lunes, enero 15, 2018

IRREFUTABLE

¿Cómo podría no ser verdadero nuestro dios, si en su nombre matamos y morimos como moscas?

martes, enero 09, 2018

FIN DE PARTIDA


Maybe Managua, de Catalina Murillo. Uruk Editores (San José, 2017)

Es bien conocida aquella clasificación que afirma que existen básicamente dos tipos de relatos: los que centran su atención en los personajes y los que lo hacen en la acción o el argumento. Si hubiéramos de seguirla, no hay duda de que Maybe Managua (Uruk editores, 2017), la más reciente novela de Catalina Murillo (Costa Rica, 1970), se inscribe en la primera categoría, la de los relatos centrados en los personajes. En las 150 páginas de la novela, Murillo despliega su enorme capacidad para presentar los caracteres e interpretar su mundo emocional. Creeríamos estar ante una novela de corte psicológico, de no ser porque la autora construye a sus personajes desde una distancia implacable, sin piedad ni empatía, y parece tan interesada en dibujarlos como en juzgarlos. Esto, naturalmente, no es un defecto; antes bien, mucha de la fascinación que me produjo la lectura del libro deriva del juicio despiadado y certero que la autora destila párrafo a párrafo sobre ellos. Nadie se salva, ni el personaje principal, ni los secundarios; ni siquiera los extras o figurantes que aparecen fugazmente en alguna escena son redimidos por la mirada de la autora. Tampoco los escenarios urbanos –San José, Granada, Managua-, ni los naturales –playas, lagos y montañas de los dos países centroamericanos donde tiene lugar la acción–. El mundo completo que nos presenta Murillo está corroído por un malestar asfixiante: algo difuso pero omnipresente de lo que los personajes intentan vanamente huir, sin hacer otra cosa que hundirse más y más en él.
Lo que el argumento nos relata es, básicamente, el último acto en la vida de un cuarentón español que, en las postrimerías del siglo XX, ha venido a recalar a Centroamérica huyendo no sabe –ni sabemos– bien de qué, ni tampoco en busca de qué. El malestar en la cultura, que decía Freud, el hartazgo y el hastío del capitalismo avanzado, la inteligencia hiperinformada dirigida como daga contra sí misma.  Bastan algunos días acompañando los pasos de Juan, el protagonista, en su errática huída hacia ninguna parte, para comprender a cabalidad ante qué tipo de personaje estamos. El dibujo que de él hace la autora es, como he dicho, certero y amargo, y también lo es el de las tres mujeres con quienes se cruzará Juan en este “fin de partida”. Estos cuatro caracteres –y algún otro por ahí– están dibujados con precisión y mirada fría. El mundo emocional de los personajes ocupa el primer plano; más que sus acciones exteriores, o al menos tanto como ellas, la autora describe minuciosamente sus motivaciones y sentimientos. Y de todo ello desprende un juicio que, invariablemente, resulta amargo. “Mónica había hecho sufrir a pocos hombres, pero bien. Durante dos largas décadas, su única afición había sido esa: maltratar hombres, con el fervor de quien consuma una venganza.” (p. 126) El encuentro de Juan con esta especie de alter ego femenino se constituye en el climax de la novela y en una pre figuración del destino final del protagonista. El humor ácido que destilan muchos pasajes del libro es apenas un antídoto para el veneno que trasuntan sus páginas.
Una simple búsqueda en la Web me revela que, antes de ser la novela que es hoy, Maybe Managua fue un guión cinematográfico que, hasta la fecha, permanece sin realizarse. Aunque el palimpsesto no sea evidente, algunos trazos de esa antigua escritura permanecen en el libro.  Murillo no se interesa en esta novela por ningún tipo de exploración o búsqueda formal. El relato está construido linealmente y narrado de principio a fin por una voz omnisciente que se focaliza alternativamente en el protagonista y en los personajes con quienes este se cruza. Flaquea, quizás, la verosimilitud, con el truco de un pájaro estafador y, sobre todo, en el hecho de que un ave virtualmente extinta cruce legalmente por la frontera entre dos países sin ningún inconveniente. Mis amigas de UICN me darán la razón. Pero, a mi juicio, esto resulta peccata minuta. Quizás no estamos ante una novela ambiciosa desde el punto de vista del mundo narrado, pero sí ante una obra filosa, bien escrita y lograda.

Además de lo ya dicho, me interesa señalar al menos dos aspectos más de esta novela. Uno, que la acción tiene lugar en dos países centroamericanos (como ocurre también en La Casa de Moravia (2017), del salvadoreño Miguel Huezo Mixco). Tras consumarse la integración del espacio nacional en las literaturas centroamericanas, ¿estaremos acaso por iniciar un proceso de construcción del espacio regional en el plano literario? Y, segundo: a diferencia de otras novelas que, en las últimas décadas del siglo pasado nos propusieron relatos (y retratos) de aventureros europeos por tierras centroamericanas, en donde la mirada y la palabra fluían desde los centros de poder hacia las tristes periferias, aquí estamos ante la mirada ácida de una nativa que juzga descarnadamente al protagonista europeo de este extravío.     

lunes, enero 08, 2018

PASION

En definitiva, creo que la obra literaria (y artística en general) se construye desde la pasión y testimonia una pasión, en los múltiples y contradictorios sentidos de este término: pasión como carencia, pasión como búsqueda, pasión como gozo, pasión como sufrimiento e incluso como ofrenda. Uno explora y comunica su pasión mediante la obra o a través de ella. 

jueves, diciembre 28, 2017

UNA ÉPICA DE LA SUBJETIVIDAD

"Carta al hijo", de Juan Hernández
Novela, 137pgs.
Guayaba Ediciones, Costa Rica, 2017




¿Es posible librarse de la maldición de la sangre? Juan Hernández (Costa Rica, 1981), autor de esta breve e intensa novela en la que es fácil advertir tintes autobiográficos, afirma que sí. Desde cierto punto de vista el relato es una prueba de ello, pues refiere la historia de un niño y un joven que, habiendo crecido en el seno de una familia degradada por la violencia, la pobreza y el alcohol, termina forjándose como hombre de letras. Así, en varios pasajes la narración me hizo evocar aquella hermosa canción de Lennon, Working class hero, por ejemplo: “La pobreza es una enfermedad que se alimenta de sus propias familias” (p.135). Desde otro punto de vista el relato puede leerse como una novela familiar (llamarla saga sería inapropiado, dada su brevedad), pues al tiempo que el narrador va relatando su historia, refiere también la de su linaje materno (el único conocido para él), con especial énfasis en la figura de la madre, con quien lo unen profundos lazos de odio, vergüenza y asco.  
Desde otra perspectiva, la novela puede leerse también como una “novela de formación”, en donde la forja del protagonista gira alrededor de su desesperada, reiterada y, por fin, exitosa tentativa de arrancarse de la historia familiar materna y fundar la suya propia como hombre y como padre.  Pues el tema de la paternidad es otro de los ejes por donde transita el relato. Así, el mismo joven cuyo destino “natural” hubiese sido probablemente la delincuencia o la drogadicción y termina forjándose escritor, jamás conoció a su padre y descubre el sentido de esa palabra por boca de su primer hijo, a quien sin embargo luego habrá de perder. La historia parece condenada a repetirse una vez más; ante el horror de esta perspectiva, asoman la muerte y el suicidio, pero finalmente la voluntad se impone y, antes que nada, triunfa el amor. Sí, el amor.
Como se ve, la cantidad y la densidad de los temas abordados por Hernández sugerirían una narración mucho más extensa, no obstante él lo hace en poco más de 100 páginas sin que como lector me haya sentido defraudado en ningún momento. Esto se debe en parte al ritmo trepidante o espasmódico en el que nos sumerge el relato desde la primera frase. No todo se dice y mucho queda librado a la imaginación de los lectores; las elipsis y los saltos temporales son continuos y multidireccionales. Irónicamente, gran parte del relato está construido a modo de diálogo callado con la madre, aquella de quien el personaje lucha valientemente por arrancarse, y solo algunos pasajes están escritos para el hijo ausente o perdido, como sugiere el título. Así pues, se trata de una carta a la madre y de una carta al hijo, en evidente alusión y juego con la Carta al Padre de Kafka.

Inicié este comentario con una pregunta, lo concluyo con otra: ¿es posible una épica de la subjetividad, una épica de la intimidad? En principio, épica y subjetividad están en las antípodas, la primera reservada a los temas históricos y a la exaltación de los héroes, la segunda propia de abordajes dramáticos o satíricos. No obstante, el tono imperioso y urgente del relato de Hernández, el tratamiento literario directo, seco y desnudo de artificios, por momentos me ha hecho pensar que estamos ante una obra de ese tipo. Carta al hijo tiene la fuerza y la pulsión del relato testimonial, aborda con solvencia temas relativos a la subjetividad masculina sin dejar de lado el apunte social y, por su dureza y sequedad, se constituye en una suerte de épica de la subjetividad en donde el protagonista consigue alumbrarse a sí mismo. 

viernes, noviembre 03, 2017

PERSONAJE

¿Qué es, en definitiva, un personaje de ficción? Una gran mentira construida con muchas pequeñas verdades.

lunes, septiembre 11, 2017

DE LA ESTUPIDEZ HUMANA

Estoy convencido de que la estupidez humana no es el mayor problema. Ser estúpido no es tan grave si uno tiene la humildad suficiente para admitir su condición. El verdadero problema es nuestra soberbia, nuestra incapacidad de admitir nuestra ignorancia y el profundo convencimiento de que somos criaturas privilegiadas, elegidas por dios –cualquier dios-, para reinar sobre el planeta y sobre las demás criaturas.  

***

Respecto de la estupidez ajena, no hay nada que en definitiva yo pueda hacer. Respecto de la propia, sí. ¡Y cuánto cuesta!

sábado, mayo 20, 2017

LA NOVELA COMO "SIMULADOR" DE LA VIDA HUMANA

Supongo que ocurre en todos los oficios: conforme alguien se ejercita, conforme profundiza y persevera en la práctica, cambian sus ideas, su entendimiento y, por tanto, su discurso acerca de dicho oficio. Mi forma de entender la escritura de historias ha variado con los años.

Esta mañana, en charla con un grupo de estudiantes universitarios, me escuché decir  una expresión que jamás había utilizado para referirme al tema, pero que creo sintetiza  mi visión actual de lo que es (o aspiro a que sea) una novela o un cuento: un simulador de la vida humana.

Cuando hablo de un simulador quisiera evocar, de alguna forma, los simuladores utilizados en otras disciplinas: un simulador, del tipo que sea, pretende recrear o reconstruir, bajo condiciones controladas, las condiciones reales en las que actúan ciertos elementos (átomos, moléculas, organismos vivos, animales, personas) con el fin de observar y evaluar sus reacciones. Creo que esa, ni más ni menos, es la aspiración de las historias que leemos y escribimos: presentarnos una simulación de vidas humanas para que podamos observar y evaluar sus reacciones y de ahí sacar conclusiones para la vida, nuestra vida, la vida de verdad.

Eso sí: las novelas y los cuentos son simuladores muy particulares, pues están hechos solo de palabras,  y las palabras son objetos de naturaleza muy singular. Pero dejemos de lado por ahora la singularidad de las palabras, y concentrémonos solo en los simuladores que fabricamos con ellas.

La eficacia de un simulador se mide por su capacidad de recrear las condiciones reales de existencia en la que se desenvuelve aquello que deseamos observar. Siendo las vidas humanas el objeto único y último de la literatura, el reto consiste en recrear con la mayor precisión posible las condiciones que intervienen en nuestra existencia. Esto solo es posible a partir del ejercicio de la observación atenta de otras vidas y de la propia vida. Hay un ejercicio, una práctica de la conciencia que se materializa o se concreta en las historias, de ahí el hechizo, el encantamiento que nos producen. Ese es el saber que se transmite en ellas.

 ¿Cuáles son las condiciones que intervienen en nuestra existencia? Sea cual sea la respuesta que ensayemos, tendremos siempre un número considerable de aspectos. Mencionemos los más evidentes: el espacio geográfico, el momento histórico (desarrollo tecnológico, organización política, etc.), la cultura (valores, creencias, atavismos, tabúes, ideas, etc.), el género/sexo, las características físicas (aptitudes, limitaciones, incluso la genética, etc.), las relaciones sociales en las que estamos inmersos, las relaciones familiares (modelos, expectativas, complejos, etc.), el carácter o temperamento individual, nuestras experiencias previas, incluyendo aquellas que elegimos y las de carácter fortuito, etc., etc...

Una cosa son las condiciones que determinan nuestra existencia, y otra diferente (pero igualmente importante), es lo que nos proponemos o deseamos hacer. El deseo es el meollo de la individualidad, el sustrato de la subjetividad.  El deseo moviliza a los personajes y desencadena la reacción que llamamos "historia". Por ello es un elemento fundamental en nuestro simulador. En términos más abstractos, podemos decir que en la vida de los personajes (y en la nuestra) intervienen las circunstancias, la libertad y el azar. Y acaso debamos agregar también: lo desconocido y el misterio.

Reducir o integrar en una historia  (en un simulador) todos estos elementos, resulta un desafío inmenso. Pero cuanto más complejidad logremos introducir en ella, más rica y provechosa será la experiencia de leerla (y de escribirla.) Integrar la complejidad significa darle a cada uno de estos elementos la atención y la importancia debida, ni más ni menos. "Lo justo es lo correcto", dice la máxima, y nos será útil tenerla presente al calibrar nuestro simulador de vidas humanas. Y, desde luego, integrar complejidad no significa servirse de palabras difíciles ni hacer un discurso obscuro o incomprensible. La única obscuridad que debería tener cabida en una historia, es la de un cielo nublado o la de un pensamiento sombrío, y el único pasaje incomprensible, un diálogo en el que uno de los personajes dice un galimatías.

Presentar los elementos que intervienen y determinan la vida de los personajes, para que podamos observarlos, valorarlos  y sacar conclusiones acerca de ellos (y acerca de nosotros mismos), es el propósito y la utilidad de estos "simuladores de la vida humana" hechos de palabras: las novelas y los cuentos.