viernes, diciembre 11, 2009

EL DILUVIO UNIVERSAL, novela de Guillermo Barquero

Sin pretender hacer teoría del asunto, diría que las novelas pueden ser difíciles por su complejidad formal, por ser oscuras o confusas en el abordaje de su tema o por abordar asuntos poco gratos que, en general, preferimos obviar o ignorar. Creo que este último es el caso de “El diluvio universal”, primera novela del escritor costarricense Guillermo Barquero (1979).
En sus 280 páginas, “El diluvio universal” nos introduce en el mundo de Rafael Martínez, personaje principalísimo –mas bien único- de la novela. ¿Y quién es Rafael Martínez? Rafael Martínez iba a ser, sería, soñaba con ser, un eminente científico, un microbiólogo destacado que se dedicaría a la investigación pura en los temas de su interés.
De él sabemos que se crió en un ambiente familiar triste, marcado por el suicidio de una hermana, por el amor de su abuela y por la ausencia de su padre –la palabra “padre” no aparece una sola vez en la novela–; sabemos que fue un estudiante aventajado, que tuvo contacto con institutos de investigación de países del primer mundo y que su ingreso al entorno de la investigación de punta parecía inminente; sabemos que recibió una herencia que le permitió viajar por Europa, que tuvo un único amor y que la muerte le arrebató a su joven esposa en un accidente. Sabemos también, desde el inicio, que todo ello lo condujo al alcoholismo, a la pobreza –casi a la miseria–, y que su vida actual discurre entre la dipsomanía y la ilusa esperanza de que algún día reencontrará el destino que acarició y que no supo exactamente cómo ni cuándo escapó de sus manos.
Este universo oscuro, decadente, no es en ningún momento considerado con compasión o ironía. Cualquiera de estas dos aproximaciones abriría una válvula de escape sobre la atmósfera asfixiante del texto. Pero Guillermo Barquero prefirió una mirada fría, casi “entomológica” sobre su personaje.
Quienes lean el libro no me reprocharán haber contado esto, pues “El diluvio universal” es cualquier cosa menos una novela en que el argumento sea lo esencial. Diría que casi todas las cosas importantes en el libro escapan a la brevísima sinopsis que acabo de esbozar.
¿Qué es entonces lo esencial en esta novela? ¿Cuáles son las cosas importantes en ella?
Para responder, es necesario preguntarnos dónde transcurre la acción de la novela. En mi opinión, la acción de esta novela se desarrolla fundamentalmente en tres planos:
1) En el intracuerpo del protagonista.
2) En la memoria y la imaginación del protagonista.
3) En el lenguaje mismo.
La vocación científica del protagonista lo lleva a tener una hiperconciencia de su organismo, de la vida celular, de los órganos internos de su cuerpo, y la novela está atravesada por referencias constantes a este plano de la realidad: lo intracorporal. (Un acierto la pintura de Francis Bacon en la portada). Estamos pues ante una novela en la que lo escatológico tiene una presencia importante, casi fundamental. Hay una complacencia del narrador –a veces narrador protagonista, a veces narrador testigo, a veces narrador omnisciente– en nombrar, casi diríamos en “tocar” lo primario, lo elemental, lo oscuro, lo vedado de la vida orgánica. Paralelo a ello, el protagonista está obsesionado desde su niñez con la muerte, con la idea de su muerte, lo que vuelve doblemente escatológica la obra.
En cuanto a la memoria y la imaginación, gran parte de lo que el autor nos presenta en las páginas de su libro no son las acciones ni los pensamientos del protagonista ni –digámoslo así– la situación general del personaje, sino más bien recuerdos o fragmentos de recuerdos, imágenes oscuras de la conciencia cuyo origen no resulta siempre preciso: la memoria, la imaginación o una mezcla de ambas. No se trata, pues, de una novela estrictamente realista. Pero sobre esto volveré más adelante.
En cuanto al lenguaje, la novela es torrencial, en perfecta sintonía con el título. Asistimos en ella a un diluvio de palabras, un diluvio que a mi juicio tiene resonancias e inspiración barroca. Las citas y referencias a Quevedo no resultan casuales, ni el hecho de que los capítulos tengan un encabezado a la usanza de las novelas del Siglo de Oro. Además de barroca en su lenguaje, la novela es también, a veces, ligeramente culterana –palabras y tropos de uso infrecuente, a veces en desuso– y no está exenta del lenguaje científico del protagonista.
i) Escatológica en algunas de las materias que toca, ii) barroca y a veces culterana en su lenguaje y iii) en los límites del realismo, son algunas de las características de esta novela.
Sobre los límites del realismo en los que se mueve la novela, hay un aspecto que también me parece oportuno comentar. Si bien desde las primeras páginas, desde los primeros párrafos, la novela nos introduce en el intracuerpo, en la imaginación y la memoria del personaje principal, todo parece quedar enmarcado dentro de los márgenes de un “realismo” que admite esos planos de la realidad. Sin embargo, en el último tercio de la obra, el autor salta sobre este código estético, cambia los términos del “contrato de lectura” con sus lectores y la novela adquiere un tono diferente, alegórico en algún sentido, cercano a la literatura del absurdo, en otro.
Para uno, como lector, este cambio de los códigos después de 200 páginas de lectura no resulta fácil de encajar. Y esa es otra dificultad que la novela nos plantea.
Además de estas características, si se quiere relacionadas con lo narrativo del texto, me gustaría también referirme brevemente al plano ideológico de la novela, es decir, a las ideas y conceptos que se abordan o plantean en ella.
Tal y como alabé lo acertado de la portada de esta edición, debo decir que discrepo del texto de la contratapa. En él se afirma que la referencia cristiana subyacente en el título es fortuita. Nada más lejos de la verdad.
La novela en su totalidad es un airado reclamo, un desesperado grito contra el Padre –contra el Padre Celestial, aunque no por sutiles las relaciones entre religión y psicología son menos evidentes– por su abandono, por su ausencia, por el castigo de existir en un mundo del que Él se ha retirado. En efecto, se trata de un mundo sin Dios. Un mundo en el que el castigo es la inexistencia de Dios pero el pecado no resulta para nada claro. De hecho, parte de la búsqueda del protagonista –una búsqueda a ciegas, desesperada– es la búsqueda de la Culpa. Hay quienes buscan el Perdón mediante la expiación, y hay quienes buscan la Culpa mediante la autodestrucción. El protagonista necesita saber cuál ha sido su pecado: otra resonancia con la literatura barroca, con el Lope de “¡Ay, mísero de mí…!”
Pero no solo ello: ante la ausencia de Dios, la ciencia, como búsqueda alterna de sentido, también ha fracasado. El protagonista se pasea ante los restos derruidos de dos deidades: Dios y la Ciencia, y es incapaz de dotar de sentido a su existencia.
Estamos, pues, ante un mundo eminentemente nihilista.
En un universo como este, la muerte es una liberación y la aniquilación una promesa: la promesa de la purificación para iniciar un nuevo ciclo. Y aquí es donde la metáfora o el símbolo del Diluvio Universal entra a jugar plenamente.
¿Es, en definitiva, nihilista esta novela? No lo sé. Sí y no. Al recurrir al símbolo de la purificación, abre una ventana a la renovación, aunque creo que el autor eligió ser ambiguo en este aspecto.
Estoy seguro de que Guillermo Barquero es conciente de las dificultades y los riesgos que he venido enumerando, y creo también que ha querido asumirlos. “El Diluvio Universal” es, en definitiva, una novela ambiciosa, estética y literariamente hablando, y es también una novela escrita sin concesiones al lector, que exige mucho de nosotros y nos pone a prueba.
Estamos, entonces, ante una novela de riesgo, de apuesta estética. Y este es, a mis ojos, un mérito importante. Cada lector deberá hacer su balance y decidir cuántos y cuáles de estos riesgos la obra sorteó con éxito y en cuáles otros sucumbió en su intento. Pero de eso se trata la literatura y las artes: de hacer apuestas, de tomar riesgos, de explorar caminos por los que otros no habían transitado.
Guillermo Barquero lo hace en esta novela y por ello merece mi saludo y reconocimiento.


viernes, diciembre 04, 2009

TRES O CUATRO CITAS DE MARTÍ

"Se ha de tener fe en lo mejor del hombre y desconfiar de lo peor de él. Hay que dar ocasión a lo mejor para que se revele y prevalezca sobre lo peor. Si no, lo peor prevalece." (Para mí, la más extraordinaria lección de pedagogía que haya escuchado. Incluso una lección de política social: crear oportunidades para que se revele lo mejor de las personas.)

"La colonia continuó viviendo en la república..." (Idea clave a la que había también llegado por mi cuenta. Las repúblicas americanas heredaron la estructura racista, excluyente y depredadora del régimen colonial. Desde entonces cargamos con eso.)

"Gobernante, en un pueblo nuevo, quiere decir creador." (Es que el injerto del modelo republicano/liberal/ilustrado fue automático en América Latina. Lo que en Europa fue un parto de siglos, aquí se impuso en décadas y como algo natural, necesario e inevitable. Y así nos ha ido...)

"Cree el soberbio que la tierra fue hecha para servirle de pesdestal, porque tiene la pluma fácil o la palabra de colores, y acusa de incapaz e irremediable a su república nativa, porque no le dan sus selvas nuevas modo continuo de ir por el mundo de gamonal famoso, guiando jacas de persia y derramando champaña." (Aunque nuestras repúblicas ya no sean selváticas, sería bueno recordarle esto a tantos poetas y escritorzuelos de por aquí... A mi también, en otra época...)

De Nuestra América (1891)

lunes, noviembre 30, 2009

DESPEDIDA

"Me das
la muerte y
me das
la vida y

ambas
las acepto
igual"

me contagia
en su abrazo
final

el poeta
Felipe Granados (1976-2009)

jueves, noviembre 26, 2009

OTROS (Los días y sus dones, 1980-2001)

Es terrible ser testigo o conocer las aspiraciones y los sueños de alguien, pues eso nos convierte en involuntarios jueces o testigos del éxito o el fracaso de esa vida.
***
Siempre topamos con un límite cuando intentamos entender a los demás; siempre hay un reducto que resiste toda tentiva de explicar una acción, así sea la más simple.
***
Durante nuestra vida, llegamos a conocer íntimamente a un número increíblemente reducido de personas (asumiendo que algún conocimiento sobre otras personas sea posible, y aún sobre uno mismo). Es de ellas –de estas personas–, de donde extraemos toda nuestra comprensión del alma humana: nuestra familia, nuestros amigos más cercanos, las personas que amamos…
***
Es difícil aceptar a una persona más de lo que ella misma se acepta.

viernes, octubre 30, 2009

jueves, octubre 01, 2009

ENTRE EL WESTERN Y LA NOVELA CARCELARIA

Suelen decir los estudiosos que América Latina ha aportado –acaso- un par de subgéneros a la narrativa mundial: la literatura del dictador y la literatura bananera. Entiéndase: hablo de géneros y no de estilos, pues si habláramos de estos últimos, sería de rigor mencionar el realismo mágico, la literatura de lo fantástico y todo aquello que caracterizó el llamado boom latinoamericano.

Si bien la literatura del dictador ha tenido cierta continuidad y encontrado cultores, quizás hasta el día de hoy –se me ocurre que Cruz de Olvido, de Carlos Cortés, podría leerse como una reelaboración de este subgénero- no ha ocurrido lo mismo con la literatura bananera.

Tal parece que de mediados del siglo pasado en adelante las sucesivas generaciones de escritores asumieron –asumimos–, que la literatura bananera solo permitía hablar de las fincas y los enclaves fruteros, y que esos tópicos y temas tenían cada vez menos lugar y resultaban poco interesantes en el contexto crecientemente urbano e industrializado de finales del siglo XX, no digamos ya en la era de la informática y del microchip.

Esta visión, sin embargo, podría resultar limitada, pues deja de lado o ignora precisamente las características generales, genéricas, que hacen de la literatura de los enclaves bananeros un subgénero narrativo. ¿Cuáles serían estas características?

Sin afán de ser exhaustivo, y admitiendo que mi conocimiento de la literatura bananera es limitado, me atrevo a enumerar algunas:

- El desarraigo. Los personajes viven en un medio en el que no nacieron y que no es el suyo. Este sitio es una especie de “no lugar” en el que las instituciones y las leyes bajo las cuales crecieron los personajes, no existen o han dejado de operar. Los personajes han llegado a ese entorno y saben que tarde o temprano saldrán de ahí: muertos muchos, algunos pocos, vivos. Como corolario del desarraigo, suele aparecer también el motivo de la añoranza o la nostalgia por el mundo primigenio del cual los personajes se han desarraigado.

- El desengaño. Los personajes han llegado ahí voluntariamente en busca de futuro y oportunidades, pero se encuentran en una situación degradante o inhumana.

- La degradación. Los personajes ven degradarse a otros a su alrededor y luchan por no hacerlo ellos mismos.

- La amistad/solidaridad/compañerismo. En un medio deshumanizado y cruel, la amistad y el compañerismo son uno de los escasos consuelos.

- La enajenación. Los personajes deben someterse a prácticas y dinámicas que les resultan ajenas, extrañas, acerca de las cuales no tienen posibilidad de decidir. Son parte de un gigantesco engranaje institucional/empresarial que impone y determina las formas de relación entre ellos.

- Lo masculino. Se trata de un universo predominantemente masculino. Las mujeres son prostitutas o fonderas –el comercio carnal y la alimentación-. Tampoco hay niños ni viejos en este medio. Hombría, violencia y brutalidad son tres elementos que suelen aparecer entremezclados y casi siempre son sinónimos.

- La precariedad vital. La enfermedad y otras amenazas del exterior acechan siempre: bestias, serpientes, accidentes y desastres climatológicos. Este mundo en el que los personajes se debaten torna sumamente precaria la subsistencia de los personajes.

- La conspiración. La conspiración es un motivo frecuente. Puede ser una conspiración para rebelarse, para librarse de ese mundo, pero también puede ser para vengarse de quienes han sacan partido de él.

- La convivencia forzosa. Los personajes se ven obligados a convivir e interactuar con muchos otros que se encuentran en la misma condición que ellos, pero no pueden decidir con quiénes.

- La alteridad. Hay siempre una presencia importante de lo Otro, de otro, de una alteridad cultural: alguien cuyos valores y manera de ver el mundo son sustancialmente diferentes –a menudo también su lengua-. Este Otro puede encontrarse tanto en una posición de poder como en una de igualdad e inclusive de subordinación a los pesonajes principales.

Estos serían, repito, algunos elementos consustanciales al subgénero de la novela bananera. ¿Qué podríamos hacer hoy con ellos? ¿Es posible dar continuidad al género, trasponiendo estos elementos a realidades –históricas y sociales- sustancialmente diferentes a las del enclave bananero, tal y como ocurrió con el western, por ejemplo?

A propósito del western, pueden trazarse algunos paralelismos entre este subgénero y el de la literatura bananera: el carácter predominantemente masculino del universo narrativo y de los personajes centrales, por ejemplo, pero también el hecho de que estos últimos se movilizan por una promesa, la búsqueda de una futuro mejor, etcétera. En la literatura bananera, sin embargo, los personajes, lejos de encontrar el oro –como en algunos western-, se ven confinados en una reservación indígena.

En fin, el tema central de esta breve reflexión es preguntar si los elementos distintivos de la novela bananera permiten recrear e indagar en el mundo de hoy... Y pienso que sí. Pienso que sí...

martes, septiembre 22, 2009

REVELACIÓN

soy
como un niño de meses

que trata de explicar a otros
lo que es caminar

sin caminar él mismo


sin hablar siquiera
todavía

lunes, septiembre 14, 2009

SOBRE LA IMPORTANCIA DE LA LITERATURA (En diálogo con Carlos Cortés)

Mi amistad con Carlos Cortés está estrechamente relacionada con la literatura. A pesar de ser coetáneos y de haber estudiado en el mismo colegio, no fue hasta que nuestras vocaciones literarias despuntaron, primero, y se consolidaron, después, que nos acercamos: al inicio con cierta reserva, en algún momento con indisimulados celos, finalmente con sincera amistad. De esta amistad he aprendido muchas cosas a lo largo de las casi tres décadas que tenemos de cultivarla. Entre otras, he aprendido que la amistad no es siempre fácil pero que bien vale la pena.

Como una marca de origen, el tema de la literatura es recurrente entre nosotros. Ambos fuimos comprendiendo en el camino que la literatura es, como no se cansa de repetirlo Sábato, un oficio extremadamente solitario. A lo largo de mi vida, he intercambiado en diversos momentos y con gente variada sobre el tema –los poetas del Taller del Lunes, Dorelia Barahona, Alfredo Aguilar, algunos escritores más jóvenes que se han acercado después para dialogar-, pero solo Carlos, creo, ha tenido la paciencia de escuchar mis devaneos a lo largo de varias décadas.

En algunos aspectos somos radicalmente diferentes. Carlos es serio, metódico… Su literatura es, a mis ojos, una extraña síntesis de locura y racionalidad. Es, de alguna forma, un esfuerzo por entender la locura. Pero la locura, bien lo sabemos, es algo que no puede entenderse, ni siquiera puede descifrarse. Esa es la trágica imposibilidad de la obra de Carlos. Ahí reside su grandeza y su fracaso. Por eso me seduce tanto. (Especialmente su novela Cruz de Olvido, en la que, además de estos elementos, confluyen muchos otros: una radiografía caricaturizada del poder, el desencanto de los años noventa, una elefantiásica erupción discursiva, etcétera…)

Carlos –digámoslo de una vez– quería ser poeta. Es poeta. (Curiosamente ha recibido varios prestigiosos premios de poesía en el extranjero, pero en cambio en Costa Rica varios ignoran de manera sistemática su trabajo en este campo.) Sin embargo la realidad, la dura realidad, lo llevó a los terrenos villanos de la prosa. Siempre me resultó extraña y fascinante la forma como decidió este cambio, a instancias de un posible editor. Carlos Catania, nuestro mentor y maestro en aquellos lejanos días de inicios de los 80, nos presentó a Vicente Verdú –entonces representante de Seix Barral en Costa Rica–, como las más brillantes promesas de la literatura costarricense. Entre dos chupadas a su enorme habano, el gordo Verdú prometió que haría lo posible por nosotros, y desde ese día Carlos resolvió que la poesía había muerto y que de ahí en adelante sería novelista. Pero, como varias veces se lo he dicho, Carlos escogió la novela pero la poesía lo escogió a él. Con esto quiero decir que todos sus esfuerzos por abandonar la poesía han sido inútiles, y cada tantos años me confiesa con aire culposo que publicó otro libro de poesía, “pero este sí será el último.”

Una prueba irrefutable de que somos “compañeros de ruta” en este viaje sin destino cierto de la literatura, es el hecho de que puedo citar los títulos de varios de sus proyectos fallidos. Por su parte, él puede hacer exactamente lo mismo. “La tiranía del asombro”, “El mar anterior”… Fantasmagorías, fuegos fatuos de nuestra imaginación que jamás llegaron a concretarse, cuyos virus nos atacaron estampando en nuestro espíritu una cicatriz como la de una enfermedad que nunca se desarrolló.

Su primera novela –Encendiendo un cigarrillo con la punta del otro- está entre los textos experimentales más difíciles, audaces y cabrones que se hayan escrito en este país. No sé si volvería a leerla pero recomiendo a quienes no lo han hecho que lo intenten. Es antiliteratura de gran calidad. Dinamita pura en las antípodas de Pérez Reverte.

Después vino Cruz de Olvido y más recientemente Tanda de Cuatro con Laura. A propósito de mi lectura de esta última –una novela difícil y para mi gusto demasiado artificiosa- debo decir con cierto orgullo que únicamente yo, según me confesó Carlos, llegué a captar ciertas sutilezas de su entramado argumental –una especie de laberinto del fauno antes de que la película española devorara la imagen y aniquilara la posibilidad de utilizarla aquí.


Recientemente –a raíz de un encuentro casual que tuve con Armando y Emmanuel Calvo, quienes fueran compañeros en nuestra iniciación literaria–, he vuelto a conversar con Carlos –en realidad a intercambiar emails con él- acerca de la literatura, su valor y su importancia, su significado o su carencia de él. Como siempre en estos casos, lo que uno es capaz de decir en un email termina siendo demasiado poco o demasiado a secas, pero en cualquier caso termina perdiendo lo esencial.

¿Qué quiero decir? ¿Qué quise decirte, Carlos, y sé que no logré?

La literatura es importante pero no es importante en sí misma sino por lo que nos revela de nosotros mismos, de los otros y de la realidad, es decir, del mundo… La literatura es un camino formidable pero no es un destino, no es un punto de llegada. La literatura es importante porque puede ponernos en contacto con la belleza, con el horror, con la perversión y la maldad, con la búsqueda del bien y el heroísmo… Es un acercamiento, un reflejo de la realidad y es importante porque puede revelarnos –y nos revela– un destello del mundo, pero lo importante es siempre el mundo, son siempre los otros, la belleza y la fealdad del espíritu humano, y no la literatura como producto en sí mismo. Hay muchos otros caminos para aproximarse a estas realidades. El hecho de que nosotros escogiéramos la literatura –si cabe hablar de una escogencia y no del hecho de encontrarnos de pronto ahí sin posibilidad de retroceder– no hace de ella algo más valioso, más importante, más digno o revelador… La agricultura, el fútbol, el periodismo, la política, la vida religiosa, los negocios, la cocina y la filosofía…, todos estos oficios, todas estas profesiones, todos estos caminos y los demás que no menciono aquí, encierran esa misma promesa y posibilidad. Eso creo. Cada quien puede caminar a ciegas o aprovechar al máximo el recorrido que escogió o en el que le tocó avanzar.

Entonces, Carlos, sí… Creo que la literatura es importante porque es, ha sido importante para nosotros y para muchos como vos y yo… Pero la medida de su importancia nos la dan los placeres que nos ha deparado, las emociones que nos ha despertado, las visiones y enseñanzas que ha sembrado en nuestro espíritu… Lo importante son siempre, finalmente, esos placeres, esas emociones, esas visiones y enseñanzas… La literatura es un vehículo del espíritu humano pero no es, no ha sido nunca ni será jamás, el único ni el más privilegiado. Y solo a nuestros ojos será el más importante porque crecimos a su amparo. Sin embargo sería una torpeza y una pretensión enorme suponer que esto la convierte en un vehículo supremo o superior a los demás. ¿No te parece?

Ah, y algo más. Otra cosa que hace importante la literatura, no hay duda de ello, son las amistades que cultivamos gracias a ella.

OLVIDO (Los días y sus dones, 1980-2001)

Nuestra capacidad de olvido es casi tan grande como nuestra voluntad de vivir y muchas veces la segunda depende de la primera.
***
La indiferencia y el olvido son formas de perversión.
***
Nos equivocamos cuando suponemos que, por estar anclados en la memoria, los recuerdos permanecen inalterables. Como el presente que nos golpea con su evidencia o el futuro que apenas entrevemos, el pasado vive en permanente transfiguración. Lo que hoy es cierto mañana será dudoso en nuestro recuerdo, y lo que hoy aparece borroso, mañana podría revelársenos con la certeza desgarradora de un grito.
***
Lo que dejó olvidado el olvido: mis recuerdos.
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Recordé que ayer había tenido una idea que me interesó, pero la idea propiamente no la pude recordar...
***
He pasado la mitad de mi vida aprendiendo lo que en la segunda mitad tendré que olvidar.
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Cada vez somos más un recuerdo de nosotros mismos.
***
Mientras me lavo los dientes, mi vista roza en el espejo la imagen de un hombre de cuarenta años que se supone soy yo. No recuerdo cuándo me hice grande.

miércoles, agosto 26, 2009

COLOFÓN NECESARIO

Colofón a lo anterior: Pero no olvidar que "las contradicciones desaparecen cuando las consideramos desde un plano diferente a aquél en el que tiene lugar la oposición", es decir, la oposición entre necesidad y libertad se desvanece al considerarla desde otro plano del ser diferente del nuestro. De modo que: "¿Por qué existe el ser y no la nada?" "Porque le dio la gana..."

lunes, agosto 24, 2009

NECESARIO

Si es cierto, como sugiere Simone Weil, que el criterio último para distinguir lo real de todo aquello que no lo es, es que en el mundo real la relación entre causas y efectos está regida por la necesidad (necesariamente habrá una colisión entre dos objetos que convergen en el mismo punto del espacio), entonces quizás podemos decir también que "lo real es necesario" o, más aún, que "el Ser es necesario." Y aquí nos damos de bruces con los límites del pensamiento: el Ser es necesario, sí, tal vez, ¿pero para qué? (el Tao que puede conocerse no es el eterno Tao.)
En otras palabras, Simone Weil responde a la pregunta de Heidegger: "¿Por qué existe el Ser y no la Nada?" con un simple -y a la vez impotente-: "Porque es necesario."
Por otra parte cabe preguntarnos si esa necesidad que predicamos del Ser puede aplicarse también a todos los fenómenos. No deja de ser un consuelo pensar que todo lo que ocurre -incluyéndonos, desde luego, a nosotros mismos en tanto seres finitos e individuales- es necesario a los propósitos incognoscibles del Ser, como sostienen tantas filosofías y religiones.

martes, agosto 18, 2009

NO ES LO MISMO (Los días y sus dones, 1980-2001)

No es lo mismo aeda que beodo.
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La consagración de mi prima Vera.
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No es lo mismo melcocha que cajeta.
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Si se te quiebra una copa, tendrás felicidad; si se te quiebran dos, eres un torpe.
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La metacalle, el psicómetro y el escudo antisímiles.
***
Persoanalidad; eroteticas; egonanismo.
***
El egoísta: los demás están de más.
***
Existe un límite sutil, en cierta medida ambiguo, que una vez traspasado, resulta, sin embargo, evidente para todo el mundo (excepto, quizás, para quien lo cruzó), y es el que distingue la actitud crítica de la amargura profesional. El amargado rechaza de oficio, en todo ve intereses sospechosos y ocultos; es incapaz de aceptar la buena fe de nadie, porque él mismo la perdió hace mucho. Por eso me resultan sospechosos los que de todo y de todos sospechan.

jueves, julio 30, 2009

NIÑEZ (Los días y sus dones, 1980-2001)

Hay que ser digno del niño que uno fue.
***
Hay cosas para las que uno siempre sigue siendo un niño.
***
Los niños cargan con toda la infelicidad de sus padres sobre sus hombros.
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¡Qué horror la palabra "asesinato" en boca de una niña de 5 años!
***
Una niña trata de enseñarle a su madre que la libertad es más importante que las convenciones, y grita, ríe, vuela jubilosa por los pasillos del aeropuerto, mientras la atribulada madre –rimel corrido–, la trata de sosegar.

martes, julio 21, 2009

lunes, junio 29, 2009

LA "SUPERIORIDAD MORAL" DEL SOCIALISMO

Era 1987 y se vivía el apogeo de la glasnost y la perestrika impulsadas por Gorbachov. Yo había llegado a Cuba para realizar estudios de guión cinematográfico en la Escuela Internacional de Cine y Televisión de San Antonio de los Baños. En los cursos coincidíamos extranjeros y cubanos; así conocí a varios guionistas y poetas de la isla, gente de la cultura y las artes extremadamente culta y amable, integrantes de las élites en las que el Partido Comunista Cubano había invertido tantos empeños y en las que cifraba sus esperanzas. Pero el cielo estaba turbio y el horizonte nublado. Recuerdo, por ejemplo, que varias revistas soviéticas ya no circulaban en la Escuela, pues su pensamiento desafiaba la rigidez del partido cubano.

Inevitablemente la política era tema de nuestras conversaciones. Fue así como vine a escuchar aquello de “la superioridad moral del socialismo”. Quien utilizó el argumento fue un realizador de televisión cubano. No recuerdo su nombre pero en cambio sí recuerdo que mientras desarrollaba su argumento se destilaba de su rostro una tristeza inocultable, como si ya entonces fuese evidente que la superioridad del socialismo, en caso de existir, sería únicamente moral, que no económica, militar ni política… Más aún, hoy pienso que su tristeza nacía de la convicción de que la inferioridad económica, militar y política del socialismo, se debía precisamente a su superioridad moral.

Lo escuché con interés. Aunque la frase tenía un resabio de consigna, había en ella algo atractivo. Un sistema político y económico basado sobre la solidaridad debía ser, en efecto, “moralmente superior” a otro basado sobre el afán de lucro y la explotación. Parecía razonable. Parecía justo. Parecía evidente.

Después pasó lo que sabemos y continúa ocurriendo hasta hoy. Aunque el socialismo, como experiencia histórica, prácticamente dejó de existir, aquella frase sobre “la superioridad moral” del socialismo cada tanto regresa a mi mente.

Hoy me pregunto si puede decirse de algún sistema político que es “moralmente superior” a otro. ¿Es “moralmente superior” la democracia capitalista moderna a las sociedades esclavistas o al feudalismo? O, para poner en entredicho la idea de un “progreso” necesario en la historia, ¿es acaso “moralmente superior” el absolutismo ilustrado a la democracia capitalista moderna? Como se ve, el asunto trae cola.

Solo las personas tenemos moral y conductas morales, y por ello no puede hablarse con propiedad de la “superioridad moral” de un sistema político. Desde esta perspectiva, los sistemas económicos y políticos serían moralmente neutros, como dicen algunos que es la ciencia, y solo quienes vivimos y actuamos en ellos lo hacemos moral o inmoralmente. El escandaloso fraude Madoff o el reciente colapso del sistema bancario estadounidense serían el resultado de la conducta inmoral de algunos individuos, pero no de las instituciones y las reglas que les permitieron –casi los empujaron– a actuar así.

Sin embargo, las instituciones sociales son producto de los acuerdos alcanzados entre los distintos grupos sociales y fuerzas políticas de una sociedad. Estos acuerdos son siempre provisorios o, para decirlo con algún ingenio, son provisionalmente definitivos... Hasta nuevo aviso. Lejos de constituir una excepción, las instituciones que regulan la vida económica y política son la expresión por excelencia de ello.

De esta forma, las instituciones son resultado de acciones humanas y, en consecuencia, de los valores de aquellas personas y grupos que intervienen en su creación. Esto mismo puede decirse de los sistemas económico-políticos –democracia capitalista, comunismo, capitalismo de Estado– que no son otra cosa que un conjunto de instituciones mancomunadas más o menos armoniosamente.

A diferencia de otras creaciones humanas –una jarra o un automóvil, en donde sin embargo sí se materializan valores estéticos– las instituciones son cristalizaciones de los valores éticos imperantes en una sociedad, o, para ser más preciso, de los valores éticos de los grupos imperantes en esa sociedad, y están lejos de ser “éticamente neutrales”. Hay instituciones más o menos autoritarias, más o menos democráticas, más o menos transparentes u opacas, más o menos cuidadosas del equilibrio ambiental, orientadas a reconocer y satisfacer las necesidades y aspiraciones de grupos más o menos amplios de esa sociedad... Las instituciones no tienen conducta moral pero en cambio sí son el resultado y la cristalización de los valores de los grupos que integran esa sociedad, y sus efectos pueden ser examinados desde una perspectiva ética.

Por ello uno puede estar a favor o en contra de las instituciones, pero en cambio no tiene sentido hablar de ellas en términos de inferioridad o superioridad moral, pues cualquier juicio que hagamos en este sentido está formulado desde una particular y personal escala de valores. Decir que el socialismo es moralmente superior al capitalismo por estar basado en la solidaridad, es engañoso y equívoco, puesto que el verdadero contenido de esta afirmación es que, para la persona que afirma esto, la solidaridad es preferible a otro valor que está en la base del capitalismo, por ejemplo, el beneficio personal. Este juicio es tan respetable y discutible como su opuesto.

Ya Platón se había propuesto averiguar cómo sería la sociedad justa por excelencia, y tras sus pasos han caminado decenas y centenas de pensadores a lo largo de los siglos. Pero los sueños –o los delirios- de la razón, suelen engendrar monstruos, como lo demuestra el mismo ejercicio socrático y tantos otros que en la historia lo han seguido. En cualquier caso, no deja de ser sorprendente que un individuo se sienta en posición de definir a-priori lo que sería justo para todos los que integran la sociedad. Así, las instituciones dejan de ser el resultado tenso y siempre provisorio de la negociación entre diferentes grupos sociales y fuerzas políticas, para convertirse en el fruto de las convicciones, creencias y valores de un solo individuo. Por más filósofo e iluminado que sea, hay algo opresivo e inadmisible aquí.

En cualquier caso, los juicios sobre las instituciones y los sistemas económico-políticos deben de fundamentarse, no tanto en los valores sobre los que se basan estos en el plano doctrinario, ideológico o declarativo –en donde siempre abundarán palabras altisonantes como Libertad, Igualdad, Justicia, Solidaridad, etcétera–, sino sobre sus efectos en la vida de las personas. Y eso ya es harina de otro costal.
El beneficio personal o la solidaridad son valores legítimos en la esfera de la moral, es decir, en el ámbito de los valores que rigen u orientan la acción humana. Sin embargo pocos negarán que aún mejor es hacer coincidir el beneficio personal y el beneficio común o colectivo. Desde esta perspectiva, tal vez sí pueda hablarse de superioridad o inferioridad de los sistemas económico-políticos.

jueves, mayo 28, 2009

LA CIUDAD ES HERMOSA

La ciudad es hermosa
en la mañana

Cuando las muchachas
van a sus trabajos
frescas como frutas
y calzadas y edificios despiertan
acariciados por la luz

Las flores de la vendedora
estallan como soles
y la corbata mustia del oficinista
parece resignada a resistir

Hasta los perros callejeros
y los niños adictos
y los borrachitos
arrinconados en su desventura olorosa a orín
olvidan la muerte que sonríe
a sus espaldas
y paladean la dicha de existir

Parecería que la noche nunca
fuese a regresar
O que el bochorno de la tarde no acechase
a la vuelta de la esquina

Parecería que la bondad y la dicha
fuesen ilimitadas
y alcanzaran para todos

Por ello la ciudad
es hermosa en la mañana
Cuando duermes



Mayo, 2009

miércoles, mayo 27, 2009

CONSTRUCCIÓN Y DEMOLICIÓN DEL MITO DE LA EXCEPCIONALIDAD

Acercamiento a la literatura costarricense(1)

En su ensayo-novela titulado La gran novela perdida, historia personal de la literatura costarrisible (2007), mi amigo, el novelista, poeta y ensayista Carlos Cortés, coloca a su personaje principal -un escritor apellidado Méndez Linh-, dentro de un auditorio de la Casa de las Américas en Madrid, en el marco de un coloquio sobre literatura latinoamericana. A él le corresponde exponer su visión sobre la literatura costarricense, pero, angustiado, descubre de repente que no tiene nada que decir o comprende que nada que diga es importante o resultará relevante para su audiencia, y divaga y dubita antes de que le llegue el turno de exponer. Escuchémoslo:

“La literatura costarricense, sea lo que sea, como lo comprendí en este largo nanosegundo que intento narrar, es una de las formas consumadas y esotéricas del troskismo: debe haber unas 200 personas en el mundo, si me pongo pesimista, o mucho menos, si me las tiro de optimista, que han oído hablar de ella, de los cuales quizá unas 10 ó 20 saben más o menos lo que es. Forman una especie de logia extraterrestre o de cospiración secreta y, para mi inmensa fortuna, ninguno de los 200 –vamos a llamarlos así, los 200– que saben distinguir a Carmen Lyra de Carmen Naranjo o a Joaquín Gutiérrez de Joaquín García Monge, estaba en la sala y por tanto (yo) gozaba de una libertad irrestricta o casi para imaginar lo que se me viniera en gana sin que nadie pudiera contradecirme con algún grado de autoridad...”

Es probable que esto sea así. Pero, en cualquier caso, no es posible o no tiene sentido hablar de literatura costarricense sin antes ponernos mínimamente de acuerdo sobre lo que es Costa Rica, y también, quizás, acerca de lo que es y no es la literatura...

Muy a pesar de lo que muchos costarricenses piensan , me temo que no es posible hablar de Costa Rica sin ubicarla, a su vez, en el contexto hispanoamericano. La América hispana, como sabemos, es el resultado de la primera aventura colonial europea, quizás la más brutal y la más sangrienta. No viene al caso redundar aquí con datos sobre la magnitud de la matanza que significó la conquista y colonización de América, pero en cambio sí vale la pena traer a colación un aspecto menos conocido de la forma como los españoles llevaron adelante su empresa de conquista.

En su apasionante ensayo titulado La patria del criollo (1983), el sociólogo guatemalteco Severo Martínez Peláez explica que la inmensa mayoría de las expediciones de conquista que emprendieron los españoles en el Nuevo Mundo, se financiaban de manera privada pero se realizaban en nombre de la Corona. Es decir, socios capitalistas financiaban la expedición y obtenían de la Corona la autorización para adentrarse en tales o cuales territorios, sin otro afán que el de recuperar cuanto antes y con creces su inversión. Dicha recuperación se realizaba mediante la explotación de una mano de obra que parecía ilimitada y sobre la cual no existían restricciones. De ahí los millones de seres humanos que sucumbieron al trabajo en las minas y en las plantaciones. Posteriormente, cuando el padre Las Casas aboga por la protección de los indígenas ante la Corona y, tras la famosa “Controversia” con Sepúlveda se promulgan las llamadas “Leyes Nuevas” (1542) –en las que se limita o se prohíbe la esclavitud de los indígenas americanos–, se sella la suerte de millones de africanos que, en los siglos subsiguientes, serían reducidos a esclavitud y traídos a América en esa operación que los franceses, siempre elegantes, denominan ascépticamente “el comercio triangular.”

Como resultado de todo lo anterior, la Hispanoamérica colonial se estructuró como una sociedad rigurosa y profundamente racista, en la que los emisarios y administradores del poder colonial ocupaban el punto más alto y pequeño en la pirámide social, seguidos por los criollos –gentes de sangre europea nacida en América–, seguidos a su vez por los mestizos, y estos a su vez por los indígenas, mientras que los esclavos de origen africano ocupaban la base o el último peldaño de la pirámide social. El régimen colonial se prolongó en América por más de tres siglos y esta ideología –este pensamiento profundamente racista–, se decantó y asentó en la sociedad y en las mentalidades de los habitantes del Nuevo Mundo.

Durante todo el período colonial Costa Rica ocupó una posición marginal dentro del imperio español. Las mayores concentraciones de población indígena que había en el territorio fueron diezmadas y trasladadas para su explotación a otras latitudes donde existían minerales en abundancia, mientras que los indígenas de los bosques húmedos, cuya dispersión en la jungla es indispensable para su sobrevivencia, fueron reducidos con dificultad o se replegaron a las partes más altas de las montañas, imposibilitando en buena medida su explotación económica por los colonizadores.

Desde luego, la marginalidad y pobreza de Costa Rica no implicaba ninguna excepcionalidad en lo que a la organización social se refiere, y las mismas características de segmentación social con base en el color de la piel y explotación de mano de obra gratuita o semi-gratuita que prevalecieron en toda la América hispana, fueron pilares de la economía y la sociedad costarricense durante aquellos siglos. Sin embargo, como veremos más adelante, la pobreza colonial de Costa Rica se convertiría, con el tiempo, en una de las bases o piedras fundantes del mito de la excepcionalidad.

Tras las invasiones napoleónicas y la desintegración del imperio español en las primeras décadas del siglo XIX, la independencia llegó a Centroamérica, y a Costa Rica en particular, como algo que nadie buscaba ni quería especialmente. El filósofo hispano-costarricense de origen griego Constantino Láscaris sugirió, en un interesante ensayo titulado Historia de las ideas en Centroamérica (1970), que las élites centroamericanas que a última hora adhirieron a la independencia buscaban independizarse no tanto de la España imperial como de la España reformista y democratizante de las Cortes de Cádiz, con el fin de no comprometer su posición ni arriesgar sus privilegios.
En cualquier caso, los habitantes de aquellos territorios marginales, dejados de la mano de Dios, dudaban mucho de sus posibilidades de constituirse en repúblicas, como lo confirma el hecho de que una de sus primeras decisiones fuera adherir al imperio mexicano de Iturbide, o que durante cerca de dos décadas oscilaran entre la voluntad republicana y el proyecto de constituir la Federación Centroamericana.

No fue hasta mediados del siglo XIX, cuando el cultivo y el comercio internacional del café se habían extendido en el Valle Central de Costa Rica –donde está situada la capital y las principales ciudades, y que históricamente ha sido el centro geográfico, económico y político del país–, cuando la nueva élite económica apostó definitivamente por la independencia republicana... Esto ocurrió a mediados del siglo XIX.
Sin embargo, habrían de transcurrir todavía algunas décadas para que el incipiente Estado pudiera dotarse de las instituciones, mitos, héroes, cultos y leyendas necesarios para alimentar el sentimiento de unidad y de comunidad nacionales.

Las élites políticas de la América hispana enfrentaron la dificultad de crear naciones ahí donde no había pueblos, en el sentido de “comunidades histórico-culturales”, sino más bien los restos de un entramado colonial edificado sobre el racismo y la explotación multiseculares... Para lograrlo, las élites económicas, políticas e intelectuales que se dieron a la tarea de implantar el republicanismo democrático en los inmensos territorios del antiguo imperio español, tenían, básicamente, dos posibilidades: la primera era generarlo a partir de la referencia a un pasado común: somos los que fuimos... Esto fue particularmente efectivo en aquellos países que gozaban de un pasado prehispánico grandioso como México, Guatemala, Bolivia o Perú. Desafortunadamente tal construcción identitaria a partir de un pasado prehispánico dejaba por fuera a inmensos sectores de la población, que por su origen mestizo difícilmente podían identificarse con él.

La otra posibilidad de crear el sentimiento de comunidad consistía en apelar, no a un pasado común, sino más bien a un futuro común: somos los que seremos... En mi opinión, este es el origen de todas las ideologías del mestizaje en la América hispana, del arielismo de Rodó a la raza cósmica de Vasconcelos... Desplazando el eje de la identidad hacia el futuro, el potencial aglutinador de estos discursos parecía más amplio, aunque también condenaba al ostracismo a los pueblos históricos que sobrevivían en los intersticios de las nacientes repúblicas hispanoamericanas...

Las últimas décadas del siglo XIX fueron decisivas para la vinculación de la economía costarricense con los mercados internacionales a partir del comercio del café. La edificación de los mitos, leyendas, símbolos e instituciones de la incipiente nación, estuvo a cargo de una élite de militares e intelectuales de inspiración liberal.

Es durante este período, que abarca las últimas décadas del siglo XIX y las primeras del XX (aproximadamente hasta la Primera Guerra Mundial) cuando se publican en Costa Rica los primeros textos propiamente literarios. Se trata de crónicas y cuadros de costumbres publicados sobre todo en diarios, en los que un grupo de intelectuales y escritores –varones todos ellos, desde luego– estrechamente vinculados con los políticos liberales a los que hice referencia antes, miran con distancia irónica las costumbres populares, evocan con nostalgia un pasado heroico por su austeridad y pobreza o advierten y ejemplarizan sobre los riesgos y peligros del dinero y la modernidad.

Los ideólogos, intelectuales y escritores del liberalismo tuvieron a su cargo la tarea de delinear en forma literaria al mito de la excepcionalidad costarricense y constituyen los primeros “clásicos” de nuestra literatura. No obstante, no afirmo que el mito de la excepcionalidad sea de su entera invención, sino más bien que les corresponde a ellos por primera vez dar forma y expresión literaria a una serie de imágenes, creencias y mixtificaciones que existían previamente en el imaginario de una parte de la población del país, y que serán sucesivamente recreados e impugnados por las siguientes generaciones de escritores e intelectuales.

El mito de la excepcionalidad es, pues, dinámico, se adecua y transforma a las diferentes épocas históricas y, como cualquier mito, debe tener cierto asidero en la realidad para ser verosímil y eficaz. Componentes principales del mito son la creencia en un pasado idílico común, igualitario en la pobreza, democrático en la austeridad y el trabajo, así como también la uniformidad étnica o racial o –dicho más sencillamente- la “blancura” de la población. En la versión liberal y oligárquica del mito, los sujetos de ese pasado austero son criollos y españoles, hidalgos asentados en la más pobre y olvidada provincia del imperio español, mientras que en la posterior versión socialdemócrata del mito, los sujetos y protagonistas de ese pasado heroico son labriegos sencillos, campesinos que enfrentan con valentía y honestidad un medio hostil... Ya en 1939, la gran escritora Yolanda Oreamuno hablaba con punzante ironía del "mito religioso de la tierra muy repartida, la casita pintada de blanco y azul y el pequeño propietario de chanchos y gallinas que lleva al cuello un pañuelo colorado". Además de estos componentes, el mito de la excepcionalidad comprende elementos relativos al carácter pacífico de la gente, a la estabilidad democrática del país y, más recientemente, a la riqueza ambiental y ecológica y a la belleza del territorio.

Estos rasgos o componentes identitarios de la sociedad costarricense surgieron en el decurso de los siglos de la dialéctica entre la mirada propia y la mirada de los otros –viajeros europeos y norteamericanos de paso por Centroamérica– así como también, desde luego, de la autoconciencia y de la interacción con gentes de las demás naciones centroamericanas. Asimismo –y esto lo aventuro como hipótesis– el mito de la excepcionalidad surge también como rasgo compensatorio de la insignificancia del país. Somos insignificantes pero excepcionales: somos la Suiza Centroamericana.

El apogeo del período liberal coincide con el ascenso de los Estados Unidos como potencia mundial, tras la guerra hispano-norteamericana de 1898 y las sucesivas intervenciones militares estadounidenses en países de la región, particularmente en Nicaragua. Así, las élites liberales costarricenses quedaron atrapadas en una suerte de contradicción entre su adhesión al progreso, a la ciencia y a la modernidad –encarnada todavía en Europa pero cada vez más en los Estados Unidos–, y la conciencia de que el dinero y la modernidad son, a su vez, una amenaza para sus intereses, tradiciones y costumbres, pues como bien apuntaba Marx, en el capitalismo “todo lo sólido se desvanece en el aire...”

Es durante este período cuando se desarrolla y consolida el enclave bananero en la costa caribeña de Costa Rica. De hecho, el país será la cuna de la luego omnipresente –en la región– y todopoderosa United Fruit Company, que, como sabemos, será tema y motivo central de la producción literaria de autores posteriores.

Algunos nombres imprescindibles del período liberal son los de Manuel González Zeledón (1864-1936), mejor conocido como MAGON, autor de cuadros de costumbres desbordantes de ironía y de sarcamo, Aquileo J. Echeverría (1866-1909), poeta que en largos romances recrea e idealiza el carácter y el habla popular del “concho” o campesino del Valle Central, y Ricardo Fernández Guardia (1867-1950), cuentista, dramaturgo e historiador..., para mencionar solo algunos de los más representativos.
Por cierto que los autores de esta generación sostuvieron la primera –y una de las pocas– polémicas literarias que ha habido en el país, la cual sería conocida como la “polémica sobre el nacionalismo literario”, en la que debatieron sobre la posibilidad de desarrollar una literatura a partir de temas y motivos nacionales, teniendo como modelo o paradigma la literatura europea.

Además de crónicas y cuadros de costumbres, estos autores también publicaron volúmenes de cuentos, novelas y escribieron numerosas obras de teatro que se llevaron a escena en las salas de la capital. Muchas de ellas abordaban temas morales –especialmente relacionados con la sumisión de la mujer en el orden patriarcal, las amenazas y peligros de la sexualidad y otros temas similares–. Como señala con agudeza Alvaro Quesada Soto en su indispensable Breve historia de la literatura costarricense (2007), en los textos de los autores del liberalismo oligárquico “...la modernidad puede aparecer, por una parte, como signo de libertad y de progreso; pero también, por otra parte, como índice de la descomposición moral y social, de libertinaje o enajenación, como agente de ideas y costumbres exóticas que conducen a la pérdida de la identidad nacional.”

El período de oro del liberalismo costarricense termina abruptamente con la Primera Guerra Mundial, que trae como consecuencia inmediata el cierre de los mercados europeos para el café costarricense. La agonía del régimen liberal se prolongará durante varias décadas y no será hasta los años 40 cuando comience a perfilarse –dolorosa y conflictivamente, como ocurre siempre con los partos de la historia– un nuevo modelo o régimen de convivencia nacional. En este contexto se genera un clima de inestabilidad política –golpes de estado y revueltas de diverso tipo– y surgen nuevos movimientos sociales y políticos para canalizar las inquietudes y demandas de los sectores marginados o subordinados de la población.

El nuevo clima que agita al país y todas estas inquietudes encontrarán también un correlato literario. En los años 20 emerge un grupo de escritores e intelectuales que, bajo el liderazgo de Joaquín García Monge (1881-1958), conforman el llamado grupo Germinal. Además del propio García Monge –el célebre editor del Repertorio Americano, revista cultural de alcance e importancia continental durante las primeras décadas del siglo XX–, encontramos a pensadores como Omar Dengo (1888-1928) y a escritoras como Isabel Carvajal (1888-1949) quien, bajo el seudónimo de Carmen Lyra, se constituiría en un clásico –clásico infantil pero clásico al fin y al cabo– de la literatura nacional, con sus célebres Cuentos de mi tía Panchita (1920), en los que recrea y adapta al habla popular costarricense cuentos de la tradición oral americana y europea.

Los intelectuales del grupo Germinal tienen una sensibilidad muy diferente de la de los autores del pensamiento liberal oligárquico. García Monge escribe novelas de juventud en las que los protagonistas son seres humildes del campo o de la ciudad, precisamente aquellos que no tenían lugar ni voz propia en el discurso de los liberales, o que a lo sumo ingresaban en él vistos con irónica condescendencia. La mencionada Carmen Lyra es autora de la primera novela costarricense sobre el tema del enclave bananero, titulada Bananos y hombres (1931). Además de ampliar la representación literaria de lo nacional más allá de los límites del Valle Central –a donde permanecía confinada hasta entonces– esta novela y otras de sus coetáneos presentan en calidad de protagonistas ya no los hidalgos coloniales ni los simpáticos campesinos de la literatura liberal, sino a simples y explotados trabajadores agrícolas o a seres desarraigados que llegan a la ciudad en busca de futuro.

Como bien decía el escritor japones Kenzaburo Oe, “la segunda tarea más importante de la literatura es construir mitos. Pero la primera, y más importante, es destruirlos.” Y eso es lo que los escritores costarricenses han hecho durante más de un siglo: impugnar el mito de la excepcionalidad –componente central de la identidad nacional– confrontándolo con la realidad de cada época histórica.

Casi al mismo tiempo que los autores e intelectuales del grupo Germinal, irrumpen en la escena literaria otros escritores que, al igual que aquellos, publican sus obras durante las décadas de los años 30 y 40, en plena crisis de la república liberal. Entre estos autores –para mencionar solo a algunos pocos, de los narradores–, cabe destacar a José Marín Cañas (1904-1981), Max Jiménez (1900-1947) y Carlos Salazar Herrera (1906-1980). Marín Cañas y Jiménez son ante todo novelistas, Salazar Herrera es un cuentista extraordinario –cuentista de un solo libro, sus Cuentos de Angustias y paisajes–, en donde nuevamente los personajes principales son campesinos explotados y desheredados, sometidos a la violencia y muchas veces a la locura. Sus trabajos siempre me han hecho recordar, por la belleza de sus imágenes y por su atención y celo paisajista, a los del gran cuentista uruguayo Horacio Quiroga.

Por otro lado, si bien los novelistas Marín Cañas y Jiménez comparten con los autores del grupo Germinal una mirada profundamente crítica hacia su tiempo y hacia la sociedad costarricense, se distancian estética e ideológicamente de ellos: mientras García Monge y Carmen Lyra se acercan al naturalismo social y se vinculan en alguna medida con movimientos sociales y políticos emergentes, los dos últimos se acercan en sus obras a una estética expresionista –con imágenes exacerbadas y en ciertos casos tremebundistas– y evidencian un escepticismo sobre la condición humana del que carecen los primeros. Obras representativas de Marín Cañas son El infierno verde –que trata de la guerra paraguayo-boliviana del Chaco– (1935) y Pedro Arnáez (1942), y de Max Jiménez El domador de pulgas (1936) y El jaúl (1937).

La década de los años 40 se caracteriza en Costa Rica por una intensa conflictividad política. Reformas políticas y sociales impulsadas por el presidente de inspiración socialcristiana Rafael Ángel Calderón Guardia, desembocaron en una extraña alianza con el Partido Comunista y la Iglesia Católica. Todo este conflicto culminaría en la Guerra Civil o Revolución de 1948, como consecuencia de la cual el viejo orden liberal sería definitivamente barrido, y de donde emergería el Estado de Bienestar costarricense, también denominado Segunda República, de clara inspiración socialdemócrata o –quizás menos pretensiosamente– de inspiración roosveltiana o keynesiana.

En este ambiente social y políticamente agitado, comienzan a publicar sus libros una serie de autores que serán conocidos en la historiografía literaria del país como la generación del 40. A este grupo pertenecen Carlos Luis Fallas, CALUFA (1911-1966), Fabián Dobles (1918-1977), Adolfo Herrera García (1914-1975) y la ya mencionada Yolanda Oreamuno (1916-1956). A ellos se suma Joaquín Gutiérrez (1918-2000) –aunque publicó la mayoría de sus trabajos muy posteriormente– y podría añadirse también a Alberto Cañas (1920) y a Julieta Pinto (1922).

Estos autores pueden considerarse los “segundos clásicos” de la literatura costarricense. Casi todos centran su atención en la violencia y las contradicciones del mundo rural. Estéticamente se acercan a una concepción “realista” de la literatura –podemos hablar sin temor de un realismo social y en muchos casos, tomando en cuenta la vocación militante de los textos, de un realismo socialista–. Como dijimos, el problema agrario es el tema central de muchas de sus obras –en particular en el caso de Fallas, de Herrera García y de Dobles–. Mientras que Fabián Dobles aborda en sus cuentos y novelas el problema de los campesinos sin tierra o acosados por los latifundistas, Carlos Luis Fallas es célebre por su Mamita Yunai (1941), que aborda con desgarradora belleza el mundo de los trabajadores bananeros. Fallas, trabajador bananero él mismo en una etapa de su vida, se convertiría en uno de los principales líderes del Partido Comunista Costarricense, y toda su obra fue escrita con expresa vocación militante. Sin embargo, releída en el contexto de la post-guerra fría, su obra se perfila como un extraordinario mosaico de la vida, los sueños, los trabajos y sufrimientos de las clases populares o –como suele decirse ahora– de los “sectores subordinados” de la sociedad, durante la primera mitad del siglo XX. El habla, los valores, los sueños, los anhelos –y desde luego, “los trabajos y los días”– de dichos sectores, aparecen dibujados con diáfana belleza de zapatero y artesano.

Al igual que Fallas, Fabián Dobles también adoptó la militancia comunista y sufrió aislamiento y escarnio tras la derrota de su bando en la Guerra Civil de 1948. Joaquín Gutiérrez, por su parte, también adhirió la militancia comunista, pero estaba fuera del país para el momento de la Guerra Civil y vivió en Chile y en muchos lugares del mundo durante buena parte de su vida. La mayoría de sus obras están ambientadas en el entorno del enclave bananero, pero a diferencia de las de CALUFA, en donde los protagonistas son siempre trabajadores dotados de hermosa humanidad, en las suyas los protagonistas son siempre pequeños burgueses de la ciudad extraviados en un entorno hostil y ajeno, que viven como algo amenazante el mundo obrero y la diferencia racial y cultural.

Yolanda Oreamuno es caso aparte en el contexto de su generación y, en algunos aspectos, en la literatura costarricense. Autora de una única novela –La ruta de su evasión (1950)– centra su atención, no en los procesos sociales ni en el mundo rural, sino más bien en los procesos mentales y emocionales de sus personajes. La acción de su novela está ambientada en una ciudad anónima –ciertamente no se trata de San José– y, valiéndose de procedimientos narrativos hasta entonces inéditos en la literatura del país, dibuja el mundo opresivo y oscuro de una familia típica –es decir, patriarcal– de las clases medias. Incomprendida, se exilió en Guatemala al abrigo de la “década democrática” (1944-1954), país del cual adoptó la nacionalidad y, tras la caída del gobierno de Jacobo Arbenz, terminó sus días en México, en donde escribiría algunos relatos de deslumbrante intensidad.

Yolanda Oreamuno abre el camino de lo que me gusta llamar la “literatura del Yo” en Costa Rica, es decir, la literatura que tiene por tema no los grandes procesos sociales, sino más bien los procesos síquicos y emocionales de los personajes. En la “literatura del Yo” la distancia o el paradigma narrativo del realismo social se pulveriza, pues vemos el mundo “desde dentro” de los personajes.

A diferencia de los autores antes mencionados, los dos restantes miembros de la “Generación del 40” están vinculados con el bando ganador de la Guerra Civil: el Partido Liberación Nacional, de inspiración socialdemócrata, como fue dicho.

Alberto Cañas es un autor que, en la mayoría de sus obras, centra su atención en la vida y milagros de pequeños seres de la ciudad o de los pueblos del interior del país. Su mirada se asemeja mucho, muchísimo, a la mirada irónica con que los autores del liberalismo oligárquico se aproximaban a los campesinos. En su caso no puede hablarse de “costumbrismo” –ha pasado ya más de medio siglo– pero tiene en común con ellos su distanciamiento irónico.

Por su lado, Julieta Pinto es una autora muy tardía –publicaría su primera obra con más de cincuenta años de edad cumplidos– y en alguna de sus obras aborda el tema de la Guerra Civil de 1948 desde una perspectiva muy similar a lo que terminaría siendo el “relato oficial” del bando ganador sobre aquellos hechos.

Tanto Carlos Cortés como Alvaro Quesada Soto, en las dos obras mencionadas y que aquí seguimos en muchos de sus extremos, señalan la paradoja de que el naciente régimen “socialdemócrata” o la “Segunda República”, aún cuando disponía de intelectuales capaces de ofrecer una interpretación del desarrollo histórico del país, carecía de escritores –autores de ficción– capaces de dar cuerpo a esa visión.

De esta forma, en el curso de las décadas siguientes –señaladamente los años 50 y 60– el aparato cultural del Estado –creado o fortalecido por el propio estado de inspiración socialdemócrata– se encargaría de generar una interpretación de la literatura nacional para reafirmar y fortalecer sus tesis. Los ideólogos socialdemócratas habían acuñado la idea de la democracia rural como fundamento de la identidad y la nacionalidad costarricense. Esta democracia rural, como es fácil concluir., no es otra cosa que una reinvención o una actualización del mito de la excepcionalidad costarricense.

Para construir su canon o paradigma de la literatura nacional, el aparato cultural socialdemócrata debió servirse, irónicamente, de las obras de sus antiguos adversarios en la Guerra Civil: Fallas, Dobles, Herrera García y, en menor medida, Gutiérrez. Para hacerlo realizaron una lectura selectiva de sus obras, privilegiando algunas y dejando de lado otras que no correspondían o ponían en entredicho sus postulados.

Pues, aunque los autores de la generación del 40 adhirieran ideológicamente la Revolución y el marxismo–en diversos pasajes recrean el mito de la excepcionalidad costarricense.

Solo muchos años más tarde el escritor Alberto Cañas –vinculado, como ya se dijo, al grupo socialdemócrata– conseguirá dar expresión literaria a esa visión de la historia del país, en su novela postrera titulada Los molinos de Dios (1992).

Lo que podemos llamar “el período socialdemócrata” de la historia del país se extiende aproximadamente de 1950 hasta 1980, cuando la crisis financiera internacional y las políticas de apertura y liberalización a que dio lugar, pusieron en entredicho los postulados del “Estado de bienestar” costarricense. Dicha crisis, como sabemos , se prolonga hasta hoy. Además, coincide con el triunfo de la Revolución Sandinista en Nicaragua y con el apogeo de la insurgencia revolucionaria en los otros países de la región centroamericana.

Autores representativos de este período son, entre otros, Carmen Naranjo (1931), Samuel Rovinsky (1932), Fernando Durán Ayanegui (1939), Virgilio Mora (1935) y José León Sánchez (1929). Mientras que Naranjo, Rovinsky y Durán Ayanegui están de una u otra forma vinculados ideológica y políticamente al régimen socialdemócrata, Virgilio Mora y José León Sánchez son radicalmente ajenos a él. También podemos ubicar aquí a la cuentista costarricense de origen chileno Miriam Bustos Arratia.

En sus novelas Carmen Naranjo –también cuentista y poeta– reconstruye, mediante laberínticas introspecciones y recreaciones lingüísticas, el mundo de los burócratas y otros seres anodinos y desesperanzados que surgen de las entrañas de la nueva sociedad costarricense, cada vez más urbana, sometida ahora al bombardeo de poderosos y omnipresentes medios de comunicación masiva.

La vasta obra narrativa de Durán Ayanegui también comprende cuentos y novelas y resulta difícil de reseñar. Sin embargo, sobresale en ella una tendencia hacia lo fantástico y lo alegórico –lugares poco frecuentados en la literatura nacional. Por su parte, el escritor Samuel Rovinsky combinará en su trabajo la producción literaria –cuentos y novelas– y la producción dramatúrgica. En general, todos centran su atención en el mundo urbano de las clases medias, aunque la perspectiva y los énfasis difieran.

Como señalan con agudeza Margarita Rojas y Flora Ovares en diversos ensayos –entre ellos uno titulado Peregrinos y errabundos: la narrativa contemporánea en Costa Rica (1998)– “La narrativa de las décadas 1960 y 1970 se encierra en el espacio restringido representado en la casa, después de haberse abierto en la literatura anterior desde el Valle Central hacia la totalidad de la geografía nacional. (...) Entonces, integrada al contexto de la ciudad cada vez más despersonalizada y riesgosa, aparece la casa como último reducto del idilio. Pero este asilo también se ve amenazado por el paso del tiempo, por la historia. Ya no alberga relaciones armoniosas ni el cambio de las generaciones, sino el odio y el conflicto entre los miembros de la familia.”

Aunque de circulación limitada y poco visible durante esas décadas, es, quizás, en la obra de José León Sánchez y de Virgilio Mora donde encontramos la literatura más interesante de ese período. Sánchez es un autor satanizado por haber sido vinculado, desde niño, con el robo del sagrario de la Virgen de los Ángeles –ícono religioso del país–, y por haber publicado en prisión su primera novela, en la que recrea su experiencia penitenciaria: La isla de los hombres solos (1963). Además, él es el único autor costarricense cuya literatura tiene un carácter decididamente popular –en el sentido de estar dirigida al gran público- y que cuenta con varios “best-sellers” de carácter internacional, sobre todo en México. Obra suya es también Tenochtitlán, publicada en 1986, bastante antes del alboroto del Quinto Centenario, en donde recrea el derrumbe del imperio azteca desde la perspectiva de los campesinos y las mujeres del pueblo, y que también tuvo un considerable éxito de ventas a nivel internacional.
Por su parte, Virgilio Mora publicó en 1977 su novela Cachaza, que entonces pasó desapercibida pero que luego ha sido reivindicada por la crítica académica como un punto de inflexión en la historia literaria del país. En ella el autor –psiquiatra de profesión– reconstruye los horrores de la vida de los internos en el mayor hospital psiquiátrico del país.

Incómodos e inclasificables, estos dos autores fueron excluidos del “canon” y de diversas interpretaciones de la literatura nacional, y no es sino mucho después de haber sido publicadas, cuando sus obras comienzan a recibir la atención de críticos y académicos.

La literatura del Yo o de la subjetividad, que había iniciado con Yolanda Oreamuno y que encontró continuidad en la obra de Carmen Naranjo, tendría un momento de apogeo en la promoción subsiguiente, que comenzó a publicar sus obras en los años 70. Nombres significativos de ella son Gerardo César Hurtado(1949), Rafael Ángel Herra (1943), Quince Duncan (1940) y Alfonso Chase (1945). En diversa medida todos están marcados por la cultura pop que eclosiona en los años 60 y 70. Duncan es además el primer narrador de origen afro-costarricense. En algunos de sus cuentos y ensayos recoge el legado de esta tradición, mientras en otros aborda asuntos propios de la época o de su generación. Además de narrador, Chase es también un poeta notable. Su obra narrativa comprende cuentos y novelas; mientras sus novelas tienen un carácter introspectivo y experimental –acorde con esto que hemos venido llamando la “literatura del Yo” – sus cuentos suelen tener un tono paródico y festivo y giran alrededor de grupos sociales emergentes en el paisaje urbano de las últimas décadas del siglo XX.

Gerardo César Hurtado es autor de numerosas novelas cerebrales y alambicadas, en donde la búsqueda y experimentación lingüística tienen un lugar preeminente.
Por su parte, Rafael Ángel Herra, aunque empieza a publicar sus obras más tarde que sus coetáneos, comparte con ellos cierta vocación experimental. Filósofo de profesión, sus libros ahondan en los problemas del discurso o bien plantean dilemas morales o filosóficos desde una perspectiva literaria.

En síntesis, la estética del realismo social que prevaleció a mediados del siglo XX quedó hace mucho atrás, pulverizada por esta narrativa “del Yo” o de la “subjetividad”, que gana progresivamente espacio conforme el siglo se precipita hacia su fin.

A principios de la década de los ochenta comienzan a publicar sus trabajos una serie de autores entre los cuales me incluyo. Esta promoción publicará sus primeras obras en el contexto del fin de la Guerra Fría, tras el colapso del bloque soviético. La globalización, las migraciones crecientes, la irrupción de las nuevas tecnologías de información y comunicación, la constitución de poderes paralelos como el narcotráfico y ascenso de la violencia civil, delinean el escenario social en el cual se desenvuelven.

Los primeros trabajos de esta promoción parecen estar en consonancia y dar continuidad a esto que hemos venido llamando “la literatura del Yo”. Tal es el caso de las obras de Oscar Álvarez Araya, de la primera novela de Carlos Cortés, o de la primera novela de Anacristina Rossi.

En el mismo ensayo de Margarita Rojas y Flora Ovares que citamos antes, ellas anotan que en los primeros trabajos de esta promoción “predominan los personajes derrotados, la violencia como forma fundamental de la relación social y la ausencia de salida antes los problemas vitales. A lo largo de sus páginas, deambulan individuos erráticos por un mundo al que no logran integrarse...”

Sin embargo, esta misma promoción se encargará de consumar la ruptura con la “literatura del Yo”. El primer camino para hacerlo, será una literatura que, en tono paródico o alegórico, desacraliza, cuestiona o se burla del mito de la excepcionalidad costarricense. Tal es el caso de las primeras novelas de Fernando Contreras Castro y de Rodolfo Arias Formoso y de alguna de mi autoría. Sin embargo, la ruptura más profunda con la “Literatura del Yo” se consumará mediante la irrupción de una serie de novelas de carácter histórico. Pionera de ellas –y para mi gusto, insuperada en este campo–, es Asalto al Paraíso de Tatiana Lobo, escritora costarricense de origen chileno nacida en 1939, quien por su edad podría vincularse más bien con la promoción precedente o incluso con la anterior. A ella la seguirían otras novelas de la misma autora y también de otras escritoras como Anacristina Rossi, con su saga histórico-política sobre el Caribe costarricense o, más recientemente, otras que abordan el conflicto de 1948, como Hasta encontrarnos de nuevo (2008), de Sergio Muñoz Chacón. En general todas ellas –y otras a las que por motivos de tiempo no me refiero aquí– vuelven a impugnar el mito de la excepcionalidad costarricense, sea ahondando en los intersticios y contradicciones de la sociedad colonial, como es el caso de Asalto al paraíso, sea haciendo algo similar con el enclave bananero de Limón –como en Limón Blues de Rossi– o en un momento particular de la historia del país, como en la novela de Sergio Muñoz Chacón.

En conclusión: aunque el mito de la excepcionalidad no encuentra expresión cabal en los textos literarios, toda la literatura costarricense puede leerse como un vaivén o un combate dialéctico alrededor de dicha construcción. Como anotara la historiadora del cine y la literatura María Lourdes Cortés en un ensayo publicado en 1999, “Podríamos atrevernos a decir, entonces, que toda la historia de la literatura nacional se mueve en esta tensión entre la creación y la creencia en un mundo idílico y feliz y su desmitificación.”

Los dos momentos centrales de creación o refundación de las instituciones políticas –el liberalismo de finales del XIX y la socialdemocracia de mediados del XX– se encargaron, ya de dar expresión literaria al mito –como lo hicieron algunos autores del período liberal en sus cuadros de costumbres y crónicas coloniales- o bien de construir un canon o un paradigma interpretativo en consonancia con él, como hicieron las instituciones culturales de la socialdemocracia (sirviéndose, para ironía del destino, de los textos de autores de filiación o inspiración marxista) durante los años 60 y 70 del siglo XX. Los autores que en los años 40 y 50 produjeron la gran narrativa agraria del país, jamás imaginaron que sus obras serían utilizadas para alimentar el mito de la excepcionalidad costarricense en su versión socialdemócrata. No sería hasta después, en las décadas de los ochenta y sobre todo de los noventa, cuando una nueva generación de escritores y escritoras impugnará con nuevos discursos, imágenes y argumentos, el conglomerado simbólico e imaginario de la excepcionalidad costarricense. Entre estas obras y autores, destaca un conjunto de novelas que reexaminan aspectos puntuales de la historia del país, así como otras obras que, a partir de la historia inmediata, tienden puentes entre la violencia política en la Centroamérica insurgente de los años 70 y 80 y la situación del país, o bien otras más que caricaturizando, parodiando o deformando la realidad, nos ofrecen imágenes alternativas a las del mito de la excepcionalidad.

Alejándonos del terreno de la vida pública y de los procesos sociales, vemos que el mito de la excepcionalidad también ha sido impugnado por el costado de la vida familiar, íntima o privada. Siguiendo los pasos de Yolanda Oreamuno, diversas autoras –y también algunos autores– han desnudado en sus obras la violencia opresiva y las limitaciones de la familia patriarcal. Entre ellos podemos mencionar María la Noche, de Anacristina Rossi, El expediente de Linda Berrón, los cuentos de la escritora Miriam Bustos, entre otros. En años recientes, la publicaicón de textos que exploran o reivindican prácticas o identidades sexuales alternativas –entre los que destacan José Ricardo Chávez, Uriel Quesada y Alexander Obando– puede interpretarse en este sentido.

Inscrita como está la literatura en el campo de las representaciones y de los discursos, no es posible, en el caso de la literatura costarricense, entenderla sin hacer referencia a este mito fundante y fundamental de la identidad nacional: el mito de la excepcionalidad. La mayoría de la producción literaria del país, en sus escasos ciento y pico años de historia, debe leerse como un gran despliegue discursivo contra-hegemónico.

“¿Qué es lo que quiere decir el escritor y para qué? ¿Para qué y para quién?”, se preguntaba María Zambrano en su hermoso ensayo ¿Para qué se escribe? Y ella misma responde: “Quiere decir el secreto; lo que no puede decirse con la voz por ser demasiado verdad; y las grandes verdades no suelen decirse hablando. (...) Pero esto que no puede decirse, es lo que se tiene que escribir. Descubrir el secreto y comunicarlo, son los dos acicates que mueven al escritor.”

El gran secreto, lo que grita a voces la literatura costarricense, es la falsedad del mito de la excepcionalidad, piedra fundante y fundamental de la identidad de la nación. Quizás ello explique, en parte al menos, la marginalidad de la literatura en la sociedad costarricense, y la distancia y la desconfianza recíprocas que, salvo en los momentos de fundación o refundación de las instituciones políticas, han primado en las relaciones entre la clase política y los literatos del país.
(1) En la Universidad de Poitiers, enero 2008

jueves, abril 30, 2009

ACEPTACIÓN Y RENUNCIA

Vivir el presente exige de nosotros la aceptación incondicional y completa del pasado, de todo lo vivido, incluyendo nuestras cagadas y mierdas, hasta las irreparables. Solo a partir de una aceptación como esa somos libres para vivir el presente. Hasta las estirpes que han vivido Cien Años de Soledad tienen derecho a una segunda oportunidad sobre la Tierra, y la oportunidad está ahí, delante de nuestras narices, en todo momento. Solo es cuestión de tomarla, pero hacerlo implica al mismo tiempo una renuncia… Contrariamente a lo que piensan muchos, rechazar el pasado, o negarlo, es aferrarse a él. La única superación posible pasa pasa por la aceptación. Aceptación y renuncia: las antípodas se encuentran.

viernes, abril 24, 2009

MUJERES (Los días y sus dones, 1980-2001)

A los 20, hasta las feas son bonitas.
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Sólo las mujeres infelices pueden crearnos la ilusión de que, gracias a nuestro amor, podrían llegar a ser felices.
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¿Queres que te desee? Te desearé, pues, con lealtad de perro: inocente, intensa, fervientemente, pero luego no vengás a decirme que no entendés lo que me pasa, que te deje en paz, que todos los hombres somos iguales…
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¡Qué manera tan bonita de ser fea tenía ella!
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Hay mujeres que se ven a sí mismas como un pastel –y lo son.
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En el remolino de la calle cruzo una mirada con una joven mujer. Rápidamente ella baja la vista. ¿Se cierra a la penetración de mi mirada o acaso ese abandono, esa declinación, implica un esqui­vo asentimiento, la provocación de la debilidad?

sábado, abril 11, 2009

lunes, marzo 30, 2009

"Hay algo más que tiene el poder de despertarnos a la verdad. Son las obras de los escritores de genio. Nos dan, bajo el disfraz de la ficción, algo equivalente a la densidad efectiva de lo real, esa densidad que la vida nos ofrece cada día pero que somos incapaces de captar porque nos entretenemos con mentiras."

Simone Weil.

lunes, marzo 09, 2009

MUERTE (Los días y sus dones, 1980-2001)

No es lo mismo la vida que se apaga que la que se destruye o se niega.
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Las pequeñas esculturas que acompañan las urnas funerarias etruscas parecen decirnos: “Aquí yace uno que gozó la vida”. ¿Puede pensarse en algo más distinto de las esculturas funerarias de la cristiandad, con sus Cristos desgarrados y sangrantes? Sin embargo, hay en ambas idéntica exaltación unilateral, pues la vida es gozo y sufrimiento, plenitud y muerte.
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El ángel de la muerte vino a verme anoche. Posó su mano sobre mi hombro y me habló al oído.
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Como a la inmensa mayoría, durante la adolescencia me atormentó la idea de morir. No soportaba la idea de abandonar el mundo sin haber resuelto el enigma. Ahora admito sin rencor la justeza de la muerte.
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Me impresiona que la mayoría de la gente viva como si fuera a hacerlo eternamente...
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No es casual que el término panteón haya devenido en sinó­nimo de cementerio: para los cristianos, los muertos están junto al Dios, participan de su divinidad... Con sus muertos, cada quien forma su pequeño "panteón" personal; hombres y mujeres a quienes "la risa de los dioses" les está vedada, pero que sonríen frente a las desdichas de los vivos.
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Tener presente la muerte se llama lucidez.
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Hay un momento de la vida cuando el cuerpo se hace consciente de que la muerte es real, y esa conciencia nos da un sentido maravilloso de la intensidad del instante.
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Es preciso aprender a vivir como Damocles, con la espada sobre la cabeza. Todos estamos sentenciados pero solo algunos tienen la fuerza necesaria para no dejarse intimidar, y eso hace la diferencia.
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Postrado en su lecho de muerte, expresó que sólo deseaba “sentir un gran dolor y morirse de una vez…” Me he preguntado mucho por qué su deseo del dolor, y la única respuesta que se me ocurre es que temía morir sin darse cuenta; peor aún, estar muerto sin saberlo. De ahí su necesidad de un campanazo, algo que le indicara sin lugar a dudas que dejaba este mundo…
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Sólo de algunos dioses se ha dicho que son todopoderosos, pero de nadie, creo, podría decirse que no tiene ningún poder. Aún la más desvalida y miserable de las criaturas se tiene a sí misma, así sea para decidir si continúa o no viviendo.
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¡Qué inútil trabajo el de la muerte!

sábado, marzo 07, 2009

LA DIFERENCIA

- ¿Te gusta los Estados Unidos? -le pregunto al bello joven que conduce velozmente el pick-up amarillo, por las calles nocturnas de un dilatado suburbio americano.
Lo piensa un segundo antes de responder:
- Tenemos que aprender a amar la diferencia -me dice en español-. Para eso, es necesario (considerar) (remontarnos) a nuestra relación con lo extra-humano...
Hemos llegado. En el porche de su casa, me acuclillo y me abandono al llanto con la convicción con que lo hacía cuando niño. La convicción -me digo ahora- de que allá en el fondo encontraría algún alivio...

sábado, febrero 28, 2009

Redención y perdición

Tal como veo hoy las cosas, diría que solo hay dos tipos de historias: las que nos cuentan una redención y las que nos cuentan una perdición. Y, desde luego, aquellas que exploran ese territorio ambigüo donde ambas se superponen o entremezclan: la redención que nos pierde -Madame Bovary- o la perdición que nos redime -Don Quijote, el Jesucristo de los Evangelios-.

martes, febrero 10, 2009

Platón y los poetas

Mucho se ha dicho que Sócrates expulsó de su República a los poetas, pero menos se hace notar que, cuando su dialéctica flaquea y requiere de refuerzos para argumentar, acude a ellos, a los poetas, en busca de ayuda. Así, en Gorgias, cuando precisa demostrar la necesidad o conveniencia de actuar bien –es decir, acorde con la Justicia-, no le queda más remedio que acudir a Homero y a la escatología del Tártaro y las Islas Afortunadas para afianzar su argumentación. Por cierto que tal escatología sorprende por cuanto recuerda vivamente a la cristiana del Cielo y el Infierno, de modo que no hay duda de que estaba ampliamente diseminada por toda la cuenca del Mediterráneo y, según todo lo indica, se había originado en Egipto algunos siglos antes. Pero volviendo a los poetas, algo similar le ocurre a Sócrates/Platón con su doctrina epistemológica de la reminiscencia –tan próxima a la doctrina metafísico-religiosa de la reencarnación–, pues para apoyarla no puede más que recurrir a una oda –perdida- de Píndaro.

miércoles, febrero 04, 2009

miércoles, enero 28, 2009

sábado, enero 24, 2009

TRES

En el universo -no hay dudas de ello- la vida es un fenómeno infrecuente y más bien extraordinario. ¡Qué inmensa dicha ser parte de él!

La cibersociedad acerca lo lejano pero aleja de lo cercano.

Rara vez hay genio sin locura y locura sin genio. Su proximidad radica en que ambas nacen de la desmesura.