La única ventaja que los adultos tenemos sobre los niños -si
se la puede llamar así-, es que nosotros sabemos que fuimos niños, pero ellos ni
siquiera imaginan que un día serán viejos…
Una bitácora del día a día, mes a mes, año a año, con textos incómodos o inconexos, de esos que no encuentran cabida en otro sitio, hasta que la muerte u otro bicho o alimaña se aparezca o nos separe... perecgeorges@gmail.com
La única ventaja que los adultos tenemos sobre los niños -si
se la puede llamar así-, es que nosotros sabemos que fuimos niños, pero ellos ni
siquiera imaginan que un día serán viejos…
La tormenta trajo una flor
No sé de dónde la
trajo.
Se maltrataron
sus pétalos
Pero sobrevivió al
granizo.
La tormenta trajo
esta flor
Desde muy lejos
la trajo.
Aunque herida y
lastimada
Brillaba en el
asfalto.
Sobrevivió la
bella flor
Al vendaval y al
granizo
Sus pétalos
lastimados
Sobrevivieron al
frío.
No sé de dónde
vino
Pero la
tormenta
Sobrevivió la
bella flor
Al vendaval y al
granizo.
Cuando arreciaba la
tormenta
Y azotaba el frío
Encontré la bella
flor
Y me sentí tranquilo.
Desde entonces me
acompaña
Desde entonces la
cuido
La flor de la
tormenta
Me acompaña y la
cuido.
Clarisa despertó esa mañana convencida de que era un buen día para morir,
pero lo mismo había sentido muchas veces desde que falleció su marido, diez
años atrás, y aquí seguía tan campante, buscando cada día un motivo para continuar,
preguntándose por qué el destino le había reservado para el final su broma más
amarga -a ella, que no había sido una mala persona…
Solía reflexionar sobre sí misma en tiempo pasado, como si ya todo hubiera concluido,
pero lo cierto del caso era que a pesar de sus dolores articulares y de una
paulatina pérdida de memoria, ninguna enfermedad grave la amenazaba o, dicho en
sus términos, nada prometía poner fin al suplicio. Un castigo, sí, la vejez era
un castigo, sobre todo la vejez sin Armando: condenada a ser testigo impotente
de las enfermedades y la muerte de amigas y amigos, cada vez más aislada en un
mundo desquiciado e incomprensible. Su único refugio eran los recuerdos, pero de
la misma forma en que una mancha de aceite en la superficie vela la visión del
fondo marino, también estos terminaban contaminados por la acritud del
presente.
A menudo lamentaba no tener a quien implorar por su muerte, pues desde muy
joven había desterrado de su mente cualquier vestigio de fe religiosa. A lo sumo
se atrevía a pedirle a Armando que la llevara consigo, pero cuando se
sorprendía haciéndolo, se encontraba ridícula. Algunas veces -pocas- tomaba el
asunto a broma y entablaba diálogo con su difunto marido.
- Imagino que todavía no venís a buscarme porque estás haciendo de las
tuyas allá -le decía, por ejemplo, pues en vida Armando había sido “un picaflor”.
Hasta los oídos de Clarisa llegaron un par de veces los rumores de sus lances
galantes, aunque en casa él jamás cambió su conducta ni dio señales de que su
matrimonio estuviera en peligro. La única ocasión en que Clarisa abordó el
asunto, fue para pedirle discreción. Él se comprometió a ello y cumplió
escrupulosamente su palabra.
Clarisa se permitía de vez en cuando estos diálogos imaginarios con su
marido, pero a los ojos de la ferviente revolucionaria que fue -¿o era todavía?-
aquello era ridículo, sobre todo cuando reparaba en expresiones como “allá”, aludiendo
a la dimensión donde presuntamente se encontraba Armando. (Eso sí, jamás se
permitió completar la expresión, ni siquiera en sus pensamientos, con algo como
“allá arriba…”)
La de ellos había sido una relación de toda la vida: se conocieron poco
antes de cumplir los 20, en la universidad; ambos provenían de familias de
clase trabajadora y fueron los primeros en acceder a estudios superiores. Aunque
Armando estudió arquitectura, su verdadera pasión era la cerámica; sin embargo,
un dejo de realismo le hizo ver que asistir a la universidad para dedicarse a
la cerámica habría sido una afrenta para su padre albañil.
Cuando se conocieron, ambos militaban en la misma organización comunista; juntos
terminaron de crecer y se hicieron profesionales. Aún no cumplían 30 años cuando
celebraron el triunfo de una revolución, y pocos años después experimentaron el
espanto de la represión y bebieron la hiel del exilio. No habían tenido hijos
porque… ¿Por qué no los tuvieron? Porque cuando ella se decidió, ya era un poco
tarde y su organismo no pudo o no quiso…
Una década más tarde cayó la dictadura y ellos hubieran podido regresar a
su país, pero desistieron de hacerlo: demasiadas historias escucharon sobre la
frustración y el desencanto de quienes volvían esperando reencontrar un pasado
que solo existía en ruinas; además, se hallaban a gusto en su patria de acogida,
y viajaban con regularidad a su país natal.
Entre las cosas que habían logrado traer cuando salieron al exilio, estaba
aquel jarrón que modeló Armando poco antes del triunfo de la revolución. No era
una obra muy lograda -con los años, él se convertiría en un excelso ceramista,
pero el jarrón era de la época de sus inicios-, pero sí era de las más
significativas, pues lo llenaron de flores cuando triunfó la revolución y
emprendió con ellos el incierto viaje hacia el exilio (tal vez el único objeto accesorio
que lo hizo). Solían llenarlo de flores para ocasiones especiales: los
aniversarios de boda, la caída de la dictadura y el regreso de la democracia,
el enjuiciamiento y condena de los generales asesinos… Desde luego, durante la
vela de Armando, Clarisa lo llenó con claveles rojos y en la funeraria lo colocó
sobre su ataúd, a la altura del pecho.
Clarisa permanecía tendida en su cama, paladeando el dolor de estar viva. Debían
ser las 6:30 o tal vez las 7 de la mañana. Las cortinas del cuarto se mantenían
cerradas. ¿Para qué levantarse? ¿Para qué levantarse ahora o más tarde o nunca?
No, esta vez se quedaría en la cama el tiempo que fuera necesario, hasta
encontrarse de nuevo con su marido. Ya no saldría de ahí.
De repente pensó en el jarrón, el jarrón que la había acompañado toda su
vida con Armando y los últimos 10 años después de su muerte, y quiso tenerlo a
su lado para morir abrazada a él. Amparada en la resolución de dejarse morir, que
sentía crecer dentro de sí, este no le pareció un gesto melodramático, sino
necesario.
Decidió levantarse por última vez para ir a buscarlo a la mesa del comedor,
donde lo mantenía de ordinario. Tan
pronto lo vio, cayó en cuenta de que hacía meses no le ponía flores. Lo tomó
entre sus manos y emprendió el regreso hacia su habitación; justo cuando
entraba al cuarto tropezó con algo -¿las pantuflas, el cordón de las cortinas?-
y trastabilló. Como en cámara lenta -sí, como en las películas de acción-, vio
como el jarrón escapaba de sus manos y caía al piso, rompiéndose en mil
pedazos. Junto con él, también cayó ella, y por fin experimentó la certeza, el
alivio, la dicha, de saber que ya no se levantaría de ahí.
Cuando en la escuela nos enseñan los colores, nadie nos advierte nunca que
un día perderemos la visión del rojo; esto lo aprendemos después, con
familiares o con desconocidos, y no porque alguien nos lo diga claramente, sino
de esa forma velada, un poco torcida, hecha de silencios incómodos y de frases
inconclusas, como ocurren la mayoría de los descubrimientos importantes en la
vida. Pero una cosa es comprender que esto
le sucede a otros, y otra muy diferente asumir que también nos ocurrirá algún
día…
Todavía recuerdo la primera mañana -no hace tanto de esto- en que una de mis
corbatas favoritas me resultó irreconocible, pues las gruesas rayas rojas que
alternaban con otras azules lucían sospechosamente desteñidas… Aún no llegaban
a ser grises, como las veo hoy, pero el rojo que tan bien conocía, había
perdido intensidad y brillo.
Descarté que hubieran dañado la corbata en la tintorería, pues solo las
franjas rojas lucían irreconocibles; intenté controlar el sobresalto en mi
pecho y me dije que, tal vez, aquello era un efecto de la iluminación. Con la
corbata en las manos, corrí hasta la ventana y abrí las cortinas, pero para mi sorpresa
y decepción, nada cambió… Entonces
comprendí que mi momento había llegado. (Antes -lo entiendo ahora-, recibí algunas
señales de lo que estaba por venir, pero no supe interpretarlas, por ejemplo,
una creciente indiferencia hacia el rojo y, cuando caía en cuenta de esto, un arrollador
sentimiento de nostalgia por los tiempos en que la sola visión de ese color, me
conmovía…)
Aquella mañana no lo comenté con mi mujer y, como había previsto, me anudé cuidadosamente
la corbata al cuello, pues una señal inequívoca de la pérdida del rojo, es la
renuencia a usar prendas de ese color. Hay quienes van más lejos y evitan relacionarse
con cualquier objeto colorado. Caso de sobra conocido es el kétchup, consumido con
fruición hasta cierto momento de la vida, pero luego desdeñado con mohines y
gestos de repulsión. No en vano, cuando se sospecha que la visión del rojo de
alguien declina, se murmura a sus espaldas la manida frase: “A ese, como el
kétchup ya no le sabe bien…”, y otras parecidas.
A nadie sorprende que otro signo evidente de que el rojo ha empezado a desaparecer
de la vista de alguien, sea la conducta opuesta, es decir, el abuso e incluso
la obsesión maniaca por ese color. Si de los primeros se murmura a hurtadillas,
estos últimos son objeto de abierta censura y de burlona irrisión:
- ¡Ese hombre es un “colorado…”!
En las semanas y meses siguientes al episodio de la corbata, las señales se
multiplicaron hasta el punto de que ya no tuve más alternativa que comentarlo
con Martha, mi esposa. Tras escucharme en silencio, ella me miró esforzándose
por lucir comprensiva y restarle importancia al asunto.
- Tranquilo, no te preocupés. Estamos juntos en esto…
Supongo que son las frases que nos enseñan a decir en circunstancias semejantes.
¿Juntos en esto? ¡My ass! El que perdía la visión del rojo era yo, no
ella, que podía seguir vistiendo la hermosa falda roja que le regalé tiempo
atrás, sus camisas rojas, sus calzones, sostenes y pijamas rojos, o poniéndole
kétchup a las hamburguesas y pidiendo pasta pomodori en su restaurante
favorito, como había hecho desde que la conocí…
Varias veces intenté abordar el tema con amigos que, suponía, estaban
pasando o ya habían pasado por lo mismo, pero invariablemente topé con una
barrera de tres metros de espesor:
- ¿Cómo vas con el rojo? -tanteaba
el terreno yo, a sabiendas de que abordaba un tema delicado.
- ¡Ah, el rojo, sí! ¡Es fenomenal! -Y ni media palabra más.
O también:
- ¿Viste qué hermoso pañuelo de seda rojo lleva esa muchacha? -lanzaba
el anzuelo, mientras bebíamos una cerveza. Desde luego, ya entonces el rojo era
para mí un vacío que debía llenar con la imaginación.
- ¡Precioso, sí! -Y ni media
palabra más sobre el tema.
Tras varios intentos infructuosos, terminé por desistir. Desde entonces,
cuando me cruzo en la calle con gente como yo, evito mirarla a los ojos y eludo
su mirada si ellos lo hacen, aunque sé que la humillación y la vergüenza de
quienes perdimos la visión del rojo, son evidentes para todos y con ella
deberemos vivir mientras sigamos aquí.
Una noche de estas, después de la cena, mi hija Sofía,
de seis años, nos llamó aparte a su madre y a mí y nos contó que esa mañana, cuando
su hermana Isabel se había ido a la escuela, las cortinas del cuarto se
agitaron de repente y una ráfaga de viento entró por la ventana. Aquello no tenía
nada de excepcional y pensé que la chiquilla solo quería nuestra atención. “¿Y
qué hiciste? -le pregunté-. ¿Cerraste la ventana?” “No, papá”, me respondió
irritada, “no se trata de eso.” Su madre me fulminó con la mirada “¿Ah, no? ¿De
qué se trata entonces?”, le pregunté. Ahora fue ella, la niña, quien me miró
como diciendo: si no me interrumpieras con tonterías, ya te lo habría dicho.
“Resulta”, nos dijo a continuación, “que la ráfaga se escondió en un rincón del
cuarto y me dijo que estaba cansada y que no quería viajar más…” ¡Vamos, aquello
sí me pareció original! ¡Una ráfaga de viento que se niega a seguir su viaje! Ahora
fue su madre quien le preguntó: “¿Y te contó por qué está cansada?” “Al
principio”, respondió Sofía, “no quería decir nada, solo repetía que estaba muy
cansada, pero después de un rato, se animó un poco y habló más…” MI mujer y yo
éramos todo oídos y esperábamos que continuara, pero la niña se hizo esperar.
“¿Y qué te dijo?”, me atreví a preguntarle. “Me dijo” -y Sofía nos miró como
preguntándonos si esto era verdad-, “que el mundo está lleno de cosas horribles
y que no podía mirar más.” Antes de articular palabra, su madre y yo cruzamos
una mirada de estupefacción. “¿Eso te dijo?”, balbuceó por fin mi mujer. Por
toda respuesta, la chiquilla mantuvo su vista fija en nosotros, demandando una contestación.
“Bueno, cariño”, comenzó a decir mi mujer, “eso, desgraciadamente, es
cierto...” Yo, en cambio, intenté una evasiva. “Pero eso no es todo, cariño,
también hay...” Pero Sofía no mordió el anzuelo y me interrumpió: “¿Entonces,
es verdad?” Nosotros guardamos silencio. ¿Cuánta verdad debe soportar el
corazón de una niña? Sofía bajó la vista y quedó en silencio durante un tiempo
que me resultó increíblemente largo. “Me pidió permiso para quedarse en el
cuarto”, agregó después. Su madre y yo intercambiamos un gesto de: “aquí viene
con otra de las suyas…” “¿Quién?”, pregunté, aunque era innecesario. “El
viento, el viento que entró en el cuarto”, respondió disimulando apenas su impaciencia.
“¿Te pidió permiso para quedarse ahí?”, insistió su madre. “Y qué le respondiste?”
“¡Que sí, que podía quedarse todo el tiempo que quisiera!” “¿Y sigue ahí?”, le
preguntó su madre. “¡Por supuesto! ¿Dónde más iba a ir?” “¿Y no pensaste que
tal vez tu hermana no quiera compartir el cuarto con alguien más?” “Isabel está
de acuerdo, ya se lo pregunté”, respondió. “Pues si es así, nosotros no vamos a
oponernos”, dijo su madre, y eso pareció tranquilizarla.
Mi mujer y yo contábamos con que todo acabaría ahí,
pero para sorpresa nuestra, Sofía retomó el asunto la noche siguiente. “Sigue
muy triste”, nos dijo entonces, como si rindiera un informe. Nos pareció
innecesario preguntarle de quién hablaba. “Dice que ha visto demasiadas cosas feas
y terribles.” Aunque intenté callar, no pude resistirme y le pregunté. “¿Cosas
terribles? ¿Cosas terribles como qué?” “¡Ay, papá!”, me respondió ella. “¿Por
qué me preguntás si lo sabés de sobra?” Y yo sabía, sí, yo sé de qué cosas le
habla el viento a mi hija menor, pero desde entonces prefiero no preguntarle, por temor a que una noche de
estas me responda y yo no pueda seguir fingiendo que ignoro lo que sé.
“Entender alguna
cosa es encontrar en ella algo que es propiedad nuestra, y es este
descubrimiento de nosotros mismos fuera de nosotros mismos lo que nos causa
alegría.”
Rabindranath Tagore, “Sadhana”.
Creo que lo fundamental de las epistemologías críticas de la modernidad europea y de la ciencia asociada a ella, no es la anulación de la dualidad sujeto/objeto, que en última instancia no puede negarse, sino más bien el reconocimiento de que ambos, sujeto y objeto, son el resultado del mismo proceso cosmológico, este sí único, y en esa medida están indisolublemente imbricados. Al tiempo que un despliegue y manifestación, el cosmos es un proceso de conocimiento.
Sueño que en los dedos del cadáver de mi padre están escritas sus últimas palabras, pero tan pronto las leo, la tinta se disuelve en una mancha irreconocible; aunque alcancé a leerlas, trato de recordarlas sin conseguirlo. Miro la mancha de tinta a la que han quedado reducidas sus palabras, y lloro con mis hermanos...
¡Urge un viaje al presente!
- 0 -
Me asomo al borde una revelación, pero me detiene el vértigo de caer en ella y perderme para siempre...
- 0 -
En vez de somatizar, hay que psico-matizar
- 0 -
¡Qué maravillosa elastilacidad la de la telaraña, capaz de elongarse, no sé, un diez o un quince por ciento sin colapsar! De las telarañas, algunos admiran su fortaleza; yo, su elasticidad.
Introducción
Ignoro las razones por las que el autor o autora del presente manuscrito decidió comentar los textos del filósofo presocrático haciéndose llamar “La Coneja”, un seudónimo casi tan intrigante y enigmático como la figura del mismo Heráclito. En ocasiones he pensado que lo hizo como un guiño al famoso “Tío Conejo”, célebre personaje de la literatura infantil costarricense y encarnación local del “tricker” o tramposo de la tradición oral en muchas regiones del planeta. El único dato cierto del que disponemos sobre “La Coneja”, indica que vivía en San José de Costa Rica a mediados de los años 70 del siglo pasado, pues el documento está fechado en el mes de julio de 1977.
El original llegó a mis manos hace alrededor de veinte años por un amigo común, hoy fallecido; en aquel momento no le presté mayor atención ni tuve la curiosidad de preguntarle detalles acerca de su autor o autora. Hace algunas semanas, vaciando las gavetas de mi escritorio, lo encontré entre otros papeles destinados al reciclaje y, tras una relectura, llegué a la conclusión de que no me corresponde a mí -que apenas estudié Filosofía algunos años en la Universidad de Costa Rica-, sino a lectores más criteriosos, determinar si tiene algún valor.
Aunque “La Coneja” no se molestó en indicar de dónde había tomado los textos de Heráclito que comenta, tras una breve investigación, mi buen amigo, el Dr. Jorge Jiménez, concluyó que se trata de las versiones del libro “Heráclito: textos y problemas de su interpretación”, del gran erudito italiano Rodolfo Mondolfo, publicado por la Editorial Siglo XXI (primera edición, 1966; segunda edición corregida y aumentada, 1971.)
Debo admitir que el título bajo el que aquí se publican -tan obvio como notoriamente cortazariano-, es una ocurrencia mía, así como el subtítulo que lo acompaña. Por lo demás, se ha transcrito y se publica sin modificación alguna.
R.S.
San José, Costa Rica, julio 2021
- 1 -
Y dejó dicho el viejo Heráclito: “Aun siendo este logos real, siempre se muestran los hombres incapaces de comprenderlo, antes de haberlo oído y después de haberlo oído por primera vez. Pues a pesar de que todo sucede conforme a este logos, ellos se asemejan a carentes de experiencia, al experimentar palabras y acciones como las que yo expongo, distinguiendo cada cosa de acuerdo con su naturaleza y explicando cómo está. En cambio, a los demás hombres se les escapa cuanto hacen despiertos, al igual que olvidan cuanto hacen dormidos.”
La Coneja: Y yo me asombro, me maravillo con cada una de tus palabras, pues ¿qué quiere decir exactamente que “el logos es real”? En esa sola frase, en esa simple afirmación, se condensan muchas de mis dudas e inquietudes de hoy, pues sostener que hay algo que podemos llamar “real” (más allá de nuestras fantasmagorías y delirios), supone que podemos distinguirlo o reconocerlo como tal. Y ojo, viejo cascarrabias: escribo deliberadamente reconocerlo y no “conocerlo”, pues si somos capaces de distinguir algo como real, es porque algo en nosotros tiene esa misma condición…
Lo real, sugerís, no son los cuerpos que percibimos ni creemos ser -en incesante cambio y transformación, es cierto-, tampoco la conciencia que nos hace apercibirnos de ellos, sino más bien las leyes o principios que rigen el mundo, incluyéndonos a nosotros mismos… Por eso “todo sucede conforme a este logos.”
De modo que lo real, lo verdaderamente real, no es visible y manifiesto, sino invisible y subyacente, y por ello mismo los hombres “somos incapaces de comprenderlo”, hechizados como vivimos por lo que aparece y se manifiesta a nuestros sentidos…
¿Es eso? ¿Eso es lo que quisiste decir, viejo Heráclito? ¿No ha desgastado tus palabras, como a los viejos guijarros del río, el curso de los siglos? Pues de interpretarte bien, me inclino a estar de acuerdo.
Pero no puedo pasar por alto el cierre de tu reflexión: que a los hombres se nos escapa el logos, de la misma forma en que se nos escapa cuanto hacemos despiertos y olvidamos cuanto hacemos dormidos.
Más allá del velado desprecio que trasuntan tus palabras, de su altanería o soberbia, hay algo radicalmente cierto en esto. Y lo digo por experiencia, porque también yo vivo la mayor parte del tiempo como dormido, y poco o casi nada de lo que hago despierto me parece verdaderamente real… Aunque esto último lo sé precisamente por ciertos momentos excepcionales en los que he creído, he sentido, romper la burbuja de mis sensaciones y de mis pensamientos para rozar, intuir o asomarme a algo real. Así, solo el despertar nos revela el sueño y solo el sueño nos revela el despertar. Sueño y despertar, ¿son dos rostros de lo mismo?
- 2 -
Y dijo Heráclito el Oscuro: “Por eso conviene seguir lo que es general a todos, es decir, lo común; pues lo que es general a todos es lo común. Pero aun siendo el logos general a todos, los más viven como si tuvieran una inteligencia propia particular.”
La Coneja: Vivimos todos bajo la misma férrea (y sutil) ley que todo lo modela y determina el curso de las cosas, el flujo de los acontecimientos, mas sin embargo, obstinados como niños pequeños, quisiéramos que las cosas fueran según las imaginamos y deseamos, y nos empeñamos en percibirlas de esa forma, y no según su propia naturaleza.
Pues somos humanos, viejo Heráclito, demasiado humanos, es decir, criaturas mortales, aferradas al ego y aterradas por la sospecha de que vamos a desaparecer. Es, pues, el ego, el yo -nuestra raíz y nuestro anclaje en este mundo cambiante-, lo que nos aleja del logos, lo común, lo general, y nos induce al error… ¡Triste realidad! Pues si fuéramos capaces de renunciar a las ilusiones que nacen de aferrarnos al yo y pudiésemos abrirnos sin reparos a la captación y comprensión del logos, lo común, lo general, acaso advertiríamos que también nosotros somos de acuerdo a lo común, lo general, el logos, y descubriríamos que, en cierta forma somos como espejos donde se refleja el mundo, y el mundo es como un espejo en el que nos reflejamos…
¿Y qué veríamos en ese espejo, viejo Heráclito? Veríamos, sí, el vértigo del cambio, de la incesante transfiguración de las llamas de ese fuego que imaginaste como metáfora fundamental del mundo, pero al cabo descubriríamos también que, pese al cambio incesante, la llama no se extingue… Y, acaso, comprender que somos parte de ese fuego infinito y deslumbrante bastaría para redimirnos del terror a desaparecer y de las miserias asociadas a nuestra condición mortal.
Sin duda, sí, “conviene seguir lo que es general a todos, lo común”, pero aceptarlo implica aceptar nuestra finitud, y eso parece más allá de nuestras fuerzas.
- 3 -
Y dijo el Oscuro de Efeso: “El sol tiene el tamaño de un pie humano.”
La Coneja: …pues ilimitado es el río del Espacio-Tiempo, y lo que a nuestros ojos parece imponente, resulta insignificante desde otras perspectivas. De modo que, en el vasto cosmos, menos que un pie humano, menos que la uña del dedo meñique del pie de un recién nacido, resulta nuestro venerable astro…
Pero decime, viejo gruñón: ¿acaso en los pliegues de tu esquiva frase late también la sugerencia de que, pese a su magnificencia indudable, insignificante es el sol si lo comparamos con el ser humano? Pues, en el cosmos, tal vez no todo sea cuestión de dimensiones… ¿Y cuál sería el rasero para valorar la importancia de las cosas, de los hechos y fenómenos cósmicos? ¿Acaso la complejidad? Pues de ser así, de ser la complejidad integrada en cada fenómeno el rasero para valorar la trascendencia o “el significado” de los hechos cósmicos, los seres humanos seríamos, en efecto, infinitamente mayores que los soles, toda vez que nuestro cuerpo integra los elementos resultantes de la combustión y el colapso de estrellas ya extinguidas… Así, turbia en mi visión, revolotea la imagen de algo que viene tomando forma desde los más remotos confines del universo, algo que no cesa de producir nuevas y más complejas formas, y de lo cual nosotros somos un eslabón más en su ruta hacia la plenitud del auto-descubrimiento…
- 4 -
Y dijo Heráclito de Efeso: “Si la felicidad estuviera en los deleites del cuerpo, llamaríamos felices a los bueyes cuando encuentran legumbres para comer.”
La Coneja: Y bien podemos llamarlos felices; ¿por qué no hacerlo? Pero nosotros no somos bueyes, y aunque sean magníficos los deleites del cuerpo, tan pronto los satisfacemos, surgen otras necesidades, se abren otras interrogantes. ¿Llamaremos “felicidad” al estado que nos sobreviene cuando hemos respondido a tales preguntas? Si así lo hacemos, admitamos entonces que nuestra felicidad es transitoria, pues responder a unas preguntas, implica siempre abrir otras: cruzamos umbrales que nos colocan ante nuevos horizontes. No en vano, se acuñó la metáfora de “hambre de conocimientos” o “hambre de saber”. Y esa es insaciable.
- 5 -
Y se dice que dijo el viejo Heráclito: “Se purifican manchándose con otra sangre, como si alguien, después de haber entrado en el lodo, tratase de limpiarse con otro lodo. Parecería que estuviera loco si alguno de los hombres lo observara al obrar de esta manera. Y dirigen oraciones a estos simulacros, tal como si uno dirigiese la palabra a las mansiones sin conocer a los dioses ni a los héroes quiénes son.”
La Coneja: Tal parece, viejo gruñón, que las leyendas sobre tu talante altanero, o más bien despreciativo y burlón, son bien fundadas, pues un poco de empatía y compasión para con nosotros, simples mortales, habría bastado para ahorrarte estas palabras.
En efecto, nos comportamos como dementes en nuestros tratos con los inmortales; en efecto, la locura anida en nuestros corazones… ¿No comprendes, acaso, nuestro desamparo y orfandad? ¿No entiendes, en fin, que privados de la visión del logos que aviva el fuego infinito, desarraigados del cosmos, la vida se convierte en un capricho absurdo y el cosmos en un teatro de locos? De ahí que busquemos el consuelo de los inmortales, la comunión con ellos en la sangre y el lodo.
¡Pero cuidado, viejo Heráclito! Que la razón -ni siquiera en la forma magnífica de tu logos-, no lo es todo ni lo revela todo, y acaso en esa comunión con la sangre y el lodo, en ese oscuro encuentro con lo que nos constituye y conforma, se esconde otra forma de entendimiento y de relación con lo que nos rodea, menos aséptica y menos distante que tu logos; una forma de entendimiento y de relación que nos reconoce también como carne y sangre y lodo, como criaturas sintientes y mortales sedientos de inmortalidad… ¿Y no es esto acaso así? ¿No ofrece esta imagen un retrato más fiel de nosotros, de nuestra miserable y grandiosa humanidad? Pues tu visión del fuego y del logos, hermosa como es, elude la carne y la sangre, los mocos y la caca que también nos constituyen, esa condición para muchos embarazosa e incluso inaceptable…
- 6 -
Y, según dicen, sentenció Heráclito: “Al ser alimentado de la misma manera que la llama, el sol no solo es nuevo cada día, sino que es continuamente nuevo.”
La Coneja: Evanescente es el presente y escurridizo el fluir del tiempo, no hay duda de ello, viejo Heráclito, pero si entiendo bien, si no estoy desencaminado con lo que aquí decís, también estás sugiriendo que el cosmos es un proceso de generación permanente, y que incluso los cuerpos que envejecen, que envejecemos, se renuevan sin cesar. El cosmos siempre está apareciendo, siempre está surgiendo, siempre está naciendo o se está creando, al mismo tiempo que se extingue y está consumiéndose… De esta forma, asistimos a un prodigio, a un acto permanente de prestidigitación; más aun, somos testigos asombrados y parte de él…
¿Puede, entonces, una cosa ser “vieja” y “nueva” a la vez? ¿Puede consumirse algo al tiempo que se renueva? (También podría decir: ¿puede renovarse algo sin consumirse?) ¿Hasta ese punto es absoluto el presente? (Estoy tentado de escribir: “¿es omnipresente el presente’”.)
Ya lo ves, viejo Heráclito: como el mono araña me escabullo por las ramas, me escabullo en las palabras. Aunque vos nada sabés del mono araña ni nada querés saber de mí…
- 7 -
Y dejó dicho Heráclito de Efeso: “No habría armonía si no hubiese agudo y grave, ni animales sí no hubiera hembra y macho, que están en oposición mutua.”
La Coneja: Aquí el fuego estalla en infinidad de chispas; cada una de ellas tiene un color particular, una intensidad y duración únicas, pero todas derivan del mismo fuego y todas dicen de él, cada una de ellas lo revela. También nosotros somos como chispas del gran fuego universal, de ahí nuestra parcialidad. Pues cada uno tiene una condición única y está en una posición única, por lo que su perspectiva es única también.
Así, pues, la armonía -sugerís-, es la superación de las contradicciones, o mejor, la reunión de las contradicciones, la suma de las parcialidades.
Vivimos en el mundo de la multiplicidad, en el mundo de la contradicción, en el mundo de las oposiciones, pero estas contradicciones, estas oposiciones, revelan la armonía de la totalidad, la plenitud de la totalidad.
- 8 -
Y sostuvo Heráclito el Oscuro: “Si todas las cosas se convirtieran en humo, las narices sabrían distinguirlas.”
La Coneja: Y una vez más, viejo Heráclito, me deslumbra tu penetrante intuición.
El cosmos es sustancialmente diverso; aunque por un prodigio inexplicable todo cuanto existe apareciera idéntico ante nuestra mirada (“humo”), su diversidad constitutiva persistiría… y nosotros podríamos distinguirla.
Hoy sabemos que esta diversidad es resultado del proceso cosmológico. La variedad de elementos (átomos) que constituyen la materia, es producto de dicho proceso. ¿Y qué son el olfato, la vista y demás sentidos mediante los cuales nos relacionamos con el mundo, sino medios o vías de conocimiento de la diversidad del mundo? La Vida, indisociable de la Conciencia, produce en su despliegue estos medios o vías de conocimiento.
Por tanto, viejo Heráclito, el cosmos genera la diversidad de elementos que lo constituyen al tiempo que produce también los medios por los que dicha diversidad puede ser aprehendida o conocida por la vida y la conciencia.
La sensibilidad al medio propia de los seres vivos (incluyendo la conciencia que registra y unifica los datos sensoriales), coevoluciona con el proceso de diversificación y articulación constante de la materia, propio del proceso cosmológico.
Si toda la diversidad del cosmos quedara reducida a humo, persistiría como diversidad, pero además, la conciencia y sus órganos sensoriales serían capaces de reconocerla como tal, pues mundo y conciencia coevolucionan.
- 9 -
Y dijo Heráclito de Efeso: “Lo que se opone es concorde, y de los discordantes [se forma] la más bella armonía, y todo se engendra por la discordia.”
La Coneja: Aquí, viejo Heráclito, apuntás a “la raíz del cacho”, como solemos decir en mi tierra, pues afirmar que todo cuanto existe surge de la oposición de los contrarios, de su antagonismo y de su interacción, ya es audaz, pero agregar que los contrarios, juntos, configuran una unidad armónica en la que la oposiciones se anulan o desaparecen para convertirse en “la más bella armonía”, es trascender la raíz del cacho y señalar lo invisible y, ¿por qué no?, lo que trasciende o está más allá de lo patente, del mundo manifiesto.
Vivimos y morimos en el mundo de los antagonismos y la contradicción, pero esa dualidad en discordia sin fin, esa conflagración permanente de la que somos testigos y en la que también ardemos, revela la velada armonía.
Vivimos en un mundo de parcialidades, necesariamente en pugna, que revelan la unidad subyacente de todo, su armonía deslumbrante. ¿Es esto lo que estás diciendo, viejo chamán?
Fragmentación, atomización, oposición, discordia; pero también lo opuesto: integración, complementariedad, danza, armonía. Las contradicciones y su contradicción, la armonía: tal el mundo que somos.
- 10 -
Y dijo Heráclito el Oscuro: “Enteros y no enteros, convergente divergente, consonante disonante: de todos uno y de uno todos.”
La Coneja: Cualquier cuerpo, cualquier fenómeno que consideremos es, por definición, limitado y parcial, pero también complementario de su opuesto. La complementariedad de los opuestos revela la unidad de la que estos dimanan: antes del dos, el uno.
Habitantes de lo múltiple (y múltiples nosotros mismos), podemos inferir lo uno a partir de lo múltiple, lo diverso y contradictorio.
Hasta la brizna más pequeña hunde sus raíces en una grieta de lo absoluto y para nacer debe romper el mundo; solo así podemos existir y solo así podemos apreciar y conocernos como integrantes de algo infinitamente mayor.
Solo desde la fragmentación puede concebirse (y apreciarse) la plenitud de la totalidad; el todo y las partes se iluminan recíprocamente, se requieren para revelarse. Cada uno le confiere sentido al otro: sin el estallido de las partes, el todo es solo vaporosa posibilidad, oscuridad en la oscuridad; sin remitirse a la totalidad, las partes son como borrachos perdidos en la noche profunda.
- 11 -
Y sentenció el Oscuro de Efeso: "Todo animal es llevado a pastar mediante latigazos.”
La Coneja: Con frecuencia nos resulta en extremo difícil reconocer el bien, lo justo y lo correcto, es cierto, pero no olvides, viejo gruñón, que “el bien” es a menudo una imposición de los poderosos que se asumen como dueños de todo -incluidas “la verdad” y “el bien”-. Entonces es preciso huir a la montaña y nutrirse de hierbas puras y salvajes, como cuentan que tú mismo hiciste y haría muchos siglos después otro cascarrabias, el viejo Nietzsche. No fueron latigazos los que te llevaron a las praderas del logos, sino tu búsqueda de una verdad más alta que la que rumiaban a tu alrededor. Quizás sea cierto que todo animal domesticado debe ser llevado a pastar mediante latigazos, pero los libres pastan allá donde los amos no alcanzan a ceñirles la soga.
- 12 -
Y se dice que sentenció Heráclito el Oscuro: “A los que ingresan en los mismos ríos sobrevienen otras y otras aguas; y salen almas por exhalación de las cosas húmedas.”
La Coneja: Lo desconcertante aquí es la reunión de dos ideas de órdenes tan distintos en una misma frase, pues lo de las aguas y el río, bien dicho está, y nos sumerge en la eterna disyuntiva de la identidad y el cambio… Disyuntiva que, como sabemos, no es tal, sino más bien paradoja que paraliza el espíritu y disloca la lógica del pensamiento, revelándonos sus limitaciones, para iluminar el fuego armónicamente contradictorio del mundo…
Lo de las almas, en cambio, me resulta difícil de seguir. ¿Querrías decir, acaso, que la vida -y por lo tanto las almas- están indisociablemente asociadas al agua? Como todo lo invisible, “el alma” se presta a todas las metáforas, es territorio libre para la imaginación.
- 13 -
Y dejó dicho el viejo Heráclito: “Los cerdos gozan con el cieno más que con el agua pura.”
La Coneja: Y está bien que así sea, pues cada ser juzga o valora según su naturaleza. Asumir que lo que es bueno para uno, ha de serlo para todos, es el principio de la violencia, la opresión y la arbitrariedad.
- 14 -
Y escribió Heráclito de Efeso: “Este cosmos, uno mismo para todos los seres, no lo hizo ninguno de los dioses ni de los hombres, sino que siempre ha sido, es y será fuego eternamente viviente, que se enciende según medidas y se apaga según medidas.”
La Coneja: Antes bien: los dioses -como quiera que los concibamos o los imaginemos-, son parte de este fuego siempre vivo y cambiante: lo mismo que nosotros, surgen y desaparecen en la eterna respiración del cosmos. Pienso en soles; pienso en galaxias; pienso en esa multitud de cuerpos y fenómenos celestes apenas conocidos y de dimensiones inconmensurables… ¿Acaso hay algo que merezca con mayor justicia el apelativo de “dioses”? Y también ellos, también esos dioses formidables de donde surgimos, nacen y perecen en el pulso rítmico del universo.
Medida: ritmo. Hay formas de comunicarnos que no requieren de palabras; antes bien, las rehúyen como a la peste. Por eso, viejo Heráclito, celebro que cuando hablas del logos, te refieras a la medida, al ritmo mediante el cual las formas nacemos y perecemos, antes que a las palabras mediante las cuales pensamos, pues sobre el eterno logos que anima el fuego del cosmos, también podemos comunicarnos bailando.
Apenas somos una chispa, un fugaz destello en alguna llama de ese “fuego eternamente viviente” que es el cosmos. Celebrémoslo.
- 15 -
Y escribió Heráclito de Éfeso: “Lo uno, lo único sabio, no quiere y [sin embargo] quiere ser llamado con el nombre de Zeus”
La Coneja: Mucho me temo, viejo Heráclito, que la necesidad de nombrar las cosas es nuestra, y que a ese “uno” del que hablas lo trae sin cuidado el nombre que le demos. Por eso me parece sabia tu prevención: “no quiere y sin embargo quiere ser nombrado con el nombre de Zeus…”
Cada nombre, cada palabra, trae aparejada una imagen, una idea, una visión: de ahí tu reticencia a designar con el nombre de “Zeus” a ese uno, pues la idea de Zeus entre los tuyos es muy distinta de tu idea de ese uno. Mediante las palabras, nos enlazamos a los otros. Valernos de una misma palabra para designar dos ideas distintas, es el origen de la confusión, y la finalidad de las palabras, su única utilidad, es comunicarnos.
Nuestras ideas de las cosas, aquellas a las que nos referimos cuando hablamos, son personales, pues hablamos siempre de imágenes mentales; sin embargo, para comunicarlas debemos valernos de palabras compartidas o comunes. La comunicación es siempre aproximativa, tentativa y, en cierta medida, fallida; los equívocos son inevitables, más aun, son consustanciales a la comunicación misma.
¡Si tan solo imaginaras la cantidad de nombres que “lo uno” ha recibido en el curso de los siglos! ¡Si supieras de las multitudes que han muerto tratando de imponerle a otros su forma de nombrarle o defendiendo la suya!
- 16 -
Y el Oscuro de Efeso escribió: “El camino hacia arriba [y] hacia abajo [es] uno solo y el mismo.”
La Coneja: Todos los órdenes o planos del cosmos responden a la misma ley, el logos, ese continuo ir-haciéndose en donde se entrelazan creación y destrucción: desde las primeras manifestaciones de energía cósmica hasta las creaciones del espíritu humano, y más allá de nosotros mismos, hasta aquellas manifestaciones de la energía-materia-inteligencia cósmica que apenas imaginamos o intuimos, todo responde al mismo logos y todas constituimos, por tanto, un solo camino. “Como arriba es abajo”, se lee en otra parte. Por eso, no importa cuál camino emprendamos -la psique o el cosmos-, al final, todos llevan a Roma. Pero claro, de Roma vos nada sabés…
- 17 -
Y dijo Heráclito de Efeso: “Los necios, aun oyendo, se asemejan a los sordos: el proverbio, justamente, es testigo de ellos: que "hallándose presentes están ausentes".
La Coneja: Vivimos sonámbulos, es cierto, pero en defensa propia. La realidad, afuera, parece demasiado ruda, preferimos la fantasía de nuestros pensamientos. A veces nos percatamos de eso, pero a los pensamientos, oponemos otros pensamientos, como si así nos libramos del conjuro. No abrimos el pecho al abrazo del mundo. ¿De dónde viene tanta defensividad? ¿De la culpa? ¿Acallamos un grito siempre? Disculpá que te hable así, viejo Heráclito. Tu espejo es fecundo, en mis pensamientos resuenan ecos de tu voz.
Por otro lado, solo unos pocos consiguen estar presentes. Gente así ha habido siempre y en todas partes: en China, Lao Tse decía en tu época cosas muy parecidas a las tuyas. En los pequeños cacicazgos del bosque tropical húmedo que había donde vivo ahora, seguramente también los hubo, pero sus palabras no llegaron a nosotros. Finalmente, las raíces del espíritu humano se hunden en la mente y no en la geografía.
¿Por qué nos cuesta tanto vivir? Sería infinitamente más fácil si tan solo nos abandonáramos, si dejáramos de resistirnos al torrente del río, a las flameantes llamas de la hoguera. Pero nos detiene el terror a disolvernos, la idea de dejar de ser. (¡Como si fuéramos; es decir, como si cada uno de nosotros, en tanto individuo, fuera!)
Por todo ello escuchamos y seguimos como ausentes.
- 18 -
Y el Oscuro de Efeso sentenció: “Los límites del alma, por más que procedas, no lograrías encontrarlos aun cuando recorrieras todos los caminos: tan hondo tiene su logos.”
La Coneja: Del alma, como de casi todo lo invisible, conviene hablar poco. Sabemos que está ahí porque la experimentamos en nuestras percepciones, emociones, imaginaciones y pensamientos, pero más allá de eso, empiezan los tartamudeos. El alma se nos presenta como “la interioridad” de nuestro cuerpo, su reverso y su doblez, pero tan real como este.
Sabemos que todo cuerpo viviente tiene asociada una conciencia, una psique, un alma, y que en cierta forma la crea o la alumbra. También sabemos que toda conciencia es al mismo tiempo conciencia de un entorno, de un mundo. Así, con el alma se fundan el Yo y su mundo, lo uno y lo otro, la identidad y la alteridad, pero esa dualidad es ilusoria, porque el Yo, la psique, el alma -como quiera que nos la representemos-, emerge del mundo.
Así, pues, esta paradoja de reconocernos uno en lo Otro, otro en lo Uno, y sin embargo y al final de cuentas uno, solamente Uno, es el logos insondable del alma.
- 19 -
Y dejó dicho el Oscuro Heráclito: “Una sola cosa es lo sabio, conocer la Razón, por la cual todas las cosas son gobernadas por medio de todas.”
La Coneja: Lo fácil, lo obvio, hubiese sido decir que todas las cosas son gobernadas por una, la Razón, el logos, pero “el diablo está en los detalles”, como suele decirse, y no es tan simple: “todas las cosas son gobernadas por medio de todas”, escribís. He ahí el fondo misterioso y casi impenetrable de la imagen. De esta forma, el cosmos se convierte en un caleidoscopio, en un juego de espejos en el que lo menos influye y determina a lo más, tanto como esto a aquello: interpenetración y coajuste permanente de todo cuanto existe, hasta configurar un tapiz movedizo, más parecido a un pensamiento que al engranaje de una máquina; más parecido a una hoguera flameante, que a una ecuación… El logos, la Razón que rige el mundo, es el resultado de esta interacción: es Ley, porque obedece; ordena y manda, porque se pliega mansamente. No pretende nada y por eso todo se ajusta a ella.
- 20 -
Y escribió el viejo Heráclito: “Me he investigado a mí mismo.”
La Coneja: …Y no podías sospechar, cuando escribiste esto, que el más célebre de tus coterráneos aconsejaría más de un siglo después: “Conócete a ti mismo”, y que esta frase se convertiría en máxima y guiaría los pensares y las búsquedas de miles y miles de personas en tierras distantes como la mía, muchos siglos después…
Pero lo importante aquí es lo que la frase dice sin decir, pues investigarse a sí mismo es investigar el universo, pues cada ser no solamente es un universo en miniatura, sino también resultado de la evolución de todo el universo, de modo tal que los seres humanos vivimos para experimentar en nuestra existencia las leyes que rigen el universo. Y eso fue lo que hiciste vos, viejo Heráclito, y así llegaste al logos.
Y por eso estamos agradecidos.
"A todo perro flaco se le pegan las pulgas", sentencia el refrán castellano, pero ¿a quién se pega el perro flaco?
1
Una cosmovisión es, al mismo tiempo, una explicación del mundo y una guía para la acción humana. Toda cosmovisión implica un sistema de valores, una moral. La importancia práctica de las comosmovisiones, teorías e ideologías, no radica tanto en lo que explican del mundo, como en lo que justifican y legitiman de nuestra conducta.
2
En la Grecia Clásica asistimos tanto a la exaltación unilateral del cuerpo, como a su negación, igualmente unilateral, en la doctrina platónica de las ideas.
Como el niño en el vientre
de su madre
que oye voces
y sonidos misteriosos
sin comprender de qué se trata
así nosotros
en el mundo
de los vivos
oh amigos
La blanca luz
del alba
desnuda tu cuerpo
y una inexplicable dicha
sacude mi pecho.
Entreabrís los
ojos.
Sonreís.
El amor es esto.
Nubes blancas en la ventana
de la cocina.
Madre y Daisy hornean "suspiros".
La alegría cuaja
en mi corazón.
Algo hicieron otros para que nosotros fuéramos posibles. Esto no solo es verdad desde la perspectiva societal e histórica -lo que somos culturalmente es el resultado de lo que otros hicieron en el pasado-, sino también en el sentido biológico: nuestra especie es el producto de la evolución adaptativa de infinidad de formas vivas a las condiciones cambiantes del planeta. Por tanto, lo que sea el futuro depende también, en alguna medida, de lo que hagamos nosotros en el presente. A medida que la conciencia se amplía debemos escoger o elegir entre infinidad de futuros posibles. En eso consiste la inteligencia. El imperativo ético que debemos asumir es hacer real lo posible y hacer que lo posible sea real. Nuestras acciones -incluyendo pensamientos y palabras- no son inocuas: repercuten sobre el devenir.
***
Si "estamos hechos de la misma materia que los sueños", como avizoró Shakespeare, estamos hechos de recuerdos, fantasías y deseos. Pero también de Símbolos y de misterio. Y es de eso de lo que tenemos que escribir.
***
Como tu cuerpo, tu ego ha de morir, así que más vale que entiendas -cuanto antes, mejor-, que lo único perdurable que hay en vos es la energía indoblegable y multiforme de la vida en su despliegue cósmico, y que esta se manifiesta en tu conciencia en las mil formas de los mitos, los daimones, las diosas y los dioses...
Tan pronto se abrió la compuerta, me envolvió una bocanada de aire húmedo y caliente, como si hubiéramos llegado al infierno. Me recriminé por ese pensamiento y acaricié la urna con las cenizas de papá, como disculpándome con él. Minutos antes nos habían informado que en eran las diez y veintidós de la mañana, hora local de Malabo; yo viajaba en los asientos traseros del avión y la fila para desembarcar apenas avanzaba. Durante el vuelo no había dormido nada; a mi lado venía un adolescente español que se entretuvo jugando con su teléfono celular durante la mitad del vuelo, y el resto durmió a pierna suelta. Fue un alivio: bien advertida estaba sobre los peligros de hablar con extraños; el gobierno tiene lacayos y adeptos y las redes de la policía secreta se extienden hasta España.
Agradecí a las asistentes de vuelo que nos despedían junto a la puerta; cuando
pisé la escalera, ya estaba sudando. Me
hice a un lado para dar paso a los pasajeros que venían detrás y me detuve a mirar.
¡Después de quince años, estaba de regreso en mi país! La intensidad de la luz
y el verde de las montañas me habían sobrecogido durante las maniobras previas
al aterrizaje, pero ahora los colores se habían concentrado. Me embargaban
sentimientos contradictorios. Cuando nos refugiamos en España, mi padre juró
que no regresaría al país mientras Obiang fuera presidente; jamás imaginó que
moriría sin haber visto ese día. Ahora yo volvía para depositar sus cenizas en
las faldas de la Caldera, en Bioko sur. Fue su última voluntad.
El oficial de migración estampó el sello de entrada sin haberme mirado a
los ojos ni dirigido la palabra; los de aduanas me preguntaron por la urna que
cargaba en mis manos y me pidieron pasarla por el escáner. Les mostré los
papeles que certificaban su contenido, pero ellos insistieron en que debía
hacerlo. No quise contrariarlos. Después de asegurarse de que todo estaba bien,
me la devolvieron y me invitaron a seguir sin hacer ningún comentario.
Le había dicho a mis primos que no se molestaran en venir a buscarme,
tomaría un taxi. La terminal estaba abarrotada de gente que gritaba ofreciendo
servicios o llamando a familiares que llegaban en mi vuelo; rechacé a varios
chiquillos que se ofrecieron a cargar mis maletas me alejé del bullicio hasta
dar con un hombre canoso que fumaba plácidamente reclinado contra la puerta de
un coche.
- ¿Taxi, señora?
No lo pensé dos veces. El hombre se apresuró a apagar su cigarrillo, me
abrió la puerta trasera y depositó la maleta en la cajuela. Quiso hacer lo
mismo con la urna, pero lo rechacé indicándole que la llevaría conmigo.
- ¿A dónde vamos? -me preguntó, ya instalado
en su asiento, mirándome por el espejo retrovisor.
El viaje hacia Luba dura alrededor de hora y media; aunque no pasamos por
el centro de Malabo, pronto me asaltaron las evidencias del boom petrolero que
estalló en el país poco después de que nosotros nos marchamos. La vía estaba pavimentada y el chófer me
habló de los planes de convertirla en una moderna autopista. Entre las casas
miserables sobresalían algunas con piscina y vista al mar.
Por el vuelo en que llegué, el conductor adivinó que venía de España. Me
contó que tenía dos sobrinos en Alicante; habían marchado siendo muchachos,
diez años atrás. Uno había ingresado a la universidad y ahora era ingeniero; el
otro seguía trabajando en la construcción, como al principio. Naturalmente,
quiso saber sobre mí. Debía ser reservada, pero tampoco quería mostrarme hostil,
así que le conté que era enfermera y que era la primera vez que regresaba al
país. Eso pareció emocionarlo mucho. Desde luego, habló de cuánto habían
cambiado las cosas con el petróleo. Pasábamos en ese momento frente a una
escuela: decenas de chiquillos correteaban malvestidos y descalzos tras un
balón de tela. Sin disimular mi ironía, le hice ver que había cosas que, sin
embargo, parecían no cambiar. Él captó el sarcasmo y me dio la razón. Me sentí
un poco más tranquila. Luego preguntó por
el motivo de mi viaje. Cedí al impulso y le conté del último deseo de mi padre.
Eso pareció conmoverlo y durante un largo trecho condujo en silencio.
***
Llegué a Madrid siendo niña y, mientras crecía, me nutrí del amor y la
nostalgia de mi padre por Bioko, también de su odio contra el dictador. Mis
recuerdos infantiles de la isla son escasos: las montañas intensamente verdes
que ahora reencontraba, los pescadores que regresaban muy temprano por las
mañanas en sus botes a la playa, las calles de Luba llenas de fango y de polvo,
mis primos y algunos chiquillos de nuestro vecindario. Eso era todo.
Cuando llegamos a España, mi país era demasiado insignificante para
importarle a nadie, y la brutalidad de Teodoro Obiang se consideraba un rasgo
folclórico de las costumbres salvajes del dictador de un remoto país africano,
tan absurdo y pintoresco como Idi Amín Dada y tantos más. Poco después se
descubrieron los yacimientos petrolíferos y se iniciaron las explotaciones;
entonces Guinea Ecuatorial se volvió demasiado importante para que las
potencias occidentales hicieran mohines por esa minucia de la democracia: los
negocios surgían por doquier y lo único importante era no quedar fuera del
festín de millones: carreteras, edificios públicos, puertos marítimos y
aeropuertos… todo, férreamente controlado por el dictador, sus familiares y su
gente de confianza.
Desde que pusimos un pie en España, papá y mis hermanos se unieron a los
grupos de oposición en el exilio; yo seguí sus pasos cuando tuve edad. Mientras
estudiaba en la universidad, traté varias veces con funcionarios europeos y
norteamericanos que parecían convencidos de que sus países encarnaban y defendían
los valores democráticos, pero cuando les mencionabas su respaldo al
sanguinario dictador de mi país o al despótico régimen saudí, empezaban a
tartamudear y balbuceaban la palabra “geopolítica”. Naturalmente, los más
convencidos de su misión civilizadora eran los funcionarios de bajo y mediano
rango; cuanto más ascendías en la escala, más fríos y cínicos se mostraban,
aunque al final siempre retomaban el argumento de que era preferible estar bajo
la égida de Occidente, que bajo la de los tramposos rusos o la de los
despiadados chinos… Yo hacía esfuerzos
para no vomitarme, no porque albergara alguna esperanza sobre la bondad intrínseca
de los rusos o los chinos, sino por su doble moral a prueba de balas y por su
fe absurda en la misión civilizadora de Occidente.
Mi padre era un hombre de menos de treinta años cuando la Independencia; siempre
que recordaba su vida en Guinea, utilizaba los viejos nombres coloniales: Santa
Isabel, por Malabo; San Carlos, por Luba…, o al menos los utilizaba
indistintamente con los que impuso Macías tras la Independencia. Inevitablemente,
papá asociaba los nuevos nombres con las desventuras de aquella dictadura. Mi
hermano mayor nació en 1968, y los demás lo hicimos ya en un país independiente;
para nosotros, los nombres coloniales son vestigio de un pasado que no conocimos
y no existen en nuestra memoria.
Aunque nacido en Bococo, mi padre hablaba a menudo de sus años de juventud
en las faldas de la Caldera, muy cerca de donde hoy está el pueblito de Musola.
Ahí trabajó para una familia catalana propietaria de una finca dedicada a la
extracción de maderas y al cultivo de cacao; antifranquistas rabiosos, fueron ellos
quienes le inculcaron los ideales democráticos que más tarde lo llevaron al
exilio. Nunca supe por qué motivos mi
padre se marchó de Bococo; jamás nos habló de su familia ni tuvimos relación
con ellos.
Mi madre era nativa de Luba. Miembro de una familia de pescadores,
conoció a mi padre en uno de sus días libres, cuando él bajaba al puerto a
hacer las compras y a veces a emborracharse. Tras el matrimonio se
establecieron en Luba; ahí vivíamos muy cerca de nuestros abuelos y tíos
maternos, y los chicos crecimos sin hacer mayores distinciones entre hermanos y
primos. Nada de esto cambió tras la muerte de mamá, víctima de una infección
uterina cuando yo tenía tres años. En cambio, mi padre sí cambió mucho. Luego comprendí
que responsabilizaba al gobierno por aquella muerte prematura, pues un sencillo
tratamiento médico la hubiera salvado, pero eso era impensable en aquellos
años, y lo sigue siendo todavía hoy para muchos. A partir de entonces papá se radicalizó
y asumió responsabilidades y riesgos cada vez mayores en el movimiento de
oposición a Obiang, que tras deponer y fusilar a su tío en 1979, ya había
mostrado sus colmillos de tirano y traicionado cualquier esperanza de
democratización.
En 1991, tras uno de los supuestos intentos de golpe de Estado que inventa
el tirano cada vez que necesita recordarle a la población su régimen de terror,
mi padre supo que venían tras él y logró refugiarse en la Embajada de España en
Malabo. Mis hermanos y yo lo seguimos pocos días después. Para nosotros, la
adaptación a España fue un reto enorme, pero no una tarea imposible, como
resultó para él.
No pasaron muchos años antes de que mis hermanos se marcharan de Madrid a
buscarse la vida en otras ciudades; los dos mayores terminaron en Tarragona;
Sergio en Bilbao y Antonio, tres años mayor que yo, en Valencia. Yo quedé sola
con mi padre. Conforme envejecía, él se llenaba de nostalgia, “como un estuario
cuando sube la marea”, leí en alguna parte. Yo lo veía resistirse y batallar,
pues entregarse a la nostalgia hubiera significado aceptar el despropósito de
la independencia y lo inevitable de la sujeción colonial.
Desde que llegamos a España, nos mantuvimos en contacto con la familia en
Luba. Yo, particularmente, no dejé de escribir y de llamar a mis primas Paloma
y Trini; lo hice cuando murieron los abuelos y las mayores de mis tías, también
para algunas Navidades y para sus bodas. Cuando murió papá y surgió el viaje para
cumplir su última voluntad, no dudé en contactar a Paloma, ni ella lo dudó un
instante para recibirme en su casa.
***
Al salir de una curva muy cerrada, la pequeña Luba emerge ante mis ojos y
el corazón me da un vuelco. Basta mirarla un momento para despertar los
recuerdos del viejo puerto y de las calles y edificios frente al paseo
marítimo. De no ser por la maquinaria y el movimiento de tierras a lo lejos, se
diría que nada ha cambiado. El taxista me explica que se trata del nuevo puerto
petrolero en construcción. La carretera desciende zigzagueante hasta el nivel
del mar y, poco antes del ayuntamiento, doblamos hacia el barrio Montserrat. El
recorrido se me hace ridículamente corto; mis recuerdos infantiles lo habían
magnificado.
En casa de Paloma me esperan los primos y los tíos que todavía viven. Las
palabras, los abrazos y los besos revelan sentimientos encontrados: por un
lado, ellos deben expresar sus condolencias por la muerte de papá (la urna con
sus cenizas es motivo de especial curiosidad entre los niños), pero del otro,
la alegría por el reencuentro nos embarga. Luego, los primos me presentan uno a
uno a sus hijos, que no disimulan su ansiedad por recibir los regalos que traigo
para ellos. Se trata de cosas sencillas,
pero ninguno se va con las manos vacías y todos quedan contentos. Dichosamente,
la tarde está soleada y no amenaza lluvia, pues Paloma y su marido han
preparado en el patio una gran olla de pescado con yuca y ñame. Yo aporto un
litro de ron haitiano que había comprado en el aeropuerto de Madrid, recibido
con grandes muestras de aprobación por mis primos.
Mientras paladeamos la sopa, intentamos hacer un recuento de la situación
de los que vivimos en España y de los que quedaron acá. Tanto ellos como yo
queremos detalles: ¿Tengo novio? ¿Se casaron mis hermanos? ¿Cuántos hijos
tienen? ¿Es fácil conseguir un trabajo allá? En la mirada de los más jóvenes, advierto
la férrea determinación de marcharse del país. Tal y como mi padre y sus
contemporáneos soñaron con la independencia, ellos sueñan con largarse de
aquí. Poco antes del anochecer, tras casi
40 horas sin dormir, me vence el cansancio y me retiro a descansar. Paloma me ha preparado el cuarto de sus
hijos, que dormirán con ellos mientras yo esté aquí. Es un dormitorio pequeño y
muy sencillo que, como todo lo demás, me transporta a mi propia infancia.
Me despierta el griterío de los pájaros y la claridad temblorosa del
alba. Tras unos instantes de confusión, recuerdo donde estoy y me invade el
deseo irreprimible de ir al mar. Permanezco tendida en la cama mientras el día
termina de instalarse, y luego, tratando de no despertar a nadie, me visto y salgo
al patio. ¡El aire es tan limpio y la luz tan transparente! Reconozco el canto
de algunos pájaros, pero no logro recordar sus nombres. Camino hacia la calle
principal y luego me dirijo al puerto. Algunas mujeres se dirigen a la playa a
recibir a sus maridos que vuelven de pescar durante la noche; dos o tres
responden a mi saludo, otras me miran sin decir palabra. Es una caminata de quince minutos como mucho.
En el paseo marítimo busco el sitio donde solía sentarme cuando niña a ver
el mar, junto al muelle. De pronto, me doy cuenta de que estoy llorando. No es
un llanto doloroso, tampoco dulce; ambas emociones se mezclan. Pienso en mi padre, por supuesto, que murió sin
volver a esta tierra que tanto amó, pero también en mis hermanos y en todos los
que hemos tenido que marcharnos para aprender a mirarla con ojos nuevos: no solo
como una prisión o una aplanadora de sueños, sino también como una posibilidad
y una promesa sin cumplir. Al abandonar el país, creamos un futuro para él,
pues nos sustraemos a la desesperanza y el escepticismo que reinan aquí. Permanezco mirando el mar no sé cuánto tiempo,
y de la misma forma en que había empezado a hacerlo, sin darme cuenta, el
llanto cesa. El sol ya ha asomado detrás de los cerros.
Emprendo el regreso por el mismo camino, pero después de la iglesia de
Montserrat me desvío por la calle del río. Aquí se han construido muchas casas;
mientras camino, intento hacer un inventario de las nuevas y las viejas. El
movimiento de gente es ahora mayor; algunos niños se bañan en los patios y
otros parten, uniformados, rumbo a la escuela.
A lo lejos distingo la casa de los Besari. Ángela y su hermano Adrián crecieron
con nosotros; curiosamente, nunca, desde que me fui de Luba, volví a pensar en
ellos, y solo ahora caigo en cuenta de mi olvido. Enseguida recuerdo al resto
de la familia: sus padres y los hermanos mayores. Adrián era algunos años mayor
que Ángela y, en mi inocencia infantil, yo me sentía vagamente atraída por él.
No es necesario llegar hasta la casa para descubrir su abandono: parte
del techo se ha desprendido y la maleza lo invade todo. De pronto me parece ver
a alguien ocultándose entre la vegetación. Mis sentidos se ponen alerta y avanzo
despacio para sorprender al intruso. Debemos estar a quince o veinte metros de
distancia cuando él se voltea y reconozco a Adrián Besari. Parece un muchacho:
alto, fuerte, fibroso. Se ha convertido en un hombre muy hermoso. Mirándolo,
apenas puedo creer que sea mayor que yo. Él también me reconoce, pues su expresión
se ilumina de repente.
- ¿Elba? -pregunta-. ¿Elba Moquiso?
- ¿Adrián? -respondo como si se tratara de
un código secreto-. ¿Adrián Besari?
Estallamos al mismo tiempo en una carcajada y corremos a abrazarnos. Tan
pronto nos separamos, me pregunta:
- ¿Sabes qué pasó? ¿Por qué no hay nadie?
Le explico rápidamente que llegué apenas ayer y que no sé nada de su
familia.
- ¿Y tú? -le pregunto-. ¿De dónde vienes,
dónde has estado?
Sin entrar en detalles, me cuenta que también ha estado de viaje. No me da
ocasión de preguntar más, pues en seguida agrega:
- Necesito entrar, no tengo otro lugar donde quedarme,
pero la puerta tiene un candado.
Entonces recuerdo que Ángela tenía una forma de salir y volver a entrar
por el patio trasero, que usaba para unirse con nosotras cuando la castigaban.
- Creo que puedo ayudarte -le digo.
Lo tomo de una mano y, escabulléndonos entre la maleza, rodeamos la casa hasta
llegar al sitio; ahí le muestro dos latas de chapa mal clavadas que, al
empujarlas, abren espacio suficiente para que pase una persona. Adrián las
empuja, invitándome a entrar. Lo hago sin chistar; una vez adentro, tiro de las
latas para que entre él.
El patio interior también está cubierto de maleza. En una esquina, descubro
el árbol de limonero que Ángela y yo plantamos en primer grado de la escuela.
Adrián va directamente hacia la puerta que desde el patio da a la casa; bastan
un par de empujones para que ceda. Lo veo perderse en la penumbra del interior
y entonces me dirijo hacia el limonero. Creció hasta una buena altura, el
tronco reseco y quebradizo permanece como testigo de que en algún momento dio
frutos, pero ahora se ha secado a consecuencia de alguna plaga. Limpio la maleza
alrededor del tronco y descubro con infinito alivio que algunos retoños brotan
de las raíces. ¡Está vivo!
Pronto caigo en cuenta de la hora. Paloma sin duda estará preocupada,
esperándome para desayunar. Llamo a Adrián para decirle que debo irme, pero él
no responde. Asumo que, lo mismo que yo, debe estar conmocionado por el regreso.
- ¡Me voy! -anuncio-. Estaré aquí unos días.
¡Espero verte pronto!
Con dificultad me las arreglo para salir del patio y camino a toda prisa el
trayecto restante. En efecto, Paloma me espera afuera; a la distancia percibo
su nerviosismo.
- ¿A dónde te metiste? -me pregunta, todavía
desde lejos-. Estábamos preocupados.
Le cuento de mi despertar al alba y de mi deseo irresistible de ir al
mar.
- ¿Y fuiste? -inquiere.
- ¡Por supuesto! Estuve llorando un rato en
el muelle, en el mismo lugar al que iba cuando niña. Me hizo bien.
- Seguro tienes hambre. Vamos a comer algo.
Pero yo necesito contarle de mi encuentro con Adrián.
- Después, cuando volvía, pasé frente a la
casa de los Besari. ¡Qué tristeza encontrarla abandonada! ¿Y a que no adivinas
qué?
- ¿Los Besari? -pregunta ella, ya en camino
de la cocina, como despertando un recuerdo de hace mucho tiempo.
- ¡Ahí estaba Adrián! Venía llegando de no
sé de dónde y no podía entrar. Le ayudé a hacerlo por el patio de atrás,
¿recuerdas? La entrada secreta de Ángela.
Mi prima se detiene en seco y me fulmina con la mirada.
- ¿Adrián? -pregunta-. ¿Viste a Adrián
Besari?
- Sí -respondo-. ¿Por qué?
- A Adrián Besari lo mataron los de la
policía secreta hace como diez años, cuando estudiaba en Malabo. Desde entonces
su familia abandonó el pueblo y nunca más supimos de ellos.
Y por un instante veo los
retoños en la raíz del limonero.
Febrero 2021
1
¡Tantas cosas que nos parecían insignificantes
se revelan, al cabo, decisivas,
y tantas otras que creíamos importantes
no lo eran, en definitiva!
No hacer nada
asumiendo que nada hacés
es mucho más más difícil que creer
que hacés algo
aunque no hagás nada.
3
La conciencia se representa a sí misma como luz.
Es decir, la conciencia aparece como luz en la conciencia.
Por eso el sol ha sido desde siempre símbolo de la divinidad.
He arrancado un mundo
de mi pecho
para poder decir,
como el primer humano:
«¡Esto es!»
En este gran mundo,
¿quién amanece? Yo
amanezco.
Canción tradicional
bribri.
Oh, gran astro,
¿qué sería de tu
felicidad
si no estuviéramos
aquellos
para quienes brillas?
Friedrich Nietzsche
«Así hablaba
Zaratustra»
La filosofía es en
realidad nostalgia,
un deseo apremiante de
encontrarse
en todas partes como
en casa.
Novalis
Fragmentos
Introducción
Durante la
mayor parte de mi vida adulta he buscado algo que no sé qué es, presa de la
incomodidad y el desasosiego, a menudo sufriendo sin comprender el motivo, como
si caminara en penumbras sobre un piso irregular o inestable y por ello mismo
rara vez pudiera relajarme o sentirme plenamente tranquilo.
Es verdad que no han faltado
momentos dichosos, muchos en soledad, en medio de la naturaleza, otras veces
contemplando una pintura o respirando en un jardín, apreciando un edificio,
escuchando música o mirando una película, leyendo o escribiendo un libro…
También he sentido esa dicha en la plenitud gozosa del abrazo amistoso, en la hondura
del encuentro erótico e, incluso, en la espejeante conversación con una persona
desconocida. Pero, tras la efervescencia
del instante, reinstalado en el curso de lo que no puedo denominar de otra
forma que “mi vida”, retorna aquella sensación…
Hago un esfuerzo por acercarme a
ella y alumbrar su oscuro rostro con palabras… Incompletud, precariedad,
carencia, temor, inseguridad, insatisfacción, son las primeras que vienen a mi
mente. Desde luego, ese sentimiento, esa sensación, permanece la mayoría del
tiempo en la antesala de mi conciencia, velada por las tareas y las
obligaciones, las rutinas y los mandatos que hacen de mí una persona más o
menos “funcional”… Solo en ocasiones, cuando ese andamio cruje o se tambalea,
asoma el sentimiento en toda su magnitud.
¿De dónde viene esa incomodidad,
esa insatisfacción? ¿No basta acaso con estar vivo? (En mi caso, además, sin
padecer mayores incomodidades ni privaciones, hay que decirlo…) ¿No es acaso la
Tierra nuestro hogar, nuestro sitio en el universo, así sea de manera temporal
o transitoria? ¿Acaso esa precariedad, esa insatisfacción, esa sensación de
inestabilidad y peligro es inherente a la condición de estar vivo?
Tengo la certeza de que el
sentimiento al que me refiero es compartido por muchas personas. Así lo
confirman numerosas miradas que sorprendo en las calles, en la soledad de los
parques, gestos fugaces y anónimos arrebatados al vértigo de los días, captados
a hurtadillas. Así lo sugieren, también, numerosos relatos que leo en los
libros o veo en los filmes, las letras de muchas canciones y poemas, el vértigo
de armonías y melodías provenientes de todas las latitudes... Se trata de un
malestar que Freud y muchos de sus contemporáneos en Europa entrevieron hace ya
más de un siglo.
A menudo
escucho voces de personas que aseguran conocer el remedio para mis males
metafísicos, nunca mejor dicho. Dios, lo llaman, y al camino para llegar a él,
lo llaman fe. También yo he querido
creer, he buscado abrazar una fe en algunos momentos de mi vida, pero a pesar
de mis deseos, la revelación no ha ocurrido.
Desde luego, no pretendo carecer
de toda fe, de alguna fe. Y no me refiero sólo a las pequeñas creencias que nos
ayudan a vivir día a día –no sufriré un accidente ni caeré enfermo de gravedad;
no sobrevenderá una catástrofe inesperada que aniquile el planeta ni me
abducirán alienígenas degenerados–, sino también a ese confuso, voluble e
impreciso sistema de creencias que llamamos “cosmovisión” o “visión de mundo.”
Para bien y
para mal, la cosmovisión o visión de mundo que heredé y en la que me formé es
la de la llamada modernidad occidental, estrechamente relacionada con la
revolución científica y tecnológica que se originó en Europa en los siglos XVII
y XVIII, con el desarrollo de la física newtoniana y, más atrás, con la llamada
“revolución copernicana” que colocó al sol en el centro de nuestro sistema
planetario. De Europa se expandió a los Estados Unidos y al resto del mundo por
medio del colonialismo político, transformando el planeta a una velocidad y a
una escala hasta entonces desconocida. Esa visión de mundo está estrechamente
relacionada con el capitalismo moderno y con la democracia como forma de
gobierno en Europa y en los Estados Unidos; con las sucesivas revoluciones
industriales y tecnológicas; con la configuración de un sistema económico y
político de alcance planetario cada vez más integrado; con las dos mayores
conflagraciones bélicas que ha sufrido la humanidad y con muchas, o casi todas,
las de escala más reducida en los últimos siglos. Junto a descubrimientos científicos
sorprendentes y desarrollos técnicos innegables, ha sembrado miseria,
destrucción y confusión en todas partes, pero muy particularmente en los países
y regiones colonizados por ellos. Como observara con agudeza la pintora guatemalteco-alemana
Nan Cuz, “…cuanto más intensa la luz, más oscuras las sombras que arroja.”
Aunque expulsó
a la Tierra del centro del sistema solar, esta cosmovisión colocó finalmente al
Hombre -más que a la Mujer, desde luego- en el centro del universo. El cosmos,
desde siempre sagrado y en estrecha relación con el origen y los destinos
humanos, se convirtió, al cabo de pocos siglos, en un desierto de dimensiones
inconmensurables, pero carente de sentido... La naturaleza y los restantes
seres vivientes del planeta, fueron poco a poco reducidos a la mera condición
de “objetos”, de “cosas”. Como el Rey que encuentra el Principito en su viaje
interestelar, la especie humana es hoy soberana de un planeta que nadie más
habita, de una “Tierra baldía”, como profetizó T.S. Eliot.
Paralelo a la
cosificación del mundo, corrió la cosificación de los animales e, incluso, de
los seres humanos, aunque por un resto de decoro esto no lo admitan
públicamente los defensores del estatus quo. Por último, todo indica que
estamos en trance de deificar a las cosas. Es profundamente
significativo que el pueblo bribri, en Costa Rica, asimilara el Dios de los
extranjeros a su "deidad de las herramientas". Para ellos, nosotros
rendimos culto al "dios de las herramientas"; habida cuenta de
nuestro modo de vida, no parecen andar muy desencaminados. La profecía marxista de los fetiches coincide
plenamente con la del Popol Vuh: “Y se pusieron todos a hablar: sus comales,
sus ollas, sus piedras de moler. Todos se levantaron y les golpearon las
caras.”
Tras la
“muerte de Dios” certificada por Nietzsche, pero ejecutada metódicamente con
antelación en los laboratorios de las ciencias y las cátedras filosofía
moderna, la especie humana devino en la única fuente de sentido para sí misma y
para el resto del universo. Esta cosmovisión -y la episteme asociada a ella-
han conducido a la humanidad a acuciantes encrucijadas que hoy parecen amenazar
nuestro futuro como especie, la más evidente de todas, la ambiental.
Dichosamente
surgen aquí y allá indicios de una nueva cosmovisión. Estos se advierten tanto
en el campo de las ciencias, como en el de la filosofía, las religiones, la
política y las artes. En las páginas que siguen aspiro a sumar mis esfuerzos en
esa dirección. No pretendo decir algo
que no haya sido escrito, pensado o imaginado antes por otros, pero sí aspiro a
decirlo según lo comprendo, lo entiendo y lo sospecho en este momento. Desde joven tuve el convencimiento de que lo importante
no es tanto la novedad del hallazgo, como el deslumbramiento que produce el
acto de conocimiento.
Desde luego, parto
del bagaje de lecturas y experiencias de mi vida entera, en el curso de la cual
he leído con curiosidad y devoción, con asombro y avidez, con indiferencia y
hastío, a autores de diversas disciplinas, en forma desordenada, intuitiva y
nada sistemática.
La lista de
deudas y agradecimientos es interminable, pero me siento particularmente
afortunado por haber cruzado en mi camino con obras de Platón y Parménides, de
Nietzsche y Alexánder Skutch, de Mircea Eliade y Henry Corbin, de Gilbert
Durand y Marcilio Fisino, de Lao Tse y Hans Jonas, entre otros. Más
recientemente han sido de gran utilidad algunos textos de Fritjof Capra, Ilia
Prigogine, Richard Tarnas y Juan Arnau, así como también algunos artículos de
Humberto Maturana y Francisco Varela sobre la autopoiesis y la biología de la
intencionalidad. A esta larga y heteróclita lista habría que agregar algunas
obras anónimas, pero fundamentales, como el I Ching, el Popol Vuh, la Biblia,
los Evangelios Apócrifos, el Corpus Hermeticum, entre otras. El diálogo con
algunas personas cercanas ha sido un estímulo importante, entre ellas, mi esposa Laura, mi madre, Leticia, y mis buenos y queridos
amigos Jorge Jiménez, Kike Molina, Dorelia Barahona, Silvia Castro, Andrés Marote y Gonzalo
Elizondo.
Con todo, mis
únicas credenciales son las ideas que aventuro y los argumentos con que las
defiendo. En cualquier caso, lo que sigue no es un tratado ni un ensayo
académico, sino una suerte de ensayo filosófico-poético, a la manera de los
antiguos. Esta es la forma en que puedo y elijo representarme y
explicarme el mundo, según mis conocimientos y mi entendimiento, en plenitud de
mi madurez.
Si la infancia
es el amanecer de una vida, la madurez el mediodía y la vejez el ocaso, como
dicta la tradición, durante la última etapa avanzamos de frente hacia el sol
del poniente. A diferencia de lo que ocurre en la niñez, no hay sombras que enturbien
la visión, pero sí el deslumbramiento de lo vivido y aprendido en el camino y del
final que se vislumbra.
1
Antes no había nada, solo vacío.
Y lo vacío se infló como globo y se condensó
como nube y adentro se desató una tormenta.
Llovió con rayería siete instantes seguidos.
Para que la lluvia tuviera donde caer, se
formó la tierra bajo el firmamento.
Y de la tierra nacieron valles y montañas
donde fluyeron los ríos.
Y de los ríos surgieron los mares.
Y de su respiración nació el viento.
Pero faltaba el fuego.
2
Se atrajeron y repelieron las primeras
partículas siguiendo su instinto, y se abrazaron tan estrechamente, en tan gran
número se unieron, que el suelo que pisaban se hundió bajo su peso.
Pero no se precipitaron al abismo, pues en ese
instante se inflamaron y les nacieron alas de fuego.
Y se elevaron los primeros soles que
alumbraron el cielo.
3
En la inmensa oscuridad brillaron los primeros
soles, las primeras estrellas.
Como luciérnagas se atrajeron e iniciaron una
danza que todavía celebran.
Desde lejos, otros soles las imitaron e
iniciaron su festejo.
Y la noche se
llenó de danzas y de fuegos.
4
Copularon las estrellas, fundiéndose y
separándose y volviéndose a fundir, una vez y otra, engendrando cada vez nubes
de polvo y gases que se comprimieron en planetas, cometas y asteroides, donde nuevas
formas de la materia se recombinan y encuentran.
5
La memoria del relámpago habitaba los mares,
los ríos y el viento, y los tres se unieron en el río de las nubes.
De ahí se descargó un relámpago sobre las aguas
adormecidas.
Los elementos que la lluvia había precipitado
del cielo se agitaron en lo hondo, se atrajeron y repelieron siguiendo
apetencias más fuertes que ellos.
Y donde había dos, hubo seis. Y donde había
seis, hubo diez. Y se multiplicaron los elementos.
6
A la deriva en los mares del espacio tiempo se
trenzan y anudan los elementos.
A veces se asocian y complementan, otras veces
se repelen y rechazan.
En su abrazo van constituyendo un “esto” que
se distingue de un “aquello”, un “algo” que se distingue de un “lo otro”.
7
Las moléculas orgánicas se acoplan formando
cuerpos cada vez más ricos y complejos.
Lo que no se atrae, se repele, es la primera ley
que obedecemos.
Así se diversifican y polarizan los elementos.
Pero ahí donde se encuentran éstos, no es un
medio indiferente y neutro, pues les aporta o les arrebata componentes.
Por eso, algunos elementos se pliegan sobre sí
mismos, pero permanecen abiertos para intercambiar con su medio.
8
Al principio se trata de intercambios tímidos,
descargas y moléculas que atraviesan membranas tenues y todavía en proyecto como
si brotaran de un sueño o de un deseo (que a menudo son lo mismo.)
Muchas fórmulas se ensayan, pero solo algunas
logran su cometido.
¿Pero, qué sería de lo aprendido, si no fuese
posible transmitirlo?
El cuerpo inventa la memoria y la memoria
codifica al cuerpo para reproducirlo.
Así aparece el ácido desoxirribonucleico.
9
Esas entidades que lentamente toman forma en
el hirviente océano del planeta, ya son formas vivientes.
El metano y el dióxido de carbono reinan en la
atmósfera, pero ellas producen oxígeno.
El tiempo era entonces abundante -siempre lo
ha sido-, y durante miles de millones de años, mientras la tierra se apacigua y
enfría, son las únicas formas de vida.
Así, el oxígeno reemplaza al metano y al
dióxido de carbono en la atmósfera, y la vida se transforma y prepara su nido.
10
Pero reconsideremos lo sucedido.
¿Acaso esa necesidad de organizarse, palpable ya
desde el inicio, no es señal o indicativo de algo? Atrevámonos a sugerirlo.
Y algo más: lo que ha ocurrido obedece a un férreo
determinismo, a inflexibles leyes inscritas en los elementos mismos, pero igualmente
palpables son el azar y la indeterminación.
Así, el cosmos se conforma empujado por la
férrea necesidad y jalonado por el puro indeterminismo.
11
Ahora que nuevas formas vivientes colonizan el
planeta, esto se percibe con más claridad: aunque su actividad sea puro
reflejo, impulso y reacción, asoma un deseo de movilizarse con libertad:
arriba, abajo; adelante, atrás; derecha, izquierda: la antesala de un sistema
nervioso y de un cerebro capaces de organizar y dirigir conductas y
comportamientos, aunque esos términos resulten todavía excesivos.
Con la naciente autonomía de lo viviente asistimos a una autodeterminación emergente.
12
Otra cosa importante ha sucedido: para lo
viviente, el mundo se ha convertido en fuente de información.
Cada ser viviente instituye un “adentro” y un
“afuera” y depende del medio donde se encuentra. Por eso, necesita conocerlo con
la mayor precisión posible.
En ese esfuerzo adaptativo, lo viviente desarrolla
y diversifica sus sentidos, sus fuentes de información.
13
Dondequiera que haya vida, hay conciencia de
un cuerpo y de un mundo donde ese cuerpo se encuentra. Los sentidos informan a
la conciencia y la conciencia da formas al mundo.
El mundo de un paramecio no tiene colores, sombras
ni sonidos, probablemente solo presión, temperatura y densidad, y en él existen
partículas que incorpora, descompone y expulsa. Nosotros no existimos en su
mundo ni él apenas en el nuestro.
El mundo de una babosa seguramente se compone
de luz y oscuridad, humedad y sequedad, mensajes químicos y formas blandas que
invitan a ser devoradas. A veces asoman sombras, y a veces la aniquilan.
¿Cómo se representa un murciélago a un humano?
Sin duda, de un modo muy distinto al que este se percibe a sí mismo.
Cada forma viviente integra en su mundo
aquello que pueda resultarle útil o necesario.
(Es probable que, de todas las formas
vivientes en nuestro planeta, el cielo estrellado solo exista en el mundo
humano…)
14
En las otras formas vivientes que conocemos, la
conciencia parece estar permanentemente absorbida por el mundo. Los individuos tienen
noción de ser, porque el mundo los hace conscientes con sus datos y estímulos. Los
datos que obtienen del mundo presente los hacen conscientes.
Con nosotros es distinto. La conciencia humana
recibe datos del mundo, pero también recibe y procesa imágenes surgidas
de la conciencia. La conciencia se convierte en otra fuente de información para
la conciencia. La conciencia se objetiva y se hace autoconsciente.
15
Muchos mamíferos sueñan cuando están dormidos,
pero sus sueños se desvanecen tan pronto despiertan. Entonces su conciencia
vuelve a absorberse en el mundo presente.
En nuestro caso, las imágenes de los sueños permanecen
en la conciencia cuando despertamos y coexisten con los datos que la conciencia
obtiene del mundo. De esta forma, la conciencia descubre que, además del mundo presente,
algo más existe en el mundo: la conciencia misma.
16
Además de las
que nos traen los sueños, otro tipo de imágenes a veces asaltan a nuestra
conciencia, dormidos o despiertos: las ideas.
Hoy tenemos
una idea muy equivocada de las ideas, pensamos que son palabras, conceptos, porque
estamos totalmente imbuidos en la cultura escrita. Pero, ante todo y primero
que nada, las ideas son imágenes que asaltan a nuestra conciencia y se
imponen sobre los datos que esta recibe del mundo presente.
17
El lenguaje es la técnica de suscitar imágenes
en la conciencia mediante sonidos. Primero, articulamos sonidos; luego designamos
objetos, lugares, acciones y seres y, por último, los evocamos mediante
imágenes sonoras.
La autoconciencia posibilita el lenguaje y, a
su vez, el lenguaje potencia la autoconciencia. Una y otro solo son concebibles
en especies gregarias como la nuestra.
18
Dondequiera que en el planeta haya fuego, los
seres vivientes huirán, si pueden hacerlo.
Pero hubo aquellos
que, donde los demás huían, giraron sobre sí mismos y caminaron en sentido
contrario.
Hicieron esto porque los torturaba el frío,
porque habían experimentado el calor del fuego y porque “vieron” (en sueños, o
tal vez “como en un sueño”) la imagen del fuego calentándolos.
El dominio del fuego señala el despertar de otra
forma de conciencia en el planeta. Por primera vez, una forma viviente contradijo
sus instintos y siguió una imagen, una “idea” nacida de su conciencia.
O las cavernas.
Nadie ha visto nunca a un primate refugiarse dentro
de una cueva, ¿por qué lo hicieron los homínidos, seres de las praderas por
excelencia?
Porque en su
conciencia alumbraron la imagen, la idea, de un refugio techado y cubierto. Así,
mucho antes de desarrollar los medios tecnológicos para construirlos, se posesionaron
de las cavernas.
Con el despertar de la autoconciencia
asistimos al advenimiento de un nuevo grado de autonomía, de libertad, para lo
viviente.
19
Si algo radicalmente nuevo ha irrumpido en la
conciencia -una idea, una imagen, un sueño-, el continuo del tiempo se ha roto,
instituyéndose un “antes” y un “después”, un pasado y un futuro. Las ideas y
los sueños nos despertaron del sueño del eterno presente a la autoconciencia
del antes y el después, del tiempo y la finitud.
Con el fuego y las cavernas irrumpió algo
nuevo no solo en la conciencia, sino también en el mundo de aquellos seres. Así
se inicia en nuestro planeta la antroposfera, la trans-formación del mundo por
una forma de vida autoconsciente. Desde
luego, la antrosposfera está inscrita en el entorno de lo viviente del cual
emerge.
Y si algo ha ocurrido una vez, puede volver a
ocurrir, y seguramente ocurrirá de nuevo, tarde o temprano.
20
Podemos llamar inteligentes a las
conductas de acercarse al fuego para dominarlo y calentarse con él y de buscar
refugio en las cavernas, porque apuntan en un sentido, en una dirección: la
emancipación de los determinismos del medio, la ampliación de la autonomía para
lo viviente.
Pero no todas las ideas (o imágenes) que
brotan de nuestra conciencia alcanzan su cometido, muchas son contraproducentes
o simplemente fallidas, y las que no lo son, casi siempre deben perfeccionarse para
lograr su propósito.
En el campo de las ideas, lo mismo que en el
de la evolución adaptativa de las formas vivientes, asistimos a innumerables
tentativas fallidas.
La especie humana es potencialmente
inteligente, o, dicho de otra forma, la autoconciencia propende a la
inteligencia.
21
Por medio de
las ideas y los sueños, las formas vivientes cobran conciencia de la conciencia
como fenómeno en el mundo.
Llamemos “mente” a esa forma de conciencia que
se desdobla para hacerse autoconsciente y descubrirse en el mundo.
De manera análoga a la conciencia, que integra
los datos de los sentidos corporales y da formas al mundo presente, la mente
integra y da formas a las imágenes y a las ideas que emergen de la conciencia y
con ellas produce re-presentaciones del mundo.
La mente integra en forma de símbolos
las imágenes que produce la conciencia. Los símbolos (y sus verbalizaciones, los
mitos), son la síntesis que la mente ofrece a la conciencia para re-presentarse,
es decir, para hacerse comprensible a sí misma y al mundo donde se encuentra.
Cuando los cuerpos se hacen símbolo, danzamos.
Y cuando los sonidos se convierten en símbolo,
nacen la música y los cantos.
Danza, música y canto: las raíces del ritual.
22
El mundo con el que las formas vivientes se
relacionan y en el que están inmersas nunca es indiferente, ajeno
o neutro para la conciencia, está investido de valor y significado: una colonia
de amebas prosperará en un medio favorable, pero sucumbirá en uno adverso. De
la misma manera, cualquier representación elaborada por la mente presupone
valoraciones -aunque no las enuncie ni las haga explícitas.
Mundo y mente, mente y mundo, se implican
recíprocamente.
No hay explicación sin implicación.
23
ALGUNAS FORMAS QUE LA
CONCIENCIA DA AL ESPACIO Y AL TIEMPO
(Los símbolos)
|
EL ESPACIO
|
EL TIEMPO |
EL ETHOS |
|
Adentro / Afuera |
Inicio / Final |
Seguro / Peligroso |
|
Penetrante /
Envolvente |
Largo / Corto |
Conocido /
Desconocido |
|
Unido / Separado |
Permanente / Impermanente |
Deseable / Temible |
|
Desplegado /
Replegado |
Retorno / Retirada /
Retorno |
Acogedor / Hostil |
|
Presente / Ausente |
Constante / Inconstante |
Alerta / Distendido |
|
Animado / Inanimado |
Regular / Irregular |
Similar / Diferente |
|
Ingerido / Expulsado |
Rápido / Lento |
Auspicioso / Ominoso |
|
Lleno / Vacío |
Ahora / Antes /
Después |
Agitado / Calmo |
|
Único / Múltiple |
|
Bueno /malo |
|
Arriba / Abajo |
|
Orden / Caos |
|
Derecha / Centro /
Izquierda |
|
|
|
Adelante / Atrás |
|
|
|
Claro / Oscuro |
|
|
|
Caliente / Frío |
|
|
|
Pesado / Liviano |
|
|
|
Grande / Pequeño |
|
|
|
Abierto / Cerrado |
|
|
|
Mucho / Poco |
|
|
|
Completo /
Incompleto |
|
|
|
Creciente /
Decreciente |
|
|
|
Fluido / Denso |
|
|
|
Único / Múltiple |
|
|
|
Continuo /
Discontinuo |
|
|
|
Masculino / Femenino |
|
|
24
Si traducimos
ese conjunto de formas en acciones o verbos según los sentidos que suelen
adoptar en los símbolos y en los mitos, y los agrupamos siguiendo un criterio
de afinidad o proximidad semántica, encontraremos los siguientes
|
CONJUNTOS O PROCESOS ARQUETÍPICOS (Los verbos del ser) 1- Emerger, Aflorar, Elevar, Irrumpir,
Surgir, Penetrar, Manifestar, Expulsar, Romper, Afirmar…
2- Descender, Carecer, Faltar,
Mermar, Languidecer, Extraviar, Perder, Envejecer, Perecer, Extinguir… 3- Desear, Demandar, Requerir,
Urgir, Indagar, Preguntar, Llamar, Invocar… 4- Buscar, Enviar, Explorar,
Viajar, Relacionar, Comunicar, Transmitir, Transferir, Vincular, Enlazar… 5- Encontrar, Descubrir, Hallar, Aparecer, Revelar, Conocer,
Responder… 6- Alojar, Acoger, Agregar, Capturar, Retener, Atrapar,
Completar, Incorporar, Integrar, Juntar, Unir… 7- Nutrir, Alimentar, Absorber, Devorar, Ingerir, Engullir,
Disolver, Disgregar, Desaparecer… 8- Oponer, Combatir, Contener, Resistir, Rechazar,
Proteger, Sostener, Mantener, Negar… 9- Separar, Ordenar, Distinguir, Aclarar, Organizar
… 10- Engendrar, Concebir, Gestar, Formar, Cristalizar,
Crear, Inventar, Idear, Imaginar, Urdir, Elaborar, Construir… 11- Regresar,
Reunir, Volver, Completar, Crecer, Madurar… 12- Propagar, Perdurar, Acumular, Diseminar, Persistir,
Expandir, Conquistar, Reproducir… |
Desde luego, cualquier agrupación tiene siempre
algo de arbitrario y algunos términos podrían encontrar cabida en más de un
sitio; asimismo, el número de conjuntos podría reducirse o ampliarse según el
criterio de quien intente el ejercicio.
Los símbolos
recogen la memoria de la conciencia, como el ADN recoge la memoria del cuerpo en
su aventura planetaria: dioses y diosas, demonios e inframundos, cielos y héroes,
simbolizan la epopeya de la vida y la conciencia.
Forzando, tal vez demasiado, la analogía entre
el ADN y el mundo simbólico, podría decirse que estos doce conjuntos son las “letras”
con las que se escribe la memoria simbólica de la vida en nuestro planeta,
según la produce y registra la mente humana.
25
La conciencia se representa a sí
misma como luz, es decir, la conciencia aparece como luz en la conciencia.
Por eso, entre otras razones, el
sol y el relámpago ha sido desde antiguo símbolos de la divinidad.
26
En el proceso cósmico, distinguimos un férreo
determinismo que se manifiesta desde las primeras formas de la energía, junto a
un eje de indeterminación que también se manifiesta desde las formas primeras
de la energía (i.e. indeterminación cuántica.)
El grado de libertad de un átomo de hidrógeno
es aproximadamente cero; el de una molécula orgánica, es prácticamente
idéntico; el de las primeras formas vivientes, muy reducido… Parece difícil
objetar que la conducta de un jaguar o de un mono araña son más “indeterminadas”
(más libres, menos predecibles, más autodeterminadas) que la de una zompopa, una estrella de mar o un
árbol de jocotes. Conforme las formas
vivientes amplían su mundo y su conciencia, ganan autonomía, autodeterminación y libertad.
Con la autoconciencia esa libertad se amplía,
al punto que los seres humanos transformamos el mundo circundante en
antroposfera. Esta transformación es evidencia palpable de la autonomía
creciente de las formas vivientes…
27
Desde las primeras
radiaciones y energías producto de la singularidad en el origen de este
Universo, pasando por las partículas elementales y subatómicas a los átomos de
hidrógeno y carbono, en continua y progresiva diversificación, hasta las
moléculas orgánicas que desembocan en la vida y la conciencia, y de esta a la
autoconciencia orientada a la inteligencia, el cosmos genera formas entre el determinismo
casi total de la energía y la autonomía (autodeterminación) creciente de las formas
vivas.
En lo que resulta casi un juego de palabras,
podemos decir que el uni-verso se di-versifica…
28
Lo propio de la mente es abstraer y
relacionar. Partiendo de las experiencias de la conciencia individual y de
contenidos transmitidos culturalmente, la mente abstrae y relaciona conceptos e
imágenes. Abstraer es integrar: las experiencias se integran en conceptos más
amplios, o bien en imágenes polisémicas y complejas.
La mente
establece relaciones entre esas abstracciones y con ellas elabora representaciones
explicativas del mundo y de su situación. La teoría de la relatividad cumple,
desde este punto de vista, la misma función que el poema babilónico o el relato
bribri de la creación.
Por su
naturaleza abstracta, estas representaciones son intemporales. Aunque se
originan en el espacio y en el tiempo, “existen fuera del tiempo” o, dicho con
mayor sencillez, “el tiempo no las modifica ni las afecta.”
El ejemplo
más claro de esto son las formas geométricas. La idea de un triángulo
equilátero, de una pirámide o de una esfera, es la misma siempre, y
quienquiera, dondequiera y cuando sea que se las represente, lo hará en su
mente de la misma manera. Otro tanto
puede decirse de la idea de Dios: un ser todopoderoso, creador del
universo, es algo que cualquiera puede representarse en su mente, y quienquiera
que lo haga, dondequiera y cuando quiera que se encuentre, alumbrará más o menos la misma idea.
Las ideas y
las imágenes simbólicas de la mente son “intemporales”, “existen” más allá del
espacio y el tiempo, pero son producidas histórica y culturalmente: como
sabemos, la idea de un Dios único, todopoderoso y creador ex nihilo del
universo, no existía en la mente de los habitantes de América a la llegada de
los conquistadores europeos, ni la idea de Huitzilopochtli existía en la mente
de los españoles que conquistaron México, ni el concepto de los quarks en la de
un científico europeo del siglo XVII.
De este modo, las ideas y los símbolos
surgidos de la mente son intemporales, pero al mismo tiempo son
producidos y reproducidos histórica, cultural e individualmente.
29
Retrocedamos
en el tiempo y tratemos de ponernos en el lugar de aquellos homínidos (o
aquellas homínidas) a quienes se les reveló la idea de utilizar el fuego para
calentarse o de buscar refugio en las cavernas. Resulta fácil imaginar el
estremecimiento y la conmoción que debió causarles esto.
Basta leer la autobiografía o la
correspondencia de científicos, místicos y filósofos a lo largo de todos los
tiempos, para encontrar testimonios de ese estremecimiento, del sentido de lo
“inefable” y lo trascendente que tiene para la conciencia la revelación de las
ideas y los símbolos, pues una cosa es acceder a ellos por la transmisión
cultural, y otra muy diferente que estos “se revelen” directamente a la
conciencia. Por cierto que estas
“revelaciones” suelen tener lugar entre la vigilia y el sueño, cuando la
conciencia no está absorbida por los datos de los sentidos corporales y puede
abrirse a la captación de las ideas e imágenes surgidas de la mente. La
experiencia de lo simbólico tiene siempre algo de revelación y es la fuente de
todas las doctrinas -incluida la científica.
Por este motivo, las experiencias mentales
de lo simbólico de un chamán siberiano, de un místico sufí, cristiano,
budista o hinduista, de Sócrates, Parménides, Johannes Kepler, Juan Jacobo
Rousseau o Niels Bohr, son muy diferentes en sus contenidos, pero igualmente
verdaderas y auténticas.
30
La experiencia de lo simbólico es común a los
humanos. Por tanto, con la misma certeza con la que puede decirse que la vida y
la conciencia son fenómenos cósmicos, debe afirmarse que la mente y la inteligencia
también lo son o, lo que viene a ser lo mismo, el cosmos es también
un fenómeno mental.
El proceso
cósmico consiste en la producción permanente de formas mentales, formas
vivientes, formas materiales y formas energéticas, a partir de las energías
liberadas en la singularidad del origen. (Podemos
agregar aquí las formas sociales que se producen en la historia de especies
como la nuestra.)
El cosmos es un proceso de autoformación
permanente.
31
La
interpretación que aquí esbozamos revela el proceso cosmológico como la
producción permanente de formas que asumen grados crecientes de autodeterminación, conciencia y libertad.
Formas de vida más conscientes, más autodeterminadas y libres que las autoconscientes, serían formas mentales de
vida, que además serían formas plenamente inteligentes (a diferencia de las
formas autoconscientes, que solo tenemos destellos o vislumbres de
inteligencia.)
Si la forma humana coexiste en nuestro planeta
con formas de vida no autoconscientes (y con todas las formas de
autoorganización de la energía y la materia cósmica de las que surge la vida),
¿no es concebible que, de existir formas vivientes con mayores grados de autonomía
y consciencia, coexistieran, a su vez, con la vida autoconsciente?
Cabe preguntarse cómo percibiríamos nosotros
esas formas mentales de vida en caso de que existieran. De manera análoga a lo
que ocurre con el mundo físico, al que la conciencia da formas mediante los
sentidos, seguramente nuestra mente le daría sus propias formas:
Si una doncella roza una piedra
¿qué siente la piedra?
¿Otra piedra?
32
Si hemos
interpretado correctamente lo que sabemos, para inferir de ello lo que
ignoramos, el proceso cosmológico consiste en la producción de formas
crecientemente autodeterminadas, conscientes y libres, a partir de las energías
liberadas en la singularidad del origen.
El
eje determinismo / autodeterminación revela el proceso cósmico como un campo de
tensiones o, dicho con mayor propiedad, como un campo polarizado.
Sabemos
que uno de esos polos es la energía, tal como la describe hoy la ciencia
física, a saber, fermiones, bosones y demás partículas elementales informando
la materia. Casi todo cuanto ahí ocurre
responde al más férreo determinismo, aunque lo indeterminado también encuentra
cabida.
En
consecuencia, el otro polo del campo cósmico lo ocuparía una fuerza en la que
la autodeterminación, la conciencia y la libertad alcanzarían su máxima expresión.
Se trataría de una fuerza no física, es decir, no espacio-temporal, sino
mental, que interviene y participa activamente en la constante in-formación del
cosmos. (Tal vez, el aspecto hasta hoy inexplicado de la curvatura del
espacio-tiempo obedezca a la naturaleza no espacio temporal, no física, de esa
fuerza.)
Entonces,
ante nuestra mirada maravillada, el proceso cosmológico se revelaría como un
despliegue o manifestación de “energía inteligente”, es decir, como la
incesante producción de formas dentro un campo polarizado entre la pura energía
y la inteligencia pura: energía e inteligencia se revelan, se conforman, se
identifican y “re-conocen” en cada fenómeno cósmico.
Más que de la
causalidad o la causación como la entienden la filosofía y las ciencias, todos
los fenómenos cósmicos seríamos el resultado de la conformación de esas
dos fuerzas o principios en diferentes coordenadas de ese campo polarizado
entre la energía y la inteligencia, entre el espacio-tiempo y la mente.
No somos
seres, sino aconte-seres en la gran manifestación del cosmos.
El misterio
del que nada puede decirse, es la unidad original de energía e inteligencia y
sus razones para manifestarse en el cosmos.
noviembre, 2020