jueves, diciembre 01, 2022

REFLEXION Y REFLEJO

 

Me asomo a las palabras con ánimo de explorador, de niño travieso, y jugando con ellas, desarmándolas, doy con hallazgos inesperados, como esta seductora cercanía entre reflexión y reflejo. Montañista al fin y al cabo -que lo soy-, hundo mi piqueta en la roca para extraer de ahí la lección, la joya oculta, y digo que, en efecto, toda reflexión es un reflejo, y cuando digo “reflejo” quiero decir exactamente eso: toda reflexión es un destello de la luz de la conciencia proyectada hacia el mundo, que se devuelve para descubrirse o revelarse a sí misma, aunque del mundo, propiamente, poco o nada hayamos descubierto. Toda reflexión es un destello de la luz de la conciencia, de la luz de la inteligencia, y apenas eso. El mundo, allá, sigue siendo un misterio. Pero tengo que ir más lejos, y digo que si las imágenes del mundo que heredamos y construimos para orientarnos en este breve tránsito incierto son solo reflejos, entonces vivimos dentro de una campana de cristal iluminada desde dentro, y estas palabras son al mismo tiempo la luz y el cristal donde me espejo.

jueves, noviembre 17, 2022

EL SINSENTIDO DEL SINSENTIDO

Sostiene John Gray, uno de los pensadores europeos reputados en la actualidad, que uno de los presupuestos del pensamiento científico occidental es el no asumir que el cosmos o el universo obedece a un propósito o responde a una intención. Si interpreto bien, lo que el autor quiere decir con esto no es forzosamente que el mundo carezca de propósito, sino que para el conocimiento científico, interesado en desentrañar las causas y los efectos de los fenómenos, el tema es irrelevante o resulta fuera de lugar.

Este presupuesto da la medida de la grandeza y la miseria del pensamiento científico occidental, pues ocuparse de las causas y los efectos de las cosas es magnífico, pero limitarnos a ello, una absurda y arbitraria restricción. En efecto, desde ese punto de vista los animales humanos somos apenas “una máquina complicada de hacer mierda”, en palabras del gran poeta guatemalteco-mexicano Luis Cardoza y Aragón, y aunque en efecto seamos una complicada máquina de hacer mierda, somos también mucho más que eso, según mi propia experiencia y según lo testimonian los vestigios artísticos, religiosos, tecnológicos y científicos de quienes nos han precedido en el tiempo.

Si el pensamiento científico es el terreno de los cómos y de los porqués -cómo y por qué ocurren los fenómenos-, podría decirse que el campo de la Filosofía es el de los para qués, es decir, el de los propósitos y el sentido.

El propósito y el sentido -no solo de la vida humana, sino del cosmos en el cual esta se inscribe-, es uno de los pocos asuntos que desde mi punto de vista merecen la pena ser discutidos, pero es imposible abordarlo desde un punto de vista exclusivamente racional. Mejor dicho, es posible hacerlo así, pero de esa forma nunca obtendremos una respuesta satisfactoria y definitiva. Para los teístas resulta sencillo afirmar que el mundo obedece a la intención o el propósito de la divinidad (de materializarse, según unas versiones, o de obsequiarnos la existencia, según otras), pero para aquellos que nos balanceamos en la duda, el asunto se presenta más problemático.

Por otro lado, hay que decir también que, aunque el asunto no pueda dirimirse en términos estrictamente racionales, ello no significa que del todo no pueda dirimirse, pues los seres humanos somos mucho más (o mucho menos) que seres racionales. La mutilación operada sobre el animal humano por el pensamiento occidental moderno y las ciencias que de él se nutren y derivan, es precisamente esa: pretender que somos únicamente animales racionales, o que en la razón reside nuestro único valor o nuestra característica distintiva.  

Ignoro si lo que quiero expresar puede traducirse a otras lenguas, y me pregunto si la proximidad fonética y semántica entre sentido -la dirección o el curso de un suceso o acontecimiento- y sentido -aquello que sentimos en nuestro fuero interno- es una mera casualidad, pero de ser este el caso, habrá que considerarla una coincidencia afortunada.

En efecto, el sentido es algo que debe ser sentido, más que pensado, o que en todo caso puede ser pensado, pero cuya respuesta escapa a lo estrictamente racional e involucra a la totalidad del animal humano, incluyendo sus experiencias pasadas, sus deseos, sus expectativas, sus sospechas, sus anhelos, sus terrores y sus sueños.

¿Acaso el hecho de que las respuestas que podemos darle a esta pregunta no sean unívocas ni sean susceptibles de demostrarse según las reglas de la lógica o del método científico las priva de toda importancia y valor?

La del propósito o el sentido de la vida humana es una pregunta cuya respuesta nace del corazón, del co-razón, no exclusivamente del pensamiento racional, y no por ello carece de importancia ni puede ignorarse. Hacer esto es, a mi juicio, una prueba más de la terrible mutilación del animal humano operada por el unilateralismo del pensamiento occidental, cuyas consecuencias sufrimos en todos los campos de la vida.

domingo, noviembre 13, 2022

ISLA

 

Luego de mi último naufragio, me convertí poco a poco en esta isla. No es un territorio amable, bello ni hospitalario, pero me he acostumbrado a él. Sin embargo, no estoy sola, han llegado otros náufragos. Primero los vi chapotear a lo lejos, confundidos con las olas; luego los miré acercarse con ilusión y esperanza que pronto desaparecieron.  ¿Hay algo más triste y más solo que ser una isla?

TRAMPAS DE LA MEMORIA

 

La primera vez que mi amigo Roy y yo acampamos en una playa, teníamos 15 años. No recuerdo por qué razón terminamos en un lugar apartadísimo: el pueblo más cercano estaba como a hora y media de marcha cruzando varios cerros pelados. Una mañana, descubrimos que se nos habían acabado los bastimentos y decidimos ir hasta allá. Bajo el sol de las 10 de la mañana, la caminata era infernal, pero no para nuestros cuerpos juveniles. Durante el trayecto no dejamos de cantar. El repertorio era limitado, pero ambos chapurreábamos la canción de Piero: “Es un buen tipo mi viejo…” Aunque no la sabíamos completa, improvisábamos. Bajo el sol ardiente, nos desgalillábamos cuando llegaba el climax: “yoooo soy tu sangre mi viejo, soy tu silencio y tu tiempo…” Y también: “Viejo mi queriiido vieeeejo, ahora ya camiiina leeeerdo!…”

Cantábamos con tanta convicción como si nuestros padres ya hubieran muerto. No obstante, un recuento rápido me revela que entonces ellos rondaban la cincuentena, bastante menos que mi edad hoy. Cantar esa canción era una forma de identificarnos con su desdicha más o menos secreta, más o menos pública y escandalosa: los dos veníamos de familias “problemáticas”, no porque las acosaran la pobreza o las privaciones, sino el veneno del alcoholismo y el desamor.

Roy se suicidó joven, antes de cumplir 40 años. Ya entonces la vida nos había llevado por caminos distintos. Mi padre y el suyo murieron dos décadas después que él, marchitos y decrépitos, con pocos años de diferencia.

Hoy, a veces canturreo Mi viejo y me acuerdo mucho de Roy, no tanto de mi viejo.

martes, noviembre 01, 2022

UNA VIDA BUENA

 

Quiero creer que la mayoría de nosotros tenemos una idea más o menos definida de lo que consideramos “una buena vida” o “una vida buena.” Conste que no me refiero aquí a la abundancia de recursos materiales, mucho menos monetarios, sino a vivir conforme a lo que consideramos deseable, es decir, “bueno”. Ello contrasta con nuestra generalizada incapacidad para adecuar el diario vivir a esa idea, a ese ideal. Cuando no renunciamos de entrada al menos a intentarlo, desistimos al primer traspié o responsabilizamos a otros -la sociedad, la historia, la familia, el sistema capitalista, lo que sea-, por nuestra timidez, nuestro fracaso o nuestra cobardía. Desgraciadamente, la cobardía, como el miedo, es contagiosa y puede pasar por sensatez, y así terminamos todos conformándonos, adecuándonos a esta mediocre monotonía del trabajo rutinario y el consumo obligatorio, enajenados de la aventura magnífica de la vida.

 

jueves, septiembre 22, 2022

CINCO

Algún día llegaremos a ese momento en que el principal desafío que enfrentemos ya no será vivir bien, sino morir bien, pero por alguna razón, casi nadie logra reconocerlo y casi todos terminamos aferrándonos. ¿Acaso es mejor una mala vida que una buena muerte?


Quienes rechazan toda posibilidad de que exista dios, cualquier dios, algún dios, tienen una pobre idea de dios, una idea de dios demasiado cercana a la de sí mismos…


Creo que peor que rezarle a dios, es no no tener un dios al cual rezarle.


La vida no puede ser mejor que la muerte, pero la muerte no puede ser mejor que la vida.


Somos el resultado de una historia milenaria de violencia y brutalidad, pero nadie se reconoce heredero de quienes perpetraron esa violencia; a lo sumo, de sus víctimas. Lo cierto es que en cada uno de nosotros conviven quienes la perpetraron y quienes la sufrieron; si no, no estaríamos aquí. Asumir esto es necesario si de verdad queremos comprender las raíces de la violencia en nuestra psique, en nuestro cuerpo y en la sociedad. Porque lo silenciado, grita.

lunes, septiembre 05, 2022

TRES

 Cada vida es una herida en el silencio del mundo.

 

Aprendemos, poco a poco, a morir con los que nos preceden.


Aspirar a la verdad y a la belleza no consiste en negar la existencia de todo aquello que las contradice, sino más bien en integrar esas contradicciones en una unidad armónica superior o más compleja. El Bien y la Verdad supremos entrevistos por Sócrates, integran, incorporan y superan todos los conflictos, todas las contradicciones y todas las desdichas, pero no los niegan.   



 

miércoles, agosto 17, 2022

AMOR SUPREMO

                 Para John y Alice Coltrane

 

Como esas bailarinas

y efímeras iridiscencias

que emergen del agua

cuando la ilumina el sol

así nosotros

en el río del tiempo

¿Pero qué es el agua?

¿Y cuál sol?

martes, agosto 09, 2022

lunes, junio 27, 2022

Apunte al vuelo

 

La única ventaja que los adultos tenemos sobre los niños -si se la puede llamar así-, es que nosotros sabemos que fuimos niños, pero ellos ni siquiera imaginan que un día serán viejos…

miércoles, junio 22, 2022

FLOR DE LA TORMENTA

 

La tormenta trajo una flor

No sé de dónde la trajo.

Se maltrataron sus pétalos

Pero sobrevivió al granizo.

 

La tormenta trajo esta flor

Desde muy lejos la trajo.

Aunque herida y lastimada

Brillaba en el asfalto.

 

Sobrevivió la bella flor

Al vendaval y al granizo

Sus pétalos lastimados

Sobrevivieron al frío.

 

No sé de dónde vino

Pero  la tormenta la trajo

Sobrevivió la bella flor

Al vendaval y al granizo.

 

Cuando arreciaba la tormenta

Y azotaba el frío

Encontré la bella flor

Y me sentí tranquilo.

 

Desde entonces me acompaña

Desde entonces la cuido

La flor de la tormenta

Me acompaña y la cuido.

domingo, junio 12, 2022

EL JARRÓN

Ilustración: Jarrón con flores. Henri Matisse


Clarisa despertó esa mañana convencida de que era un buen día para morir, pero lo mismo había sentido muchas veces desde que falleció su marido, diez años atrás, y aquí seguía tan campante, buscando cada día un motivo para continuar, preguntándose por qué el destino le había reservado para el final su broma más amarga -a ella, que no había sido una mala persona…

Solía reflexionar sobre sí misma en tiempo pasado, como si ya todo hubiera concluido, pero lo cierto del caso era que a pesar de sus dolores articulares y de una paulatina pérdida de memoria, ninguna enfermedad grave la amenazaba o, dicho en sus términos, nada prometía poner fin al suplicio. Un castigo, sí, la vejez era un castigo, sobre todo la vejez sin Armando: condenada a ser testigo impotente de las enfermedades y la muerte de amigas y amigos, cada vez más aislada en un mundo desquiciado e incomprensible. Su único refugio eran los recuerdos, pero de la misma forma en que una mancha de aceite en la superficie vela la visión del fondo marino, también estos terminaban contaminados por la acritud del presente.

A menudo lamentaba no tener a quien implorar por su muerte, pues desde muy joven había desterrado de su mente cualquier vestigio de fe religiosa. A lo sumo se atrevía a pedirle a Armando que la llevara consigo, pero cuando se sorprendía haciéndolo, se encontraba ridícula. Algunas veces -pocas- tomaba el asunto a broma y entablaba diálogo con su difunto marido.

   - Imagino que todavía no venís a buscarme porque estás haciendo de las tuyas allá -le decía, por ejemplo, pues en vida Armando había sido “un picaflor”. Hasta los oídos de Clarisa llegaron un par de veces los rumores de sus lances galantes, aunque en casa él jamás cambió su conducta ni dio señales de que su matrimonio estuviera en peligro. La única ocasión en que Clarisa abordó el asunto, fue para pedirle discreción. Él se comprometió a ello y cumplió escrupulosamente su palabra.  

Clarisa se permitía de vez en cuando estos diálogos imaginarios con su marido, pero a los ojos de la ferviente revolucionaria que fue -¿o era todavía?- aquello era ridículo, sobre todo cuando reparaba en expresiones como “allá”, aludiendo a la dimensión donde presuntamente se encontraba Armando. (Eso sí, jamás se permitió completar la expresión, ni siquiera en sus pensamientos, con algo como “allá arriba…”)

La de ellos había sido una relación de toda la vida: se conocieron poco antes de cumplir los 20, en la universidad; ambos provenían de familias de clase trabajadora y fueron los primeros en acceder a estudios superiores. Aunque Armando estudió arquitectura, su verdadera pasión era la cerámica; sin embargo, un dejo de realismo le hizo ver que asistir a la universidad para dedicarse a la cerámica habría sido una afrenta para su padre albañil.

Cuando se conocieron, ambos militaban en la misma organización comunista; juntos terminaron de crecer y se hicieron profesionales. Aún no cumplían 30 años cuando celebraron el triunfo de una revolución, y pocos años después experimentaron el espanto de la represión y bebieron la hiel del exilio. No habían tenido hijos porque… ¿Por qué no los tuvieron? Porque cuando ella se decidió, ya era un poco tarde y su organismo no pudo o no quiso…

Una década más tarde cayó la dictadura y ellos hubieran podido regresar a su país, pero desistieron de hacerlo: demasiadas historias escucharon sobre la frustración y el desencanto de quienes volvían esperando reencontrar un pasado que solo existía en ruinas; además, se hallaban a gusto en su patria de acogida, y viajaban con regularidad a su país natal.

Entre las cosas que habían logrado traer cuando salieron al exilio, estaba aquel jarrón que modeló Armando poco antes del triunfo de la revolución. No era una obra muy lograda -con los años, él se convertiría en un excelso ceramista, pero el jarrón era de la época de sus inicios-, pero sí era de las más significativas, pues lo llenaron de flores cuando triunfó la revolución y emprendió con ellos el incierto viaje hacia el exilio (tal vez el único objeto accesorio que lo hizo). Solían llenarlo de flores para ocasiones especiales: los aniversarios de boda, la caída de la dictadura y el regreso de la democracia, el enjuiciamiento y condena de los generales asesinos… Desde luego, durante la vela de Armando, Clarisa lo llenó con claveles rojos y en la funeraria lo colocó sobre su ataúd, a la altura del pecho.

Clarisa permanecía tendida en su cama, paladeando el dolor de estar viva. Debían ser las 6:30 o tal vez las 7 de la mañana. Las cortinas del cuarto se mantenían cerradas. ¿Para qué levantarse? ¿Para qué levantarse ahora o más tarde o nunca? No, esta vez se quedaría en la cama el tiempo que fuera necesario, hasta encontrarse de nuevo con su marido. Ya no saldría de ahí.

De repente pensó en el jarrón, el jarrón que la había acompañado toda su vida con Armando y los últimos 10 años después de su muerte, y quiso tenerlo a su lado para morir abrazada a él. Amparada en la resolución de dejarse morir, que sentía crecer dentro de sí, este no le pareció un gesto melodramático, sino necesario.

Decidió levantarse por última vez para ir a buscarlo a la mesa del comedor, donde lo mantenía de ordinario.  Tan pronto lo vio, cayó en cuenta de que hacía meses no le ponía flores. Lo tomó entre sus manos y emprendió el regreso hacia su habitación; justo cuando entraba al cuarto tropezó con algo -¿las pantuflas, el cordón de las cortinas?- y trastabilló. Como en cámara lenta -sí, como en las películas de acción-, vio como el jarrón escapaba de sus manos y caía al piso, rompiéndose en mil pedazos. Junto con él, también cayó ella, y por fin experimentó la certeza, el alivio, la dicha, de saber que ya no se levantaría de ahí.

domingo, junio 05, 2022

LA SECRETA PÉRDIDA DEL ROJO

 


Cuando en la escuela nos enseñan los colores, nadie nos advierte nunca que un día perderemos la visión del rojo; esto lo aprendemos después, con familiares o con desconocidos, y no porque alguien nos lo diga claramente, sino de esa forma velada, un poco torcida, hecha de silencios incómodos y de frases inconclusas, como ocurren la mayoría de los descubrimientos importantes en la vida.  Pero una cosa es comprender que esto le sucede a otros, y otra muy diferente asumir que también nos ocurrirá algún día…

Todavía recuerdo la primera mañana -no hace tanto de esto- en que una de mis corbatas favoritas me resultó irreconocible, pues las gruesas rayas rojas que alternaban con otras azules lucían sospechosamente desteñidas… Aún no llegaban a ser grises, como las veo hoy, pero el rojo que tan bien conocía, había perdido intensidad y brillo.

Descarté que hubieran dañado la corbata en la tintorería, pues solo las franjas rojas lucían irreconocibles; intenté controlar el sobresalto en mi pecho y me dije que, tal vez, aquello era un efecto de la iluminación. Con la corbata en las manos, corrí hasta la ventana y abrí las cortinas, pero para mi sorpresa y decepción, nada cambió…  Entonces comprendí que mi momento había llegado. (Antes -lo entiendo ahora-, recibí algunas señales de lo que estaba por venir, pero no supe interpretarlas, por ejemplo, una creciente indiferencia hacia el rojo y, cuando caía en cuenta de esto, un arrollador sentimiento de nostalgia por los tiempos en que la sola visión de ese color, me conmovía…)

Aquella mañana no lo comenté con mi mujer y, como había previsto, me anudé cuidadosamente la corbata al cuello, pues una señal inequívoca de la pérdida del rojo, es la renuencia a usar prendas de ese color. Hay quienes van más lejos y evitan relacionarse con cualquier objeto colorado. Caso de sobra conocido es el kétchup, consumido con fruición hasta cierto momento de la vida, pero luego desdeñado con mohines y gestos de repulsión. No en vano, cuando se sospecha que la visión del rojo de alguien declina, se murmura a sus espaldas la manida frase: “A ese, como el kétchup ya no le sabe bien…”, y otras parecidas.

A nadie sorprende que otro signo evidente de que el rojo ha empezado a desaparecer de la vista de alguien, sea la conducta opuesta, es decir, el abuso e incluso la obsesión maniaca por ese color. Si de los primeros se murmura a hurtadillas, estos últimos son objeto de abierta censura y de burlona irrisión:

   - ¡Ese hombre es un “colorado…”!

En las semanas y meses siguientes al episodio de la corbata, las señales se multiplicaron hasta el punto de que ya no tuve más alternativa que comentarlo con Martha, mi esposa. Tras escucharme en silencio, ella me miró esforzándose por lucir comprensiva y restarle importancia al asunto.

   - Tranquilo, no te preocupés. Estamos juntos en esto…

Supongo que son las frases que nos enseñan a decir en circunstancias semejantes. ¿Juntos en esto? ¡My ass! El que perdía la visión del rojo era yo, no ella, que podía seguir vistiendo la hermosa falda roja que le regalé tiempo atrás, sus camisas rojas, sus calzones, sostenes y pijamas rojos, o poniéndole kétchup a las hamburguesas y pidiendo pasta pomodori en su restaurante favorito, como había hecho desde que la conocí…

Varias veces intenté abordar el tema con amigos que, suponía, estaban pasando o ya habían pasado por lo mismo, pero invariablemente topé con una barrera de tres metros de espesor:

   - ¿Cómo vas con el rojo? -tanteaba el terreno yo, a sabiendas de que abordaba un tema delicado.

   - ¡Ah, el rojo, sí! ¡Es fenomenal! -Y ni media palabra más.

O también:

   - ¿Viste qué hermoso pañuelo de seda rojo lleva esa muchacha? -lanzaba el anzuelo, mientras bebíamos una cerveza. Desde luego, ya entonces el rojo era para mí un vacío que debía llenar con la imaginación.

   - ¡Precioso, sí! -Y ni media palabra más sobre el tema.

Tras varios intentos infructuosos, terminé por desistir. Desde entonces, cuando me cruzo en la calle con gente como yo, evito mirarla a los ojos y eludo su mirada si ellos lo hacen, aunque sé que la humillación y la vergüenza de quienes perdimos la visión del rojo, son evidentes para todos y con ella deberemos vivir mientras sigamos aquí.

viernes, mayo 27, 2022

LA NIÑA Y EL VIENTO

 

La niña y el viento. Grabado de Francisco Amighetti

Una noche de estas, después de la cena, mi hija Sofía, de seis años, nos llamó aparte a su madre y a mí y nos contó que esa mañana, cuando su hermana Isabel se había ido a la escuela, las cortinas del cuarto se agitaron de repente y una ráfaga de viento entró por la ventana. Aquello no tenía nada de excepcional y pensé que la chiquilla solo quería nuestra atención. “¿Y qué hiciste? -le pregunté-. ¿Cerraste la ventana?” “No, papá”, me respondió irritada, “no se trata de eso.” Su madre me fulminó con la mirada “¿Ah, no? ¿De qué se trata entonces?”, le pregunté. Ahora fue ella, la niña, quien me miró como diciendo: si no me interrumpieras con tonterías, ya te lo habría dicho. “Resulta”, nos dijo a continuación, “que la ráfaga se escondió en un rincón del cuarto y me dijo que estaba cansada y que no quería viajar más…” ¡Vamos, aquello sí me pareció original! ¡Una ráfaga de viento que se niega a seguir su viaje! Ahora fue su madre quien le preguntó: “¿Y te contó por qué está cansada?” “Al principio”, respondió Sofía, “no quería decir nada, solo repetía que estaba muy cansada, pero después de un rato, se animó un poco y habló más…” MI mujer y yo éramos todo oídos y esperábamos que continuara, pero la niña se hizo esperar. “¿Y qué te dijo?”, me atreví a preguntarle. “Me dijo” -y Sofía nos miró como preguntándonos si esto era verdad-, “que el mundo está lleno de cosas horribles y que no podía mirar más.” Antes de articular palabra, su madre y yo cruzamos una mirada de estupefacción. “¿Eso te dijo?”, balbuceó por fin mi mujer. Por toda respuesta, la chiquilla mantuvo su vista fija en nosotros, demandando una contestación. “Bueno, cariño”, comenzó a decir mi mujer, “eso, desgraciadamente, es cierto...” Yo, en cambio, intenté una evasiva. “Pero eso no es todo, cariño, también hay...” Pero Sofía no mordió el anzuelo y me interrumpió: “¿Entonces, es verdad?” Nosotros guardamos silencio. ¿Cuánta verdad debe soportar el corazón de una niña? Sofía bajó la vista y quedó en silencio durante un tiempo que me resultó increíblemente largo. “Me pidió permiso para quedarse en el cuarto”, agregó después. Su madre y yo intercambiamos un gesto de: “aquí viene con otra de las suyas…” “¿Quién?”, pregunté, aunque era innecesario. “El viento, el viento que entró en el cuarto”, respondió disimulando apenas su impaciencia. “¿Te pidió permiso para quedarse ahí?”, insistió su madre. “Y qué le respondiste?” “¡Que sí, que podía quedarse todo el tiempo que quisiera!” “¿Y sigue ahí?”, le preguntó su madre. “¡Por supuesto! ¿Dónde más iba a ir?” “¿Y no pensaste que tal vez tu hermana no quiera compartir el cuarto con alguien más?” “Isabel está de acuerdo, ya se lo pregunté”, respondió. “Pues si es así, nosotros no vamos a oponernos”, dijo su madre, y eso pareció tranquilizarla.

Mi mujer y yo contábamos con que todo acabaría ahí, pero para sorpresa nuestra, Sofía retomó el asunto la noche siguiente. “Sigue muy triste”, nos dijo entonces, como si rindiera un informe. Nos pareció innecesario preguntarle de quién hablaba. “Dice que ha visto demasiadas cosas feas y terribles.” Aunque intenté callar, no pude resistirme y le pregunté. “¿Cosas terribles? ¿Cosas terribles como qué?” “¡Ay, papá!”, me respondió ella. “¿Por qué me preguntás si lo sabés de sobra?” Y yo sabía, sí, yo sé de qué cosas le habla el viento a mi hija menor, pero desde entonces prefiero no  preguntarle, por temor a que una noche de estas me responda y yo no pueda seguir fingiendo que ignoro lo que sé.

 


miércoles, enero 26, 2022

UNA NOCHE

 


La belleza me despertó, o desperté a la belleza, alrededor de mis 14 años. Como si algo me sacudiera por dentro, experimenté de pronto una forma de conexión con todo lo que me rodeaba. Aquella noche había salido a caminar por las calles solitarias de mi barrio. La luna plateada iluminaba las nubes fugaces. Noche fría, tal vez de enero. Y así, caminando sin rumbo ni propósito bajo el cielo nocturno, la belleza de la noche me hirió sin aviso previo, despertándome a la conciencia rotunda, irrevocable, de mi soledad y de mi unidad con lo que me rodea; conciencia de un exilio, pero también promesa muda… Solo ahora me pregunto qué parte o qué dimensión de mi ser experimentó aquello, y solo puedo responder que no fue una parte de mí mismo -no mi conciencia, no mi cuerpo, no mis sentidos-, sino aquello que los organiza, que los unifica -la integridad o totalidad de mi ser. ¿El mundo me estaba hablando? ¿La belleza es su lenguaje?  ¡Qué grande y hermoso misterio! 

domingo, enero 23, 2022

LEYENDO A TAGORE

 


                    “Entender alguna cosa es encontrar en ella algo que es propiedad nuestra, y es este                                     descubrimiento de nosotros mismos fuera de nosotros mismos lo que nos causa alegría.”

                                                            Rabindranath Tagore, “Sadhana”.

Creo que lo fundamental de las epistemologías críticas de la modernidad europea y de la ciencia asociada a ella, no es la anulación de la dualidad sujeto/objeto, que en última instancia no puede negarse, sino más bien el reconocimiento de que ambos, sujeto y objeto, son el resultado del mismo proceso cosmológico, este sí único, y en esa medida están indisolublemente imbricados. Al  tiempo que un  despliegue y manifestación, el cosmos es un proceso de conocimiento.

sábado, diciembre 18, 2021

UN SUEÑO

Sueño que en los dedos del cadáver de mi padre están escritas sus últimas palabras, pero tan pronto las leo, la tinta se disuelve en una mancha irreconocible; aunque alcancé a leerlas, trato de recordarlas sin conseguirlo. Miro la mancha de tinta a la que han quedado reducidas sus palabras, y lloro con mis hermanos...

lunes, noviembre 29, 2021

SÍMBOLOS


Puesto a considerar entre aquellos que, empujados por una fe poco cultivada, interpretan literalmente los símbolos y los toman por la realidad, y aquellos otros que, movidos por una soberbia altanera, se cierran a su trascendencia, su sentido y su valor, considero infinitamente más ignorantes y torpes a estos últimos.

lunes, octubre 11, 2021

CUATRO

¡Urge un viaje al presente!

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Me asomo al borde una revelación, pero me detiene el vértigo de caer en ella y perderme para siempre...

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En vez de somatizar, hay que psico-matizar

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¡Qué maravillosa elastilacidad la de la telaraña, capaz de elongarse, no sé, un diez o un quince por ciento sin colapsar! De las telarañas, algunos admiran su fortaleza; yo, su elasticidad.



jueves, julio 22, 2021

EL F(J)UEGO INFINITO (La Coneja dialoga con Heráclito)


 

Introducción

Ignoro las razones por las que el autor o autora del presente manuscrito decidió comentar los textos del filósofo presocrático haciéndose llamar “La Coneja”, un seudónimo casi tan intrigante y enigmático como la figura del mismo Heráclito. En ocasiones he pensado que lo hizo como un guiño al famoso “Tío Conejo”, célebre personaje de la literatura infantil costarricense y encarnación local del “tricker” o tramposo de la tradición oral en muchas regiones del planeta. El único dato cierto del que disponemos sobre “La Coneja”, indica que vivía en San José de Costa Rica a mediados de los años 70 del siglo pasado, pues el documento está fechado en el mes de julio de 1977.  

El original llegó a mis manos hace alrededor de veinte años por un amigo común, hoy fallecido; en aquel momento no le presté mayor atención ni tuve la curiosidad de preguntarle detalles acerca de su autor o autora.  Hace algunas semanas, vaciando las gavetas de mi escritorio, lo encontré entre otros papeles destinados al reciclaje y, tras una relectura, llegué a la conclusión de que no me corresponde a mí -que apenas estudié Filosofía algunos años en la Universidad de Costa Rica-, sino a lectores más criteriosos, determinar si tiene algún valor.  

Aunque “La Coneja” no se molestó en indicar de dónde había tomado los textos de Heráclito que comenta, tras una breve investigación, mi buen amigo, el Dr. Jorge Jiménez, concluyó que se trata de las versiones del libro “Heráclito: textos y problemas de su interpretación”, del gran erudito italiano Rodolfo Mondolfo, publicado por la Editorial Siglo XXI (primera edición, 1966; segunda edición corregida y aumentada, 1971.) 

Debo admitir que el título bajo el que aquí se publican -tan obvio como notoriamente cortazariano-, es una ocurrencia mía, así como el subtítulo que lo acompaña.  Por lo demás, se ha transcrito y se publica sin modificación alguna.


R.S.

San José, Costa Rica, julio 2021



- 1 -

Y dejó dicho el viejo Heráclito: “Aun siendo este logos real, siempre se muestran los hombres incapaces de comprenderlo, antes de haberlo oído y después de haberlo oído por primera vez. Pues a pesar de que todo sucede conforme a este logos, ellos se asemejan a carentes de experiencia, al experimentar palabras y acciones como las que yo expongo, distinguiendo cada cosa de acuerdo con su naturaleza y explicando cómo está. En cambio, a los demás hombres se les escapa cuanto hacen despiertos, al igual que olvidan cuanto hacen dormidos.”

La Coneja: Y yo me asombro, me maravillo con cada una de tus palabras, pues ¿qué quiere decir exactamente que “el logos es real”? En esa sola frase, en esa simple afirmación, se condensan muchas de mis dudas e inquietudes de hoy, pues sostener que hay algo que podemos llamar “real” (más allá de nuestras fantasmagorías y delirios), supone que podemos distinguirlo o reconocerlo como tal. Y ojo, viejo cascarrabias: escribo deliberadamente reconocerlo y no “conocerlo”, pues si somos capaces de distinguir algo como real, es porque algo en nosotros tiene esa misma condición… 

Lo real, sugerís, no son los cuerpos que percibimos ni creemos ser -en incesante cambio y transformación, es cierto-, tampoco la conciencia que nos hace apercibirnos de ellos, sino más bien las leyes o principios que rigen el mundo, incluyéndonos a nosotros mismos…  Por eso “todo sucede conforme a este logos.” 

De modo que lo real, lo verdaderamente real, no es visible y manifiesto, sino invisible y subyacente, y por ello mismo los hombres “somos incapaces de comprenderlo”, hechizados como vivimos por lo que aparece y se manifiesta a nuestros sentidos…

¿Es eso? ¿Eso es lo que quisiste decir, viejo Heráclito? ¿No ha desgastado tus palabras, como a los viejos guijarros del río, el curso de los siglos? Pues de interpretarte bien, me inclino a estar de acuerdo.  

Pero no puedo pasar por alto el cierre de tu reflexión: que a los hombres se nos escapa el logos, de la misma forma en que se nos escapa cuanto hacemos despiertos y olvidamos cuanto hacemos dormidos. 

Más allá del velado desprecio que trasuntan tus palabras, de su altanería o soberbia, hay algo radicalmente cierto en esto. Y lo digo por experiencia, porque también yo vivo la mayor parte del tiempo como dormido, y poco o casi nada de lo que hago despierto me parece verdaderamente real… Aunque esto último lo sé precisamente por ciertos momentos excepcionales en los que he creído, he sentido, romper la burbuja de mis sensaciones y de mis pensamientos para rozar, intuir o asomarme a algo real. Así, solo el despertar nos revela el sueño y solo el sueño nos revela el despertar. Sueño y despertar, ¿son dos rostros de lo mismo?


- 2 -

Y dijo Heráclito el Oscuro: “Por eso conviene seguir lo que es general a todos, es decir, lo común; pues lo que es general a todos es lo común. Pero aun siendo el logos general a todos, los más viven como si tuvieran una inteligencia propia particular.”

La Coneja: Vivimos todos bajo la misma férrea (y sutil) ley que todo lo modela y determina el curso de las cosas, el flujo de los acontecimientos, mas sin embargo, obstinados como niños pequeños, quisiéramos que las cosas fueran según las imaginamos y deseamos, y nos empeñamos en percibirlas de esa forma, y no según su propia naturaleza.

Pues somos humanos, viejo Heráclito, demasiado humanos, es decir, criaturas mortales, aferradas al ego y aterradas por la sospecha de que vamos a desaparecer.  Es, pues, el ego, el yo -nuestra raíz y nuestro anclaje en este mundo cambiante-, lo que nos aleja del logos, lo común, lo general, y nos induce al error… ¡Triste realidad! Pues si fuéramos capaces de renunciar a las ilusiones que nacen de aferrarnos al yo y pudiésemos abrirnos sin reparos a la captación y comprensión del logos, lo común, lo general, acaso advertiríamos que también nosotros somos de acuerdo a lo común, lo general, el logos, y descubriríamos que, en cierta forma somos como espejos donde se refleja el mundo, y el mundo es como un espejo en el que nos reflejamos…

¿Y qué veríamos en ese espejo, viejo Heráclito? Veríamos, sí, el vértigo del cambio, de la incesante transfiguración de las llamas de ese fuego que imaginaste como metáfora fundamental del mundo, pero al cabo descubriríamos también que, pese al cambio incesante, la llama no se extingue… Y, acaso, comprender que somos parte de ese fuego infinito y deslumbrante bastaría para redimirnos del terror a desaparecer y de las miserias asociadas a nuestra condición mortal.

Sin duda, sí, “conviene seguir lo que es general a todos, lo común”, pero aceptarlo implica aceptar nuestra finitud, y eso parece más allá de nuestras fuerzas. 


- 3 -

Y dijo el Oscuro de Efeso: “El sol tiene el tamaño de un pie humano.”

La Coneja: …pues ilimitado es el río del Espacio-Tiempo, y lo que a nuestros ojos parece imponente, resulta insignificante desde otras perspectivas.  De modo que, en el vasto cosmos, menos que un pie humano, menos que la uña del dedo meñique del pie de un recién nacido, resulta nuestro venerable astro…

Pero decime, viejo gruñón: ¿acaso en los pliegues de tu esquiva frase late también la sugerencia de que, pese a su magnificencia indudable, insignificante es el sol si lo comparamos con el ser humano? Pues, en el cosmos, tal vez no todo sea cuestión de dimensiones… ¿Y cuál sería el rasero para valorar la importancia de las cosas, de los hechos y fenómenos cósmicos? ¿Acaso la complejidad? Pues de ser así, de ser la complejidad integrada en cada fenómeno el rasero para valorar la trascendencia o “el significado” de los hechos cósmicos, los seres humanos seríamos, en efecto, infinitamente mayores que los soles, toda vez que nuestro cuerpo integra los elementos resultantes de la combustión y el colapso de estrellas ya extinguidas… Así, turbia en mi visión, revolotea la imagen de algo que viene tomando forma desde los más remotos confines del universo, algo que no cesa de producir nuevas y más complejas formas, y de lo cual nosotros somos un eslabón más en su ruta hacia la plenitud del auto-descubrimiento… 


- 4 -

Y dijo Heráclito de Efeso: “Si la felicidad estuviera en los deleites del cuerpo, llamaríamos felices a los bueyes cuando encuentran legumbres para comer.”

La Coneja: Y bien podemos llamarlos felices; ¿por qué no hacerlo? Pero nosotros no somos bueyes, y aunque sean magníficos los deleites del cuerpo, tan pronto los satisfacemos, surgen otras necesidades, se abren otras interrogantes. ¿Llamaremos “felicidad” al estado que nos sobreviene cuando hemos respondido a tales preguntas? Si así lo hacemos, admitamos entonces que nuestra felicidad es transitoria, pues responder a unas preguntas, implica siempre abrir otras: cruzamos umbrales que nos colocan ante nuevos horizontes. No en vano, se acuñó la metáfora de “hambre de conocimientos” o “hambre de saber”. Y esa es insaciable.


- 5 -

Y se dice que dijo el viejo Heráclito: “Se purifican manchándose con otra sangre, como si alguien, después de haber entrado en el lodo, tratase de limpiarse con otro lodo. Parecería que estuviera loco si alguno de los hombres lo observara al obrar de esta manera.  Y dirigen oraciones a estos simulacros, tal como si uno dirigiese la palabra a las mansiones sin conocer a los dioses ni a los héroes quiénes son.”

La Coneja: Tal parece, viejo gruñón, que las leyendas sobre tu talante altanero, o más bien despreciativo y burlón, son bien fundadas, pues un poco de empatía y compasión para con nosotros, simples mortales, habría bastado para ahorrarte estas palabras. 

En efecto, nos comportamos como dementes en nuestros tratos con los inmortales; en efecto, la locura anida en nuestros corazones… ¿No comprendes, acaso, nuestro desamparo y orfandad? ¿No entiendes, en fin, que privados de la visión del logos que aviva el fuego infinito, desarraigados del cosmos, la vida se convierte en un capricho absurdo y el cosmos en un teatro de locos? De ahí que busquemos el consuelo de los inmortales, la comunión con ellos en la sangre y el lodo.

¡Pero cuidado, viejo Heráclito! Que la razón -ni siquiera en la forma magnífica de tu logos-, no lo es todo ni lo revela todo, y acaso en esa comunión con la sangre y el lodo, en ese oscuro encuentro con lo que nos constituye y conforma, se esconde otra forma de entendimiento y de relación con lo que nos rodea, menos aséptica y menos distante que tu logos; una forma de entendimiento y de relación que nos reconoce también como carne y sangre y lodo, como criaturas sintientes y mortales sedientos de inmortalidad… ¿Y no es esto acaso así? ¿No ofrece esta imagen un retrato más fiel de nosotros, de nuestra miserable y grandiosa humanidad? Pues tu visión del fuego y del logos, hermosa como es, elude la carne y la sangre, los mocos y la caca que también nos constituyen, esa condición para muchos embarazosa e incluso inaceptable…


- 6 -

Y, según dicen, sentenció Heráclito: “Al ser alimentado de la misma manera que la llama, el sol no solo es nuevo cada día, sino que es continuamente nuevo.” 

La Coneja: Evanescente es el presente y escurridizo el fluir del tiempo, no hay duda de ello, viejo Heráclito, pero si entiendo bien, si no estoy desencaminado con lo que aquí decís, también estás sugiriendo que el cosmos es un proceso de generación permanente, y que incluso los cuerpos que envejecen, que envejecemos, se renuevan sin cesar. El cosmos siempre está apareciendo, siempre está surgiendo, siempre está naciendo o se está creando, al mismo tiempo que se extingue y está consumiéndose… De esta forma, asistimos a un prodigio, a un acto permanente de prestidigitación; más aun, somos testigos asombrados y parte de él… 

¿Puede, entonces, una cosa ser “vieja” y “nueva” a la vez? ¿Puede consumirse algo al tiempo que se renueva? (También podría decir: ¿puede renovarse algo sin consumirse?) ¿Hasta ese punto es absoluto el presente? (Estoy tentado de escribir: “¿es omnipresente el presente’”.)

Ya lo ves, viejo Heráclito: como el mono araña me escabullo por las ramas, me escabullo en las palabras. Aunque vos nada sabés del mono araña ni nada querés saber de mí…  


- 7 -

Y dejó dicho Heráclito de Efeso: “No habría armonía si no hubiese agudo y grave, ni animales sí no hubiera hembra y macho, que están en oposición mutua.”

La Coneja: Aquí el fuego estalla en infinidad de chispas; cada una de ellas tiene un color particular, una intensidad y duración únicas, pero todas derivan del mismo fuego y todas dicen de él, cada una de ellas lo revela. También nosotros somos como chispas del gran fuego universal, de ahí nuestra parcialidad. Pues cada uno tiene una condición única y está en una posición única, por lo que su perspectiva es única también.

Así, pues, la armonía -sugerís-, es la superación de las contradicciones, o mejor, la reunión de las contradicciones, la suma de las parcialidades. 

Vivimos en el mundo de la multiplicidad, en el mundo de la contradicción, en el mundo de las oposiciones, pero estas contradicciones, estas oposiciones, revelan la armonía de la totalidad, la plenitud de la totalidad.


- 8 -

Y sostuvo Heráclito el Oscuro: “Si todas las cosas se convirtieran en humo, las narices sabrían distinguirlas.”

La Coneja: Y una vez más, viejo Heráclito, me deslumbra tu penetrante intuición. 

El cosmos es sustancialmente diverso; aunque por un prodigio inexplicable todo cuanto existe apareciera idéntico ante nuestra mirada (“humo”), su diversidad constitutiva persistiría… y nosotros podríamos distinguirla. 

Hoy sabemos que esta diversidad es resultado del proceso cosmológico. La variedad de elementos (átomos) que constituyen la materia, es producto de dicho proceso.  ¿Y qué son el olfato, la vista y demás sentidos mediante los cuales nos relacionamos con el mundo, sino medios o vías de conocimiento de la diversidad del mundo? La Vida, indisociable de la Conciencia, produce en su despliegue estos medios o vías de conocimiento.  

Por tanto, viejo Heráclito, el cosmos genera la diversidad de elementos que lo constituyen al tiempo que produce también los medios por los que dicha diversidad puede ser aprehendida o conocida por la vida y la conciencia.

La sensibilidad al medio propia de los seres vivos (incluyendo la conciencia que registra y unifica los datos sensoriales), coevoluciona con el proceso de diversificación y articulación constante de la materia, propio del proceso cosmológico. 

Si toda la diversidad del cosmos quedara reducida a humo, persistiría como diversidad, pero además, la conciencia y sus órganos sensoriales serían capaces de reconocerla como tal, pues mundo y conciencia coevolucionan.


- 9 -

Y dijo Heráclito de Efeso: “Lo que se opone es concorde, y de los discordantes [se forma] la más bella armonía, y todo se engendra por la discordia.”

La Coneja: Aquí, viejo Heráclito, apuntás a “la raíz del cacho”, como solemos decir en mi tierra, pues afirmar que todo cuanto existe surge de la oposición de los contrarios, de su antagonismo y de su interacción, ya es audaz, pero agregar que los contrarios, juntos, configuran una unidad armónica en la que la oposiciones se anulan o desaparecen para convertirse en “la más bella armonía”, es trascender la raíz del cacho y señalar lo invisible y, ¿por qué no?, lo que trasciende o está más allá de lo patente, del mundo manifiesto. 

Vivimos y morimos en el mundo de los antagonismos y la contradicción, pero esa dualidad en discordia sin fin, esa conflagración permanente de la que somos testigos y en la que también ardemos, revela la velada armonía. 

Vivimos en un mundo de parcialidades, necesariamente en pugna, que revelan la unidad subyacente de todo, su armonía deslumbrante. ¿Es esto lo que estás diciendo, viejo chamán?

Fragmentación, atomización, oposición, discordia; pero también lo opuesto: integración, complementariedad, danza, armonía. Las contradicciones y su contradicción, la armonía: tal el mundo que somos.


- 10 -

Y dijo Heráclito el Oscuro: “Enteros y no enteros, convergente divergente, consonante disonante: de todos uno y de uno todos.”

La Coneja: Cualquier cuerpo, cualquier fenómeno que consideremos es, por definición, limitado y parcial, pero también complementario de su opuesto. La complementariedad de los opuestos revela la unidad de la que estos dimanan: antes del dos, el uno. 

Habitantes de lo múltiple (y múltiples nosotros mismos), podemos inferir lo uno a partir de lo múltiple, lo diverso y contradictorio. 

Hasta la brizna más pequeña hunde sus raíces en una grieta de lo absoluto y para nacer debe romper el mundo; solo así podemos existir y solo así podemos apreciar y conocernos como integrantes de algo infinitamente mayor. 

Solo desde la fragmentación puede concebirse (y apreciarse) la plenitud de la totalidad; el todo y las partes se iluminan recíprocamente, se requieren para revelarse. Cada uno le confiere sentido al otro: sin el estallido de las partes, el todo es solo vaporosa posibilidad, oscuridad en la oscuridad; sin remitirse a la totalidad, las partes son como borrachos perdidos en la noche profunda.


- 11 -

Y sentenció el Oscuro de Efeso: "Todo animal es llevado a pastar mediante latigazos.”

La Coneja: Con frecuencia nos resulta en extremo difícil reconocer el bien, lo justo y lo correcto, es cierto, pero no olvides, viejo gruñón, que “el bien” es a menudo una imposición de los poderosos que se asumen como dueños de todo -incluidas “la verdad” y “el bien”-. Entonces es preciso huir a la montaña y nutrirse de hierbas puras y salvajes, como cuentan que tú mismo hiciste y haría muchos siglos después otro cascarrabias, el viejo Nietzsche. No fueron latigazos los que te llevaron a las praderas del logos, sino tu búsqueda de una verdad más alta que la que rumiaban a tu alrededor. Quizás sea cierto que todo animal domesticado debe ser llevado a pastar mediante latigazos, pero los libres pastan allá donde los amos no alcanzan a ceñirles la soga.


- 12 -

Y se dice que sentenció Heráclito el Oscuro: “A los que ingresan en los mismos ríos sobrevienen otras y otras aguas; y salen almas por exhalación de las cosas húmedas.”

La Coneja: Lo desconcertante aquí es la reunión de dos ideas de órdenes tan distintos en una misma frase, pues lo de las aguas y el río, bien dicho está, y nos sumerge en la eterna disyuntiva de la identidad y el cambio… Disyuntiva que, como sabemos, no es tal, sino más bien paradoja que paraliza el espíritu y disloca la lógica del pensamiento, revelándonos sus limitaciones, para iluminar el fuego armónicamente contradictorio del mundo…

Lo de las almas, en cambio, me resulta difícil de seguir.  ¿Querrías decir, acaso, que la vida -y por lo tanto las almas- están indisociablemente asociadas al agua? Como todo lo invisible, “el alma” se presta a todas las metáforas, es territorio libre para la imaginación. 


- 13 -

Y dejó dicho el viejo Heráclito: “Los cerdos gozan con el cieno más que con el agua pura.”

La Coneja: Y está bien que así sea, pues cada ser juzga o valora según su naturaleza. Asumir que lo que es bueno para uno, ha de serlo para todos, es el principio de la violencia, la opresión y la arbitrariedad. 


- 14 -

Y escribió Heráclito de Efeso: “Este cosmos, uno mismo para todos los seres, no lo hizo ninguno de los dioses ni de los hombres, sino que siempre ha sido, es y será fuego eternamente viviente, que se enciende según medidas y se apaga según medidas.”

La Coneja: Antes bien: los dioses -como quiera que los concibamos o los imaginemos-, son parte de este fuego siempre vivo y cambiante: lo mismo que nosotros, surgen y desaparecen en la eterna respiración del cosmos. Pienso en soles; pienso en galaxias; pienso en esa multitud de cuerpos y fenómenos celestes apenas conocidos y de dimensiones inconmensurables… ¿Acaso hay algo que merezca con mayor justicia el apelativo de “dioses”? Y también ellos, también esos dioses formidables de donde surgimos, nacen y perecen en el pulso rítmico del universo.

Medida: ritmo. Hay formas de comunicarnos que no requieren de palabras; antes bien, las rehúyen como a la peste. Por eso, viejo Heráclito, celebro que cuando hablas del logos, te refieras a la medida, al ritmo mediante el cual las formas nacemos y perecemos, antes que a las palabras mediante las cuales pensamos, pues sobre el eterno logos que anima el fuego del cosmos, también podemos comunicarnos bailando. 

Apenas somos una chispa, un fugaz destello en alguna llama de ese “fuego eternamente viviente” que es el cosmos. Celebrémoslo. 


- 15 -

Y escribió Heráclito de Éfeso: “Lo uno, lo único sabio, no quiere y [sin embargo] quiere ser llamado con el nombre de Zeus”

La Coneja: Mucho me temo, viejo Heráclito, que la necesidad de nombrar las cosas es nuestra, y que a ese “uno” del que hablas lo trae sin cuidado el nombre que le demos. Por eso me parece sabia tu prevención: “no quiere y sin embargo quiere ser nombrado con el nombre de Zeus…” 

Cada nombre, cada palabra, trae aparejada una imagen, una idea, una visión: de ahí tu reticencia a designar con el nombre de “Zeus” a ese uno, pues la idea de Zeus entre los tuyos es muy distinta de tu idea de ese uno. Mediante las palabras, nos enlazamos a los otros. Valernos de una misma palabra para designar dos ideas distintas, es el origen de la confusión, y la finalidad de las palabras, su única utilidad, es comunicarnos. 

Nuestras ideas de las cosas, aquellas a las que nos referimos cuando hablamos, son personales, pues hablamos siempre de imágenes mentales; sin embargo, para comunicarlas debemos valernos de palabras compartidas o comunes. La comunicación es siempre aproximativa, tentativa y, en cierta medida, fallida; los equívocos son inevitables, más aun, son consustanciales a la comunicación misma.

¡Si tan solo imaginaras la cantidad de nombres que “lo uno” ha recibido en el curso de los siglos! ¡Si supieras de las multitudes que han muerto tratando de imponerle a otros su forma de nombrarle o defendiendo la suya! 


- 16 -

Y el Oscuro de Efeso escribió: “El camino hacia arriba [y] hacia abajo [es] uno solo y el mismo.”

La Coneja: Todos los órdenes o planos del cosmos responden a la misma ley, el logos, ese continuo ir-haciéndose en donde se entrelazan creación y destrucción: desde las primeras manifestaciones de energía cósmica hasta las creaciones del espíritu humano, y más allá de nosotros mismos, hasta aquellas manifestaciones de la energía-materia-inteligencia cósmica que apenas imaginamos o intuimos, todo responde al mismo logos y todas constituimos, por tanto, un solo camino. “Como arriba es abajo”, se lee en otra parte. Por eso, no importa cuál camino emprendamos -la psique o el cosmos-, al final, todos llevan a Roma. Pero claro, de Roma vos nada sabés…


- 17 -

Y dijo Heráclito de Efeso: “Los necios, aun oyendo, se asemejan a los sordos: el proverbio, justamente, es testigo de ellos: que "hallándose presentes están ausentes".

La Coneja: Vivimos sonámbulos, es cierto, pero en defensa propia. La realidad, afuera, parece demasiado ruda, preferimos la fantasía de nuestros pensamientos. A veces nos percatamos de eso, pero a los pensamientos, oponemos otros pensamientos, como si así nos libramos del conjuro. No abrimos el pecho al abrazo del mundo. ¿De dónde viene tanta defensividad? ¿De la culpa? ¿Acallamos un grito siempre? Disculpá que te hable así, viejo Heráclito. Tu espejo es fecundo, en mis pensamientos resuenan ecos de tu voz.

Por otro lado, solo unos pocos consiguen estar presentes. Gente así ha habido siempre y en todas partes: en China, Lao Tse decía en tu época cosas muy parecidas a las tuyas. En los pequeños cacicazgos del bosque tropical húmedo que había donde vivo ahora, seguramente también los hubo, pero sus palabras no llegaron a nosotros. Finalmente, las raíces del espíritu humano se hunden en la mente y no en la geografía. 

¿Por qué nos cuesta tanto vivir? Sería infinitamente más fácil si tan solo nos abandonáramos, si dejáramos de resistirnos al torrente del río, a las flameantes llamas de la hoguera. Pero nos detiene el terror a disolvernos, la idea de dejar de ser. (¡Como si fuéramos; es decir, como si cada uno de nosotros, en tanto individuo,  fuera!) 

Por todo ello escuchamos y seguimos como ausentes.


- 18 -

Y el Oscuro de Efeso sentenció: “Los límites del alma, por más que procedas, no lograrías encontrarlos aun cuando recorrieras todos los caminos: tan hondo tiene su logos.”

La Coneja: Del alma, como de casi todo lo invisible, conviene hablar poco. Sabemos que está ahí porque la experimentamos en nuestras percepciones, emociones, imaginaciones y pensamientos, pero más allá de eso, empiezan los tartamudeos. El alma se nos presenta como “la interioridad” de nuestro cuerpo, su reverso y su doblez, pero tan real como este. 

Sabemos que todo cuerpo viviente tiene asociada una conciencia, una psique, un alma, y que en cierta forma la crea o la alumbra. También sabemos que toda conciencia es al mismo tiempo conciencia de un entorno, de un mundo. Así, con el alma se fundan el Yo y su mundo, lo uno y lo otro, la identidad y la alteridad, pero esa dualidad es ilusoria, porque el Yo, la psique, el alma -como quiera que nos la representemos-, emerge del mundo. 

Así, pues, esta paradoja de reconocernos uno en lo Otro, otro en lo Uno, y sin embargo y al final de cuentas uno, solamente Uno, es el logos insondable del alma.


- 19 -

Y dejó dicho el Oscuro Heráclito: “Una sola cosa es lo sabio, conocer la Razón, por la cual todas las cosas son gobernadas por medio de todas.”

La Coneja: Lo fácil, lo obvio, hubiese sido decir que todas las cosas son gobernadas por una, la Razón, el logos, pero “el diablo está en los detalles”, como suele decirse, y no es tan simple: “todas las cosas son gobernadas por medio de todas”, escribís. He ahí el fondo misterioso y casi impenetrable de la imagen. De esta forma, el cosmos se convierte en un caleidoscopio, en un juego de espejos en el que lo menos influye y determina a lo más, tanto como esto a aquello: interpenetración y coajuste permanente de todo cuanto existe, hasta configurar un tapiz movedizo, más parecido a un pensamiento que al engranaje de una máquina; más parecido a una hoguera flameante, que a una ecuación… El logos, la Razón que rige el mundo, es el resultado de esta interacción: es Ley, porque obedece; ordena y manda, porque se pliega mansamente. No pretende nada y por eso todo se ajusta a ella.


- 20 -

Y escribió el viejo Heráclito: “Me he investigado a mí mismo.”

La Coneja: …Y no podías sospechar, cuando escribiste esto, que el más célebre de tus coterráneos aconsejaría más de un siglo después: “Conócete a ti mismo”, y que esta frase se convertiría en máxima y guiaría los pensares y las búsquedas de miles y miles de personas en tierras distantes como la mía, muchos siglos después… 

Pero lo importante aquí es lo que la frase dice sin decir, pues investigarse a sí mismo es investigar el universo, pues cada ser no solamente es un universo en miniatura, sino también resultado de la evolución de todo el universo, de modo tal que los seres humanos vivimos para experimentar en nuestra existencia las leyes que rigen el universo. Y eso fue lo que hiciste vos, viejo Heráclito, y así llegaste al logos. 

Y por eso estamos agradecidos.