¿Qué es, en definitiva, un personaje de ficción? Una gran mentira construida con muchas pequeñas verdades.
Una bitácora del día a día, mes a mes, año a año, con textos incómodos o inconexos, de esos que no encuentran cabida en otro sitio, hasta que la muerte u otro bicho o alimaña se aparezca o nos separe... perecgeorges@gmail.com
viernes, noviembre 03, 2017
lunes, septiembre 11, 2017
DE LA ESTUPIDEZ HUMANA
Estoy convencido
de que la estupidez humana no es el mayor problema. Ser estúpido no es tan
grave si uno tiene la humildad suficiente para admitir su condición. El verdadero
problema es nuestra soberbia, nuestra incapacidad de admitir nuestra ignorancia
y el profundo convencimiento de que somos criaturas privilegiadas, elegidas por
dios –cualquier dios-, para reinar sobre el planeta y sobre las demás criaturas.
Respecto de la estupidez ajena, no hay nada que en definitiva yo pueda hacer. Respecto de la propia, sí. ¡Y cuánto cuesta!
***
sábado, mayo 20, 2017
LA NOVELA COMO "SIMULADOR" DE LA VIDA HUMANA
Supongo que ocurre en todos los oficios: conforme alguien se ejercita, conforme profundiza y persevera en la práctica, cambian sus ideas, su entendimiento y, por tanto, su discurso acerca de dicho oficio. Mi forma de entender la escritura de historias ha variado con los años.
Esta mañana, en charla con un grupo de estudiantes universitarios, me escuché decir una expresión que jamás había utilizado para referirme al tema, pero que creo sintetiza mi visión actual de lo que es (o aspiro a que sea) una novela o un cuento: un simulador de la vida humana.
Cuando hablo de un simulador quisiera evocar, de alguna forma, los simuladores utilizados en otras disciplinas: un simulador, del tipo que sea, pretende recrear o reconstruir, bajo condiciones controladas, las condiciones reales en las que actúan ciertos elementos (átomos, moléculas, organismos vivos, animales, personas) con el fin de observar y evaluar sus reacciones. Creo que esa, ni más ni menos, es la aspiración de las historias que leemos y escribimos: presentarnos una simulación de vidas humanas para que podamos observar y evaluar sus reacciones y de ahí sacar conclusiones para la vida, nuestra vida, la vida de verdad.
Eso sí: las novelas y los cuentos son simuladores muy particulares, pues están hechos solo de palabras, y las palabras son objetos de naturaleza muy singular. Pero dejemos de lado por ahora la singularidad de las palabras, y concentrémonos solo en los simuladores que fabricamos con ellas.
La eficacia de un simulador se mide por su capacidad de recrear las condiciones reales de existencia en la que se desenvuelve aquello que deseamos observar. Siendo las vidas humanas el objeto único y último de la literatura, el reto consiste en recrear con la mayor precisión posible las condiciones que intervienen en nuestra existencia. Esto solo es posible a partir del ejercicio de la observación atenta de otras vidas y de la propia vida. Hay un ejercicio, una práctica de la conciencia que se materializa o se concreta en las historias, de ahí el hechizo, el encantamiento que nos producen. Ese es el saber que se transmite en ellas.
¿Cuáles son las condiciones que intervienen en nuestra existencia? Sea cual sea la respuesta que ensayemos, tendremos siempre un número considerable de aspectos. Mencionemos los más evidentes: el espacio geográfico, el momento histórico (desarrollo tecnológico, organización política, etc.), la cultura (valores, creencias, atavismos, tabúes, ideas, etc.), el género/sexo, las características físicas (aptitudes, limitaciones, incluso la genética, etc.), las relaciones sociales en las que estamos inmersos, las relaciones familiares (modelos, expectativas, complejos, etc.), el carácter o temperamento individual, nuestras experiencias previas, incluyendo aquellas que elegimos y las de carácter fortuito, etc., etc...
Una cosa son las condiciones que determinan nuestra existencia, y otra diferente (pero igualmente importante), es lo que nos proponemos o deseamos hacer. El deseo es el meollo de la individualidad, el sustrato de la subjetividad. El deseo moviliza a los personajes y desencadena la reacción que llamamos "historia". Por ello es un elemento fundamental en nuestro simulador. En términos más abstractos, podemos decir que en la vida de los personajes (y en la nuestra) intervienen las circunstancias, la libertad y el azar. Y acaso debamos agregar también: lo desconocido y el misterio.
Reducir o integrar en una historia (en un simulador) todos estos elementos, resulta un desafío inmenso. Pero cuanto más complejidad logremos introducir en ella, más rica y provechosa será la experiencia de leerla (y de escribirla.) Integrar la complejidad significa darle a cada uno de estos elementos la atención y la importancia debida, ni más ni menos. "Lo justo es lo correcto", dice la máxima, y nos será útil tenerla presente al calibrar nuestro simulador de vidas humanas. Y, desde luego, integrar complejidad no significa servirse de palabras difíciles ni hacer un discurso obscuro o incomprensible. La única obscuridad que debería tener cabida en una historia, es la de un cielo nublado o la de un pensamiento sombrío, y el único pasaje incomprensible, un diálogo en el que uno de los personajes dice un galimatías.
Presentar los elementos que intervienen y determinan la vida de los personajes, para que podamos observarlos, valorarlos y sacar conclusiones acerca de ellos (y acerca de nosotros mismos), es el propósito y la utilidad de estos "simuladores de la vida humana" hechos de palabras: las novelas y los cuentos.
Esta mañana, en charla con un grupo de estudiantes universitarios, me escuché decir una expresión que jamás había utilizado para referirme al tema, pero que creo sintetiza mi visión actual de lo que es (o aspiro a que sea) una novela o un cuento: un simulador de la vida humana.
Cuando hablo de un simulador quisiera evocar, de alguna forma, los simuladores utilizados en otras disciplinas: un simulador, del tipo que sea, pretende recrear o reconstruir, bajo condiciones controladas, las condiciones reales en las que actúan ciertos elementos (átomos, moléculas, organismos vivos, animales, personas) con el fin de observar y evaluar sus reacciones. Creo que esa, ni más ni menos, es la aspiración de las historias que leemos y escribimos: presentarnos una simulación de vidas humanas para que podamos observar y evaluar sus reacciones y de ahí sacar conclusiones para la vida, nuestra vida, la vida de verdad.
Eso sí: las novelas y los cuentos son simuladores muy particulares, pues están hechos solo de palabras, y las palabras son objetos de naturaleza muy singular. Pero dejemos de lado por ahora la singularidad de las palabras, y concentrémonos solo en los simuladores que fabricamos con ellas.
La eficacia de un simulador se mide por su capacidad de recrear las condiciones reales de existencia en la que se desenvuelve aquello que deseamos observar. Siendo las vidas humanas el objeto único y último de la literatura, el reto consiste en recrear con la mayor precisión posible las condiciones que intervienen en nuestra existencia. Esto solo es posible a partir del ejercicio de la observación atenta de otras vidas y de la propia vida. Hay un ejercicio, una práctica de la conciencia que se materializa o se concreta en las historias, de ahí el hechizo, el encantamiento que nos producen. Ese es el saber que se transmite en ellas.
¿Cuáles son las condiciones que intervienen en nuestra existencia? Sea cual sea la respuesta que ensayemos, tendremos siempre un número considerable de aspectos. Mencionemos los más evidentes: el espacio geográfico, el momento histórico (desarrollo tecnológico, organización política, etc.), la cultura (valores, creencias, atavismos, tabúes, ideas, etc.), el género/sexo, las características físicas (aptitudes, limitaciones, incluso la genética, etc.), las relaciones sociales en las que estamos inmersos, las relaciones familiares (modelos, expectativas, complejos, etc.), el carácter o temperamento individual, nuestras experiencias previas, incluyendo aquellas que elegimos y las de carácter fortuito, etc., etc...
Una cosa son las condiciones que determinan nuestra existencia, y otra diferente (pero igualmente importante), es lo que nos proponemos o deseamos hacer. El deseo es el meollo de la individualidad, el sustrato de la subjetividad. El deseo moviliza a los personajes y desencadena la reacción que llamamos "historia". Por ello es un elemento fundamental en nuestro simulador. En términos más abstractos, podemos decir que en la vida de los personajes (y en la nuestra) intervienen las circunstancias, la libertad y el azar. Y acaso debamos agregar también: lo desconocido y el misterio.
Reducir o integrar en una historia (en un simulador) todos estos elementos, resulta un desafío inmenso. Pero cuanto más complejidad logremos introducir en ella, más rica y provechosa será la experiencia de leerla (y de escribirla.) Integrar la complejidad significa darle a cada uno de estos elementos la atención y la importancia debida, ni más ni menos. "Lo justo es lo correcto", dice la máxima, y nos será útil tenerla presente al calibrar nuestro simulador de vidas humanas. Y, desde luego, integrar complejidad no significa servirse de palabras difíciles ni hacer un discurso obscuro o incomprensible. La única obscuridad que debería tener cabida en una historia, es la de un cielo nublado o la de un pensamiento sombrío, y el único pasaje incomprensible, un diálogo en el que uno de los personajes dice un galimatías.
Presentar los elementos que intervienen y determinan la vida de los personajes, para que podamos observarlos, valorarlos y sacar conclusiones acerca de ellos (y acerca de nosotros mismos), es el propósito y la utilidad de estos "simuladores de la vida humana" hechos de palabras: las novelas y los cuentos.
viernes, mayo 19, 2017
DEL OFICIO
Parece broma: a mis 55
años de edad, dedico días enteros a tallar, palabra a palabra, la vida de
seres imaginarios, que para más detalle transcurren en lugares inexistentes. No obstante, lo hago con entusiasmo y hasta alegría, convencido de que esto
es lo que debo hacer, y de que este es mi modesto aporte a la sociedad.
viernes, mayo 12, 2017
ILUMINACIONES
...Poco antes de morir, comprendí que entregándome al odio que me inflamaba, a la furia vengativa que penetraba hasta la más mínima partícula de mi ser, alimentaría el fuego destructor que había arrasado el mundo que conocí, incluyendo a mis seres amados. Entonces comprendí que solo si me despojaba del odio, me liberaría de las garras de los que se disponían a matarme. Hacerlo dependía de mí, a eso se reducía mi libertad. En ese instante me poseyó una dicha inesperada y experimenté la liberación de quien renuncia a la venganza...
***
...y fue entonces cuando el Buda, irradiando luz consciente, abrió por fin los ojos, y sonrió.
ESCRIBIR
lunes, marzo 27, 2017
EL RIO QUE ME HABITA Y LAS PINTURAS DE PIETER BRUEGHEL
Hace como 15 años me contrataron por primera vez para elaborar “Historias de Vida”. En aquella
ocasión tuve que entrevistar a dos personas de condición muy humilde que habían
vivido situaciones de violencia para que me relataran pormenorizadamente su vida.
Posteriormente fui contratado para hacer algo parecido con 15 personas residentes
en la Zona Sur de Costa Rica. Y, hace pocos años, elaboré una docena de
historias de vida de personas de todo el país.
Estas experiencias cambiaron profundamente
mi entendimiento de la literatura. Hasta entonces, mi fuente primordial de
información era mi experiencia vital y la de unos pocos familiares, amigos y conocidos;
después de esa mirada en profundidad sobre otras vidas, muy diferentes de la mía,
mi información sobre la experiencia humana se multiplicó, y también mis posibilidades
de fantasear e imaginar otras vidas.
Además de
la información preciosa e invaluable que aquellas personas me confiaron,
realizar esas entrevistas me dejó otra enseñanza para la escritura: al relatar nuestra
vida, adoptamos una organización, una sintaxis narrativa singular. Pero también,
y por sobre todo, el relato adquiere un ritmo, un fraseo particular.
El primer resultado
de este largo aprendizaje es “El río que me habita”. Pero vendrán otros, espero.
De hecho, no más saliendo en España la primera edición de "El río que me habita", empiezo a escribir una continuación, con la intención de recoger y plasmar al menos algunas de las historias que se me quedaron en el tintero, algunas de las cuales me han acompañado desde hace décadas, sin que hasta ahora encontrara el contexto adecuado para verterlas. Pues el río Grande y Ciudad Real son, más que una novela, un mundo narrativo potencialmente infinito.
Entre las imágenes que vienen a mi mente cuando pienso en este mundo, se encuentran las pinturas de Pieter Brueghel, el Viejo, que me fascinaron desde que las vi por primera vez. Nada me gustaría más que tejer un tapiz narrativo como los de Brueghel, en cuyos lienzos confluyen centenares de personajes; ¿quiénes son? ¿A qué se dedican? ¿Se conocen entre sí? ¿Cuándo fue la última vez que tomaron una comida caliente? ¿Qué piensan del vecino? ¿Qué anhelan? ¿Cómo se ganan la vida? ¿Dónde pasarán esa noche?
Entre las imágenes que vienen a mi mente cuando pienso en este mundo, se encuentran las pinturas de Pieter Brueghel, el Viejo, que me fascinaron desde que las vi por primera vez. Nada me gustaría más que tejer un tapiz narrativo como los de Brueghel, en cuyos lienzos confluyen centenares de personajes; ¿quiénes son? ¿A qué se dedican? ¿Se conocen entre sí? ¿Cuándo fue la última vez que tomaron una comida caliente? ¿Qué piensan del vecino? ¿Qué anhelan? ¿Cómo se ganan la vida? ¿Dónde pasarán esa noche?
domingo, febrero 19, 2017
DOS
- Que vender esperanzas sea uno de los mejores negocios que existen revela hasta qué punto vivimos en un mundo donde reina la desesperación.
- Hablando de circunstancias que nos determinan. La primera (y sin embargo, a menudo la menos evidente) es nuestro organismo. Solo quienes nacieron con una condición que difiere de la norma o cayeron en algún momento de su vida en esta condición, lo tienen claro, pues lo experimentan cada día.
miércoles, febrero 08, 2017
Importancia de las palabras
No es lo mismo
firmeza que inflexibilidad, ni satisfacción que vanidad. Cabe ser firme en cuanto
a lo que es importante para nosotros, pero otra cosa muy distinta es ser
inflexible, pues casi siempre, para lograr aquello que nos proponemos, es
preciso ceder en aspectos secundarios,
dar rodeos, negociar sin perder de vista el objetivo, mientras que la
inflexibilidad no permite nada de ello. Lo mismo en cuanto a la vanidad: sentir
satisfacción por haber realizado o alcanzado algo por lo que nos hemos esforzado,
es saludable y justo, pero envanecerse de ello es ridículo y nos coloca al borde del abismo.
sábado, enero 14, 2017
viernes, enero 06, 2017
ORÁCULO DE MAYI ALBA
En memoria de Marielos Coto, agradecido.
Habrás de
llorar cuando asome en tu encía el primer diente
y también cuando
lo hagan el cuarto y el quinto,
y te
estremecerá el aroma del joven
que estampe
en tu boca el sétimo beso.
Maldecirás
a la quinta amiga en traicionarte
y con los
años te abismarás muchas veces
en el blanco
remolino del placer.
Paladearás en incontables
ocasiones la dicha
de alcanzar
lo que te proponías
venciendo
obstáculos que parecían insalvables
o sobreponiéndote
a tu propio escepticismo,
y también
innumerables veces conocerás la frustración
y la
impotencia ante retos que te superaban
o que rehuiste
por pura cobardía.
Muchas
veces, oh sí, más de las que desearías,
habrás de
llorar a un ser querido
y enmudecerás
con la rotundidad de su ausencia.
Pero solo
una vez has de morir
Y esa es
la pobreza
de la muerte.
3 de enero, 2017
lunes, enero 02, 2017
EL VALLE DE MENCHA
Al Valle de Mencha llegué la primera vez en medio de una
tormenta de granizo. Fue un golpe de suerte, una casualidad afortunada, lo que
me llevó hasta allá. Llevaba tiempo caminando en el crepúsculo, temblando de
miedo y de frío, impulsado por la convicción o la esperanza de que más allá de
aquél pasaje quebradizo, erizado de rocas amenazantes, tenía que existir algo
distinto, cuando escuché el rumor leve de un arroyo y por instinto decidí
seguirlo. Bueno, no fue exactamente por intuición ni por instinto: para ser
sincero, el rumor del arroyo me tranquilizó. Rápidamente descubrí que aquél el
sonido me infundía confianza. Después de horas de marcha infructuosa, en las
que a menudo me descubrí en el mismo
punto de donde había partido, me encontraba física y nerviosamente agotado, y
el sonido discreto y apenas perceptible del arroyo me tranquilizaba y prometía
algo distinto.
No me equivoqué. El arroyo discurría entre las rocas con
algo de violencia al principio, pero al seguirlo, desembocó pronto en un
vallecillo. Ahí sus aguas se remansaban y fluían pausadamente. Conforme me adentraba en el
valle, sentía el efecto bienhechor de aquel sonido. Era un murmullo reconfortante, como el
recuerdo de una caricia recibida en mi más tierna infancia.
El paisaje en torno mío también era distinto. Sin desaparecer
del todo, las afiladas piedras se espaciaban y entre ellas emergían cada vez
más árboles y arbustos de follaje brillante por la humedad. Estimé que pronto
anochecería, pero para mi sorpresa, la claridad parecía ir en aumento. No pasó
mucho antes de que constatara que también la temperatura aumentaba. Me dije
que aquello debía ser resultado de las
condiciones atmosféricas que imperaban en el vallecillo, pues la densa niebla y
la llovizna que me habían acompañado durante buena parte del trayecto habían
desaparecido, pero pronto comprobé que en lugar de precipitarse en el ocaso, el
sol apenas iniciaba su ascenso hacia el cenit.
Como mucho, serían las seis o las siete de la mañana. Así lo confirmaba el
griterío de los pájaros y la respiración luminosa de cuanto me rodeaba. Me
pareció irrazonable que hubiera caminado la noche entera en la oscuridad, sin
comer ni dormir, pero no encontré otra explicación. Mi ánimo también se había
despejado. La sensación opresiva y angustiosa que antes me dominaba había desaparecido.
Mis fuerzas también regresaron y, con ellas, la curiosidad y la ilusión por
explorar el sitio donde me hallaba. Además de ralear, aquí las rocas eran de
menor tamaño y no obstaculizaban una visión panorámica del sitio. El arroyo,
tan estrecho que solo en algunos puntos hubiera sido difícil para mí cruzarlo
de un salto, se precipitaba flanqueado por suaves colinas. Por el sonido y el
color del agua calculé que su profundidad rondaría los setenta u ochenta
centímetros.
En medio de la claridad creciente, de los verdes y los rojos
que ganaban en intensidad y esplendor, me pareció distinguir a lo lejos una
silueta humana. Sentí un golpe de alegría en mi pecho. No siempre me ocurre
esto; a menudo, cuando camino, deseo estar solo. Cedí al impulso de acercarme
y, conforme lo hacía, la silueta que divisaba se definió como la de un adulto con
dos niños a su lado. Los niños estaban sentados en el pasto, por eso no los divisé de entrada.
Ahora, más cerca, descubrí que la figura adulta era de una mujer mayor, de
unos sesenta y cinco años. Su cabello
largo y ralo de color gris pálido caía más abajo de sus hombros, la tez de su
rostro y de sus brazos lucía quebradiza y comenzaba a agrietarse. La mujer
permanecía de pie entre los dos niños sentados sobre el pasto, en una de las
márgenes del arroyo. Ellos eran inconfundiblemente hermanos, con rasgos
faciales muy parecidos, y a juzgar por su tamaño, pocos años de edad los
separaban. Cada uno sujetaba entre sus manos una rústica caña de pescar fabricada
con una vara de bambú y un delgado hilo que se sumergía dentro del agua. El
anzuelo en el que culminaban ambas era invisible; en las expresiones de los
niños reinaba la mayor expectación. La anciana solo estaba ahí, acompañándolos,
cuidándolos, algunos pasos detrás de ellos.
Me acerqué sin que los niños advirtieran mi presencia, tal era la concentración y la
excitación con la que sujetaban sus cañas de bambú, aguardando un tirón o una señal.
La mujer me recibió sin sorpresa, como si me aguardara.
- ¡Qué bueno que viniste! –me dijo casi de
inmediato. Su voz me resultó familiar, cálida e íntima, y me producía el mismo
efecto bienhechor que el sonido del arroyo, pero yo no creía conocerla–. Te
esperaba hace rato. ¿Fue difícil llegar?
De cuanto dijo, esto último era lo único que tenía sentido
para mí.
- La verdad, sí –respondí–. Sobre todo la montaña antes de llegar. Las
piedras son amenazantes.
- Lo son, es
verdad. Nunca es fácil, pero ya estás aquí. Y ahora -¡imaginate!-, podés volver
cuando querás.
Me sorprendió esto último. ¿Por qué habría yo de querer
regresar a ese valle remoto al que había llegado por azar, tras una marcha accidentada?
No obstante, sus palabras me parecieron una promesa generosa y confiable.
- ¿Cuando quiera? –me escuché preguntar.
- Así es. Yo
siempre, siempre estoy aquí.
Mientras respondía, fijé mi atención en los niños, quienes me
resultaron también inesperadamente familiares. Seguían atentos a lo que
ocurriera con sus cañas de pescar y ajenos a nuestra conversación. De pronto me
resultó maravillosa y tranquilizadora la certeza de que siempre que quisiera podría encontrar a la mujer y conversar con ella.
- Mencha. Podés
llamarme Mencha –agregó adelantándose a la pregunta que se formaba en mis
pensamientos.
El apelativo -la forma familiar de llamar a las Clemencia
entre los campesinos y las clases populares-, me resultó algo incongruente con
su figura, pues si bien su piel retostada y su pelo reseco hablaban de una vida
rústica, o al menos al aire libre, sus
maneras pausadas y algo en el tono de su voz sugerían otras raíces sociales.
- Bien sure. J´ai etudié a Paris dans un lyceé
de fiilles, –dijo en seguida,
adelantándose por segunda vez a mis pensamientos.- Mais la vie, tu sais, est trés compliqué …
Comprendí cabalmente el
sentido de sus palabras, no obstante mi
ignorancia del francés.
- Lo es –corroboré
convencido. Sabía, por experiencia, cuán difícil, impredecible, jodidamente
cabrona y maravillosamente desafiante resultaba la vida. Para mí lo era entonces
y no ha dejado de serlo; no puede ser
de otra forma, pues entonces, amigo, con seguridad has pateado el balde y no te has dado cuenta de ello o nadie ha
tenido la amabilidad de decírtelo…
- Do do, l´enfant do … -tarareó en seguida, como si tuviera alguna
relación con lo que yo venía de decir-. ¿Recordás?
Para mi asombro, la tonadilla infantil me resultó familiar.
Deseé tenderme en sus regazos y que me acariciara el cabello, pero permanecí de
pie frente a ella.
- Me resulta
familiar, sí… ¿Pero de dónde?
- Do
do, l´enfant do… -repitió sin responder a mi pregunta-. A mí me la cantaban cuando niña… Mamá, pero sobre todo mi tía Eleonora, que
había viajado jovencita a Suiza, y que a pesar de su esmerada educación, como se
decía entonces, y del empeño de mi abuelo Felipe por conseguirle un buen
partido, murió solterona y no tuvo más remedio que volcar su prodigiosa energía
maternal sobre sus sobrinos, entre ellas yo, su favorita…. ¡Imaginate, hasta canciones de cuna en
francés le habían enseñado en Suiza!
Sonreí sin
disimular mi condescendencia. Lo que la mujer me relataba me resultaba tan
lejano como si viniera de otra galaxia, y sin embargo ella, su presencia, se me
hacía cada vez más entrañable. Despertaba en mí una confianza incondicional que
jamás había experimentado y hacía innecesaria cualquier forma de suspicacia,
prevención o defensa. Era bueno -¿qué
digo? ¡Era magnífico!- sentir algo así.
Uno de los
dos niños se volteó hacia Mencha y le preguntó algo que no escuché.
- Por
supuesto, m´hijito –le respondió ella con dulzura tranquiizadora-. No se
preocupe…
Su
respuesta resultó satisfactoria para el niño, quien de inmediato volvió a
desentenderse de cuanto lo rodeaba y se
concentró en la pesca. Hizo salir el anzuelo del agua y comprobó que no tenía
carnada. La mujer le acercó un frasco de vidrio del que el niño extrajo una
hermosa lombriz de tierra que con alguna torpeza logró colocar en el anzuelo. Por
primera vez me surgió la duda de si habría peces en aquél riachuelo. Iba a
preguntárselo a ella pero me disuadió de hacerlo con una mirada simple. En ese
momento, no sé de dónde, apareció un gato que no más llegando se refregó contra la rodilla de uno de los niños, antes
de sentarse primero, y luego echarse, justo entre ambos. Parecía entender lo
que hacían y saber también que su empeño sería infructuoso, pero tuve la
impresión de que con su presencia deseaba animarlos. Mencha se sentó en la abultada raíz de uno de
los árboles junto al riachuelo; de una cesta, sacó varios bocadillos que
ofreció a los niños. Solo entonces se desentendieron de la pesca para comerlos con
entusiasmo. Luego me ofreció uno a mí.
Era un bocadillo de pan blanco con paté; después de muchas horas sin comer nada,
me supo a cielo. No había terminado de comerlo cuando ya me ofrecía otro, esta
vez de pepino y mayonesa, que me supo igualmente bueno. Se los agradecí con sincero
entusiasmo.
- Ya casi tenemos que irnos. Nos esperan en
la casa –anunció Mencha, no supe si dirigiéndose a mí o a los chiquillos. La noticia me produjo parecida desazón que a
los niños, quienes adelantaron una tímida protesta con mueca de insatisfacción.
- Pero no hemos pescado nada –aventuró uno
de ellos.
- Otro día volvemos. Tal vez haya más
suerte…
- ¡Pero, abuelita…! –intentó apoyar a su
hermano el que parecía menor.
- Mañana. Si quieren podemos volver mañana…
Los niños
reaccionaron con algarabía a la promesa; se incorporaron sin protestar más y,
con la ayuda de Mencha, arroyaron el hilo sobre sus cañas. La mujer puso una mano sobre el hombro de cada
uno de los niños y, antes de voltearse
para emprender la marcha, se dirigió de nuevo a mí:
- Ya sabe: cuando quiera. Siempre estoy
aquí.
Y sonrió. Sonríe.
Continúa sonriendo…
lunes, diciembre 26, 2016
LA MONTAÑA MÁGICA
La montaña
mágica con frecuencia cambia de lugar, por eso es mágica. Me ha ocurrido encontrarla en
marzo en Centroamérica, recubierta de vegetación resplandeciente, emplumada
serpiente que se encumbra hacia el azul cielísimo, y seis meses más tarde dar
con ella en el sur de Europa, vibrante roca seca donde apenas crecen líquenes suaves
como el cabello de un niño. También su
altura es variable. Cuando la descubrí de chiquillo, apareció como una colina a
la que caminaba las mañanas de los sábados con mis amigos; después,
durante mi adolescencia, había crecido como esos volcanes que se multiplican en
el curso de unos años, y subirla representaba para nosotros una prueba de independencia y
valor.
Y, como en
el célebre libro de cuyo título me sirvo para evocarla aquí, es mágica también por
sus poderes salutíferos. Pero a diferencia de lo que ocurre en ese
libro, no soy enviado a ella con el propósito de curarme, antes bien, voy espontáneamente
y sólo cuando estoy allá descubro el malestar que me poseía. Por contraste con
el bienestar que experimento, termino admitiendo mi mal.
Además de sus
efectos bienhechores, reconozco la montaña mágica por su llamado. Yo la miro a
la distancia, la miro, y siento, escucho, su voz, su invitación: me pide, me
reta, me reclama que suba, que lo intente, que vaya…
Desarrollé
la capacidad de escuchar ese llamado durante mi infancia, mirando a lo lejos las
montañas que definen la Meseta Central de mi país: ya fuera emergiendo de las
sombras, acariciadas apenas por la luz matinal, o bien durante el ocaso, recortadas
contra el cielo alucinante de celajes, recibía deslumbrado su mensaje. Desde el
pantano de impresiones movedizas, pensamientos y emociones fugaces, la
constancia inconmovible y serena de las montañas revelaba algo real. Ese es su
llamado, su mensaje. Ir hasta allá equivale a romper el cascarón quebradizo de
impresiones fugaces para acariciar, así sea por un instante, la fluidez de lo
real.
Hasta
allá, hasta eso que aquí llamo (porque no encuentro mejor manera de hacerlo) “la
fluidez de lo real”, llegaba, llego, mediante la actividad física, el ritmo y
la respiración, acallando las voces alocadas de mis pensamientos y enfocando poco
a poco la atención en un solo haz sobre mi voluntad, el preciso punto donde el cuerpo y la mente confluyen, se
encuentran.
Caminando,
respirando, concentrado en el ritmo de mis pasos y mi respiración, esforzándome
al máximo pero dosificando el esfuerzo para no desfallecer, traspongo sin saber
cuándo ni de qué manera el umbral y accedo por fin a la montaña mágica: viento,
luz, verde pálpito y roca viva, riachuelo a veces, esplendor vibrante… Sus puertas se abren y durante un tiempo me
acoge y permanezco ahí, pálpito yo también, viento y roca viva también yo, eslabón
deslumbrado de cuanto me rodea.
Y de la
misma forma como llegué, sin saber muy bien cuándo ni de qué manera, en algún
momento me descubro afuera y otra vez soy yo, soy solo yo en un rincón apartado
del mundo, y mientras desciendo, mientras regreso a la ciudad, me acaricia a
ratos el viento luminoso de la montaña mágica.
domingo, diciembre 25, 2016
EL NIÑ0 EN EL PESEBRE
El niño
en el pesebre
ignora
que es divino
Sabe
que tiene hambre
sabe
que tiene frío y que a su lado
está su
madre
¿Qué
puede importarle que los tres
famosos
nigromantes hasta su cuna
hayan
venido?
Teta
Leche y
teta
Como el
niño mío
miércoles, noviembre 02, 2016
DES-HUMANIZARSE
Me deshumanizo cuando niego tu humanidad; me convierto en bestia cuando reduzco al otro a la condición de bestia: los europeos frente a los amerindios
y los africanos en los albores de nuestra era... Pero también: unos africanos frente
a otros pueblos africanos, unos pueblos amerindios frente a otros; los chinos y los egipcios y los japoneses y los griegos frente a... Aquí
no caben idealizaciones románticas. Los nazis frente a los judíos, los terroristas –de todos los signos o ideologías– frente a sus víctimas inocentes; mi seca indiferencia ante la
desgracia del prójimo. La moral de la tribu frente a la incipiente, frágil,
precaria conciencia de nuestra identidad como especie y de nuestro destino común. ¿Acaso la historia de la humanidad es algo más que una obstinada negación de nuestra común humanidad?
miércoles, septiembre 07, 2016
EL TRABAJO
En San
Francisco, California, vi una vez a un lustrabotas que se recogía para rezar
antes de iniciar su jornada de trabajo.
En el mercado de
Coyoacán, México, me conmovió hasta las lágrimas un viejo mendigo que silbaba
para que la gente le diera dinero.
Ahora me llena
un silencio gozoso y pido la palabra.
(2012)
viernes, julio 01, 2016
Señor de la Buena Muerte
Señor de
la Buena Muerte,
concédeme
la gracia
de una
muerte dulce,
de una
muerte amable.
Así como
la Vida ha sido generosa
en horas espléndidas,
sea tu
hora un don que agradezca
y me
reconcilie con la existencia.
Que mis células y mis moléculas
se desintegren
mansamente
llevando asombro
y gratitud a la Tierra;
que mi
dicha por todo lo vivido alimente
a las
plantas y a los pájaros y a los insectos;
que sea de
provecho mi tránsito
por la
insondable y magnífica danza
de las
estrellas.
Julio, 2016
miércoles, junio 17, 2015
DINOSAURIOS Y PÁJAROS
¿Obedeciendo a qué impulso
se convirtieron tan torpes reptares
en estos vuelos,
se convirtieron tan torpes reptares
en estos vuelos,
y los ásperos chillidos
en dulces cantos?
en dulces cantos?
¿Latía en la memoria
de aquellas células
el obstinado afán de ser lo opuesto?
el obstinado afán de ser lo opuesto?
(Anverso y reverso, mariposa y gusano,
fijación por palpar las dos orillas lejanas
aunque entre ellas se abra el abismo
de una extinción...)
¿Viaja el
futuro en nuestros cuerpos?
¿Llamamos espíritu a eso?
¿Llamamos espíritu a eso?
Junio, 2015
martes, marzo 24, 2015
LA OBSESIÓN DEL ASCO - Francisco Rodríguez
Dentro del ámbito ensayo
costarricense, restringido desde hace décadas
a las investigaciones de talante académico, resulta un acontecimiento feliz la
publicación de un nuevo libro de aforismos de Francisco Rodríguez. “La obsesión del asco” es el título de esta,
su sexta entrega en el género. Reúne aquí su producción de entre los años 2002
y 2007. El pensamiento profundo, inconformista y provocador de este autor
josefino nacido en 1956 y afincado desde hace más de dos décadas en
Ciudad Quesada, asoma aquí a su madurez. Rodríguez retoma en este libro muchos
de los temas que lo han obsesionado a lo largo de su vida y a los que se mantiene
fiel desde sus primeras publicaciones: la muerte, el cuerpo, la enfermedad, Dios,
el poder, el crimen, la convivencia social, el mal, la escritura misma, entre
otros. Además, continúa su diálogo íntimo con numerosos autores antiguos,
modernos y contemporáneos de distintas disciplinas, en particular la filosofía
y la sociología (disciplina esta última en la que Rodríguez se formó):
Nietzsche, Spinoza y Foucault son algunos de los más frecuentados en esta
ocasión. A veces los glosa, a veces los
rebate y otras se sirve de ellos como trampolines para aventurar sus propias dudas
y pensamientos. Destaco esto para anotar que, si bien Rodríguez desdeña la
rígida (y a menudo aburrida) legalidad académica, es un lector voraz y un
conocedor a fondo del pensamiento occidental. No es un advenedizo que balbucee
ocurrencias creyendo descubrir el agua tibia. En las 135 páginas del libro
encontraremos, además de reflexiones propias y glosas a los pensadores que
acompañan al autor en su melancólica y solitaria trayectoria, anotaciones y
apuntes de otra índole, desde el comentario irónico de las conductas propias y
ajenas, al apunte psicológico, a la provocación y el terrorismo intelectual… En
la tradición de Cioran, Rivarol y de otros aforistas, Rodríguez es además un
estilista, un escritor obsesionado por la precisión y la belleza de la palabra
de la que se sirve.
Pocas veces será tan
justo afirmar que estamos ante un libro visceral.
“Hay una inteligencia cerebral como existe una inteligencia visceral o salival.
La inteligencia circula en la sangre como la inmensidad parpadeante en la
telaraña eléctrica del Cosmos. El cuerpo destella y nada en inteligencia, como
los cetáceos se mecen en el vaivén tranquilo del mar…” (p. 30)
Ya la palabra “asco”
que relampaguea en el título alude a lo corpóreo y, si abrimos las páginas del
libro y auscultamos sus epígrafes, encontraremos una confirmación: todos, o
casi todos, hacen referencia al cuerpo, a la enfermedad y a la muerte…
Aunque el autor se
reconoce como un escéptico sin mayores esperanzas respecto al ser humano y a
nuestro cometido en este mundo (¿acaso existe otro?), a menudo asoma un afán,
incluso desesperado, por encontrar respuestas a las perennes preguntas de los
niños y de la Filosofía: ¿quiénes somos? ¿por qué y para qué estamos aquí? Con
frecuencia lo veremos lanzar rabiosos puñetazos e invectivas al fantasma de
Dios –el Dios del monoteísmo judeocristiano-, y en no pocas ocasiones estas nos
dejarán la impresión de ser los airados reclamos de un niño abandonado por sus
padres al anochecer en una estación del tren…
Los más de quinientos
aforismos reunidos en la obra no están
divididos en secciones que orienten a los lectores de los temas que el autor
abordará, y aparecen simplemente numerados, algunos con un breve encabezado en
mayúsculas a manera de título. A pesar de ello, quienes transiten de principio
a fin por las páginas de este magnífico libro, advertirán que, más allá de las
contradicciones, del aparente caos o arbitrariedad, existe una sutil ilación,
un delicado argumento que organiza y estructura el pensamiento… Quizás sea esto
una suerte de metáfora, un comentario lacónico del viaje espiritual del autor, que nos revela de esta forma que su
intensa búsqueda existencial asoma a
puerto, encuentra por fin respuestas… La
“gigantesca discordia resplandeciente” que, en palabras de Quevedo, es el
Universo, no es Caos, aunque la contradicción y las violencias cataclísmicas le
sean inherentes. “La verdad”, nos dice Rodríguez, “sería el estado de reposada
fortaleza (e integridad) espiritual ante la presencia de la muerte. Es aceptar transformar
el hecho de morir en un fenómeno más de la realidad cósmica, de cuya vastedad
somos un asombrado espejo.” (p. 119)
Desde luego, no
coincido siempre con Francisco. ¿Cómo podría ser de otra manera? Este es un
libro personal, que da cuenta de un itinerario espiritual, de la búsqueda de
una respuesta más allá de lo puramente intelectual --una respuesta vital,
existencial--, a las preguntas de
siempre. La obra de Francisco Rodríguez
es uno de los secretos mejor guardados en nuestra aldea, y sus selectos y
entusiastas lectores nos debatimos entre el deseo egoísta de mantenerlo en esta
condición que nos hace sentir privilegiados, o compartir con otros el revulsivo
fecundo de su pensamiento.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)




