viernes, marzo 08, 2024

MARIO SANCHO, «COMPAÑERO DE VIAJE»

Mario Sancho, en un retrato tomado de la Web

                                                                                                                                                                                                                                                       A mi padre.

Introducción[1]

Es finales de enero de 2024 y estoy leyendo por segunda vez en mi vida las Memorias de Mario Sancho. No puedo precisar exactamente cuándo las leí antes, pero fue hace muchos años. Disfruté aquella lectura juvenil, de la que apenas retengo la impresión de que Sancho fue un hombre muy crítico de la sociedad costarricense de su época, una especie de proscrito, idea que reafirmé después por algunas referencias en otras lecturas, en especial a uno de sus escritos titulado con ironía “Costa Rica, Suiza Centroamericana”, que vio la luz en 1935.

Emprendo la relectura tras haber concluido, hace un par de semanas, “Viajes y lecturas”, una selección de artículos, cartas y pequeños ensayos de su autoría, publicados por la Editorial Costa Rica (segunda edición, 1972). El libro me impresionó por la claridad de su pensamiento y la elegancia de su prosa, pero también porque, leyéndolo, tomé conciencia de que aquellos textos, publicados en diarios y revistas durante la primera mitad del siglo pasado, están exentos de la “microideología del especialista”, que decía Vasconcelos, y que los grandes asuntos de la política, la sociedad y la cultura de su tiempo, se abordan ahí desde una perspectiva amplia, sin sacrificar la profundidad.

Que el debate público estuviera informado entonces por textos como esos, me hace patente hasta qué punto ese debate desapareció en nuestros días bajo el polvo y el ruido de las redes sociales y la paupérrima calidad de casi todos los medios digitales, de un lado, y por la atomización temática en reducidos grupos de especialistas del ámbito académico, del otro.  Ciertamente, aquél era un debate restringido casi exclusivamente a hombres letrados, burgueses o aristócratas (aunque desde inicios del siglo XX habían aparecido órganos de prensa obrera y femenina), pero su calidad, “su altura” -como estilaba decirse entonces- me parece envidiable. Era, sin duda, otra época, que por contraste me ayuda a comprender esta que vivimos.

Mario Sancho nació en 1889, fue contemporáneo de mis abuelos. Lo mismo que ellos, Sancho pertenecía a la “buena sociedad” de la época, es decir, a las familias acomodadas e incluso oligárquicas que habían hecho fortuna y posición con el cultivo y la exportación del café, así como con la actividad política, pero a diferencia de mis abuelos, fue un “hombre de letras”. A diferencia de ellos, también, era oriundo de la ciudad de Cartago, lo que no es un detalle menor: “Nueva Cartago”, la capital provincial, fue asiento de los gobernadores y de las principales familias criollas durante el periodo colonial, y por ello tenía (y mantiene) fama de conservadora. Por otro lado, Cartago fue también el principal laboratorio del mestizaje y el mayor foco de irradiación de las migraciones internas que durante los siglos XVII y XVIII colonizaron el resto del país.

Tanto Mario Sancho como mis abuelos murieron mucho antes de que yo naciera: Sancho en 1948, sin haber cumplido 60 años, edad que yo ya superé. No obstante, cuando lo leo, no puedo evitar el sentimiento de que estoy leyendo a una persona mayor. ¿Será por el prestigio de los tiempos pasados, por la asociación inevitable que hago con “los mayores”, o será más bien que, por no haber procreado, hay en mí algo que no termina de madurar y me lleva a percibirme todavía como joven?

Mi ejemplar.

El ejemplar que tengo entre mis manos pertenecía a la biblioteca familiar. Con los años aprendí a distinguir en ella los libros de mi padre, de los de mi madre, no solo porque a veces los firmaban, sino también por sus temáticas. Este perteneció a mi padre, más inclinado a los asuntos históricos y políticos, mientras que mi madre era más adepta a los temas psicológicos y filosóficos en sentido amplio.

Aunque en la biblioteca familiar había cierta cantidad de literatura costarricense, eran en su mayoría libros de historia, también algunas novelas y colecciones de cuentos. De poesía costarricense, que recuerde, solo estaban la “Antología Mayor” y “Nosotros los hombres” de Jorge Debravo, y no creo equivocarme si digo que en aquellos estantes este era el único libro de memorias. El género no ha sido muy cultivado en Costa Rica, solo en años recientes el número de publicaciones de este tipo aumentó, aunque no siempre sus autores hayan tenido una trayectoria pública, como la tuvo, en cierto sentido, Sancho.

El ejemplar que tengo en mis manos fue publicado por la Editorial Costa Rica en el año 1961, y es el título número 4 de la Biblioteca de Autores Costarricenses. El libro fue escrito durante los últimos años de vida del autor y, de hecho, quedó inconcluso. Fue su viuda, María Larramendi, quien recopiló y editó el manuscrito y lo hizo publicar póstumamente.

Mi copia está en regular estado: la contratapa se ha desprendido y también una de las solapas, pero el papel es excelente, el diseño impecable y apenas he encontrado ninguna errata. Ignoro en qué año lo adquirió mi padre, pero en la guarda o página blanca del inicio, está escrita una parrafada con bolígrafo en la que él hace constar que le presta el libro a uno de sus buenos amigos, pero exige que se lo devuelva tras leerlo. La nota manuscrita está fechada el 2 de setiembre de 1978, el día en que mi padre cumplió 51 años; su tono jovial me lleva a pensar que seguramente ambos estaban ebrios. Que yo tenga el libro en mis manos es prueba irrefutable de que su amigo se lo devolvió después.

No recuerdo en qué momento me lo apropié yo, como me apropié de todos los libros de mi padre que me interesaban, conforme él fue envejeciendo, hasta desechar, tras su muerte, los poquísimos que aún tenía en su poder. 

La época.

La vida de Mario Sancho transcurrió en el horizonte histórico de lo que algunos estudiosos en Costa Rica  llaman “la República Liberal”, particularmente, su apogeo, crisis y disolución.

En aquellos años, el capitalismo triunfante se expandía como torbellino por todo el orbe, disolviendo los lazos de la sociedad señorial o patriarcal, como prefiera llamarse, mientras que en Hispanoamérica erradicaba los últimos vestigios institucionales del régimen colonial español. En Costa Rica, las reformas liberales impulsadas en el último cuarto del siglo XIX habían consolidado la liberalización de la propiedad y del comercio, impulsado la secularización de la sociedad, la instrucción pública, la electrificación y el saneamiento en los principales centros urbanos. Los cantos del Progreso hechizaban las mentes de las minorías ilustradas y expoliaban los cuerpos de los campesinos desposeídos. Los herederos de la oligarquía terrateniente -no solo cafetalera- gobernaban el país sin grandes contratiempos, en un ejercicio rutinario de política caudillista que solo de vez en cuando sufría tropiezos como la dictadura de los hermanos Tinoco.

La integración del país y, en general, de América Latina, a la economía internacional, se aceleraba y profundizaba, al tiempo que los Estados Unidos se erigían como la nueva potencia regional y despuntaba en el orden mundial: había pasado ya la época de “América para los americanos” y era la del big stick,  de la construcción del Canal de Panamá y del lanzamiento del modelo “T” de Henry Ford. Son los años de la Primera Guerra Mundial y del colapso de los imperios continentales europeos, que propiciará una nueva repartición del mundo. Los Estados Unidos intervienen militarmente en Haití, República Dominicana y Nicaragua, y Sandino se alza en las montañas de Las Segovias.

En Costa Rica, la oligarquía cafetalera y europeizante hacía construir el Teatro Nacional, que ilustra de maravilla sus aspiraciones y su visión de mundo, mientras en las tierras bajas del Caribe, Minor Keith consolidaba el enclave bananero que, con los años, le permitiría controlar el negocio de la fruta desde su cultivo, hasta su comercialización y venta en los mercados de Estados Unidos y de Europa.

Gigantescas multitudes abandonaban sus tierras ancestrales en Italia, Irlanda y España -entre otros países europeos que llegaron tarde o no llegaron del todo a la industrialización capitalista- y cruzaban el Atlántico huyendo del hambre y en búsqueda de mejores horizontes: caos, hambre, guerras, ilusiones y esperanzas en el vendaval de la industrialización y su impacto transformador en los campos y en las ciudades.

También en Hispanoamérica se hacían evidentes las limitaciones y contradicciones de la liberalización, en forma de amplios sectores de la población empobrecidos y hambreados. Para ellos no había un “nuevo mundo” al cual emigrar, pero en algunos países, Costa Rica incluido, se abría la colonización de nuevas tierras de cultivo cada vez más alejadas de los centros de población, desplazando y arrinconando aun más a los sobrevivientes de las poblaciones indígenas.

Es la época de la Revolución Mexicana y de la Revolución de Octubre en la URSS, y también aquí surgían organizaciones mutualistas y obreras, entre otros atisbos de un pensamiento crítico del liberalismo. En 1929 cundía pánico en la Bolsa de Valores de Nueva York y en 1931 se fundaba el Partido Comunista Costarricense, mientras en Europa Hitler y Mussolini consumaban su asalto al poder. Pocos años después, estallará en España la Guerra Civil, antesala y campo de pruebas para la matanza generalizada de la Segunda Guerra Mundial.

Impulsadas por una insólita alianza entre algunos sectores de la Iglesia Católica, algunos sectores de la oligarquía y del movimiento obrero organizado alrededor del Partido Comunista, a partir de 1940 en Costa Rica se ponen en marcha reformas sociales de profundo calado, como la promulgación de un Código de Trabajo y la creación de un régimen de Seguridad Social de financiamiento tripartito entre los empleadores, el Estado y los trabajadores.

El fin de la Segunda Guerra Mundial y el estallido de la Guerra Fría abren otro momento histórico e instauran un nuevo clima ideológico, en el que aquella alianza era inviable. Pronto estallará la Guerra Civil de 1948, a cuyo término las reformas impulsadas durante los gobiernos precedentes no fueron derogadas, sino más bien complementadas con algunas reformas de orden económico igualmente significativas, en particular, la nacionalización bancaria y del sector de la generación y distribución eléctrica. Con ellas y algunas otras, se termina de liquidar el viejo orden liberal. Precisamente ese mismo año de 1948 muere, a finales del mes de octubre, Mario Sancho.    

En este escenario general, sus Memorias son un vivo testimonio de la aguda visión del autor para captar algunas características, limitaciones y contradicciones de la sociedad de su época, pero también, como no podría ser de otra manera, un vivo testimonio de sus propias limitaciones y contradicciones.

Las Memorias.

El libro inicia con una vívida evocación del Cartago de su niñez --los últimos años del siglo XIX y los primeros del XX--. De esas páginas se desprende la impresión de que la Iglesia Católica continuaba ejerciendo una profunda influencia en la vida cotidiana de las gentes, a pesar de las políticas de secularización impulsadas durante varias décadas por los gobiernos liberales. “La entretención de noche para los chicos formales consistía en ir a los rosarios y sermones. Los mayores frecuentaban las tertulias, los garitos, las casas de cena y otros lugares peores. A nosotros, en aquella edad, nos llenaba la vida la iglesia; a nosotros y a cuantas almas beatas, que no eran pocas por cierto, alentaban en Cartago. No pasaba un momento sin ceremonias religiosas, algunas tan lúgubres que da frío de sólo recordarlas…” (p. 35) escribe Sancho, entre otros pasajes del mismo tenor, de los cuales entresaco uno que reviste, a mi juicio, indudable interés antropológico: “La Pasada de la Virgen ofrecía un aspecto indudablemente pintoresco, aunque dudosamente religioso. Además de las personas que llevaban por promesa piedras sobre la cabeza y de los niños vestidos de indios o de ángeles, salían en la procesión disfraces chocarreros e insolentes. Algunos, como el del Macho Ratón, no faltaban nunca”. (p.37)

La indicación puntual de la presencia del Macho Ratón -también llamado Güegüense- personaje de un drama escénico colonial de origen nicaragüense que, de acuerdo con la estudiosa Milagros Palma, representa el ascenso del mestizo en la sociedad colonial, en el Cartago de fines del siglo XIX, me resulta harto significativa, y no creo haberla visto antes.

Todo ello invita a reflexionar sobre la compleja relación entre los cambios institucionales impulsados desde el Estado -lo que hoy llamamos “las políticas públicas”-, y los cambios ideológicos, mentales o culturales.

“A pesar de venir de un familia harto conservadora y de haberse educado en la Guatemala de Carrera, o quizás por esos mismos dos motivos, era mi padre hombre de ideas liberales, entusiasta lector de Michelet, Quinet, Pelletan, cuyos libros y la Historia de la Humanidad de Laurent, La Fórmula del Progreso y los Discursos Parlamentarios de don Emilio Castelar ojeó mi curiosidad de muchacho, a hurtadillas de mi madre que representaba en silencio y con la austera dignidad de las damas de antaño la tradición católica…” (p. 19) La dualidad familiar descrita resulta harto conocida y casi podría considerarse estereotípica, pero encuentra aquí una hermosa expresión que vale la pena reproducir.

Sobre el despertar de su vocación literaria, poco nos cuenta Sancho, salvo la mención irónica a una intoxicación juvenil del “arielismo vagaroso y palabrero” de José Enrique Rodó y alguna otra a la influencia que para él y sus compañeros de juventud tuvieron los vibrantes textos cosmopolitas del guatemalteco Gómez Carrillo, aunque me parece que esta última se encuentra más bien en su “Viajes y lecturas”.

El terremoto que destruyó la ciudad de Cartago la noche del 4 de mayo 1910 se erige como un hito inevitable en su vida. Aunque él mismo se encontraba esa noche en San José, viajó a primera hora de la mañana siguiente a Cartago para dar con un panorama desolador. “Con dificultad habrá dos cosas en el mundo tan diferentes como el Cartago de antes del terremoto y el actual”, escribe (p.31). Para hacerme una idea de ello, solo puedo acudir a lo que ocurrió en Managua tras el terremoto de diciembre de 1974.

No deja de ser irónico que le haya correspondido a él y a uno de sus hermanos rescatar y poner a buen resguardo la imagen de la Virgen de los Ángeles, patrona de Costa Rica, del antiguo templo que amenazaba con derrumbarse. “El hecho de haber entrado a la Basílica de Nuestra Señora de los Ángeles en medio de tantos temblores y de que ni éstos ni el aspecto ruinoso del edificio pusieran miedo en mi alma; el acto de esperar a pie firme sobre la peana del altar a que mi hermano me alargara el resplandor, el manto de pedrería y el propio cuerpecito de piedra de la Virgen, pienso que debe valerme algo en el concepto de mis devotos coterráneos, y hasta ganarme indulgencias para mi salud eterna” (p. 77).

Breves pero elocuentes párrafos dedica el autor a su paso por la antigua Universidad de Santo Tomás, donde se matriculó en 1909 y se licenció en Leyes. En ellos deja patente la espantosa esclerosis escolástica en que se hallaba sumido ese centro de estudios en pleno siglo XX, su carácter de mera formalidad que los estudiantes de las clases pudientes debían cumplir, con miras a obtener un título que les abriera las puertas al ejercicio profesional y, sobre todo, de la vida pública.  Tomando en cuenta que el panorama era más o menos el mismo en todas las universidades de la región, se explica uno la fuerza arrolladora con la que se propagó pocos años después el movimiento reformista universitario de Córdoba, Argentina,  y su profundo y perdurable impacto en las universidades y en las sociedades latinoamericanas.

Tras licenciarse, Sancho cumple con el ritual del viaje iniciático a Europa, casi obligado para los señoritos hispanoamericanos de su época: París, la gran ciudad, sus luces deslumbrantes. Un año de vida diletante y libre, a cuenta de su familia en Costa Rica. Regresa al país en 1912, “intoxicado como se ve de ese terrible alcaloide que Darío llamaba la parisina” (p 96).

El correo de las brujas salva la distancia de cien años.

En una conversación telefónica le comento a mi madre, que tiene ahora 92 años, que estoy releyendo las Memorias. Ella también recuerda el ejemplar de la biblioteca familiar en mi poder y, tras un breve intercambio, la convenzo de que el ejemplar pertenecía a mi padre y no a ella. Menciona entonces “el caso de Mario Sancho”.

Desconcertado, le pregunto a qué se refiere con esa expresión. Me comenta entonces de un penoso asunto en el que Sancho se vio envuelto en su juventud, inclusive con graves implicaciones judiciales, del que su madre le comentó a ella en su lejana juventud, y como consecuencia del cual Sancho debió exiliarse del país. De entrada, la contradigo: aunque vivió muchos años en el extranjero, Sancho nunca fue un exiliado. Ella insiste en lo que le dijo su madre.

Entonces repaso un pasaje de las Memorias que me resultó oscuro: para las elecciones presidenciales de 1913, participan tres candidatos en la liza y Sancho compromete públicamente su apoyo a uno que resulta perdidoso. Consumada la derrota electoral, Sancho escribe: “De ahí a poco caí enfermo de cuidado y a esto siguió luego una página trágica y angustiosísima de que no quiero decir palabra. ¡Errores de la mocedad que tuercen y amargan el curso del destino!” (p. 107).

La lectura de estos párrafos me desconcertó. El capítulo siguiente inicia con estas palabras: “Mi carrera estaba truncada y mi vida deshecha” (p. 109) y yo interpreté que el autor se refería a la derrota de su candidato en las elecciones presidenciales, no al penoso asunto personal al que eludió referirse.  Las palabras de mi madre, o de mi abuela muerta cuando yo era un niño de siete años, arrojaban una nueva luz sobre ese pasaje de su vida.

El “exilio” mencionado por mi abuela, cobra pleno sentido cuando, a renglón seguido, Sancho emprende viaje hacia Guatemala, y más aún en las circunstancias atípicas en que lo hace: “El viaje lo hice en un barco costero que me llevó de Bluefields a Puerto Cortés, donde tomé una gasolina para Puerto Barrios. Ninguna travesía por mar ni por tierra me ha dejado un recuerdo tan indeleble como aquellos días pasados en la goleta de aquellos negros caimaneros, con un nicaragüense por único compañero inteligible, pues los demás no hablaban sino inglés…” (p. 109). Solo a la luz de estos hechos se comprende adecuadamente aquello de que “mi carrera estaba truncada y mi vida deshecha”.

Consigno estos detalles, pues solo la pequeñez de la sociedad costarricense, y un concurso de circunstancias fortuitas como el hecho de que mi madre estuviera viva cuando yo releía la obra, de que se lo comentara en nuestra conversación telefónica y de que ella por su parte recordara las palabras de su madre, proferidas más de siete décadas atrás, hicieron posible esta interpretación y me evitaron un equívoco

En Guatemala, Sancho encuentra a Darío “ya muy enfermo, muy triste y lleno de horror a la muerte, que a poco había de llevárselo en su León natal. Vivía Darío en una casa frente al Hospital de San Juan de Dios, vecindad que agravaba su necrofobia”. (p. 111) Abandona Guatemala tras sufrir ahí prisión, “dos días y dos noches de pesadilla en aquel antro de torturas que sólo el genio maligno y terrorífico de un Rufino Barrios puede haber concebido”. (p.110)

Pasa a El Salvador donde empieza a trabajar en la sección editorial de “El Diario”. Ahí “(…) estuve editorializando varios meses sobre cosas y personas de El Salvador de que no tenía entonces ni tengo ahora la menor idea. Aquel trabajo demandaba realmente un esfuerzo enorme, pues había que hacer prodigios de eufemismo y verdaderas proezas funambulescas para no incurrir en disgustos” (p.115).

Tras un breve paso por Honduras, recala en Nicaragua acogido por una influyente familia de Managua. “Este gentil amigo, ya muerto en una de esas luchas fratricidas que han asolado a Nicaragua, me hizo un puesto en su oficina. Mis deberes eran casi nominales: de tarde en tarde redactaba un informe o una nota que debía ir bien escrita. Así es que me sobraba tiempo para leer y pasear” (p. 123). Para entonces, Sancho ha cimentado ya una reputación como hombre de letras, de modo que es acogido por los escritores y los intelectuales del país.

Para ese momento los hermanos Tinoco ya gobiernan en Costa Rica, luego de que Federico Tinoco, ministro de Guerra del presidente González Flores, consumara un golpe de Estado el 27 de enero de 1917. En plena Primera Guerra Mundial, una profunda crisis social agitaba el país por la dramática disminución de las exportaciones de café. Para enfrentarla y, al mismo tiempo, hacer justicia, el presidente impulsaba una reforma tributaria que gravaría las rentas de los más ricos. Con el respaldo de los sectores oligárquicos (mis abuelos incluidos), Tinoco dio el golpe de Estado que inauguraría un régimen de 30 meses que jamás obtuvo reconocimiento internacional y que muy pronto perdió también el apoyo de algunos sectores que inicialmente lo respaldaron.

Como respuesta a la creciente oposición, los Tinoco instauraron un régimen de terror. Un relato convincente de ese periodo, puede encontrarse en la novela El Año de la Ira, de Carlos Cortés (2019), sustentada en una exhaustiva investigación documental y organizada en torno al asesinato del general Joaquín Tinoco, hermano del presidente espurio y hombre fuerte del régimen, el 10 de agosto de 1919.

El cobarde asesinato, a manos de un comando del ejército, de un pequeño grupo de sublevados que intentaban ponerse a salvo en Panamá --entre ellos el diputado Rogelio Fernández Güell y un hermano de Sancho--, decidirá a nuestro autor a asumir un papel más resuelto contra la tiranía. Así, funda en Nicaragua, donde todavía se hallaba, el diario “El Fígaro”, en cuyas páginas publica encendidos artículos contra el régimen costarricense y denuncia la complicidad de los liberales de Nicaragua.

A ese último país llegan pronto, con el propósito de organizar desde ahí una invasión que libere a su patria, un grupo de opositores al régimen. La eterna historia de los conspirados que, desde el exilio, preparan un alzamiento en su país, conoce aquí otro capítulo. El único militar con experiencia, un mexicano veterano de la Revolución, cae en el primer combate tras internarse los alzados en territorio costarricense. La tropa, por cierto, estaba compuesta en buena medida por mercenarios nicaragüenses, “hombres sin oficio ni beneficio, que en los países de historia evolucionaria llegan hasta a constituir una clase social: soldados de fortuna útiles únicamente, si así puede decirse, en tiempo de guerra y que en los intervalos de paz andan de aquí y de allá dando sablazos y suspirando por regresar al estado de guerra o, como se dice en Nicaragua, de volver al calanche” (p. 133).

Aunque la invasión militar acaba en fracaso rotundo, alienta a la oposición interna. No será, sin embargo, hasta el asesinato del hermano del presidente, que la dictadura se hunda, precipitando la huida del dictador y sus colaboradores más allegados hacia París, donde encarnarán otro episodio de la saga del dictador latinoamericano derrocado que envejece en su dorado exilio parisino.

Regreso a Costa Rica y nueva partida.

Pero el triunfo de la “Revolución del Sapoá”, como llamaron los protagonistas en su época a la fallida invasión desde Nicaragua, significará a la postre una amarga lección para Sancho, quien por fin regresa a Costa Rica y observa desconcertado como muchos antiguos adeptos al régimen tinoquista, que desertaron de él solo tardíamente, son nombrados ahora por el nuevo presidente en altos cargos, antes incluso que aquellos que lo acompañaron en la aventura revolucionaria. Tampoco se hace justicia con quienes perdieron bienes y familiares a manos del régimen. En fin, una amarga experiencia de la que Sancho nunca terminará de reponerse y a la que volverá muchas veces en las páginas siguientes.

Solo en este punto se aventura Sancho a emitir un veredicto sobre “el estado de descomposición social que existía en la República”, acerca de lo cual nos dice: “La aparición de los tiranos no es un fenómeno casual. Siempre viene precedida de serios quebrantos de la conciencia civil, y ya desde 1914 eran evidentes los síntomas de la relajación pública. La lucha, o más bien el juego político que se resolvió ese año, tuvo episodios que evocan las triquiñuelas de los jugadores de mala fe. Se hacían pactos entre los partidos que a las veinticuatro horas de firmados estaban ya traicionados”.  (p.144) Su mirada, pues, se enfoca en la degradación de las prácticas políticas de las élites a las que él y su familia pertenecen, es decir, su remedio apunta a la necesidad de una regeneración moral y una renovación generacional de estas élites.

Sancho sale mejor librado que la mayoría de sus compañeros de armas, pues, como ya se mencionó, es nombrado cónsul del país en Boston, Massachussets, a donde llega a finales de 1920 y donde, además de ejercer las funciones propias de su cargo, se inscribe en diversos cursos de letras y de inglés en la Universidad de Harvard.

Desde la lejanía, Sancho sigue la vida política del país, y dedica varios capítulos de sus Memorias a relatar pormenores y entresijos de los pactos partidarios mediante los cuales se manejan los asuntos electorales, bajo el liderazgo de los dos mayores caudillos de la época. “No parecía sino que este continuo barajar de los dos mismos valores políticos estaba dándole un nuevo sentido al precepto constitucional que garantiza la alternabilidad en el poder”, apunta con ironía, y agrega más adelante: “Entre extranjeros he oído, sin embargo, comentarios sarcásticos de este sistema. Repetidas veces me preguntaron amigos en Boston, y luego en México, cómo era posible que los costarricenses no nos aburriéramos de ser gobernados en esta forma tan monótona” (p. 172).

Al leer estos pasajes, no puedo menos que asociarlos con mi propia experiencia, pues durante la segunda mitad del siglo XX, ocurrió más o menos lo mismo, aunque entonces no se trataba de dos caudillos, sino de dos partidos o grupos políticos que, prácticamente sin interrupciones, se alternaron monótonamente en el gobierno.

No omite en esas páginas vehementes críticas a los gobiernos de la época, particularmente a sus políticas tributarias que, tras la fallida tentativa del presidente González Flores de gravar las rentas de los ricos -uno de los detonantes del golpe de Estado- no han variado nada. “La mayoría de los hombres afectos o desafectos al Gobierno hablaban mucho de política, pero de esa política menuda que se refiere a la consecución de puestos y granjerías; la otra, la que tiende a corregir yerros e iniquidades, no interesaba”. (p. 178) 

Además de su residencia y trabajo en los Estados Unidos, dedica varios capítulos a narrar sus viajes más o menos prolongados a España y México. Se trata de viajes fundamentalmente turísticos, que él y su señora -para entonces ya es un hombre casado- aprovechan también para conocer a algunas personalidades de las letras y las artes. El nacionalismo mexicano -estamos a inicios de la década de los años treinta-, lo impresiona… ¡Y cómo no! “México (….) ha reaccionado valientemente contra la manía europeizante, y logrado entrar en plena posesión de sí mismo. ¡Qué lejanos parecen los días de Don Porfirio, cuando si se iba a construir un teatro, había de ser en mármol de Carrara, traído a gran costo, aunque aquí abundase el tezontle, esa linda piedra volcánica de suave tono rojizo que ¡. atempera la demasiado luz de este ambiente y es una delicia para la vista” (p.211).

En abril de 1932 regresa a Costa Rica. Han pasado doce años desde que partiera a los Estados Unidos y casi veinte desde su primer “exilio” centroamericano, con la sola interrupción de una breve estadía en Costa Rica, tras la caída de la dictadura tinoquista. Su mirada sobre el país es casi la de un extranjero.

Sus impresiones iniciales son sumamente favorables. “El progreso era evidente. Por todas partes escuelas atractivas donde enseñan maestras también atractivas; caminos espléndidos, transitados día y noche por espléndidos autos. Un nuevo magnífico hotel a pocas varas del viejo magnífico Teatro Nacional (…) Lindos cines y casas de habitación, en fin, adelanto visible por doquiera” (p.211-212). Pero, en la misma medida en que lo impresiona y alaba el “progreso evidente” que encuentra, lo indisponen otras cosas: el crecimiento del aparato público, el que “el extranjero ha ido desplazando al nativo en la agricultura y el comercio” (p. 221).

Tan pronto se establece en su Cartago natal y retoma la vida cotidiana, concluye que, junto al progreso material que acaba de alabar, la mentalidad de sus paisanos apenas ha cambiado: “En el fondo todo seguía igual. Un poco más de ruido y de frivolidad en la calle, algún confort en las casas, mayor burocratismo en las oficinas de gobierno, pero la actitud espiritual era la misma, y las instituciones, al par que las personas, idénticas. Hombres y mujeres creían lo mismo que antes. El consumo de pan bendito, de candelas votivas y de agua de la Virgen era casi tan grande como en los días de mi infancia” (p. 229-230).

“Exasperado por el marasmo en que veía sumido al país, me impuse la tarea de combatirlo en la única forma en que me era posible: escribiendo artículos de periódico, cuyo acento de combate me sorprende ahora a mí mismo (…) El origen del mal, tal pensaba entonces, estaba en lo que llamábamos el viejismo político. Si se conseguía rejuvenecer los cuadros de gobierno, todo cambiaría” (p. 233). Pero las baterías de Sancho no se dirigen entonces únicamente contra los viejos líderes liberales, sino también contra la mentalidad y las costumbres de sus coterráneos. “Comencé entonces a darme cuenta de que el marasmo que yo pretendía circunscribir a las esferas oficiales afectaba al organismo entero del país” (p. 235). Así, llega a la conclusión de que el conformismo es el peor defecto que aqueja al país. “Tres cuartas partes del tiquismo consisten en creer que Costa Rica ha alcanzado el ápice de la perfección en lo que a leyes e instituciones se refiere, y que quienes hallamos defecto en ellas somos malos ciudadanos de una república idealmente organizada” (p. 236). Poco más adelante, anota: “Con todo, nada me valieron estas experiencias aleccionadoras y hube de cometer el disparate de intentar aguarles la fiesta a mis felices coterráneos” (p. 237). En la práctica, queda enunciado aquí el que será, en adelante, el principal cometido político de Sancho: desbaratar la imagen idealizada que de su país tienen sus coterráneos, de lo cual vendrá a ser pieza maestra el ya citado opúsculo titulado: “Costa Rica, Suiza Centroamericana”, que antes de ser publicado, lee como conferencia en emisión radiofónica.

Sancho dedica algunos capítulos de sus memorias a repasar los argumentos de aquella conferencia y a abonarlos con otros nuevos: la pésima calidad de la educación pública, el “enojoso formulismo” de los tribunales de justicia y la calaña moral de los leguleyos y abogadillos que medran de él, la institucionalidad política basada en líderes seniles y en partidos marrulleros, el clientelismo político institucionalizado, el retroceso operado durante los últimos años en cuanto a la secularización de la sociedad, etc., etc. “A los obreros tampoco les acreditaba inquietudes ni inconformidades, tal vez porque, viviendo en Cartago, el tipo de obrero a que estaba acostumbrado carecía de gustos que trascendieran del billar, del cine y de la cantina. Las pocas excepciones a la regla -ahora me doy cuenta- habían ingresado al Comunismo que, en aquellos tiempos, era casi un movimiento clandestino o subterráneo; y allá en sus células, catacumbas de una nueva religión política, comenzaban a desarrollar pasión por la lectura, aunque no fuera más que para leer obras de propaganda sectaria” (p. 249).

“Compañero de viaje”.

La fundación del Partido Comunista Costarricense en 1931 desata un clima de histeria anticomunista que Sancho critica con rabiosa ironía y del que él mismo llegará a ser víctima. “Quienes atribuyen el auge comunista a la desocupación se engañan si piensan que desaparecidas estas circunstancias desaparecerá lo que ellos creen su efecto. La crisis ha venido a revelarnos muchas injusticias y sordideces en que no habíamos parado mientes. Tales sordideces e injusticias estarán de hoy más por siempre presentes ante nuestros ojos” (p. 251).

Leyendo las Memorias, uno tiene la impresión de que la mirada crítica del autor se afirma y agudiza con el tiempo. Cuando en 1934 estalla la primera gran huelga en el imperio bananero de la United Fruit Company, Sancho no duda en denunciar las deplorables condiciones de vida de los trabajadores y respalda su exigencia de mejoras. Probablemente fuera el único liberal que se pronunció en este sentido en la prensa de la época, coincidiendo con la dirigencia comunista que estaba detrás de la organización del movimiento, y con otros intelectuales que, sin ser necesariamente comunistas, no pertenecían a la oligarquía liberal, como era el caso de Joaquín García Monge y sus compañeros del llamado “Grupo Germinal”.

Con amargura creciente, Sancho denuncia y critica el antisemitismo de las clases dirigentes costarricenses y su indisimulada simpatía por el ascenso del nazi fascismo en Alemania y en Italia, así como también las descaradas maniobras de los partidos oligárquico-liberales para invalidar la elección de los dos primeros diputados comunistas que resultan electos en las elecciones de 1934.

“Del experimento ruso -anota en sus Memorias, refiriéndose a aquellos días- no era permitido decir una palabra. Quien quiera que demostrara algún interés por el desarrollo industrial, o por el incremento agrícola, o por los métodos pedagógicos en práctica en la Unión Soviética, incurría en excomunión mayor. ¡Qué!, bastaba decir que Rusia tenía los ríos más grandes de Europa, para atraernos el dictado de comunista y la antipatía de las personas de bien” (p. 259), apunta con delicada mezcla de sarcasmo y amargura.

Su decepción de la política liberal se agudiza y su derrotero lo acerca poco a poco a los “compañeros de viaje” de los comunistas. El término, según parece, data de 1923, y se le atribuye a Trotski, quien acuña el término para los defensores del comunismo que se resistían a entrar en el partido comunista: “No consideran (los papuchiki) a la revolución como un todo, e ignoran el ideal comunista. No son los artesanos de la revolución proletaria, sino sus compañeros de viaje artístico. Con ellos se plantea siempre la misma pregunta: ¿hasta dónde irán?” (Ramón Chao, Los compañeros de viaje, El País, España, 15 de enero de 1981).

Coincidiendo con estos términos escribe Sancho en ese mismo año de 1934: “No soy comunista, ni lo he sido, ni quiero ser nada más que un hombre libre e independiente que dice la verdad de lo que piensa, y para esto no necesito partido. Celebré el advenimiento del Comunismo a nuestra liza política, sin que por eso estuviese dispuesto a suscribir integralmente a su doctrina” (p. 261).

La Guerra Civil Española.

Pero, sin duda, será el estallido de la Guerra Civil española lo que lo alejará irremediable y definitivamente de la sociedad política y literaria de su época y lo sumirá en el más profundo ostracismo y desencanto. 

El alzamiento franquista lo sorprende en Panamá. “Especialmente nos llevó a Panamá el hecho de estar allí, dando un curso de conferencias sobre la poesía castellana, León Felipe Camino, gran poeta español, gran espíritu ecuménico y gran amigo nuestro desde México” (p. 290). Felipe cae enfermo y Sancho lo invita a recuperarse en su casa en Cartago, pero el gobierno de Costa Rica niega al poeta español el visado de ingreso al país.

“Mucho sufrimos los amigos de la República -escribe-. Unas veces era porque la confabulación de los poderosos de la tierra contra un pueblo listo a morir con tal de luchar contra el privilegio y la iniquidad hería nuestros sentimientos de justicia; otras, porque el lavado pilatesco de manos de Ginebra y la infame alcahuetería del Comité de No-intervención de Londres, exasperaba el odio que a la mentira profesamos (…) Y nada nos causaba tanto dolor como la actitud de nuestros intelectuales (…) Un gran sector de la inteligencia nos miraba a la media docena de amigos de la República Española conocidos por nuestras aficiones literarias casi como apestados” (p. 306-307).

Sancho dedica un buen número de páginas a describir el clima de histeria reinante en el país, alentado y respaldado por la Iglesia Católica y las élites económicas y políticas, así como los inútiles esfuerzos de los escasos partidarios de la República por combatir la propaganda franquista. Pero “los costarricenses vivimos casados con nuestros propios prejuicios, sin permitirnos nunca la más pequeña infidelidad conyugal” (p.305).

Su posición cada vez más incómoda le granjea algunos problemas de orden laboral y acentúa su sentimiento de soledad y ostracismo. Apenas mantiene relaciones con Joaquín García Monge y con su amigo de niñez y juventud, el científico Clodomiro Picado. Manuel Mora, fundador y dirigente del Partido Comunista, le expresa su solidaridad, pero declina visitarlo para no alimentar el estigma de “comunista” que pesa sobre su figura.  Para combatir tal estigma, escribe: “No pertenezco a ningún partido, iglesia, logia, fascio, célula, ni siquiera a ningún club social o deportivo. Soy lo que en inglés se llama a free lance, un franc tireur y en nuestro vernáculo, un pizote solo” (p.339).

Profundamente desencantado ya de la política franco-británica en relación con la Guerra Civil española, su amargura con la “política de apaciguamiento” de esas mismas potencias en relación con el nazi-facismo es comprensible, y apenas lo sorprende el estallido de la Segunda Guerra Mundial en setiembre de 1939.

Desafortunadamente, aunque Sancho vivió todavía una década más, el dictado de sus Memorias se interrumpe en el año 1940, con lo cual nada sabemos acerca de su posición sobre las medidas de reforma social que se empezaron a introducir en el gobierno que resultó electo ese año, ni de la alianza que el partido gobernante suscribió con los comunistas y con la Iglesia Católica para impulsarlas y sostenerlas. No obstante, algún comentario al respecto deja entrever que su posición sobre estos acontecimientos era igualmente escéptica o abiertamente crítica, y es sabido que sus escritos alimentaron las discusiones de los jóvenes integrantes del Centro para el Estudio de los Problemas Nacionales, germen y fermento ideológico de la oposición a dicho régimen.

Omisiones y ambivalencias.

Percibo en las Memorias de Mario Sancho una constante y profunda ambivalencia hacia las instituciones, prácticas y valores propios de la república liberal oligárquica, que aquí son criticadas y allá ensalzadas o defendidas -en ocasiones, según la propia conveniencia-, así como también hacia las fuerzas ideológico-políticas que se organizaban buscando alternativas a ese modelo social.

Especialmente significativas me parece la ausencia de toda mención a las intervenciones militares estadounidenses en República Dominicana y, sobre todo, en Nicaragua, así como también a la lucha guerrillera del general Sandino y a la espantosa masacre de indígenas y campesinos en El Salvador, 1932, por tratarse de países vecinos, donde había residido y donde mantenía vínculos personales. Como se sabe, las guerrillas de Sandino en Las Segovias fueron objeto de importantes campañas de solidaridad internacional que tuvieron eco incluso en los Estados Unidos, donde se encontraba Sancho en ese momento.

Todo ello hace parte de la ambivalencia de Sancho hacia los Estados Unidos. Aunque, pensándolo bien, el término “ambivalencia” resulta excesivo. Si bien Sancho utiliza en algunas ocasiones el término “yanki” con matiz despectivo o irónico, o se refiere de esa forma a algún potentado de esa nacionalidad con intereses económicos en el país, no hay en las páginas de sus Memorias ningún esbozo de valoración comprensiva sobre el papel de los Estados Unidos ni en la economía, ni en la política de la región. Quizás, su prolongada estancia en ese país –donde terminó de educarse, conoció a su esposa y fue feliz- le impidió formarse un juicio crítico, a pesar de que se encontraba ahí incluso durante el crash de la Bolsa en 1929.

Sus críticas al liberalismo parecen más dirigidas hacia lo que él considera desviaciones o aberraciones de la práctica política o de la cultura -propias de países atrasados como los centroamericanos-, que hacia el modelo propiamente dicho, encarnado en las viejas potencias europeas y, crecientemente, en los Estados Unidos.

Todo ello me lleva a pensar en las limitaciones de un pensamiento puramente crítico que, sin una contrapartida utópica que invite y movilice a la construcción, desemboca fácilmente en la amargura o el cinismo, que fue, de alguna forma, lo que le ocurrió a él.

Mi padre y la revolución del 48.

Hijo de una prominente familia oligárquica, mi padre se vinculó muy joven a los adversarios al movimiento reformista impulsado a partir de 1940 por aquella extraña alianza entre comunistas, sectores católicos y oligárquicos.  Su vinculación inicial a la oposición obedeció a diversos motivos: de un lado, el alegado fraude electoral en las elecciones de 1948, de otro, la violencia y el matonismo de algunos grupos gobiernistas, amén del anticomunismo como móvil inconfeso y vergonzante, del que me habló solo ya muy viejo. Quizás, incluso, había cierta rebeldía juvenil contra su padre, amigo personal del presidente y caudillo reformista. En todo caso, al estallar el movimiento armado de oposición, fue alertado por un familiar de que los gobiernistas lo buscaban, y debió salir del país hacia El Salvador, donde vivió durante algunos meses.

A pesar de la vaguedad de sus motivaciones iniciales, con el tiempo asumió posiciones ideológicas más consistentes y se hizo militante del Partido Liberación Nacional, impulsor y defensor decidido del Estado de Bienestar costarricense, así como adversario de los grupos de ideología liberal vinculados al capital, que fue hegemónico durante la segunda mitad del siglo XX y también responsable de muchos de los vicios clientelistas asociados a ese modelo.

Poco después, a inicios de los años 1960, inspirado por la revolución cubana, mi padre hizo parte de un minúsculo y efímero partido de orientación socialista, convencido de que las reformas impulsadas por su partido se habían quedado cortas. No obstante, muy pronto reculó y volvió a los fueros del Partido Liberación Nacional, que lo acogió de nuevo en sus filas y lo acomodó en algún puesto gubernamental de mediana jerarquía. El año en que mi padre le prestó las Memorias de Mario Sancho a su amigo, ocupaba un cargo de gobierno, el único propiamente político que ocupó en su vida, y era, creo, feliz. Ese año fue quizás la culminación o el apogeo de dicho modelo de Estado de Bienestar, basado en lo económico en la “sustitución de importaciones” y el fomento de una incipiente industrialización mediante la creación de un protegido mercado centroamericano.

La crisis financiera internacional que estalló a inicios de los años 80, introdujo los primeros clavos en el ataúd de dicho modelo, y la disolución del mundo soviético y la globalización resultante de ello, una década más tarde, crearon las condiciones para su definitivo entierro, a manos de las mismas fuerzas políticas que habían impulsado su construcción. Así llegaron la desnacionalización bancaria y del sector de las telecomunicaciones -eufemísticamente llamadas “apertura a la competencia”-, y la interminable seguidilla de “acuerdos de libre comercio” que jóvenes tecnócratas negociaban en maratónicas jornadas, de las que daban cuenta a la prensa en un lenguaje cifrado y esotérico.

Mi padre envejeció en medio de la perplejidad que le producía ver como se configuraba un nuevo escenario político-ideológico, para no hablar ya de la revolución de las tecnologías digitales, para lo cual carecía de referentes que lo ayudaran a entenderlo y a orientarse en él: los pretendidamente socialdemócratas se volvían desembozadamente neo-liberales, en lo que coincidían alegremente con quienes supuestamente habían sido sus antagonistas políticos, y fue desconcertado testigo de todas las claudicaciones de su partido, aun sin comprenderlas a cabalidad.

De esta forma, la “Segunda República”, como bautizaron quizás con excesivo entusiasmo sus valedores a aquel modelo, desde hace décadas da tumbos y pataleos de ahogado, sin que en Costa Rica ni en el mundo mundial se perfile un movimiento capaz, no digamos ya de oponerse, sino tan siquiera de hacerle algún contrapeso a la fuerza arrolladora del capital globalizado y crecientemente concentrado por la energía en constante renovación de las tecnologías digitales.

Yo.

Crecí como hijo de las clases medias urbanas en la Costa Rica del siglo XX, una posición sin duda privilegiada, fruto -en buena medida-, de los logros y avances institucionalizados por el Estado de Bienestar resultado de las reformas implementadas en las décadas de los años 40 y 50.

La crisis inicial de este modelo de desarrollo sobrevino en mi temprana juventud, y las condiciones que hicieron inviable su existencia -al menos en la forma que habíamos conocido hasta entonces- quedaron establecidas cuando mi vida adulta despuntaba, a finales de la década de los 80. Han pasado desde entonces treinta años, poco más o menos, el mismo periodo de agonía de la república liberal que vivió, sufrió y testificó Mario Sancho en sus Memorias.

Como él,  yo también he sido incapaz de vincularme orgánicamente a ningún movimiento político y me he conducido como un “pizote solo”, si bien durante la segunda década del siglo XXI alenté la breve ilusión de que cierto partido político aglutinara localmente a las fuerzas políticas deseosas de imponer algunas condiciones a la fuerza desatada del capital transnacional y a la clase tecno-gerencial criolla asociada a él en las cadenas internacionales de valor. Dicha expectativa se reveló muy pronto como ilusa.

No he sido, no puedo ser, “compañero de viaje” de los comunistas, entre otras razones, porque el comunismo desapareció, y mucho temo que en mi perplejidad y confusión, haya terminado siendo,  más bien, involuntario “compañero de viaje” de quienes desde Costa Rica impulsaban la ola globalizadora, argumentando que no había opción ni fuerza capaz de resistirse u oponerse a ella.

La lectura de las Memorias de Mario Sancho me deja un sabor amargo en la boca y una lección: de poco vale el pensamiento crítico, sino está acompañado de una dosis de pensamiento utópico: la inconformidad y el anhelo, las dos alas con las que vuela el espíritu, y los dos pies que nos ponen en movimiento.



[1] Agradezco al historiador Iván Molina Jiménez la lectura, observaciones y sugerencias al borrador de este texto.