domingo, julio 29, 2018

COSAS QUE SE QUIEBRAN


(A propósito de Los huérfanos del absoluto de Carlos Cortés)


Reseñar o comentar un libro de cuentos siempre es difícil, pero lo es más en el caso de Los huérfanos del absoluto, la última publicación de Carlos Cortés (Uruk, 2018), pues el libro reúne una nouvelle o relato muy extenso (alrededor de 70 páginas; primero del volumen y el que da título al conjunto), y cinco cuentos más, de extensión, temáticas y características muy diferentes al primero.
Empecemos diciendo que, a diferencia de toda o casi toda la obra narrativa de Cortés, en este volumen la infancia ha sido desterrada como tema. Ninguno de los textos explora el peso de los años iniciales o de las experiencias infantiles en la vida adulta de los personajes. Esta no es una observación menor, dada la importancia, ya mencionada, del tema en su obra precedente.  Lo más cercano a ello será, precisamente, la nouvelle que abre y da título al volumen, donde la etapa vital que se explora es, más bien, la temprana juventud, con su peso de hallazgos y experiencias iniciáticas. Los restantes cinco cuentos relatan historias de hombres adultos, que viajan por razones profesionales o que, en cualquier caso, han constituido una familia.
De modo que si hubiera que buscarle un hilo conductor al conjunto, podríamos aventurar que sea ése: el pasaje de la juventud a la vida adulta, desde la perspectiva de la masculinidad. Esto último es así porque todos los personajes centrales son varones, pero también porque se enfrentan a situaciones, dilemas o conflictos propios del género masculino o bien porque reaccionan a ellas de formas que únicamente pueden hacerlo los hombres. Salvo en la nouvelle inicial, donde la iniciación sexual –y muchas otras iniciaciones– son tema principalísimo, no hay en el libro nada como un “discurso” sobre la masculinidad, es más bien algo implícito y, desde luego, librado a la interpretación del lector.
Violencia y masculinidad.
Las experiencias que nos relatan los cinco cuentos cuyos personajes son hombres adultos hablan, en líneas generales, de la violencia de la vida social, a veces codificada en absurdas y complejas ceremonias (como en el cuento titulado Miami Checkpoint, sobre el aeropuerto de Miami y titulado así en alusión al celebérrimo “Checkpoint Charlie”, que dividiera Berlín occidental de Berlín oriental durante la Guerra Fría); otras veces la violencia es explícita y manifiesta, como el brutal, ominoso y enigmático Cosas que hacer si estás muerto, donde los muertos parecen condenados a ser siempre anónimos.
Ser adulto es formar parte de un engranaje absurdo y violento y tener que asumirse como vector de esa violencia que nos rodea y termina por constituirnos, como se revela, con cierto humor y en clave más bien rocambolesca, en el cuento titulado ¿Qué fue lo que pasó?, en el que un hombre debe dar una lección en la universidad y llevar en carro a su hija a la escuela y, presionado por la prisa, termina protagonizando una pequeña  insurrección y catástrofe vial, que bien puede costarles la vida. La normalidad social a la que debemos adscribirnos está regida por una violencia brutal de la que, de un lado, somos víctimas, y de otro lado estamos condenados a reproducir y a propagar, y que en el plano subjetivo y más íntimo, nos sumerge en el temor y en las contradicciones más amargas. Ese, y no otro, es el triste paisaje de la adultez y la normalidad que pinta Cortés, por ejemplo, en el cuento titulado Semana Santa, el último y más breve del libro, donde la violencia acecha desde el exterior, pero los lazos sociales han sido disueltos como si se tratara de un ácido que carcome el plástico.
Todos los cuentos están narrados por sus protagonistas o, al menos, por un personaje central de la historia y, salvo en Los huérfanos del absoluto, donde llegamos a conocer por una brevísima mención el nombre del personaje narrador, los demás permanecen en el anonimato. Con excepción del protagonista de Cosas que hacer si estás muerto –un hombre vinculado a las agencias de seguridad del estado–, los otros parecen pertenecer a sectores acomodados y de buen pasar social. Con la ya mencionada excepción del agente de seguridad de Cosas que hacer si estás muerto, tan solo la convención literaria que dicta que en un libro de cuentos cada texto tiene un protagonista diferente, nos impide pensar que no estamos ante el mismo personaje-narrador.  
Así pues, y para cerrar estos párrafos introductorios, podemos aventurar que Los huérfanos del absoluto nos habla del paso de la adolescencia a la vida adulta en el mundo de hoy (o de apenas ayer), desde la perspectiva del ser masculino, y de la violencia social como marca y condición de la vida adulta.
Ya mencioné que la nouvelle titulada Los huérfanos del absoluto se diferencia de los otros textos por su temática, extensión y tratamiento. Ahondemos en ella. 
Los huérfanos del absoluto.
El argumento de este complejo relato puede, más o menos, resumirse de la siguiente forma: a la distancia de muchos años, Álvaro evoca y trata de escribir sobre algunas experiencias iniciáticas de su juventud, en particular, su despertar sentimental y erótico, pero también su iniciación social, al entrar en relación con personajes de condiciones y antecedentes muy distintos de la plácida clase media a la que pertenece él.
Su iniciación afectiva y sexual, de un lado, y su iniciación social, del otro, son, pues, los dos grandes temas sobre los que Álvaro se propone escribir, todo ello con la intención de desentrañar, muy particularmente, un episodio en el que se vio envuelto entonces: su involucramiento erótico y cuasi sentimental con la esposa de un miembro del grupo de amigos que frecuentaba en esa época.  
El relato revela de inmediato que no solo Álvaro, sino todos los personajes a su alrededor, viven a su manera y en diferente medida el mismo proceso de descubrimiento e iniciación, en un escenario de promiscuidad y ambigüedad sexual, en donde tampoco faltan los coqueteos con la pequeña delincuencia y, en general, la transgresión de la ley. No se trata exactamente de sexo, drogas y rock´n roll, pero si de algo parecido a eso.
Los lectores ignoramos cuántos años han pasado desde los acontecimientos sobre los que Álvaro está escribiendo, pero sus dificultades para evocar y reconstruir lo ocurrido son enormes. Para hacerlo, debe enfrentarse, en primera instancia, a las trampas de la memoria, pues como ya se ha dicho, pasaron muchos años desde entonces, pero en segunda instancia y no menos importante, Álvaro se enfrenta también a las trampas de la literatura, puesto que su propósito no se reduce a escribir sobre lo vivido –como podría hacerlo alguien en su diario personal o en una carta a un amigo, o bien, un paciente a su psicoterapeuta–, sino, de manera clara e inequívoca, su intención es convertir lo vivido en literatura.
Álvaro es un literato de imaginación afiebrada; escuchémoslo, si no, en uno de sus trances más delirantes: “Le apretó los pezones de nuevo, sin llevárselos a la boca, nada más los apretó. Del fondo de cada uno brotó un hilillo de leche fosforescente. Stef se colocó detrás de Xinia y nos enseñó su ombligo y la floración creciente, salvaje, rizada de pelos, de su pubis triangular, sin ninguna depilación y la elipsis que formó el vientre al contraerse por el roce de los dedos de Stef, advirtiéndonos que está embarazada, que aún no saben muy bien lo que van a hacer. Xinia dejó caer el resto de su ropa y se fundió con Stef en un coito ininterrumpido y ambos se perdieron en una sombra.” (p. 19)
La fantasía parece haber sido demasiado lejos incluso para Álvaro, quien enseguida duda de lo que ha visto y se corrige:
“Abrí los ojos y terminé mi visión. ¿Fue algo así?
-          No, no fue así –respondió el Flaco con sarcasmo- Definitivamente no fue así.” (P. 19)
La cita anterior también es muy reveladora del plano en el que tienen lugar los hechos narrados: el lugar donde convergen, se entremezclan y confunden la memoria y la imaginación. La memoria flaquea y la imaginación se desboca; o lo que viene a ser lo mismo, el escritor se sirve de ambas y no distingue o no le interesa dónde termina una y comienza la otra. Tal y como hace el Flaco en el párrafo que venimos de citar, en algunos momentos otros personajes del relato regresan como fantasmas durante el proceso de escritura para hacer comentarios irónicos acerca de lo que Álvaro escribe, o para corregirlo o enmendarle la plana.
Los lectores deberán vencer varias dificultades para hilvanar y organizar los acontecimientos que se nos narran en Los huérfanos del absoluto.  
En primer lugar, Álvaro evoca y escribe sin seguir el orden cronológico de los acontecimientos, sino bajo el dictado aleatorio y caótico de la memoria: los saltos temporales son constantes y multidireccionales.
En segundo lugar, los acontecimientos narrados involucran a un número considerable de personajes –alrededor de diez–, que se identifican a veces por sus apodos –La Pelis, el Flaco, Tito, Eme-, otras veces mediante sus nombres –Ana, Xavier o Danny-, y en algunas ocasiones más, mediante una simple inicial, X, T, etc. Entre una sección y otra, el narrador/escritor suele cambiar el foco de su narración de un personaje a otro.
Considerando el número de personajes, no es sorprendente que la cantidad de acontecimientos narrados sea enorme: Homicidios, tentativas de suicidio, seducciones, rupturas e infidelidades, alucinaciones y trances psicodélicos, etc.
Como si esto no fuera suficiente, en su condición de escritor, Álvaro a veces se asume como personaje-narrador, pero otras veces parece elevarse al plano de narrador omnisciente.
Escuchemos, por ejemplo, estas dos voces, estos dos registros narrativos: “Conocí a Vi uno o dos años antes de nuestro primer encuentro furtivo en alguna de las cafeterías de la universidad y no entendí por qué…” (p. 38) Estamos sin duda ante la voz de un personaje narrador, no hay ambigüedad ni equívoco acerca de quién habla y cuál es su estatuto o su relación respecto de los otros personajes del relato.
Pero escuchemos esta pasaje: “Para Vi, Tito fue su oportunidad de escaparse de la telenovela de clase media baja: casa familiar en Barrio Luján, padre alcohólico y acoso sexual del resto de la familia, incluyendo al padre. Se salió con la suya aprovechándose del mismo recurso que utilizó su madre 25 años atrás, intercambiando la cadena paterna por la matrimonial. Una fuga hacia delante que tarde o temprano se convirtió en una jaula.” (p. 39) Aquí, Álvaro nos habla con total propiedad y certeza de las motivaciones más íntimas de Vi y de lo que ocurrió en la familia de ella 25 años atrás; interpreta la historia de la madre de Vi y emite juicios acerca de sus motivaciones. Sin duda, el narrador que hablaba apenas tres párrafos antes, ha devenido en otro muy diferente.
Las dificultades de Álvaro para escribir su historia llegan al punto de no recordar con precisión el rostro de sus personajes. En la página 40, Álvaro nos presenta a Tito con “semblante cínico, barba rala de varios días y aire de hombre resuelto con el que adquiría el misticismo meticulosamente descuidado de un Che Guevara en celo, capaz de seducir a cualquiera –hombre y/o mujer…”, pero tres páginas más adelante, el mismo Tito se presenta con “cara bobalicona, sonrisa de payaso y rostro sudado…” ¿Se trata del mismo personaje? En la memoria del personaje-narrador-escritor, sí.
Los lectores que superen estas dificultades –algo que, en definitiva, puede resultar un juego entretenido y placentero– accederán a la riqueza de Los huérfanos del absoluto, un relato complejo sobre la iniciación, la ambigüedad moral y las contradicciones emocionales propias de la vida adulta, pero también una reflexión sobre las relaciones, no menos complejas, entre la memoria, la imaginación y la escritura literaria. ¿Cuál es el alcance, cuánta la fidelidad y cuáles son las posibilidades de la literatura como escritura de la memoria?
Más allá de la literatura.
Para concluir, dos preguntas más con mis respuestas tentativas.
La primera pregunta es: ¿qué descubre o qué concluye Álvaro al cabo de su indagación literaria sobre aquel episodio de su juventud? Si al iniciar su búsqueda Álvaro buscaba su absolución o su condena, ninguna de estas llega. Álvaro descubre, sí, que actuó poseído por el demonio de los celos e instigado por el diablillo despecho. Así, el joven de entonces se dibuja ante los ojos del escritor adulto (y ante los nuestros) en su torpeza e ingenuidad. Nada del otro mundo; humano, demasiado humano. Pero Álvaro descubre más que eso: descubre también que todos a su alrededor actuaban por motivaciones similares, compelidos por un afán vindicativo, en una especie de “huída hacia adelante” que multiplica y propaga el caos, el sufrimiento y la confusión emocional. La fanfarronería, la dureza y tantas otras convenciones y rituales de la vida adulta, no son más que máscaras para disimular nuestra precariedad, nuestra absoluta vulnerabilidad humana. Pero la socialización exige que demos ese paso. Hacerse adulto es convertirse, poco a poco, en un buen hijo de puta. Y cuanto antes lo hagas, mejor. Tal vez sea esta la orfandad a la que alude el título.
Y aquí surge mi segunda pregunta: ¿acaso Álvaro, el adulto que está escribiendo, es capaz de sentir piedad, de sentir compasión, hacia sí mismo y hacia los otros personajes, cuando hace este descubrimiento? Mi respuesta es: no.  Pero seamos más precisos, “piedad” y “compasión” son términos ambiguos.
Reformulo mi pregunta: ¿Acaso Álvaro, el adulto que está escribiendo, es capaz de aceptar y asumir su vulnerabilidad de entonces, sus debilidades de entonces, y la de los otros a su alrededor, sin reprochárselas ni censurarlos por ellas? Lo digo más radicalmente: ¿es acaso ser débil una debilidad? A mi juicio, el escritor de esta historia juzga a sus personajes como si así lo fuera.
En este sentido, Álvaro, el escritor de Los huérfanos del absoluto, termina pareciéndose a los protagonistas de los otros cuentos del libro, pues ha asumido el mundo adulto como una máquina infernal en donde la debilidad no está permitida y en donde estamos, por tanto, condenados a sufrir y a reproducir la violencia.

jueves, junio 21, 2018

"Challenger", poemario de Camilo Retana



“LO QUE CREA LA POESÍA ES LA DISTANCIA”. El enunciado es toda una declaración de principios y Camilo Retana inicia su poemario “Challenger”, publicado recientemente por la EUNED, con este epígrafe de Barbey d´Aurevilly. La frase me cautiva por su exquisita ambigüedad: ¿es la poesía el resultado de un efecto de distanciamiento o, por el contrario, es el distanciamiento un efecto del texto poético? No consigo resolver la disyuntiva, pero ambas posibilidades me resultan atractivas.
Tan pronto me adentro en las páginas del libro, advierto que, en efecto, la distancia se impone en estos textos. Los sujetos, las situaciones y las emociones son abordados desde una distancia que los reduce a lo esencial. O acaso, para ser fiel a la deliciosa ambigüedad del epígrafe, deba decir que al examinarlas desde la distancia, las situaciones, los personajes y las emociones se depuran y quedan reducidas a sus aspectos esenciales. Pero, atención: distancia no es lo mismo que frialdad, es más bien una perspectiva que nos permite aquilatar lo que vivimos con mayor claridad. También los sentimientos se depuran con la distancia, como aprendemos pronto en la vida, y depuradas están las emociones que trasuntan estos poemas.  
Muchos de los asuntos que Camilo examina y trae a la palabra en sus poemas, tienen que ver con su vida personal, pero precisamente al considerarlas desde la distancia, desde la distancia poética, adquieren resonancias universales. ¿Acaso no somos todos irreconocibles puntos observados desde lejos?
Pero no solo los personajes, las situaciones y las emociones se reducen aquí a lo esencial: también y, sobre todo, los textos se depuran, se despojan de todo exceso retórico, como si para romper la fuerza gravitacional del planeta, debieran despojarse de todo lo accesorio. ¿Es entonces la poesía una búsqueda de “lo esencial”? Sospecho que cualquier poeta estaría de acuerdo con esta afirmación, pero dudo mucho que existan dos poetas que coincidan respecto a qué es lo esencial y cómo comunicarlo.
La lectura de este libro me plantea además una pregunta que me acompaña en estos días. ¿Para qué sirve la imaginación? En estas páginas el autor se vale de la imaginería propia de la astronáutica para elaborar sus textos: la astronáutica como experiencia límite de la distancia, al menos como puede experimentarla un ser humano.  
Renace entonces, de lo profundo de mi memoria, la imaginería con la que me nutrí de niño: el proyecto Apolo, el Módulo Lunar y, mucho más tarde, el malhadado Challenger que da título al libro.  Tal imaginería está hondamente arraigada en mi memoria y ha nutrido mi imaginación durante décadas.
Leyendo estas páginas, constato con asombro que también ha alimentado y nutrido la imaginación de alguien menor que yo. A través de estas imágenes, por medio de ellas, conseguimos comunicarnos a un nivel más profundo del que lograríamos mediante los conceptos, dos personas a quienes separan en edad dos décadas. Las imágenes, el arsenal de la imaginación, sin duda sirve también para eso: para generar sentido y compartir experiencias más allá del flujo y la corrosión del tiempo.
En este viaje espacial sin destino cierto, soy coetáneo de Camilo y escuchamos en órbita Space Oddity, de David Bowie.



lunes, mayo 14, 2018

UN POEMA

Belleza legendaria en su juventud
hoy es
esa viejita que camina con bastón
por la acera.

El joven que se cruza con ella
solo a una ve.

Como a un espejismo
yo las veo a las dos.

¿Pero a quién mira ella cuando se ve?

sábado, marzo 03, 2018

VIRGEN DE LAS ALCANTARILLAS


Mírenla bajar del cielo de cristal y felpa,
del dulce paraíso del amor paterno.

Ya se hunde envuelta en humo
en el lodazal de las alcantarillas.

Mas no pierde su sonrisa ni su gracia
Su belleza permanece intacta.

Virgen de las Alcantarillas,
¿A qué has venido aquí?

Nosotros hace mucho estamos muertos,
hace mucho nos perdimos sin remedio.

Mírenla bajar del cielo del confort y la comodidad,
del obsceno paraíso de los justos biempensantes .

De sus manos brotan
pájaros de fuego.

Y ella se hunde bajo el fango.
Quiere ver la calle desde abajo.

Su cuerpo no se ensucia, sus labios no se manchan.
Su sonrisa celestial deslumbra.

Virgen de las Alcantarillas,
¿A qué has venido aquí?

¿No te han dicho acaso
que de aquí nadie regresa intacto,
nadie puede salir?

Virgen de las Alcantarillas
Tú que todo lo puedes,

Ayúdanos a salir del laberinto
que no tiene paredes.


miércoles, febrero 21, 2018

CIRCUNNAVEGACIONES ALREDEDOR DE UN POEMA

No puedo determinar con exactitud el año, pero fue hacia mediados de la década de los 80, es decir, hace algo más de 30 años, cuando surgió esta imagen como metáfora de la poesía:

 ¿Qué suave y ardoroso viento agita
el viejo mar de las palabras
para producir tan bellos
y fugaces resplandores?

Aunque bella y elocuente para mi gusto, resultaba algo incompleta para considerarla "un poema", de modo que en algún momento, más adelante, la reuní con otro fragmento escrito por esos mismos años que también habla de la poesía y que me parecía igualmente incompleto:

Borboteando su chorro de luz
mana el poema

Míralo inventar su llama
adentrarse en el vacío sin más
fuerza que su anhelo

Luna es
el poema

De modo que agrupé los dos fragmentos bajo el título de "POESÍA" -que es finalmente de lo que pretendo hablar- y, aunque no fueron publicados, permanecieron así, mancomunados, durante muchos años en mi computadora:

POESIA


           -1-

Qué suave y ardoroso viento agita
el viejo mar de las palabras
para producir tan bellos
y fugaces resplandores


         -2-

Borboteando su chorro de luz
mana el poema

Míralo inventar su llama
adentrarse en el vacío sin más
fuerza que su anhelo

Luna es
el poema

Desde luego, siempre sentí (siento) que hay algo artificioso, forzado, al poner en relación ambos fragmentos, aun cuando ambos hablen de la poesía. 

Hace pocos meses, encontrándome fuera de la ciudad, fui testigo una noche de una hermosa tormenta eléctrica en el cielo lejano, sobre las montañas. Escribí entonces en mi libreta de notas:

¿Qué invisibles piedras
chocan en el cielo
para producir tan deslumbrantes
y fugaces fuegos?

El asunto quedó ahí... Hasta que hace un par de días, revisando mi libreta, encontré el apunte y tuve la sensación, o más bien la certeza, de que aquello era casi un autoplagio o, más benévolamente, que otra cosa escrita por mí semejaba mucho a esta.  Era una sensación incómoda y no fue hasta hoy que tuve tiempo de explorar en mis archivos hasta dar con el viejo "poema" del que este es apenas una reescritura o palimpsesto. Creo que nunca me había ocurrido esto. Al mismo tiempo, tengo la sensación de que  algo se completa de una forma misteriosa, pues juntos, los dos fragmentos se acompañan mucho mejor que mi tentativa original:

¿Qué invisibles piedras chocan
en el cielo
para producir tan deslumbrantes
y fugaces fuegos?

¿Qué suave y ardoroso viento agita
el viejo mar de las palabras
para producir tan bellos
y fugaces resplandores?

Desde luego me gustaría formular algunas preguntas más en esta tónica. Quizás lleguen algún día. En cualquier caso, siento que cualquiera de los dos fragmentos puede ir primero; siento también que el tema central sigue siendo la poesía, aunque la potencia metafórica se incrementó al poner en relación los relámpagos y la poesía (que, al menos en mi experiencia, tiene algo -mucho- de iluminación instantánea.) Lo que tienen en común estos dos fragmentos son los destellos, el carácter instáneo y relampagueante, pero también fantasmagórico e irreal de los dos fenómenos. Quedaría entonces así:

DESTELLOS

         
¿Qué invisibles piedras chocan
en el cielo
para producir tan deslumbrantes
y fugaces fuegos?

¿Qué suave y ardoroso viento agita
el viejo mar de las palabras
para producir tan bellos
y fugaces resplandores?

Supongo que esto no termina aquí...



lunes, enero 15, 2018

IRREFUTABLE

¿Cómo podría no ser verdadero nuestro dios, si en su nombre matamos y morimos como moscas?

martes, enero 09, 2018

FIN DE PARTIDA


Maybe Managua, de Catalina Murillo. Uruk Editores (San José, 2017)

Es bien conocida aquella clasificación que afirma que existen básicamente dos tipos de relatos: los que centran su atención en los personajes y los que lo hacen en la acción o el argumento. Si hubiéramos de seguirla, no hay duda de que Maybe Managua (Uruk editores, 2017), la más reciente novela de Catalina Murillo (Costa Rica, 1970), se inscribe en la primera categoría, la de los relatos centrados en los personajes. En las 150 páginas de la novela, Murillo despliega su enorme capacidad para presentar los caracteres e interpretar su mundo emocional. Creeríamos estar ante una novela de corte psicológico, de no ser porque la autora construye a sus personajes desde una distancia implacable, sin piedad ni empatía, y parece tan interesada en dibujarlos como en juzgarlos. Esto, naturalmente, no es un defecto; antes bien, mucha de la fascinación que me produjo la lectura del libro deriva del juicio despiadado y certero que la autora destila párrafo a párrafo sobre ellos. Nadie se salva, ni el personaje principal, ni los secundarios; ni siquiera los extras o figurantes que aparecen fugazmente en alguna escena son redimidos por la mirada de la autora. Tampoco los escenarios urbanos –San José, Granada, Managua-, ni los naturales –playas, lagos y montañas de los dos países centroamericanos donde tiene lugar la acción–. El mundo completo que nos presenta Murillo está corroído por un malestar asfixiante: algo difuso pero omnipresente de lo que los personajes intentan vanamente huir, sin hacer otra cosa que hundirse más y más en él.
Lo que el argumento nos relata es, básicamente, el último acto en la vida de un cuarentón español que, en las postrimerías del siglo XX, ha venido a recalar a Centroamérica huyendo no sabe –ni sabemos– bien de qué, ni tampoco en busca de qué. El malestar en la cultura, que decía Freud, el hartazgo y el hastío del capitalismo avanzado, la inteligencia hiperinformada dirigida como daga contra sí misma.  Bastan algunos días acompañando los pasos de Juan, el protagonista, en su errática huída hacia ninguna parte, para comprender a cabalidad ante qué tipo de personaje estamos. El dibujo que de él hace la autora es, como he dicho, certero y amargo, y también lo es el de las tres mujeres con quienes se cruzará Juan en este “fin de partida”. Estos cuatro caracteres –y algún otro por ahí– están dibujados con precisión y mirada fría. El mundo emocional de los personajes ocupa el primer plano; más que sus acciones exteriores, o al menos tanto como ellas, la autora describe minuciosamente sus motivaciones y sentimientos. Y de todo ello desprende un juicio que, invariablemente, resulta amargo. “Mónica había hecho sufrir a pocos hombres, pero bien. Durante dos largas décadas, su única afición había sido esa: maltratar hombres, con el fervor de quien consuma una venganza.” (p. 126) El encuentro de Juan con esta especie de alter ego femenino se constituye en el climax de la novela y en una pre figuración del destino final del protagonista. El humor ácido que destilan muchos pasajes del libro es apenas un antídoto para el veneno que trasuntan sus páginas.
Una simple búsqueda en la Web me revela que, antes de ser la novela que es hoy, Maybe Managua fue un guión cinematográfico que, hasta la fecha, permanece sin realizarse. Aunque el palimpsesto no sea evidente, algunos trazos de esa antigua escritura permanecen en el libro.  Murillo no se interesa en esta novela por ningún tipo de exploración o búsqueda formal. El relato está construido linealmente y narrado de principio a fin por una voz omnisciente que se focaliza alternativamente en el protagonista y en los personajes con quienes este se cruza. Flaquea, quizás, la verosimilitud, con el truco de un pájaro estafador y, sobre todo, en el hecho de que un ave virtualmente extinta cruce legalmente por la frontera entre dos países sin ningún inconveniente. Mis amigas de UICN me darán la razón. Pero, a mi juicio, esto resulta peccata minuta. Quizás no estamos ante una novela ambiciosa desde el punto de vista del mundo narrado, pero sí ante una obra filosa, bien escrita y lograda.

Además de lo ya dicho, me interesa señalar al menos dos aspectos más de esta novela. Uno, que la acción tiene lugar en dos países centroamericanos (como ocurre también en La Casa de Moravia (2017), del salvadoreño Miguel Huezo Mixco). Tras consumarse la integración del espacio nacional en las literaturas centroamericanas, ¿estaremos acaso por iniciar un proceso de construcción del espacio regional en el plano literario? Y, segundo: a diferencia de otras novelas que, en las últimas décadas del siglo pasado nos propusieron relatos (y retratos) de aventureros europeos por tierras centroamericanas, en donde la mirada y la palabra fluían desde los centros de poder hacia las tristes periferias, aquí estamos ante la mirada ácida de una nativa que juzga descarnadamente al protagonista europeo de este extravío.     

lunes, enero 08, 2018

PASION

En definitiva, creo que la obra literaria (y artística en general) se construye desde la pasión y testimonia una pasión, en los múltiples y contradictorios sentidos de este término: pasión como carencia, pasión como búsqueda, pasión como gozo, pasión como sufrimiento e incluso como ofrenda. Uno explora y comunica su pasión mediante la obra o a través de ella. 

jueves, diciembre 28, 2017

UNA ÉPICA DE LA SUBJETIVIDAD

"Carta al hijo", de Juan Hernández
Novela, 137pgs.
Guayaba Ediciones, Costa Rica, 2017




¿Es posible librarse de la maldición de la sangre? Juan Hernández (Costa Rica, 1981), autor de esta breve e intensa novela en la que es fácil advertir tintes autobiográficos, afirma que sí. Desde cierto punto de vista el relato es una prueba de ello, pues refiere la historia de un niño y un joven que, habiendo crecido en el seno de una familia degradada por la violencia, la pobreza y el alcohol, termina forjándose como hombre de letras. Así, en varios pasajes la narración me hizo evocar aquella hermosa canción de Lennon, Working class hero, por ejemplo: “La pobreza es una enfermedad que se alimenta de sus propias familias” (p.135). Desde otro punto de vista el relato puede leerse como una novela familiar (llamarla saga sería inapropiado, dada su brevedad), pues al tiempo que el narrador va relatando su historia, refiere también la de su linaje materno (el único conocido para él), con especial énfasis en la figura de la madre, con quien lo unen profundos lazos de odio, vergüenza y asco.  
Desde otra perspectiva, la novela puede leerse también como una “novela de formación”, en donde la forja del protagonista gira alrededor de su desesperada, reiterada y, por fin, exitosa tentativa de arrancarse de la historia familiar materna y fundar la suya propia como hombre y como padre.  Pues el tema de la paternidad es otro de los ejes por donde transita el relato. Así, el mismo joven cuyo destino “natural” hubiese sido probablemente la delincuencia o la drogadicción y termina forjándose escritor, jamás conoció a su padre y descubre el sentido de esa palabra por boca de su primer hijo, a quien sin embargo luego habrá de perder. La historia parece condenada a repetirse una vez más; ante el horror de esta perspectiva, asoman la muerte y el suicidio, pero finalmente la voluntad se impone y, antes que nada, triunfa el amor. Sí, el amor.
Como se ve, la cantidad y la densidad de los temas abordados por Hernández sugerirían una narración mucho más extensa, no obstante él lo hace en poco más de 100 páginas sin que como lector me haya sentido defraudado en ningún momento. Esto se debe en parte al ritmo trepidante o espasmódico en el que nos sumerge el relato desde la primera frase. No todo se dice y mucho queda librado a la imaginación de los lectores; las elipsis y los saltos temporales son continuos y multidireccionales. Irónicamente, gran parte del relato está construido a modo de diálogo callado con la madre, aquella de quien el personaje lucha valientemente por arrancarse, y solo algunos pasajes están escritos para el hijo ausente o perdido, como sugiere el título. Así pues, se trata de una carta a la madre y de una carta al hijo, en evidente alusión y juego con la Carta al Padre de Kafka.

Inicié este comentario con una pregunta, lo concluyo con otra: ¿es posible una épica de la subjetividad, una épica de la intimidad? En principio, épica y subjetividad están en las antípodas, la primera reservada a los temas históricos y a la exaltación de los héroes, la segunda propia de abordajes dramáticos o satíricos. No obstante, el tono imperioso y urgente del relato de Hernández, el tratamiento literario directo, seco y desnudo de artificios, por momentos me ha hecho pensar que estamos ante una obra de ese tipo. Carta al hijo tiene la fuerza y la pulsión del relato testimonial, aborda con solvencia temas relativos a la subjetividad masculina sin dejar de lado el apunte social y, por su dureza y sequedad, se constituye en una suerte de épica de la subjetividad en donde el protagonista consigue alumbrarse a sí mismo. 

viernes, noviembre 03, 2017

PERSONAJE

¿Qué es, en definitiva, un personaje de ficción? Una gran mentira construida con muchas pequeñas verdades.

lunes, septiembre 11, 2017

DE LA ESTUPIDEZ HUMANA

Estoy convencido de que la estupidez humana no es el mayor problema. Ser estúpido no es tan grave si uno tiene la humildad suficiente para admitir su condición. El verdadero problema es nuestra soberbia, nuestra incapacidad de admitir nuestra ignorancia y el profundo convencimiento de que somos criaturas privilegiadas, elegidas por dios –cualquier dios-, para reinar sobre el planeta y sobre las demás criaturas.  

***

Respecto de la estupidez ajena, no hay nada que en definitiva yo pueda hacer. Respecto de la propia, sí. ¡Y cuánto cuesta!

sábado, mayo 20, 2017

LA NOVELA COMO "SIMULADOR" DE LA VIDA HUMANA

Supongo que ocurre en todos los oficios: conforme alguien se ejercita, conforme profundiza y persevera en la práctica, cambian sus ideas, su entendimiento y, por tanto, su discurso acerca de dicho oficio. Mi forma de entender la escritura de historias ha variado con los años.

Esta mañana, en charla con un grupo de estudiantes universitarios, me escuché decir  una expresión que jamás había utilizado para referirme al tema, pero que creo sintetiza  mi visión actual de lo que es (o aspiro a que sea) una novela o un cuento: un simulador de la vida humana.

Cuando hablo de un simulador quisiera evocar, de alguna forma, los simuladores utilizados en otras disciplinas: un simulador, del tipo que sea, pretende recrear o reconstruir, bajo condiciones controladas, las condiciones reales en las que actúan ciertos elementos (átomos, moléculas, organismos vivos, animales, personas) con el fin de observar y evaluar sus reacciones. Creo que esa, ni más ni menos, es la aspiración de las historias que leemos y escribimos: presentarnos una simulación de vidas humanas para que podamos observar y evaluar sus reacciones y de ahí sacar conclusiones para la vida, nuestra vida, la vida de verdad.

Eso sí: las novelas y los cuentos son simuladores muy particulares, pues están hechos solo de palabras,  y las palabras son objetos de naturaleza muy singular. Pero dejemos de lado por ahora la singularidad de las palabras, y concentrémonos solo en los simuladores que fabricamos con ellas.

La eficacia de un simulador se mide por su capacidad de recrear las condiciones reales de existencia en la que se desenvuelve aquello que deseamos observar. Siendo las vidas humanas el objeto único y último de la literatura, el reto consiste en recrear con la mayor precisión posible las condiciones que intervienen en nuestra existencia. Esto solo es posible a partir del ejercicio de la observación atenta de otras vidas y de la propia vida. Hay un ejercicio, una práctica de la conciencia que se materializa o se concreta en las historias, de ahí el hechizo, el encantamiento que nos producen. Ese es el saber que se transmite en ellas.

 ¿Cuáles son las condiciones que intervienen en nuestra existencia? Sea cual sea la respuesta que ensayemos, tendremos siempre un número considerable de aspectos. Mencionemos los más evidentes: el espacio geográfico, el momento histórico (desarrollo tecnológico, organización política, etc.), la cultura (valores, creencias, atavismos, tabúes, ideas, etc.), el género/sexo, las características físicas (aptitudes, limitaciones, incluso la genética, etc.), las relaciones sociales en las que estamos inmersos, las relaciones familiares (modelos, expectativas, complejos, etc.), el carácter o temperamento individual, nuestras experiencias previas, incluyendo aquellas que elegimos y las de carácter fortuito, etc., etc...

Una cosa son las condiciones que determinan nuestra existencia, y otra diferente (pero igualmente importante), es lo que nos proponemos o deseamos hacer. El deseo es el meollo de la individualidad, el sustrato de la subjetividad.  El deseo moviliza a los personajes y desencadena la reacción que llamamos "historia". Por ello es un elemento fundamental en nuestro simulador. En términos más abstractos, podemos decir que en la vida de los personajes (y en la nuestra) intervienen las circunstancias, la libertad y el azar. Y acaso debamos agregar también: lo desconocido y el misterio.

Reducir o integrar en una historia  (en un simulador) todos estos elementos, resulta un desafío inmenso. Pero cuanto más complejidad logremos introducir en ella, más rica y provechosa será la experiencia de leerla (y de escribirla.) Integrar la complejidad significa darle a cada uno de estos elementos la atención y la importancia debida, ni más ni menos. "Lo justo es lo correcto", dice la máxima, y nos será útil tenerla presente al calibrar nuestro simulador de vidas humanas. Y, desde luego, integrar complejidad no significa servirse de palabras difíciles ni hacer un discurso obscuro o incomprensible. La única obscuridad que debería tener cabida en una historia, es la de un cielo nublado o la de un pensamiento sombrío, y el único pasaje incomprensible, un diálogo en el que uno de los personajes dice un galimatías.

Presentar los elementos que intervienen y determinan la vida de los personajes, para que podamos observarlos, valorarlos  y sacar conclusiones acerca de ellos (y acerca de nosotros mismos), es el propósito y la utilidad de estos "simuladores de la vida humana" hechos de palabras: las novelas y los cuentos.


viernes, mayo 19, 2017

DEL OFICIO

Parece broma: a mis 55 años de edad, dedico días enteros a tallar, palabra a palabra, la vida de seres imaginarios, que para más detalle transcurren en lugares inexistentes. No obstante, lo hago con entusiasmo y hasta alegría, convencido de que esto es lo que debo hacer, y de que este es mi modesto aporte a la sociedad. 

viernes, mayo 12, 2017

ILUMINACIONES





...Poco antes de morir, comprendí que entregándome al odio que me inflamaba, a la furia vengativa que penetraba hasta la más mínima partícula de mi ser, alimentaría el fuego destructor que había arrasado el mundo que conocí, incluyendo a mis seres amados. Entonces comprendí que solo si me despojaba del odio, me liberaría de las garras de los que se disponían a matarme. Hacerlo dependía de mí, a eso se reducía mi libertad. En ese instante me poseyó una dicha inesperada y experimenté la liberación de quien renuncia a la venganza...

***

...y fue entonces cuando el Buda, irradiando luz consciente, abrió por fin los ojos, y sonrió.





ESCRIBIR



A esta altura de mi vida, entiendo la escritura como un ejercicio de lucidez o, al menos, como una tentativa o una aspiración a la lucidez. Pero lucidez no es sinónimo de racionalidad, ni mucho menos de intelectualismo. En la lucidez interviene todo el cuerpo, todo el ser, incluyendo los recuerdos, las vivencias, las emociones, la imaginación. La lucidez así entendida no pretende explicar algo (es decir, revelarlo en términos de causa-efecto), sino iluminarlo, es decirpresentarlo con la mayor claridad posible, incluyendo sus silencios, vacíos, misterios y contradicciones.

lunes, marzo 27, 2017

EL RIO QUE ME HABITA Y LAS PINTURAS DE PIETER BRUEGHEL

Hace como 15 años me contrataron por primera vez para elaborar “Historias de Vida”. En aquella ocasión tuve que entrevistar a dos personas de condición muy humilde que habían vivido situaciones de violencia para que me relataran pormenorizadamente su vida. Posteriormente fui contratado para hacer algo parecido con 15 personas residentes en la Zona Sur de Costa Rica. Y, hace pocos años, elaboré una docena de historias de vida de personas de todo el país. 
Estas experiencias cambiaron profundamente mi entendimiento de la literatura. Hasta entonces, mi fuente primordial de información era mi experiencia vital y la de unos pocos familiares, amigos y conocidos; después de esa mirada en profundidad sobre otras vidas, muy diferentes de la mía, mi información sobre la experiencia humana se multiplicó, y también mis posibilidades de fantasear e imaginar otras vidas.
Además de la información preciosa e invaluable que aquellas personas me confiaron, realizar esas entrevistas me dejó otra enseñanza para la escritura: al relatar nuestra vida, adoptamos una organización, una sintaxis narrativa singular. Pero también, y por sobre todo, el relato adquiere un ritmo, un fraseo particular.
El primer resultado de este largo aprendizaje es “El río que me habita”. Pero vendrán otros, espero.


De hecho, no más saliendo en España la primera edición de "El río que me habita", empiezo a escribir una continuación, con la intención de recoger y plasmar al menos algunas de las historias que se me quedaron en el tintero, algunas de las cuales me han acompañado desde hace décadas, sin que hasta ahora encontrara el contexto adecuado para verterlas. Pues el río Grande y Ciudad Real son, más que una novela, un mundo narrativo potencialmente infinito.
Entre las imágenes que vienen a mi mente cuando pienso en este mundo, se encuentran las pinturas de Pieter Brueghel, el Viejo, que me fascinaron desde que las vi por primera vez. Nada me gustaría más que tejer un tapiz narrativo como los de Brueghel, en cuyos lienzos confluyen centenares de personajes; ¿quiénes son? ¿A qué se dedican? ¿Se conocen entre sí? ¿Cuándo fue la última vez que tomaron una comida caliente? ¿Qué piensan del vecino? ¿Qué anhelan? ¿Cómo se ganan la vida? ¿Dónde pasarán esa noche?




domingo, febrero 19, 2017

DOS


- Que vender esperanzas sea uno de los mejores negocios que existen revela hasta qué punto vivimos en un mundo donde reina la desesperación.

- Hablando de circunstancias que nos determinan. La primera (y sin embargo, a menudo la menos evidente) es nuestro organismo. Solo quienes nacieron con una condición que difiere de la norma o cayeron en algún momento de su vida en esta condición, lo tienen claro, pues lo experimentan cada día. 

miércoles, febrero 08, 2017

Importancia de las palabras

No es lo mismo firmeza que inflexibilidad, ni satisfacción que vanidad. Cabe ser firme en cuanto a lo que es importante para nosotros, pero otra cosa muy distinta es ser inflexible, pues casi siempre, para lograr aquello que nos proponemos, es preciso ceder en  aspectos secundarios, dar rodeos, negociar sin perder de vista el objetivo, mientras que la inflexibilidad no permite nada de ello. Lo mismo en cuanto a la vanidad: sentir satisfacción por haber realizado o alcanzado algo por lo que nos hemos esforzado, es saludable y justo, pero envanecerse de ello es ridículo  y nos coloca al borde del abismo. 

sábado, enero 14, 2017

LUNA LLENA

Esta noche
los grillos y yo habitamos
en el lado jubiloso
del universo

viernes, enero 06, 2017

ORÁCULO DE MAYI ALBA

En memoria de Marielos Coto, agradecido.

Habrás de llorar cuando asome en tu encía el primer diente
y también cuando lo hagan el cuarto y el quinto,
y te estremecerá el aroma del joven
que estampe en tu boca el sétimo beso.
Maldecirás a la quinta amiga en traicionarte
y con los años te abismarás muchas veces
en el blanco  remolino del placer.
Paladearás en incontables ocasiones la dicha
de alcanzar lo que te proponías
venciendo obstáculos que parecían insalvables
o sobreponiéndote a tu propio escepticismo,
y también innumerables veces conocerás la frustración
y la impotencia ante retos que te superaban
o que rehuiste por pura cobardía.
Muchas veces, oh sí, más de las que desearías,
habrás de llorar a un ser querido
y enmudecerás con la rotundidad de su ausencia.

Pero solo una vez has de morir
Y esa es
la pobreza de la muerte.


3 de enero, 2017