viernes, marzo 05, 2021

REGRESO (un cuento)

 

Tan pronto se abrió la compuerta, me envolvió una bocanada de aire húmedo y caliente, como si hubiéramos llegado al infierno. Me recriminé por ese pensamiento y acaricié la urna con las cenizas de papá, como disculpándome con él. Minutos antes nos habían informado que en eran las diez y veintidós de la mañana, hora local de Malabo; yo viajaba en los asientos traseros del avión y la fila para desembarcar apenas avanzaba. Durante el vuelo no había dormido nada; a mi lado venía un adolescente español que se entretuvo jugando con su teléfono celular durante la mitad del vuelo, y el resto durmió a pierna suelta. Fue un alivio: bien advertida estaba sobre los peligros de hablar con extraños; el gobierno tiene lacayos y adeptos y las redes de la policía secreta se extienden hasta España.

Agradecí a las asistentes de vuelo que nos despedían junto a la puerta; cuando pisé la escalera, ya estaba sudando.  Me hice a un lado para dar paso a los pasajeros que venían detrás y me detuve a mirar. ¡Después de quince años, estaba de regreso en mi país! La intensidad de la luz y el verde de las montañas me habían sobrecogido durante las maniobras previas al aterrizaje, pero ahora los colores se habían concentrado. Me embargaban sentimientos contradictorios. Cuando nos refugiamos en España, mi padre juró que no regresaría al país mientras Obiang fuera presidente; jamás imaginó que moriría sin haber visto ese día. Ahora yo volvía para depositar sus cenizas en las faldas de la Caldera, en Bioko sur. Fue su última voluntad.

El oficial de migración estampó el sello de entrada sin haberme mirado a los ojos ni dirigido la palabra; los de aduanas me preguntaron por la urna que cargaba en mis manos y me pidieron pasarla por el escáner. Les mostré los papeles que certificaban su contenido, pero ellos insistieron en que debía hacerlo. No quise contrariarlos. Después de asegurarse de que todo estaba bien, me la devolvieron y me invitaron a seguir sin hacer ningún comentario.

Le había dicho a mis primos que no se molestaran en venir a buscarme, tomaría un taxi. La terminal estaba abarrotada de gente que gritaba ofreciendo servicios o llamando a familiares que llegaban en mi vuelo; rechacé a varios chiquillos que se ofrecieron a cargar mis maletas me alejé del bullicio hasta dar con un hombre canoso que fumaba plácidamente reclinado contra la puerta de un coche.

   - ¿Taxi, señora?

No lo pensé dos veces. El hombre se apresuró a apagar su cigarrillo, me abrió la puerta trasera y depositó la maleta en la cajuela. Quiso hacer lo mismo con la urna, pero lo rechacé indicándole que la llevaría conmigo.

   - ¿A dónde vamos? -me preguntó, ya instalado en su asiento, mirándome por el espejo retrovisor.

El viaje hacia Luba dura alrededor de hora y media; aunque no pasamos por el centro de Malabo, pronto me asaltaron las evidencias del boom petrolero que estalló en el país poco después de que nosotros nos marchamos.  La vía estaba pavimentada y el chófer me habló de los planes de convertirla en una moderna autopista. Entre las casas miserables sobresalían algunas con piscina y vista al mar.

Por el vuelo en que llegué, el conductor adivinó que venía de España. Me contó que tenía dos sobrinos en Alicante; habían marchado siendo muchachos, diez años atrás. Uno había ingresado a la universidad y ahora era ingeniero; el otro seguía trabajando en la construcción, como al principio. Naturalmente, quiso saber sobre mí. Debía ser reservada, pero tampoco quería mostrarme hostil, así que le conté que era enfermera y que era la primera vez que regresaba al país. Eso pareció emocionarlo mucho. Desde luego, habló de cuánto habían cambiado las cosas con el petróleo. Pasábamos en ese momento frente a una escuela: decenas de chiquillos correteaban malvestidos y descalzos tras un balón de tela. Sin disimular mi ironía, le hice ver que había cosas que, sin embargo, parecían no cambiar. Él captó el sarcasmo y me dio la razón. Me sentí un poco más tranquila.  Luego preguntó por el motivo de mi viaje. Cedí al impulso y le conté del último deseo de mi padre. Eso pareció conmoverlo y durante un largo trecho condujo en silencio.

***

Llegué a Madrid siendo niña y, mientras crecía, me nutrí del amor y la nostalgia de mi padre por Bioko, también de su odio contra el dictador. Mis recuerdos infantiles de la isla son escasos: las montañas intensamente verdes que ahora reencontraba, los pescadores que regresaban muy temprano por las mañanas en sus botes a la playa, las calles de Luba llenas de fango y de polvo, mis primos y algunos chiquillos de nuestro vecindario. Eso era todo.

Cuando llegamos a España, mi país era demasiado insignificante para importarle a nadie, y la brutalidad de Teodoro Obiang se consideraba un rasgo folclórico de las costumbres salvajes del dictador de un remoto país africano, tan absurdo y pintoresco como Idi Amín Dada y tantos más. Poco después se descubrieron los yacimientos petrolíferos y se iniciaron las explotaciones; entonces Guinea Ecuatorial se volvió demasiado importante para que las potencias occidentales hicieran mohines por esa minucia de la democracia: los negocios surgían por doquier y lo único importante era no quedar fuera del festín de millones: carreteras, edificios públicos, puertos marítimos y aeropuertos… todo, férreamente controlado por el dictador, sus familiares y su gente de confianza. 

Desde que pusimos un pie en España, papá y mis hermanos se unieron a los grupos de oposición en el exilio; yo seguí sus pasos cuando tuve edad. Mientras estudiaba en la universidad, traté varias veces con funcionarios europeos y norteamericanos que parecían convencidos de que sus países encarnaban y defendían los valores democráticos, pero cuando les mencionabas su respaldo al sanguinario dictador de mi país o al despótico régimen saudí, empezaban a tartamudear y balbuceaban la palabra “geopolítica”. Naturalmente, los más convencidos de su misión civilizadora eran los funcionarios de bajo y mediano rango; cuanto más ascendías en la escala, más fríos y cínicos se mostraban, aunque al final siempre retomaban el argumento de que era preferible estar bajo la égida de Occidente, que bajo la de los tramposos rusos o la de los despiadados chinos…   Yo hacía esfuerzos para no vomitarme, no porque albergara alguna esperanza sobre la bondad intrínseca de los rusos o los chinos, sino por su doble moral a prueba de balas y por su fe absurda en la misión civilizadora de Occidente.

Mi padre era un hombre de menos de treinta años cuando la Independencia; siempre que recordaba su vida en Guinea, utilizaba los viejos nombres coloniales: Santa Isabel, por Malabo; San Carlos, por Luba…, o al menos los utilizaba indistintamente con los que impuso Macías tras la Independencia. Inevitablemente, papá asociaba los nuevos nombres con las desventuras de aquella dictadura. Mi hermano mayor nació en 1968, y los demás lo hicimos ya en un país independiente; para nosotros, los nombres coloniales son vestigio de un pasado que no conocimos y no existen en nuestra memoria.

Aunque nacido en Bococo, mi padre hablaba a menudo de sus años de juventud en las faldas de la Caldera, muy cerca de donde hoy está el pueblito de Musola. Ahí trabajó para una familia catalana propietaria de una finca dedicada a la extracción de maderas y al cultivo de cacao; antifranquistas rabiosos, fueron ellos quienes le inculcaron los ideales democráticos que más tarde lo llevaron al exilio.  Nunca supe por qué motivos mi padre se marchó de Bococo; jamás nos habló de su familia ni tuvimos relación con ellos.  

Mi madre era nativa de Luba. Miembro de una familia de pescadores, conoció a mi padre en uno de sus días libres, cuando él bajaba al puerto a hacer las compras y a veces a emborracharse. Tras el matrimonio se establecieron en Luba; ahí vivíamos muy cerca de nuestros abuelos y tíos maternos, y los chicos crecimos sin hacer mayores distinciones entre hermanos y primos. Nada de esto cambió tras la muerte de mamá, víctima de una infección uterina cuando yo tenía tres años. En cambio, mi padre sí cambió mucho. Luego comprendí que responsabilizaba al gobierno por aquella muerte prematura, pues un sencillo tratamiento médico la hubiera salvado, pero eso era impensable en aquellos años, y lo sigue siendo todavía hoy para muchos. A partir de entonces papá se radicalizó y asumió responsabilidades y riesgos cada vez mayores en el movimiento de oposición a Obiang, que tras deponer y fusilar a su tío en 1979, ya había mostrado sus colmillos de tirano y traicionado cualquier esperanza de democratización.

En 1991, tras uno de los supuestos intentos de golpe de Estado que inventa el tirano cada vez que necesita recordarle a la población su régimen de terror, mi padre supo que venían tras él y logró refugiarse en la Embajada de España en Malabo. Mis hermanos y yo lo seguimos pocos días después. Para nosotros, la adaptación a España fue un reto enorme, pero no una tarea imposible, como resultó para él.

No pasaron muchos años antes de que mis hermanos se marcharan de Madrid a buscarse la vida en otras ciudades; los dos mayores terminaron en Tarragona; Sergio en Bilbao y Antonio, tres años mayor que yo, en Valencia. Yo quedé sola con mi padre. Conforme envejecía, él se llenaba de nostalgia, “como un estuario cuando sube la marea”, leí en alguna parte. Yo lo veía resistirse y batallar, pues entregarse a la nostalgia hubiera significado aceptar el despropósito de la independencia y lo inevitable de la sujeción colonial.

Desde que llegamos a España, nos mantuvimos en contacto con la familia en Luba. Yo, particularmente, no dejé de escribir y de llamar a mis primas Paloma y Trini; lo hice cuando murieron los abuelos y las mayores de mis tías, también para algunas Navidades y para sus bodas. Cuando murió papá y surgió el viaje para cumplir su última voluntad, no dudé en contactar a Paloma, ni ella lo dudó un instante para recibirme en su casa.

***

Al salir de una curva muy cerrada, la pequeña Luba emerge ante mis ojos y el corazón me da un vuelco. Basta mirarla un momento para despertar los recuerdos del viejo puerto y de las calles y edificios frente al paseo marítimo. De no ser por la maquinaria y el movimiento de tierras a lo lejos, se diría que nada ha cambiado. El taxista me explica que se trata del nuevo puerto petrolero en construcción. La carretera desciende zigzagueante hasta el nivel del mar y, poco antes del ayuntamiento, doblamos hacia el barrio Montserrat. El recorrido se me hace ridículamente corto; mis recuerdos infantiles lo habían magnificado.  

En casa de Paloma me esperan los primos y los tíos que todavía viven. Las palabras, los abrazos y los besos revelan sentimientos encontrados: por un lado, ellos deben expresar sus condolencias por la muerte de papá (la urna con sus cenizas es motivo de especial curiosidad entre los niños), pero del otro, la alegría por el reencuentro nos embarga. Luego, los primos me presentan uno a uno a sus hijos, que no disimulan su ansiedad por recibir los regalos que traigo para ellos.  Se trata de cosas sencillas, pero ninguno se va con las manos vacías y todos quedan contentos. Dichosamente, la tarde está soleada y no amenaza lluvia, pues Paloma y su marido han preparado en el patio una gran olla de pescado con yuca y ñame. Yo aporto un litro de ron haitiano que había comprado en el aeropuerto de Madrid, recibido con grandes muestras de aprobación por mis primos.  

Mientras paladeamos la sopa, intentamos hacer un recuento de la situación de los que vivimos en España y de los que quedaron acá. Tanto ellos como yo queremos detalles: ¿Tengo novio? ¿Se casaron mis hermanos? ¿Cuántos hijos tienen? ¿Es fácil conseguir un trabajo allá? En la mirada de los más jóvenes, advierto la férrea determinación de marcharse del país. Tal y como mi padre y sus contemporáneos soñaron con la independencia, ellos sueñan con largarse de aquí.  Poco antes del anochecer, tras casi 40 horas sin dormir, me vence el cansancio y me retiro a descansar.  Paloma me ha preparado el cuarto de sus hijos, que dormirán con ellos mientras yo esté aquí. Es un dormitorio pequeño y muy sencillo que, como todo lo demás, me transporta a mi propia infancia.

Me despierta el griterío de los pájaros y la claridad temblorosa del alba. Tras unos instantes de confusión, recuerdo donde estoy y me invade el deseo irreprimible de ir al mar. Permanezco tendida en la cama mientras el día termina de instalarse, y luego, tratando de no despertar a nadie, me visto y salgo al patio. ¡El aire es tan limpio y la luz tan transparente! Reconozco el canto de algunos pájaros, pero no logro recordar sus nombres. Camino hacia la calle principal y luego me dirijo al puerto. Algunas mujeres se dirigen a la playa a recibir a sus maridos que vuelven de pescar durante la noche; dos o tres responden a mi saludo, otras me miran sin decir palabra.  Es una caminata de quince minutos como mucho.

En el paseo marítimo busco el sitio donde solía sentarme cuando niña a ver el mar, junto al muelle. De pronto, me doy cuenta de que estoy llorando. No es un llanto doloroso, tampoco dulce; ambas emociones se mezclan.  Pienso en mi padre, por supuesto, que murió sin volver a esta tierra que tanto amó, pero también en mis hermanos y en todos los que hemos tenido que marcharnos para aprender a mirarla con ojos nuevos: no solo como una prisión o una aplanadora de sueños, sino también como una posibilidad y una promesa sin cumplir. Al abandonar el país, creamos un futuro para él, pues nos sustraemos a la desesperanza y el escepticismo que reinan aquí.  Permanezco mirando el mar no sé cuánto tiempo, y de la misma forma en que había empezado a hacerlo, sin darme cuenta, el llanto cesa. El sol ya ha asomado detrás de los cerros.

Emprendo el regreso por el mismo camino, pero después de la iglesia de Montserrat me desvío por la calle del río. Aquí se han construido muchas casas; mientras camino, intento hacer un inventario de las nuevas y las viejas. El movimiento de gente es ahora mayor; algunos niños se bañan en los patios y otros parten, uniformados, rumbo a la escuela.

A lo lejos distingo la casa de los Besari. Ángela y su hermano Adrián crecieron con nosotros; curiosamente, nunca, desde que me fui de Luba, volví a pensar en ellos, y solo ahora caigo en cuenta de mi olvido. Enseguida recuerdo al resto de la familia: sus padres y los hermanos mayores. Adrián era algunos años mayor que Ángela y, en mi inocencia infantil, yo me sentía vagamente atraída por él.

No es necesario llegar hasta la casa para descubrir su abandono: parte del techo se ha desprendido y la maleza lo invade todo. De pronto me parece ver a alguien ocultándose entre la vegetación. Mis sentidos se ponen alerta y avanzo despacio para sorprender al intruso. Debemos estar a quince o veinte metros de distancia cuando él se voltea y reconozco a Adrián Besari. Parece un muchacho: alto, fuerte, fibroso. Se ha convertido en un hombre muy hermoso. Mirándolo, apenas puedo creer que sea mayor que yo. Él también me reconoce, pues su expresión se ilumina de repente.

   - ¿Elba? -pregunta-. ¿Elba Moquiso?

   - ¿Adrián? -respondo como si se tratara de un código secreto-. ¿Adrián Besari?

Estallamos al mismo tiempo en una carcajada y corremos a abrazarnos. Tan pronto nos separamos, me pregunta:

   - ¿Sabes qué pasó? ¿Por qué no hay nadie?

Le explico rápidamente que llegué apenas ayer y que no sé nada de su familia.

   - ¿Y tú? -le pregunto-. ¿De dónde vienes, dónde has estado?

Sin entrar en detalles, me cuenta que también ha estado de viaje. No me da ocasión de preguntar más, pues en seguida agrega:

  - Necesito entrar, no tengo otro lugar donde quedarme, pero la puerta tiene un candado.

Entonces recuerdo que Ángela tenía una forma de salir y volver a entrar por el patio trasero, que usaba para unirse con nosotras cuando la castigaban.

   - Creo que puedo ayudarte -le digo.

Lo tomo de una mano y, escabulléndonos entre la maleza, rodeamos la casa hasta llegar al sitio; ahí le muestro dos latas de chapa mal clavadas que, al empujarlas, abren espacio suficiente para que pase una persona. Adrián las empuja, invitándome a entrar. Lo hago sin chistar; una vez adentro, tiro de las latas para que entre él.

El patio interior también está cubierto de maleza. En una esquina, descubro el árbol de limonero que Ángela y yo plantamos en primer grado de la escuela. Adrián va directamente hacia la puerta que desde el patio da a la casa; bastan un par de empujones para que ceda. Lo veo perderse en la penumbra del interior y entonces me dirijo hacia el limonero. Creció hasta una buena altura, el tronco reseco y quebradizo permanece como testigo de que en algún momento dio frutos, pero ahora se ha secado a consecuencia de alguna plaga. Limpio la maleza alrededor del tronco y descubro con infinito alivio que algunos retoños brotan de las raíces. ¡Está vivo!

Pronto caigo en cuenta de la hora. Paloma sin duda estará preocupada, esperándome para desayunar. Llamo a Adrián para decirle que debo irme, pero él no responde. Asumo que, lo mismo que yo, debe estar conmocionado por el regreso.  

   - ¡Me voy! -anuncio-. Estaré aquí unos días. ¡Espero verte pronto!

Con dificultad me las arreglo para salir del patio y camino a toda prisa el trayecto restante. En efecto, Paloma me espera afuera; a la distancia percibo su nerviosismo.

   - ¿A dónde te metiste? -me pregunta, todavía desde lejos-. Estábamos preocupados.

Le cuento de mi despertar al alba y de mi deseo irresistible de ir al mar. 

   - ¿Y fuiste? -inquiere.

   - ¡Por supuesto! Estuve llorando un rato en el muelle, en el mismo lugar al que iba cuando niña. Me hizo bien.

   - Seguro tienes hambre. Vamos a comer algo.

Pero yo necesito contarle de mi encuentro con Adrián.

   - Después, cuando volvía, pasé frente a la casa de los Besari. ¡Qué tristeza encontrarla abandonada! ¿Y a que no adivinas qué?

   - ¿Los Besari? -pregunta ella, ya en camino de la cocina, como despertando un recuerdo de hace mucho tiempo.

    - ¡Ahí estaba Adrián! Venía llegando de no sé de dónde y no podía entrar. Le ayudé a hacerlo por el patio de atrás, ¿recuerdas? La entrada secreta de Ángela.

Mi prima se detiene en seco y me fulmina con la mirada.

   - ¿Adrián? -pregunta-. ¿Viste a Adrián Besari?

   - Sí -respondo-. ¿Por qué?

   - A Adrián Besari lo mataron los de la policía secreta hace como diez años, cuando estudiaba en Malabo. Desde entonces su familia abandonó el pueblo y nunca más supimos de ellos.

                Y por un instante veo los retoños en la raíz del limonero.

 

 

 Febrero 2021


viernes, diciembre 04, 2020

TRES APUNTES

 

                                    1

¡Tantas cosas que nos parecían insignificantes

se revelan, al cabo, decisivas,

y tantas otras que creíamos importantes

no lo eran, en definitiva!

 

                                    2

No hacer nada

asumiendo que nada hacés

es mucho más más difícil que creer

que hacés algo

aunque no hagás nada.


                            3

La conciencia se representa a sí misma como luz.

Es decir, la conciencia aparece como luz en la conciencia.

Por eso el sol ha sido desde siempre símbolo de la divinidad.

jueves, noviembre 19, 2020

EL CEIBO FURTIVO (Visiones de un cosmos autopoiésico)




 

He arrancado un mundo de mi pecho

para poder decir,

como el primer humano:

«¡Esto es!»

 

En este gran mundo,

¿quién amanece? Yo amanezco.

Canción tradicional bribri.

 

Oh, gran astro,

¿qué sería de tu felicidad

si no estuviéramos aquellos

para quienes brillas?

 

Friedrich Nietzsche

«Así hablaba Zaratustra»


La filosofía es en realidad nostalgia,

un deseo apremiante de encontrarse

en todas partes como en  casa.

 

Novalis

Fragmentos

 

  

Introducción

Durante la mayor parte de mi vida adulta he buscado algo que no sé qué es, presa de la incomodidad y el desasosiego, a menudo sufriendo sin comprender el motivo, como si caminara en penumbras sobre un piso irregular o inestable y por ello mismo rara vez pudiera relajarme o sentirme plenamente tranquilo.

                Es verdad que no han faltado momentos dichosos, muchos en soledad, en medio de la naturaleza, otras veces contemplando una pintura o respirando en un jardín, apreciando un edificio, escuchando música o mirando una película, leyendo o escribiendo un libro… También he sentido esa dicha en la plenitud gozosa del abrazo amistoso, en la hondura del encuentro erótico e, incluso, en la espejeante conversación con una persona desconocida.   Pero, tras la efervescencia del instante, reinstalado en el curso de lo que no puedo denominar de otra forma que “mi vida”, retorna aquella sensación…

                Hago un esfuerzo por acercarme a ella y alumbrar su oscuro rostro con palabras… Incompletud, precariedad, carencia, temor, inseguridad, insatisfacción, son las primeras que vienen a mi mente. Desde luego, ese sentimiento, esa sensación, permanece la mayoría del tiempo en la antesala de mi conciencia, velada por las tareas y las obligaciones, las rutinas y los mandatos que hacen de mí una persona más o menos “funcional”… Solo en ocasiones, cuando ese andamio cruje o se tambalea, asoma el sentimiento en toda su magnitud.

                ¿De dónde viene esa incomodidad, esa insatisfacción? ¿No basta acaso con estar vivo? (En mi caso, además, sin padecer mayores incomodidades ni privaciones, hay que decirlo…) ¿No es acaso la Tierra nuestro hogar, nuestro sitio en el universo, así sea de manera temporal o transitoria? ¿Acaso esa precariedad, esa insatisfacción, esa sensación de inestabilidad y peligro es inherente a la condición de estar vivo?

                Tengo la certeza de que el sentimiento al que me refiero es compartido por muchas personas. Así lo confirman numerosas miradas que sorprendo en las calles, en la soledad de los parques, gestos fugaces y anónimos arrebatados al vértigo de los días, captados a hurtadillas. Así lo sugieren, también, numerosos relatos que leo en los libros o veo en los filmes, las letras de muchas canciones y poemas, el vértigo de armonías y melodías provenientes de todas las latitudes... Se trata de un malestar que Freud y muchos de sus contemporáneos en Europa entrevieron hace ya más de un siglo.

A menudo escucho voces de personas que aseguran conocer el remedio para mis males metafísicos, nunca mejor dicho. Dios, lo llaman, y al camino para llegar a él, lo llaman fe.    También yo he querido creer, he buscado abrazar una fe en algunos momentos de mi vida, pero a pesar de mis deseos, la revelación no ha ocurrido.

                Desde luego, no pretendo carecer de toda fe, de alguna fe. Y no me refiero sólo a las pequeñas creencias que nos ayudan a vivir día a día –no sufriré un accidente ni caeré enfermo de gravedad; no sobrevenderá una catástrofe inesperada que aniquile el planeta ni me abducirán alienígenas degenerados–, sino también a ese confuso, voluble e impreciso sistema de creencias que llamamos “cosmovisión” o “visión de mundo.”        

Para bien y para mal, la cosmovisión o visión de mundo que heredé y en la que me formé es la de la llamada modernidad occidental, estrechamente relacionada con la revolución científica y tecnológica que se originó en Europa en los siglos XVII y XVIII, con el desarrollo de la física newtoniana y, más atrás, con la llamada “revolución copernicana” que colocó al sol en el centro de nuestro sistema planetario. De Europa se expandió a los Estados Unidos y al resto del mundo por medio del colonialismo político, transformando el planeta a una velocidad y a una escala hasta entonces desconocida. Esa visión de mundo está estrechamente relacionada con el capitalismo moderno y con la democracia como forma de gobierno en Europa y en los Estados Unidos; con las sucesivas revoluciones industriales y tecnológicas; con la configuración de un sistema económico y político de alcance planetario cada vez más integrado; con las dos mayores conflagraciones bélicas que ha sufrido la humanidad y con muchas, o casi todas, las de escala más reducida en los últimos siglos.  Junto a descubrimientos científicos sorprendentes y desarrollos técnicos innegables, ha sembrado miseria, destrucción y confusión en todas partes, pero muy particularmente en los países y regiones colonizados por ellos. Como observara con agudeza la pintora guatemalteco-alemana Nan Cuz, “…cuanto más intensa la luz, más oscuras las sombras que arroja.”

Aunque expulsó a la Tierra del centro del sistema solar, esta cosmovisión colocó finalmente al Hombre -más que a la Mujer, desde luego- en el centro del universo. El cosmos, desde siempre sagrado y en estrecha relación con el origen y los destinos humanos, se convirtió, al cabo de pocos siglos, en un desierto de dimensiones inconmensurables, pero carente de sentido... La naturaleza y los restantes seres vivientes del planeta, fueron poco a poco reducidos a la mera condición de “objetos”, de “cosas”. Como el Rey que encuentra el Principito en su viaje interestelar, la especie humana es hoy soberana de un planeta que nadie más habita, de una “Tierra baldía”, como profetizó T.S. Eliot.

Paralelo a la cosificación del mundo, corrió la cosificación de los animales e, incluso, de los seres humanos, aunque por un resto de decoro esto no lo admitan públicamente los defensores del estatus quo. Por último, todo indica que estamos en trance de deificar a las cosas. Es profundamente significativo que el pueblo bribri, en Costa Rica, asimilara el Dios de los extranjeros a su "deidad de las herramientas". Para ellos, nosotros rendimos culto al "dios de las herramientas"; habida cuenta de nuestro modo de vida, no parecen andar muy desencaminados. La profecía marxista de los fetiches coincide plenamente con la del Popol Vuh: “Y se pusieron todos a hablar: sus comales, sus ollas, sus piedras de moler. Todos se levantaron y les golpearon las caras.”

Tras la “muerte de Dios” certificada por Nietzsche, pero ejecutada metódicamente con antelación en los laboratorios de las ciencias y las cátedras filosofía moderna, la especie humana devino en la única fuente de sentido para sí misma y para el resto del universo. Esta cosmovisión -y la episteme asociada a ella- han conducido a la humanidad a acuciantes encrucijadas que hoy parecen amenazar nuestro futuro como especie, la más evidente de todas, la ambiental.

Dichosamente surgen aquí y allá indicios de una nueva cosmovisión. Estos se advierten tanto en el campo de las ciencias, como en el de la filosofía, las religiones, la política y las artes. En las páginas que siguen aspiro a sumar mis esfuerzos en esa dirección.  No pretendo decir algo que no haya sido escrito, pensado o imaginado antes por otros, pero sí aspiro a decirlo según lo comprendo, lo entiendo y lo sospecho en este momento.  Desde joven tuve el convencimiento de que lo importante no es tanto la novedad del hallazgo, como el deslumbramiento que produce el acto de conocimiento.

Desde luego, parto del bagaje de lecturas y experiencias de mi vida entera, en el curso de la cual he leído con curiosidad y devoción, con asombro y avidez, con indiferencia y hastío, a autores de diversas disciplinas, en forma desordenada, intuitiva y nada sistemática.

La lista de deudas y agradecimientos es interminable, pero me siento particularmente afortunado por haber cruzado en mi camino con obras de Platón y Parménides, de Nietzsche y Alexánder Skutch, de Mircea Eliade y Henry Corbin, de Gilbert Durand y Marcilio Fisino, de Lao Tse y Hans Jonas, entre otros. Más recientemente han sido de gran utilidad algunos textos de Fritjof Capra, Ilia Prigogine, Richard Tarnas y Juan Arnau, así como también algunos artículos de Humberto Maturana y Francisco Varela sobre la autopoiesis y la biología de la intencionalidad. A esta larga y heteróclita lista habría que agregar algunas obras anónimas, pero fundamentales, como el I Ching, el Popol Vuh, la Biblia, los Evangelios Apócrifos, el Corpus Hermeticum, entre otras. El diálogo con algunas personas cercanas ha sido un estímulo  importante, entre ellas, mi esposa Laura,  mi madre, Leticia, y mis buenos y queridos amigos Jorge Jiménez, Kike Molina, Dorelia Barahona, Silvia Castro, Andrés Marote y Gonzalo Elizondo.

Con todo, mis únicas credenciales son las ideas que aventuro y los argumentos con que las defiendo. En cualquier caso, lo que sigue no es un tratado ni un ensayo académico, sino una suerte de ensayo filosófico-poético, a la manera de los antiguos. Esta es la forma en que puedo y elijo representarme y explicarme el mundo, según mis conocimientos y mi entendimiento, en plenitud de mi madurez.  

Si la infancia es el amanecer de una vida, la madurez el mediodía y la vejez el ocaso, como dicta la tradición, durante la última etapa avanzamos de frente hacia el sol del poniente. A diferencia de lo que ocurre en la niñez, no hay sombras que enturbien la visión, pero sí el deslumbramiento de lo vivido y aprendido en el camino y del final que se vislumbra.

 

1

Antes no había nada, solo vacío.

Y lo vacío se infló como globo y se condensó como nube y adentro se desató una tormenta.

Llovió con rayería siete instantes seguidos. 

Para que la lluvia tuviera donde caer, se formó la tierra bajo el firmamento.

Y de la tierra nacieron valles y montañas donde fluyeron los ríos.

Y de los ríos surgieron los mares.

Y de su respiración nació el viento.

Pero faltaba el fuego.

  

2

Se atrajeron y repelieron las primeras partículas siguiendo su instinto, y se abrazaron tan estrechamente, en tan gran número se unieron, que el suelo que pisaban se hundió bajo su peso.

Pero no se precipitaron al abismo, pues en ese instante se inflamaron y les nacieron alas de fuego.

Y se elevaron los primeros soles que alumbraron el cielo.

 

 

3

En la inmensa oscuridad brillaron los primeros soles, las primeras estrellas.

Como luciérnagas se atrajeron e iniciaron una danza que todavía celebran.

Desde lejos, otros soles las imitaron e iniciaron su festejo.

                Y la noche se llenó de danzas y de fuegos.

 

4

Copularon las estrellas, fundiéndose y separándose y volviéndose a fundir, una vez y otra, engendrando cada vez nubes de polvo y gases que se comprimieron en planetas, cometas y asteroides, donde nuevas formas de la materia se recombinan y encuentran.

 

5

La memoria del relámpago habitaba los mares, los ríos y el viento, y los tres se unieron en el río de las nubes.

De ahí se descargó un relámpago sobre las aguas adormecidas.

Los elementos que la lluvia había precipitado del cielo se agitaron en lo hondo, se atrajeron y repelieron siguiendo apetencias más fuertes que ellos.

Y donde había dos, hubo seis. Y donde había seis, hubo diez. Y se multiplicaron los elementos.

 

 

6

A la deriva en los mares del espacio tiempo se trenzan y anudan los elementos.

A veces se asocian y complementan, otras veces se repelen y rechazan.

En su abrazo van constituyendo un “esto” que se distingue de un “aquello”, un “algo” que se distingue de un “lo otro”.

 

7

Las moléculas orgánicas se acoplan formando cuerpos cada vez más ricos y complejos.

Lo que no se atrae, se repele, es la primera ley que obedecemos.

Así se diversifican y polarizan los elementos.

Pero ahí donde se encuentran éstos, no es un medio indiferente y neutro, pues les aporta o les arrebata componentes.

Por eso, algunos elementos se pliegan sobre sí mismos, pero permanecen abiertos para intercambiar con su medio.   

 

8

Al principio se trata de intercambios tímidos, descargas y moléculas que atraviesan membranas tenues y todavía en proyecto como si brotaran de un sueño o de un deseo (que a menudo son lo mismo.)

Muchas fórmulas se ensayan, pero solo algunas logran su cometido.

¿Pero, qué sería de lo aprendido, si no fuese posible transmitirlo?

El cuerpo inventa la memoria y la memoria codifica al cuerpo para reproducirlo.

Así aparece el ácido desoxirribonucleico.

 

9

Esas entidades que lentamente toman forma en el hirviente océano del planeta, ya son formas vivientes.

El metano y el dióxido de carbono reinan en la atmósfera, pero ellas producen oxígeno.

El tiempo era entonces abundante -siempre lo ha sido-, y durante miles de millones de años, mientras la tierra se apacigua y enfría, son las únicas formas de vida.

Así, el oxígeno reemplaza al metano y al dióxido de carbono en la atmósfera, y la vida se transforma y prepara su nido.  

 

10

Pero reconsideremos lo sucedido.

¿Acaso esa necesidad de organizarse, palpable ya desde el inicio, no es señal o indicativo de algo? Atrevámonos a sugerirlo.

Y algo más:  lo que ha ocurrido obedece a un férreo determinismo, a inflexibles leyes inscritas en los elementos mismos, pero igualmente palpables son el azar y la indeterminación.

Así, el cosmos se conforma empujado por la férrea necesidad y jalonado por el puro indeterminismo.  

 

11

Ahora que nuevas formas vivientes colonizan el planeta, esto se percibe con más claridad: aunque su actividad sea puro reflejo, impulso y reacción, asoma un deseo de movilizarse con libertad: arriba, abajo; adelante, atrás; derecha, izquierda: la antesala de un sistema nervioso y de un cerebro capaces de organizar y dirigir conductas y comportamientos, aunque esos términos resulten todavía excesivos.

Con la naciente autonomía de lo viviente asistimos a una autodeterminación emergente.

 

12

Otra cosa importante ha sucedido: para lo viviente, el mundo se ha convertido en fuente de información.

Cada ser viviente instituye un “adentro” y un “afuera” y depende del medio donde se encuentra. Por eso, necesita conocerlo con la mayor precisión posible.

En ese esfuerzo adaptativo, lo viviente desarrolla y diversifica sus sentidos, sus fuentes de información.

 

13

Dondequiera que haya vida, hay conciencia de un cuerpo y de un mundo donde ese cuerpo se encuentra. Los sentidos informan a la conciencia y la conciencia da formas al mundo.

El mundo de un paramecio no tiene colores, sombras ni sonidos, probablemente solo presión, temperatura y densidad, y en él existen partículas que incorpora, descompone y expulsa. Nosotros no existimos en su mundo ni él apenas en el nuestro.

El mundo de una babosa seguramente se compone de luz y oscuridad, humedad y sequedad, mensajes químicos y formas blandas que invitan a ser devoradas. A veces asoman sombras, y a veces la aniquilan.

¿Cómo se representa un murciélago a un humano? Sin duda, de un modo muy distinto al que este se percibe a sí mismo.  

Cada forma viviente integra en su mundo aquello que pueda resultarle útil o necesario.

(Es probable que, de todas las formas vivientes en nuestro planeta, el cielo estrellado solo exista en el mundo humano…)  

 

14

En las otras formas vivientes que conocemos, la conciencia parece estar permanentemente absorbida por el mundo. Los individuos tienen noción de ser, porque el mundo los hace conscientes con sus datos y estímulos. Los datos que obtienen del mundo presente los hacen conscientes.

Con nosotros es distinto. La conciencia humana recibe datos del mundo, pero también recibe y procesa imágenes surgidas de la conciencia. La conciencia se convierte en otra fuente de información para la conciencia. La conciencia se objetiva y se hace autoconsciente.

 

15

Muchos mamíferos sueñan cuando están dormidos, pero sus sueños se desvanecen tan pronto despiertan. Entonces su conciencia vuelve a absorberse en el mundo presente.

En nuestro caso, las imágenes de los sueños permanecen en la conciencia cuando despertamos y coexisten con los datos que la conciencia obtiene del mundo. De esta forma, la conciencia descubre que, además del mundo presente, algo más existe en el mundo: la conciencia misma.

 

16

                Además de las que nos traen los sueños, otro tipo de imágenes a veces asaltan a nuestra conciencia, dormidos o despiertos: las ideas.

                Hoy tenemos una idea muy equivocada de las ideas, pensamos que son palabras, conceptos, porque estamos totalmente imbuidos en la cultura escrita. Pero, ante todo y primero que nada, las ideas son imágenes que asaltan a nuestra conciencia y se imponen sobre los datos que esta recibe del mundo presente.

 

17

El lenguaje es la técnica de suscitar imágenes en la conciencia mediante sonidos. Primero, articulamos sonidos; luego designamos objetos, lugares, acciones y seres y, por último, los evocamos mediante imágenes sonoras.

La autoconciencia posibilita el lenguaje y, a su vez, el lenguaje potencia la autoconciencia. Una y otro solo son concebibles en especies gregarias como la nuestra.

 

 

18

Dondequiera que en el planeta haya fuego, los seres vivientes huirán, si pueden hacerlo.

                Pero hubo aquellos que, donde los demás huían, giraron sobre sí mismos y caminaron en sentido contrario.

Hicieron esto porque los torturaba el frío, porque habían experimentado el calor del fuego y porque “vieron” (en sueños, o tal vez “como en un sueño”) la imagen del fuego calentándolos.

El dominio del fuego señala el despertar de otra forma de conciencia en el planeta. Por primera vez, una forma viviente contradijo sus instintos y siguió una imagen, una “idea” nacida de su conciencia.

O las cavernas.

Nadie ha visto nunca a un primate refugiarse dentro de una cueva, ¿por qué lo hicieron los homínidos, seres de las praderas por excelencia?

                Porque en su conciencia alumbraron la imagen, la idea, de un refugio techado y cubierto. Así, mucho antes de desarrollar los medios tecnológicos para construirlos, se posesionaron de las cavernas.

Con el despertar de la autoconciencia asistimos al advenimiento de un nuevo grado de autonomía, de libertad, para lo viviente.

 

19

Si algo radicalmente nuevo ha irrumpido en la conciencia -una idea, una imagen, un sueño-, el continuo del tiempo se ha roto, instituyéndose un “antes” y un “después”, un pasado y un futuro. Las ideas y los sueños nos despertaron del sueño del eterno presente a la autoconciencia del antes y el después, del tiempo y la finitud.

Con el fuego y las cavernas irrumpió algo nuevo no solo en la conciencia, sino también en el mundo de aquellos seres. Así se inicia en nuestro planeta la antroposfera, la trans-formación del mundo por una forma de vida autoconsciente.  Desde luego, la antrosposfera está inscrita en el entorno de lo viviente del cual emerge.

Y si algo ha ocurrido una vez, puede volver a ocurrir, y seguramente ocurrirá de nuevo, tarde o temprano.

 

20

Podemos llamar inteligentes a las conductas de acercarse al fuego para dominarlo y calentarse con él y de buscar refugio en las cavernas, porque apuntan en un sentido, en una dirección: la emancipación de los determinismos del medio, la ampliación de la autonomía para lo viviente.

Pero no todas las ideas (o imágenes) que brotan de nuestra conciencia alcanzan su cometido, muchas son contraproducentes o simplemente fallidas, y las que no lo son, casi siempre deben perfeccionarse para lograr su propósito.

En el campo de las ideas, lo mismo que en el de la evolución adaptativa de las formas vivientes, asistimos a innumerables tentativas fallidas.

La especie humana es potencialmente inteligente, o, dicho de otra forma, la autoconciencia propende a la inteligencia.

 

21

                Por medio de las ideas y los sueños, las formas vivientes cobran conciencia de la conciencia como fenómeno en el mundo.

Llamemos “mente” a esa forma de conciencia que se desdobla para hacerse autoconsciente y descubrirse en el mundo.

De manera análoga a la conciencia, que integra los datos de los sentidos corporales y da formas al mundo presente, la mente integra y da formas a las imágenes y a las ideas que emergen de la conciencia y con ellas produce re-presentaciones del mundo.

La mente integra en forma de símbolos las imágenes que produce la conciencia. Los símbolos (y sus verbalizaciones, los mitos), son la síntesis que la mente ofrece a la conciencia para re-presentarse, es decir, para hacerse comprensible a sí misma y al mundo donde se encuentra.

Cuando los cuerpos se hacen símbolo, danzamos.

Y cuando los sonidos se convierten en símbolo, nacen la música y los cantos.

Danza, música y canto: las raíces del ritual.

 

22

El mundo con el que las formas vivientes se relacionan y en el que están inmersas nunca es indiferente, ajeno o neutro para la conciencia, está investido de valor y significado: una colonia de amebas prosperará en un medio favorable, pero sucumbirá en uno adverso. De la misma manera, cualquier representación elaborada por la mente presupone valoraciones -aunque no las enuncie ni las haga explícitas.

Mundo y mente, mente y mundo, se implican recíprocamente.

No hay explicación sin implicación.

 

23

ALGUNAS FORMAS QUE LA CONCIENCIA DA AL ESPACIO Y AL TIEMPO

(Los símbolos)

 

 

EL ESPACIO

 

 

EL TIEMPO

 

EL ETHOS

Adentro / Afuera

Inicio / Final

Seguro / Peligroso

Penetrante / Envolvente

Largo / Corto

Conocido / Desconocido

Unido / Separado

Permanente / Impermanente

Deseable / Temible

Desplegado / Replegado

Retorno / Retirada / Retorno

Acogedor / Hostil

Presente / Ausente

Constante  / Inconstante

Alerta / Distendido

Animado / Inanimado

Regular / Irregular

Similar / Diferente

Ingerido / Expulsado

Rápido / Lento

Auspicioso / Ominoso

Lleno / Vacío 

Ahora / Antes / Después

Agitado / Calmo

Único / Múltiple

 

Bueno /malo

Arriba / Abajo

 

Orden / Caos

Derecha / Centro / Izquierda

 

 

Adelante / Atrás

 

 

Claro / Oscuro

 

 

Caliente / Frío

 

 

Pesado / Liviano

 

 

 Grande / Pequeño

 

 

Abierto / Cerrado

 

 

Mucho / Poco

 

 

Completo / Incompleto

 

 

Creciente / Decreciente

 

 

Fluido / Denso

 

 

Único / Múltiple

 

 

Continuo / Discontinuo

 

 

Masculino / Femenino

 

 

 

 

24

                Si traducimos ese conjunto de formas en acciones o verbos según los sentidos que suelen adoptar en los símbolos y en los mitos, y los agrupamos siguiendo un criterio de afinidad o proximidad semántica, encontraremos los siguientes

 

CONJUNTOS O PROCESOS ARQUETÍPICOS

(Los verbos del ser)

1- Emerger, Aflorar, Elevar, Irrumpir, Surgir, Penetrar, Manifestar, Expulsar, Romper, Afirmar…

 

2- Descender, Carecer, Faltar, Mermar, Languidecer, Extraviar, Perder, Envejecer, Perecer, Extinguir…

3- Desear, Demandar, Requerir, Urgir, Indagar, Preguntar, Llamar, Invocar…

4- Buscar, Enviar, Explorar, Viajar, Relacionar, Comunicar, Transmitir, Transferir, Vincular, Enlazar…

5- Encontrar, Descubrir, Hallar, Aparecer, Revelar, Conocer, Responder…  

6- Alojar, Acoger, Agregar, Capturar, Retener, Atrapar, Completar, Incorporar, Integrar, Juntar, Unir…

7- Nutrir, Alimentar, Absorber, Devorar, Ingerir, Engullir, Disolver, Disgregar, Desaparecer…

8- Oponer, Combatir, Contener, Resistir, Rechazar, Proteger, Sostener, Mantener, Negar…  

9- Separar, Ordenar, Distinguir, Aclarar, Organizar …  

10- Engendrar, Concebir, Gestar, Formar, Cristalizar, Crear, Inventar, Idear, Imaginar, Urdir, Elaborar, Construir…  

11- Regresar, Reunir, Volver, Completar, Crecer, Madurar…  

12- Propagar, Perdurar, Acumular, Diseminar, Persistir, Expandir, Conquistar, Reproducir…   

 

Desde luego, cualquier agrupación tiene siempre algo de arbitrario y algunos términos podrían encontrar cabida en más de un sitio; asimismo, el número de conjuntos podría reducirse o ampliarse según el criterio de quien intente el ejercicio. 

Los símbolos recogen la memoria de la conciencia, como el ADN recoge la memoria del cuerpo en su aventura planetaria: dioses y diosas, demonios e inframundos, cielos y héroes, simbolizan la epopeya de la vida y la conciencia.

Forzando, tal vez demasiado, la analogía entre el ADN y el mundo simbólico, podría decirse que estos doce conjuntos son las “letras” con las que se escribe la memoria simbólica de la vida en nuestro planeta, según la produce y registra la mente humana.

  

25

                La conciencia se representa a sí misma como luz, es decir, la conciencia aparece como luz en la conciencia.

                Por eso, entre otras razones, el sol y el relámpago ha sido desde antiguo símbolos de la divinidad.

 

26

En el proceso cósmico, distinguimos un férreo determinismo que se manifiesta desde las primeras formas de la energía, junto a un eje de indeterminación que también se manifiesta desde las formas primeras de la energía (i.e. indeterminación cuántica.)

El grado de libertad de un átomo de hidrógeno es aproximadamente cero; el de una molécula orgánica, es prácticamente idéntico; el de las primeras formas vivientes, muy reducido… Parece difícil objetar que la conducta de un jaguar o de un mono araña son más “indeterminadas” (más libres, menos predecibles, más autodeterminadas) que la de una zompopa, una estrella de mar o un árbol de jocotes.  Conforme las formas vivientes amplían su mundo y su conciencia, ganan autonomía, autodeterminación y libertad.

Con la autoconciencia esa libertad se amplía, al punto que los seres humanos transformamos el mundo circundante en antroposfera. Esta transformación es evidencia palpable de la autonomía creciente de las formas vivientes…

               

27

          Desde las primeras radiaciones y energías producto de la singularidad en el origen de este Universo, pasando por las partículas elementales y subatómicas a los átomos de hidrógeno y carbono, en continua y progresiva diversificación, hasta las moléculas orgánicas que desembocan en la vida y la conciencia, y de esta a la autoconciencia orientada a la inteligencia, el cosmos genera formas entre el determinismo casi total de la energía y la autonomía (autodeterminación) creciente de las formas vivas.  

En lo que resulta casi un juego de palabras, podemos decir que el uni-verso se di-versifica…

 

28

                 Lo propio de la mente es abstraer y relacionar. Partiendo de las experiencias de la conciencia individual y de contenidos transmitidos culturalmente, la mente abstrae y relaciona conceptos e imágenes. Abstraer es integrar: las experiencias se integran en conceptos más amplios, o bien en imágenes polisémicas y complejas.

                La mente establece relaciones entre esas abstracciones y con ellas elabora representaciones explicativas del mundo y de su situación. La teoría de la relatividad cumple, desde este punto de vista, la misma función que el poema babilónico o el relato bribri de la creación.

                Por su naturaleza abstracta, estas representaciones son intemporales. Aunque se originan en el espacio y en el tiempo, “existen fuera del tiempo” o, dicho con mayor sencillez, “el tiempo no las modifica ni las afecta.”

                El ejemplo más claro de esto son las formas geométricas. La idea de un triángulo equilátero, de una pirámide o de una esfera, es la misma siempre, y quienquiera, dondequiera y cuando sea que se las represente, lo hará en su mente de la misma manera.  Otro tanto puede decirse de la idea de Dios: un ser todopoderoso, creador del universo, es algo que cualquiera puede representarse en su mente, y quienquiera que lo haga, dondequiera y cuando quiera que se encuentre, alumbrará  más o menos la misma idea.

                Las ideas y las imágenes simbólicas de la mente son “intemporales”, “existen” más allá del espacio y el tiempo, pero son producidas histórica y culturalmente: como sabemos, la idea de un Dios único, todopoderoso y creador ex nihilo del universo, no existía en la mente de los habitantes de América a la llegada de los conquistadores europeos, ni la idea de Huitzilopochtli existía en la mente de los españoles que conquistaron México, ni el concepto de los quarks en la de un científico europeo del siglo XVII.

De este modo, las ideas y los símbolos surgidos de la mente son intemporales, pero al mismo tiempo son producidos y reproducidos histórica, cultural e individualmente.

 

29

                Retrocedamos en el tiempo y tratemos de ponernos en el lugar de aquellos homínidos (o aquellas homínidas) a quienes se les reveló la idea de utilizar el fuego para calentarse o de buscar refugio en las cavernas. Resulta fácil imaginar el estremecimiento y la conmoción que debió causarles esto.

Basta leer la autobiografía o la correspondencia de científicos, místicos y filósofos a lo largo de todos los tiempos, para encontrar testimonios de ese estremecimiento, del sentido de lo “inefable” y lo trascendente que tiene para la conciencia la revelación de las ideas y los símbolos, pues una cosa es acceder a ellos por la transmisión cultural, y otra muy diferente que estos “se revelen” directamente a la conciencia.  Por cierto que estas “revelaciones” suelen tener lugar entre la vigilia y el sueño, cuando la conciencia no está absorbida por los datos de los sentidos corporales y puede abrirse a la captación de las ideas e imágenes surgidas de la mente. La experiencia de lo simbólico tiene siempre algo de revelación y es la fuente de todas las doctrinas -incluida la científica.

Por este motivo, las experiencias mentales de lo simbólico de un chamán siberiano, de un místico sufí, cristiano, budista o hinduista, de Sócrates, Parménides, Johannes Kepler, Juan Jacobo Rousseau o Niels Bohr, son muy diferentes en sus contenidos, pero igualmente verdaderas y auténticas.

   

30

La experiencia de lo simbólico es común a los humanos. Por tanto, con la misma certeza con la que puede decirse que la vida y la conciencia son fenómenos cósmicos, debe afirmarse que la mente y la inteligencia también lo son o, lo que viene a ser lo mismo, el cosmos es también un fenómeno mental.

                El proceso cósmico consiste en la producción permanente de formas mentales, formas vivientes, formas materiales y formas energéticas, a partir de las energías liberadas en la singularidad del origen. (Podemos agregar aquí las formas sociales que se producen en la historia de especies como la nuestra.)

El cosmos es un proceso de autoformación permanente.

               

31

                La interpretación que aquí esbozamos revela el proceso cosmológico como la producción permanente de formas que asumen grados crecientes de autodeterminación, conciencia y libertad.   

Formas de vida más conscientes, más autodeterminadas y libres que las autoconscientes, serían formas mentales de vida, que además serían formas plenamente inteligentes (a diferencia de las formas autoconscientes, que solo tenemos destellos o vislumbres de inteligencia.)

Si la forma humana coexiste en nuestro planeta con formas de vida no autoconscientes (y con todas las formas de autoorganización de la energía y la materia cósmica de las que surge la vida), ¿no es concebible que, de existir formas vivientes con mayores grados de autonomía y consciencia, coexistieran, a su vez, con la vida autoconsciente?

Cabe preguntarse cómo percibiríamos nosotros esas formas mentales de vida en caso de que existieran. De manera análoga a lo que ocurre con el mundo físico, al que la conciencia da formas mediante los sentidos, seguramente nuestra mente le daría sus propias formas:

Si una doncella roza una piedra

¿qué siente la piedra?

¿Otra piedra?

                 En efecto, a lo desconocido solo podemos representárnoslo por lo conocido.

 

32

Si hemos interpretado correctamente lo que sabemos, para inferir de ello lo que ignoramos, el proceso cosmológico consiste en la producción de formas crecientemente autodeterminadas, conscientes y libres, a partir de las energías liberadas en la singularidad del origen.

            El eje determinismo / autodeterminación revela el proceso cósmico como un campo de tensiones o, dicho con mayor propiedad, como un campo polarizado.

            Sabemos que uno de esos polos es la energía, tal como la describe hoy la ciencia física, a saber, fermiones, bosones y demás partículas elementales informando la materia.  Casi todo cuanto ahí ocurre responde al más férreo determinismo, aunque lo indeterminado también encuentra cabida.

En consecuencia, el otro polo del campo cósmico lo ocuparía una fuerza en la que la autodeterminación, la conciencia y la libertad alcanzarían su máxima expresión. Se trataría de una fuerza no física, es decir, no espacio-temporal, sino mental, que interviene y participa activamente en la constante in-formación del cosmos. (Tal vez, el aspecto hasta hoy inexplicado de la curvatura del espacio-tiempo obedezca a la naturaleza no espacio temporal, no física, de esa fuerza.)

Entonces, ante nuestra mirada maravillada, el proceso cosmológico se revelaría como un despliegue o manifestación de “energía inteligente”, es decir, como la incesante producción de formas dentro un campo polarizado entre la pura energía y la inteligencia pura: energía e inteligencia se revelan, se conforman, se identifican y “re-conocen” en cada fenómeno cósmico. 

Más que de la causalidad o la causación como la entienden la filosofía y las ciencias, todos los fenómenos cósmicos seríamos el resultado de la conformación de esas dos fuerzas o principios en diferentes coordenadas de ese campo polarizado entre la energía y la inteligencia, entre el espacio-tiempo y la mente. 

No somos seres, sino aconte-seres en la gran manifestación del cosmos.

El misterio del que nada puede decirse, es la unidad original de energía e inteligencia y sus razones para manifestarse en el cosmos.

 

noviembre, 2020