miércoles, junio 04, 2008

ridículo

Uno de los aspectos más ridículos de nuestra civilización, es que el contacto y la continuidad entre el mundo de los vivos y el mundo de los muertos sea tenido por misterio amenazante o por mera charlatanería, cuando es tan natural como los árboles y los ríos...

martes, junio 03, 2008

artesanía

El amor es una artesanía. Desde luego puede haber –y hay– momentos de grandeza e inspiración, pero no son ellos, sino la constancia, la aplicación y la humildad, lo que pesa en la balanza y determina su suerte.

martes, mayo 20, 2008

LUCHA DE CLASES

El problema con la lucha de clases es que los triunfadores no son necesariamente mejores personas. (La mejor prueba de ello es precisamente el estatus quo: ¿quién podría decir que en el orden imperante los dominadores son "mejores" que los sojuzgados?). Por otro lado, convertida en programa político, la lucha de clases termina reducida a incitación a la revancha y la violencia vindicativa... La evolución será ética –y por ética quiero decir: de la conciencia– o no será.

miércoles, abril 23, 2008

INSTANTÁNEAS (Los días y sus dones, 1980-2001)

Los árboles son bailarines congelados en mitad de un movimiento.
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…y de pronto la luna llenó el valle…
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Salgo de casa, y las montañas me rescatan del abismo.
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Abro las cortinas y desnudo la mañana.
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La noche se escurrió por la ventana.
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…Permaneció suspendido, contemplando el movimiento inmaterial de sus pensamientos…
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Las cajas de aire acondicionado, prendidas de los edificios como garrapatas…
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…El resplandor satinado de los eucaliptos…
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Esta tarde es tan maravillosa que hasta el viejo león del zoológico dejó de quejarse.
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La tocaba como se toca un violoncello.
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Sus ojos bostezaron un parpadeo.
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… A esa hora la ciudad eructa maravillosas bocanadas de gente…
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…Y en los dorados caminos fueron embellecidas por la belleza natural de la tarde…
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De pronto, en la calle, la sonrisa de un desconocido te conmueve hasta las lágrimas.
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En otoño siempre debería sonar un violoncello.
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Un indigente destruido por la droga se mira detenidamente en los espejos que hay en la vitrina de una lujosa joyería.

sábado, abril 12, 2008

Miller, épica y picaresca

A menudo se nos advierte del peligro de regresar a los viejos amores: mejor mantenerlos en el recuerdo, pues fue en el pasado donde tuvo lugar el encuentro que contribuyó a transformarnos en lo que somos hoy. Con la literatura ocurre lo mismo. Nuestra vida está marcada por una serie de lecturas que se superponen en el tiempo y nos van definiendo. Por ello no he querido volver a Miller y conservo intacto, en cambio, el recuerdo de la pasión que me produjo su lectura. Han pasado cerca de 25 años desde que devoré, uno tras otro, los dos Trópicos y los tres volúmenes de la Crucifixión Rosada. Además de intensa y relampagueante, la lectura de sus libros fue una pasión compartida con un grupo de amigos, algunos de los cuales éramos –o aspirábamos a ser– “jóvenes escritores”.
Ante un autor cuyos libros amamos, como ante el recuerdo de una antigua amante, cabe preguntarse qué fue lo que nos capturó, de dónde surgieron su influjo y su hechizo. Pero no se trata de diseccionar una pasión sino más bien de rendir homenaje a los dones recibidos.
En el caso de Miller, no tengo duda de que me sedujo de entrada el carácter testimonial de su obra, esa forma radical de colocarse como personaje central de sus libros. Esta “apelación a la sinceridad” sobre la que se erige su narrativa es, al mismo tiempo, engañosa y seductora. En un momento vital en el que se valoran los hechos por sobre todas las cosas, semejante recurso resulta fascinante. Desde este punto de vista Miller es lo opuesto de Borges, maestro de la fábula, la parábola y la elucubración.
Sin embargo, también entonces me resultaba evidente que las páginas de Miller abundan en mistificaciones, excesos y exageraciones. Así, parte de su originalidad acaso reside en la subversión de un código largamente asentado en la tradición occidental: lejos de proponerse recrear vidas ordinarias –aspiración última de todos los realismos– uno de los propósitos de sus libros es dotarse a sí mismo una vida fabulosa y extraordinaria. Hay, así, una cierta épica –épica nimia, épica de lo cotidiano, si cabe la expresión– en la narrativa de Miller, algo desmesurado y voraz que, sin embargo, tiene lugar en un mundo ordinario y reconocible.
Más precisamente, diría que Miller nos ofrece una picaresca en la que él mismo es el personaje central. Como toda picaresca, la suya tiene lugar en los “bajos fondos” de la sociedad, en su caso la sociedad parisina (y en Trópico de Capricornio, newyorkina) de la primera mitad del pasado siglo. Así surge un retrato de la vida de los suburbios y sus habitantes, un vasto mural en cuyo centro se encuentra siempre el propio Miller: un desgraciado que a menudo no tiene dinero para comer, un hombre “sin oficio ni beneficio” que, al promediar su vida, se encuentra en una intensa –y con frecuencia confusa– búsqueda de sí mismo; alguien para quien la escritura y la creación se anuncian constantemente como una promesa, pero que pasa la mayor parte de su tiempo “sableando” conocidos, divagando sobre temas variopintos o consumando hazañas sexuales a menudo exaltadas por su imaginación.
Si esto fuera todo, la obra de Miller ofrecería una picaresca pero no habría asomo de una épica. Así, más allá de las pequeñas aventuras y desventuras cotidianas, hay al menos dos cosas extraordinarias en este mundo. En primer lugar, existe una confianza casi ilimitada en el porvenir, una fuerza que empuja permanentemente al Miller-personaje hacia delante, por sobre todas las adversidades. Este optimismo tan vital, esta frescura irracional –en el sentido de contraria a toda razón– resultan poderosas y sobrecogedoras. En este sentido Miller es profundamente norteamericano y puede reivindicarse como heredero legítimo de Withman. Por más críticos que sean con su país, este acendrado “vitalismo” es palpable en la obra de otros grandes narradores norteamericanos de la época (Steinbeck, Faulkner, Hemingway, por ejemplo) y acaso traduzca el último resquicio donde anidó el sueño americano.
Emparentado con ese optimismo rabioso e instintivo, la obra de Miller está transida también por un profundo y desafiante anticonvencionalismo que va más allá, mucho más allá de la moral sexual: en sus páginas asoma a menudo una convicción insolente en el sentido del mundo, en el carácter sagrado de la vida y del cosmos. Esa búsqueda de lo “sagrado”, de lo “profundo”, de lo “verdaderamente real” se aparta de filosofías y religiones y asume un carácter personal, aunque a veces asome algún tufillo ocultista... Salvo por este último detalle, la obra de Miller también resuma en este aspecto un poderoso aliento withmaniano.
Así, la picaresca enmascara una suerte de épica trascendental, una búsqueda incesante del sentido manifiesto/oculto del mundo. Dicha búsqueda debe realizarse dentro o a partir de sí mismo, y por ello resulta natural que Miller se erija en personaje central de sus libros.
Para el Miller-personaje la liberación se anuncia como el encuentro y la asunción de su personalidad creadora. Puesto que sabemos que Miller es el autor de lo que estamos leyendo, a los lectores se nos revela desde el inicio el éxito de la épica milleriana. Así pues, la de Miller es, de entrada, una Crucifixión Rosada con resurrección feliz: el viaje a los infiernos del Miller-personaje, narrado en clave de picaresca, con la redención final profetizada y cumplida por las palabras del Miller-escritor...
Según ciertas versiones, el proyecto de los Trópicos contemplaba una tercera obra ambientada en Panamá, en la que Miller recreaba su estadía de algunos meses en esa ciudad, que tituló provisoriamente Trópico Húmedo. Luego, en su periplo francés, Miller extravió el manuscrito, aunque según versiones no confirmadas antes había enviado una copia a un amigo norteamericano que conoció allá... Este hombre, casado con una panameña, tuvo tres hijos, y hay quienes aseguran que el manuscrito aún anda por ahí, rodando de mano en mano...

domingo, abril 06, 2008

DOS APUNTES

“¿Por qué existe el ser y no la nada?”, se preguntaba Heidegger. “Porque el universo no podría no-ser.” Tal vez esta idea solo sea un consuelo para sugerir la necesidad de todo cuanto acontece, empezando por el universo mismo, o acaso nuestras condiciones de existencia determinan todas nuestras posibilidades de pensamiento e imaginación, de modo que la idea del no-ser nos está radicalmente vedada a quienes intentamos pensarla desde el ser. Aún así, hay algo sugerente y –sí– consolador, en la idea de que el universo no podría no ser.

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Si por “dioses” entendemos entidades imperceptibles con capacidad de obrar sobre lo “real”, no veo ninguna diferencia entre Zeus y la “antimateria”. Al fin de cuentas siempre recurrimos a “lo otro” para intentar explicar “esto”.

lunes, marzo 24, 2008

CICATRICES

Verano. En el ferry que atraviesa el Golfo de Nicoya, una multitud de turistas deambulamos, exaltados y atontados por el sol, por la amplia cubierta. Ropas ligeras, anteojos de sol, cervezas, bronceador y reaggetón. De espaldas a mí, una delgada muchacha recoge su cabello en un moño castaño; el vestido sin tirantes deja al descubierto buena parte de su espalda... Entonces descubro la larga y delgada cicatriz: emergiendo bajo el vestido, corre paralela a la columna vertebral para ir a morir muy arriba, cerca de las cervicales. Es una cicatriz antigua, delgada y discreta. El que la muchacha lleve ese vestido ligero y de espalda descubierta revela que para ella es un asunto del pasado y sin importancia. La muchacha desaparece pronto arrastrada por la marea de turistas. Un rato más tarde vuelvo a verla a lo lejos, ahora en compañía de un muchacho, pero luego los pierdo de vista.
Poco antes de llegar a Puntarenas vuelvo a encontrarla. Otra vez de espaldas a mí, mirando hacia la costa que se acerca. Empujada lentamente por el vaivén de la gente, otra mujer se coloca a su lado, joven y también vestida con una blusa que deja descubierta buena parte de su espalda. Entonces descubro la cicatriz: corre transversalmente en su espalda, de omoplato a omoplato.
Por unos momentos las dos mujeres están una al lado de la otra, las cicatrices contiguas, casi tocándose. Luego se separan sin percatarse de lo que ha ocurrido. ¿Alguien más se percató? Hay algo maravilloso en todo esto, lo sé. ¿Pero qué es? ¿Y cómo escribirlo?

martes, marzo 11, 2008

Creéme, hijo mío: la conciencia de la finitud es algo que crece con los años...

lunes, marzo 10, 2008

ILUMINACIONES (Los días y sus dones, 1980-2001)

En una plaza transitada de la ciudad, un tipo interpreta sonatas de Mozart y conciertos de Beethoven con un piano en ruinas. Reclinada sobre el instrumento, su novia lo mira con ojos enamorados, mientras los viandantes pasan o se detienen brevemente para escuchar… La música le da unidad de sentido a todo lo que sucede en la plaza: el niño que se mira abstraído las rodillas, el borracho tendido, el vagabundo que lanza objetos a las palomas en el árbol para que no ensucien su lugar, el hombre de negocios que se permite unos saltitos juguetones para sorprender a su amada, el ciclista que pasa, en fin… Todos quedamos momentáneamente hermanados por la unidad de sentido, la atmósfera de la música.
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Una flor puede ser una revelación de la verdad del mundo.
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El odio y los resentimientos “ciegan”, el amor revela o ilumina.
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Estoy cansado de andar siempre de puntillas para no despertar a los vecinos.
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A veces un ángel te despierta en la mañana con el roce suave de su voz.
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La cuarta dimensión del espacio es: la mente.
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Es su manera de reaccionar frente al cambio lo que nos revela la naturaleza más íntima de los seres y las cosas.
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Lo angélico y lo demoníaco son dos rostros de una misma cara.
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Hoy se ríen de ti, mañana te temerán.
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Nada más triste que el sexo triste.
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El deseo de compartir es instintivo.
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Ante la imposibilidad del éxtasis contentémosnos con el frenesí.
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Cada instante que pasa, un trozo tuyo queda prendido de la eternidad.
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La voluntad es impulso consciente, despliegue organizado de energía.
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La razón analiza, la intuición sintetiza.
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Poder es la capacidad de realizar deseos, de concretar intenciones.
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Inteligencia es el arte de transformar las debilidades en fortalezas.
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Mucho de lo que llamamos "inteligencia” no es otra cosa que valor.
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Creeré en la inteligencia artificial cuando se invente una computadora capaz de reir.
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El mundo es un perfecto y perpetuo coito, un acto de amor y voluptuosidad.
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No hay cosa que los latinoamericanos nos tomemos más en serio, que la diversión.
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Las agujas del reloj se abren como las piernas de una puta.
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Las dos caras de la luna se dan la espalda.
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El riesgo de tomar el cielo por asalto, es que en el asalto lo podemos incendiar.
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El mundo está rompiendo sobre mi cabeza.
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Me estoy naciendo a pedazos…
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A veces somos fascistas con nosotros mismos.
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Amigos son los que se alegran de que me vaya bien; enemigos, de que me vaya mal.
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La fuente de mis penas mana dolores azules como llamas.

viernes, febrero 29, 2008

ALGO SOBRE LO OBSCENO (A propósito de la muerte de Hermann)

A veces la muerte trae consigo algo obsceno. No digo que siempre sea así: hay muertes naturales, razonables, quizás incluso elegidas y deseadas. Puede haber también –las hay sin duda- muertes injustas, indignantes, repulsivas, como las de los niños y los civiles en las guerras. En fin, el reino de la muerte es amplio, y no es del caso explorarlo aquí. Pero los obsceno propiamente no siempre viene con la muerte. Solo a veces.

Hace un par de semanas murió mi amigo Hermann. Hermann –hombre culto, inteligente, agudo– hablaba varios idiomas, era fanático del rock (de cierto rock, por supuesto) y lector voraz. Desde hace años era también un hombre de Internet, si cabe la expresión. De hecho, cuando descubrió la red, se dedicó durante algunos años a explorar sus posibilidades. Estuvo convencido de que los medios electrónicos transformarían la literatura de manera radical e irremediable. Exploró –no sé hasta dónde- las posibilidades del hipertexto, los relatos de múltiples finales, el papel de co-creador que, mediante los medios electrónicos, el lector podría adquirir. Yo no lo seguí en ese camino y no sé, por eso, hasta dónde llegó su exploración. Curiosamente nunca tuvo un blog. Hasta este año, hasta enero de este año... La suya fue una muerte repentina, inesperada. Una noche se sintió un poco mal y se fue a acostar. No se levantó más.

Tras su muerte, visito su blog: http://nosetos.blogspot.com/

Visitarlo me produce una sensación extraña, profunda, indefinida. Es peor que visitar la casa de alguien que recién murió. Hay algo obsceno aquí, pero no sé muy bien en dónde ni cómo definirlo.

¿No hay forma de poner una cruz en el blog? ¿Nadie puede agregar un último post para explicar que el autor murió? ¿Cuánto tiempo permanecerá en línea esto? Y quienes lo visiten sin saber que Hermann murió, ¿qué pensarán? ¿Qué se dirán? ¿Ni una explicación, nada?

Lo obsceno, si entiendo bien a Coetzee en “Elizabeth Costello”, es “mostrar aquello que jamás debió mostrarse”. Pero, a la luz de esto, habrá que decir también: obsceno es no mostrar aquello que debe ser mostrado.

martes, febrero 26, 2008

Lo importante no es nuestra historia, sino lo que hagamos con ella.

miércoles, febrero 20, 2008

QUE MALA COSTUMBRE TIENE LA GENTE

“Qué mala costumbre tiene la gente
de morirse

Y lo peor de todo:

Es contagiosa...”

Con su buen humor amargo
lo hubiera podido decir mi amigo Hermann
con motivo de mi muerte
de no ser porque la muerte lo encontró
primero a él:
un buen tipo por todos los costados
otro de los míos que se va

No se acostumbra uno

No se acostumbra al hecho simple
de que la gente viene y se va

Venimos y nos vamos

Según parece es un vicio
viejo como la humanidad

lunes, febrero 11, 2008

FINALE ENERGICO

Toda la música vino a crear
este océano instantáneo y repentino

de silencio

no se debilita
no se contamina

Crece y profundiza
adentro

martes, enero 29, 2008

Infierno

Donde los cerdos comen
cadáveres de perro
Y las mujeres
paren con espanto

viernes, enero 25, 2008

Una estrategia narrativa

“Yo sé que Uds. imaginan que enseguida va a ocurrir esto y esto y esto, pero no, no es eso, se equivocan, van a ver lo que les tengo reservado...”

lunes, enero 14, 2008

HUMANOS (Los días y sus dones, 1980-2001)

Ser conscientes de nuestra irrisoria pequeñez sabiéndonos partícipes de la gran Danza universal: esa es nuestra grandeza. Solo por eso, si existen, los dioses y los ángeles han de considerarnos con ternura y condescendencia.
***
De todos las formas que conozco para aludir a eso que nos distingue –mente, espíritu, alma, etc.–, “la imaginación creadora” es la que más me gusta y con la que mejor me identifico, pues presupone todas nuestras otras facultades: el pensamiento, la palabra, la conciencia, e incluso nuestras habilidades técnicas y manuales –el homo faber–. Además, acentúa la relación dialéctica entre lo “material” y lo “espiritual” y la importancia de la imaginación en la aventura humana. Somos, pues, producto y agentes de la imaginación creadora, o para decirlo en términos de hoy, somos sujetos de la imaginación creadora.
***
Los humanos somos bichos desequilibrados.
***
Abolir la contraposición excluyente entre Naturaleza y Cultura, reasumir nuestra condición de "creaturas" y entender, así, lo humano como un ámbito de lo natural, de la Naturaleza.

jueves, enero 10, 2008

Otro sueño

Más allá (o más acá) de la trama inter-subjetiva que tomamos por “la realidad” –marasmo de recuerdos, mandatos, impresiones, esperanzas y temores que se transmiten en el lenguaje– algo real asoma a veces en nuestra experiencia cotidiana e incluso lo rozamos.

miércoles, enero 09, 2008

SUEÑO

Sueño que visito la tumba de Rubén Darío. Está en mitad de un parque boscoso a donde llegamos por la noche, ruidosamente, con un grupo de amigos. El parque está ocupado por miserables y seres marginales que viven ahí. Al principio me intimidan pero luego comprendo que no se meten con nosotros. Llegamos a la tumba, una especie de mausoleo lleno de colores, donde la gente ha hecho manifestaciones y homenajes espontáneos al poeta. Evoco sus versos: Yo soy aquel que ayer no más decía / el verso azul y la canción profana / en cuyo pecho un ruiseñor había/ que era alondra de luz por la mañana. Me invade una música plena, sinfónica, que luego transporto a melodía para flauta. Pienso en un fauno

miércoles, diciembre 26, 2007

LAS SEÑORAS DECENTES NO PELAN LA YUCA

Las señoras decentes no pelan la yuca
porque es sucia
y trae en su cáscara tierra olorosa
que les estropearía las uñas

Y porque es gorda y larga
como falo de elefante

Las señoras decentes no pelan la yuca
porque para hacerlo se requiere un cuchillo
grande y plateado
como los que utilizan los borrachos
para pelear en las madrugadas


Las señoras decentes no pelan la yuca
porque hacerlo requiere destrezas
que nadie jamás les transmitió
Y porque tienen empleadas domésticas
que si es necesario
lo hacen por ellas

Salvo en raras ocasiones
(cuando van de paseo y en una cantina
su marido pide “boquita de yuca con frijoles”
o en un restaurante a la orilla de la carretera
la esposa de un amigo pide una olla de carne)

las señoras decentes ni siquiera comen yuca

¡Pobres!

No saben de lo que se pierden.

domingo, diciembre 23, 2007

"Te llevaré en mis ojos"

Se siente uno tentado de decir que existe algo así como “la novela de la media vida”. Ya Dante había iniciado el más célebre de sus viajes con el no menos célebre verso “En mitad del camino de la vida....” Y como él, son muchos los autores que, en un momento de su trayectoria vital, sienten la urgencia de ensayar un balance de lo acontecido. Para efectuar dicho balance, debe haber transcurrido suficiente tiempo para que los sueños de la juventud hayan quedado atrás. Así el hombre –o la mujer– en trance de asumir su madurez, su adultez o cualquiera otra de las palabras indecorosas que existen para designar esta etapa en la que ya no podemos afirmar sin ruborizarnos que somos “jóvenes”, se mira en el espejo de sus años mozos para ensayar un careo entre el joven que se fue y el hombre –o la mujer– que se es. En algunos casos dicho careo es estrictamente personal, en otros desborda al individuo para convertirse en el balance de los sueños, aspiraciones y anhelos de un grupo. Este último es el caso de la novela Te llevaré en mis ojos, del escritor costarricense Rodolfo Arias Formoso, publicada recientemente en coedición por la Editorial Legado y la EUNED.
El grupo en el que Arias Formoso centra su atención es el de los jóvenes que apostaron por la revolución social durante las décadas de los años 70 y 80 del siglo pasado, esa generación a la que, en el clímax de su amargura y desencanto, Sergio Ramírez denominó “la generación traicionada”. La novela, entonces, nos presenta la vida de un grupo de personajes durante un lapso que se extiende desde mediados de los años 70 hasta finales de los 80, período en el que se desarrollará la juventud y lo que podríamos llamar la “entrada en la madurez” de los personajes, y que desde el punto de vista histórico abarca el punto más alto de los movimientos insurreccionales y revolucionarios en América Central, incluyendo el triunfo de la revolución sandinista, el apogeo de la guerra civil en El Salvador y la contrarrevolución nicaragüense, hasta la caída del régimen sandinista y el colapso del mundo soviético. En el caso concreto de Costa Rica, ese momento histórico inicia poco después del célebre movimiento juvenil contra la compañía ALCOA, pasando por el crecimiento de los movimientos revolucionarios o izquierdistas que tuvo su expresión en la alianza electoral que se denominó Pueblo Unido, hasta la crisis, división y virtual desaparición del Partido Vanguardia Popular. Otras novelas costarricenses que han abordado más o menos la misma temática son Desconciertos en un jardín tropical de Magda Zavala, Los ojos del antifaz de Adriano Corrales Arias y –hasta cierto punto– Cruz de Olvido, de Carlos Cortés.
En el caso de Te llevaré en mis ojos, los personajes que nos guiarán por ese tiempo y por esos mundos, son en su mayoría jóvenes universitarios de las clases medias urbanas. En este sentido, el autor reconstruye con propiedad y solvencia los valores, las creencias, los hábitos y prácticas, el habla, los juegos –en resumen– el modo de vida de ese sector de la sociedad costarricense a fines del siglo pasado. En el curso de sus mas de 450 páginas, personajes, sucesos y sitios históricos se mezclan y confunden convincentemente con otros ficticios, sin que en ningún momento el lector se sienta confundido sobre el “estatuto” de lo narrado. Así, en algunos momentos los personajes interactuarán con Joaquín Gutiérrez o Manuel Mora, para no mencionar al propio autor, o bien con otras personalidades de aquellos años claramente identificables, aunque sus nombres fueran cambiados.
Compuesta sin mayores alardes ni complicaciones formales, la novela se deja leer con facilidad en virtud de una trama en la que nunca decae el interés –en donde el amor, el extravío y la redención de los personajes funcionan como motor y acicate- y de un lenguaje al mismo tiempo vivaz y sencillo.
Hasta cierto punto, esta tercera novela de Rodolfo Arias –la más extensa de todas las que ha escrito hasta hoy– puede vincularse con lo que algunos estudiosos han denominado “la novela de la postguerra” centroamericana, pero Arias Formoso parece más interesado en ensayar este “balance de media vida” del que hablábamos al inicio, que en dibujar los contornos de la sociedad al cabo de dicho momento histórico, ese “paisaje después de la batalla” que vendría a ser, con mayor propiedad, la novela de postguerra.
Como ocurre con casi todas las miradas retrospectivas, aquí también el pasado resulta enaltecido por la nostalgia, y esto tanto en el plano personal –qué generosos y nobles fuimos (también ingenuos)– como en el plano social –qué diferente el país de entonces del de hoy; cuánto se ha degradado la situación–. En este sentido, aunque pueda parecer contradictorio, creo que Te llevaré en mis ojos termina siendo tributaria de algunos de los mitos fundantes de la sociedad costarricense: el pasado apacible, el igualitarismo de clases medias, etc.
Novela de una generación, novela de media vida, Te llevaré en mis ojos es, también, una de esas novelas en las que el Tiempo es en última instancia el protagonista y el asunto fundamental: ¿quiénes somos y dónde estamos hoy los que antes fuimos aquello y estuvimos allá? Perplejidad ante el tiempo, perplejidad ante el ser humano y su manera de adaptarse y reaccionar a los cambios. Rodolfo Arias Formoso formula estas preguntas para un grupo humano en particular y en un tiempo específico, pero más allá de esto, en las páginas de su novela todos podemos asomarnos al vértigo del tiempo, de la existencia que fluye y de las constantes decisiones que la vida nos obliga a tomar.