jueves, noviembre 19, 2020

EL CEIBO FURTIVO (Visiones de un cosmos autopoiésico)


 

He arrancado un mundo de mi pecho

para poder decir,

como el primer humano:

«¡Esto es!»

 

En este gran mundo,

¿quién amanece? Yo amanezco.

Canción tradicional bribri.

 

Oh, gran astro,

¿qué sería de tu felicidad

si no estuviéramos aquellos

para quienes brillas?

 

Friedrich Nietzsche

«Así hablaba Zaratustra»

 

 

 

Introducción

Durante la mayor parte de mi vida adulta he buscado algo que no sé qué es, presa de la incomodidad y el desasosiego, a menudo sufriendo sin comprender el motivo, como si caminara en penumbras sobre un piso irregular o inestable y por ello mismo rara vez pudiera relajarme o sentirme plenamente tranquilo.

          Es verdad que no han faltado momentos dichosos, muchos en soledad, en medio de la naturaleza, otras veces contemplando una pintura o respirando en un jardín, apreciando un edificio, escuchando música o mirando una película, leyendo o escribiendo un libro… También he sentido esa dicha en la plenitud gozosa del abrazo amistoso, en la hondura del encuentro erótico e, incluso, en la espejeante conversación con una persona desconocida.   Pero, tras la efervescencia del instante, reinstalado en el curso de lo que no puedo denominar de otra forma que “mi vida”, retorna aquella sensación…

        Hago un esfuerzo por acercarme a ella y alumbrar su oscuro rostro con palabras… Incompletud, precariedad, carencia, temor, inseguridad, insatisfacción, son las primeras que vienen a mi mente. Desde luego, ese sentimiento, esa sensación, permanece la mayoría del tiempo en la antesala de mi conciencia, velada por las tareas y las obligaciones, las rutinas y los mandatos que hacen de mí una persona más o menos “funcional”… Solo en ocasiones, cuando ese andamio cruje o se tambalea, asoma el sentimiento en toda su magnitud.

         ¿De dónde viene esa incomodidad, esa insatisfacción? ¿No basta acaso con estar vivo? (En mi caso, además, sin padecer mayores incomodidades ni privaciones, hay que decirlo…) ¿No es acaso la Tierra nuestro hogar, nuestro sitio en el universo, así sea de manera temporal o transitoria? ¿Acaso esa precariedad, esa insatisfacción, esa sensación de inestabilidad y peligro es inherente a la condición de estar vivo?

          Tengo la certeza de que el sentimiento al que me refiero es compartido por muchas personas. Así lo confirman numerosas miradas que sorprendo en las calles, en la soledad de los parques, gestos fugaces y anónimos arrebatados al vértigo de los días, captados a hurtadillas. Así lo sugieren, también, numerosos relatos que leo en los libros o veo en los filmes, las letras de muchas canciones y poemas, el vértigo de armonías y melodías provenientes de todas las latitudes... Se trata de un malestar que Freud y muchos de sus contemporáneos en Europa entrevieron hace ya más de un siglo.

A menudo escucho voces de personas que aseguran conocer el remedio para mis males metafísicos, nunca mejor dicho. Dios, lo llaman, y al camino para llegar a él, lo llaman fe.    También yo he querido creer, he buscado abrazar una fe en algunos momentos de mi vida, pero a pesar de mis deseos, la revelación no ha ocurrido.

         Desde luego, no pretendo carecer de toda fe, de alguna fe. Y no me refiero sólo a las pequeñas creencias que nos ayudan a vivir día a día –no sufriré un accidente ni caeré enfermo de gravedad; no sobrevenderá una catástrofe inesperada que aniquile el planeta ni me abducirán alienígenas degenerados–, sino también a ese confuso, voluble e impreciso sistema de creencias que llamamos “cosmovisión” o “visión de mundo.”        

Para bien y para mal, la cosmovisión o visión de mundo que heredé y en la que me formé es la de la llamada modernidad occidental, estrechamente relacionada con la revolución científica y tecnológica que se originó en Europa en los siglos XVII y XVIII, con el desarrollo de la física newtoniana y, más atrás, con la llamada “revolución copernicana” que colocó al sol en el centro de nuestro sistema planetario. De Europa se expandió a los Estados Unidos y al resto del mundo por medio del colonialismo político, transformando el planeta a una velocidad y a una escala hasta entonces desconocida. Esa visión de mundo está estrechamente relacionada con el capitalismo moderno y con la democracia como forma de gobierno en Europa y en los Estados Unidos; con las sucesivas revoluciones industriales y tecnológicas; con la configuración de un sistema económico y político de alcance planetario cada vez más integrado; con las dos mayores conflagraciones bélicas que ha sufrido la humanidad y con muchas, o casi todas, las de escala más reducida en los últimos siglos.  Junto a descubrimientos científicos sorprendentes y desarrollos técnicos innegables, ha sembrado miseria, destrucción y confusión en todas partes, pero muy particularmente en los países y regiones colonizados por ellos. Como observara con agudeza la pintora guatemalteco-alemana Nan Cuz, “…cuanto más intensa la luz, más oscuras las sombras que arroja.”

Aunque expulsó a la Tierra del centro del sistema solar, esta cosmovisión colocó finalmente al Hombre -más que a la Mujer, desde luego- en el centro del universo. El cosmos, desde siempre sagrado y en estrecha relación con el origen y los destinos humanos, se convirtió, al cabo de pocos siglos, en un desierto de dimensiones inconmensurables, pero carente de sentido... La naturaleza y los restantes seres vivientes del planeta, fueron poco a poco reducidos a la mera condición de “objetos”, de “cosas”. Como el Rey que encuentra el Principito en su viaje interestelar, la especie humana es hoy soberana de un planeta que nadie más habita, de una “Tierra baldía”, como profetizó T.S. Eliot.

Paralelo a la cosificación del mundo, corrió la cosificación de los animales e, incluso, de los seres humanos, aunque por un resto de decoro esto no lo admitan públicamente los defensores del estatus quo. Por último, todo indica que estamos en trance de deificar a las cosas. Es profundamente significativo que el pueblo bribri, en Costa Rica, asimilara el Dios de los extranjeros a su "deidad de las herramientas". Para ellos, nosotros rendimos culto al "dios de las herramientas"; habida cuenta de nuestro modo de vida, no parecen andar muy desencaminados. La profecía marxista de los fetiches coincide plenamente con la del Popol Vuh: “Y se pusieron todos a hablar: sus comales, sus ollas, sus piedras de moler. Todos se levantaron y les golpearon las caras.”

Tras la “muerte de Dios” certificada por Nietzsche, pero ejecutada metódicamente con antelación en los laboratorios de las ciencias y las cátedras filosofía moderna, la especie humana devino en la única fuente de sentido para sí misma y para el resto del universo. Esta cosmovisión -y la episteme asociada a ella- han conducido a la humanidad a acuciantes encrucijadas que hoy parecen amenazar nuestro futuro como especie, la más evidente de todas, la ambiental.

Dichosamente surgen aquí y allá indicios de una nueva cosmovisión. Estos se advierten tanto en el campo de las ciencias, como en el de la filosofía, las religiones, la política y las artes. En las páginas que siguen aspiro a sumar mis esfuerzos en esa dirección.  No pretendo decir algo que no haya sido escrito, pensado o imaginado antes por otros, pero sí aspiro a decirlo según lo comprendo, lo entiendo y lo sospecho en este momento.  Desde joven tuve el convencimiento de que lo importante no es tanto la novedad del hallazgo, como el deslumbramiento que produce el acto de conocimiento.

Desde luego, parto del bagaje de lecturas y experiencias de mi vida entera, en el curso de la cual he leído con curiosidad y devoción, con asombro y avidez, con indiferencia y hastío, a autores de diversas disciplinas de forma desordenada, intuitiva y nada sistemática.

La lista de deudas y agradecimientos es interminable, pero me siento particularmente afortunado por haber cruzado en mi camino con obras de Platón y Parménides, de Nietzsche y Alexánder Skutch, de Mircea Eliade y Henry Corbin, de Gilbert Durand y Marcilio Fisino, de Lao Tse y Hans Jonas, entre otros. Más recientemente han sido de gran utilidad algunos textos de Fritjof Capra, Ilia Prigogine, Richard Tarnas y Gary Lachman, así como también algunos artículos de Humberto Maturana y Francisco Varela sobre la autopoiesis y la biología de la intencionalidad. A esta larga y heteróclita lista habría que agregar algunas obras anónimas, pero fundamentales, como el I Ching, el Popol Vuh, la Biblia, los Evangelios Apócrifos, el Corpus Hermeticum, entre otras. El diálogo con algunas personas cercanas ha sido un estímulo  importante, entre ellas, mi esposa Laura,  mi madre, Leticia, y mis buenos y queridos amigos Jorge Jiménez, Dorelia Barahona, Silvia Castro, Andrés Marote y Gonzalo Elizondo.

Con todo, mis únicas credenciales son las ideas que aventuro y los argumentos con que las defiendo. En cualquier caso, lo que sigue no es un tratado ni un ensayo académico, sino una suerte de ensayo filosófico-poético, a la manera de los antiguos. Esta es la forma en que puedo y elijo representarme y explicarme el mundo, según mis conocimientos y mi entendimiento, en plenitud de mi madurez.   

Si la infancia es el amanecer de una vida, la madurez el mediodía y la vejez el ocaso, como dicta la tradición, durante la última etapa avanzamos de frente hacia el sol del poniente. A diferencia de lo que ocurre en la niñez, no hay sombras que enturbien la visión, pero sí el deslumbramiento de lo vivido y aprendido en el camino y del final que se vislumbra.

 

1

Antes no había nada, solo vacío.

Y lo vacío se infló como globo y se condensó como nube y adentro se desató una tormenta.

Llovió con rayería siete instantes seguidos. 

Para que la lluvia tuviera donde caer, se formó la tierra bajo el firmamento.

Y de la tierra nacieron valles y montañas donde fluyeron los ríos.

Y de los ríos surgieron los mares.

Y de su respiración nació el viento.

Pero faltaba el fuego.

 

2

Se atrajeron y repelieron las primeras partículas siguiendo su instinto, y se abrazaron tan estrechamente, en tan gran número se unieron, que el suelo que pisaban se hundió bajo su peso.

Pero no se precipitaron al abismo, pues en ese instante se inflamaron y les nacieron alas de fuego.

Y se elevaron los primeros soles que alumbraron el cielo.

  

3

En la inmensa oscuridad brillaron los primeros soles, las primeras estrellas.

Como luciérnagas se atrajeron e iniciaron una danza que todavía celebran.

Desde lejos, otros soles las imitaron e iniciaron su festejo.

           Y la noche se llenó de danzas y de fuegos.

 

4

Copularon las estrellas, fundiéndose y separándose y volviéndose a fundir, una vez y otra, engendrando cada vez nubes de polvo y gases que se comprimieron en planetas, cometas y asteroides, donde nuevas formas de la materia se recombinan y encuentran.

 

5

La memoria del relámpago habitaba los mares, los ríos y el viento, y los tres se unieron en el río de las nubes.

De ahí se descargó un relámpago sobre las aguas adormecidas.

Los elementos que la lluvia había precipitado del cielo se agitaron en lo hondo, se atrajeron y repelieron siguiendo apetencias más fuertes que ellos.

Y donde había dos, hubo seis. Y donde había seis, hubo diez. Y se multiplicaron los elementos.

 

6

A la deriva en los mares del espacio tiempo se trenzan y anudan los elementos.

A veces se asocian y complementan, otras veces se repelen y rechazan.

En su abrazo van constituyendo un “esto” que se distingue de un “aquello”, un “algo” que se distingue de un “lo otro”.


 

7

Las moléculas orgánicas se acoplan formando cuerpos cada vez más ricos y complejos.

Lo que no se atrae, se repele, es la primera ley que obedecemos.

Así se diversifican y polarizan los elementos.

Pero ahí donde se encuentran éstos, no es un medio indiferente y neutro, pues les aporta o les arrebata componentes.

Por eso, algunos elementos se pliegan sobre sí mismos, pero permanecen abiertos para intercambiar con su medio.   

 

8

Al principio se trata de intercambios tímidos, descargas y moléculas que atraviesan membranas tenues y todavía en proyecto como si brotaran de un sueño o de un deseo (que a menudo son lo mismo.)

Muchas fórmulas se ensayan, pero solo algunas logran su cometido.

¿Pero, qué sería de lo aprendido, si no fuese posible transmitirlo?

El cuerpo inventa la memoria y la memoria codifica al cuerpo para reproducirlo.

Así aparece el ácido desoxirribonucleico.

 

9

Esas entidades que lentamente toman forma en el hirviente océano del planeta, ya son formas vivientes.

El metano y el dióxido de carbono reinan en la atmósfera, pero ellas producen oxígeno.

El tiempo era entonces abundante -siempre lo ha sido-, y durante miles de millones de años, mientras la tierra se apacigua y enfría, son las únicas formas de vida.

Así, el oxígeno reemplaza al metano y al dióxido de carbono en la atmósfera, y la vida se transforma y prepara su nido.  

 

10

Pero reconsideremos lo sucedido.

¿Acaso esa necesidad de organizarse, palpable ya desde el inicio, no es señal o indicativo de algo? Atrevámonos a sugerirlo.

Y algo más:  lo que ha ocurrido obedece a un férreo determinismo, a inflexibles leyes inscritas en los elementos mismos, pero igualmente palpables son el azar y la indeterminación.

Así, el cosmos se conforma empujado por la férrea necesidad y jalonado por el puro indeterminismo.  

 

11

Ahora que nuevas formas vivientes colonizan el planeta, esto se percibe con más claridad: aunque su actividad sea puro reflejo, impulso y reacción, asoma un deseo de movilizarse con libertad: arriba, abajo; adelante, atrás; derecha, izquierda: la antesala de un sistema nervioso y de un cerebro capaces de organizar y dirigir conductas y comportamientos, aunque esos términos resulten todavía excesivos.

La naciente autonomía de lo viviente es una expresión del azar o la indeterminación.

 

12

Otra cosa importante ha sucedido: para lo viviente, el mundo se ha convertido en fuente de información.

Cada ser viviente instituye un “adentro” y un “afuera” y depende del medio donde se encuentra. Por eso, necesita representárselo con la mayor precisión que pueda.

En ese esfuerzo adaptativo, lo viviente desarrolla y diversifica sus sentidos, sus fuentes de información.

 

13

Dondequiera que haya vida, hay conciencia de un cuerpo y de un mundo donde ese cuerpo se encuentra. Los sentidos informan a la conciencia y la conciencia da formas al mundo.

El mundo de un paramecio no tiene colores, sombras ni sonidos, probablemente solo presión, temperatura y densidad, y en él existen partículas que incorpora, descompone y expulsa. Nosotros no existimos en su mundo ni él apenas en el nuestro.

El mundo de una babosa seguramente se compone de luz y oscuridad, humedad y sequedad, mensajes químicos y formas blandas que invitan a ser devoradas. A veces asoman sombras, y a veces la aniquilan.

¿Cómo se representa un murciélago a un humano? Sin duda, de un modo muy distinto al que este se percibe a sí mismo.  

Cada forma viviente integra en su mundo aquello que pueda resultarle útil o necesario.

(Es probable que, de todas las formas vivientes en nuestro planeta, el cielo estrellado solo exista en el mundo humano…)  

 

14

En las otras formas vivientes que conocemos, la conciencia parece estar permanentemente absorbida por el mundo. Los individuos tienen noción de ser, porque el mundo los hace conscientes con sus datos y estímulos. Los datos que obtienen del mundo presente los hacen conscientes.

Con nosotros es distinto. La conciencia humana recibe datos del mundo, pero también recibe y procesa imágenes surgidas de la conciencia. La conciencia se convierte en otra fuente de información para la conciencia. La conciencia se objetiva y se hace autoconsciente.

 

15

Muchos mamíferos sueñan cuando están dormidos, pero sus sueños se desvanecen tan pronto despiertan. Entonces su conciencia vuelve a absorberse en el mundo presente.

En nuestro caso, las imágenes de los sueños permanecen en la conciencia cuando despertamos y coexisten con los datos que la conciencia obtiene del mundo. De esta forma, la conciencia descubre que, además del mundo presente, algo más existe en el mundo: la conciencia misma.

 

16

         Además de las que nos traen los sueños, otro tipo de imágenes a veces asaltan a nuestra conciencia, dormidos o despiertos: las ideas.

          Hoy tenemos una idea muy equivocada de las ideas, pensamos que son palabras, conceptos, porque estamos totalmente imbuidos en la cultura escrita. Pero, ante todo y primero que nada, las ideas son imágenes que asaltan a nuestra conciencia y se imponen sobre los datos que esta recibe del mundo presente.

 

17

El lenguaje es la técnica de suscitar imágenes en la conciencia mediante sonidos. Primero, articulamos sonidos; luego designamos objetos, lugares, acciones y seres y, por último, los evocamos mediante imágenes sonoras.

La autoconciencia posibilita el lenguaje y, a su vez, el lenguaje potencia la autoconciencia. Una y otro solo son concebibles en especies gregarias como la nuestra.

 

18

Dondequiera que en el planeta haya fuego, los seres vivientes huirán, si pueden hacerlo.

           Pero hubo aquellos que, donde los demás huían, giraron sobre sí mismos y caminaron en sentido contrario.

Hicieron esto porque los torturaba el frío, porque habían experimentado el calor del fuego y porque “vieron” (en sueños, o tal vez “como en un sueño”) la imagen del fuego calentándolos.

El dominio del fuego señala el despertar de otra forma de conciencia en el planeta. Por primera vez, una forma viviente contradijo sus instintos y siguió una imagen, una “idea” nacida de su conciencia.

O las cavernas.

Nadie ha visto nunca a un primate refugiarse dentro de una cueva, ¿por qué lo hicieron los homínidos, seres de las praderas por excelencia?

          Porque en su conciencia alumbraron la imagen, la idea, de un refugio techado y cubierto. Así, mucho antes de desarrollar los medios tecnológicos para construirlos, se posesionaron de las cavernas.

Con el despertar de la autoconciencia asistimos al advenimiento de un nuevo grado de autonomía, de libertad, para lo viviente.

 

19

Si algo radicalmente nuevo ha irrumpido en la conciencia -una idea, una imagen, un sueño-, el continuo del tiempo se ha roto, instituyéndose un “antes” y un “después”, un pasado y un futuro. Las ideas y los sueños nos despertaron del sueño del eterno presente a la autoconciencia del antes y el después, del tiempo y la finitud.

Con el fuego y las cavernas irrumpió algo nuevo no solo en la conciencia, sino también en el mundo de aquellos seres. Así se inicia en nuestro planeta la antroposfera, la trans-formación del mundo por una forma de vida autoconsciente.  Desde luego, la antrosposfera está inscrita en el entorno de lo viviente del cual emerge.

Y si algo ha ocurrido una vez, puede volver a ocurrir, y seguramente ocurrirá de nuevo, tarde o temprano.

 

20

Podemos llamar inteligentes a las conductas de acercarse al fuego para dominarlo y calentarse con él y de buscar refugio en las cavernas, porque apuntan en un sentido, en una dirección: la emancipación de los determinismos del medio, la ampliación de la autonomía para lo viviente.

Pero no todas las ideas (o imágenes) que brotan de nuestra conciencia alcanzan su cometido, muchas son contraproducentes o simplemente fallidas, y las que no lo son, casi siempre deben perfeccionarse para lograr su propósito.

En el campo de las ideas, lo mismo que en el de la evolución adaptativa de las formas vivientes, asistimos a innumerables tentativas fallidas.

La especie humana es potencialmente inteligente, o, dicho de otra forma, la autoconciencia propende a la inteligencia.

 

21

           Por medio de las ideas y los sueños, las formas vivientes cobran conciencia de la conciencia como fenómeno en el mundo.

Llamemos “mente” a esa forma de conciencia que se desdobla para hacerse autoconsciente y descubrirse en el mundo.

De manera análoga a la conciencia, que integra los datos de los sentidos corporales y da formas al mundo presente, la mente integra y da formas a las imágenes y a las ideas que emergen de la conciencia y con ellas produce re-presentaciones del mundo.

La mente integra en forma de símbolos las imágenes que produce la conciencia. Los símbolos (y sus verbalizaciones, los mitos), son la síntesis que la mente ofrece a la conciencia para re-presentarse, es decir, para hacerse comprensible a sí misma y al mundo donde se encuentra.

           Cuando los cuerpos se hacen símbolo, danzamos.

            Y cuando los sonidos se convierten en símbolo, nacen la música y el canto.

            Danza, música y canto: las raíces del ritual.

 

22

El mundo con el que las formas vivientes se relacionan y en el que están inmersas nunca es indiferente, ajeno o neutro para la conciencia, está investido de valor y significado: una colonia de amebas prosperará en un medio favorable, pero sucumbirá en uno adverso. De la misma manera, cualquier representación elaborada por la mente presupone valoraciones  -aunque no las enuncie ni las haga explícitas.

Mundo y mente, mente y mundo, se implican recíprocamente.

No hay explicación sin implicación.

 

23

ALGUNAS FORMAS QUE EL ESPACIO Y EL TIEMPO ASUMEN PARA LA CONCIENCIA

(Los símbolos)

 

 

EL ESPACIO

 

 

EL TIEMPO

 

EL ETHOS

Adentro / Afuera

Inicio / Final

Seguro / Peligroso

Penetrante / Envolvente

Largo / Corto

Conocido / Desconocido

Unido / Separado

Permanente / Impermanente

Deseable / Temible

Desplegado / Replegado

Retorno / Retirada / Retorno

Acogedor / Hostil

Presente / Ausente

Constante  / Inconstante

Alerta / Distendido

Animado / Inanimado

Regular / Irregular

Similar / Diferente

Ingerido / Expulsado

Rápido / Lento

Auspicioso / Ominoso

Lleno / Vacío 

Ahora / Antes / Después

Agitado / Calmo

Único / Múltiple

 

Bueno /malo

Arriba / Abajo

 

Orden / Caos

Derecha / Centro / Izquierda

 

 

Adelante / Atrás

 

 

Claro / Oscuro

 

 

Caliente / Frío

 

 

Pesado / Liviano

 

 

 Grande / Pequeño

 

 

Abierto / Cerrado

 

 

Mucho / Poco

 

 

Completo / Incompleto

 

 

Creciente / Decreciente

 

 

Fluido / Denso

 

 

Único / Múltiple

 

 

Continuo / Discontinuo

 

 

Masculino / Femenino

 

 

 

 

24

                Si traducimos ese conjunto de formas en acciones o verbos según los sentidos que suelen adoptar en los símbolos y los mitos, y los agrupamos siguiendo un criterio de afinidad o proximidad semántica, encontraremos los siguientes

 

CONJUNTOS O COMPLEJOS ARQUETÍPICOS

(Los verbos del ser)

1- Emerger, Aflorar, Elevar, Irrumpir, Surgir, Penetrar, Manifestar, Expulsar, Romper, Afirmar…

2- Descender, Carecer, Faltar, Mermar, Languidecer, Extraviar, Perder, Envejecer, Perecer, Extinguir…

3- Desear, Demandar, Requerir, Urgir, Indagar, Preguntar, Llamar, Invocar…

4- Buscar, Enviar, Explorar, Viajar, Relacionar, Comunicar, Transmitir, Transferir, Vincular, Enlazar…

5- Encontrar, Descubrir, Hallar, Aparecer, Revelar, Conocer, Responder…  

6- Alojar, Acoger, Agregar, Capturar, Retener, Atrapar, Completar, Incorporar, Integrar, Juntar, Unir…

7- Nutrir, Alimentar, Absorber, Devorar, Ingerir, Engullir, Disolver, Disgregar, Desaparecer…

8- Oponer, Combatir, Contener, Resistir, Rechazar, Proteger, Negar…  

9- Separar, Ordenar, Distinguir, Aclarar, Organizar …  

10- Engendrar, Concebir, Gestar, Formar, Cristalizar, Crear, Inventar, Idear, Imaginar, Urdir, Elaborar, Construir…  

11- Regresar, Reunir, Volver, Completar, Crecer, Madurar…  

12- Propagar, Perdurar, Acumular, Diseminar, Persistir, Expandir, Conquistar, Reproducir…   

 

Desde luego, cualquier agrupación tiene siempre algo de arbitrario y algunos términos podrían encontrar cabida en más de un sitio; asimismo, el número de conjuntos podría reducirse o ampliarse según el criterio de quien intente el ejercicio.  

Los símbolos recogen la memoria de la conciencia, como el ADN recoge la memoria del cuerpo en su aventura planetaria: dioses y diosas, demonios e inframundos, cielos y héroes, simbolizan la epopeya de la vida y la conciencia.

Forzando, tal vez demasiado, la analogía entre el ADN y el mundo simbólico, podría decirse que estos doce conjuntos son las “letras” con las que se escribe la memoria simbólica de la vida en nuestro planeta, según la produce y registra la mente humana.

 

25

            La conciencia se representa a sí misma como luz, es decir, la conciencia aparece como luz en la conciencia.

          Por eso, entre otras razones, el sol y el relámpago ha sido desde antiguo símbolos de la divinidad.


                                                                    26

En el proceso cósmico, distinguimos un férreo determinismo que se manifiesta desde las primeras formas de la energía, junto a un eje de indeterminación que también se manifiesta desde las formas primeras de la energía (i.e. indeterminación cuántica.)

El grado de libertad de un átomo de hidrógeno es aproximadamente cero; el de una molécula orgánica, es prácticamente idéntico; el de las primeras formas vivientes, muy reducido…Parece difícil objetar que la conducta de un jaguar o de un mono araña son más “indeterminadas” (más libres, menos predecibles) que la de una zompopa, una estrella de mar o un árbol de jocotes.  Conforme las formas vivientes amplían su mundo y su conciencia, ganan autonomía, “indeterminación” y libertad.

 Con la autoconciencia, esa libertad se amplía, al punto que los seres humanos transformamos el mundo circundante en antroposfera. Esta transformación es evidencia palpable de la autonomía creciente de las formas vivientes…

               

27

      Desde las primeras radiaciones y energías producto de la singularidad en el origen de este Universo, pasando por las partículas elementales y subatómicas a los átomos de hidrógeno y carbono, en continua y progresiva diversificación, hasta las moléculas orgánicas que desembocan en la vida y la conciencia, y de esta a la autoconciencia orientada a la inteligencia, el cosmos genera formas entre el determinismo casi total de la energía y la autonomía (indeterminación) creciente de las formas vivas.  

En lo que resulta casi un juego de palabras, podemos decir que el uni-verso se di-versifica

 

28

           Lo propio de la mente es abstraer y relacionar. Partiendo de las experiencias de la conciencia individual y de contenidos transmitidos culturalmente, la mente abstrae y relaciona conceptos e imágenes. Abstraer es integrar: las experiencias se integran en conceptos más amplios, o bien en imágenes complejas pletóricas de significados.

           La mente establece relaciones entre esas abstracciones y con ellas elabora representaciones explicativas del mundo y de su situación. La teoría de la relatividad cumple, desde este punto de vista, la misma función que el poema babilónico o el relato bribri de la creación.

              Por su naturaleza abstracta, estas representaciones son intemporales. Aunque se originan en el espacio y en el tiempo, “existen fuera del tiempo” o, dicho con mayor sencillez, “el tiempo no las modifica ni las afecta.”

                El ejemplo más claro de esto son las formas geométricas. La idea de un triángulo equilátero, de una pirámide o de una esfera, es la misma siempre, y quienquiera, dondequiera y cuando sea que se las represente, lo hará en su mente de la misma manera.  Otro tanto puede decirse de la idea de Dios: un ser todopoderoso, creador del universo, es algo que cualquiera puede representarse en su mente, y quienquiera que lo haga, dondequiera y cuando quiera que se encuentre, alumbrará  más o menos la misma idea.

               Las ideas y las imágenes simbólicas de la mente son “intemporales”, “existen” más allá del espacio y el tiempo, pero son producidas histórica y culturalmente: como sabemos, la idea de un Dios único, todopoderoso y creador ex nihil del universo, no existía en la mente de los habitantes de América a la llegada de los conquistadores europeos, ni la idea de Huitzilopochtli existía en la mente de los españoles que conquistaron México, ni el concepto de los quarks en la de un científico europeo del siglo XVII.

De este modo, las ideas y los símbolos surgidos de la mente son intemporales,  pero al mismo tiempo son producidos y reproducidos histórica, cultural e individualmente.

 

29

          Retrocedamos en el tiempo y tratemos de ponernos en el lugar de aquellos homínidos (o aquellas homínidas) a quienes se les reveló la idea de utilizar el fuego para calentarse o de buscar refugio en las cavernas. Resulta fácil imaginar el estremecimiento y la conmoción que debió causarles esto.

Basta leer la autobiografía o la correspondencia de científicos, místicos y filósofos a lo largo de todos los tiempos, para encontrar testimonios de ese estremecimiento, del sentido de lo “inefable” y lo trascendente que tiene para la conciencia la revelación de las ideas y los símbolos, pues una cosa es acceder a ellos por la transmisión cultural, y otra muy diferente que “se revelen” directamente a la conciencia.  Por cierto que estas “revelaciones” suelen tener entre la vigilia y el sueño, cuando la conciencia no está absorbida por los datos de los sentidos corporales y puede abrirse a la captación de las ideas e imágenes surgidas de la mente. La experiencia de lo simbólico tiene siempre algo de revelación y es la fuente de todas las doctrinas -incluida la científica.

Por este motivo, las experiencias mentales de lo simbólico de un chamán siberiano, de un místico sufí, cristiano, budista o hinduista, de Sócrates, Parménides, Johannes Kepler, Juan Jacobo Rousseau o Niels Bohr, son muy diferentes en sus contenidos, pero igualmente verdaderas y auténticas.

 

30

La experiencia de lo simbólico es general para los humanos. Por tanto, con la misma certeza con la que puede decirse que la vida y la conciencia son fenómenos cósmicos, debe afirmarse que la mente y la inteligencia también lo son o, lo que viene a ser lo mismo, el cosmos es también un fenómeno mental.

          El proceso cósmico consiste en la producción permanente de formas mentales, formas vivientes, formas materiales y formas energéticas, a partir de las energías liberadas en la singularidad del origen.

El cosmos es un proceso de autoformación permanente.

               

31

           La interpretación que aquí esbozamos revela el proceso cosmológico como la producción permanente de formas que asumen grados crecientes de “indeterminación”, conciencia y libertad.   

Formas de vida más conscientes, más indeterminadas y libres que las autoconscientes, serían formas mentales de vida, que además serían formas plenamente inteligentes (a diferencia de las formas autoconscientes, que solo tenemos destellos o vislumbres de inteligencia.)

Si la forma humana coexiste en nuestro planeta con formas de vida no autoconscientes (y con todas las formas de autoorganización de la energía y la materia cósmica de las que surge la vida), ¿no es posible que, de existir formas vivientes con mayores grados de autonomía y consciencia, coexistieran, a su vez, con la vida autoconsciente?

Cabe preguntarse cómo percibiríamos nosotros esas formas mentales de vida en caso de que existieran. De manera análoga a lo que ocurre con el mundo físico, al que la conciencia da formas mediante los sentidos, seguramente nuestra mente le daría sus propias formas:

Si una doncella roza una piedra

¿qué siente la piedra?

¿Otra piedra?

 

                En efecto, a lo desconocido solo podemos representárnoslo por lo conocido.

 

31

           Si hemos interpretado correctamente lo que sabemos, para inferir de ello lo que ignoramos, el proceso cosmológico consiste en la producción de formas crecientemente indeterminadas, conscientes y libres, a partir de las energías liberadas en la singularidad del origen.

            El eje determinismo / indetermininación revela el proceso cósmico como un campo de tensiones o, dicho con mayor propiedad, como un campo polarizado.

            Sabemos que uno de esos polos es la energía, tal como la describe hoy la ciencia física, a saber, fermiones, bosones y demás partículas elementales informando la materia.  Casi todo cuanto ahí ocurre responde al más férreo determinismo, aunque lo indeterminado también encuentra cabida.

En consecuencia, el otro polo del campo cósmico lo ocuparía una fuerza en la que la indeterminación, la conciencia y la libertad alcanzarían su máxima expresión. Se trataría de una fuerza no física, es decir, no espacio-temporal, sino mental, que interviene y participa activamente en la constante in-formación del cosmos. (Tal vez, el aspecto hasta hoy inexplicado de la curvatura del espacio-tiempo obedezca a la naturaleza no espacio temporal, no física, de esa fuerza.)

Entonces, ante nuestra mirada maravillada, el proceso cosmológico se revelaría como la incesante producción de formas dentro un campo polarizado entre la pura energía y la inteligencia pura: energía e inteligencia se revelan, se conforman, se identifican y “re-conocen” en cada fenómeno cósmico.  

Más que de la causalidad o la causación como la entienden la filosofía y las ciencias, todos los fenómenos cósmicos seríamos el resultado de la conformación de esas dos fuerzas o principios en diferentes coordenadas de ese campo polarizado entre la energía y la inteligencia, entre el espacio-tiempo y la mente.  

No somos seres, sino aconte-seres en la gran manifestación del cosmos.

El misterio del que nada puede decirse, es la unidad original de energía e inteligencia y sus razones para manifestarse en el cosmos.

            

noviembre, 2020