lunes, marzo 19, 2007

FINAL DE JUEGO Y PRINCIPIO

He pasado mucho, demasiado tiempo, sin visitar este espacio... Mala señal. Señal de que los días no me pertenecen como antes; señal de que ando lejos del silencio y por ello de la palabra; señal de agitación, de carreras, de neurosis galopante... Apenas hay tiempo para respirar, ni siquiera para añorar el silencio y la quietud. ¡Extraño! Las cosas suelen suceder así: en oleadas, ráfagas, marejadas... Y de pronto el mar en calma... Y de nuevo la agitación...

Aún así, aprovecho esta pausa para un apunte: hace algunos días cumplí 45 años. Me retraigo a la década de mis 20, cuando decidí que estos años serían demasiados, que más allá de esto sería una obscenidad... Entonces, recuerdo, me parecía que de aquí en adelante el camino no podía ser más que en picada y me decía que “mejor terminar el juego antes que el juego se acabe”, citando a uno de mis maestros de entonces, Alfredo Catania... Me parecía justo, natural, necesario, ir poniendo fin a la aventura por aquí. Ahora, desde luego, veo las cosas muy diferentes y me parecería horrible quedar “viudo del mundo”, como decía Otto René Castillo. Aún para el centenario, la muerte nunca está en los planes del día, siempre nos tomará por sorpresa. (Salvo, dicen, para unos cuantos iluminados que le dan cita a la Pelona de la misma forma que en la escuela nos citábamos para una pelea al terminar las clases del día: “Nos vemos a la salida”. Pero esa es una minoría insignificante y por cierto no conozco personalmente a nadie que haya hecho esto...) “Final de juego”, tituló el gran Cortázar una de sus colecciones de relatos. ¿Cuándo es el final del juego? ¿Y cómo reconocerlo?

Final de juego, tal vez, pero siempre es para iniciar otro nuevo.

domingo, febrero 11, 2007

ESPEJISMOS (Los Días y sus Dones, 1980-2001)

Espejismos
Sé que cuanto miro es ilusión, desvarío de los senti­dos, pero ni me resigno a ello ni puedo romper el cascarón…
***
El niño me miró como hubiese mirado yo cuando niño, a alguien como el que soy hoy.
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Crecer es aprender a distinguir nuestras fantasías, adentrarnos progresivamente en los distintos niveles de la realidad, incluyendo los más fantásticos.
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La oscuridad transforma, no sólo la apariencia, sino también el sentido de las cosas.
***
Me encontraba tan sumido en la acción, que detenerme hubiera sido como despertar de un sueño...
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En el rostro de la mujer amada espejean voces que me hablan desde la infancia, desde la niñez, desde la juventud; rostros que murmuran secretos, cosas que sospecho: susurran y hacen guiños y aparecen y se esfuman –fantasmas vivos habitándola toda–. Luego hay un momento en que aparece un rostro desconocido que me habla desde el sitio más íntimo, más entrañable y querido, y me sorprende y me conmueve hasta las lágrimas, pues siento que he visto su rostro por primera vez, y lo hago para siempre mío. Y supongo que esto es el amor, o algo parecido.
***
El vértigo del enamoramiento y su sensación de 'caída en el otro': las cadenas de asociaciones y de ecos que la cercanía del ser amado nos produce; la sospecha permanente de que a esa persona la hemos conocido antes, y de que en cualquier momento recordaremos dónde, cómo, cuándo…
***
Por las mismas razones que todo captor queda atado a su presa, quien seduce depende de la persona seducida. Atado al espejismo de su poder, el seductor terminará arrastrándose, de ser necesario, con tal de no ver amenazada su imagen especu­lar.
***
Abrí los ojos, despertándome, y ahí estaba el duendecillo –regordete, un pequeño bulto sobre la mesa del tocador–, como velán­dome… Una fracción de segundo nada más –un descuido, un accidente–, antes de disiparse y dejar sólo la duda.
***
La extrañeza que me asalta a veces, cuando me parece despertar de un sueño en plena calle, a medio día, entre la multitud. Soy un pasajero de mí mismo, abandonado repentinamente en un lugar desconocido.
***
Las apariencias no sólo son verdaderas, son también el único andamiaje que nos permite sospechar que las apariencias no son verdaderas

lunes, enero 15, 2007

Flores de enero (7)

Mañana seremos dos: me habrás nacido; me habrás parido.
***
El viento es una metáfora de la luz

Flores de enero (6)

asomo
Formas de belleza
tan sutiles
Que escapan
como mariposas
si las miras

sábado, enero 13, 2007

Flores de enero (5)

relativo
El espacio es ilimitado, y aunque yo no lo abarque en su totalidad, no hay problema.
El tiempo también es ilimitado, y aunque yo no lo abarque en su totalidad, ¿no hay problema?

jueves, enero 11, 2007

Flores de enero (4)

Mientras vagabundea sin rumbo por la ciudad, un miserable encuentra una colilla en la acera y, por un instante, es el ser más dichoso del mundo.

A su lado, un negociante que viene de ganar varios millones, cae de pronto en la cuenta de que, planteado de otra forma, su negocio hubiese redituado el doble. En ese instante es el ser más desdichado de la Tierra.

Mientras enciende la colilla, el miserable mira de reojo a su vecino y, abismado en la plenitud de su inhalación, elude el mordisco de la envidia.

Mientras digita en su teléfono celular el número de su asistente para verificar si aún puede remediarse el asunto, el negociante mira de reojo al miserable y, tras concluir que no representa peligro alguno, lo ignora para siempre.

Los dos hombres se alejan. Nunca recordarán ese momento fugaz e intrascendente. Solo nosotros, de este lado de la pantalla, sabemos lo que ocurrió.

martes, enero 02, 2007

lunes, enero 01, 2007

Flores de enero (2)

Con Baruch y René
Curioso, por lo menos, que cuando reflexionaron sobre el ser, Descartes y Spinoza se limitaran a distinguir las cualidades de extensión e inteligencia. Basta el sol de cualquier mañana para constatar que el ser es, además, radiante...

Pero no se trata solo de la radiación solar (lo que nos devolvería a la discusión, si no me equivoco todavía sin zanjar, sobre la naturaleza de la luz), sino a las muchas radiaciones de la materia (que cualquier aparato de hoy revela sin dificultad)... Para no hablar de las desconocidas, pero presumibles, radiaciones de la inteligencia...

Flores de enero (1)

Larga caminata por los Cerros de Escazú, para iniciar el año. Entré por un sendero que no conocía, muy empinado pero bastante bien trazado, supongo que por la gente del Comité para la Defensa de los Cerros de Escazú (CODECE). El sendero atraviesa algunas fincas, luego un trayecto rocoso –esas enormes rocas típicas de Pico Blanco– y luego un tramo pequeño, pero hermosísimo, de bosque primario... (Musgos y epífitas en abundancia, creciendo sobre las rocas y en la corteza de grandes árboles cuyo nombre ignoro...)

En el tramo rocoso hay varios miradores naturales con vista hacia el cerro contiguo, donde está La Cruz de Alajuelita, y hacia el sur, remontando el curso del río, hacia los Cerros de El Cedral, donde algún día quiero llegar.

Apenas han concluido las lluvias, y ya es el estallido de las flores. Increíble la cantidad y variedad de flores en este momento; hay trechos donde el zumbido de las abejas semeja el de un panal. La naturaleza no tiene prisa pero no pierde tiempo. La lluvia arruinaría el polen y hay que aprovechar los breves meses secos para consumar la fecundación...

En algún momento me detengo para acariciar la tierra: ahí en la altura, es una tierra finísima, profundamente negra, fresca y delicada, que invita a comérsela.

Las únicas personas con las que me crucé en el camino fueron nicaragüenses. Primero, todavía muy abajo, un hombre solitario, machete en mano, sentado a la vera del camino. Breve intercambio de palabras, ambos verificando las intenciones del otro. Luego, en plena montaña, un grupo compuesto por dos muchachos, un adulto y un niño de unos ocho años. Los acompañaba un perro y cargaban flechas (hondas). Gente muy sencilla, tal vez trabajadores de la construcción empleados en los enormes condominios para gringos que se construyen a pie de monte. Esos encuentros en la montaña siempre son curiosos: se abre un interrogante, una expectativa, una tensión. Todo quedó saldado con un rápido apretón de manos con el hombre adulto.

De regreso los vuelvo a encontrar. Ahora descansan sobre una enorme roca con vista a la ciudad y al Valle Central. No me sienten llegar y escucho lo que hablan: ubican los puntos cardinales, pero los refieren, no a donde están en ese momento, sino a Nicaragua... El inmigrante carga siempre con su patria a cuestas. Según me explican ellos, el sendero este conecta con la principal ruta de ascenso al Pico, que sube por el lomo de la montaña, a la que por diversas razones, y aunque lo he intentado varias veces en los últimos años, no he podido llegar.

Al bajar, paso una vez más frente al cementerio de San Antonio de Escazú, y entonces de nuevo la certeza de que ahí quiero ser enterrado, o bien, que se dispersen las cenizas de la cremación en algún sitio más arriba en estos cerros.

jueves, diciembre 28, 2006

Opciones

Somos cuerpos del espíritu.
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Cada uno decide si quiere ser un cuerpo-alas o un cuerpo-prisión para el espíritu.

Alianza

Crear juntos condiciones para que cada uno crezca y se desarrolle...

martes, noviembre 21, 2006

ESCRIBIR (Los Días y sus dones, 1980-2001)

ESCRIBIR
Escribo para remendarme.
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Creo en el valor del acto de escribir, no en “la literatura”.
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La escritura siempre es femenina, porque las palabras nacen de un hueco.
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Escribo historias porque la realidad estaría incompleta sin la fantasía.
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Quizás escribir sea ir dejando piedritas en el camino, rastros de un itinerario; seguir estampando las manos en la cueva.
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Soltar amarras, desbarrancarse, caer de pie, hundirse y volverse a levantar, darse la cara, darse la espalda, darse de lleno; morir de miedo, de ganas, de vergüenza; asquearse hasta los huesos, vomitar sin pena; calar las bayonetas, izar bandera humana; morir sin protestar y protestar por los que mueren; hacerse añicos, partirse en dos; apuñalar de amor la tarde antes que sea demasiado tarde.
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Aspiro a que de mi pecho salga algo más que un alarido lastimero.
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La metáfora es una imagen (es decir, una relación) emplazada en la frase, mientras que la alegoría es una imagen emplazada en la situación narrativa o en el argumento.
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El reto de la novela es describir procesos vitales; para ello, a veces es necesario “descender” al nivel de las situaciones y de las acciones –es decir, al nivel de lo concreto–, pero a menudo la mirada del narrador debe emplazarse a cierta distancia espacio/temporal, como un halcón solitario que mira e interpreta, conoce y descifra la vida de los personajes.
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Los cuentos son un asunto de iluminación instantánea: se dan o no se dan; vienen completos o se frustran. Las novelas, por el contrario, requieren de un lento proceso de elaboración y maduración, y precipitarse en su escritura a menudo nos conduce al extravío.
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Ante un buen cuento, uno siente que cada párrafo puede ser el primero.
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La "obsesión por la simetría" hasta en los cuentos. Se exige una "redondez", una cierta "linealidad", etc. Pero ¿qué tal los cuentos "asimétricos" de Salinger, de estructura totalmente impredecible, cuyas leyes parecen modificarse durante el desarrollo de la historia?
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Un relato trasciende lo anecdótico cuando la narración nos sugiere o propone relaciones que llevan la historia más allá de sí misma, es decir, más allá de sus referentes internos. En ese sentido, un relato es siempre una síntesis: se trata de decir más de lo expresamente dicho; de expresar un universo mayor con los elementos de un micro-mundo.
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Ayer, drogado, pensé solemnemente: "No partir de las palabras, llegar a ellas". Divertido: estoy de acuerdo.
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Escribo porque no sé hacer otra cosa para conjurar el miedo. Pero esta es una evasión sutil: mitad huída y mitad enfrentamiento, fuga y careo. La escritura es una tauromaquia: el toro es el miedo, el escritor el torero.
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Hay –quién se atreve a negarlo– un componente autoerótico en la escritura literaria. Uno se eriza, se roza en las palabras. Busca la soledad y el silencio para explorarse indistintamente el Gran Falo y el Gran Agujero.
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¡Es necesario escribir con todo el cuerpo!
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Sólo siento que realmente estoy viviendo cuando escribo con regularidad. Todo adquiere otra intensidad, otro relieve; en cierta forma, es como si al calor de las fantasías la vida despertara; como si, fecundadas por la imaginación, nuevas zonas, texturas y colores de la realidad, se hicieran visibles.
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Es de la confrontación a la que uno se somete, del torrente de la duda proyectado sobre el mundo y lo que ha sido dado como cierto, de donde brota la chispa, el pathos que da vida e ilumina la obra literaria que respira.
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Sólo una íntima, secreta fe o confianza, puede hacerte persistir en este oficio en el que todo es incierto, contra el que todo atenta.
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Antes de escribir una obra, también hay que afinar la voz, encon­trar el tono.
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¡Quita la grasa de tus escritos!
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Sin la escritura ando a tientas, porque con la escritura me tiento, me toco, me palpo. Me escarbo y me doy forma. Domestico, amanso el potro de mis pensamientos y de mis sentimientos, que de otra forma galoparían invisibles como el viento. Como cualquier verbo, escribir es una acción: pone en marcha, en danza, en movimiento, la energía del ser: articula, orquesta, armoniza y proyecta… Con la escritura conjuro el vacío, el gran agujero de la nada, y en las palabras que emerjen reconozco un destello, una imagen fugaz de lo que, sin saberlo, soy… Así, escribo como quien talla un bloque de piedra esperando encontrar ahí la escultura que sospecha.
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Sólo cabalgado en la mentira alada de una historia, precipitándose en ella como una bola de nieve que crece y lo arrasa todo a su paso –el pudor, la sensatez, y aún el límite sagrado de lo verosímil–, sólo así, digo, puede el narrador existir y tener al lector a su lado, latiendo y respirando al unísono.
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Uno puede decidir cuándo va a escribir una novela, pero un cuento impone cuándo ha de ser escrito.
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El cupo para la posteridad está lleno: yo deseo cierto reconocimiento, ahora.
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Escribo en una búsqueda desesperada de legitimidad social.
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Los personajes inventan al narrador al menos tanto como éste a aquellos.
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Lo peor que puede pasarle a un escritor es volverse sensato.
***
Rebusco entre mis papeles viejos: a medida que avanzo, aumenta la desesperanza y crece la sospecha de que lo que busco no está ahí; entonces comprendo que se acerca un nuevo momento de escribir.
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Parte del oficio es exponerse, tanto como sea posible, a situa­ciones y emociones nuevas.
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Aunque escribo mucho, mucho menos que antes, tengo la convicción de que estoy, de verdad, "haciéndome escritor". ¿De dónde nace mi convicción? Del peso que de pronto tienen las palabras.
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Me divierte que sea ahora, tantos años después, cuando vengo a tomar conciencia de que soy un pésimo escritor, y que cada página que escribo debo rehacerla cuatro o cinco veces antes de sentirme mínimamente satisfecho.
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De nuevo el renovado amor por el oficio, el deseo vertiginoso de fundir en vidrio las palabras, desbocarme cerro adentro, hacia la piel del asombro, las íntimas tinieblas. Verbo convocado, inminente, haciéndose esperar como la lluvia de esas nubes densas. Desarrapado anhelo de vencer el vacío, de trasponer el umbral, de verterse.
***
Aviso a los desprevenidos: la soledad, la meditación, el silencio, son absolutamente indispensables para la creación artística. Sin diálogo interior, sin atención a los propios procesos, resulta imposible la palabra, la imagen o el acto revelador y significativo.
***
No es uno quien hace la obra, es ella la que se hace a través de uno. Se trata de un pacto de fidelidad y compromiso: nadie más en el mundo puede escribir lo que vos. Si no lo hacés, esas visiones, esos personajes y esos sueños, se perderán para siempre en la oscuridad.
***
Ahora, cuando soy más conciente de mi ansiedad y de mi angustia, se vuelve a abrir como una llaga la pregunta de qué voy a hacer con ellas… Hacer de la angustia un arte, de la ansiedad el motor de mi trabajo creador, es mi propósito y mi única posibilidad de salvación.
***
Escribir ha sido, en mi caso, la consecuencia de mis dudas y, sobre todo, de mis dilemas.
***
La imagen del cuentista es: el encantador de serpientes.
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Si la economía del lenguaje se postula como precepto estético, el paradigma de la obra literaria sería el silencio. La literatura es lenguaje, es pala­bra. Quien no lo acepte así, rápidamente se verá obligado a callar.
***
La novela sucede en la mente del lector. Escribir es producir, orientar y dirigir una experiencia mental. Así, lo que uno escribe es siempre un guión. El arte del narrador es despertar la imaginación del lector.
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Puedo vender horas de trabajo, pero no mi palabra.
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En la narrativa están mis sueños y mis fantasías; en la poesía, mi vida.

lunes, noviembre 13, 2006

El único exceso

que uno puede permitirse en literatura, y al que uno debe aspirar, es al exceso de verdad. En literatura, la aproximación a la verdad nunca es suficiente, nunca es demasiada, nunca es excesiva...

viernes, noviembre 10, 2006

En poesía, quizá más importante que conocer a muchos, es amar a algunos...

domingo, octubre 29, 2006

Mi generación del "crack"

Comienzo confesando algo que no me enorgullece: rara vez leo novedades literarias, sobre todo sin son best-sellers y llegan precedidas por una estruendosa ofensiva mercodotécnica y publicitaria. Por lo general ello no es achacable a los autores, y soy el primero en reconocer que este prejuicio estuvo a punto de privarme de algunas lecturas que luego disfruté y se revelaron como importantes. En todo caso, los autores del llamado “crack” mexicano han sido víctimas de ese prejuicio, y aunque muchos amigos elogian algunos de sus libros, en mi caso aún no les llega su hora.
Todos sabemos que editores, críticos y vendedores de libros necesitan agrupar a los autores denominándolos con algún nombre atractivo y fácil de recordar. Así nacieron el boom primero, después el post-boom y ahora el crack. A diferencia de los autores del boom, que en común no tenían más que la calidad, la ambición y el ser originarios de Latinoamérica, los del llamado crack –Jorge Volpi (Ciudad de México, 1968), Vicente Herrasti (Ciudad de México, 1967), Pedro Ángel Palou (Puebla, México, 1966), Eloy Urroz (Nueva York, 1966), Ricardo Chávez Castañeda (Ciudad de México, 1961) e Ignacio Padilla (Ciudad de México, 1968)– suscribieron en 1996 un manifiesto literario, entre cuyos postulados reivindicaban su interés por la elaboración formal y el cuidado del lenguaje; denunciaban la entronización de una "la literatura de papilla-embauca-ingenuos, la novela cínicamente superficial y deshonesta"; mencionaban asimismo su deseo de entroncar con la tradición experimental y el riesgo estético de los autores del boom; su rechazo de la “literatura bananera” y su inclinación por temas –digamos– “universales” –filósóficos, éticos, históricos– apartándose de los asuntos puramente “locales” o “nacionales”, su búsqueda de lectores más cultos y exigentes y su admiración por la tradición novelística europea, entre otros. Por ello no sorprende que muchas de sus novelas se ambienten en Europa y aborden temas relacionados con episodios históricos de ese continente o con asuntos literarios y filosóficos tratados con frecuencia en aquellos pagos, y menos en estos (aunque dudo que Borges, Fuentes, Carpentier o Cortázar estarían de acuerdo en esto último.) En todo caso, estos son algunos principios enunciados por los autores del crack al momento de lanzar su manifiesto, cuando promediaban los treinta años, pues más recientemente Pedro Ángel Palou, por ejemplo, publicó una novela que aborda un tema tan nacional y popular como lo es el boxeo en México.
Salvo en algún punto, quizás demasiado altisonante, es difícil no estar en acuerdo con los principios que declararon los autores del crack en su manifiesto. Para hacerles justicia, habría que agregar aún que ellos aseguran haber surgido como contestación a un fenómeno literario-cultural propio de México, una tendencia a trivializar y vulgarizar la novela, aunque en ningún sitio he visto mencionados con nombres y apellidos a los exponentes de esa corriente. Es fácil adivinar en sus palabras un afán de escándalo y provocación semejante al que animó, en esos mismos años, a los antólogos de y a algunos antologados en McOndo.
Por proximidad cronológica y porque es casi imposible diferir de aquellos enunciados, podría afirmar que pertenezco a la generación del crack. Pero también, o ante todo, soy miembro de la generación del crack en un sentido diferente, pues en muchos países de Latinoamérica mi generación fue la primera en experimentar, y de la manera más devastadora, los efectos del crack, ese derivado de la cocaína que también llamamos piedra.
Digo esto sin asomo de ironía. Por el contrario, pretendo marcar con ello la única diferencia significativa que me aparta de los principios que defendieron los autores del crack en el manifiesto que operó como su acta de nacimiento: el alejamiento –o quizás incluso el desprecio– del espacio/tiempo local. Es verdad que en un mundo dominado por las migraciones masivas, las comunicaciones instantáneas, los viajes, la trasnacionalización de la economía –para mencionar solo algunas dimensiones obvias de nuestra época– “lo local” no puede entenderse como lo fue a inicios o a mediados del siglo XX, pero es verdad –sigue siendo verdad, no puede dejar de serlo– que los seres humanos estamos sembrados en la historia, y que nuestra experiencia, nuestra vivencia del ser, surge de ahí y está indisolublemente ligada a ella.
Así pues, solo hundiéndonos más y más profundamente en la historia –individual, familiar, local, nacional, regional, universal– es posible profundizar en esa recreación del viaje a lo desconocido del que somos parte, que a fin de cuentas es la literatura. Desde luego, este profundizar en la historia no implica desdeñar la imaginación y la fantasía sino servirse de ellas, pues como sabemos, imaginación y memoria son las alas con que las artes -y la literatura en particular- vuelan y al mismo tiempo se sumergen en lo humano.
Un episodio de la historia europea puede ser tan revelador para nosotros como aquellos que tradicionalmente se relacionaban con “lo nacional” –y en ese sentido, ser legítimamente “nuestro”– pero no es menos cierto –y esto es lo que tal vez no consideraron en aquél momento los firmantes del manifiesto del crack–, que lo que ocurre aquí-y-ahora, puede ser asimismo revelador y significativo para lectores de cualquier latitud.
No se trata de reivindicar a la ligera “lo local” o “lo actual” como materia privilegiada para la investigación y el trabajo literarios, sino más bien de asumir que mi manera particular de relacionarme con el tiempo, los sentimientos, la materia, la historia, la muerte, la sociedad, etcétera, si asumida con honestidad y llevada hasta sus últimas consecuencias literarias y estéticas, puede tener la misma relevancia, belleza y validez que la de mis congéneres de cualquier momento.
Desde que el mundo es mundo los seres humanos nos preguntamos: “¿Quiénes somos?” Y la única respuesta que alcanzamos a darnos consiste en decir: “Somos aquellos que se preguntan quiénes somos.” Pero este preguntarnos y este responder tienen formas, acentos y sentidos particulares según nuestro lugar y nuestra época. La única forma de ser honestos –es decir, de ser profundos–, es hablar de aquellas que mejor conocemos.

miércoles, octubre 18, 2006

dos poemas

El loco

Provoco el azar:

Rompo la cadena
causal
con un gesto
un acto
conciente
deliberadamente
absurdo

Invito a los dioses
a celebrar
nuestra libertad

Me fugo del Espejo Eterno
por la hendija
luminosa
del presente

Imprimo en el lenguaje
la huella
de mi respiración

- 0 -
Grietas

En la piedra
penetran
las raíces

germinan líquenes

estallan
cantos
flores
risas

domingo, octubre 08, 2006

Infierno y esperanza

El cartel que divisó Dante al entrar al Infierno, “Perded toda esperanza al traspasarme”, se ha interpretado siempre como una advertencia de los padecimientos que aguardan a los condenados. Sin embargo, de acuerdo con los testimonios de los sobrevivientes de los campos nazis de concentración, lo que les permitía seguir adelante y sobreponerse a las privaciones y vejaciones que hubieron de soportar, era precisamente la esperanza, aunque fuera la esperanza de que aquello acabaría algún día.
La esperanza es lo último que se pierde es el refrán predilecto de los pobres, de los humillados y los ofendidos, de los que viven en la precariedad, el dolor y la privación. (De ahí que políticos, religiosos y demás mercaderes de la esperanza asienten ahí sus reales y hagan de aquello su mercado principal.)
Está claro que además de oxígeno, agua y alimentos, los bichos humanos necesitamos esperanza, es decir, un sentido, es decir una razón, un para qué estamos viviendo. En palabras del poeta guatemalteco Luis Cardoza y Aragón, necesitamos algo que nos persuada de que somos “algo más que una máquina complicada de hacer mierda.”
De todo ello se desprende una conclusión: lo que Dante quiso decir con su cartel, no es tanto que al entrar al Infierno perderíamos la esperanza por lo que nos ahí nos aguarda o nos tocaría vivir, sino más bien que el infierno es vivir sin esperanza.

sábado, septiembre 23, 2006

No es lo mismo

Definitivamente alguien nos ha cuenteado. Porque no, no es lo mismo... Desde siempre me hicieron creer que había una expresión bíblica –para más señas, una expresión de Jesús–, que decía: “El que no está conmigo está contra mí” (o contra nosotros, da igual). Recuerdo bien que en épocas de la Guerra Fría, unos y otros la utilizaban –explícita o embozadamente– para legitimar o consumar ese espantoso chantaje moral que los dos bandos ejercieron. “El que no está conmigo está contra mí”. O sea: no tenemos opción... Si queremos ser buenos chicos tenemos que firmar contrato a ciegas y ad eternum con usted, señor redentor del mal. (¿Verdad que ya no sorprende que ambos utilizaran exactamente el mismo argumento?)

Pues no. Revisando los Evangelios, resulta que la expresión de Jesús es muy diferente: “El que no está en mi contra, está conmigo.” Tan diferente es, que resulta cabalmente lo opuesto.

La primera afirmación es excluyente y lo coloca a uno en una disyuntiva: si no te doy mi adhesión (explícita, incondicional y eterna) te convertís automáticamente en mi enemigo. La segunda, por el contrario, es incluyente hasta el extremo de sugerir que solo aquellos que se coloquen conciente, abierta y declaradamente en mi contra, no están conmigo. Todos los demás –sabiéndolo o ignorándolo, queriéndolo o no–, están conmigo...

¿No es lo mismo, verdad?

jueves, septiembre 21, 2006

Los calzones del capitalismo

Se ha dicho muchas veces, pero ante el espectáculo siempre renovado de la canallada y el cinismo, renace el asombro y hay que repetirlo: ¿cómo diablos se las arreglan los adalides y defensores del capitalismo salvaje para taparle los calzones y hacer como si estos no estuvieran llenos de huecos? En otras palabras: ¿cómo pretenden convencernos –y cómo convencen a millones–, de que es normal, decente, inevitable, razonable, sensato –e inclusive “justo”–, que mientras unos cuantos naufragan en el hastío de la sobreabundancia, otros muchos –la gran mayoría– carezcan incluso de lo indispensable o sobrevivan en la precariedad? ¿Qué ocurre para que unos y otros –y los que no pertenecemos plenamente a ninguno de esos grupos– lleguemos a considerar que las cosas son irremediablemente así, y que cualquier iniciativa para cambiarlas está condenada de antemano al fracaso?
Sin pretender ser riguroso ni exhaustivo, se me ocurren al menos dos cosas.
En primer lugar está el ocultamiento, la negación. Está claro que los que se benefician más directamente del actual orden de cosas, procuran con todos sus medios –que son muchos– que la monstruosidad de lo que ocurre no salga a la luz, o que lo haga solo a medias y en discursos cifrados como la estadística. Otros aseguran que la obscenidad es hoy permanentemente expuesta en los medios, y que eso nos abruma y termina paralizándonos. Sostienen que esa es precisamente la intención de quienes nos bombardean de continuo con estas imágenes: aturdirnos, cegarnos, inmovilizarnos.
En cualquier caso, es innegable que este ocultamiento o negación cuenta con aliados, y que a él contribuye una debilidad humana (el que esté libre de pecado, lance la primera piedra) según la cual quienes están pasándola bien aborrecen todo lo que venga a turbar su bienestar. Mientras disfruta de una agradable cena, ¿quién no maldice al mendigo o al borrachito que se acerca a pedir unas monedas?
En segundo lugar debemos mencionar la creencia –tan difundida y arraigada– de que se hace todo lo posible para mejorar las cosas. Infinidad de cumbres, encuentros, foros, conferencias, simposios, debates, seminarios y talleres se dedican año tras año a discutir las formas de erradicar la miseria, combatir la pobreza, remediar la exclusión, promover la justicia y la equidad y, en fin, a hacernos creer que existe una firme voluntad de cambiar las cosas. El ruido es tan grande y nuestro aturdimiento tan profundo, que rara vez nos detenemos a preguntarnos: ¿Pero será cierto que el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional, el Banco Interamericano de Desarrollo, la Agencia para el Desarrollo Internacional de los Estados Unidos, por citar solo algunas de las más conspicuas agencias, tienen de verdad algún interés en erradicar la pobreza? Rara vez nos detenemos a pensar: ¿Por qué, si se invierten miles de millones cada año, la situación permanece idéntica? Ante la evidencia de tanta inutilidad, uno se siente inclinado a pensar que esos miles de millones se invierten cada año, más bien, para que la situación permanezca idéntica. ¿O no?
Pues -¡atención!- aquí viene el otro elemento: erradicar la miseria y la pobreza, acabar con la exclusión, promover la justicia y la equidad y, en general, todos los altos y honorables fines que dicen perseguir organizaciones como las citadas arriba, es imposible si no se piensa al mismo tiempo en reducir la desigualdad, es decir, en redistribuir, es decir, en quitarle a unos para darle acceso a otros. No es necesario ser un especialista para saber que es impensable un mundo en el que todos los habitantes del planeta accedan a los niveles de consumo de que gozan hoy los ricos –no sé quién podrá creerlo, pero tampoco desearlo–. Así pues, resulta claro que los ricos deben consumir menos, mucho menos, y los más pobres más, bastante más, si queremos un mundo más decente.
Esos son, entonces, los calzones del capitalismo que se nos ocultan a diario mediante artificios retóricos, bombardeos mediáticos y mascaradas políticas.
Por otro lado, es indispensable estar prevenidos contra el engaño del simplismo. Suponer que es sencillo remediar los males que aquejan a la humanidad o que para lograrlo bastan solo mayor voluntad y decisión, es inaceptable. En un mundo tan complejo como el nuestro, se requieren también conocimientos, políticas, experiencias y, en fin, abundantes recursos para avanzar en una empresa semejante. Pero lo contrario es igualmente cierto: de nada valen las políticas, las experiencias, los conocimientos y los recursos, sino existe la decisión y la voluntad de que las cosas cambien.
Y esto es, precisamente, lo que hemos visto y vivido durante mucho tiempo y lo que continuamos viendo hoy.

martes, septiembre 19, 2006

pruebas

La duración de una prueba no es algo que decida la persona que está sometida a ella. Precisamente, parte del carácter de una prueba, es que no tenemos control sobre aquello que estamos viviendo. En esos trances, lo que se mide es más bien la capacidad de control sobre nosotros mismos en circunstancias adversas.