lunes, julio 28, 2014

RESPIRACIÓN ARTIFICIAL

Hacía años le traía ganas a esta novela de Piglia. El libro está recomendado por una reputación bien cimentada, más de tres décadas después de haber visto la luz (1980), y no por la evanescente espuma de las listas de ventas. Días atrás encontré un buen ejemplar (Anagrama, 2001) en los puestos de libros usados de la calle de la Condesa, en el D.F.., y sin pensarlo mucho me hice con él.
“¿Hay una historia?” Es la pregunta que abre el libro. Y, en seguida, uno de los personajes/narradores responde: “Si hay una historia empieza hace tres años…” Todo el relato será, en cierta forma, una búsqueda de esa historia o, mejor dicho, una búsqueda de los límites de la historia, de aquello que la cierre o la defina, pero estos límites se escapan sin cesar, pues la historia se abre siempre a una dimensión nueva, transmutando lo que suponíamos era el objeto del relato en algo distinto. Por ello me parece que la mejor aproximación a la idea de este novela (o quizás valga decir, a su estructura), es la de una fuga, en el sentido musical del término. Al final de cuentas, cuando el libro se cierra, cuando la respuesta a la pregunta inicial parece llegar, la pregunta ya es otra, la historia es otra, aunque no sepamos exactamente cuál.
Respiración artificial es un libro que nunca deja de hacerse, que mientras leemos parece siempre en formación, lo que constituye un desafío y un placer para ciertos lectores, entre los que desde ya me cuento. Cierto: se respira a veces un exceso de autoconciencia literaria, como lo pone de manifiesto la extensa y provocadora discusión sobre la literatura argentina con que inicia la segunda parte del libro, y por momentos asoma también la sensación incómoda de que el autor pretende demostrar a toda costa que es muy listo (que es más listo que nosotros). ¿Pero qué vamos a hacerle? Piglia es muy listo, es más listo que nosotros, no hay duda de ello, como lo prueban las no menos lúcidas ni menos provocadoras disquisiciones sobre el fracaso, la filosofía y otros tópicos que pueblan las páginas de esa segunda parte titulada, de manera a un tiempo provocadora y sugerente, Descartes. No menos sugerente es su juego con la idea de un encuentro de Hitler y Kafka en Praga, 1910, y su impacto para la literatura del escritor, aunque desde luego también aquí los límites e interacciones entre el discurso de la ficción y la supuesta verdad histórica constituyen el punto central de su abordaje: ¿cuál brinda "respiración artificial" y cuál la recibe?
Después de lo dicho, alguien podría, legítimamente, preguntar: ¿Pero más allá de lo formal, de lo literario, cuál es el asunto de este libro, de qué quiere hablarnos? La respuesta ha de apuntar,  necesariamente, a la construcción del relato o, con mayor precisión, de la Historia como relato. ¿Cómo se construye el relato de la historia y, más precisamente, el relato de la historia nacional? Traición, exilio, utopía, son palabras recurrentes en boca de los diversos relatores/escritores/corresponsales con cuyas voces se construye el texto. ¿Cuál es la distancia que separa a un héroe de un traidor? Un silencio. Una palabra. Puesto que el relato de la historia está construido con silencios vergonzantes o malintencionados y con palabras alucinadas o interesadas, es preciso sospechar, desconfíar. ¿Pero llegamos algún día a conocer "lo real"? Y en ese caso, ¿es posible dar cuenta de ello y cómo hacerlo?
Aquí se hace inevitable recordar que el libro fue publicado por primera vez durante los años de la dictadura militar en la Argentina,  lo que le confiere nuevos sentidos y convierte su relativo (o aparente) carácter críptico, en una insinuación de resistencia política, como ocurre con tantas obras aparecidas en el ambiente sofocante de regímenes opresivos.
Pero si Respiración artificial no fuera entretenido -más aún, si no fuera divertido-, sería un buen libro, un libro valiente para algunos, oportuno para otros, pero no sería genial. Pero además de inteligente, inquietante y provocador, es también divertido, y por ello me parece genial. 

jueves, julio 24, 2014

EL YO

La cola cercenada
de una lagartija
sabe que no
es

nada más furiosamente reivindicativo
que lo que sospecha de su falsedad

nada teme más
a la verdad
que la mentira


                                                               diciembre 2011

jueves, julio 17, 2014

TAMBIÉN LA MUERTE ACABA

            1
(En el cementerio)

Aquellos que en su día
me lloraron

Ya fueron olvidados

Nuestros huesos se funden

Pero en el rostro del extraño
que asoma

reconozco un gesto
y respiro

Somos los mismos


           2
Todos los muertos
viven en mí

He vivido
todas las muertes

Somos los mismos


         3
El mar

Donde se gesta todo
Y donde todo acaba

Aquí los ríos
rinden sus aguas
y se extinguen

Pero incesantes olas
ganan forma
estallan

y en lo que desaparecen

despuntan otras


          4
¿Y no es la doble hélice
del ácido desoxirribonucleico
otro tótem
para honrar a los ancestros?


                                  (México, DF, San José, Costa Rica, julio 2014)

viernes, junio 06, 2014

Lo viejo da lugar a lo nuevo

“Lo viejo da lugar a lo nuevo”, es una ley. Pero lo nuevo se gesta e irrumpe en todo cuanto existe, en todo lo que acontece, incluyendo lo viejo. La renovación no cesa y no conoce límites. Incluso la muerte es una renovación, un irrumpir de lo nuevo. La única muerte verdadera es la fosilización
.

miércoles, junio 04, 2014

MADRE E HIJA

Madre,

Estos son mis despojos
que pongo aquí a tus pies
como un cumplido homenaje
de mi odio.

Como ves
la devastación fue completa
y de la lozana niña que pariste
nada queda.

Ya soy casi una vieja.

Solo espero que
tu senilidad no impida  
que valores mi obra y
reconozcas mi triunfo.

¿O aún en tu avanzada senectud insistirás
en simular tu insidioso amor de madre
el abrazo del que huí espantada
y al que ahora
vuelvo derrotada?


Junio, 2014

lunes, enero 27, 2014

DESDE EL FUTURO

Tendría doce, trece años de edad y con mis amigos de entonces imaginábamos lo que sería nuestra vida, nuestro barrio, nuestra ciudad, treinta o cuarenta años después… Desde luego, lo que imaginábamos entonces estaba determinado, en buena medida, por lo que veíamos en la televisión, en el cine y en los diarios, pero también por lo que nuestros padres y otros adultos nos transmitían en sus conversaciones. (Obviamente, sus visiones  también estaban influidas por los medios de comunicación, pero en ellas pesaba además  su experiencia vital.)
En aquellas visiones, el cambio tecnológico tenía un papel fundamental. En pleno desarrollo de la carrera espacial, en medio de la Guerra Fría, la tecnología era piedra angular de cualquier  visión del futuro, como creo que, para muchos, continúa siéndolo hoy. Ante cualquier innovación tecnológica que irrumpiera en el mercado o asomara en el firmamento, la reacción espontánea en boca de todos era: el futuro será así, pero más, mucho más de lo que ahora vemos e incluso de lo que somos capaces de imaginar… Pero, además de los cambios tecnológicos (por lo general relacionados con los armamentos, los medios de transporte y de comunicación), aquellas visiones abarcaban otras dimensiones de la vida, como la fisonomía del espacio urbano, el valor monetario de ciertos productos o la moda y las costumbres.
Hoy, al cabo de treinta o cuarenta años, puedo decir con certeza que muchas de aquellas imágenes se materializaron o están en camino de hacerlo. Quizás carezcan de la espectacularidad que les atribuíamos (o acaso nos hemos familiarizado con ellas), pero sin duda están aquí.  En otras palabras, esto que vivo hoy es el futuro que imaginaba cuando niño. Camino, me alimento y respiro en lo que entonces constituía el escenario incierto del futuro. Exploro el paisaje que me rodea y me pregunto cuánto se parece a lo que entonces imaginaba. ¿Cómo y en qué se asemejan las imaginaciones de entonces a lo que ahora me devuelven los sentidos?
Lo primero que debo decir, es que este futuro que vivo carece de la radicalidad del que imaginaba. Esto es el futuro, no hay duda de ello: mucho de lo que veo y recibo contrasta, a veces de manera dramática, con lo que había entonces. El paisaje alrededor se ha transformado de manera sustancial, pero si miro con atención, descubro aquí y allá restos, vestigios, trozos enteros de mi antigua realidad. Este futuro que vivo arrastra parcelas de aquello que fue: es híbrido, mixto, impuro, bastardo, mestizo… Más aún, si miro con atención descubro, entre algunas de las cosas que pasan por nuevas, el sello inconfundible de lo conocido y antiguo: se trata de reelaboraciones apenas  maquilladas de cosas que vienen de atrás y que, no obstante, se presentan como novedades.
Pero el futuro carece de la radicalidad que le atribuíamos también en otro sentido. Conforme exploro este mundo, me doy cuenta de que las marcas y distintivos del futuro están desigualmente distribuidos. En algunos sitios dominan el paisaje, pero en otros están apenas presentes, y el pasado –o en cualquier caso algo que no es el pasado, pero tampoco el futuro como lo imaginábamos–, es lo que domina. Hay regiones que quedaron afuera del futuro y también del pasado, una zona indefinida, parecida a un escenario de guerra; grandes agujeros donde no hay rastros del pasado ni señales del futuro, sino una especie de tierra arrasada donde, al cabo del tiempo, cualquier cosa puede surgir.
Recurriendo a la imagen del río, la favorita de siempre para representar el tiempo, diría que aquí la corriente arrastra cosas que vienen de muy atrás: al contrario de lo que suponíamos, el pasado persiste, resiste, está presente, asoma aquí y allá entre las aguas y se niega a hundirse y desaparecer.
Todo esto me lleva a pensar que el futuro, cualquier futuro, está referido siempre a un sujeto. No existe “el futuro” sino “mi futuro” o “nuestro futuro” o “su futuro”. Ciertamente, el escenario de mi futuro no será el mismo que el de mis hijos o mis nietos, pero tampoco, quizás, el mismo de mi vecino ni el de muchos de mis coetáneos. De la misma forma, “nuestro futuro” –cualquiera que sea el nosotros al que se aluda en la frase–, tampoco será necesariamente el mismo que “el futuro de ellos”, cualquiera que sea el ellos aquí designado. (Esto, con la salvedad de la muerte, que obviamente es el horizonte que nos aguarda a todos sin excepción.)
Lo dicho también me lleva a pensar en la imaginería revolucionaria. Históricamente, las revoluciones sociales han apelado a una suerte de “tábula rasa” con el pasado, tal y como lo hacía (y continúa haciéndolo) la imaginería del capitalismo avanzado, con sus imágenes de innovación tecnológica y velocidad.  (No es casual que uno de los estribillos recurrentes de la publicidad sea el que nos presenta a los nuevos productos como “revolucionarios”.) Pero, tal y como en el capitalismo avanzado “el futuro” carece de la radicalidad con que lo imaginábamos, ocurre con las revoluciones sociales. Incluso aquellas consideradas exitosas, como la francesa, han debido lidiar con el pasado que se niega a morir y se las arregla para regresar, en ocasiones transformado, investido de nuevos ropajes y características.
Para el cambio y las transformaciones no hay atajos, sobrevienen cuando las condiciones son propicias. Ello supone la obsolescencia y descomposición de lo viejo, la vitalidad impaciente de lo nuevo y un entorno general favorable. Pero en la complejidad multidimensional de la sociedad –y del individuo-, es improbable, por no decir imposible, que estas condiciones se den simultáneamente en todos los diversos planos o dimensiones que los integran.

Así pues, la naturaleza de los cambios societales –la transformación de las tecnologías, los valores, los usos y costumbres y las relaciones sociales– es un proceso lento,  contradictorio, de afirmaciones y rechazos. Y lo mismo ocurre con los cambios personales, intrapsíquicos. Salvo en la mentalidad mágica o infantil o en la comunicación propagandística y publicitaria, es imposible el reemplazo de todo lo existente por algo enteramente nuevo. El surgimiento o la implantación de lo nuevo es progresivo y ocurre en medio de contradicciones, tanteos y resistencias. El futuro es por definición impuro y en él confluyen nuestra historia y nuestros  anhelos: los míos, los tuyos, los nuestros y los de ellos...

domingo, enero 05, 2014

2666, de Roberto Bolaño

Evitemos frases grandilocuentes. 2666 es una novela, o un conjunto de novelas, desconcertantes y al mismo tiempo inquietantes. Desde mi punto de vista, de lo que Bolaño ha querido hablarnos aquí es de lo inexplicable de la conducta humana  y de lo absurdo de nuestra condición, así como también (y por ello mismo) de la irracionalidad de la Historia. Por eso la narración es casi siempre impredecible, los personajes actúan impulsados por motivos o razones que ellos ni justifican ni entienden y que nosotros, como lectores, rara vez logramos comprender, pero en donde sin embargo entrevemos cierta coherencia que se nos escapa. Supongo que, para abordar el mismo tema, un escritor francés de los años cuarenta o cincuenta (ciertamente, no Camus) habría puesto a los personajes a reflexionar y a dialogar acerca de lo absurdo de nuestra condición y de la Historia como el escenario donde esta se despliega, pero en lugar de hacer esto, Bolaño recrea este accionar absurdo y casi siempre incomprensible. El que todos los hilos narrativos queden deliberadamente abiertos, sin ningún asomo de algo que pueda  ni remotamente considerarse un "cierre" o "final", contribuye a este efecto.
Las historias que se nos relatan en el libro son, hasta cierto punto, accesorias, secundarias. No creo que lo importante aquí sean los crímenes de mujeres en Ciudad Juárez, como algunos han querido ver. Los crímenes son útiles en tanto ilustran a la perfección (más como telón de fondo) el absurdo inabordable de nuestra condición. Lo mismo ocurre con la estupenda recreación que Bolaño hace de algunos episodios de la Segunda Guerra Mundial. Pero el mismo carácter inexplicable tiene la conducta, por lo demás inocua, de los críticos literarios especialistas en Archimboldi, el autor alemán cuya figura atraviesa (a veces más como una sombra) varios libros del conjunto. Tan inexplicables e incomprensibles como los crímenes de Ciudad Juárez son la mayoría de nuestras acciones.
Por ello pienso que lo esencial en 2666 es la visión de los personajes o, con mayor precisión, de la conducta de los personajes, de su accionar. Bolaño nos propone aquí su visión (o al menos una visión) del ser humano en donde, insisto, lo irracional, lo absurdo, lo inexplicable, son la nota central. Ni siquiera las pasiones humanas ni los vicios o las perversiones consiguen explicar nuestra conducta.
Creo que este es el sustrato más inquietante de esta obra, pues mal que bien, todos alentamos la ilusión de que nuestra vida (es decir, nuestro actuar), obedece a ciertos fines u objetivos, y que en virtud de ellos nos podemos redimir y justificar. El desierto de Sonora es el escenario donde todas las historias se extinguen, van a morir como arroyos devorados por las tierra reseca, y me parece que la imagen es lo bastante explícita como para obviar cualquier comentario.

En definitiva, creo que 2666 es una larga (tal vez demasiado, pero ese es Bolaño y al que no le guste, que lea Pedro Páramo) glosa de aquella frase de Shakespeare, en Macbeth: "La vida es un cuento contado por un idiota, llena de ruido de furia, que no significa nada." 



martes, diciembre 10, 2013

EN CASA

Solo un excesivo apego o estrechez puede llevarnos a creer que la patria es preferible a cualquier otro lugar, aunque en ella estén buena parte de nuestros recuerdos y afectos.

Dondequiera que la vida me lleve, suelo sentirme -y conducirme- como en casa pues, en efecto, la Tierra es mi hogar, ¿o no? 

viernes, noviembre 08, 2013

EL ALDIÑOL

¿De dónde viene tu nombre
Aldiñol?

¿Me lo dijiste o lo inventé?

Da lo mismo

Como tus máscaras o tus vestidos
es otro de tus juegos

Pues eres fluido
Elusivo

Y no hay nombre
que te domestique
ni te contenga


martes, julio 02, 2013

APUNTE

Es más fácil "luchar por la justicia" que compartir lo que se tiene.

viernes, junio 28, 2013

VACACIONES EN DISNEY

(Recupero este inédito fechado en 2007 del archivo de mi compu...  Tengo la sospecha de que lo escribí para una columna de diario recientemente desaparecida, y sé que nunca se publicó ahí... ¿Que por qué publicarlo ahora....? ¿Y por qué no, pregunto yo? ¿Acaso le hace daño a alguien? ¿O acaso alguien lo leerá?)

Me pregunto si aún hoy es así, pero cuando yo era chiquillo, uno de los paseos de rigor entre los niños y adolescentes de clase media, era ir a Disneylandia o simplemente a “Disney”, para los amigos. Ir a Disney era el sueño realizable de casi cualquier chiquillo de colegio privado, y desde luego, también de muchos de colegios públicos. Por lo general el viaje se redondeaba con una paradita para hacer compras en Miami, y esa era la parte del paseo que más disfrutaban papi y mami. Porque –para quienes no lo sepan–, Disney está en Orlando y no en Miami... A los centros comerciales de Miami se pasaba después de haber estado en Disney para comprar ropa, juguetes y golosinas. Incluso las madres de familia bien encontraban decoroso y razonable traer sus maletas repletas con ropa y bisutería para venderla entre amigos y conocidos, así se redondeaban los gastos de las vacaciones y todo el mundo tan contento.

Estoy hablando de los años 70, en lo que hoy parece la prehistoria de la globalización. Los chocolates o caramelos gringos, que desde hace mucho pueden comprarse en la pulpería de la esquina –bueno,  ya no hay muchas pulperías, pero digamos que en el Minisuper de la esquina o en el “Comida y Conveniencia” (¿?) de la gasolinera–  eran rarezas preciosas, tanto más apetecidas por la incapacidad de adquirirlas. En aquella época los gringos no te cobraban cien dólares por solicitar la visa –ojo: por solicitarla, no por el derecho de visa– , y más bien parecían interesados en llevar turistas a su país. Y claro, en América Latina no había nada más prestigioso, nada más “caché”, nada más “chic”, que ir de vacaciones a los Estados Unidos, ojalá a Disney. (Después de Disneylandia llegaría Disney World que está en algún lugar de California de cuyo nombre no quiero acordarme, y mucho más recientemente, Eurodisney, que tras su ruidoso fracaso le costó el puesto a más de un ejecutivo de la trasnacional de la fantasía plástica.)

Pero volvamos a mi historia... El viaje se hacía en diciembre tras concluir el curso lectivo, o en enero, durante las vacaciones de fin de año. Desde luego el asunto se planeaba con muchos meses de anticipación, y ya en agosto o setiembre uno comenzaba a oír las rajonadas de los afortunados que ese año viajarían a Disney.

Nosotros –mi familia– estábamos en la clase media, alabado sea el Señor, pero dejábamos los pelos en el alambre, y cada año que pasaba mis hermanos y yo perdíamos la esperanza de ser llamados algún día al ma-ra-vi-llo-so Reino de Disney. Yo que había sido lector voraz de “comics” o historietas, yo que me sabía de memoria la genealogía del Pato Donald, las cuitas completas del Ratón Mickey,  las aventuras y desventuras de Tribilín, miraba con tristeza como se escurría de mis manos la posibilidad de conocerlos un día “en persona”, para no hablar de los juegos mecánicos, de las cestas voladoras, de la casa de los sustos, del palacio de Blanca Nieves, la nave del Capitán Garfio y quién sabe cuántas cosas más. Y, desde luego, para no hablar de las gringas: centenares, miles de gringas rubias y con los ojos azules que pulularían por todas partes, echándome en falta y preguntándose por qué diablos yo no estaba ahí...

En honor a la verdad y al mito del igualitarismo costarricense, debo admitir que no estaba solo en mi orfandad, pues entre mis amigos de entonces, no eran pocos los que compartían aquella desdicha. Pero, como dicen, “mal de muchos, consuelo de tontos”, y si bien es cierto que ser-de-los-que-no-habían-ido-nunca-a-Disney reforzaba entre nosotros un difuso sentimiento de solidaridad, empujándonos a la Avenida Central a lanzar confeti con mayor entusiasmo, o a las fiestas de Zapote para montarnos en El Martillo y ver a la Mujer Barbuda, en la soledad silenciosa de la noche, cuando uno hacía el recuento de lo vivido, quedaba siempre ese vacío, esa falta, ese agujero irremediable de no haber ido nunca a Disney...

Me pregunto si fue ahí donde nació mi odio asesino contra el Ratón Mickey, contra el Pato Donald y contra Tribilín... ¿Podría Ud., señor Freud, decirme si de aquella frustración infantil surgen todos los problemas que he padecido después, incluyendo mi añeja inmadurez –no confundir con la eterna juventud–, mi resentimiento social, mi reconcomio antiyanqui, mi, mi, mi...? Puede ser...


lunes, junio 24, 2013

ABIERTO

Hay muchas cosas de mí que ignoro. No me refiero al futuro, a aquello que sucederá y que, por eso mismo, nos está vedado: sabemos de cierto que hemos de morir, aunque ignoremos las circunstancias en que esto ocurrirá. No me refiero a eso.

Ignoro quien soy, ignoro lo que soy. He vivido, soy el  resultado de una historia, pero reducirme a eso, definirme en función de lo que he hecho y de lo que me ha ocurrido, sería cerrarme, limitarme, bloquear las posibilidades de cambio y de transformación, cerrarle el paso a lo posible y desconocido.

No sé quién soy, no sé lo que soy.  Tengo pistas, sé algunas cosas: sé algo de mi cuerpo, retengo trozos, cicatrices, evidencias de mi historia, sé de mi mente, sé de mis costumbres, de mis deseos y temores; sé de mis afectos, de mis creencias y aficiones, sé muchas cosas de lo que he sido, de lo que he hecho, de lo que me ha ocurrido, pero decir que soy eso, reducirme a eso, sería dar la espalda a lo posible, a lo potencial, a lo desconocido.

Quiero ser lo que no he sido; quiero ser lo que no soy. Quiero averiguar, quiero experimentar; quiero que lo posible sea en mí y me lleve de su mano a lo desconocido. Quiero experimentar, explorar, descubrir las posibilidades de esto que soy cuyo fundamento y fondo desconozco.

¿Qué soy? No lo sé.


Acepto este desafío.

viernes, junio 21, 2013

MARCIANO EN MADRID


                                               “Será preciso viajar por los ojos de los idiotas…”
                                               F. G. Lorca
                                               Poeta en Nueva York


El zumbido ronco de los helicópteros
despierta  a los mendigos arracimados
en los pórticos

¡Huelga general!
¡No debemos, no pagamos!

Mil veces ha leído sus carteles
temblorosos a mano

                soy español,  tengo hambre
                soy portugués, una ayuda para comer
               
y de pronto se ve 
transportado a otra orilla

                soy marciano
                una ayuda para regresar
 a mi planeta

pero sirenas y helicópteros confirman
el pobre humor de la policía
últimamente

Golpeando cacerolas arranca la mañana

¡Basta ya!  ¡Ni un desahucio más!

Banderas bicolores y republicanas
se sacan la lengua desde los balcones

La prima está en riesgo  y no hay
forma de rescatarla de manos
de los malos

se comenta en los bares
atestados de espuma

Los basureros de supermercado  guardan
jugosas promesas
tesoros inimaginados

¡Sin trabajo, sin futuro, sin miedo!

Los telediarios de la tarde informan  del diluvio
de manos silenciosas que agitan
todas las barriadas del planeta

mientras  arriba zumban insomnes
coleópteros  metálicos


sábado, junio 08, 2013

HAMACA

En esa hamaca
se mece entre el allá
y el aquí

entre lo vivido y
el deseo

entre lo que ha sido
y lo que no

En esa hamaca dormita
se abandona
se olvida
ronca
se pierde

O despierta y se dice
que es hora de salir
y hacer urgentemente algo
por él
por cualquiera
por todos
por los demás
por la justicia
por el mundo

En esa hamaca reposa
cuando regresa
y le parece como si nunca se
hubiera ido

En esa hamaca escucha
las voces
de los vivos y las voces
de los muertos

En esa hamaca sueña
que duerme o bien
que despierta

y a menudo le parece
lo mismo

En esa hamaca le sonríe al diablo
y la vida  le susurra

En esa hamaca se abanica
con sus recuerdos
acaricia fantasías
piensa

En esa hamaca en que vive
desde siempre

suspendido 




viernes, mayo 24, 2013

UNA SOSPECHA

Una sospecha, o intuición, o lo que sea, recurrente en los últimos días: si las palabras son por antonomasia el medio de expresión de lo humano, al mismo tiempo lo metaforizan. La palabra es  metáfora del ser humano puesto que la compleja y esquiva relación entre el sujeto psíquico y el ser semeja esa otra relación, no menos problemática y ambigua, entre las palabras y los objetos que designan: las palabras simbolizan lo real, crean en nuestra mente imágenes fantasmagóricas de lo real, de la misma forma en que el yo es una fantasmagoría efímera del ser. Por otro lado y de la misma forma, ambas -el yo y las palabras-, constituyen nuestro único acercamiento posible al ser y a lo real. Las palabras dan testimonio de algo real pero no logran aprehenderlo ni, mucho menos, transmitirlo, de la misma forma en que el sujeto, el yo, es evidencia de algo real que, sin embargo, las palabras tampoco logran aprehender ni, mucho menos, transmitir. Las palabras dicen del sujeto tanto como de las cosas: velan y revelan.

domingo, mayo 12, 2013

CAUSAS

Solo hay algo peor que tener una causa, y es no tener ninguna. Es verdad que en nombre de todas las causas en principio razonables y justas se han cometido las  atrocidades más horrendas; es verdad que las mejores causas se convirtieron en justificación de los peores excesos y crímenes, pero carecer de una causa, por modesta, secreta o íntima que sea, nos acerca peligrosamente a eso que Luis Cardoza y Aragón llamaba "una máquina complicada de hacer mierda", es decir, simples engranajes de la producción y el consumo. Tal vez, para la mayoría de la gente la "causa" que los anima sea de orden   personal o familiar -el bienestar, la seguridad, las comodidades etc.-, y no me parece que necesariamente haya algo despreciable en ello. Sospecho que quienes se sienten por encima de todas las causas y rehuyen comprometerse con ninguna, han hecho de sí mismos su única causa.

miércoles, abril 17, 2013

EL TRABAJO

En San Francisco, California, vi una vez a un lustrabotas que se recogía para rezar antes de iniciar su jornada de trabajo.
En el mercado de Coyoacán, México, me conmovió hasta las lágrimas un viejo mendigo que silbaba para que la gente le diera dinero.
Ahora me llena un silencio gozoso y pido la palabra.

lunes, febrero 25, 2013

Después de la lluvia


La venada cola blanca saltó ante mí
como un suspiro
y solemne en el centro
del camino
el enorme sapo me miró 
sin parpadear

Ávidos los verdes
y los hongos festejaban
su próxima resurrección

Como una viuda grácil
la niebla del barranco ascendía
vestida  de blanco

y por un instante breve e infinito
fui una onda de agradecimiento expansivo
enlazándose con todo
lo demás 

lunes, febrero 04, 2013