lunes, marzo 27, 2017

EL RIO QUE ME HABITA Y LAS PINTURAS DE PIETER BRUEGHEL

Hace como 15 años me contrataron por primera vez para elaborar “Historias de Vida”. En aquella ocasión tuve que entrevistar a dos personas de condición muy humilde que habían vivido situaciones de violencia para que me relataran pormenorizadamente su vida. Posteriormente fui contratado para hacer algo parecido con 15 personas residentes en la Zona Sur de Costa Rica. Y, hace pocos años, elaboré una docena de historias de vida de personas de todo el país. 
Estas experiencias cambiaron profundamente mi entendimiento de la literatura. Hasta entonces, mi fuente primordial de información era mi experiencia vital y la de unos pocos familiares, amigos y conocidos; después de esa mirada en profundidad sobre otras vidas, muy diferentes de la mía, mi información sobre la experiencia humana se multiplicó, y también mis posibilidades de fantasear e imaginar otras vidas.
Además de la información preciosa e invaluable que aquellas personas me confiaron, realizar esas entrevistas me dejó otra enseñanza para la escritura: al relatar nuestra vida, adoptamos una organización, una sintaxis narrativa singular. Pero también, y por sobre todo, el relato adquiere un ritmo, un fraseo particular.
El primer resultado de este largo aprendizaje es “El río que me habita”. Pero vendrán otros, espero.


De hecho, no más saliendo en España la primera edición de "El río que me habita", empiezo a escribir una continuación, con la intención de recoger y plasmar al menos algunas de las historias que se me quedaron en el tintero, algunas de las cuales me han acompañado desde hace décadas, sin que hasta ahora encontrara el contexto adecuado para verterlas. Pues el río Grande y Ciudad Real son, más que una novela, un mundo narrativo potencialmente infinito.
Entre las imágenes que vienen a mi mente cuando pienso en este mundo, se encuentran las pinturas de Pieter Brueghel, el Viejo, que me fascinaron desde que las vi por primera vez. Nada me gustaría más que tejer un tapiz narrativo como los de Brueghel, en cuyos lienzos confluyen centenares de personajes; ¿quiénes son? ¿A qué se dedican? ¿Se conocen entre sí? ¿Cuándo fue la última vez que tomaron una comida caliente? ¿Qué piensan del vecino? ¿Qué anhelan? ¿Cómo se ganan la vida? ¿Dónde pasarán esa noche?




domingo, febrero 19, 2017

DOS


- Que vender esperanzas sea uno de los mejores negocios que existen revela hasta qué punto vivimos en un mundo donde reina la desesperación.

- Hablando de circunstancias que nos determinan. La primera (y sin embargo, a menudo la menos evidente) es nuestro organismo. Solo quienes nacieron con una condición que difiere de la norma o cayeron en algún momento de su vida en esta condición, lo tienen claro, pues lo experimentan cada día. 

miércoles, febrero 08, 2017

Importancia de las palabras

No es lo mismo firmeza que inflexibilidad, ni satisfacción que vanidad. Cabe ser firme en cuanto a lo que es importante para nosotros, pero otra cosa muy distinta es ser inflexible, pues casi siempre, para lograr aquello que nos proponemos, es preciso ceder en  aspectos secundarios, dar rodeos, negociar sin perder de vista el objetivo, mientras que la inflexibilidad no permite nada de ello. Lo mismo en cuanto a la vanidad: sentir satisfacción por haber realizado o alcanzado algo por lo que nos hemos esforzado, es saludable y justo, pero envanecerse de ello es ridículo  y nos coloca al borde del abismo. 

sábado, enero 14, 2017

LUNA LLENA

Esta noche
los grillos y yo habitamos
en el lado jubiloso
del universo

viernes, enero 06, 2017

ORÁCULO DE MAYI ALBA

En memoria de Marielos Coto, agradecido.

Habrás de llorar cuando asome en tu encía el primer diente
y también cuando lo hagan el cuarto y el quinto,
y te estremecerá el aroma del joven
que estampe en tu boca el sétimo beso.
Maldecirás a la quinta amiga en traicionarte
y con los años te abismarás muchas veces
en el blanco  remolino del placer.
Paladearás en incontables ocasiones la dicha
de alcanzar lo que te proponías
venciendo obstáculos que parecían insalvables
o sobreponiéndote a tu propio escepticismo,
y también innumerables veces conocerás la frustración
y la impotencia ante retos que te superaban
o que rehuiste por pura cobardía.
Muchas veces, oh sí, más de las que desearías,
habrás de llorar a un ser querido
y enmudecerás con la rotundidad de su ausencia.

Pero solo una vez has de morir
Y esa es
la pobreza de la muerte.


3 de enero, 2017

lunes, enero 02, 2017

EL VALLE DE MENCHA

Al Valle de Mencha llegué la primera vez en medio de una tormenta de granizo. Fue un golpe de suerte, una casualidad afortunada, lo que me llevó hasta allá. Llevaba tiempo caminando en el crepúsculo, temblando de miedo y de frío, impulsado por la convicción o la esperanza de que más allá de aquél pasaje quebradizo, erizado de rocas amenazantes, tenía que existir algo distinto, cuando escuché el rumor leve de un arroyo y por instinto decidí seguirlo. Bueno, no fue exactamente por intuición ni por instinto: para ser sincero, el rumor del arroyo me tranquilizó. Rápidamente descubrí que aquél el sonido me infundía confianza. Después de horas de marcha infructuosa, en las que a menudo me descubrí  en el mismo punto de donde había partido, me encontraba física y nerviosamente agotado, y el sonido discreto y apenas perceptible del arroyo me tranquilizaba y prometía algo distinto.
No me equivoqué. El arroyo discurría entre las rocas con algo de violencia al principio, pero al seguirlo, desembocó pronto en un vallecillo. Ahí sus aguas se remansaban y fluían  pausadamente. Conforme me adentraba en el valle, sentía el efecto bienhechor de aquel sonido.  Era un murmullo reconfortante, como el recuerdo de una caricia recibida en mi más tierna infancia.  
El paisaje en torno mío también era distinto. Sin desaparecer del todo, las afiladas piedras se espaciaban y entre ellas emergían cada vez más árboles y arbustos de follaje brillante por la humedad. Estimé que pronto anochecería, pero para mi sorpresa, la claridad parecía ir en aumento. No pasó mucho antes de que constatara que también la temperatura aumentaba. Me dije que  aquello debía ser resultado de las condiciones atmosféricas que imperaban en el vallecillo, pues la densa niebla y la llovizna que me habían acompañado durante buena parte del trayecto habían desaparecido, pero pronto comprobé que en lugar de precipitarse en el ocaso, el sol apenas iniciaba su ascenso hacia el cenit.  Como mucho, serían las seis o las  siete de la mañana. Así lo confirmaba el griterío de los pájaros y la respiración luminosa de cuanto me rodeaba. Me pareció irrazonable que hubiera caminado la noche entera en la oscuridad, sin comer ni dormir, pero no encontré otra explicación. Mi ánimo también se había despejado. La sensación opresiva y angustiosa que antes me dominaba había desaparecido. Mis fuerzas también regresaron y, con ellas, la curiosidad y la ilusión por explorar el sitio donde me hallaba. Además de ralear, aquí las rocas eran de menor tamaño y no obstaculizaban una visión panorámica del sitio. El arroyo, tan estrecho que solo en algunos puntos hubiera sido difícil para mí cruzarlo de un salto, se precipitaba flanqueado por suaves colinas. Por el sonido y el color del agua calculé que su profundidad rondaría los setenta u ochenta centímetros.
En medio de la claridad creciente, de los verdes y los rojos que ganaban en intensidad y esplendor, me pareció distinguir a lo lejos una silueta humana. Sentí un golpe de alegría en mi pecho. No siempre me ocurre esto; a menudo, cuando camino, deseo estar solo. Cedí al impulso de acercarme y, conforme lo hacía, la silueta que divisaba se definió como la de un adulto con dos niños a su lado. Los niños estaban sentados en el pasto,  por eso no los divisé de entrada.
Ahora, más cerca, descubrí  que la figura adulta era de una mujer mayor, de unos sesenta y cinco  años. Su cabello largo y ralo de color gris pálido caía más abajo de sus hombros, la tez de su rostro y de sus brazos lucía quebradiza y comenzaba a agrietarse. La mujer permanecía de pie entre los dos niños sentados sobre el pasto, en una de las márgenes del arroyo. Ellos eran inconfundiblemente hermanos, con rasgos faciales muy parecidos, y a juzgar por su tamaño, pocos años de edad los separaban. Cada uno sujetaba entre sus manos una rústica caña de pescar fabricada con una vara de bambú y un delgado hilo que se sumergía dentro del agua. El anzuelo en el que culminaban ambas era invisible; en las expresiones de los niños reinaba la mayor expectación. La anciana solo estaba ahí, acompañándolos, cuidándolos, algunos pasos detrás de ellos.
Me acerqué sin que los niños advirtieran  mi presencia, tal era la concentración y la excitación con la que sujetaban sus cañas de bambú, aguardando un tirón o una señal. La mujer me recibió sin sorpresa, como si me aguardara.
   - ¡Qué bueno que viniste! –me dijo casi de inmediato. Su voz me resultó familiar, cálida e íntima, y me producía el mismo efecto bienhechor que el sonido del arroyo, pero yo no creía conocerla–. Te esperaba hace rato. ¿Fue difícil llegar?
De cuanto dijo, esto último era lo único que tenía sentido para mí.
   - La verdad, sí –respondí–.  Sobre todo la montaña antes de llegar. Las piedras son amenazantes.
   - Lo son, es verdad. Nunca es fácil, pero ya estás aquí. Y ahora -¡imaginate!-, podés volver cuando querás.
Me sorprendió esto último. ¿Por qué habría yo de querer regresar a ese valle remoto al que había llegado por azar, tras una marcha accidentada? No obstante, sus palabras me parecieron una promesa generosa y confiable.
   - ¿Cuando quiera? –me escuché preguntar.
   - Así es. Yo siempre, siempre estoy aquí.
Mientras respondía, fijé mi atención en los niños, quienes me resultaron también inesperadamente familiares. Seguían atentos a lo que ocurriera con sus cañas de pescar y ajenos a nuestra conversación. De pronto me resultó maravillosa y tranquilizadora la certeza de que siempre  que quisiera podría encontrar  a la mujer y conversar con ella.
   - Mencha. Podés llamarme Mencha –agregó adelantándose a la pregunta que se formaba en mis pensamientos.
El apelativo -la forma familiar de llamar a las Clemencia entre los campesinos y las clases populares-, me resultó algo incongruente con su figura, pues si bien su piel retostada y su pelo reseco hablaban de una vida rústica, o al menos al aire libre,  sus maneras pausadas y algo en el tono de su voz sugerían otras raíces sociales.
   - Bien sure. J´ai etudié a Paris dans un lyceé de fiilles,  –dijo en seguida, adelantándose por segunda vez a mis pensamientos.- Mais la vie, tu sais, est trés compliqué
Comprendí  cabalmente el sentido de sus palabras, no obstante mi  ignorancia del francés.
   - Lo es –corroboré convencido. Sabía, por experiencia, cuán difícil, impredecible, jodidamente cabrona y maravillosamente desafiante resultaba la vida. Para mí lo era entonces y no ha dejado de serlo; no puede ser de otra forma, pues entonces, amigo, con seguridad has pateado el balde  y no te has dado cuenta de ello o nadie ha tenido la amabilidad de decírtelo…
  - Do do, l´enfant do …  -tarareó en seguida, como si tuviera alguna relación con lo que yo venía de decir-. ¿Recordás?
Para mi asombro, la tonadilla infantil me resultó familiar. Deseé tenderme en sus regazos y que me acariciara el cabello, pero permanecí de pie frente a ella.
   - Me resulta familiar, sí… ¿Pero de dónde?
   - Do do, l´enfant do… -repitió sin responder a mi pregunta-.  A mí me la cantaban cuando niña…  Mamá, pero sobre todo mi tía Eleonora, que había viajado jovencita  a Suiza, y que  a pesar de su esmerada educación, como se decía entonces, y del empeño de mi abuelo Felipe por conseguirle un buen partido, murió solterona y no tuvo más remedio que volcar su prodigiosa energía maternal sobre sus sobrinos, entre ellas yo, su favorita….  ¡Imaginate, hasta canciones de cuna en francés le habían enseñado en Suiza!
Sonreí sin disimular mi condescendencia. Lo que la mujer me relataba me resultaba tan lejano como si viniera de otra galaxia, y sin embargo ella, su presencia, se me hacía cada vez más entrañable. Despertaba en mí una confianza incondicional que jamás había experimentado y hacía innecesaria cualquier forma de suspicacia, prevención o defensa.  Era bueno -¿qué digo? ¡Era magnífico!- sentir algo así.
Uno de los dos niños se volteó hacia Mencha y le preguntó algo que no escuché.
   - Por supuesto, m´hijito –le respondió ella con dulzura tranquiizadora-. No se preocupe…
Su respuesta resultó satisfactoria para el niño, quien de inmediato volvió a desentenderse de cuanto lo rodeaba  y se concentró en la pesca. Hizo salir el anzuelo del agua y comprobó que no tenía carnada. La mujer le acercó un frasco de vidrio del que el niño extrajo una hermosa lombriz de tierra que con alguna torpeza logró colocar en el anzuelo. Por primera vez me surgió la duda de si habría peces en aquél riachuelo. Iba a preguntárselo a ella pero me disuadió de hacerlo con una mirada simple. En ese momento, no sé de dónde, apareció un gato que no más llegando se refregó  contra la rodilla de uno de los niños, antes de sentarse primero, y luego echarse, justo entre ambos. Parecía entender lo que hacían y saber también que su empeño sería infructuoso, pero tuve la impresión de que con su presencia deseaba animarlos.  Mencha se sentó en la abultada raíz de uno de los árboles junto al riachuelo; de una cesta, sacó varios bocadillos que ofreció a los niños. Solo entonces se desentendieron de la pesca para comerlos con entusiasmo.  Luego me ofreció uno a mí. Era un bocadillo de pan blanco con paté; después de muchas horas sin comer nada, me supo a cielo. No había terminado de comerlo cuando ya me ofrecía otro, esta vez de pepino y mayonesa, que me supo igualmente bueno. Se los agradecí con sincero entusiasmo.
   - Ya casi tenemos que irnos. Nos esperan en la casa –anunció Mencha, no supe si dirigiéndose a mí o a los chiquillos.  La noticia me produjo parecida desazón que a los niños, quienes adelantaron una tímida protesta con mueca de insatisfacción.
   - Pero no hemos pescado nada –aventuró uno de ellos.
   - Otro día volvemos. Tal vez haya más suerte…
    - ¡Pero, abuelita…! –intentó apoyar a su hermano el que parecía menor.
   - Mañana. Si quieren podemos volver mañana…
Los niños reaccionaron con algarabía a la promesa; se incorporaron sin protestar más y, con la ayuda de Mencha, arroyaron el hilo sobre sus cañas.  La mujer puso una mano sobre el hombro de cada uno de los  niños y, antes de voltearse para emprender la marcha, se dirigió de nuevo a mí:
   - Ya sabe: cuando quiera. Siempre estoy aquí.

Y sonrió. Sonríe. Continúa sonriendo… 

lunes, diciembre 26, 2016

LA MONTAÑA MÁGICA



La montaña mágica con frecuencia cambia de lugar, por eso es mágica. Me ha ocurrido encontrarla en marzo en Centroamérica, recubierta de vegetación resplandeciente, emplumada serpiente que se encumbra hacia el azul cielísimo, y seis meses más tarde dar con ella en el sur de Europa, vibrante roca seca donde apenas crecen líquenes suaves como el cabello de un niño.  También su altura es variable. Cuando la descubrí de chiquillo, apareció como una colina a la que caminaba las mañanas de los sábados con mis amigos; después, durante mi adolescencia, había crecido como esos volcanes que se multiplican en el curso de unos años, y subirla representaba para nosotros una prueba de independencia y valor.
Y, como en el célebre libro de cuyo título me sirvo para evocarla aquí, es mágica también por sus poderes  salutíferos.  Pero a diferencia de lo que ocurre en ese libro, no soy enviado a ella con el propósito de curarme, antes bien, voy espontáneamente y sólo cuando estoy allá descubro el malestar que me poseía. Por contraste con el bienestar que experimento, termino admitiendo mi mal.
Además de sus efectos bienhechores, reconozco la montaña mágica por su llamado. Yo la miro a la distancia, la miro, y siento, escucho, su voz, su invitación: me pide, me reta, me reclama que suba, que lo intente, que vaya…  
Desarrollé la capacidad de escuchar ese llamado durante mi infancia, mirando a lo lejos las montañas que definen la Meseta Central de mi país: ya fuera emergiendo de las sombras, acariciadas apenas por la luz matinal, o bien durante el ocaso, recortadas contra el cielo alucinante de celajes, recibía deslumbrado su mensaje. Desde el pantano de impresiones movedizas, pensamientos y emociones fugaces, la constancia inconmovible y serena de las montañas revelaba algo real. Ese es su llamado, su mensaje. Ir hasta allá equivale a romper el cascarón quebradizo de impresiones fugaces para acariciar, así sea por un instante, la fluidez de lo real.

Hasta allá, hasta eso que aquí llamo (porque no encuentro mejor manera de hacerlo) “la fluidez de lo real”, llegaba, llego, mediante la actividad física, el ritmo y la respiración, acallando las voces alocadas de mis pensamientos y enfocando poco a poco la atención en un solo haz sobre mi voluntad, el preciso  punto donde el cuerpo y la mente confluyen, se encuentran.
Caminando, respirando, concentrado en el ritmo de mis pasos y mi respiración, esforzándome al máximo pero dosificando el esfuerzo para no desfallecer, traspongo sin saber cuándo ni de qué manera el umbral y accedo por fin a la montaña mágica: viento, luz, verde pálpito y roca viva, riachuelo a veces, esplendor vibrante…  Sus puertas se abren y durante un tiempo me acoge y permanezco ahí, pálpito yo también, viento y roca viva también yo, eslabón deslumbrado de cuanto me rodea.

Y de la misma forma como llegué, sin saber muy bien cuándo ni de qué manera, en algún momento me descubro afuera y otra vez soy yo, soy solo yo en un rincón apartado del mundo, y mientras desciendo, mientras regreso a la ciudad, me acaricia a ratos el viento luminoso de la montaña mágica.

domingo, diciembre 25, 2016

EL NIÑ0 EN EL PESEBRE

El niño en el pesebre
ignora que es divino

Sabe que tiene hambre
sabe que tiene frío y que a su lado
está su madre

¿Qué puede importarle que los tres
famosos nigromantes hasta su cuna
hayan venido?

Teta
Leche y teta

Como el niño mío


miércoles, noviembre 02, 2016

DES-HUMANIZARSE

 Me deshumanizo cuando niego tu humanidad; me convierto en bestia cuando reduzco al otro a la condición de bestia: los europeos frente a los amerindios y los africanos en los albores de nuestra era... Pero también: unos africanos frente a otros pueblos africanos, unos pueblos amerindios frente a otros; los chinos y los egipcios y los japoneses y los griegos frente a...  Aquí no caben idealizaciones románticas. Los nazis frente a los judíos,  los terroristas –de todos los signos o ideologías– frente a sus víctimas inocentes; mi seca indiferencia ante la desgracia del prójimo. La moral de la tribu frente a la incipiente, frágil, precaria conciencia de nuestra identidad como especie y de nuestro destino común. ¿Acaso la historia de la humanidad es algo más que una obstinada negación de nuestra común humanidad? 

miércoles, septiembre 07, 2016

EL TRABAJO

En San Francisco, California, vi una vez a un lustrabotas que se recogía para rezar antes de iniciar su jornada de trabajo.

En el mercado de Coyoacán, México, me conmovió hasta las lágrimas un viejo mendigo que silbaba para que la gente le diera dinero.


Ahora me llena un silencio gozoso y pido la palabra.

(2012)

lunes, agosto 01, 2016

En boca de una mente enferma, hasta los mejores alimentos se convierten en
veneno.

viernes, julio 01, 2016

Señor de la Buena Muerte

Señor de la Buena Muerte,
concédeme la gracia
de una muerte dulce,
de una muerte amable.
Así como la Vida ha sido generosa
en horas espléndidas,
sea tu hora un don que agradezca
y me reconcilie con la existencia.
Que mis células y mis moléculas
se desintegren mansamente
llevando asombro y gratitud a la Tierra;
que mi dicha por todo lo vivido alimente
a las plantas y a los pájaros y a los insectos;
que sea de provecho mi tránsito
por la insondable y magnífica danza
de las estrellas.


Julio, 2016

miércoles, junio 17, 2015

DINOSAURIOS Y PÁJAROS

¿Obedeciendo a qué impulso
se convirtieron tan torpes reptares
en estos vuelos,
y los ásperos chillidos
en dulces cantos?

¿Latía en la memoria  de aquellas células
el obstinado afán de ser lo opuesto?

(Anverso y reverso, mariposa y gusano,
fijación por palpar las dos orillas lejanas
aunque  entre ellas se abra el abismo
de una extinción...)

¿Viaja el futuro en nuestros cuerpos?

¿Llamamos espíritu a eso?




Junio, 2015

martes, marzo 24, 2015

LA OBSESIÓN DEL ASCO - Francisco Rodríguez


Dentro del ámbito ensayo  costarricense, restringido desde hace décadas a las investigaciones de talante académico, resulta un acontecimiento feliz la publicación de un nuevo libro de aforismos de Francisco Rodríguez.  “La obsesión del asco” es el título de esta, su sexta entrega en el género. Reúne aquí su producción de entre los años 2002 y 2007. El pensamiento profundo, inconformista y provocador de este autor josefino  nacido en 1956  y afincado desde hace más de dos décadas en Ciudad Quesada, asoma aquí a su madurez. Rodríguez retoma en este libro muchos de los temas que lo han obsesionado a lo largo de su vida y a los que se mantiene fiel desde sus primeras publicaciones: la muerte, el cuerpo, la enfermedad, Dios, el poder, el crimen, la convivencia social, el mal, la escritura misma, entre otros. Además, continúa su diálogo íntimo con numerosos autores antiguos, modernos y contemporáneos de distintas disciplinas, en particular la filosofía y la sociología (disciplina esta última en la que Rodríguez se formó): Nietzsche, Spinoza y Foucault son algunos de los más frecuentados en esta ocasión. A veces  los glosa, a veces los rebate y otras se sirve de ellos como trampolines para aventurar sus propias dudas y pensamientos. Destaco esto para anotar que, si bien Rodríguez desdeña la rígida (y a menudo aburrida) legalidad académica, es un lector voraz y un conocedor a fondo del pensamiento occidental. No es un advenedizo que balbucee ocurrencias creyendo descubrir el agua tibia. En las 135 páginas del libro encontraremos, además de reflexiones propias y glosas a los pensadores que acompañan al autor en su melancólica y solitaria trayectoria, anotaciones y apuntes de otra índole, desde el comentario irónico de las conductas propias y ajenas, al apunte psicológico, a la provocación y el terrorismo intelectual… En la tradición de Cioran, Rivarol y de otros aforistas, Rodríguez es además un estilista, un escritor obsesionado por la precisión y la belleza de la palabra de la que se sirve. 

Pocas veces será tan justo afirmar que estamos ante un libro visceral. “Hay una inteligencia cerebral como existe una inteligencia visceral o salival. La inteligencia circula en la sangre como la inmensidad parpadeante en la telaraña eléctrica del Cosmos. El cuerpo destella y nada en inteligencia, como los cetáceos se mecen en el vaivén tranquilo del mar…” (p. 30)

Ya la palabra “asco” que relampaguea en el título alude a lo corpóreo y, si abrimos las páginas del libro y auscultamos sus epígrafes, encontraremos una confirmación: todos, o casi todos, hacen referencia al cuerpo, a la enfermedad y a la muerte…

Aunque el autor se reconoce como un escéptico sin mayores esperanzas respecto al ser humano y a nuestro cometido en este mundo (¿acaso existe otro?), a menudo asoma un afán, incluso desesperado, por encontrar respuestas a las perennes preguntas de los niños y de la Filosofía: ¿quiénes somos? ¿por qué y para qué estamos aquí? Con frecuencia lo veremos lanzar rabiosos puñetazos e invectivas al fantasma de Dios –el Dios del monoteísmo judeocristiano-, y en no pocas ocasiones estas nos dejarán la impresión de ser los airados reclamos de un niño abandonado por sus padres al anochecer en una estación del tren…

Los más de quinientos aforismos reunidos  en la obra no están divididos en secciones que orienten a los lectores de los temas que el autor abordará, y aparecen simplemente numerados, algunos con un breve encabezado en mayúsculas a manera de título. A pesar de ello, quienes transiten de principio a fin por las páginas de este magnífico libro, advertirán que, más allá de las contradicciones, del aparente caos o arbitrariedad, existe una sutil ilación, un delicado argumento que organiza y estructura el pensamiento… Quizás sea esto una suerte de metáfora, un comentario lacónico del viaje espiritual del  autor, que nos revela de esta forma que su intensa búsqueda existencial  asoma a puerto, encuentra  por fin respuestas… La “gigantesca discordia resplandeciente” que, en palabras de Quevedo, es el Universo, no es Caos, aunque la contradicción y las violencias cataclísmicas le sean inherentes. “La verdad”, nos dice Rodríguez, “sería el estado de reposada fortaleza (e integridad) espiritual ante la presencia de la muerte. Es aceptar transformar el hecho de morir en un fenómeno más de la realidad cósmica, de cuya vastedad somos un asombrado espejo.” (p. 119)

Desde luego, no coincido siempre con Francisco. ¿Cómo podría ser de otra manera? Este es un libro personal, que da cuenta de un itinerario espiritual, de la búsqueda de una respuesta más allá de lo puramente intelectual --una respuesta vital, existencial--, a las  preguntas de siempre.  La obra de Francisco Rodríguez es uno de los secretos mejor guardados en nuestra aldea, y sus selectos y entusiastas lectores nos debatimos entre el deseo egoísta de mantenerlo en esta condición que nos hace sentir privilegiados, o compartir con otros el revulsivo fecundo de su pensamiento.

 

 

lunes, febrero 09, 2015

EL POZO



Me asomé a un pozo
Y no supe si era oscuro
o luminoso
No supe si lo que miré en el fondo
era mi reflejo, o si yo era
apenas el reflejo  
de Otro que asomaba lejos.


9 de febrero, 2015

lunes, febrero 02, 2015

Punto ciego

Tal y como existe un punto ciego a la mirada, la muerte se sitúa en un "punto ciego" para la conciencia. La muerte de los otros llega a nuestra conciencia como cualquier dato de los sentidos, pero no le ofrece a ella dato alguno acerca de su propia finitud.  Sin duda, parte del horror que nos infunde la muerte deriva del supuesto absurdo de que la conciencia registrará su extinción y perdurará de alguna forma a ella (¡tan inconcebible nos resulta la extinción!) pero, como han dicho los epicúreos de la antiguedad a hoy, "cuando tú existes, ella no está; cuando ella está, tú no existes..." 

viernes, enero 30, 2015

DOS

No hay mayor soledad que la ignorancia.

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El cosmos obra en mí.

jueves, enero 22, 2015

SENTIDO Y SIGNIFICADO

El del significado es un fenómeno cognitivo; el del sentido, un fenómeno vivencial, que interpela a la totalidad de uno mismo, a la totalidad del ser. La creación de sentido consiste en vivir (actuar) de acuerdo con el significado que uno da a las situaciones, a los seres y a las cosas...

lunes, enero 19, 2015

Frente a la melancolía por lo que muere, la alegría por lo que nace...

viernes, enero 02, 2015

GUITARRA

Metal
            madera
                            y piel

Tres reinos de la naturaleza 

y una  
         sola

                vibración