viernes, agosto 03, 2018

¿Cómo se le sube el volumen a esto?

Recupero de las bodegas olvidadas de mi computador este texto que mucho me gusta. No sé exactamente para qué lo escribí, pero por el título sospecho que lo hice para un conversatorio que organizaba en un café madrileño mi amiga Carolina León en el año 2011 o por ahí.... En fin, aquí va...

En su texto de invitación y motivación a este foro, las organizadoras escriben, entre otras cosas, que: “Todo lo que no es “normativo” es mirado por la literatura con condescendencia y, a menudo, paternalismo. El universo de la ficción está cantado por un coro de voces blancas, occidentales, capitalistas.” Imagino que esto está escrito a modo de provocación, pues desde luego no es cierto, o al menos es apenas una pequeña parte de la verdad...
Aunque sin duda existe cierta literatura que exalta las voces y discursos socialmente hegemónicos, la gran tradición literaria de Occidente -la única tradición de la que tengo alguna idea- se caracteriza más bien por su afán permanente de cuestionar, impugnar y contestar las voces y  discursos dominantes: el del padre, el del científico y el del sacerdote, entre otros. Quizás esto no fuera así en la Antigüedad clásica -donde la épica estaba llamada a exaltar las virtudes del héroe- pero desde mi perspectiva, esta es la nota principal y más sobresaliente de toda la literatura moderna, del Quijote en adelante.
La literatura es esa anomalía que emerge de los resquicios, agujeros, contradicciones y vacíos de los discursos normativos y echa ahí raíces; son -por decirlo de alguna forma- “las otras voces” del sujeto que pugnan por  manifestarse, que reclaman existencia y reconocimiento y, de esa forma, denuncian -aunque sea indirectamente- la naturaleza opresiva del poder que nos constituye y somete. En el mundo occidental, la literatura ha sido, por definición, el espacio de la disonancia y la disidencia. Y esto no solo en el occidente capitalista, también en lo que fuera el mundo socialista y en los tristes rincones que de él subsisten. Cervantes, Moliére, Dickens, Dostoievski, Baudeliére, Balzac, y de ahí, el siglo XX con su interminable sucesión de “ismos”, cada uno contestación de lo normativo y dominante precedente, incluyendo el “ismo” anterior. Aún algo que hoy nos parece tan inocuo como el modernismo dariano resulta, considerado en su contexto, una impugnación subversiva del utilitarismo y del positivismo  entonces imperantes.
Dicho lo  anterior, es necesario, desde luego, matizarlo. Pues la literatura es y ha sido esto, pero ha sido y es también vehículo y canal para las voces, discursos y mandatos del poder. Más aún, diría que la gran literatura -al menos la que considero así- suele dar espacio a ambos y convertirse en un escenario donde se representa su coexistencia e incesante pugna. Así considerada, una obra literaria es, al mismo tiempo, una representación de la realidad y una simbolización de la psique de quien la produce.
Se me dirá que una cosa es dar cabida o hacerse eco de las voces postergadas, reprimidas y negadas del sujeto, y otra cosa muy distinta  las voces postergadas, silenciadas y negadas de la sociedad. Esto esto es hasta cierto punto cierto. En tanto escritor, uno puede liberar sus voces negadas (pongamos por caso, las voces femeninas que me constituyen) pero no por ello las mujeres -ni mucho menos el “género femenino”- han liberado su voz y conseguido expresarse... Haciendo hablar lo que de oprimido y negado hay en mí, hablan los oprimidos y negados, pero mi palabra -por sincera y profunda que sea- no reemplaza a la nadie, ni la de otro puede reemplazar la mía.
De ahí la relevancia de que en el siglo XX las mujeres conquistaran, en buena parte del mundo, la posibilidad de expresarse literariamente sin que los hombres hubiéramos de prestarles nuestra voz (pienso en Emma Bovary), o de que en las últimas décadas emergieran en algunos países de América Latina creadores e intelectuales de pueblos sojuzgados durante siglos. Nadie puede usurpar la voz de nadie pero, por otra parte, todos hemos sido y somos usurpados por las mismas voces. De esta forma, la literatura profundiza en los intersticios del yo, pero revela al mismo tiempo su carácter ilusorio y fantasmal.  
Pero ¡atención! También aquellas personas sometidas a una condición de subordinación o servidumbre están constituidas y atravesadas por las palabras, mandatos y discursos del poder hegemónico, y aquellos socialmente dominantes y poderosos están sometidos a servidumbre y subordinación a la ley que representan,  y obligados por tanto a acallar impulsos, deseos y voces que los constituyen. De esta forma, ni el origen ni la condición social de una persona significan nada literariamente hablando, contra lo que defendían los comisarios de los soviets y defienden aún hoy muchos “espíritus exquisitos”.
Subir el volumen a alguna de las muchas voces que nos constituyen implica, necesariamente, bajárselo a las otras. Entre otras exigencias, el arte de la narrativa consiste en hacer de la multitud de voces que nos constituyen –eco de los discursos sociales- un coro armonioso y orquestal... Poco importa si la música es dodecafónica, vanguardista, clásica o experimental... El arte es hacer algo comunicable con esa amalgama contradictoria y plural.