jueves, noviembre 22, 2012

EN LA OSCURANA (Capítulo 3)



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         La reunión terminó hacia las cinco y media. Tras telefonear en vano a la casa de Daniel y al celular de Nazira, decide acercarse donde los Forester, con la esperanza de encontrar a Tadeo y esperar ahí a que llegara su hermano.
          Esforzándose por controlar su malhumor y la frustración que le produce tener que abandonar su investigación y dedicarse a otro tema, se sumerge en la música de la radio que, en oleadas sinfónicas, inunda la cabina de su destartalado Nissan Sentra. Para evadir la congestión del centro, tomará la ruta de San Francisco de Guadalupe, pero aun así demorará casi media hora para hacer el corto recorrido desde las oficinas de Semana, en Barrio Tournón, hasta la casa de los Forester, en las inmediaciones del Parque Bolívar.
         Un desfile de escolares avanza torpemente con faroles encendidos bajo la llovizna pertinaz de setiembre, alimentando el caos vial que todos maldicen, lo que le recuerda que es el día de la independencia. El redoble lejano de unos tambores, que se impone por momentos a la música de la radio, se lo confirmará. Se pregunta cuántos años de la independencia de España se conmemoran y, tras unos instantes de vacilación, admite que no lo sabe. Jamás ha sido afecta a las fiestas patrias por considerarlas alimento de un nacionalismo ramplón, pero ahora se avergüenza de su ignorancia. Se suponía –¿pero quién lo suponía?– que alguien como ella debía manejar esos datos al dedillo. Ella misma lo suponía. Por lo demás, salvo para los estudiantes obligados a participar en los desfiles y para el ministro de Educación de turno, obligado también a dar un discurso con ese motivo, la independencia carecía desde hace mucho tiempo de significado. ¡Qué destino el de estos países! Haber sido desde el inicio, y continuar siendo hasta el día de hoy, botín en disputa, patio delantero, lateral o trasero, finca bananera o paraíso turístico, de los poderosos y los ricos... España, Inglaterra, Francia, Estados Unidos, después quizás vendrían los chinos... ¿Qué más da? Siempre era, siempre había sido lo mismo... ¿Sería siempre igual?
         Era evidente que la música no lograba arrancarla de esa oleada de frustración y, ahora pesimismo, que se adueñó de ella tras la reunión. Opta por apagar la radio y, puesto que apenas llovizna, baja la ventanilla para que el aire húmedo la refresque. En ese momento rebasa el desfile de chiquillos que ocupa la mitad de la calle. Uno de ellos se voltea para mirarla, sin disimular el orgullo que le produce que su farolito, con una vela encendida adentro, resista los embates de la llovizna y el viento.
   —¡Bravo, campeón! —le dice Sylvia de manera inesperada (incluso para ella) y el chiquillo le devuelve una sonrisa diáfana, que surtirá efecto inmediato sobre su ánimo. Recuerda que, de niña, participó como bastonera en varios desfiles de la independencia. Conserva un par de fotografías de tales ocasiones: muy sonriente y orgullosa de su traje rojo, con minifalda, capa y sombrero incluidos. Su madre y, alguna vez su padre, la acompañaron a lo largo del recorrido y le compraron un helado al finalizar. A diferencia de los desfiles de faroles, aquellos tenían lugar bajo el sol candente de la mañana, antes que los aguaceros vespertinos descargaran su furia sobre la ciudad. El hecho de que su padre entonces viviera teñía sus recuerdos de un sabor dulce y melancólico.
         Tan pronto Sylvia emboque la calle a cuyo término se alza la casa de los Forester, comprenderá que Daniel aún no regresa, pues las luces del segundo piso están apagadas. Abajo, en cambio, hay algunas encendidas; quizás Tadeo esté de buen humor y le abra. Estaciona frente a la casa y, protegiéndose de la llovizna con su maletín, sube a grandes zancadas la escalera que, trazando un semicírculo, desemboca en la puerta principal de la casona. Daniel identificaba el timbre de su apartamento con su nombre y apellidos, el de Tadeo, en cambio, nada decía. Lo pulsa una sola vez y, hasta donde se encuentra, llega un sonido metálico y estridente. Poco después se abrirá la ventanilla de la puerta enmarcando el rostro de Tadeo: su largo y enmarañado cabello castaño, la nariz recta y prominente, las cejas tupidas y bien delineadas bajo la frente que se distiende y los labios que, poco a poco, desplegarán algo semejante a una sonrisa. Al tiempo que se cierre el rectángulo de la ventanilla, se abrirá la puerta: vestido con ese pantalón holgado y esa camiseta desteñida con un motivo impreso ilegible, Tadeo recupera algo del aire adolescente del que, al parecer, tanto le está costando desprenderse.
         A sus treinta y siete años se las arregla para llevar una vida parecida a la de un estudiante universitario: sin trabajo fijo, atiende a una clientela conformada sobre todo por amigos y conocidos, brindando mantenimiento a sus computadoras y sacándolos de apuros en todo lo relativo a ellas. Se saludarán con un beso en la mejilla y avanzarán unos pasos hasta el antiguo recibidor de la casa, el sitio donde, tras la remodelación, se dividen los dos apartamentos. La puerta del de Tadeo está abierta, ofreciéndole a Sylvia una vista de la sala en desorden, adentro suena una música que ella no identifica.
   —Daniel debe de estar por llegar, si querés pasar un rato y esperarlo.— A Tadeo ni siquiera se le ocurre pensar que lo visite a él. A pesar de que la distancia que los separa en edad es menor que la que la hay entre Sylvia y Daniel, la amistad con este último es más estrecha y espontánea. Con Tadeo la mayoría de las conversaciones tienen lugar en el recibidor o bien en el apartamento de Sylvia, mientras él trabaja en la computadora de ella.
         Sylvia acepta agradecida y, con pasos tímidos, se adentra en la sala sumergida en una penumbra agradable. La varita de incienso que arde inundando el ambiente de un olor dulzón, no oculta por completo el aroma de la marihuana. Sylvia no tenía claro en qué momento Tadeo se convirtió en ese hombre huraño y, hasta donde ella sabe, más bien solitario. En sus recuerdos infantiles, Tadeo es un muchacho alegre y desenfadado que juega al fútbol o corre por el patio de la casa de Turrúcares, como los demás. Después, durante algunos años, lo dejó de ver y cuando lo rencontró más adelante, mientras ella estudiaba en la universidad, él ya había perfilado ese carácter impenetrable, o más bien impredecible que, conforme pasan los años, no deja de acentuarse. Aun así, Sylvia lo quería casi de la misma manera que a su hermano.
          A veces Sylvia y Daniel repasaban el vínculo de parentesco que los unía –el abuelo de los Forester por el lado materno, fallecido décadas atrás y a quien Sylvia ni siquiera conoció, era primo en segundo grado de la madre de Sylvia–, pero los tres sabían que la fuerza de su afecto e incluso de su amor, el carácter cuasifamiliar e íntimo del sentimiento que los unía, derivaba de la amistad que cultivaron sus padres desde su juventud, acaso secretamente unidos por el remoto, y en el caso del padre de Sylvia por completo olvidado, origen irlandés en común. El haber sido compañeros en el Liceo de Costa Rica fue la piedra fundacional de aquella amistad que se extendería durante el resto de sus vidas; más tarde, en época de juventud, completaron juntos una épica caminata hasta San Salvador; hubo también, recién casados ambos, una finca de cacao cerca de Matina que fracasó por la epidemia de monilia que arrasó las plantaciones; más tarde compartieron una lancha de recreo cuyos costos de mantenimiento se hicieron insostenibles; por último, con otros amigos, compraron en sociedad la quinta de recreo en Turrúcares, a la que la familia de Sylvia debió renunciar tras la inesperada y prematura muerte del padre, a los 45 años, cuando ella estaba en plena pubertad. Pero los lazos que se habían tendido eran tan sólidos que las familias siguieron frecuentándose y Sylvia, su madre y sus hermanos, no dejaron de visitar, invitados por los Forester, la quinta de Turrúcares, como si aún fueran parte de la sociedad... Más adelante, conforme los muchachos crecían y definían su camino, la quinta fue quedándose vacía, hasta que un año de tantos los dueños se resignaron a venderla y la sociedad se disolvió. Aun así, los padres de Daniel y Tadeo no abandonaron nunca a la madre de Sylvia y solo la muerte de ambos –una seguidilla fatal en el curso de apenas dos años– los separó en definitiva.
         Tadeo le ofrece un té y la invita a sentarse en un sofá amplio y cubierto con una tela roja bastante raída, en uno de cuyos extremos dormita, plácida, su gata Lirio.  La casona, construida en el punto donde inicia el barranco que desciende abruptamente hasta las aguas moribundas del río Torres, tiene una vista estupenda de las montañas de Heredia. Tadeo había colocado el sofá frente a un ventanal muy amplio que se daba el gusto de mantener sin cortinas pues, debido al desnivel del terreno, la casa de enfrente quedaba muy por debajo de la suya y no amenazaba su privacidad. Sylvia se dejará caer sobre el sofá y despertará a Lirio que, tras desperezarse, se acercará a ella con la esperanza de recibir mimos. Pero Sylvia no es amiga de los gatos y se levantará para ir donde Tadeo vierte agua caliente en dos tazones con bolsitas de té.  Hablarán de tonterías para ganar tiempo; Tadeo preguntará si los últimos programas que instaló en su computador funcionan bien y también por su trabajo en la revista, a todo lo cual responderá Sylvia sin entrar en detalles, dominada por la pereza de alimentar una conversación que desde el inicio saben que no va a ninguna parte. La puerta del apartamento de Tadeo se mantenía entreabierta y ambos escuchan cuando se abre la que da a la calle. Enseguida irrumpe la voz ligera de Beto que le dice algo a su padre y Sylvia siente en su interior un golpe de alegría. 
          Daniel y Beto ya están dentro del antiguo recibidor de la casa y, alertados por el carro estacionado afuera y por la puerta entornada del apartamento de Tadeo, asoman al interior. Tan pronto descubre a Sylvia, Beto corre hacia ella alargándole sus brazos, a pesar de sus casi nueve años y de ser más bien alto, Sylvia consigue alzarlo a la altura de su cara para besarlo en las mejillas, mientras los hermanos se saludan con esa mezcla de familiaridad e indiferencia de los que han convivido mucho tiempo. Sylvia apura lo que restaba de su té y se despide de Tadeo recordándole que la próxima semana debe instalarle un programa y ciertos accesorios para telefonía por Internet.
          Tras abrir la puerta del apartamento de Daniel, quedan frente a la escalera que, trazando un semicírculo que prolonga el que sube desde la acera hasta la puerta principal, lleva al segundo piso de la casona.  Mientras ascienden, Sylvia le adelanta a Daniel, con tono quejumbroso, que su jefe le ordenó posponer la investigación sobre Guanacaste y escribir un reportaje sobre las amenazas al turismo. A la respuesta distraída de Daniel, Sylvia replicará que, desde luego, el independentismo también constituye una amenaza al turismo, pero ella no se referirá al tema para no “quemarlo”.
         La escalera desemboca en la sala-comedor del apartamento de Daniel, amplia y amoblada con los viejos sillones de los Forester. Sylvia los conoce desde su niñez –un sofá triple y dos sillones tapizados de cuero negro, ahora muy resquebrajado– y por ello le despiertan una grata sensación de familiaridad. Siempre que entra al apartamento de Daniel, se sorprende de la abundancia y nitidez de los recuerdos y las sensaciones que despiertan los objetos, algo que no experimenta en casa de su madre, pues ella tiene la compulsión de reemplazar cada tanto el mobiliario y los adornos y, con muy raras excepciones, los objetos de su infancia y juventud sucumbieron a esa manía.
         Daniel y su hijo depositan sobre la mesa de cedro las bolsas que traían, enseguida Beto se escabulle hacia su habitación, de donde regresará poco después con un cuaderno y varios libros, para instalarse a realizar sus deberes escolares. Daniel preguntará a Sylvia si  comió y prometerá unas pastas deliciosas mientras saca una botella de cabernet chileno del armario que utiliza como depósito.
         Como es su costumbre, conversarán desordenadamente sobre varios temas sin atacar a fondo ninguno, hasta que Sylvia recuerde que el objeto principal de la reunión de la tarde fue presentar a Carlos Claramunt y le pregunte a Daniel si lo conoce.
     —No —responde Daniel, tras pensarlo unos momentos—, pero conocí hace años a un tal Diego Claramunt que era un reverendo maricón. En la de menos son parientes, porque no hay muchos Claramunt en el país.
     —No se dice maricón, se dice “gay” —interviene Beto, abandonando por un momento su tarea. Daniel y Sylvia reirán la gracia y el chiquillo volverá a sumergirse en sus decimales.
         Para sus nueve años, era espantosa su conciencia de lo políticamente correcto. ¿Serían todos los niños de hoy así? Muchos de los hijos de sus amigos y amigas le resultaban a Sylvia una fotografía en alto contraste de sus padres, de ella misma, de su pequeño círculo. Al mirarse reflejada en ellos, Sylvia tomaba conciencia de su desmesura, esa capacidad innata de sospechar de todo y de ponerlo todo en entredicho, esa necesidad de ser siempre dueños de la última palabra, de lucir más inteligentes y sagaces. Lo peor era que los padres se enorgullecían y alardeaban de esas características en sus hijos, sin reparar en su monstruosidad. No, se decía Sylvia, casi a su pesar: definitivamente ella no tendría un hijo. 
    —¿Y qué pitos tocaba el Diego ese?
    —Fue alumno mío en la universidad —Durante años Daniel ejerció la docencia y aún lo hace esporádicamente—. En un curso creo que de cálculo. Quería estudiar ingeniería, pero ahí le hicieron la vida imposible y lo obligaron a salir. Su familia era rica, tenían fincas por el lado de Cañas, si mal no recuerdo.
    —¿Y qué fue de él?
    —No sé... Le perdí la pista. ¡Ah, no! Ya recuerdo, alguien me dijo que al final se fue a estudiar a México.
    —¡Puta! ¿Por qué se le ocurriría meterse a ingeniería? A un gay le iría mejor en teatro o  bellas artes... ¡Pero ingeniería!
         Son poco más de las ocho de la noche y Sylvia y Daniel ya doblaron el ecuador de la botella de cabernet chileno que domina, como un dolmen, la vieja mesa de la sala. No hay el menor indicio de la pasta prometida por Daniel y Sylvia sufrirá el asedio de un apetito creciente. (“¿Qué había almorzado hoy?” –se pregunta mientras paladea un sorbo de vino–. ¡Ah, sí! Doña Jovita le preparó una ensalada con apio y pollo desmenuzado. Con razón estaba hambrienta, fue un almuerzo liviano). Sin más rodeos, le pregunta a Daniel por la pasta; no habrá terminado de decirlo, cuando su amigo se incorporará de la silla con la expresión de quien ha cometido un error gravísimo. Por un momento, Beto y Sylvia quedan en silencio mientras en la cocina se escucha el trajinar de Daniel.
   —La salsa está lista, solo hay que cocinar la pasta —informa él con tono a la vez urgente y conciliador.
         En lugar de responderle, Sylvia se dirige en voz baja al chiquillo.
      —¿Y hoy te dio de almorzar o también se le olvidó?
         Beto levanta su vista del cuaderno salpicado de números y puntitos rojos, endereza sus anteojos sobre la nariz y le responde, asimismo, en voz baja:
      —Comimos empanadas en una soda.
      —¿Y estaban ricas?
         El chiquillo hace un gesto para expresar que “más o menos”. Sylvia se propone regañar una vez más a Daniel. El güevón vivía quejándose de que Irene le daba la mala vida por la forma en que trataba al niño, pero él le brindaba abundantes motivos para hacerlo. En estas situaciones es inevitable que Sylvia se solidarice con la exmujer de su amigo, aunque por todo lo demás la deteste. (Era –pensaba en ocasiones Daniel Forester, pero nunca se lo había dicho a Sylvia– como si ante la crianza de un niño las mujeres desplegaran una suerte de solidaridad secreta, inquebrantable y perversa, que las hacía estar siempre de acuerdo y cerrar filas. ¿Qué sabían ellas de las necesidades de un niño varón? ¿No tenía él, al menos, la ventaja de haber sido niño una vez? Pero no... Respecto a la crianza de su hijo, siempre estaría en desventaja y su opinión carecería de validez...).
         Algo debió de sospechar Daniel, pues desde la cocina levanta su voz:
       —Hoy almorzamos rico... ¿Verdad, Beto?
         El niño y Sylvia cruzan una mirada de complicidad –Sylvia arquea sus cejas como pidiéndole que por ningún motivo la delate– y luego, con un gruñido, el chiquillo responde que sí.
         La fama de buen cocinero de Daniel era más que justificada, corrobora Sylvia pasadas las nueve, cuando su amigo por fin sirve la pasta, pero la de que descuida la alimentación de su hijo, también, porque Beto no quiso saber nada de la salsa con alcachofas que las acompañaban y hubo de contentarse con el plato de cereal y la rodaja de pan con mermelada que Daniel improvisó para él. Aun así, Beto se fue a dormir contento, tras concluir su tarea y conversar un rato con ellos acerca de uno de sus compañeros de escuela, cuyos padres se estaban separando. Daniel e Irene se habían divorciado antes de que él cumpliera su primer año y la sola idea de que los padres de su amiguito vivieran juntos, le resultaba extraña.
         Cuando Daniel regrese a la sala, después de haber acostado a su hijo, Sylvia lavará los platos en el fregadero. Por más que Daniel le pida que desista, ella se empeñará en hacerlo, “si no me dejás hacer al menos esto, no voy a sentirme libre de volver cuando quiera, entendé, es pura conveniencia...”, suele decir Sylvia siempre que se presenta esta escena. 
         Su amistad está cimentada en la repetición de una serie de rituales, de códigos secretos y a la vez explícitos cuya reiteración a lo largo del tiempo reafirma en ambos la certeza del vínculo y la sensación de familiaridad. Ahora que son adultos, los años que los separan en edad perdieron relevancia, sin embargo, en algunos recuerdos infantiles de Sylvia, Daniel aparece ya como un muchacho. A veces, cuando comparaba al Daniel de sus recuerdos con ese de ahora –alto y delgado, con el pelo lacio, corto y castaño oponiendo una resistencia inútil al avance arrollador de la calvicie–  le costaba creer que se tratase de la misma persona. Quizás a él le sucedía lo mismo, quizás por eso la reiteración de ciertos rituales era tan importante para ambos y se hallaba en la base de su amistad.
         Más tarde, cuando conduzca de vuelta hacia su apartamento con la extraña sensación de flotar en la espesa niebla aposentada sobre la ciudad, Sylvia se propondrá averiguar si hay algún parentesco entre Carlos y Diego Claramunt e intentará, sin éxito, esquivar los baches en las calles, mientras maldecirá porque uno de los faros del carro se fundió, dificultando aún más la tarea de sobrevivir a la ciudad de San José. Mañana tendrá que ir donde Calilo para que le cambie el bombillo y, de paso, le eche un ojo al motor: de unos días para acá hace un ruido extrañísimo, nunca antes lo había oído.
         Adentrándose en la niebla, juega con posibles títulos para su reportaje: Paraíso amenazado, Paraíso sitiado, Espinas en el paraíso,  ¿por qué demonios esa necedad con el paraíso? ¿De cuándo acá le daba por los símbolos bíblicos? Intenta por otro lado: Una industria amenazada, insoportable, La gallina de los huevos de oro amenazada, ridículo, risible –y la niebla tan espesa y quieta– y muy a su pesar reverberan en su mente imágenes de una gallina degollada, ese recuerdo infantil que la impresionó tantísimo, el bicho descabezado corriendo sin dirección hasta caer tendido sobre el césped y doña Jovita –sí, desde siempre doña Jovita– dando gritos tras ella porque, en el trance de sacrificarlo, el animal se le escapó... Luego surgen Fin de fiesta –nada que ver–, Un camino con ¿piedras?, ¿huecos?, ¿riesgos? y ninguno funciona, pero se dice que tendrá que referirse al desastroso estado de las carreteras y de los caminos, los turistas siempre se quejan y cada tanto hay accidentes a veces fatales.
         Abandona el título del reportaje y se entrega a la visión de San José. Amaba esa etapa de la estación lluviosa en que noche a noche las nieblas devoraban la ciudad: unas pocas semanas, entre setiembre y octubre, cuando las luces amarillentas del alumbrado público flotaban como islas en medio del naufragio general. Hacía algunos años Sylvia había llegado a la conclusión de que solo por las madrugadas, cobijada por el silencio y la oscuridad, o de esta forma, abrazada por la niebla, revelaba San José su humilde y esquiva poesía, su encanto pobre y popular.