lunes, enero 02, 2017

EL VALLE DE MENCHA

Al Valle de Mencha llegué la primera vez en medio de una tormenta de granizo. Fue un golpe de suerte, una casualidad afortunada, lo que me llevó hasta allá. Llevaba tiempo caminando en el crepúsculo, temblando de miedo y de frío, impulsado por la convicción o la esperanza de que más allá de aquél pasaje quebradizo, erizado de rocas amenazantes, tenía que existir algo distinto, cuando escuché el rumor leve de un arroyo y por instinto decidí seguirlo. Bueno, no fue exactamente por intuición ni por instinto: para ser sincero, el rumor del arroyo me tranquilizó. Rápidamente descubrí que aquél el sonido me infundía confianza. Después de horas de marcha infructuosa, en las que a menudo me descubrí  en el mismo punto de donde había partido, me encontraba física y nerviosamente agotado, y el sonido discreto y apenas perceptible del arroyo me tranquilizaba y prometía algo distinto.
No me equivoqué. El arroyo discurría entre las rocas con algo de violencia al principio, pero al seguirlo, desembocó pronto en un vallecillo. Ahí sus aguas se remansaban y fluían  pausadamente. Conforme me adentraba en el valle, sentía el efecto bienhechor de aquel sonido.  Era un murmullo reconfortante, como el recuerdo de una caricia recibida en mi más tierna infancia.  
El paisaje en torno mío también era distinto. Sin desaparecer del todo, las afiladas piedras se espaciaban y entre ellas emergían cada vez más árboles y arbustos de follaje brillante por la humedad. Estimé que pronto anochecería, pero para mi sorpresa, la claridad parecía ir en aumento. No pasó mucho antes de que constatara que también la temperatura aumentaba. Me dije que  aquello debía ser resultado de las condiciones atmosféricas que imperaban en el vallecillo, pues la densa niebla y la llovizna que me habían acompañado durante buena parte del trayecto habían desaparecido, pero pronto comprobé que en lugar de precipitarse en el ocaso, el sol apenas iniciaba su ascenso hacia el cenit.  Como mucho, serían las seis o las  siete de la mañana. Así lo confirmaba el griterío de los pájaros y la respiración luminosa de cuanto me rodeaba. Me pareció irrazonable que hubiera caminado la noche entera en la oscuridad, sin comer ni dormir, pero no encontré otra explicación. Mi ánimo también se había despejado. La sensación opresiva y angustiosa que antes me dominaba había desaparecido. Mis fuerzas también regresaron y, con ellas, la curiosidad y la ilusión por explorar el sitio donde me hallaba. Además de ralear, aquí las rocas eran de menor tamaño y no obstaculizaban una visión panorámica del sitio. El arroyo, tan estrecho que solo en algunos puntos hubiera sido difícil para mí cruzarlo de un salto, se precipitaba flanqueado por suaves colinas. Por el sonido y el color del agua calculé que su profundidad rondaría los setenta u ochenta centímetros.
En medio de la claridad creciente, de los verdes y los rojos que ganaban en intensidad y esplendor, me pareció distinguir a lo lejos una silueta humana. Sentí un golpe de alegría en mi pecho. No siempre me ocurre esto; a menudo, cuando camino, deseo estar solo. Cedí al impulso de acercarme y, conforme lo hacía, la silueta que divisaba se definió como la de un adulto con dos niños a su lado. Los niños estaban sentados en el pasto,  por eso no los divisé de entrada.
Ahora, más cerca, descubrí  que la figura adulta era de una mujer mayor, de unos sesenta y cinco  años. Su cabello largo y ralo de color gris pálido caía más abajo de sus hombros, la tez de su rostro y de sus brazos lucía quebradiza y comenzaba a agrietarse. La mujer permanecía de pie entre los dos niños sentados sobre el pasto, en una de las márgenes del arroyo. Ellos eran inconfundiblemente hermanos, con rasgos faciales muy parecidos, y a juzgar por su tamaño, pocos años de edad los separaban. Cada uno sujetaba entre sus manos una rústica caña de pescar fabricada con una vara de bambú y un delgado hilo que se sumergía dentro del agua. El anzuelo en el que culminaban ambas era invisible; en las expresiones de los niños reinaba la mayor expectación. La anciana solo estaba ahí, acompañándolos, cuidándolos, algunos pasos detrás de ellos.
Me acerqué sin que los niños advirtieran  mi presencia, tal era la concentración y la excitación con la que sujetaban sus cañas de bambú, aguardando un tirón o una señal. La mujer me recibió sin sorpresa, como si me aguardara.
   - ¡Qué bueno que viniste! –me dijo casi de inmediato. Su voz me resultó familiar, cálida e íntima, y me producía el mismo efecto bienhechor que el sonido del arroyo, pero yo no creía conocerla–. Te esperaba hace rato. ¿Fue difícil llegar?
De cuanto dijo, esto último era lo único que tenía sentido para mí.
   - La verdad, sí –respondí–.  Sobre todo la montaña antes de llegar. Las piedras son amenazantes.
   - Lo son, es verdad. Nunca es fácil, pero ya estás aquí. Y ahora -¡imaginate!-, podés volver cuando querás.
Me sorprendió esto último. ¿Por qué habría yo de querer regresar a ese valle remoto al que había llegado por azar, tras una marcha accidentada? No obstante, sus palabras me parecieron una promesa generosa y confiable.
   - ¿Cuando quiera? –me escuché preguntar.
   - Así es. Yo siempre, siempre estoy aquí.
Mientras respondía, fijé mi atención en los niños, quienes me resultaron también inesperadamente familiares. Seguían atentos a lo que ocurriera con sus cañas de pescar y ajenos a nuestra conversación. De pronto me resultó maravillosa y tranquilizadora la certeza de que siempre  que quisiera podría encontrar  a la mujer y conversar con ella.
   - Mencha. Podés llamarme Mencha –agregó adelantándose a la pregunta que se formaba en mis pensamientos.
El apelativo -la forma familiar de llamar a las Clemencia entre los campesinos y las clases populares-, me resultó algo incongruente con su figura, pues si bien su piel retostada y su pelo reseco hablaban de una vida rústica, o al menos al aire libre,  sus maneras pausadas y algo en el tono de su voz sugerían otras raíces sociales.
   - Bien sure. J´ai etudié a Paris dans un lyceé de fiilles,  –dijo en seguida, adelantándose por segunda vez a mis pensamientos.- Mais la vie, tu sais, est trés compliqué
Comprendí  cabalmente el sentido de sus palabras, no obstante mi  ignorancia del francés.
   - Lo es –corroboré convencido. Sabía, por experiencia, cuán difícil, impredecible, jodidamente cabrona y maravillosamente desafiante resultaba la vida. Para mí lo era entonces y no ha dejado de serlo; no puede ser de otra forma, pues entonces, amigo, con seguridad has pateado el balde  y no te has dado cuenta de ello o nadie ha tenido la amabilidad de decírtelo…
  - Do do, l´enfant do …  -tarareó en seguida, como si tuviera alguna relación con lo que yo venía de decir-. ¿Recordás?
Para mi asombro, la tonadilla infantil me resultó familiar. Deseé tenderme en sus regazos y que me acariciara el cabello, pero permanecí de pie frente a ella.
   - Me resulta familiar, sí… ¿Pero de dónde?
   - Do do, l´enfant do… -repitió sin responder a mi pregunta-.  A mí me la cantaban cuando niña…  Mamá, pero sobre todo mi tía Eleonora, que había viajado jovencita  a Suiza, y que  a pesar de su esmerada educación, como se decía entonces, y del empeño de mi abuelo Felipe por conseguirle un buen partido, murió solterona y no tuvo más remedio que volcar su prodigiosa energía maternal sobre sus sobrinos, entre ellas yo, su favorita….  ¡Imaginate, hasta canciones de cuna en francés le habían enseñado en Suiza!
Sonreí sin disimular mi condescendencia. Lo que la mujer me relataba me resultaba tan lejano como si viniera de otra galaxia, y sin embargo ella, su presencia, se me hacía cada vez más entrañable. Despertaba en mí una confianza incondicional que jamás había experimentado y hacía innecesaria cualquier forma de suspicacia, prevención o defensa.  Era bueno -¿qué digo? ¡Era magnífico!- sentir algo así.
Uno de los dos niños se volteó hacia Mencha y le preguntó algo que no escuché.
   - Por supuesto, m´hijito –le respondió ella con dulzura tranquiizadora-. No se preocupe…
Su respuesta resultó satisfactoria para el niño, quien de inmediato volvió a desentenderse de cuanto lo rodeaba  y se concentró en la pesca. Hizo salir el anzuelo del agua y comprobó que no tenía carnada. La mujer le acercó un frasco de vidrio del que el niño extrajo una hermosa lombriz de tierra que con alguna torpeza logró colocar en el anzuelo. Por primera vez me surgió la duda de si habría peces en aquél riachuelo. Iba a preguntárselo a ella pero me disuadió de hacerlo con una mirada simple. En ese momento, no sé de dónde, apareció un gato que no más llegando se refregó  contra la rodilla de uno de los niños, antes de sentarse primero, y luego echarse, justo entre ambos. Parecía entender lo que hacían y saber también que su empeño sería infructuoso, pero tuve la impresión de que con su presencia deseaba animarlos.  Mencha se sentó en la abultada raíz de uno de los árboles junto al riachuelo; de una cesta, sacó varios bocadillos que ofreció a los niños. Solo entonces se desentendieron de la pesca para comerlos con entusiasmo.  Luego me ofreció uno a mí. Era un bocadillo de pan blanco con paté; después de muchas horas sin comer nada, me supo a cielo. No había terminado de comerlo cuando ya me ofrecía otro, esta vez de pepino y mayonesa, que me supo igualmente bueno. Se los agradecí con sincero entusiasmo.
   - Ya casi tenemos que irnos. Nos esperan en la casa –anunció Mencha, no supe si dirigiéndose a mí o a los chiquillos.  La noticia me produjo parecida desazón que a los niños, quienes adelantaron una tímida protesta con mueca de insatisfacción.
   - Pero no hemos pescado nada –aventuró uno de ellos.
   - Otro día volvemos. Tal vez haya más suerte…
    - ¡Pero, abuelita…! –intentó apoyar a su hermano el que parecía menor.
   - Mañana. Si quieren podemos volver mañana…
Los niños reaccionaron con algarabía a la promesa; se incorporaron sin protestar más y, con la ayuda de Mencha, arroyaron el hilo sobre sus cañas.  La mujer puso una mano sobre el hombro de cada uno de los  niños y, antes de voltearse para emprender la marcha, se dirigió de nuevo a mí:
   - Ya sabe: cuando quiera. Siempre estoy aquí.

Y sonrió. Sonríe. Continúa sonriendo… 

lunes, diciembre 26, 2016

LA MONTAÑA MÁGICA



La montaña mágica con frecuencia cambia de lugar, por eso es mágica. Me ha ocurrido encontrarla en marzo en Centroamérica, recubierta de vegetación resplandeciente, emplumada serpiente que se encumbra hacia el azul cielísimo, y seis meses más tarde dar con ella en el sur de Europa, vibrante roca seca donde apenas crecen líquenes suaves como el cabello de un niño.  También su altura es variable. Cuando la descubrí de chiquillo, apareció como una colina a la que caminaba las mañanas de los sábados con mis amigos; después, durante mi adolescencia, había crecido como esos volcanes que se multiplican en el curso de unos años, y subirla representaba para nosotros una prueba de independencia y valor.
Y, como en el célebre libro de cuyo título me sirvo para evocarla aquí, es mágica también por sus poderes  salutíferos.  Pero a diferencia de lo que ocurre en ese libro, no soy enviado a ella con el propósito de curarme, antes bien, voy espontáneamente y sólo cuando estoy allá descubro el malestar que me poseía. Por contraste con el bienestar que experimento, termino admitiendo mi mal.
Además de sus efectos bienhechores, reconozco la montaña mágica por su llamado. Yo la miro a la distancia, la miro, y siento, escucho, su voz, su invitación: me pide, me reta, me reclama que suba, que lo intente, que vaya…  
Desarrollé la capacidad de escuchar ese llamado durante mi infancia, mirando a lo lejos las montañas que definen la Meseta Central de mi país: ya fuera emergiendo de las sombras, acariciadas apenas por la luz matinal, o bien durante el ocaso, recortadas contra el cielo alucinante de celajes, recibía deslumbrado su mensaje. Desde el pantano de impresiones movedizas, pensamientos y emociones fugaces, la constancia inconmovible y serena de las montañas revelaba algo real. Ese es su llamado, su mensaje. Ir hasta allá equivale a romper el cascarón quebradizo de impresiones fugaces para acariciar, así sea por un instante, la fluidez de lo real.

Hasta allá, hasta eso que aquí llamo (porque no encuentro mejor manera de hacerlo) “la fluidez de lo real”, llegaba, llego, mediante la actividad física, el ritmo y la respiración, acallando las voces alocadas de mis pensamientos y enfocando poco a poco la atención en un solo haz sobre mi voluntad, el preciso  punto donde el cuerpo y la mente confluyen, se encuentran.
Caminando, respirando, concentrado en el ritmo de mis pasos y mi respiración, esforzándome al máximo pero dosificando el esfuerzo para no desfallecer, traspongo sin saber cuándo ni de qué manera el umbral y accedo por fin a la montaña mágica: viento, luz, verde pálpito y roca viva, riachuelo a veces, esplendor vibrante…  Sus puertas se abren y durante un tiempo me acoge y permanezco ahí, pálpito yo también, viento y roca viva también yo, eslabón deslumbrado de cuanto me rodea.

Y de la misma forma como llegué, sin saber muy bien cuándo ni de qué manera, en algún momento me descubro afuera y otra vez soy yo, soy solo yo en un rincón apartado del mundo, y mientras desciendo, mientras regreso a la ciudad, me acaricia a ratos el viento luminoso de la montaña mágica.

domingo, diciembre 25, 2016

EL NIÑ0 EN EL PESEBRE

El niño en el pesebre
ignora que es divino

Sabe que tiene hambre
sabe que tiene frío y que a su lado
está su madre

¿Qué puede importarle que los tres
famosos nigromantes hasta su cuna
hayan venido?

Teta
Leche y teta

Como el niño mío


miércoles, noviembre 02, 2016

DES-HUMANIZARSE

 Me deshumanizo cuando niego tu humanidad; me convierto en bestia cuando reduzco al otro a la condición de bestia: los europeos frente a los amerindios y los africanos en los albores de nuestra era... Pero también: unos africanos frente a otros pueblos africanos, unos pueblos amerindios frente a otros; los chinos y los egipcios y los japoneses y los griegos frente a...  Aquí no caben idealizaciones románticas. Los nazis frente a los judíos,  los terroristas –de todos los signos o ideologías– frente a sus víctimas inocentes; mi seca indiferencia ante la desgracia del prójimo. La moral de la tribu frente a la incipiente, frágil, precaria conciencia de nuestra identidad como especie y de nuestro destino común. ¿Acaso la historia de la humanidad es algo más que una obstinada negación de nuestra común humanidad? 

miércoles, septiembre 07, 2016

EL TRABAJO

En San Francisco, California, vi una vez a un lustrabotas que se recogía para rezar antes de iniciar su jornada de trabajo.

En el mercado de Coyoacán, México, me conmovió hasta las lágrimas un viejo mendigo que silbaba para que la gente le diera dinero.


Ahora me llena un silencio gozoso y pido la palabra.

(2012)

lunes, agosto 01, 2016

En boca de una mente enferma, hasta los mejores alimentos se convierten en
veneno.

viernes, julio 01, 2016

Señor de la Buena Muerte

Señor de la Buena Muerte,
concédeme la gracia
de una muerte dulce,
de una muerte amable.
Así como la Vida ha sido generosa
en horas espléndidas,
sea tu hora un don que agradezca
y me reconcilie con la existencia.
Que mis células y mis moléculas
se desintegren mansamente
llevando asombro y gratitud a la Tierra;
que mi dicha por todo lo vivido alimente
a las plantas y a los pájaros y a los insectos;
que sea de provecho mi tránsito
por la insondable y magnífica danza
de las estrellas.


Julio, 2016

miércoles, junio 17, 2015

DINOSAURIOS Y PÁJAROS

¿Obedeciendo a qué impulso
se convirtieron tan torpes reptares
en estos vuelos,
y los ásperos chillidos
en dulces cantos?

¿Latía en la memoria  de aquellas células
el obstinado afán de ser lo opuesto?

(Anverso y reverso, mariposa y gusano,
fijación por palpar las dos orillas lejanas
aunque  entre ellas se abra el abismo
de una extinción...)

¿Viaja el futuro en nuestros cuerpos?

¿Llamamos espíritu a eso?




Junio, 2015

martes, marzo 24, 2015

LA OBSESIÓN DEL ASCO - Francisco Rodríguez


Dentro del ámbito ensayo  costarricense, restringido desde hace décadas a las investigaciones de talante académico, resulta un acontecimiento feliz la publicación de un nuevo libro de aforismos de Francisco Rodríguez.  “La obsesión del asco” es el título de esta, su sexta entrega en el género. Reúne aquí su producción de entre los años 2002 y 2007. El pensamiento profundo, inconformista y provocador de este autor josefino  nacido en 1956  y afincado desde hace más de dos décadas en Ciudad Quesada, asoma aquí a su madurez. Rodríguez retoma en este libro muchos de los temas que lo han obsesionado a lo largo de su vida y a los que se mantiene fiel desde sus primeras publicaciones: la muerte, el cuerpo, la enfermedad, Dios, el poder, el crimen, la convivencia social, el mal, la escritura misma, entre otros. Además, continúa su diálogo íntimo con numerosos autores antiguos, modernos y contemporáneos de distintas disciplinas, en particular la filosofía y la sociología (disciplina esta última en la que Rodríguez se formó): Nietzsche, Spinoza y Foucault son algunos de los más frecuentados en esta ocasión. A veces  los glosa, a veces los rebate y otras se sirve de ellos como trampolines para aventurar sus propias dudas y pensamientos. Destaco esto para anotar que, si bien Rodríguez desdeña la rígida (y a menudo aburrida) legalidad académica, es un lector voraz y un conocedor a fondo del pensamiento occidental. No es un advenedizo que balbucee ocurrencias creyendo descubrir el agua tibia. En las 135 páginas del libro encontraremos, además de reflexiones propias y glosas a los pensadores que acompañan al autor en su melancólica y solitaria trayectoria, anotaciones y apuntes de otra índole, desde el comentario irónico de las conductas propias y ajenas, al apunte psicológico, a la provocación y el terrorismo intelectual… En la tradición de Cioran, Rivarol y de otros aforistas, Rodríguez es además un estilista, un escritor obsesionado por la precisión y la belleza de la palabra de la que se sirve. 

Pocas veces será tan justo afirmar que estamos ante un libro visceral. “Hay una inteligencia cerebral como existe una inteligencia visceral o salival. La inteligencia circula en la sangre como la inmensidad parpadeante en la telaraña eléctrica del Cosmos. El cuerpo destella y nada en inteligencia, como los cetáceos se mecen en el vaivén tranquilo del mar…” (p. 30)

Ya la palabra “asco” que relampaguea en el título alude a lo corpóreo y, si abrimos las páginas del libro y auscultamos sus epígrafes, encontraremos una confirmación: todos, o casi todos, hacen referencia al cuerpo, a la enfermedad y a la muerte…

Aunque el autor se reconoce como un escéptico sin mayores esperanzas respecto al ser humano y a nuestro cometido en este mundo (¿acaso existe otro?), a menudo asoma un afán, incluso desesperado, por encontrar respuestas a las perennes preguntas de los niños y de la Filosofía: ¿quiénes somos? ¿por qué y para qué estamos aquí? Con frecuencia lo veremos lanzar rabiosos puñetazos e invectivas al fantasma de Dios –el Dios del monoteísmo judeocristiano-, y en no pocas ocasiones estas nos dejarán la impresión de ser los airados reclamos de un niño abandonado por sus padres al anochecer en una estación del tren…

Los más de quinientos aforismos reunidos  en la obra no están divididos en secciones que orienten a los lectores de los temas que el autor abordará, y aparecen simplemente numerados, algunos con un breve encabezado en mayúsculas a manera de título. A pesar de ello, quienes transiten de principio a fin por las páginas de este magnífico libro, advertirán que, más allá de las contradicciones, del aparente caos o arbitrariedad, existe una sutil ilación, un delicado argumento que organiza y estructura el pensamiento… Quizás sea esto una suerte de metáfora, un comentario lacónico del viaje espiritual del  autor, que nos revela de esta forma que su intensa búsqueda existencial  asoma a puerto, encuentra  por fin respuestas… La “gigantesca discordia resplandeciente” que, en palabras de Quevedo, es el Universo, no es Caos, aunque la contradicción y las violencias cataclísmicas le sean inherentes. “La verdad”, nos dice Rodríguez, “sería el estado de reposada fortaleza (e integridad) espiritual ante la presencia de la muerte. Es aceptar transformar el hecho de morir en un fenómeno más de la realidad cósmica, de cuya vastedad somos un asombrado espejo.” (p. 119)

Desde luego, no coincido siempre con Francisco. ¿Cómo podría ser de otra manera? Este es un libro personal, que da cuenta de un itinerario espiritual, de la búsqueda de una respuesta más allá de lo puramente intelectual --una respuesta vital, existencial--, a las  preguntas de siempre.  La obra de Francisco Rodríguez es uno de los secretos mejor guardados en nuestra aldea, y sus selectos y entusiastas lectores nos debatimos entre el deseo egoísta de mantenerlo en esta condición que nos hace sentir privilegiados, o compartir con otros el revulsivo fecundo de su pensamiento.

 

 

lunes, febrero 09, 2015

EL POZO



Me asomé a un pozo
Y no supe si era oscuro
o luminoso
No supe si lo que miré en el fondo
era mi reflejo, o si yo era
apenas el reflejo  
de Otro que asomaba lejos.


9 de febrero, 2015

lunes, febrero 02, 2015

Punto ciego

Tal y como existe un punto ciego a la mirada, la muerte se sitúa en un "punto ciego" para la conciencia. La muerte de los otros llega a nuestra conciencia como cualquier dato de los sentidos, pero no le ofrece a ella dato alguno acerca de su propia finitud.  Sin duda, parte del horror que nos infunde la muerte deriva del supuesto absurdo de que la conciencia registrará su extinción y perdurará de alguna forma a ella (¡tan inconcebible nos resulta la extinción!) pero, como han dicho los epicúreos de la antiguedad a hoy, "cuando tú existes, ella no está; cuando ella está, tú no existes..." 

viernes, enero 30, 2015

DOS

No hay mayor soledad que la ignorancia.

            ----o----

El cosmos obra en mí.

jueves, enero 22, 2015

SENTIDO Y SIGNIFICADO

El del significado es un fenómeno cognitivo; el del sentido, un fenómeno vivencial, que interpela a la totalidad de uno mismo, a la totalidad del ser. La creación de sentido consiste en vivir (actuar) de acuerdo con el significado que uno da a las situaciones, a los seres y a las cosas...

lunes, enero 19, 2015

Frente a la melancolía por lo que muere, la alegría por lo que nace...

viernes, enero 02, 2015

GUITARRA

Metal
            madera
                            y piel

Tres reinos de la naturaleza 

y una  
         sola

                vibración

domingo, noviembre 09, 2014

TIEMPO

En el oscuro pozo de la noche,

¿es espuma o son estrellas
lo que brilla?

martes, septiembre 30, 2014

¿Cuánto dura un instante?


Una vida es un conjunto de experiencias, la suma de ellas constituye lo que al cabo llamaremos “mi vida”. Desde luego, esta solo es una perspectiva, una forma de considerar el asunto, otras existen… Nadie puede dar cuenta de su vida (menos aún de la vida de otros), pues el espesor del tiempo, su densidad, resultan ilimitados. ¿Cuánto  dura un instante?  ¿Cuál es el alcance de una experiencia?
No obstante, sabemos que los instantes pasan y que las experiencias se suceden. Tal y como descubrió respecto del espacio Zenón de Elea, un instante puede descomponerse hasta el infinito. Fue así como el memorioso Funes nos  reveló que el relato de una vida tomaría al menos tanto tiempo como vivirla. Y agregaría yo: y aun así quedaría incompleto, pues restaría el relato de la experiencia de morir, el punto final del capítulo o de la novela –sobre el asunto existen opiniones encontradas–.
Por ello comparto la perspectiva de Víctor Frankl y otros pensadores que han puesto de manifiesto que el asunto medular de la existencia humana, es el significado o el sentido que damos a lo que vivimos. No obstante, con ello el asunto se complica pues, con la idea de “significado”, introducimos también la de alguien, un sujeto, que ordena, valora, discrimina e interpreta las experiencias. Mas como anotara Schopenhauer hace más de un siglo, cuando la palabra “hombre” todavía significaba “ser humano”, “un hombre puede hacer lo que quiere, pero no puede querer lo que quiere”. O, parafraseando a Lacan, ¿cómo afirmar “yo quiero” si yo mismo soy efecto o consecuencia del deseo de otros, no solo en el sentido literal (el linaje, la genealogía), sino también, en sentido amplio, producto y efecto de mi época, de mi tiempo histórico? Así resulta que, en tanto sujeto de mi deseo y de mi voluntad, yo no soy yo.
Sea como sea (aún por la ilusión de ser sujetos), afirmamos constantemente: “yo quiero” y  también “no quiero”, “sí” y “no”, las dos palabras más importantes de cuantas existen, como nos enseña Nietzsche en su Zarathustra.
Acaso sería más justo decir, como lo hicieron los filósofos existencialistas a mediados del siglo pasado, que somos un proyecto, un constante hacernos: más que sujetos acabados, somos un camino, una dirección… Puede que seamos efecto del deseo de otros, pero en algún momento, o progresivamente, aceptamos vivir, y con ello el desafío de hacer algo con esto que somos… Eso que poco a poco se afirma y emerge, que se manifiesta ante los otros mediante actos y palabras, y ante nosotros mismos, además, como sentimientos y  pensamientos, eso es lo que somos
Sin embargo, existe una parcela enorme de nuestra experiencia de la que nunca nos constituimos en sujetos, de la que jamás diremos “yo soy eso”, no porque no hayamos elegido esas experiencias (siempre es posible elegir la forma como interpretamos, el sentido que damos, a aquello se nos impone), sino más bien porque algo, alguien, ¿qué?, ¿nosotros mismos?, decide que eso no es relevante y lo excluye de la historia, del relato y de la experiencia significativa: sueños, temores inconfesables, actos reflejos y fallidos y el largo etcétera que Freud y sus amigos han estudiado durante más de un siglo…
A ello debemos agregar todas las experiencias que ignoramos o excluimos porque no logramos interpretarlas de manera satisfactoria. Nuestra capacidad de conceder valor y sentido a lo que vivimos depende, en buena medida, de la existencia de un marco (conceptual y valorativo) que nos permita interpretarlo. Tal es una función de las religiones, los mitos, los sistemas de creencias y de pensamiento, incluyendo el “sentido común” y el pensamiento científico. 
De la misma forma en que solo un pequeño porcentaje del ADN de los genes contiene información relevante para la reproducción, se diría que más del ochenta por ciento de nuestras experiencias son, o al menos parecen, inútiles, en este “ser haciéndonos” que es nuestra historia, la historia de quienes decimos ser.
¿Cómo explorar esa zona constituida por experiencias que hemos descartado por razones diversas, no siempre las mismas? Un relato de las experiencias relegadas por el sujeto, excluidas del sentido, ¿cómo hacerlo? O también: acercarse a la experiencia propia como si fuera de otro, ¿es posible esto?
Cualquier tentativa de entender lo que somos ha de contemplar las dos dimensiones: la que está a la luz, por decirlo de alguna forma, y la de todo lo que hemos descartado porque desquicia nuestra idea de lo que somos, porque no logramos comprenderlo o porque, por algún otro motivo, no tiene cabida en el relato que hemos construido acerca de nosotros mismos. 



martes, agosto 05, 2014

PÁJARO Y TORO

Toro alado. Origami de Daniel Naranjo

Entre un pájaro espantapájaros y un toro suicida se teje el dolor de mis quebrantos. El toro no soporta la belleza del pájaro, pues lo hace sentir monstruoso hasta el suicidio; el pájaro está escindido entre el deseo de plenitud y una oscura idea del deber que lo ata, y es así como siendo pájaro, es también espantapájaros.
            Pero yo soy el toro, soy el pájaro y el espantapájaros.
            Soy toro, búfalo y bisonte: La energía de la tierra me atraviesa y, como el gran toro que pintó Picasso en el Guernica, tengo el culo abierto y mi agujero expuesto, pero también mi verga poderosa y buena, pura como la tierra y como el viento. Soy el toro por siempre enamorado de la luna. Junto al río rasgo la arena hasta estampar mi huella. Casi naranjas mis ojos, el vaho de mi aliento brilla en la noche de búhos y estrellas, mientras cometas chisporrotean por el cielo.
            Y soy el pájaro partido en dos, escindido entre el deseo de belleza, plenitud,  libertad y goce, y la condena que me ata a la muerte del deseo. Preso de espaldas a la dicha, hermano de mi enemigo, condenado por la antigua bula que sentencia: “¡Jamás serás mío!”
            Hoy pájaro rompo mi cadena y mi condena, la maciza torre se desploma hecha añicos. Libre por fin el toro vuelo hacia el pájaro y juntos avanzamos hacia la enredadera de frutos y dorados caminos.
Pájaro y toro por fin unidos.
(1997)


lunes, agosto 04, 2014

CUERPO Y TEXTO

Las palabras que leemos son apenas  la superficie exterior de un texto, la piel  que lo contiene y envuelve. Bajo ellas está el  esqueleto que lo organiza y estructura. Y entre ambos  los personajes, las acciones y las situaciones narrativas, es decir, el sistema nervioso, los músculos y los órganos que le dan vida.

lunes, julio 28, 2014

RESPIRACIÓN ARTIFICIAL

Hacía años le traía ganas a esta novela de Piglia. El libro está recomendado por una reputación bien cimentada, más de tres décadas después de haber visto la luz (1980), y no por la evanescente espuma de las listas de ventas. Días atrás encontré un buen ejemplar (Anagrama, 2001) en los puestos de libros usados de la calle de la Condesa, en el D.F.., y sin pensarlo mucho me hice con él.
“¿Hay una historia?” Es la pregunta que abre el libro. Y, en seguida, uno de los personajes/narradores responde: “Si hay una historia empieza hace tres años…” Todo el relato será, en cierta forma, una búsqueda de esa historia o, mejor dicho, una búsqueda de los límites de la historia, de aquello que la cierre o la defina, pero estos límites se escapan sin cesar, pues la historia se abre siempre a una dimensión nueva, transmutando lo que suponíamos era el objeto del relato en algo distinto. Por ello me parece que la mejor aproximación a la idea de este novela (o quizás valga decir, a su estructura), es la de una fuga, en el sentido musical del término. Al final de cuentas, cuando el libro se cierra, cuando la respuesta a la pregunta inicial parece llegar, la pregunta ya es otra, la historia es otra, aunque no sepamos exactamente cuál.
Respiración artificial es un libro que nunca deja de hacerse, que mientras leemos parece siempre en formación, lo que constituye un desafío y un placer para ciertos lectores, entre los que desde ya me cuento. Cierto: se respira a veces un exceso de autoconciencia literaria, como lo pone de manifiesto la extensa y provocadora discusión sobre la literatura argentina con que inicia la segunda parte del libro, y por momentos asoma también la sensación incómoda de que el autor pretende demostrar a toda costa que es muy listo (que es más listo que nosotros). ¿Pero qué vamos a hacerle? Piglia es muy listo, es más listo que nosotros, no hay duda de ello, como lo prueban las no menos lúcidas ni menos provocadoras disquisiciones sobre el fracaso, la filosofía y otros tópicos que pueblan las páginas de esa segunda parte titulada, de manera a un tiempo provocadora y sugerente, Descartes. No menos sugerente es su juego con la idea de un encuentro de Hitler y Kafka en Praga, 1910, y su impacto para la literatura del escritor, aunque desde luego también aquí los límites e interacciones entre el discurso de la ficción y la supuesta verdad histórica constituyen el punto central de su abordaje: ¿cuál brinda "respiración artificial" y cuál la recibe?
Después de lo dicho, alguien podría, legítimamente, preguntar: ¿Pero más allá de lo formal, de lo literario, cuál es el asunto de este libro, de qué quiere hablarnos? La respuesta ha de apuntar,  necesariamente, a la construcción del relato o, con mayor precisión, de la Historia como relato. ¿Cómo se construye el relato de la historia y, más precisamente, el relato de la historia nacional? Traición, exilio, utopía, son palabras recurrentes en boca de los diversos relatores/escritores/corresponsales con cuyas voces se construye el texto. ¿Cuál es la distancia que separa a un héroe de un traidor? Un silencio. Una palabra. Puesto que el relato de la historia está construido con silencios vergonzantes o malintencionados y con palabras alucinadas o interesadas, es preciso sospechar, desconfíar. ¿Pero llegamos algún día a conocer "lo real"? Y en ese caso, ¿es posible dar cuenta de ello y cómo hacerlo?
Aquí se hace inevitable recordar que el libro fue publicado por primera vez durante los años de la dictadura militar en la Argentina,  lo que le confiere nuevos sentidos y convierte su relativo (o aparente) carácter críptico, en una insinuación de resistencia política, como ocurre con tantas obras aparecidas en el ambiente sofocante de regímenes opresivos.
Pero si Respiración artificial no fuera entretenido -más aún, si no fuera divertido-, sería un buen libro, un libro valiente para algunos, oportuno para otros, pero no sería genial. Pero además de inteligente, inquietante y provocador, es también divertido, y por ello me parece genial. 

jueves, julio 24, 2014

EL YO

La cola cercenada
de una lagartija
sabe que no
es

nada más furiosamente reivindicativo
que lo que sospecha de su falsedad

nada teme más
a la verdad
que la mentira


                                                               diciembre 2011

jueves, julio 17, 2014

TAMBIÉN LA MUERTE ACABA

            1
(En el cementerio)

Aquellos que en su día
me lloraron

Ya fueron olvidados

Nuestros huesos se funden

Pero en el rostro del extraño
que asoma

reconozco un gesto
y respiro

Somos los mismos


           2
Todos los muertos
viven en mí

He vivido
todas las muertes

Somos los mismos


         3
El mar

Donde se gesta todo
Y donde todo acaba

Aquí los ríos
rinden sus aguas
y se extinguen

Pero incesantes olas
ganan forma
estallan

y en lo que desaparecen

despuntan otras


          4
¿Y no es la doble hélice
del ácido desoxirribonucleico
otro tótem
para honrar a los ancestros?


                                  (México, DF, San José, Costa Rica, julio 2014)

viernes, junio 06, 2014

Lo viejo da lugar a lo nuevo

“Lo viejo da lugar a lo nuevo”, es una ley. Pero lo nuevo se gesta e irrumpe en todo cuanto existe, en todo lo que acontece, incluyendo lo viejo. La renovación no cesa y no conoce límites. Incluso la muerte es una renovación, un irrumpir de lo nuevo. La única muerte verdadera es la fosilización
.

miércoles, junio 04, 2014

MADRE E HIJA

Madre,

Estos son mis despojos
que pongo aquí a tus pies
como un cumplido homenaje
de mi odio.

Como ves
la devastación fue completa
y de la lozana niña que pariste
nada queda.

Ya soy casi una vieja.

Solo espero que
tu senilidad no impida  
que valores mi obra y
reconozcas mi triunfo.

¿O aún en tu avanzada senectud insistirás
en simular tu insidioso amor de madre
el abrazo del que huí espantada
y al que ahora
vuelvo derrotada?


Junio, 2014

lunes, enero 27, 2014

DESDE EL FUTURO

Tendría doce, trece años de edad y con mis amigos de entonces imaginábamos lo que sería nuestra vida, nuestro barrio, nuestra ciudad, treinta o cuarenta años después… Desde luego, lo que imaginábamos entonces estaba determinado, en buena medida, por lo que veíamos en la televisión, en el cine y en los diarios, pero también por lo que nuestros padres y otros adultos nos transmitían en sus conversaciones. (Obviamente, sus visiones  también estaban influidas por los medios de comunicación, pero en ellas pesaba además  su experiencia vital.)
En aquellas visiones, el cambio tecnológico tenía un papel fundamental. En pleno desarrollo de la carrera espacial, en medio de la Guerra Fría, la tecnología era piedra angular de cualquier  visión del futuro, como creo que, para muchos, continúa siéndolo hoy. Ante cualquier innovación tecnológica que irrumpiera en el mercado o asomara en el firmamento, la reacción espontánea en boca de todos era: el futuro será así, pero más, mucho más de lo que ahora vemos e incluso de lo que somos capaces de imaginar… Pero, además de los cambios tecnológicos (por lo general relacionados con los armamentos, los medios de transporte y de comunicación), aquellas visiones abarcaban otras dimensiones de la vida, como la fisonomía del espacio urbano, el valor monetario de ciertos productos o la moda y las costumbres.
Hoy, al cabo de treinta o cuarenta años, puedo decir con certeza que muchas de aquellas imágenes se materializaron o están en camino de hacerlo. Quizás carezcan de la espectacularidad que les atribuíamos (o acaso nos hemos familiarizado con ellas), pero sin duda están aquí.  En otras palabras, esto que vivo hoy es el futuro que imaginaba cuando niño. Camino, me alimento y respiro en lo que entonces constituía el escenario incierto del futuro. Exploro el paisaje que me rodea y me pregunto cuánto se parece a lo que entonces imaginaba. ¿Cómo y en qué se asemejan las imaginaciones de entonces a lo que ahora me devuelven los sentidos?
Lo primero que debo decir, es que este futuro que vivo carece de la radicalidad del que imaginaba. Esto es el futuro, no hay duda de ello: mucho de lo que veo y recibo contrasta, a veces de manera dramática, con lo que había entonces. El paisaje alrededor se ha transformado de manera sustancial, pero si miro con atención, descubro aquí y allá restos, vestigios, trozos enteros de mi antigua realidad. Este futuro que vivo arrastra parcelas de aquello que fue: es híbrido, mixto, impuro, bastardo, mestizo… Más aún, si miro con atención descubro, entre algunas de las cosas que pasan por nuevas, el sello inconfundible de lo conocido y antiguo: se trata de reelaboraciones apenas  maquilladas de cosas que vienen de atrás y que, no obstante, se presentan como novedades.
Pero el futuro carece de la radicalidad que le atribuíamos también en otro sentido. Conforme exploro este mundo, me doy cuenta de que las marcas y distintivos del futuro están desigualmente distribuidos. En algunos sitios dominan el paisaje, pero en otros están apenas presentes, y el pasado –o en cualquier caso algo que no es el pasado, pero tampoco el futuro como lo imaginábamos–, es lo que domina. Hay regiones que quedaron afuera del futuro y también del pasado, una zona indefinida, parecida a un escenario de guerra; grandes agujeros donde no hay rastros del pasado ni señales del futuro, sino una especie de tierra arrasada donde, al cabo del tiempo, cualquier cosa puede surgir.
Recurriendo a la imagen del río, la favorita de siempre para representar el tiempo, diría que aquí la corriente arrastra cosas que vienen de muy atrás: al contrario de lo que suponíamos, el pasado persiste, resiste, está presente, asoma aquí y allá entre las aguas y se niega a hundirse y desaparecer.
Todo esto me lleva a pensar que el futuro, cualquier futuro, está referido siempre a un sujeto. No existe “el futuro” sino “mi futuro” o “nuestro futuro” o “su futuro”. Ciertamente, el escenario de mi futuro no será el mismo que el de mis hijos o mis nietos, pero tampoco, quizás, el mismo de mi vecino ni el de muchos de mis coetáneos. De la misma forma, “nuestro futuro” –cualquiera que sea el nosotros al que se aluda en la frase–, tampoco será necesariamente el mismo que “el futuro de ellos”, cualquiera que sea el ellos aquí designado. (Esto, con la salvedad de la muerte, que obviamente es el horizonte que nos aguarda a todos sin excepción.)
Lo dicho también me lleva a pensar en la imaginería revolucionaria. Históricamente, las revoluciones sociales han apelado a una suerte de “tábula rasa” con el pasado, tal y como lo hacía (y continúa haciéndolo) la imaginería del capitalismo avanzado, con sus imágenes de innovación tecnológica y velocidad.  (No es casual que uno de los estribillos recurrentes de la publicidad sea el que nos presenta a los nuevos productos como “revolucionarios”.) Pero, tal y como en el capitalismo avanzado “el futuro” carece de la radicalidad con que lo imaginábamos, ocurre con las revoluciones sociales. Incluso aquellas consideradas exitosas, como la francesa, han debido lidiar con el pasado que se niega a morir y se las arregla para regresar, en ocasiones transformado, investido de nuevos ropajes y características.
Para el cambio y las transformaciones no hay atajos, sobrevienen cuando las condiciones son propicias. Ello supone la obsolescencia y descomposición de lo viejo, la vitalidad impaciente de lo nuevo y un entorno general favorable. Pero en la complejidad multidimensional de la sociedad –y del individuo-, es improbable, por no decir imposible, que estas condiciones se den simultáneamente en todos los diversos planos o dimensiones que los integran.

Así pues, la naturaleza de los cambios societales –la transformación de las tecnologías, los valores, los usos y costumbres y las relaciones sociales– es un proceso lento,  contradictorio, de afirmaciones y rechazos. Y lo mismo ocurre con los cambios personales, intrapsíquicos. Salvo en la mentalidad mágica o infantil o en la comunicación propagandística y publicitaria, es imposible el reemplazo de todo lo existente por algo enteramente nuevo. El surgimiento o la implantación de lo nuevo es progresivo y ocurre en medio de contradicciones, tanteos y resistencias. El futuro es por definición impuro y en él confluyen nuestra historia y nuestros  anhelos: los míos, los tuyos, los nuestros y los de ellos...

domingo, enero 05, 2014

2666, de Roberto Bolaño

Evitemos frases grandilocuentes. 2666 es una novela, o un conjunto de novelas, desconcertantes y al mismo tiempo inquietantes. Desde mi punto de vista, de lo que Bolaño ha querido hablarnos aquí es de lo inexplicable de la conducta humana  y de lo absurdo de nuestra condición, así como también (y por ello mismo) de la irracionalidad de la Historia. Por eso la narración es casi siempre impredecible, los personajes actúan impulsados por motivos o razones que ellos ni justifican ni entienden y que nosotros, como lectores, rara vez logramos comprender, pero en donde sin embargo entrevemos cierta coherencia que se nos escapa. Supongo que, para abordar el mismo tema, un escritor francés de los años cuarenta o cincuenta (ciertamente, no Camus) habría puesto a los personajes a reflexionar y a dialogar acerca de lo absurdo de nuestra condición y de la Historia como el escenario donde esta se despliega, pero en lugar de hacer esto, Bolaño recrea este accionar absurdo y casi siempre incomprensible. El que todos los hilos narrativos queden deliberadamente abiertos, sin ningún asomo de algo que pueda  ni remotamente considerarse un "cierre" o "final", contribuye a este efecto.
Las historias que se nos relatan en el libro son, hasta cierto punto, accesorias, secundarias. No creo que lo importante aquí sean los crímenes de mujeres en Ciudad Juárez, como algunos han querido ver. Los crímenes son útiles en tanto ilustran a la perfección (más como telón de fondo) el absurdo inabordable de nuestra condición. Lo mismo ocurre con la estupenda recreación que Bolaño hace de algunos episodios de la Segunda Guerra Mundial. Pero el mismo carácter inexplicable tiene la conducta, por lo demás inocua, de los críticos literarios especialistas en Archimboldi, el autor alemán cuya figura atraviesa (a veces más como una sombra) varios libros del conjunto. Tan inexplicables e incomprensibles como los crímenes de Ciudad Juárez son la mayoría de nuestras acciones.
Por ello pienso que lo esencial en 2666 es la visión de los personajes o, con mayor precisión, de la conducta de los personajes, de su accionar. Bolaño nos propone aquí su visión (o al menos una visión) del ser humano en donde, insisto, lo irracional, lo absurdo, lo inexplicable, son la nota central. Ni siquiera las pasiones humanas ni los vicios o las perversiones consiguen explicar nuestra conducta.
Creo que este es el sustrato más inquietante de esta obra, pues mal que bien, todos alentamos la ilusión de que nuestra vida (es decir, nuestro actuar), obedece a ciertos fines u objetivos, y que en virtud de ellos nos podemos redimir y justificar. El desierto de Sonora es el escenario donde todas las historias se extinguen, van a morir como arroyos devorados por las tierra reseca, y me parece que la imagen es lo bastante explícita como para obviar cualquier comentario.

En definitiva, creo que 2666 es una larga (tal vez demasiado, pero ese es Bolaño y al que no le guste, que lea Pedro Páramo) glosa de aquella frase de Shakespeare, en Macbeth: "La vida es un cuento contado por un idiota, llena de ruido de furia, que no significa nada." 



martes, diciembre 10, 2013

EN CASA

Solo un excesivo apego o estrechez puede llevarnos a creer que la patria es preferible a cualquier otro lugar, aunque en ella estén buena parte de nuestros recuerdos y afectos.

Dondequiera que la vida me lleve, suelo sentirme -y conducirme- como en casa pues, en efecto, la Tierra es mi hogar, ¿o no? 

viernes, noviembre 08, 2013

EL ALDIÑOL

¿De dónde viene tu nombre
Aldiñol?

¿Me lo dijiste o lo inventé?

Da lo mismo

Como tus máscaras o tus vestidos
es otro de tus juegos

Pues eres fluido
Elusivo

Y no hay nombre
que te domestique
ni te contenga


martes, julio 02, 2013

APUNTE

Es más fácil "luchar por la justicia" que compartir lo que se tiene.

viernes, junio 28, 2013

VACACIONES EN DISNEY

(Recupero este inédito fechado en 2007 del archivo de mi compu...  Tengo la sospecha de que lo escribí para una columna de diario recientemente desaparecida, y sé que nunca se publicó ahí... ¿Que por qué publicarlo ahora....? ¿Y por qué no, pregunto yo? ¿Acaso le hace daño a alguien? ¿O acaso alguien lo leerá?)

Me pregunto si aún hoy es así, pero cuando yo era chiquillo, uno de los paseos de rigor entre los niños y adolescentes de clase media, era ir a Disneylandia o simplemente a “Disney”, para los amigos. Ir a Disney era el sueño realizable de casi cualquier chiquillo de colegio privado, y desde luego, también de muchos de colegios públicos. Por lo general el viaje se redondeaba con una paradita para hacer compras en Miami, y esa era la parte del paseo que más disfrutaban papi y mami. Porque –para quienes no lo sepan–, Disney está en Orlando y no en Miami... A los centros comerciales de Miami se pasaba después de haber estado en Disney para comprar ropa, juguetes y golosinas. Incluso las madres de familia bien encontraban decoroso y razonable traer sus maletas repletas con ropa y bisutería para venderla entre amigos y conocidos, así se redondeaban los gastos de las vacaciones y todo el mundo tan contento.

Estoy hablando de los años 70, en lo que hoy parece la prehistoria de la globalización. Los chocolates o caramelos gringos, que desde hace mucho pueden comprarse en la pulpería de la esquina –bueno,  ya no hay muchas pulperías, pero digamos que en el Minisuper de la esquina o en el “Comida y Conveniencia” (¿?) de la gasolinera–  eran rarezas preciosas, tanto más apetecidas por la incapacidad de adquirirlas. En aquella época los gringos no te cobraban cien dólares por solicitar la visa –ojo: por solicitarla, no por el derecho de visa– , y más bien parecían interesados en llevar turistas a su país. Y claro, en América Latina no había nada más prestigioso, nada más “caché”, nada más “chic”, que ir de vacaciones a los Estados Unidos, ojalá a Disney. (Después de Disneylandia llegaría Disney World que está en algún lugar de California de cuyo nombre no quiero acordarme, y mucho más recientemente, Eurodisney, que tras su ruidoso fracaso le costó el puesto a más de un ejecutivo de la trasnacional de la fantasía plástica.)

Pero volvamos a mi historia... El viaje se hacía en diciembre tras concluir el curso lectivo, o en enero, durante las vacaciones de fin de año. Desde luego el asunto se planeaba con muchos meses de anticipación, y ya en agosto o setiembre uno comenzaba a oír las rajonadas de los afortunados que ese año viajarían a Disney.

Nosotros –mi familia– estábamos en la clase media, alabado sea el Señor, pero dejábamos los pelos en el alambre, y cada año que pasaba mis hermanos y yo perdíamos la esperanza de ser llamados algún día al ma-ra-vi-llo-so Reino de Disney. Yo que había sido lector voraz de “comics” o historietas, yo que me sabía de memoria la genealogía del Pato Donald, las cuitas completas del Ratón Mickey,  las aventuras y desventuras de Tribilín, miraba con tristeza como se escurría de mis manos la posibilidad de conocerlos un día “en persona”, para no hablar de los juegos mecánicos, de las cestas voladoras, de la casa de los sustos, del palacio de Blanca Nieves, la nave del Capitán Garfio y quién sabe cuántas cosas más. Y, desde luego, para no hablar de las gringas: centenares, miles de gringas rubias y con los ojos azules que pulularían por todas partes, echándome en falta y preguntándose por qué diablos yo no estaba ahí...

En honor a la verdad y al mito del igualitarismo costarricense, debo admitir que no estaba solo en mi orfandad, pues entre mis amigos de entonces, no eran pocos los que compartían aquella desdicha. Pero, como dicen, “mal de muchos, consuelo de tontos”, y si bien es cierto que ser-de-los-que-no-habían-ido-nunca-a-Disney reforzaba entre nosotros un difuso sentimiento de solidaridad, empujándonos a la Avenida Central a lanzar confeti con mayor entusiasmo, o a las fiestas de Zapote para montarnos en El Martillo y ver a la Mujer Barbuda, en la soledad silenciosa de la noche, cuando uno hacía el recuento de lo vivido, quedaba siempre ese vacío, esa falta, ese agujero irremediable de no haber ido nunca a Disney...

Me pregunto si fue ahí donde nació mi odio asesino contra el Ratón Mickey, contra el Pato Donald y contra Tribilín... ¿Podría Ud., señor Freud, decirme si de aquella frustración infantil surgen todos los problemas que he padecido después, incluyendo mi añeja inmadurez –no confundir con la eterna juventud–, mi resentimiento social, mi reconcomio antiyanqui, mi, mi, mi...? Puede ser...


lunes, junio 24, 2013

ABIERTO

Hay muchas cosas de mí que ignoro. No me refiero al futuro, a aquello que sucederá y que, por eso mismo, nos está vedado: sabemos de cierto que hemos de morir, aunque ignoremos las circunstancias en que esto ocurrirá. No me refiero a eso.

Ignoro quien soy, ignoro lo que soy. He vivido, soy el  resultado de una historia, pero reducirme a eso, definirme en función de lo que he hecho y de lo que me ha ocurrido, sería cerrarme, limitarme, bloquear las posibilidades de cambio y de transformación, cerrarle el paso a lo posible y desconocido.

No sé quién soy, no sé lo que soy.  Tengo pistas, sé algunas cosas: sé algo de mi cuerpo, retengo trozos, cicatrices, evidencias de mi historia, sé de mi mente, sé de mis costumbres, de mis deseos y temores; sé de mis afectos, de mis creencias y aficiones, sé muchas cosas de lo que he sido, de lo que he hecho, de lo que me ha ocurrido, pero decir que soy eso, reducirme a eso, sería dar la espalda a lo posible, a lo potencial, a lo desconocido.

Quiero ser lo que no he sido; quiero ser lo que no soy. Quiero averiguar, quiero experimentar; quiero que lo posible sea en mí y me lleve de su mano a lo desconocido. Quiero experimentar, explorar, descubrir las posibilidades de esto que soy cuyo fundamento y fondo desconozco.

¿Qué soy? No lo sé.


Acepto este desafío.

viernes, junio 21, 2013

MARCIANO EN MADRID


                                               “Será preciso viajar por los ojos de los idiotas…”
                                               F. G. Lorca
                                               Poeta en Nueva York


El zumbido ronco de los helicópteros
despierta  a los mendigos arracimados
en los pórticos

¡Huelga general!
¡No debemos, no pagamos!

Mil veces ha leído sus carteles
temblorosos a mano

                soy español,  tengo hambre
                soy portugués, una ayuda para comer
               
y de pronto se ve 
transportado a otra orilla

                soy marciano
                una ayuda para regresar
 a mi planeta

pero sirenas y helicópteros confirman
el pobre humor de la policía
últimamente

Golpeando cacerolas arranca la mañana

¡Basta ya!  ¡Ni un desahucio más!

Banderas bicolores y republicanas
se sacan la lengua desde los balcones

La prima está en riesgo  y no hay
forma de rescatarla de manos
de los malos

se comenta en los bares
atestados de espuma

Los basureros de supermercado  guardan
jugosas promesas
tesoros inimaginados

¡Sin trabajo, sin futuro, sin miedo!

Los telediarios de la tarde informan  del diluvio
de manos silenciosas que agitan
todas las barriadas del planeta

mientras  arriba zumban insomnes
coleópteros  metálicos


sábado, junio 08, 2013

HAMACA

En esa hamaca
se mece entre el allá
y el aquí

entre lo vivido y
el deseo

entre lo que ha sido
y lo que no

En esa hamaca dormita
se abandona
se olvida
ronca
se pierde

O despierta y se dice
que es hora de salir
y hacer urgentemente algo
por él
por cualquiera
por todos
por los demás
por la justicia
por el mundo

En esa hamaca reposa
cuando regresa
y le parece como si nunca se
hubiera ido

En esa hamaca escucha
las voces
de los vivos y las voces
de los muertos

En esa hamaca sueña
que duerme o bien
que despierta

y a menudo le parece
lo mismo

En esa hamaca le sonríe al diablo
y la vida  le susurra

En esa hamaca se abanica
con sus recuerdos
acaricia fantasías
piensa

En esa hamaca en que vive
desde siempre

suspendido