miércoles, noviembre 09, 2005

In Memoriam, Manuel Cárdenas

Hace algunos meses desperté en plena madrugada presa de un ataque de pánico. Aunque estaba completamente despierto, me dominaba la sensación de que había “alguien” dentro de mi habitación. No conseguí reunir el valor suficiente para voltearme hacia el costado donde adivinaba que se hallaba esa presencia. Finalmente, luego de unos minutos angustiosos, pude serenarme y conciliar nuevamente el sueño.

Esa madrugada, más tarde, tuve un vívido sueño con don Manuel Cárdenas, a quien tenía muchos meses –y quizás años–, sin ver.

Don Manuel fue un rebelde con causa, lúcido y disconforme durante toda su vida. Vegetariano que no despreciaba un cigarrito o una cerveza cuando se le presentaba la oportunidad, ambientalista comprometido, amigo personal de Edmond Bordeaux y, en su juventud, secretario personal del líder liberal colombiano Jorge Eliécer Gaitán, vino a recular a Costa Rica, como tantos extranjeros, en una suerte de exilio que le fue, al mismo tiempo, duro y acogedor.

Recuerdo ahora una conversación en la que me contó acerca de un proyecto de vivienda popular que había dirigido años antes, en Ecuador. Defendió la tesis y persuadió a los beneficiarios de que no debían recibir las casas gratuitamente, pues aquello iba en contra de su dignidad y los denigraba. También recuerdo otra conversación en la que me habló del ajedrez como la escenificación de un combate entre las fuerzas luminosas y las fuerzas oscuras del mundo.

Tras soñar con él aquella madrugada, escribí un breve poema que entonces no publiqué porque no tenía forma de saber si, en efecto, Don Manuel había muerto, como me lo anunciaba el sueño. Ahora un amigo común me confirma que don Manuel había muerto varios meses antes de que aquella madrugada en que me soñé con él:


“El descanso no es un regalo:
hay que ganárselo”

me decías en el sueño
en el que nos despedíamos

Y me decías también:

“Veintiséis años caminamos juntos”

(Y yo me preguntaba
–y me pregunto–
“¿Tantos?”)

Te daba un beso en la sien
y así nos separábamos

Que la tierra te guarde
con la misma ternura
que nuestros corazones