miércoles, septiembre 07, 2005

Los ríos de sombra

Uno nunca sabe si lo que está escribiendo llegará a convertirse en un libro o si quedará como una experiencia personal, si no pasará de ser un intento fallido como tantos otros, o si el material que produjo servirá luego para alimentar otros proyectos. En todo caso, “Los ríos de sombra” es el título de lo que estoy escribiendo desde hace un tiempo. Jamás había escrito una presentación para uno de mis proyectos. Hasta ahora:


No es mi propósito encaramarme, con Jodorovsky, en “el árbol donde mejor cantan los pájaros” –el genealógico–, ni mucho menos aventurarme en el difícil –por trillado– sendero de la novela que recrea de manera apenas embozada la saga familiar del autor. La literatura latinoamericana –y presumo que la mundial–, abundan en esto. Mucho menos pretendo insinuar o tomar partido por alguna teoría acerca de la forma como las pasiones o los sufrimientos se transmiten de una generación a otra y tejen con nosotros historias de las que nos sentimos protagonistas, aunque tal vez no seamos más que títeres o corifeos. “Estamos tejidos de la misma materia que los sueños”, avizoró Shakespeare.

Supongo que mi pretensión es al mismo tiempo menor y mayor que eso. Lo que quiero es indagar aquí en la existencia de mis dos abuelos –personas a quienes jamás conocí–, pero cuyos ecos –sospecho–, reverberan en mi propia vida de diversas maneras. De modo que esta indagación trata ni más ni menos sobre la vida de ellos en la mía, sobre el influjo que la existencia de personas que nos anteceden en el tiempo tiene sobre la nuestra, aunque la mayoría de las veces lo ignoremos.

De entrada admito que este intento estará marcado por las mistificaciones –no hay mayor mistificación que la historia, que cualquier historia que pretenda referir o (peor aún) reconstruir una realidad que ya no existe– pero me propongo evitar, hasta donde sea posible, el artificio literario: no inventaré aquello que ignoro ni organizaré los datos con miras a crear un efecto o una impresión determinada.

Los nombres de los protagonistas han sido conservados, pero me temo que aún así, cualquier coincidencia con la realidad no será otra cosa que eso: una pura coincidencia.