conga del mongo.

De rodillas mi zamba
Negra, te zambearé
Y en tu hoyo chocolate
te jalaré.

 

Rodolfo Dada es otro autor originario del Valle Central, que ha hecho del Caribe, más concretamente, de la zona de Tortuguero, tema y motivo central de su obra poética y narrativa. 

¿Qué podremos decir del Caribe de hoy, multicultural, cosmopolita y mestizo, radicalmente transformado por migraciones recientes y por el turismo masivo?  La ya mencionada escritora Anacristina Rossi aborda el tema en su conocida novela corta La loca de Gandoca, y yo he hecho otro tanto en mi novelita Gina.

Concluyo, entonces, como inicié, afirmando que no se puede separar la herencia africana de la nacionalidad costarricense, pues esta es consustancial a lo que somos como nación y se remonta a los orígenes mismos de la conquista y la colonia. La gran migración afroantillana del último cuarto del siglo XIX, marcó profundamente a la región caribeña de nuestro país, pero nuestro Caribe acoge muchas otras herencias, empezando por la indígena y por la cultura mestiza del Valle Central, pero también la de migraciones centroamericanas, asiáticas y europeas recientes.

viernes, febrero 02, 2024

BYE-BYE, EUROPA

 “Los acontecimientos”, escribió Goethe, “llegan precedidos por su sombra”. En ocasiones, sin embargo, resulta difícil establecer con precisión la frontera entre la sombra y los hechos. ¿Dónde situarán los hombres y mujeres del mañana el punto de inflexión entre la época histórica en la que Occidente –entiéndase, los Estados Unidos y los países de Europa Occidental– imponían al mundo entero su dominio y su ley, y aquella otra que apenas avizoramos, en la que perdieron el poder de hacerlo? Para nosotros es imposible saberlo, como es imposible saber si lo que vivimos hoy, todavía es la sombra de esa época que se anuncia, o si ya entramos de lleno en ella.  

Supongo que al situar ese momento, cada quien lo hace según sus preferencias. Yo lo ubico en enero de 2017, cuando Donald Trump asumió el cargo como 45º Presidente de los Estados Unidos. No lo hago movido por la antipatía o repugnancia que me produce el personaje, sino porque bajo su mandato, Estados Unidos renunció al orden que trabajosamente se había empeñado en imponer urbi et orbi tras la desintegración del mundo soviético en 1989-91, es decir, al proyecto de la apertura comercial y financiera que habitualmente llamamos “globalización”.

Supongo que, desde el punto de vista doméstico, Trump tenía buenas razones para hacer lo que hizo, pues la desindustrialización de los Estados Unidos que resultó de la apertura de los mercados a escala global, llevó a un incremento alarmante del desempleo, la pobreza e incluso el hambre en ese país. Al mismo tiempo, nuevas y escandalosas fortunas se amasaban al amparo de las tecnologías digitales y de la llamada “economía de plataformas”. Sin embargo, el mensaje que los Estados Unidos transmitió al mundo en ese momento, no daba pie a equívocos: la globalización es buena si me favorece, pero mala si me perjudica. Tanto es así, que el Presidente que sucedió a Trump rectificó en muchas cosas lo que hizo su predecesor, pero no en esa.

Como pregonaron siempre los adalides de la globalización, en el proceso habría ganadores y perdedores. En el Lejano Oriente -China y algunos países del Sudeste asiático-, cientos de millones de personas habían salido de la pobreza, mientras que en los países de Europa Occidental se hacía cada vez más evidente que sus Estados de Bienestar resultaban insostenibles bajo las nuevas condiciones de competencia global. Y lo más importante: con el viento de cola de la apertura global de mercados,  China se había convertido en la segunda economía del planeta.  Los Estados Unidos y muchos países de Europa dependían en buena medida de la mano de obra barata de China para fabricar sus bienes industriales, y de su pujante mercado interno para comercializarlos -especialmente los bienes suntuarios-, mientras que muchos países de América Latina, África, Asia y Oceanía  encontraron en China un nuevo y voraz mercado que demandaba sus bienes primarios. Eso sí, las inversiones en Investigación y Desarrollo seguían –y siguen– fuertemente concentradas en los países de Occidente.

Con Trump, las élites políticas de Europa y América Latina –y supongo, también de otras regiones del mundo–, fueron presa del desconcierto, no tanto por su estilo y sus formas chabacanas, como porque quien estaba llamado a liderar el proyecto económico y político por el que ellos se habían jugado el pellejo (a menudo imponiéndolo a porrazos a sus ciudadanos), abandonaba el barco.

Ya antes de que Trump asumiera el cargo, el estallido de sucesivas crisis financieras que amenazaron con colapsar el sistema internacional (2008 y años subsiguientes), así como el referéndum del Brexit (2014), eran señales inequívocas de que, al menos en Europa y los Estados Unidos, el proyecto globalizador bajo la hegemonía occidental estaba en crisis, pero lo de Trump fue un mensaje clarísimo de que el tiempo de rectificar había llegado.

También podrían considerarse señales inequívocas del cambio de los tiempos los espectaculares avances de los programas espaciales chino y japonés, que colocaron sus primeros artefactos en la Luna en el año 2007, o bien, el reciente alunizaje (2023) de un ingenio de la India en el polo sur de nuestro satélite. La importancia de estos acontecimientos es más que simbólica, pues revela que   tecnologías avanzadas, hasta entonces de dominio exclusivo de los Estados Unidos y Rusia (en cierta medida, también de Europa), ya están en manos de esas naciones, es decir, que el influjo de la Modernidad europea terminó encarnado en las antiguas civilizaciones del Lejano Oriente.

Se impone en este punto una breve digresión.  A partir de los siglos XV y XVI se gestó en Europa Occidental una revolución filosófica y científica que rendiría sus frutos en los siglos subsiguientes. A Occidente lo hizo poderoso la “cosificación” (u objetivación) de la Naturaleza mediante el llamado Método Científico, que posibilitó el conocimiento y el dominio de la materia como nunca antes. Esto condujo al desarrollo de nuevas y cada vez más poderosas tecnologías: la máquina de vapor, la electricidad, el motor de combustión interna, la energía nuclear, etc. La superioridad tecnológica se tradujo en la hegemonía militar, política y económica de la que Occidente se benefició hasta hoy.

Lo que llamamos la Modernidad es un fenómeno preminentemente occidental y se caracteriza por la innovación constante –donde “todo lo sólido se desvanece en el aire”, como escribió Marx–, mientras que en el resto del planeta la tradición seguía siendo venerada como fundamento de la civilización.

Tan innegable es que la hegemonía de Occidente está asociada a ciertos valores –la cristiandad, la propiedad privada, la democracia electoral, los derechos humanos–, como que estos valores fueron impuestos a sangre y fuego al resto mundo, y que el llamado “mundo occidental” los ha pisoteado cada vez que resulta necesario para defender sus intereses económicos y políticos.

Es imposible predecir el curso de los acontecimientos y cómo se reacomodarán las fuerzas a nivel global, pero no hay duda de que se abre otro momento histórico. Independientemente de lo que opinemos acerca de sus causas, la guerra en Ucrania (2022- ¿?), es otra prueba de que el llamado “mundo occidental” ha dejado de ser amo y señor del planeta, pues sus esfuerzos por bloquear y aislar económica y militarmente a Rusia, fracasaron una y otra vez, como han terminado por reconocer altos funcionarios de la Comunidad Europea.

La era post occidental que asoma -como la llaman algunos especialistas-, nos invita. a los ciudadanos de las naciones que surgieron de la expansión y dominación colonial europea, a una reflexión profunda acerca de lo que hemos sido, de lo que somos y de nuestras posibilidades en este nuevo mundo que asoma. Ni siquiera hablo aquí de impugnar el actual modelo del capitalismo globalizado –para el que no parece existir de momento alternativa viable, salvo un regreso a la economía de bloques–, sino tan solo de repensar nuestro lugar y nuestro papel en él.

lunes, enero 22, 2024

@COSTARRICENSE.CR

Todavía recuerdo que allá, en los albores de la digitalización, hará unos 25 años, hubo el gobierno de un pequeño país centroamericano que -ignoro si por ingenuidad o porque había un negocio de por medio (admito que ambas no son excluyentes)-, resolvió crear una plataforma digital con un servicio de correos electrónicos para sus ciudadanos. Recuerdo también que en esa misma época había pequeñas y medianas compañías privadas -nacionales e internacionales- que ofrecían el mismo servicio.

El gobierno declaró entonces que adoptaba la iniciativa con el propósito de favorecer la inclusión digital y de facilitar el acceso a servicios públicos que el estado se proponía virtualizar. Hubo campañas de comunicación en los diarios -¡sí, en los diarios!-, promoviendo la plataforma en cuestión. ¡Vamos! Si tontos como yo nos apresuramos a abrir nuestra cuenta poseídos de fervor ciudadano, convencidos de que así nos sustraíamos un poco al poder de las corporaciones y apoyábamos a nuestro país. Hubo incluso -y esto ya no me gustó tanto- alguna coerción por parte del gobierno, advirtiendo que quienes no tuvieran su cuenta de correos en aquella plataforma, enfrentarían dificultades para acceder a los servicios públicos que se virtualizarían en el futuro.

Desde luego estoy hablando de una época en que las grandes corporaciones y plataformas de tecnologías digitales aun estaban desarrollando sus capacidades y no habían colonizado el ciberespacio hasta ejercer el control cuasi-monopólico que hoy tienen sobre él. Apenas comenzaba a tomarse conciencia del valor monetario de los datos generados por los usuarios y –así lo creo, pero no soy especialista en la materia— estos aún no se explotaban. (El término “monetización” no se había acuñado o, si existía, era en el ámbito de quienes concebían y perfeccionaban estas tecnologías, y estaba limitado, por tanto, al lenguaje de tecnócratas e iniciados). Pocos, creo, visualizaban entonces el poder y la importancia que llegaría a tener algo aparentemente tan inocuo como una dirección de correo electrónico.

No pasó mucho tiempo, sin embargo, antes de que estas se convirtieran en la llave de acceso a las plataformas digitales de servicios integrados, donde era y es posible hacer infinidad de cosas, cada vez más: comprar un automóvil, reservar un vuelo, agendar un hotel, editar fotografías, escuchar músicas, ver películas, descargar libros, jugar videojuegos, y un etcétera tan largo como usted quiera.

Luego, con el advenimiento de las redes de telefonía móvil, pero sobre todo con el desarrollo de las terminales telefónicas de acceso y navegación en la esfera digital, las direcciones de correo electrónico adquirieron todavía más importancia, pues la tecnología se diseñó de modo tal que la conexión quedara asociada a una de estas direcciones personalizadas. De esta forma, las operaciones de cada terminal podían ser fácilmente monitoreadas y asociadas a individuos particulares.

¿Cómo hubiera podido el gobierno de un pequeño país -¡ni siquiera el de un gran país!-,  disputar el control de los datos, y por lo tanto, el dominio del espacio cibernético, a las cada vez más poderosas corporaciones que, además, eran las que desarrollaban los programas, los protocolos de transmisión de datos y todas las tecnologías asociadas a esta naciente esfera de la realidad?

No puedo precisar ahora cuándo tiempo estuvo vigente la plataforma ni cómo tuvo lugar su predecible mas no por ello menos triste final, y consigno aquí la anécdota como un episodio pintoresco -pero revelador- de la transición que vivimos.

 

domingo, enero 21, 2024

DE MÁSCARAS Y MASCARADAS

 

"Los estigmas" - Adrián Arguedas

Desde hace algunos meses, y hasta principios de abril próximo, se exhibe en el Museo de Arte Costarricense una muestra del pintor Adrián Arguedas Ruano (San José, Costa Rica, 1968). La exhibición se titula “Valle Oscuro” y consta de 45 obras de mediano y gran formato -óleos, grabados y acuarelas-, así como también de 13 máscaras fabricadas por el artista con papel maché. La temática general de la muestra es la mascarada tradicional costarricense, más concretamente --nos informa la página web del Ministerio de Cultura y Juventud--, las mascaradas que se realizan en honor a San Bartolomé, patrón del cantón de Barba, donde reside Arguedas y ha residido su familia durante varias generaciones.

Ciertamente, el pueblo de Barva es, como San Antonio de Escazú, reconocido hoy como cuna y refugio de los mascareros tradicionales. Pero, como sabemos, las tradiciones también mutan o evolucionan, como lo revela la introducción reciente, en las mascaradas tradicionales, de figuras relevantes de la vida pública --políticos e inclusive deportistas--, o como lo revela también el siguiente pasaje de las hermosísimas Memorias de Mario Sancho, en donde refiere que durante su niñez en Cartago, a finales del siglo XIX, en las fiestas de la Pasada de la Virgen “salían a la procesión disfraces chocarreros e insolentes. Algunos, como el del Macho Ratón, no faltaba nunca”.  ¡Atención! El Macho Ratón, es decir, el güegüense, personaje y máscara emblemática de la representación callejera de origen colonial que hoy se considera estrictamente nicaragüense, alusiva a la resistencia indígena contra la explotación colonial.  

Y es que, en efecto, máscaras y mascaradas están indisociablemente asociadas a la escenificación y ejercicio de los poderes mundanos y trasmundanos… Y también a la resistencia contra esos poderes.  

De esto, entre otras cosas, nos hablan con vibrante ironía y rabia ardorosa las obras de Arguedas, en algunas de las cuales descubrimos, entre los personajes de las mascaradas, a la pareja presidencial nicaragüense, aquí amenazada por una multitud enmascarada en frenética danza, allá  posando afablemente junto a un conjunto de fantoches igualmente enmascarados. En algunas más, descubrimos entre la multitud que danza y celebra la mascarada, a los omnipresentes agentes del orden, asimismo disfrazados tras las máscaras anti gas. Esta línea crítica del poder encuentra su paroxismo en una de las obras de la muestra, una apropiación mestiza y transgresora de los Fusilamientos del 2 de mayo, de Goya, titulada Valle Oscuro II, o bien en otra de menor formato titulada "La caza del gallo". Por otra parte, el deseo del autor dialogar con la pintura clásica europea, se manifiesta también en otras obras de la exhibición, añadiendo así una capa más de riqueza y complejidad a la ya de por sí rica y compleja temática de la máscara y la mascarada.



Sin pretender ensayar aquí una interpretación del tema, ni sobre la fascinación que las máscaras han infundido a los pueblos desde la más remota antigüedad, sin distingo de regiones ni culturas, anoto por lo menos lo siguiente: si la máscara es un disfraz detrás del cual nos ocultamos, nuestro rostro debe ser entonces la máscara que utilizamos a diario, compelidos por las circunstancias sociales, para que la vida social discurra con normalidad… Pero puede ocurrir también que las máscaras, esos aditamentos que sobreponemos a nuestros rostros en circunstancias excepcionales, sean entonces la develación de nuestra verdadera y secreta identidad, aquella que habitualmente debemos ocultar.

Esta ambigüedad o, mejor, esta ambivalencia entre lo invisible y lo manifiesto, entre la ocultación y la revelación, entre la simulación y lo verdadero, es lo que ha fascinado desde siempre a la humanidad. Máscara, disfraz, identidad, desdoblamiento, posesión, configuran un complejo rompecabezas, articulan una danza invisible y silenciosa que solo en ocasiones socialmente señaladas se hace evidente, como ocurre en muchos ritos religiosos, pero también durante el carnaval profano y las mascaradas, para la edificación, deleite y escarmiento de todos. (Solo ahora que lo escribo, caigo en cuenta de que las tres religiones monoteístas son acaso las únicas en las que la máscara está excluida del ritual religioso…) Mentira y verdad, juego y celebración, el carnaval y la mascarada son eventos colectivos, multitudinarios, que nos arrancan de la rutina del trabajo y la vida doméstica y nos sumergen en su temporalidad revulsiva y alucinada. Ahí todos somos al mismo tiempo actores y espectadores, nadie está a salvo.     

Junto a esta dimensión alegórica o metafórica de la mascarada -especialmente en su relación con el poder político-, las obras de Adrián Arguedas son también un hermoso documento etnográfico, si se puede decir así, en el que se recogen numerosos modelos de máscaras actualmente en uso en Costa Rica, así como también vestuarios, gestos, actitudes y tipos humanos que el artista registra y recrea con puntillosa dedicación. Por ello, algunas obras pueden encajar, además de todo lo dicho hasta aquí, dentro del género del retratismo (por ejemplo, aquellas tituladas “La familia” y “Estigmas”, entre otras).

¿Cómo reducir la agitación, el caos y el barullo, el movimiento incesante de la mascarada carnavalesca, a un conjunto limitado de elementos que den fiel cuenta de esto pero que, al mismo tiempo, lo organicen y le den consistencia estética y contundencia pictórica? El procedimiento no puede ser otro que la selección, es decir, la discriminación de algunos elementos, y su disposición inteligente en la bidimensionalidad del lienzo.

Tanto para la elección como para la organización de los personajes que habitan estas obras, Adrián Arguedas se vale del claroscuro y del cromatismo.  Muchas de las escenas que nos propone son nocturnas, y aun aquellas que no lo son, están trabajadas de tal modo que los personajes principales, vibrando intensamente, reclamando nuestra atención con vivos e intensos colores, se recortan sobre otros secundarios donde el cromatismo se degrada progresivamente, a menudo hacia la gama de los grises, ayudando así a crear la impresión de que el movimiento de la escena que se nos ofrece se prolonga indefinidamente hasta un fondo ya totalmente oscuro. Otras veces, se recortan contra fondos planos donde no es extraño que se proyecten sombras.

Vibrante coloristas y elegante organizador de sus personajes y figuras en el lienzo, Adrián Arguedas nos ofrece en esta muestra, tanto una reflexión sobre la máscara, la mascarada y la resistencia al poder político, como un hermoso documento sobre esta práctica ancestral y su renovada y siempre viva celebración.



viernes, enero 12, 2024

LETRADOS, ACADÉMICOS Y LETRAHERIDOS

En mi juventud, durante la década de los años 1970 y 1980, parte del ritual antes de comprar el libro de un autor desconocido, consistía en leer la ficha biográfica, y solo después, la reseña de la obra. Así intentaba averiguar cómo se ganaban la vida aquellos hombres y mujeres, puesto que también yo quería dedicarme a la literatura. La mayoría tenían profesiones y oficios respetables, y casi siempre los consignaban en los breves párrafos que daban cuenta de su vida, pero cada tanto aparecía alguno con oficio inusual: marinero,  deportista, actor, para tropezar en ocasiones con la inquietante fórmula: “ha ejercido diversos oficios”, que libraba todo a la imaginación.  Solo recientemente caí en la cuenta de la forma en que las notas de las contratapas evolucionaron. Las ediciones de Seix Barral de las obras de Vargas Llosa, por ejemplo, consignaban los estudios primarios y secundarios cursados por el autor en Cochabamba y en Piura, así como los de Letras en la Universidad de San Marcos en Lima y luego en Madrid, y doy fe de que en algunas ediciones costarricenses de la primera mitad del siglo pasado, los autores consignaban el nombre de sus padres, poniendo en claro su abolengo.  He aquí el tema para una investigación: las notas biográficas de los autores en las contratapas de los libros como un subgénero literario.

Volviendo a la forma como los escritores se ganaban la vida, y hablando de los autores latinoamericanos --mi referencia en aquellos años--, era de sobra conocida la relación de García Márquez, de Alejo Carpentier y de Roa Bastos con el periodismo, así como también el trabajo de Cortázar como traductor en la UNESCO. De Rulfo, sabíamos de su vínculo con la fotografía, pero nada de cómo se ganaba la vida -ejerció pequeños cargos burocráticos en diversos momentos de su vida-, y de Borges, que illo témpore había sido director de la Biblioteca Nacional de su país y de su vida como conferencista, y poco más. Como Vargas Llosa, Donoso y Bryce Echenique estudiaron Letras, pero no se dedicaron a la vida académica aunque impartieron cursos en diversas universidades y combinaron esta actividad con el periodismo y el articulismo. Otros habían ejercido la docencia o se habían vinculado a la vida universitaria de forma pasajera, y algunos como Octavio Paz, Benedetti, Manuel Scorza y mi paisano Joaquín Gutiérrez, trabajaban como directores, editores o correctores en editoriales y revistas de prestigio. Por su lado, Carlos Fuentes era el “escritor académico” (scholar) por excelencia, y entiendo que siguió siéndolo hasta su retiro.

Hasta inicios del siglo XX, la carta de ciudadanía en lo que los entendidos han dado en llamar “la república de las letras” fue en Hispanoamérica muy restringida.  Aunque la realidad en ciudades como México, Buenos Aires, Lima o Bogotá, con su herencia virreinal, o en La Habana -sometida a dominio colonial hasta finales del XIX- fuera diferente de la de sitios como San Salvador, Santiago de Chile o Asunción de Paraguay --para no hablar ya de Costa Rica, uno de los más remotos y despoblados rincones del imperio español--, todos tenían en común el carácter reducido y socialmente excluyente de ese grupo.  

Al despuntar el siglo XIX, las recién emancipadas repúblicas hispanoamericanas heredaron del régimen colonial español una rígida estratificación en castas según criterios étnicos o raciales. Cada una de estas castas -criollos y descendientes de europeos, mestizos, mulatos, negros e indios- era en sí misma un complejo universo con dinámicas y divisiones propias que permitían cierta movilidad social -incluso había vasos comunicantes entre ellas-, pero el acceso a las letras, empezando por la alfabetización misma, se mantenía limitado a reducidas élites administrativas, eclesiales económicas y políticas, integradas casi exclusivamente por los descendientes de los criollos de origen hispánico.

Fue hasta la segunda mitad del siglo XIX, cuando los ideales liberales comenzaron a ganar terreno, que la alfabetización se instaló en los programas de las élites latinoamericanas, y muy lenta y desigualmente, esto se tradujo en políticas de estado. Paralelo al crecimiento de la población alfabetizada, tuvo lugar el ascenso simbólico y social del mestizo, pero este fue un programa ideológico más propio de las primeras décadas del siglo XX y su difusión e impacto fue desigual.

En cualquier caso, a inicios del siglo pasado la mayoría de los países hispanoamericanos ya contaban con sectores letrados cuyo origen social y modos de subsistencia se habían diversificado. Aunque hubo excepciones, estas élites eran casi exclusivamente masculinas; en ellas abundaban los aristócratas rentistas, pero también había profesionales liberales --abogados, médicos, ingenieros--, así como políticos de primera y de segunda línea que a menudo ejercían también cargos diplomáticos. (Recuerdo a propósito de esto último la afortunada frase de Carlos Fuentes, según la cual en América Latina detrás de cada escritor se esconde un tribuno). Los sectores socialmente emergentes que se incorporaban a estos grupos lo hacían mediante la formación profesional en el magisterio, el ejercicio del periodismo y la incorporación a la iglesia o a las armas. Excepcionalmente también lo hacía algún burócrata, hacendado, comerciante o aventurero.   

Así, el progresivo ascenso y consolidación de lo que me gustaría llamar aquí “el escritor académico” es un fenómeno propio del siglo XX, con mayor precisión todavía, de la segunda mitad del siglo XX.

Aunque las universidades más antiguas de Hispanoamérica se remontan a mediados del siglo XVI, nacieron bajo el espíritu de la Contrarreforma y muchas directamente vinculadas a la Iglesia Católica. Quienes ahí se educaban e impartían lecciones pertenecían a las élites letradas, pero de muy pocos podría decirse que eran “escritores” en el sentido que hoy damos a la palabra. Eran, más bien, abogados, filósofos (teólogos), médicos y políticos con inclinación a las letras, que ocasionalmente publicaban libros sobre historia, geografía, gramática, costumbres y leyendas locales y, en algunos casos, también crónicas, cuadros de costumbres, folletines y novelas, obras teatrales y poemarios.  

Casi ninguna de las figuras emblemáticas del modernismo  finisecular se ganó la vida con la docencia universitaria: ni Darío, ni Martí, ni José Asunción Silva, ni Santos Chocano, ni Gutiérrez Nájera, ni Lugones, aunque sí lo hizo mi paisano Roberto Brenes Mesén… Si vamos a al realismo y sus derivaciones, tampoco lo hicieron la peruana Mercedes Cabello de Carbonera ni su coterráneo Manuel González Prada, ni el chileno de Blest Gana, ni Tomás Carrasquilla en Colombia, pero distinto es el casos de Miguel Cané en Argentina y de los mexicanos Federico Gamboa, Emilio Rabasa, José López Portillo y Rafael Delgado, quienes tuvieron en la docencia en centros de educación superior una actividad importante, aunque a lo largo de su vida desempañaron diversos cargos políticos. No obstante, de ninguno de ellos podría decirse con propiedad que fue un académico. Lo mismo cabe decir de la generación vanguardista que los siguió.

Alfonso Reyes puede considerarse pionero de esta estirpe, pues en 1912 fue nombrado Secretario de la Escuela Nacional de Altos Estudios, precursora de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, labor que años más tarde continuaría en el Colegio Nacional y en el Colegio de México (aunque combinada, eso sí, con una intensa vida política y diplomática). Naturalmente esto tuvo lugar en el México posrevolucionario y, por lo tanto, laicista y anti clerical, pues el espíritu de las revoluciones liberales que sacudieron las naciones latinoamericanas durante las últimas décadas del siglo XIX, no alcanzó a los claustros universitarios, de los cuales los más prestigiosos habían nacido con la bendición papal (pontificios) y otros tantos fueron fundados y regentados directamente por órdenes religiosas. Aunque muchos habían sido nacionalizados, su forma de gobernanza se mantuvo intacta y hacía de ellos corporaciones dependientes del poder político, verticales, cerradas, conservadoras y elitistas.

Es así como llegamos al movimiento reformista universitario que, desde inicios del siglo XX --pero con particular fuerza después de 1918, cuando triunfa en Córdoba y pronto en toda Argentina--, se propaga como un reguero de pólvora por toda América Latina y transforma radicalmente la naturaleza y gobernanza de los claustros universitarios, pero, también, el espíritu mismo de estas instituciones y, desde luego, la composición social del alumnado, primero, y del profesorado, después.

La historia de este movimiento y su impacto en Hispanoamérica es fascinante y merece muchas páginas, pero no viene al caso aquí. Escritores emblemáticos de la región como Neruda, Asturias, Germán Arciniegas y el magnífico poeta costarricense Isaac Felipe Azofeifa, entre muchos otros, estuvieron orgánicamente vinculados al movimiento, para no hablar de políticos e intelectuales en sentido amplio, que contribuyeron decisivamente a darle forma al siglo XX Latinoamericano: de Salvador Allende a Juan José Arévalo, de Fidel Castro a Jesús Silva Herzog, de Haya de la Torre a José Ingenieros a José Carlos Mariátegui, y un largo etcétera.

Es solo después de que la onda expansiva del reformismo universitario se propaga con variada intensidad y disímiles resultados por toda la geografía hispanoamericana, que se perfila poco a poco esta figura del escritor académico, que asentando sus reales en los claustros académicos, desarrolla paralelamente a su labor una obra literaria de creación.

Considerado el asunto desde el siglo XXI, cabe sin embargo introducir la distinción entre el académico escritor y el escritor académico.

Modélico del primero vendría a ser Alfonso Reyes: intelectual, estudioso, crítico y ensayista que, además, desarrolló una obra poética significativa. Pocos objetarían que lo más importante de su obra son sus estudios y ensayos sobre literatura, historia y cultura en su amplio sentido. En mi país, Abelardo Bonilla podría ser un ejemplo de lo mismo: aunque fue autodidacta y ejerció el periodismo, se vinculó tempranamente a la Universidad de Costa Rica y se reconoce su aporte como ensayista, estudioso e historiador de la literatura, pero también escribió alguna novela.

En la figura del escritor académico las cargas se invierten, y la obra literaria de creación está en el centro del proyecto vital del autor. La universidad y la vida académica son más bien una salida laboral, un modo de asegurar la autonomía y la subsistencia. Hablando de Costa Rica, me parece significativo que dos brillantes escritoras sean pioneras en este sentido, Victoria Urbano y Rima de Vallbona, aunque ambas desarrollaron su vida académica en los Estados Unidos.

Con todo, sospecho que la figura del escritor académico que intento perfilar aquí está desigualmente arraigada en Hispanoamérica, y que es más frecuente en países con mercados y sectores editoriales poco desarrollados, donde la vida universitaria se convierte, con mayor claridad, en una opción laboral.

En Costa Rica, por ejemplo, la mayoría de los escritores y escritoras de mi generación terminaron ganándose la vida como profesores universitarios, algunos, incluso, han hecho toda su vida laboral ahí. Sin embargo, no parece que este sea el caso en países como Argentina, México, Perú, Chile o España, donde además de los derechos de autor, existen premios, fondos de becas y circuitos de promoción de los que mal que bien se sirven los letraheridos para vivir.

Lo que es claro es que, en Hispanoamérica, la integración de las llamadas “élites letradas” y, más específicamente, de las sucesivas cohortes de escritores, sufrió una profunda transformación  como consecuencia de la Reforma Universitaria, puesto que las universidades que de ahí emergieron se convirtieron con el tiempo, no solo en instancias formativas, sino también en una salida laboral para los letraheridos de los sectores emergentes en la región.


Publicado en la Revista Carátula, abril 2024

 


martes, enero 02, 2024

VIVIR BIEN, MORIR BIEN

Algún día llegaremos a ese momento en que el principal desafío que enfrentemos ya no será vivir bien, sino morir bien, pero por alguna razón, casi nadie logra reconocerlo y casi todos terminamos aferrándonos. ¿Acaso es mejor una mala vida que una buena muerte?

DON JOAQUÍN RECUERDA A DON JOAQUÍN



 


Joaquín García Monge



Hay dos “don joaquines” en la cultura costarricense. Uno es Joaquín García Monge, el otro, Joaquín Gutiérrez Mangel. El primero es recordado, principalmente, como fundador y editor del Repertorio Americano -la célebre revista de alcance hispanoamericano que mantuvo con pobreza franciscana y disciplina espartana durante casi cuarenta años-, aunque su trayectoria en los campos de la educación y de la política también es descollante. El segundo es conocido, sobre todo, como autor de novelas y como ajedrecista, aunque su labor como editor, como traductor y como periodista es igualmente destacada. El primero también escribió en su juventud algunas novelas, a las que los estudiosos de la literatura costarricense reconocen el mérito de introducir la estética naturalista en el tratamiento de personajes y temas vernáculos, superando así el costumbrismo imperante en la época. Ambos fueron “de izquierdas”; el primero, comprometido con causas populares y antiimperialistas; el segundo, militante comunista, de modo que ambos apoyaron el bando republicano durante la Guerra Civil española, por ejemplo, entre otras causas de la época. El primero apenas viajó fuera de Costa Rica -suele mencionarse una estancia de estudios en Chile y otra relativamente breve en Nueva York-, en tanto el segundo vivió varias décadas en Santiago de Chile, así como también algunos años en la China de Mao, y publicó célebres reportajes sobre sus viajes a Viet Nam y a la desaparecida Unión Soviética. A Joaquín García Monge no llegué a conocerlo, pues murió antes de que yo naciera. A Joaquín Gutiérrez lo conocí y traté en mi juventud, cuando regresó a Costa Rica huyendo de la dictadura pinochetista y daba talleres de escritura y cursos sobre la obra de Shakespeare en la Universidad de Costa Rica. Sus nacimientos los separaban casi cuarenta años en el tiempo y ambos fallecieron en el lluvioso mes de octubre -sin duda alguna, con aguacero-, el primero en 1958 y el segundo en el año 2000.

Para mí en lo personal, y sospecho que para muchos de mis contemporáneos, Joaquín García Monge ya era en nuestra juventud un ícono lejano, una figura reverenciada y bendecida por señores con traje y corbata que publicaban largos panegíricos en revistas grises como sus cabellos, o que discutían su obra en aburridos seminarios académicos. Con entusiasmo juvenil, pero sin la disciplina revolucionaria necesaria, intenté leer algunos de sus libros, desistiendo pocas páginas después. Tal vez aquellos de mis coetáneos que se acercaban a su figura desde los estudios literarios, o quienes lo hicieron desde el activismo en movimientos populares, lo consideraron bajo otra luz y se relacionaron con su obra desde otra perspectiva, pero ninguno de esos fue mi caso.

Con Joaquín Gutiérrez fue distinto. Luego de los cursos universitarios que matriculé con él, asistió varias veces al “Taller del Lunes”, un grupo de amigos -poetas, sobre todo-, que nos reuníamos semanalmente a mediados de la década de los años 1980 para leer lo que habíamos escrito y para discutir sobre literatura y política. Yo había leído con interés algunos de sus libros, aunque no alcanzaba a formarme una opinión definitiva sobre ellos, pues carecía del contexto necesario para hacerlo. Aun así, me hacía eco del respeto y de la admiración que le profesaban mis compañeros del taller. Hombre de vasta cultura y de trato fácil, era un gran conversador y un buen bebedor; su voz resonante y su risa estruendosa se imponían donde quiera que estuviese, aunque bajo sus modos agradables yo percibía un fondo de autoritarismo estalinista.  

En días pasados, vagabundeando por las páginas de “Brecha” -una revista literaria que circuló en Costa Rica entre 1957  y 1962-, tropecé con las palabras que Joaquín Gutiérrez leyó en el homenaje que organizara en noviembre de 1958 la Sociedad de Escritores de Chile con motivo del fallecimiento de García Monge, acaecida un mes antes (“Don Joaquín García Monge”. BRECHA, año 4, número 3, enero de 1959, pgs. 7-9).  La semblanza que ahí hace don Joaquín de don Joaquín es, además de una deliciosa pieza literaria, un documento que me ha ayudado a comprender y justipreciar -¡por fin!- la figura de García Monge, la relevancia de su labor para toda Hispanoamérica pero, sobre todo, para Costa Rica.

En su semblanza, Gutiérrez dibuja con trazos gruesos pero precisos la trayectoria de García Monge, desde su niñez en el pueblo campesino de Desamparados, a finales del siglo XIX. “Cursa García Monge la escuela primaria de siete grados, queda huérfano de padre y en la capital cursa la secundaria de cinco años más, como alumno interno, y vuelve, ya bachiller, a su aldea, a ese Desamparados de vacas y gallinas”. Para entonces, es ya un asiduo lector de todo lo que llega a sus manos. Un día, cae en sus manos una novela de José María de Pereda, y con Pereda -continúa Gutiérrez-, “descubre un camino: - También a mi alrededor crepitan las novelas. El vecino Pedro y la vecina Micaela son personajes tan importantes, y más importantes, que la Marquesa, el General o la señorita que es melancólica, hace poemas y se suicida. Sí, es claro, aquí mismo, entre los vecinos que vienen a charlar alrededor del pozo, hay docenas de novelas. Se necesita tan sólo, desnudarlas. Lección inmensa que hoy, todavía, nos debe servir de norte”.

Es así como en los albores del siglo XX nacen “El Moto”, primero, y luego “Hijas del campo”, las juveniles novelas de García Monge. El escritor Carlos Gagini se ofrece como como garante por la deuda de 125 colones que contrae García Monge con la imprenta que tirará “El Moto”. “El éxito -continúa relatando Gutiérrez- fue grande, la edición de “El Moto” se vendió toda, pagándose la factura y aún alcanzó para que el novel autor se mandase a hacer un terno de casimir importado”. Esto lo anima a publicar muy pronto “Hijas del campo”, que también es recibida con buen suceso… “y en 1901 se le otorga una beca para viajar a Chile a estudiar tres años en el Instituto Pedagógico y algunos cursos de zootécnica en la Quinta Normal.”

A su regreso de Chile, con 23 años de edad, lo nombran profesor de castellano y literatura en el Liceo de Costa Rica. Pocas semanas después, estalla un conflicto entre los estudiantes y el director del Liceo. “Interviene la policía y en los interrogatorios de los detenidos sale a relucir el nombre de don Joaquín como el principal incitador a la rebeldía. El gobierno, drástico y miope, lo destituye por anarquista. (…) Al día siguiente el anarquista llega a su pueblo a cultivar la tierra y sólo vino a sacarlo de allí, años después, el Presidente Cleto González Víquez llevándolo de profesor al Colegio de Señoritas”.

Tras casarse y procrear un hijo, en 1915 es nombrado profesor en la Escuela Normal en Heredia, institución de la que luego, en 1927, será Director. Pero antes está dictadura de los Tinoco (1917-1919), una profunda convulsión en la vida política de Costa Rica e importante para García Monge. Continúa relatando Gutiérrez: “Don Joaquín había predicado: “el educador no ha de ser un conejo asustadizo, ni mucho menos un alcahuete de los políticos”. Y ellos (los Tinoco) se ceban con él. Destituido parte a Nueva York a tratar de fundar una editorial, pero no le agradó la gran cosmópolis, como se decía entonces, ni encontró ayuda. Vuelve, lucha contra la tiranía, hasta que esta cae. Ya es un hombre a quien se escucha”. Por esa razón, tras la huida de los Tinoco, García Monge es electo presidente de la comisión de ciudadanos designada para ir a exigirle al general Juan Bautista Quirós en quien ellos delegan la presidencia, que entregue el cargo. “¡Qué magnífico alegato público y qué modelo de oratoria cívica! Primero ablandar al general, después convencerlo, amenazarlo luego, erguirse ante él y hacerle sentir que todo un pueblo está hablando en ese momento con sus palabras y que, ante un pueblo, su espada de general es una cuchilla herrumbrada”, escribe Gutiérrez. Y continúa: “La patria y su destino están por encima de todo. Vamos, general, olvide su pequeña postura y convoque a elecciones, yo se lo impreco, yo se lo mando”.

Cuando retorna la normalidad, García Monge es nombrado por un breve periodo Secretario de Educación Pública, y después, de 1920 a 1935,  Director de la Biblioteca Nacional, el último cargo público que ejerció. Como Director de la Biblioteca Nacional es que Gutiérrez llega a conocerlo. “Los muchachos íbamos a leer Salgari en unas mesas redondas y lo veíamos pasearse a veces por los jardincillos interiores”. Poco después, el padre de Gutiérrez le encomienda a García Monge la orientación de su hijo: “Don Joaquín, este muchacho parece que va a resultar escritor. Yo quiero dejárselo a su cuidado. Mi padre partió y yo quedé allí, con mis 15 años muy impresionados, mirando a ese hombrecillo gordo, de calva incipiente, mejillas rosadas de hombre criado al aire libre, voz delgada, apenas con movimientos mínimos en los labios, mirada juguetona, siempre con un matiz de burla cariñosa. Me pidió que le leyera los versos que andaba llevando. ¿Cómo lo habría adivinado? ¿Cómo pudo darse cuenta de que todos los bolsillos los traía llenos de sonetos?” Así es como García Monge se convierte en una especie de tutor literario de Gutiérrez. “Me prestaba libros, hoy Santa Teresa y mañana Bakunin, hoy Quevedo y la otra semana Neruda…” Y más adelante: “Con aquel riego crecía la planta y el jardinero me pidió la primera colaboración para Repertorio. Ya aquello era la consagración definitiva, salir en letras de molde, viajar por toda América con esas alas de papel impreso, saber que ese ejemplar, en que aparecía nuestro poema, caería en las manos de Alfonso Reyes, descansaría en el escritorio de la Juana de Ibarbourou, rodaría entre los universitarios de Lima o México”.

El siguiente es uno de mis pasajes favoritos del texto, pues revela, entre otras cosas, que la historia se repite una y otra vez. Lo transcribo íntegro: “Después, con toda mi generación, bebimos el vino fuerte del iconoclastismo. Para vencer la batalla que librábamos dentro de nosotros mismos, tuvimos que volvernos sectarios, ásperos, intransigentes. Nos movíamos en medio de una sociedad adocenada, tibia y a menudo mezquina y para romper los prejuicios que nos envolvían, nos convertimos unos bárbaros sin respeto a nada. Don Joaquín mismo más de una vez cayó bajo nuestra mofa. “Es un viejito inofensivo, a dónde va con su Repertorio, que tánta Santa Teresa”… y cosas así. Nosotros, en cambio, el grupo en donde estaba la más fecunda y variada generación literaria y artística que ha dado Costa Rica, Yolanda Oreamuno, Fabián Dobles, el poeta Segura, el escultor Paco Zúñiga y muchos más, entonces muchachones de 20 años, íbamos mucho más allá… así al menos lo creíamos pretensiosamente.

Ya lo visitábamos poco y cuando lo hacíamos era para robarle libros. O si no, para llegar hasta la puerta de su casa y arremedar el pregón callejero… compro boteeellas, papel periódico….

Él, que vendía papeles viejos de tantos que se le acumulaban, para ayudarse subsistir, contestaba desde adentro: Ya voy. Y lo veíamos acercarse por el largo corredor, oculto bajo un montón de papeles que apenas sostenía en sus brazos cortos y gorditos. Llegaba a donde estábamos conteniendo la risa, y naciente su calva detrás de la montaña impresa como la luna detrás de los Andes. Descubría la broma:

-          ¡Ah Gutierritos, siempre de guasa!

Todo dicho con una voz limpia, privada de todo rencor, llena de cariño. Hoy, en esta ocasión, por esos años de torpe intransigencia, perdónanos, don Joaquín”.

Cuando Gutiérrez se marcha de Costa Rica a su larga aventura chilena e internacional, mantiene con García Monge una relación epistolar y como colaborador ocasional del Repertorio Americano. Y, desde luego, no falla en visitarlo cuando viaja a Costa Rica. “La salud comienza a abandonarlo y, además, su esposa está enferma y él hace las veces de enfermero. Nos recibe tan contento, con esa efusividad suya reprimida y en sordina. “-Vienen muy pocos a verme, ya estoy viejo y los aburro”-. Pero no está viejo, no es cierto. Está al día en todo, Lee y lee y lee“.

Gutiérrez dedica los párrafos finales de su semblanza a ensayar un balance del legado de García Monge como escritor, como educador, como editor y difusor de ideas. El Repertorio Americano fue su última y más grande contribución en este campo, pero hubo otras previas: “Siembra”, que editó bajo seudónimo cuando tenía solo 23 años, luego, entre 1910 y 1915, la colección Ariel, entre otras publicaciones periódicas como “La Obra”, el “Convivio para los niños”.

Del Repertorio, refiere Gutiérrez, publicó más de 1300 números. Para cada edición, el propio García Monge es quien “separa la correspondencia, la archiva, lleva la contabilidad, selecciona el material para lo cual sigue leyendo por toneladas, escribe las notas bibliográficas, siempre estimulantes, compagina, lleva el material a la imprenta, corrige las pruebas, recibe la edición, la cuenta, la envuelve, rotula y amarra en paquetitos que lleva, él mismo en varios viajes, con sus pasitos cortos, hasta el correo. Sin embargo, siempre insiste en que Repertorio no es un trabajo personal sino colectivo y recuerda la labor de los prensistas y tipógrafos, del distribuidor, de los quinientos suscritores nacionales y los amigos y colaboradores del extranjero”. Pero el Repertorio, recuerda Gutiérrez, no es solamente una revista literaria, sino también hogar de encendidas campañas antiimperialistas y en favor de la democracia. “Cada embestida contra un tiranuelo da por resultado que Repertorio deja de circular en ese país, él pierde suscritores y la vida se le vuelve más dura… pero más hermosa”, escribe. Y pasa a relatar como a García Monge el Congreso de Costa Rica le concedió el título de Benemérito pocos días antes de morir, la única persona que hasta entonces -¿y aún ahora?- la ha recibido en vida. “La víspera de su muerte llamó a un amigo y le pidió: “nada de flores, discursos ni ceremonias en mi muerte. Que sea sencilla como ha sido mi vida sencilla… verdad?”

Así pues, la trayectoria de los dos “don joaquines” de la cultura costarricense se extiende a todo lo largo del siglo XX, que despunta con la publicación de El Moto, la obra primera de García Monge, justo en 1900, y se extingue con el fallecimiento de Gutiérrez, cabalmente en el año 2000.

Joaquín Gutiérrez Mangel