viernes, agosto 03, 2018

¿Cómo se le sube el volumen a esto?

Recupero de las bodegas olvidadas de mi computador este texto que mucho me gusta. No sé exactamente para qué lo escribí, pero por el título sospecho que lo hice para un conversatorio que organizaba en un café madrileño mi amiga Carolina León en el año 2011 o por ahí.... En fin, aquí va...

En su texto de invitación y motivación a este foro, las organizadoras escriben, entre otras cosas, que: “Todo lo que no es “normativo” es mirado por la literatura con condescendencia y, a menudo, paternalismo. El universo de la ficción está cantado por un coro de voces blancas, occidentales, capitalistas.” Imagino que esto está escrito a modo de provocación, pues desde luego no es cierto, o al menos es apenas una pequeña parte de la verdad...
Aunque sin duda existe cierta literatura que exalta las voces y discursos socialmente hegemónicos, la gran tradición literaria de Occidente -la única tradición de la que tengo alguna idea- se caracteriza más bien por su afán permanente de cuestionar, impugnar y contestar las voces y  discursos dominantes: el del padre, el del científico y el del sacerdote, entre otros. Quizás esto no fuera así en la Antigüedad clásica -donde la épica estaba llamada a exaltar las virtudes del héroe- pero desde mi perspectiva, esta es la nota principal y más sobresaliente de toda la literatura moderna, del Quijote en adelante.
La literatura es esa anomalía que emerge de los resquicios, agujeros, contradicciones y vacíos de los discursos normativos y echa ahí raíces; son -por decirlo de alguna forma- “las otras voces” del sujeto que pugnan por  manifestarse, que reclaman existencia y reconocimiento y, de esa forma, denuncian -aunque sea indirectamente- la naturaleza opresiva del poder que nos constituye y somete. En el mundo occidental, la literatura ha sido, por definición, el espacio de la disonancia y la disidencia. Y esto no solo en el occidente capitalista, también en lo que fuera el mundo socialista y en los tristes rincones que de él subsisten. Cervantes, Moliére, Dickens, Dostoievski, Baudeliére, Balzac, y de ahí, el siglo XX con su interminable sucesión de “ismos”, cada uno contestación de lo normativo y dominante precedente, incluyendo el “ismo” anterior. Aún algo que hoy nos parece tan inocuo como el modernismo dariano resulta, considerado en su contexto, una impugnación subversiva del utilitarismo y del positivismo  entonces imperantes.
Dicho lo  anterior, es necesario, desde luego, matizarlo. Pues la literatura es y ha sido esto, pero ha sido y es también vehículo y canal para las voces, discursos y mandatos del poder. Más aún, diría que la gran literatura -al menos la que considero así- suele dar espacio a ambos y convertirse en un escenario donde se representa su coexistencia e incesante pugna. Así considerada, una obra literaria es, al mismo tiempo, una representación de la realidad y una simbolización de la psique de quien la produce.
Se me dirá que una cosa es dar cabida o hacerse eco de las voces postergadas, reprimidas y negadas del sujeto, y otra cosa muy distinta  las voces postergadas, silenciadas y negadas de la sociedad. Esto esto es hasta cierto punto cierto. En tanto escritor, uno puede liberar sus voces negadas (pongamos por caso, las voces femeninas que me constituyen) pero no por ello las mujeres -ni mucho menos el “género femenino”- han liberado su voz y conseguido expresarse... Haciendo hablar lo que de oprimido y negado hay en mí, hablan los oprimidos y negados, pero mi palabra -por sincera y profunda que sea- no reemplaza a la nadie, ni la de otro puede reemplazar la mía.
De ahí la relevancia de que en el siglo XX las mujeres conquistaran, en buena parte del mundo, la posibilidad de expresarse literariamente sin que los hombres hubiéramos de prestarles nuestra voz (pienso en Emma Bovary), o de que en las últimas décadas emergieran en algunos países de América Latina creadores e intelectuales de pueblos sojuzgados durante siglos. Nadie puede usurpar la voz de nadie pero, por otra parte, todos hemos sido y somos usurpados por las mismas voces. De esta forma, la literatura profundiza en los intersticios del yo, pero revela al mismo tiempo su carácter ilusorio y fantasmal.  
Pero ¡atención! También aquellas personas sometidas a una condición de subordinación o servidumbre están constituidas y atravesadas por las palabras, mandatos y discursos del poder hegemónico, y aquellos socialmente dominantes y poderosos están sometidos a servidumbre y subordinación a la ley que representan,  y obligados por tanto a acallar impulsos, deseos y voces que los constituyen. De esta forma, ni el origen ni la condición social de una persona significan nada literariamente hablando, contra lo que defendían los comisarios de los soviets y defienden aún hoy muchos “espíritus exquisitos”.
Subir el volumen a alguna de las muchas voces que nos constituyen implica, necesariamente, bajárselo a las otras. Entre otras exigencias, el arte de la narrativa consiste en hacer de la multitud de voces que nos constituyen –eco de los discursos sociales- un coro armonioso y orquestal... Poco importa si la música es dodecafónica, vanguardista, clásica o experimental... El arte es hacer algo comunicable con esa amalgama contradictoria y plural.


domingo, julio 29, 2018

COSAS QUE SE QUIEBRAN


(A propósito de Los huérfanos del absoluto de Carlos Cortés)


Reseñar o comentar un libro de cuentos siempre es difícil, pero lo es más en el caso de Los huérfanos del absoluto, la última publicación de Carlos Cortés (Uruk, 2018), pues el libro reúne una nouvelle o relato muy extenso (alrededor de 70 páginas; primero del volumen y el que da título al conjunto), y cinco cuentos más, de extensión, temáticas y características muy diferentes al primero.
Empecemos diciendo que, a diferencia de toda o casi toda la obra narrativa de Cortés, en este volumen la infancia ha sido desterrada como tema. Ninguno de los textos explora el peso de los años iniciales o de las experiencias infantiles en la vida adulta de los personajes. Esta no es una observación menor, dada la importancia, ya mencionada, del tema en su obra precedente.  Lo más cercano a ello será, precisamente, la nouvelle que abre y da título al volumen, donde la etapa vital que se explora es, más bien, la temprana juventud, con su peso de hallazgos y experiencias iniciáticas. Los restantes cinco cuentos relatan historias de hombres adultos, que viajan por razones profesionales o que, en cualquier caso, han constituido una familia.
De modo que si hubiera que buscarle un hilo conductor al conjunto, podríamos aventurar que sea ése: el pasaje de la juventud a la vida adulta, desde la perspectiva de la masculinidad. Esto último es así porque todos los personajes centrales son varones, pero también porque se enfrentan a situaciones, dilemas o conflictos propios del género masculino o bien porque reaccionan a ellas de formas que únicamente pueden hacerlo los hombres. Salvo en la nouvelle inicial, donde la iniciación sexual –y muchas otras iniciaciones– son tema principalísimo, no hay en el libro nada como un “discurso” sobre la masculinidad, es más bien algo implícito y, desde luego, librado a la interpretación del lector.
Violencia y masculinidad.
Las experiencias que nos relatan los cinco cuentos cuyos personajes son hombres adultos hablan, en líneas generales, de la violencia de la vida social, a veces codificada en absurdas y complejas ceremonias (como en el cuento titulado Miami Checkpoint, sobre el aeropuerto de Miami y titulado así en alusión al celebérrimo “Checkpoint Charlie”, que dividiera Berlín occidental de Berlín oriental durante la Guerra Fría); otras veces la violencia es explícita y manifiesta, como el brutal, ominoso y enigmático Cosas que hacer si estás muerto, donde los muertos parecen condenados a ser siempre anónimos.
Ser adulto es formar parte de un engranaje absurdo y violento y tener que asumirse como vector de esa violencia que nos rodea y termina por constituirnos, como se revela, con cierto humor y en clave más bien rocambolesca, en el cuento titulado ¿Qué fue lo que pasó?, en el que un hombre debe dar una lección en la universidad y llevar en carro a su hija a la escuela y, presionado por la prisa, termina protagonizando una pequeña  insurrección y catástrofe vial, que bien puede costarles la vida. La normalidad social a la que debemos adscribirnos está regida por una violencia brutal de la que, de un lado, somos víctimas, y de otro lado estamos condenados a reproducir y a propagar, y que en el plano subjetivo y más íntimo, nos sumerge en el temor y en las contradicciones más amargas. Ese, y no otro, es el triste paisaje de la adultez y la normalidad que pinta Cortés, por ejemplo, en el cuento titulado Semana Santa, el último y más breve del libro, donde la violencia acecha desde el exterior, pero los lazos sociales han sido disueltos como si se tratara de un ácido que carcome el plástico.
Todos los cuentos están narrados por sus protagonistas o, al menos, por un personaje central de la historia y, salvo en Los huérfanos del absoluto, donde llegamos a conocer por una brevísima mención el nombre del personaje narrador, los demás permanecen en el anonimato. Con excepción del protagonista de Cosas que hacer si estás muerto –un hombre vinculado a las agencias de seguridad del estado–, los otros parecen pertenecer a sectores acomodados y de buen pasar social. Con la ya mencionada excepción del agente de seguridad de Cosas que hacer si estás muerto, tan solo la convención literaria que dicta que en un libro de cuentos cada texto tiene un protagonista diferente, nos impide pensar que no estamos ante el mismo personaje-narrador.  
Así pues, y para cerrar estos párrafos introductorios, podemos aventurar que Los huérfanos del absoluto nos habla del paso de la adolescencia a la vida adulta en el mundo de hoy (o de apenas ayer), desde la perspectiva del ser masculino, y de la violencia social como marca y condición de la vida adulta.
Ya mencioné que la nouvelle titulada Los huérfanos del absoluto se diferencia de los otros textos por su temática, extensión y tratamiento. Ahondemos en ella. 
Los huérfanos del absoluto.
El argumento de este complejo relato puede, más o menos, resumirse de la siguiente forma: a la distancia de muchos años, Álvaro evoca y trata de escribir sobre algunas experiencias iniciáticas de su juventud, en particular, su despertar sentimental y erótico, pero también su iniciación social, al entrar en relación con personajes de condiciones y antecedentes muy distintos de la plácida clase media a la que pertenece él.
Su iniciación afectiva y sexual, de un lado, y su iniciación social, del otro, son, pues, los dos grandes temas sobre los que Álvaro se propone escribir, todo ello con la intención de desentrañar, muy particularmente, un episodio en el que se vio envuelto entonces: su involucramiento erótico y cuasi sentimental con la esposa de un miembro del grupo de amigos que frecuentaba en esa época.  
El relato revela de inmediato que no solo Álvaro, sino todos los personajes a su alrededor, viven a su manera y en diferente medida el mismo proceso de descubrimiento e iniciación, en un escenario de promiscuidad y ambigüedad sexual, en donde tampoco faltan los coqueteos con la pequeña delincuencia y, en general, la transgresión de la ley. No se trata exactamente de sexo, drogas y rock´n roll, pero si de algo parecido a eso.
Los lectores ignoramos cuántos años han pasado desde los acontecimientos sobre los que Álvaro está escribiendo, pero sus dificultades para evocar y reconstruir lo ocurrido son enormes. Para hacerlo, debe enfrentarse, en primera instancia, a las trampas de la memoria, pues como ya se ha dicho, pasaron muchos años desde entonces, pero en segunda instancia y no menos importante, Álvaro se enfrenta también a las trampas de la literatura, puesto que su propósito no se reduce a escribir sobre lo vivido –como podría hacerlo alguien en su diario personal o en una carta a un amigo, o bien, un paciente a su psicoterapeuta–, sino, de manera clara e inequívoca, su intención es convertir lo vivido en literatura.
Álvaro es un literato de imaginación afiebrada; escuchémoslo, si no, en uno de sus trances más delirantes: “Le apretó los pezones de nuevo, sin llevárselos a la boca, nada más los apretó. Del fondo de cada uno brotó un hilillo de leche fosforescente. Stef se colocó detrás de Xinia y nos enseñó su ombligo y la floración creciente, salvaje, rizada de pelos, de su pubis triangular, sin ninguna depilación y la elipsis que formó el vientre al contraerse por el roce de los dedos de Stef, advirtiéndonos que está embarazada, que aún no saben muy bien lo que van a hacer. Xinia dejó caer el resto de su ropa y se fundió con Stef en un coito ininterrumpido y ambos se perdieron en una sombra.” (p. 19)
La fantasía parece haber sido demasiado lejos incluso para Álvaro, quien enseguida duda de lo que ha visto y se corrige:
“Abrí los ojos y terminé mi visión. ¿Fue algo así?
-          No, no fue así –respondió el Flaco con sarcasmo- Definitivamente no fue así.” (P. 19)
La cita anterior también es muy reveladora del plano en el que tienen lugar los hechos narrados: el lugar donde convergen, se entremezclan y confunden la memoria y la imaginación. La memoria flaquea y la imaginación se desboca; o lo que viene a ser lo mismo, el escritor se sirve de ambas y no distingue o no le interesa dónde termina una y comienza la otra. Tal y como hace el Flaco en el párrafo que venimos de citar, en algunos momentos otros personajes del relato regresan como fantasmas durante el proceso de escritura para hacer comentarios irónicos acerca de lo que Álvaro escribe, o para corregirlo o enmendarle la plana.
Los lectores deberán vencer varias dificultades para hilvanar y organizar los acontecimientos que se nos narran en Los huérfanos del absoluto.  
En primer lugar, Álvaro evoca y escribe sin seguir el orden cronológico de los acontecimientos, sino bajo el dictado aleatorio y caótico de la memoria: los saltos temporales son constantes y multidireccionales.
En segundo lugar, los acontecimientos narrados involucran a un número considerable de personajes –alrededor de diez–, que se identifican a veces por sus apodos –La Pelis, el Flaco, Tito, Eme-, otras veces mediante sus nombres –Ana, Xavier o Danny-, y en algunas ocasiones más, mediante una simple inicial, X, T, etc. Entre una sección y otra, el narrador/escritor suele cambiar el foco de su narración de un personaje a otro.
Considerando el número de personajes, no es sorprendente que la cantidad de acontecimientos narrados sea enorme: Homicidios, tentativas de suicidio, seducciones, rupturas e infidelidades, alucinaciones y trances psicodélicos, etc.
Como si esto no fuera suficiente, en su condición de escritor, Álvaro a veces se asume como personaje-narrador, pero otras veces parece elevarse al plano de narrador omnisciente.
Escuchemos, por ejemplo, estas dos voces, estos dos registros narrativos: “Conocí a Vi uno o dos años antes de nuestro primer encuentro furtivo en alguna de las cafeterías de la universidad y no entendí por qué…” (p. 38) Estamos sin duda ante la voz de un personaje narrador, no hay ambigüedad ni equívoco acerca de quién habla y cuál es su estatuto o su relación respecto de los otros personajes del relato.
Pero escuchemos esta pasaje: “Para Vi, Tito fue su oportunidad de escaparse de la telenovela de clase media baja: casa familiar en Barrio Luján, padre alcohólico y acoso sexual del resto de la familia, incluyendo al padre. Se salió con la suya aprovechándose del mismo recurso que utilizó su madre 25 años atrás, intercambiando la cadena paterna por la matrimonial. Una fuga hacia delante que tarde o temprano se convirtió en una jaula.” (p. 39) Aquí, Álvaro nos habla con total propiedad y certeza de las motivaciones más íntimas de Vi y de lo que ocurrió en la familia de ella 25 años atrás; interpreta la historia de la madre de Vi y emite juicios acerca de sus motivaciones. Sin duda, el narrador que hablaba apenas tres párrafos antes, ha devenido en otro muy diferente.
Las dificultades de Álvaro para escribir su historia llegan al punto de no recordar con precisión el rostro de sus personajes. En la página 40, Álvaro nos presenta a Tito con “semblante cínico, barba rala de varios días y aire de hombre resuelto con el que adquiría el misticismo meticulosamente descuidado de un Che Guevara en celo, capaz de seducir a cualquiera –hombre y/o mujer…”, pero tres páginas más adelante, el mismo Tito se presenta con “cara bobalicona, sonrisa de payaso y rostro sudado…” ¿Se trata del mismo personaje? En la memoria del personaje-narrador-escritor, sí.
Los lectores que superen estas dificultades –algo que, en definitiva, puede resultar un juego entretenido y placentero– accederán a la riqueza de Los huérfanos del absoluto, un relato complejo sobre la iniciación, la ambigüedad moral y las contradicciones emocionales propias de la vida adulta, pero también una reflexión sobre las relaciones, no menos complejas, entre la memoria, la imaginación y la escritura literaria. ¿Cuál es el alcance, cuánta la fidelidad y cuáles son las posibilidades de la literatura como escritura de la memoria?
Más allá de la literatura.
Para concluir, dos preguntas más con mis respuestas tentativas.
La primera pregunta es: ¿qué descubre o qué concluye Álvaro al cabo de su indagación literaria sobre aquel episodio de su juventud? Si al iniciar su búsqueda Álvaro buscaba su absolución o su condena, ninguna de estas llega. Álvaro descubre, sí, que actuó poseído por el demonio de los celos e instigado por el diablillo despecho. Así, el joven de entonces se dibuja ante los ojos del escritor adulto (y ante los nuestros) en su torpeza e ingenuidad. Nada del otro mundo; humano, demasiado humano. Pero Álvaro descubre más que eso: descubre también que todos a su alrededor actuaban por motivaciones similares, compelidos por un afán vindicativo, en una especie de “huída hacia adelante” que multiplica y propaga el caos, el sufrimiento y la confusión emocional. La fanfarronería, la dureza y tantas otras convenciones y rituales de la vida adulta, no son más que máscaras para disimular nuestra precariedad, nuestra absoluta vulnerabilidad humana. Pero la socialización exige que demos ese paso. Hacerse adulto es convertirse, poco a poco, en un buen hijo de puta. Y cuanto antes lo hagas, mejor. Tal vez sea esta la orfandad a la que alude el título.
Y aquí surge mi segunda pregunta: ¿acaso Álvaro, el adulto que está escribiendo, es capaz de sentir piedad, de sentir compasión, hacia sí mismo y hacia los otros personajes, cuando hace este descubrimiento? Mi respuesta es: no.  Pero seamos más precisos, “piedad” y “compasión” son términos ambiguos.
Reformulo mi pregunta: ¿Acaso Álvaro, el adulto que está escribiendo, es capaz de aceptar y asumir su vulnerabilidad de entonces, sus debilidades de entonces, y la de los otros a su alrededor, sin reprochárselas ni censurarlos por ellas? Lo digo más radicalmente: ¿es acaso ser débil una debilidad? A mi juicio, el escritor de esta historia juzga a sus personajes como si así lo fuera.
En este sentido, Álvaro, el escritor de Los huérfanos del absoluto, termina pareciéndose a los protagonistas de los otros cuentos del libro, pues ha asumido el mundo adulto como una máquina infernal en donde la debilidad no está permitida y en donde estamos, por tanto, condenados a sufrir y a reproducir la violencia.

jueves, junio 21, 2018

"Challenger", poemario de Camilo Retana



“LO QUE CREA LA POESÍA ES LA DISTANCIA”. El enunciado es toda una declaración de principios y Camilo Retana inicia su poemario “Challenger”, publicado recientemente por la EUNED, con este epígrafe de Barbey d´Aurevilly. La frase me cautiva por su exquisita ambigüedad: ¿es la poesía el resultado de un efecto de distanciamiento o, por el contrario, es el distanciamiento un efecto del texto poético? No consigo resolver la disyuntiva, pero ambas posibilidades me resultan atractivas.
Tan pronto me adentro en las páginas del libro, advierto que, en efecto, la distancia se impone en estos textos. Los sujetos, las situaciones y las emociones son abordados desde una distancia que los reduce a lo esencial. O acaso, para ser fiel a la deliciosa ambigüedad del epígrafe, deba decir que al examinarlas desde la distancia, las situaciones, los personajes y las emociones se depuran y quedan reducidas a sus aspectos esenciales. Pero, atención: distancia no es lo mismo que frialdad, es más bien una perspectiva que nos permite aquilatar lo que vivimos con mayor claridad. También los sentimientos se depuran con la distancia, como aprendemos pronto en la vida, y depuradas están las emociones que trasuntan estos poemas.  
Muchos de los asuntos que Camilo examina y trae a la palabra en sus poemas, tienen que ver con su vida personal, pero precisamente al considerarlas desde la distancia, desde la distancia poética, adquieren resonancias universales. ¿Acaso no somos todos irreconocibles puntos observados desde lejos?
Pero no solo los personajes, las situaciones y las emociones se reducen aquí a lo esencial: también y, sobre todo, los textos se depuran, se despojan de todo exceso retórico, como si para romper la fuerza gravitacional del planeta, debieran despojarse de todo lo accesorio. ¿Es entonces la poesía una búsqueda de “lo esencial”? Sospecho que cualquier poeta estaría de acuerdo con esta afirmación, pero dudo mucho que existan dos poetas que coincidan respecto a qué es lo esencial y cómo comunicarlo.
La lectura de este libro me plantea además una pregunta que me acompaña en estos días. ¿Para qué sirve la imaginación? En estas páginas el autor se vale de la imaginería propia de la astronáutica para elaborar sus textos: la astronáutica como experiencia límite de la distancia, al menos como puede experimentarla un ser humano.  
Renace entonces, de lo profundo de mi memoria, la imaginería con la que me nutrí de niño: el proyecto Apolo, el Módulo Lunar y, mucho más tarde, el malhadado Challenger que da título al libro.  Tal imaginería está hondamente arraigada en mi memoria y ha nutrido mi imaginación durante décadas.
Leyendo estas páginas, constato con asombro que también ha alimentado y nutrido la imaginación de alguien menor que yo. A través de estas imágenes, por medio de ellas, conseguimos comunicarnos a un nivel más profundo del que lograríamos mediante los conceptos, dos personas a quienes separan en edad dos décadas. Las imágenes, el arsenal de la imaginación, sin duda sirve también para eso: para generar sentido y compartir experiencias más allá del flujo y la corrosión del tiempo.
En este viaje espacial sin destino cierto, soy coetáneo de Camilo y escuchamos en órbita Space Oddity, de David Bowie.



lunes, mayo 14, 2018

UN POEMA

Belleza legendaria en su juventud
hoy es
esa viejita que camina con bastón
por la acera.

El joven que se cruza con ella
solo a una ve.

Como a un espejismo
yo las veo a las dos.

¿Pero a quién mira ella cuando se ve?

sábado, marzo 03, 2018

VIRGEN DE LAS ALCANTARILLAS


Mírenla bajar del cielo de cristal y felpa,
del dulce paraíso del amor paterno.

Ya se hunde envuelta en humo
en el lodazal de las alcantarillas.

Mas no pierde su sonrisa ni su gracia
Su belleza permanece intacta.

Virgen de las Alcantarillas,
¿A qué has venido aquí?

Nosotros hace mucho estamos muertos,
hace mucho nos perdimos sin remedio.

Mírenla bajar del cielo del confort y la comodidad,
del obsceno paraíso de los justos biempensantes .

De sus manos brotan
pájaros de fuego.

Y ella se hunde bajo el fango.
Quiere ver la calle desde abajo.

Su cuerpo no se ensucia, sus labios no se manchan.
Su sonrisa celestial deslumbra.

Virgen de las Alcantarillas,
¿A qué has venido aquí?

¿No te han dicho acaso
que de aquí nadie regresa intacto,
nadie puede salir?

Virgen de las Alcantarillas
Tú que todo lo puedes,

Ayúdanos a salir del laberinto
que no tiene paredes.


miércoles, febrero 21, 2018

CIRCUNNAVEGACIONES ALREDEDOR DE UN POEMA

No puedo determinar con exactitud el año, pero fue hacia mediados de la década de los 80, es decir, hace algo más de 30 años, cuando surgió esta imagen como metáfora de la poesía:

 ¿Qué suave y ardoroso viento agita
el viejo mar de las palabras
para producir tan bellos
y fugaces resplandores?

Aunque bella y elocuente para mi gusto, resultaba algo incompleta para considerarla "un poema", de modo que en algún momento, más adelante, la reuní con otro fragmento escrito por esos mismos años que también habla de la poesía y que me parecía igualmente incompleto:

Borboteando su chorro de luz
mana el poema

Míralo inventar su llama
adentrarse en el vacío sin más
fuerza que su anhelo

Luna es
el poema

De modo que agrupé los dos fragmentos bajo el título de "POESÍA" -que es finalmente de lo que pretendo hablar- y, aunque no fueron publicados, permanecieron así, mancomunados, durante muchos años en mi computadora:

POESIA


           -1-

Qué suave y ardoroso viento agita
el viejo mar de las palabras
para producir tan bellos
y fugaces resplandores


         -2-

Borboteando su chorro de luz
mana el poema

Míralo inventar su llama
adentrarse en el vacío sin más
fuerza que su anhelo

Luna es
el poema

Desde luego, siempre sentí (siento) que hay algo artificioso, forzado, al poner en relación ambos fragmentos, aun cuando ambos hablen de la poesía. 

Hace pocos meses, encontrándome fuera de la ciudad, fui testigo una noche de una hermosa tormenta eléctrica en el cielo lejano, sobre las montañas. Escribí entonces en mi libreta de notas:

¿Qué invisibles piedras
chocan en el cielo
para producir tan deslumbrantes
y fugaces fuegos?

El asunto quedó ahí... Hasta que hace un par de días, revisando mi libreta, encontré el apunte y tuve la sensación, o más bien la certeza, de que aquello era casi un autoplagio o, más benévolamente, que otra cosa escrita por mí semejaba mucho a esta.  Era una sensación incómoda y no fue hasta hoy que tuve tiempo de explorar en mis archivos hasta dar con el viejo "poema" del que este es apenas una reescritura o palimpsesto. Creo que nunca me había ocurrido esto. Al mismo tiempo, tengo la sensación de que  algo se completa de una forma misteriosa, pues juntos, los dos fragmentos se acompañan mucho mejor que mi tentativa original:

¿Qué invisibles piedras chocan
en el cielo
para producir tan deslumbrantes
y fugaces fuegos?

¿Qué suave y ardoroso viento agita
el viejo mar de las palabras
para producir tan bellos
y fugaces resplandores?

Desde luego me gustaría formular algunas preguntas más en esta tónica. Quizás lleguen algún día. En cualquier caso, siento que cualquiera de los dos fragmentos puede ir primero; siento también que el tema central sigue siendo la poesía, aunque la potencia metafórica se incrementó al poner en relación los relámpagos y la poesía (que, al menos en mi experiencia, tiene algo -mucho- de iluminación instantánea.) Lo que tienen en común estos dos fragmentos son los destellos, el carácter instáneo y relampagueante, pero también fantasmagórico e irreal de los dos fenómenos. Quedaría entonces así:

DESTELLOS

         
¿Qué invisibles piedras chocan
en el cielo
para producir tan deslumbrantes
y fugaces fuegos?

¿Qué suave y ardoroso viento agita
el viejo mar de las palabras
para producir tan bellos
y fugaces resplandores?

Supongo que esto no termina aquí...



lunes, enero 15, 2018

IRREFUTABLE

¿Cómo podría no ser verdadero nuestro dios, si en su nombre matamos y morimos como moscas?