Una sospecha, o intuición, o lo que sea, recurrente en los últimos días: si las palabras son por antonomasia el medio de expresión de lo humano, al mismo tiempo lo metaforizan. La palabra es metáfora del ser humano puesto que la compleja y esquiva relación entre el sujeto psíquico y el ser semeja esa otra relación, no menos problemática y ambigua, entre las palabras y los objetos que designan: las palabras simbolizan lo real, crean en nuestra mente imágenes fantasmagóricas de lo real, de la misma forma en que el yo es una fantasmagoría efímera del ser. Por otro lado y de la misma forma, ambas -el yo y las palabras-, constituyen nuestro único acercamiento posible al ser y a lo real. Las palabras dan testimonio de algo real pero no logran aprehenderlo ni, mucho menos, transmitirlo, de la misma forma en que el sujeto, el yo, es evidencia de algo real que, sin embargo, las palabras tampoco logran aprehender ni, mucho menos, transmitir. Las palabras dicen del sujeto tanto como de las cosas: velan y revelan.
Una bitácora del día a día, mes a mes, año a año, con textos incómodos o inconexos, de esos que no encuentran cabida en otro sitio, hasta que la muerte u otro bicho o alimaña se aparezca o nos separe... perecgeorges@gmail.com
viernes, mayo 24, 2013
domingo, mayo 12, 2013
CAUSAS
Solo hay algo peor que tener una causa, y es no tener ninguna. Es verdad que en nombre de todas las causas en principio razonables y justas se han cometido las atrocidades más horrendas; es verdad que las mejores causas se convirtieron en justificación de los peores excesos y crímenes, pero carecer de una causa, por modesta, secreta o íntima que sea, nos acerca peligrosamente a eso que Luis Cardoza y Aragón llamaba "una máquina complicada de hacer mierda", es decir, simples engranajes de la producción y el consumo. Tal vez, para la mayoría de la gente la "causa" que los anima sea de orden personal o familiar -el bienestar, la seguridad, las comodidades etc.-, y no me parece que necesariamente haya algo despreciable en ello. Sospecho que quienes se sienten por encima de todas las causas y rehuyen comprometerse con ninguna, han hecho de sí mismos su única causa.
miércoles, abril 17, 2013
EL TRABAJO
En San Francisco, California, vi
una vez a un lustrabotas que se recogía para rezar antes de iniciar su jornada
de trabajo.
En el mercado de Coyoacán, México,
me conmovió hasta las lágrimas un viejo mendigo que silbaba para que la gente
le diera dinero.
Ahora me llena un silencio gozoso
y pido la palabra.
lunes, febrero 25, 2013
Después de la lluvia
La venada cola blanca saltó ante mí
como un suspiro
y solemne en el centro
del camino
el enorme sapo me miró
sin parpadear
Ávidos los verdes
y los hongos festejaban
su próxima resurrección
Como una viuda grácil
la niebla del barranco ascendía
vestida de blanco
y por un instante breve e infinito
fui una onda de agradecimiento expansivo
enlazándose con todo
lo demás
lunes, febrero 04, 2013
domingo, diciembre 23, 2012
INFANCIA
Todavía
hace pocos años lo que hoy llamo infancia
no existía, era apenas un paisaje borroso sobre el que se erigían mis recuerdos
más antiguos, que se remontaban a los diez, a los once años de edad. Luego ese otro
periodo, anterior, emergió como las crestas
más altas de una cordillera submarina, y ahí está mi padre, una noche que es
muchas noches, bebiendo tragos y escuchando tangos con sus amigos: ríen,
cantan, celebran mientras el humo de los cigarros enturbia en el aire y la voz
de Gardel hechiza a la serpiente esquiva del bandoneón… La pestilencia de los
ceniceros, la exploración sigilosa que, a la mañana siguiente, realizábamos los
hermanos en pos de pistas que nos revelaran los
misterios de la noche.
Otra mañana
de cielo plomizo me levanto muy temprano con la ilusión de asistir a la
escuela; me alejo de casa con una merienda que alguien, quizás mi madre, quizás
María, la empleada doméstica que trabajaba entonces en casa, me preparó a modo
de guiño, a sabiendas de que aún faltaba un año antes que asistiera a la
escuela preparatoria. Vívidamente evoco aquella emoción, la ilusión de saber
que pronto asistiría a la escuela –aunque un año parecía entonces infinito—,
como mi hermano mayor.
Examino emocionado
las fotografías que publican los diarios sobre el viaje del Apolo 11; memorizo
los pormenores, los nombres de los astronautas, y asisto somnoliento a la
transmisión televisiva del alunizaje, los primeros pasos, la bandera, la
sensación de irrealidad. (Sospecho que mi abuela materna estaba con nosotros;
sospecho que yo experimentaba cierta condescendencia hacia ella a causa de su
incredulidad y estupor…)
Se trata de
imágenes de una definición irreal, excesiva, como en esos paisajes de Giorgio
de Chirico en donde los objetos aparecen sobrenaturalmente nítidos, atenazados
por un silencio que grita, y donde diversos
elementos comparten el espacio del lienzo pero nos transmiten la sensación de
pertenecer, cada uno, a universos distintos.
Veo también
el perfil azulado, el señorío asombroso de los volcanes de Guatemala, donde
vivíamos entonces. Viajo en el asiento trasero del carro de unos vecinos y, por
la ventanilla, admiro la cresta coronada de nieve del Volcán de Fuego. ¿Era
nieve? ¿De veras era nieve? Recuerdo haberlo preguntado a la hermosa mujer que
conducía, nuestra vecina, pero en cambio no recuerdo lo que me respondió.
Y las
zompopas, las hormigas eternas y obstinadas, que encerraba por decenas en frascos
de vidrio para luego contemplarlas durante horas, extasiado. Aún escucho el
sonido quebradizo de su agitación dentro del frasco, y percibo el olor penetrante
que se desprendía de sus cuerpos, acaso una suerte de alarma química que
secretaban ante el peligro…
En el lago
de Amatitlán, con el agua a la cintura, diviso no muy lejos de mí un pez: tiene
el tamaño de mis dos manos extendidas, me acerco despacio y constato que no
huye (acaso enfermo o herido, pensaría después.) Me prepongo capturarlo y,
contra mis propias expectativas, lo consigo… Orgulloso, salgo del agua con mi
presa y la muestro a los adultos y a los otros niños que comen o corretean por ahí.
Los adultos me miran con estupor y los niños con envidia, y yo tengo la
sensación de haber logrado una proeza que recordaré y recuerdo hasta hoy…
¿De qué me
hablan, qué se empeñan en decirme estas imágenes? Las contemplo, las examino y
constato que de ellas se desprende, cuando mucho, el aroma de un tiempo, de una
época, pero nada dicen, nada explican de esto que soy ahora, ¿o sí?
Mi abuela
Mima: la piel cuarteada de su rostro y de sus brazos (el asombro que esto me
producía), sus largos cabellos canos ligeramente ondulados… De pronto se yergue
sobre su cabeza en una postura de yoga. En mis horas malas, de adulto, he
acudido a su nombre, a su recuerdo, en busca de consuelo, y a su amparo, al calor
de su abrazo, he vencido la angustia y el miedo.
Los
villancicos que cantábamos durante las Navidades, en las “posadas” que nos
llevaban, cada noche, de casa en casa por el vecindario… “En el nombre del
cielo, os pedimos posada, pues no puede andar, mi amada…” Cantábamos en el porche
de las casas y, cada vez, un vecino distinto acogía a los demás para compartir
palabras, calor, bebida y alimentos…
Y la
atmósfera difusa del terror, en los años de la lucha guerrillera en Guatemala.
Los aviones de la Fuerza Aérea sobrevuelan la casa (viejos DC3, también
escuadrillas de cazas a reacción cuyo modelo, vaya ironía, recuerdo a la
perfección: T-33)… Abundan los retenes policiales y, por las noches, mi padre
está obligado a conducir el auto con una linterna iluminándole el rostro… Hasta
mis oídos llegan noticias confusas de atentados, de asesinatos, de secuestros…
Cerca de nuestra casa vive un político
prominente y a menudo merodean por ahí soldados y escoltas armados con metralletas… Yo admiro sus
armas y fantaseo con la guerra.
Bailábamos,
sí, escuchábamos rock´n roll: los Credence, los Monkeys, los Kinks, mientras sobre
cartulinas blancas dibujábamos paneles de control (botones, palancas, lucecitas
de colores) que luego pegaríamos a una pared para desde ahí conducir las naves que
nos llevaban al espacio exterior. Mi madre insiste en que mi hermano y yo los acompañemos
al cine a ver 2001 Odisea del Espacio
pero, tras la proyección, admito humillado que no entendí nada de la película… Perdidos en el Espacio, Mi Marciano Favorito…
Y allá, anclado en lo más profundo de mi inconciencia, brilla como una mandala
la imagen muda del “patrón de ajuste” que proyectaban los televisores antes de
iniciar su transmisión: un intrincado diseño de imágenes geométricas en negros,
blancos y grises…
El olor amable
y la textura de los elotes, el maíz bañado con mantequilla que comprábamos en
las calles de Antigua Guatemala: la suavidad porosa de la carne en contraste con la superficie tensa y lisa de la
piel, el ollejo; el placer de reducir, poco a poco, la superficie poblada de
granos hasta dejar la tuza limpia. Y el olor ácido y penetrante del membrillo,
la dureza victoriosa de esa fruta que solo muchos años después, en Madrid, volvería
a gustar.
Antigua
Guatemala: sus iglesias ruinosas, sus calles empedradas, los oscuros pasadizos de
los monasterios derruidos… Jugábamos a las escondidas y nos escabullíamos por
los pasillos, explorando de pasada los rudimentarios sistemas de comunicación ideados
por los monjes y los constructores españoles para conducir las voces de un
aposento a otro, por ductos secretos.
Durante
muchos años, soñé con esos pasillos, con esos pasadizos:
SOLO EN SUEÑOS
Sólo en sueños vuelvo
a los oscuros laberintos
a los antiguos monasterios y a la plaza
de la Catedral en suspenso
Sólo en sueños las empedradas callejas
las cruces y las fuentes
de Santiago de los Caballeros
Sólo en sueños regreso
a la ciudad donde mis siete años
crecieron
Sólo
en sueños
la encuentro
Y el
terror, el espanto que me producía el sonido de la motocicleta del hombre que
venía a casa a inyectarme cuando enfermaba: Salvador, era su nombre. Parece un
chiste. Tan pronto escuchaba el sonido de la moto, rompía a llorar y corría a
esconderme bajo la cama…
Mi hermano
mayor reproduce a la perfección la risa desquiciada del Pájaro Loco, o bien
hace sonidos extraños con su boca o realiza pequeñas proezas con sus manos: dedos
que se doblan y parecen multiplicarse, trucos que me dejan estupefacto, todo lo
cual me esfuerzo por imitar…
Y los trajes
coloridos de los indígenas guatemaltecos, los diseños en el límite entre lo
figurativo y lo geométrico… En esos colores, en esos diseños, me contemplo y me
sueño…
¿Pero qué pretendo,
qué sentido tiene engarzar aquí una imagen tras otra, como las cuentas de un
rosario? ¿Qué se supone que dice esta amalgama de recuerdos? ¿O acaso sería más
justo cederle la voz a la razón, para que sea ella quien relate, organice e
interprete lo que ocurrió?
El pasado
es tan incierto e impenetrable como el futuro, y tan predecible como él.
sábado, noviembre 24, 2012
AMOR POR LAVAPIÉS
“Donde
quiera que se esté bien, ahí está la
patria.”
Marcus Pacuvius
-1-
Por la
estrecha calle bajan
tres dominicanos
bebiendo ron
suben dos senegalesas
trajeadas como
frutas
La cuesta asciende
hasta las
tiendas donde chinos y gatos
asienten
El olor a
curry
a té de
menta
el mango silencioso
Promesas
omnipresentes
Ecuatorianos
orgullosos
de su
hermosa sonrisa y de
sus cabellos
negros a
prueba de balas
Marroquíes e hindúes
de todos los
sabores posibles
y ahí
un pequeño cartel
:
Karam
Kate
(fotografía sonriente)
tu
familia te quiere y te busca
Por
favor llámanos
(un número lejano)
Patatas
tiernas y cámaras
de videovigilancia por doquier
Grandes
vitrinas donde el mundo se cae a pedazos
y multitudes
indignadas se levantan
por tanta
sinrazón
Él lo admira
todo
y goza en
silencio
la yuca y el
boniato de las verdulerías
la danza de
los ángeles
que venden hachís
-2-
Frente al
cordero desangrado
en las
carnicerías
se alzan
vivas a San Lorenzo
patrón de
Lavapiés
Va
escoltado
por altos percherones
policías
montados
Y bajo el
inclemente sol
de agosto
damas con
mantilla y peineta
caballeros
con boina y pañuelo
bailarán un
chotis
entre
salchichas humeantes
y sonrisas desconcertadas
-3-
La calle
Argumosa arde
esta noche también
El bar es el
Aleph donde todo
confluye
La multitud
vocifera y bebe
la sangre de
un rojo
corazón
¿Tu
pañuelo es palestino?
El lago Tanganica
Hace días no me afeitaba
Palabras arrebatadas
al río
de la noche
(aquella muchacha
tiene graves
dificultades para sentirse cómoda y
deseada a la
vez
más la civilizada obligación de fingir
lo facilita siempre)
televisores y fútbol
pero en
definitiva nadie
baila
- 4-
En silencio
celebra
si lo
reconoce alguien
pues quiere ser
de aquí
Sacar carnet
en la iglesia
arrasada durante la Guerra
Pisar cacas
de perro y comprar bicicleta
Quiere convertirse en otro
vendedor
ambulante de cervezas
-5-
La Plaza es el
teatro donde todos
somos espectadores
y actores a la vez
Aquí
nos
apretujamos para acompañarnos
para darnos calor
de madrugada
(la policía
no asoma ahora)
Como a un
dios presiente
la promesa difusa
de un hogar
De ahí esa fiera
felicidad en
su mirada
Vino para
celebrar
esta dicha
Amor
Flotar sin
disolverse
ligereza y
gravedad
Deseo de
permanecer
jueves, noviembre 22, 2012
EN LA OSCURANA (Capítulo 3)
-
3 -
La reunión
terminó hacia las cinco y media. Tras telefonear en vano a la casa de Daniel y
al celular de Nazira, decide acercarse donde los Forester, con la esperanza de
encontrar a Tadeo y esperar ahí a que llegara su hermano.
Esforzándose por controlar su malhumor
y la frustración que le produce tener que abandonar su investigación y
dedicarse a otro tema, se sumerge en la música de la radio que, en oleadas
sinfónicas, inunda la cabina de su destartalado Nissan Sentra. Para evadir la
congestión del centro, tomará la ruta de San Francisco de Guadalupe, pero aun
así demorará casi media hora para hacer el corto recorrido desde las oficinas
de Semana, en Barrio Tournón, hasta la casa de los Forester, en las
inmediaciones del Parque Bolívar.
Un desfile de
escolares avanza torpemente con faroles encendidos bajo la llovizna pertinaz de
setiembre, alimentando el caos vial que todos maldicen, lo que le recuerda que
es el día de la independencia. El redoble lejano de unos tambores, que se
impone por momentos a la música de la radio, se lo confirmará. Se pregunta
cuántos años de la independencia de España se conmemoran y, tras unos instantes
de vacilación, admite que no lo sabe. Jamás ha sido afecta a las fiestas
patrias por considerarlas alimento de un nacionalismo ramplón, pero ahora se
avergüenza de su ignorancia. Se suponía –¿pero quién lo suponía?– que
alguien como ella debía manejar esos datos al dedillo. Ella misma lo
suponía. Por lo demás, salvo para los estudiantes obligados a participar en los
desfiles y para el ministro de Educación de turno, obligado también a dar un
discurso con ese motivo, la independencia carecía desde hace mucho tiempo de
significado. ¡Qué destino el de estos países! Haber sido desde el inicio, y
continuar siendo hasta el día de hoy, botín en disputa, patio delantero,
lateral o trasero, finca bananera o paraíso turístico, de los poderosos y los
ricos... España, Inglaterra, Francia, Estados Unidos, después quizás vendrían
los chinos... ¿Qué más da? Siempre era, siempre había sido lo mismo... ¿Sería
siempre igual?
Era evidente
que la música no lograba arrancarla de esa oleada de frustración y, ahora
pesimismo, que se adueñó de ella tras la reunión. Opta por apagar la radio y,
puesto que apenas llovizna, baja la ventanilla para que el aire húmedo la
refresque. En ese momento rebasa el desfile de chiquillos que ocupa la mitad de
la calle. Uno de ellos se voltea para mirarla, sin disimular el orgullo que le
produce que su farolito, con una vela encendida adentro, resista los embates de
la llovizna y el viento.
—¡Bravo, campeón! —le dice Sylvia de manera
inesperada (incluso para ella) y el chiquillo le devuelve una sonrisa diáfana,
que surtirá efecto inmediato sobre su ánimo. Recuerda que, de niña, participó
como bastonera en varios desfiles de la independencia. Conserva un par de
fotografías de tales ocasiones: muy sonriente y orgullosa de su traje rojo, con
minifalda, capa y sombrero incluidos. Su madre y, alguna vez su padre, la
acompañaron a lo largo del recorrido y le compraron un helado al finalizar. A
diferencia de los desfiles de faroles, aquellos tenían lugar bajo el sol
candente de la mañana, antes que los aguaceros vespertinos descargaran su furia
sobre la ciudad. El hecho de que su padre entonces viviera teñía sus recuerdos
de un sabor dulce y melancólico.
Tan pronto
Sylvia emboque la calle a cuyo término se alza la casa de los Forester,
comprenderá que Daniel aún no regresa, pues las luces del segundo piso están
apagadas. Abajo, en cambio, hay algunas encendidas; quizás Tadeo esté de buen
humor y le abra. Estaciona frente a la casa y, protegiéndose de la llovizna con
su maletín, sube a grandes zancadas la escalera que, trazando un semicírculo,
desemboca en la puerta principal de la casona. Daniel identificaba el timbre de
su apartamento con su nombre y apellidos, el de Tadeo, en cambio, nada decía.
Lo pulsa una sola vez y, hasta donde se encuentra, llega un sonido metálico y
estridente. Poco después se abrirá la ventanilla de la puerta enmarcando el
rostro de Tadeo: su largo y enmarañado cabello castaño, la nariz recta y
prominente, las cejas tupidas y bien delineadas bajo la frente que se distiende
y los labios que, poco a poco, desplegarán algo semejante a una sonrisa. Al
tiempo que se cierre el rectángulo de la ventanilla, se abrirá la puerta:
vestido con ese pantalón holgado y esa camiseta desteñida con un motivo impreso
ilegible, Tadeo recupera algo del aire adolescente del que, al parecer, tanto
le está costando desprenderse.
A sus treinta
y siete años se las arregla para llevar una vida parecida a la de un estudiante
universitario: sin trabajo fijo, atiende a una clientela conformada sobre todo
por amigos y conocidos, brindando mantenimiento a sus computadoras y sacándolos
de apuros en todo lo relativo a ellas. Se saludarán con un beso en la mejilla y
avanzarán unos pasos hasta el antiguo recibidor de la casa, el sitio donde,
tras la remodelación, se dividen los dos apartamentos. La puerta del de Tadeo
está abierta, ofreciéndole a Sylvia una vista de la sala en desorden, adentro
suena una música que ella no identifica.
—Daniel debe de estar por
llegar, si querés pasar un rato y esperarlo.— A Tadeo ni siquiera se le ocurre pensar que lo
visite a él. A pesar de que la distancia que los separa en edad es menor que la
que la hay entre Sylvia y Daniel, la amistad con este último es más estrecha y
espontánea. Con Tadeo la mayoría de las conversaciones tienen lugar en el
recibidor o bien en el apartamento de Sylvia, mientras él trabaja en la
computadora de ella.
Sylvia acepta
agradecida y, con pasos tímidos, se adentra en la sala sumergida en una
penumbra agradable. La varita de incienso que arde inundando el ambiente de un
olor dulzón, no oculta por completo el aroma de la marihuana. Sylvia no tenía
claro en qué momento Tadeo se convirtió en ese hombre huraño y, hasta donde
ella sabe, más bien solitario. En sus recuerdos infantiles, Tadeo es un
muchacho alegre y desenfadado que juega al fútbol o corre por el patio de la
casa de Turrúcares, como los demás. Después, durante algunos años, lo dejó de
ver y cuando lo rencontró más adelante, mientras ella estudiaba en la
universidad, él ya había perfilado ese carácter impenetrable, o más bien
impredecible que, conforme pasan los años, no deja de acentuarse. Aun así,
Sylvia lo quería casi de la misma manera que a su hermano.
A veces Sylvia y Daniel repasaban el
vínculo de parentesco que los unía –el abuelo de los Forester por el lado
materno, fallecido décadas atrás y a quien Sylvia ni siquiera conoció, era
primo en segundo grado de la madre de Sylvia–, pero los tres sabían que la
fuerza de su afecto e incluso de su amor, el carácter cuasifamiliar e íntimo
del sentimiento que los unía, derivaba de la amistad que cultivaron sus padres
desde su juventud, acaso secretamente unidos por el remoto, y en el caso del
padre de Sylvia por completo olvidado, origen irlandés en común. El haber sido
compañeros en el Liceo de Costa Rica fue la piedra fundacional de aquella
amistad que se extendería durante el resto de sus vidas; más tarde, en época de
juventud, completaron juntos una épica caminata hasta San Salvador; hubo
también, recién casados ambos, una finca de cacao cerca de Matina que fracasó
por la epidemia de monilia que arrasó las plantaciones; más tarde compartieron
una lancha de recreo cuyos costos de mantenimiento se hicieron insostenibles;
por último, con otros amigos, compraron en sociedad la quinta de recreo en
Turrúcares, a la que la familia de Sylvia debió renunciar tras la inesperada y
prematura muerte del padre, a los 45 años, cuando ella estaba en plena
pubertad. Pero los lazos que se habían tendido eran tan sólidos que las
familias siguieron frecuentándose y Sylvia, su madre y sus hermanos, no dejaron
de visitar, invitados por los Forester, la quinta de Turrúcares, como si aún
fueran parte de la sociedad... Más adelante, conforme los muchachos crecían y
definían su camino, la quinta fue quedándose vacía, hasta que un año de tantos
los dueños se resignaron a venderla y la sociedad se disolvió. Aun así, los
padres de Daniel y Tadeo no abandonaron nunca a la madre de Sylvia y solo la
muerte de ambos –una seguidilla fatal en el curso de apenas dos años– los
separó en definitiva.
Tadeo le
ofrece un té y la invita a sentarse en un sofá amplio y cubierto con una tela
roja bastante raída, en uno de cuyos extremos dormita, plácida, su gata
Lirio. La casona, construida en el punto
donde inicia el barranco que desciende abruptamente hasta las aguas moribundas
del río Torres, tiene una vista estupenda de las montañas de Heredia. Tadeo
había colocado el sofá frente a un ventanal muy amplio que se daba el gusto de
mantener sin cortinas pues, debido al desnivel del terreno, la casa de enfrente
quedaba muy por debajo de la suya y no amenazaba su privacidad. Sylvia se
dejará caer sobre el sofá y despertará a Lirio que, tras desperezarse, se
acercará a ella con la esperanza de recibir mimos. Pero Sylvia no es amiga de
los gatos y se levantará para ir donde Tadeo vierte agua caliente en dos
tazones con bolsitas de té. Hablarán de
tonterías para ganar tiempo; Tadeo preguntará si los últimos programas que
instaló en su computador funcionan bien y también por su trabajo en la revista,
a todo lo cual responderá Sylvia sin entrar en detalles, dominada por la pereza
de alimentar una conversación que desde el inicio saben que no va a ninguna
parte. La puerta del apartamento de Tadeo se mantenía entreabierta y ambos
escuchan cuando se abre la que da a la calle. Enseguida irrumpe la voz ligera
de Beto que le dice algo a su padre y Sylvia siente en su interior un golpe de
alegría.
Daniel y Beto ya están dentro del
antiguo recibidor de la casa y, alertados por el carro estacionado afuera y por
la puerta entornada del apartamento de Tadeo, asoman al interior. Tan pronto
descubre a Sylvia, Beto corre hacia ella alargándole sus brazos, a pesar de sus
casi nueve años y de ser más bien alto, Sylvia consigue alzarlo a la altura de
su cara para besarlo en las mejillas, mientras los hermanos se saludan con esa
mezcla de familiaridad e indiferencia de los que han convivido mucho tiempo.
Sylvia apura lo que restaba de su té y se despide de Tadeo recordándole que la
próxima semana debe instalarle un programa y ciertos accesorios para telefonía
por Internet.
Tras abrir la puerta del apartamento
de Daniel, quedan frente a la escalera que, trazando un semicírculo que
prolonga el que sube desde la acera hasta la puerta principal, lleva al segundo
piso de la casona. Mientras ascienden,
Sylvia le adelanta a Daniel, con tono quejumbroso, que su jefe le ordenó posponer
la investigación sobre Guanacaste y escribir un reportaje sobre las amenazas al
turismo. A la respuesta distraída de Daniel, Sylvia replicará que, desde luego,
el independentismo también constituye una amenaza al turismo, pero ella no se
referirá al tema para no “quemarlo”.
La escalera
desemboca en la sala-comedor del apartamento de Daniel, amplia y amoblada con
los viejos sillones de los Forester. Sylvia los conoce desde su niñez –un sofá
triple y dos sillones tapizados de cuero negro, ahora muy resquebrajado– y por
ello le despiertan una grata sensación de familiaridad. Siempre que entra al
apartamento de Daniel, se sorprende de la abundancia y nitidez de los recuerdos
y las sensaciones que despiertan los objetos, algo que no experimenta en casa de
su madre, pues ella tiene la compulsión de reemplazar cada tanto el mobiliario
y los adornos y, con muy raras excepciones, los objetos de su infancia y
juventud sucumbieron a esa manía.
Daniel y su
hijo depositan sobre la mesa de cedro las bolsas que traían, enseguida Beto se
escabulle hacia su habitación, de donde regresará poco después con un cuaderno
y varios libros, para instalarse a realizar sus deberes escolares. Daniel
preguntará a Sylvia si comió y prometerá
unas pastas deliciosas mientras saca una botella de cabernet chileno del
armario que utiliza como depósito.
Como es su
costumbre, conversarán desordenadamente sobre varios temas sin atacar a fondo
ninguno, hasta que Sylvia recuerde que el objeto principal de la reunión de la
tarde fue presentar a Carlos Claramunt y le pregunte a Daniel si lo conoce.
—No —responde Daniel, tras
pensarlo unos momentos—,
pero conocí hace años a un tal Diego Claramunt que era un reverendo maricón. En
la de menos son parientes, porque no hay muchos Claramunt en el país.
—No se dice maricón, se
dice “gay” —interviene
Beto, abandonando por un momento su tarea. Daniel y Sylvia reirán la gracia y
el chiquillo volverá a sumergirse en sus decimales.
Para sus
nueve años, era espantosa su conciencia de lo políticamente correcto. ¿Serían
todos los niños de hoy así? Muchos de los hijos de sus amigos y amigas le
resultaban a Sylvia una fotografía en alto contraste de sus padres, de ella
misma, de su pequeño círculo. Al mirarse reflejada en ellos, Sylvia tomaba
conciencia de su desmesura, esa capacidad innata de sospechar de todo y de
ponerlo todo en entredicho, esa necesidad de ser siempre dueños de la última
palabra, de lucir más inteligentes y sagaces. Lo peor era que los padres se
enorgullecían y alardeaban de esas características en sus hijos, sin reparar en
su monstruosidad. No, se decía Sylvia, casi a su pesar: definitivamente ella no
tendría un hijo.
—¿Y qué pitos tocaba el
Diego ese?
—Fue alumno mío en la
universidad —Durante
años Daniel ejerció la docencia y aún lo hace esporádicamente—. En un curso creo que
de cálculo. Quería estudiar ingeniería, pero ahí le hicieron la vida imposible
y lo obligaron a salir. Su familia era rica, tenían fincas por el lado de
Cañas, si mal no recuerdo.
—¿Y qué fue de él?
—No sé... Le perdí la
pista. ¡Ah, no! Ya recuerdo, alguien me dijo que al final se fue a estudiar a
México.
—¡Puta! ¿Por qué se le
ocurriría meterse a ingeniería? A un gay le iría mejor en teatro o bellas artes... ¡Pero ingeniería!
Son poco más
de las ocho de la noche y Sylvia y Daniel ya doblaron el ecuador de la botella
de cabernet chileno que domina, como un dolmen, la vieja mesa de la sala. No
hay el menor indicio de la pasta prometida por Daniel y Sylvia sufrirá el
asedio de un apetito creciente. (“¿Qué había almorzado hoy?” –se pregunta
mientras paladea un sorbo de vino–. ¡Ah, sí! Doña Jovita le preparó una
ensalada con apio y pollo desmenuzado. Con razón estaba hambrienta, fue un
almuerzo liviano). Sin más rodeos, le pregunta a Daniel por la pasta; no habrá
terminado de decirlo, cuando su amigo se incorporará de la silla con la
expresión de quien ha cometido un error gravísimo. Por un momento, Beto y
Sylvia quedan en silencio mientras en la cocina se escucha el trajinar de
Daniel.
—La salsa está lista,
solo hay que cocinar la pasta —informa
él con tono a la vez urgente y conciliador.
En lugar de
responderle, Sylvia se dirige en voz baja al chiquillo.
—¿Y hoy te dio de
almorzar o también se le olvidó?
Beto levanta
su vista del cuaderno salpicado de números y puntitos rojos, endereza sus
anteojos sobre la nariz y le responde, asimismo, en voz baja:
—Comimos empanadas en una
soda.
—¿Y estaban ricas?
El chiquillo
hace un gesto para expresar que “más o menos”. Sylvia se propone regañar una
vez más a Daniel. El güevón vivía quejándose de que Irene le daba la mala vida
por la forma en que trataba al niño, pero él le brindaba abundantes motivos
para hacerlo. En estas situaciones es inevitable que Sylvia se solidarice con la
exmujer de su amigo, aunque por todo lo demás la deteste. (Era –pensaba en
ocasiones Daniel Forester, pero nunca se lo había dicho a Sylvia– como si ante
la crianza de un niño las mujeres desplegaran una suerte de solidaridad
secreta, inquebrantable y perversa, que las hacía estar siempre de acuerdo y
cerrar filas. ¿Qué sabían ellas de las necesidades de un niño varón? ¿No tenía
él, al menos, la ventaja de haber sido niño una vez? Pero no... Respecto a la
crianza de su hijo, siempre estaría en desventaja y su opinión carecería de
validez...).
Algo debió de
sospechar Daniel, pues desde la cocina levanta su voz:
—Hoy almorzamos rico...
¿Verdad, Beto?
El niño y
Sylvia cruzan una mirada de complicidad –Sylvia arquea sus cejas como
pidiéndole que por ningún motivo la delate– y luego, con un gruñido, el
chiquillo responde que sí.
La fama de
buen cocinero de Daniel era más que justificada, corrobora Sylvia pasadas las
nueve, cuando su amigo por fin sirve la pasta, pero la de que descuida la
alimentación de su hijo, también, porque Beto no quiso saber nada de la salsa
con alcachofas que las acompañaban y hubo de contentarse con el plato de cereal
y la rodaja de pan con mermelada que Daniel improvisó para él. Aun así, Beto se
fue a dormir contento, tras concluir su tarea y conversar un rato con ellos
acerca de uno de sus compañeros de escuela, cuyos padres se estaban separando.
Daniel e Irene se habían divorciado antes de que él cumpliera su primer año y
la sola idea de que los padres de su amiguito vivieran juntos, le resultaba
extraña.
Cuando Daniel
regrese a la sala, después de haber acostado a su hijo, Sylvia lavará los
platos en el fregadero. Por más que Daniel le pida que desista, ella se
empeñará en hacerlo, “si no me dejás hacer al menos esto, no voy a sentirme
libre de volver cuando quiera, entendé, es pura conveniencia...”, suele decir
Sylvia siempre que se presenta esta escena.
Su amistad
está cimentada en la repetición de una serie de rituales, de códigos secretos y
a la vez explícitos cuya reiteración a lo largo del tiempo reafirma en ambos la
certeza del vínculo y la sensación de familiaridad. Ahora que son adultos, los
años que los separan en edad perdieron relevancia, sin embargo, en algunos
recuerdos infantiles de Sylvia, Daniel aparece ya como un muchacho. A veces,
cuando comparaba al Daniel de sus recuerdos con ese de ahora –alto y delgado,
con el pelo lacio, corto y castaño oponiendo una resistencia inútil al avance
arrollador de la calvicie– le costaba
creer que se tratase de la misma persona. Quizás a él le sucedía lo mismo,
quizás por eso la reiteración de ciertos rituales era tan importante para ambos
y se hallaba en la base de su amistad.
Más tarde,
cuando conduzca de vuelta hacia su apartamento con la extraña sensación de
flotar en la espesa niebla aposentada sobre la ciudad, Sylvia se propondrá
averiguar si hay algún parentesco entre Carlos y Diego Claramunt e intentará,
sin éxito, esquivar los baches en las calles, mientras maldecirá porque uno de
los faros del carro se fundió, dificultando aún más la tarea de sobrevivir a la
ciudad de San José. Mañana tendrá que ir donde Calilo para que le cambie el
bombillo y, de paso, le eche un ojo al motor: de unos días para acá hace un
ruido extrañísimo, nunca antes lo había oído.
Adentrándose
en la niebla, juega con posibles títulos para su reportaje: Paraíso
amenazado, Paraíso sitiado, Espinas en el paraíso, ¿por qué demonios esa necedad con el paraíso?
¿De cuándo acá le daba por los símbolos bíblicos? Intenta por otro lado: Una
industria amenazada, insoportable, La gallina de los huevos de oro
amenazada, ridículo, risible –y la niebla tan espesa y quieta– y muy a su
pesar reverberan en su mente imágenes de una gallina degollada, ese recuerdo
infantil que la impresionó tantísimo, el bicho descabezado corriendo sin
dirección hasta caer tendido sobre el césped y doña Jovita –sí, desde siempre
doña Jovita– dando gritos tras ella porque, en el trance de sacrificarlo, el
animal se le escapó... Luego surgen Fin de fiesta –nada que ver–, Un
camino con ¿piedras?, ¿huecos?, ¿riesgos? y ninguno funciona, pero se dice
que tendrá que referirse al desastroso estado de las carreteras y de los
caminos, los turistas siempre se quejan y cada tanto hay accidentes a veces
fatales.
Abandona el título del
reportaje y se entrega a la visión de San José. Amaba esa etapa de la estación
lluviosa en que noche a noche las nieblas devoraban la ciudad: unas pocas
semanas, entre setiembre y octubre, cuando las luces amarillentas del alumbrado
público flotaban como islas en medio del naufragio general. Hacía algunos años
Sylvia había llegado a la conclusión de que solo por las madrugadas, cobijada
por el silencio y la oscuridad, o de esta forma, abrazada por la niebla,
revelaba San José su humilde y esquiva poesía, su encanto pobre y popular.
martes, noviembre 13, 2012
"EN LA OSCURANA" (Capítulo 2)
- 2 -
En esos días trabajaba de lleno sobre
el resurgir del movimiento autonomista en Guanacaste, pero el tono perentorio
de la convocatoria presagiaba que debería abandonar la investigación y
dedicarse a otro tema. Solo ante la evidencia de que las oficinas
administrativas están desiertas -las luces de los cubículos apagadas-, Sylvia
cae en la cuenta de que la citaron a una reunión el día de la independencia; el
resto del personal está libre, solo los periodistas fueron convocados.
Cuando entra en la sala
de reuniones los demás ya están ahí, Tomás López se interrumpe en mitad de una
frase, acompaña el ingreso de Sylvia con un silencio cargado de reproches y
sigue su trayectoria con la mirada. Ella balbucea una disculpa y, apagando el
teléfono celular y alisándose la falda, se dirige hacia la única silla libre.
De ordinario,
los periodistas free-lance solo eran convocados a las reuniones de la
redacción en ocasiones especiales, cuando surgían temas que requerían la
coordinación de todo el equipo o cuando tenía lugar un cambio importante en el
área gerencial, administrativa o directiva de la revista. Tan pronto como
Sylvia descubre en la silla junto a López a un hombre rubio, vestido con un
elegante traje azul y corbata roja a rayas, comprende que en esta ocasión se
trata de lo último. Mientras se desliza en su asiento y López la pone al tanto
con un par de frases –Carlos Claramunt era el nuevo gerente administrativo
desde la semana anterior, se implementaría una nueva política en este campo–,
el tipo individualiza a Sylvia con una mirada. Enseguida, López cede la palabra
a Claramunt, quien por un momento parece
titubear entre levantarse para hablar o hacerlo desde su asiento. Por fin se
incorpora y comienza a hablar con cierto nerviosismo.
Entonces es
el turno de Sylvia de mirarlo con atención: blanco, mucho más alto que López y
con bastante sobrepeso, hace gala de modales refinados y salpica su charla con
términos técnicos que nadie, ni siquiera López, parece comprender. Tras un
arranque más bien vacilante, encuentra la suficiencia y convicción que
distingue a los hijos de las clases poderosas, y sus palabras y sus gestos
confirman esa impresión. Sylvia calcula que no tendrá más de treinta años,
aunque la formalidad del traje y del peinado lo hacen parecer mayor. Claramunt
habla durante algunos minutos hasta caer en cuenta de que nadie comprende muy
bien su cháchara. Entonces se interrumpe de golpe y, a modo de conclusión,
agrega que los cambios serán graduales y se verán en la práctica, en cualquier
caso no quiere hacerles perder tiempo explicándoselos ahí, algo en lo que todos
coinciden y agradecen en silencio.
Finaliza diciendo que está a las órdenes para lo que pueda ser de
utilidad, que confía en que podrán trabajar de la mejor manera juntos, etc.
Cuando Claramunt se sienta hay un vago
murmullo entre los presentes, ese tipo de murmullos de donde sobresalen,
aisladas, palabras que nunca se sabe quién pronunció: “¡bienvenido!”,
“igualmente...”, “¡buena suerte!” y otras de ocasión.
Tras la
salida de Claramunt el ambiente se distiende y durante algunos minutos
germinan, simultáneas, varias conversaciones. López se ha puesto de pie como
para dirigirse al grupo, pero Goicoechea había llegado hasta él para decirle
algo. Sylvia intercambia un escueto saludo con Yolanda, sentada frente a ella,
y con Herrera, a su izquierda, y revisa en la pantalla de su teléfono si
recibió mensajes: no. Cuando alza de nuevo la vista, Goicoechea retorna a su
sitio y López se dispone a hablar. Sin necesidad de decir palabra, el Jefe de
Redacción impondrá silencio, luego llevará los anteojos hasta la punta de su
nariz, arqueará las cejas y fruncirá la boca, en un gesto de frustración que a
Sylvia le resultará cómico.
—Y... ¿qué le vamos a
hacer? —dice por
fin—. La misma
carajada de siempre...
Dedican el resto de la reunión a
ponerse al día sobre lo que están haciendo. Cuando le llega el turno a Sylvia –la última, a modo
de castigo por su llegada tardía, según dictaba la tradición–, ella refiere sus
dificultades para ahondar en la organización clandestina que, durante los
últimos meses, ha sembrado una creciente agitación en la provincia norteña,
reviviendo añejos sentimientos regionalistas y reivindicando la singularidad
del estatuto colonial de Guanacaste como fundamento para reclamar su
independencia. No es la primera vez que surgen movimientos de este tipo –todos,
menos Sylvia y Oscar, recordarán que a mediados de los años 80 del siglo XX
hubo un movimiento similar, que propugnaba la anexión de la provincia a los
Estados Unidos en calidad de “Estado Libre Asociado”; otros mencionarán a un
grupo de familias que, años después, pretendió fundar una “república” en una
estrecha franja limítrofe entre Costa Rica y Nicaragua–; lo particular, en este
caso, reside en la cantidad de recursos con los que el movimiento parece
disponer y que en varias ocasiones realizaron acciones de sabotaje y declararon
que no renunciaban al terrorismo como medio de lucha.
Tras una
desordenada discusión en la que varios opinan sobre el tema (de la cual Sylvia
no sacará nada en claro), López le pregunta cuánto tiempo más necesitará para
concluir su reportaje y como ella titubea y es incapaz de responder algo
concreto, López le pide conversar al finalizar la reunión.
—Llevás casi dos meses
metida en eso y necesito que me echés una mano con otras cosas —le dice López sin
preámbulos, cuando la reunión ha concluido y los otros conversan en la sala o
se alejan por los pasillos. Aunque jamás alzaba la voz, sus palabras emergían
comprimidas de la boca; siempre da la impresión de estar tenso.
—¡Jefe! Usted sabe que el
asunto es complicado... Necesito un poco más de tiempo, por favor...
Veinte años
mayor que Sylvia, bajito y con la tupida cabellera platinada, López enmascaraba
su timidez tras sus gruesos lentes y tras una dureza seca y aguerrida. Era un
periodista incómodo y maleducado, de esos que todos –pero en especial los
políticos–, temen y rehúyen. Fue profesor de Sylvia en la facultad y también
quien la acercó a la revista, solicitándole colaboraciones esporádicas al
inicio y ofreciéndole luego una relación más formal, aunque siempre en calidad
de colaboradora. “Vos sabés que, en época de neoliberalismo y de reformas del
mercado laboral, nadie quiere personal de planta ni se contrata a alguien
permanentemente. Ese privilegio se acabó con mi generación...”.
Durante años,
Sylvia admiró en él algo que solo se le ocurría llamar “su entereza”,
refiriéndose a cierta tozudez, a cierta terquedad para defender sus posiciones
a contrapelo de las conveniencias y los vientos de moda. Con los años, la luz
con que lo consideraba dejó de ser tan favorable y, con frecuencia, le
resultaba intransigente y arrogante, una suerte de jacobino adelantado a su
revolución, con opiniones definitivas sobre lo que ocurría, que juzgaba por
anticipado a las personas y se entregaba sin reparos a pronósticos y visiones
apocalípticas. Eso sí, Sylvia le agradece que nunca, durante los casi diez años
que tienen de conocerse, haya aventurado una insinuación de otra índole. Y es
que López –se decía Sylvia a veces– era una suerte de ser asexual, alguien para
quien el trabajo y sus otras dos pasiones –la política y, desafortunadamente
para ella, el fútbol– significaban todo. En alguna ocasión Sylvia conoció a uno
de sus hijos –un muchacho pálido y tímido, apenas unos años menor que ella– y
sabía (porque en la redacción siempre se sabía todo), que su mujer lo dejó tras
declarar y asumir su lesbianismo.
—Lo siento... Hay cosas
más urgentes... No tenés que abandonarlo definitivamente, pero necesito que me
echés una mano...
Sylvia sabe
que es inútil discutir, todo lo que hace es bajar la vista hacia su falda de
corduroy azul oscuro en la que brillan, impertinentes, algunas hebras de hilo
blanco que ella atrapará con sus dedos y con las que hará velozmente una
pelotita.
—Está bien, jefe... ¿Qué
le voy a decir? Si no hay más remedio... —Y colocando la pelotita de hilo entre el índice y el
pulgar derechos la catapulta hasta el centro de la mesa de reuniones—. ¿Qué es el asunto?
(En su mente
relampaguea la imagen de James Bond, citado por sus superiores para recibir la
encomienda de una nueva misión: el escritorio pulcrísimo del comisionado, las
enormes ventanas con vista al Támesis y el perfil brumoso de la ciudad de
Londres... Ese ambiente elegante e impenetrablemente masculino, en el que Bond
se conducía como pez en el agua... Así, apenas reclinado contra el escritorio
de su superior, Bond agradecía impávido la felicitación por el éxito de su
misión recién concluida y, antes de escuchar los pormenores de su nuevo
objetivo, tomaba, solicitándolo apenas con un gesto, un enorme habano de la
caja de madera que reposaba sobre el escritorio de su jefe... La evocación
estuvo a punto de desembocar en una sonrisa que, no obstante, Sylvia ahoga).
—Estamos preparando un
especial sobre el impacto del turismo en el país. Necesito algo sobre las amenazas
al turismo y ahí es donde entrás vos... ¿Recordás el caso de la holandesa que
asesinaron hace poco en Nosara? —López
no le dio oportunidad de responder—. El asunto de la inseguridad en las playas,
los robos a los turistas, la infraestructura vial, todo eso... Necesito que me
ayudés. Me gustaría que te le metás al caso de la holandesa, porque tuvo mucha
prensa afuera. Entiendo que los sospechosos ya cayeron. Sería cosa de ir a
verlos. En fin, vos sabrás. Pero lo necesito y rápido.
—Fue
en Sámara...
—¿Cómo?
—Que
fue en Sámara, no en Nosara...
—Sámara,
Nosara… alguna de esas playas, lo mismo da. ¿Qué te parece un borrador para el
fin de semana?
—¿El
fin de semana? ¡No bromee, jefe! (James Bond termina de desvanecerse en su
imaginación).
—No puedo darte más.
López se
incorpora y pone fin a la conversación. Sylvia permanece sentada unos momentos
y busca, en vano, la pelotita de hilo blanco en el caos de la mesa repleta de
tazas de café a medio vaciar y platitos con servilletas sucias y galletas mordisqueadas.
lunes, noviembre 12, 2012
VENTANA
Su ventana da
a un patio interior donde se multiplican
voces y ecos
Una anciana ensucia su boca
hablando del coño
de mamadas
con la saña enferma de quien nunca
gozó
Un joven ordena a los demonios
salir de su cuerpo
se recrimina a solas
implora a dios
Un góspel desafinado
chapoteo de niños
en la piscina
el monótono bote
de las pelotas
de tenis
En ocasiones la tarde se tiñe
con el vibrato grave de las trompetas
de Jericó
Dentro del patio giran las golondrinas
enloquecidas como en un carrousel
domingo, noviembre 11, 2012
IN THE SKY WITH DIAMONDS
Su
habitación cambia
constantemente
de color
(naranja
rosado violeta blanco)
y de tamaño
También la
gente a su lado cambia
Hoy
hay un
gordito con bigote posmoderno
mirando la
televisión
Mañana dos gatos
quisquillosos y esquivos
Ayer un cenicero
atiborrado con
colillas
Hoy los
techos son altos como cumbres
Mañana será
imposible desnudarse
sin pedir
permiso a las paredes
La puerta corrediza del baño se descuelga siempre
Entrar supone atravesar un oscuro pasillo
Perros y gatas
latas de cerveza
leyes ajenas siempre
Las dueñas de
casa trabajan
como bestias
barren y
friegan los domingos
duermen cuando
pueden
prolongadas
siestas
A veces
hablan a gritos
A veces
susurran lo inaudible
A veces callan
de rabia o lloran de frustración
Admira el rojo de sus labios
la sonrisa encarnada esta noche
antes de
salir por fin
al bar
viernes, noviembre 09, 2012
abandonándose
a una correntada
que emanaba de
los árboles
y la tierra
y también de
sus células
rompía la
soledad
y se
descubría en el mismo parque
donde ya no
estaba solo sino
con los
demás
no aparte
sino parte de aquél
prodigioso equilibrio
Pero el
deseo
(así fuera
el deseo elemental de compartir
lo que vivía)
lo
arrebataba precipitándolo
en la
búsqueda de alguien más
y de esa
forma caía a
otra soledad
ahora ríspida y amarga
Caminaba ansiosamente
sin dirección
aguardando en una esquina
en un chat en un email
una señal un guiño
que lo redimieran de sí mismo
Acariciaba a tientas el teléfono en su bolsillo
preguntándose a quién llamar
jueves, noviembre 08, 2012
SILENCIO, VERANO, ATARDECER
Todo enmudeció en ese instante:
Las preguntas
Mi dolor
El rechazo
Las caminatas nocturnas por la ciudad en pie
La búsqueda ansiosa de un rostro que me reconociera
Los vinos vividos
Mi irredento amor por Lavapiés
Las noches devotas en la Filmoteca
El ardiente deseo de entender
Todo enmudeció
Todo quedó en silencio
bajo la luz dorada del atardecer
el alado potro en que la Gracia
se paseaba por el parque
al fin del verano
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