miércoles, mayo 27, 2009

CONSTRUCCIÓN Y DEMOLICIÓN DEL MITO DE LA EXCEPCIONALIDAD

Acercamiento a la literatura costarricense(1)

En su ensayo-novela titulado La gran novela perdida, historia personal de la literatura costarrisible (2007), mi amigo, el novelista, poeta y ensayista Carlos Cortés, coloca a su personaje principal -un escritor apellidado Méndez Linh-, dentro de un auditorio de la Casa de las Américas en Madrid, en el marco de un coloquio sobre literatura latinoamericana. A él le corresponde exponer su visión sobre la literatura costarricense, pero, angustiado, descubre de repente que no tiene nada que decir o comprende que nada que diga es importante o resultará relevante para su audiencia, y divaga y dubita antes de que le llegue el turno de exponer. Escuchémoslo:

“La literatura costarricense, sea lo que sea, como lo comprendí en este largo nanosegundo que intento narrar, es una de las formas consumadas y esotéricas del troskismo: debe haber unas 200 personas en el mundo, si me pongo pesimista, o mucho menos, si me las tiro de optimista, que han oído hablar de ella, de los cuales quizá unas 10 ó 20 saben más o menos lo que es. Forman una especie de logia extraterrestre o de cospiración secreta y, para mi inmensa fortuna, ninguno de los 200 –vamos a llamarlos así, los 200– que saben distinguir a Carmen Lyra de Carmen Naranjo o a Joaquín Gutiérrez de Joaquín García Monge, estaba en la sala y por tanto (yo) gozaba de una libertad irrestricta o casi para imaginar lo que se me viniera en gana sin que nadie pudiera contradecirme con algún grado de autoridad...”

Es probable que esto sea así. Pero, en cualquier caso, no es posible o no tiene sentido hablar de literatura costarricense sin antes ponernos mínimamente de acuerdo sobre lo que es Costa Rica, y también, quizás, acerca de lo que es y no es la literatura...

Muy a pesar de lo que muchos costarricenses piensan , me temo que no es posible hablar de Costa Rica sin ubicarla, a su vez, en el contexto hispanoamericano. La América hispana, como sabemos, es el resultado de la primera aventura colonial europea, quizás la más brutal y la más sangrienta. No viene al caso redundar aquí con datos sobre la magnitud de la matanza que significó la conquista y colonización de América, pero en cambio sí vale la pena traer a colación un aspecto menos conocido de la forma como los españoles llevaron adelante su empresa de conquista.

En su apasionante ensayo titulado La patria del criollo (1983), el sociólogo guatemalteco Severo Martínez Peláez explica que la inmensa mayoría de las expediciones de conquista que emprendieron los españoles en el Nuevo Mundo, se financiaban de manera privada pero se realizaban en nombre de la Corona. Es decir, socios capitalistas financiaban la expedición y obtenían de la Corona la autorización para adentrarse en tales o cuales territorios, sin otro afán que el de recuperar cuanto antes y con creces su inversión. Dicha recuperación se realizaba mediante la explotación de una mano de obra que parecía ilimitada y sobre la cual no existían restricciones. De ahí los millones de seres humanos que sucumbieron al trabajo en las minas y en las plantaciones. Posteriormente, cuando el padre Las Casas aboga por la protección de los indígenas ante la Corona y, tras la famosa “Controversia” con Sepúlveda se promulgan las llamadas “Leyes Nuevas” (1542) –en las que se limita o se prohíbe la esclavitud de los indígenas americanos–, se sella la suerte de millones de africanos que, en los siglos subsiguientes, serían reducidos a esclavitud y traídos a América en esa operación que los franceses, siempre elegantes, denominan ascépticamente “el comercio triangular.”

Como resultado de todo lo anterior, la Hispanoamérica colonial se estructuró como una sociedad rigurosa y profundamente racista, en la que los emisarios y administradores del poder colonial ocupaban el punto más alto y pequeño en la pirámide social, seguidos por los criollos –gentes de sangre europea nacida en América–, seguidos a su vez por los mestizos, y estos a su vez por los indígenas, mientras que los esclavos de origen africano ocupaban la base o el último peldaño de la pirámide social. El régimen colonial se prolongó en América por más de tres siglos y esta ideología –este pensamiento profundamente racista–, se decantó y asentó en la sociedad y en las mentalidades de los habitantes del Nuevo Mundo.

Durante todo el período colonial Costa Rica ocupó una posición marginal dentro del imperio español. Las mayores concentraciones de población indígena que había en el territorio fueron diezmadas y trasladadas para su explotación a otras latitudes donde existían minerales en abundancia, mientras que los indígenas de los bosques húmedos, cuya dispersión en la jungla es indispensable para su sobrevivencia, fueron reducidos con dificultad o se replegaron a las partes más altas de las montañas, imposibilitando en buena medida su explotación económica por los colonizadores.

Desde luego, la marginalidad y pobreza de Costa Rica no implicaba ninguna excepcionalidad en lo que a la organización social se refiere, y las mismas características de segmentación social con base en el color de la piel y explotación de mano de obra gratuita o semi-gratuita que prevalecieron en toda la América hispana, fueron pilares de la economía y la sociedad costarricense durante aquellos siglos. Sin embargo, como veremos más adelante, la pobreza colonial de Costa Rica se convertiría, con el tiempo, en una de las bases o piedras fundantes del mito de la excepcionalidad.

Tras las invasiones napoleónicas y la desintegración del imperio español en las primeras décadas del siglo XIX, la independencia llegó a Centroamérica, y a Costa Rica en particular, como algo que nadie buscaba ni quería especialmente. El filósofo hispano-costarricense de origen griego Constantino Láscaris sugirió, en un interesante ensayo titulado Historia de las ideas en Centroamérica (1970), que las élites centroamericanas que a última hora adhirieron a la independencia buscaban independizarse no tanto de la España imperial como de la España reformista y democratizante de las Cortes de Cádiz, con el fin de no comprometer su posición ni arriesgar sus privilegios.
En cualquier caso, los habitantes de aquellos territorios marginales, dejados de la mano de Dios, dudaban mucho de sus posibilidades de constituirse en repúblicas, como lo confirma el hecho de que una de sus primeras decisiones fuera adherir al imperio mexicano de Iturbide, o que durante cerca de dos décadas oscilaran entre la voluntad republicana y el proyecto de constituir la Federación Centroamericana.

No fue hasta mediados del siglo XIX, cuando el cultivo y el comercio internacional del café se habían extendido en el Valle Central de Costa Rica –donde está situada la capital y las principales ciudades, y que históricamente ha sido el centro geográfico, económico y político del país–, cuando la nueva élite económica apostó definitivamente por la independencia republicana... Esto ocurrió a mediados del siglo XIX.
Sin embargo, habrían de transcurrir todavía algunas décadas para que el incipiente Estado pudiera dotarse de las instituciones, mitos, héroes, cultos y leyendas necesarios para alimentar el sentimiento de unidad y de comunidad nacionales.

Las élites políticas de la América hispana enfrentaron la dificultad de crear naciones ahí donde no había pueblos, en el sentido de “comunidades histórico-culturales”, sino más bien los restos de un entramado colonial edificado sobre el racismo y la explotación multiseculares... Para lograrlo, las élites económicas, políticas e intelectuales que se dieron a la tarea de implantar el republicanismo democrático en los inmensos territorios del antiguo imperio español, tenían, básicamente, dos posibilidades: la primera era generarlo a partir de la referencia a un pasado común: somos los que fuimos... Esto fue particularmente efectivo en aquellos países que gozaban de un pasado prehispánico grandioso como México, Guatemala, Bolivia o Perú. Desafortunadamente tal construcción identitaria a partir de un pasado prehispánico dejaba por fuera a inmensos sectores de la población, que por su origen mestizo difícilmente podían identificarse con él.

La otra posibilidad de crear el sentimiento de comunidad consistía en apelar, no a un pasado común, sino más bien a un futuro común: somos los que seremos... En mi opinión, este es el origen de todas las ideologías del mestizaje en la América hispana, del arielismo de Rodó a la raza cósmica de Vasconcelos... Desplazando el eje de la identidad hacia el futuro, el potencial aglutinador de estos discursos parecía más amplio, aunque también condenaba al ostracismo a los pueblos históricos que sobrevivían en los intersticios de las nacientes repúblicas hispanoamericanas...

Las últimas décadas del siglo XIX fueron decisivas para la vinculación de la economía costarricense con los mercados internacionales a partir del comercio del café. La edificación de los mitos, leyendas, símbolos e instituciones de la incipiente nación, estuvo a cargo de una élite de militares e intelectuales de inspiración liberal.

Es durante este período, que abarca las últimas décadas del siglo XIX y las primeras del XX (aproximadamente hasta la Primera Guerra Mundial) cuando se publican en Costa Rica los primeros textos propiamente literarios. Se trata de crónicas y cuadros de costumbres publicados sobre todo en diarios, en los que un grupo de intelectuales y escritores –varones todos ellos, desde luego– estrechamente vinculados con los políticos liberales a los que hice referencia antes, miran con distancia irónica las costumbres populares, evocan con nostalgia un pasado heroico por su austeridad y pobreza o advierten y ejemplarizan sobre los riesgos y peligros del dinero y la modernidad.

Los ideólogos, intelectuales y escritores del liberalismo tuvieron a su cargo la tarea de delinear en forma literaria al mito de la excepcionalidad costarricense y constituyen los primeros “clásicos” de nuestra literatura. No obstante, no afirmo que el mito de la excepcionalidad sea de su entera invención, sino más bien que les corresponde a ellos por primera vez dar forma y expresión literaria a una serie de imágenes, creencias y mixtificaciones que existían previamente en el imaginario de una parte de la población del país, y que serán sucesivamente recreados e impugnados por las siguientes generaciones de escritores e intelectuales.

El mito de la excepcionalidad es, pues, dinámico, se adecua y transforma a las diferentes épocas históricas y, como cualquier mito, debe tener cierto asidero en la realidad para ser verosímil y eficaz. Componentes principales del mito son la creencia en un pasado idílico común, igualitario en la pobreza, democrático en la austeridad y el trabajo, así como también la uniformidad étnica o racial o –dicho más sencillamente- la “blancura” de la población. En la versión liberal y oligárquica del mito, los sujetos de ese pasado austero son criollos y españoles, hidalgos asentados en la más pobre y olvidada provincia del imperio español, mientras que en la posterior versión socialdemócrata del mito, los sujetos y protagonistas de ese pasado heroico son labriegos sencillos, campesinos que enfrentan con valentía y honestidad un medio hostil... Ya en 1939, la gran escritora Yolanda Oreamuno hablaba con punzante ironía del "mito religioso de la tierra muy repartida, la casita pintada de blanco y azul y el pequeño propietario de chanchos y gallinas que lleva al cuello un pañuelo colorado". Además de estos componentes, el mito de la excepcionalidad comprende elementos relativos al carácter pacífico de la gente, a la estabilidad democrática del país y, más recientemente, a la riqueza ambiental y ecológica y a la belleza del territorio.

Estos rasgos o componentes identitarios de la sociedad costarricense surgieron en el decurso de los siglos de la dialéctica entre la mirada propia y la mirada de los otros –viajeros europeos y norteamericanos de paso por Centroamérica– así como también, desde luego, de la autoconciencia y de la interacción con gentes de las demás naciones centroamericanas. Asimismo –y esto lo aventuro como hipótesis– el mito de la excepcionalidad surge también como rasgo compensatorio de la insignificancia del país. Somos insignificantes pero excepcionales: somos la Suiza Centroamericana.

El apogeo del período liberal coincide con el ascenso de los Estados Unidos como potencia mundial, tras la guerra hispano-norteamericana de 1898 y las sucesivas intervenciones militares estadounidenses en países de la región, particularmente en Nicaragua. Así, las élites liberales costarricenses quedaron atrapadas en una suerte de contradicción entre su adhesión al progreso, a la ciencia y a la modernidad –encarnada todavía en Europa pero cada vez más en los Estados Unidos–, y la conciencia de que el dinero y la modernidad son, a su vez, una amenaza para sus intereses, tradiciones y costumbres, pues como bien apuntaba Marx, en el capitalismo “todo lo sólido se desvanece en el aire...”

Es durante este período cuando se desarrolla y consolida el enclave bananero en la costa caribeña de Costa Rica. De hecho, el país será la cuna de la luego omnipresente –en la región– y todopoderosa United Fruit Company, que, como sabemos, será tema y motivo central de la producción literaria de autores posteriores.

Algunos nombres imprescindibles del período liberal son los de Manuel González Zeledón (1864-1936), mejor conocido como MAGON, autor de cuadros de costumbres desbordantes de ironía y de sarcamo, Aquileo J. Echeverría (1866-1909), poeta que en largos romances recrea e idealiza el carácter y el habla popular del “concho” o campesino del Valle Central, y Ricardo Fernández Guardia (1867-1950), cuentista, dramaturgo e historiador..., para mencionar solo algunos de los más representativos.
Por cierto que los autores de esta generación sostuvieron la primera –y una de las pocas– polémicas literarias que ha habido en el país, la cual sería conocida como la “polémica sobre el nacionalismo literario”, en la que debatieron sobre la posibilidad de desarrollar una literatura a partir de temas y motivos nacionales, teniendo como modelo o paradigma la literatura europea.

Además de crónicas y cuadros de costumbres, estos autores también publicaron volúmenes de cuentos, novelas y escribieron numerosas obras de teatro que se llevaron a escena en las salas de la capital. Muchas de ellas abordaban temas morales –especialmente relacionados con la sumisión de la mujer en el orden patriarcal, las amenazas y peligros de la sexualidad y otros temas similares–. Como señala con agudeza Alvaro Quesada Soto en su indispensable Breve historia de la literatura costarricense (2007), en los textos de los autores del liberalismo oligárquico “...la modernidad puede aparecer, por una parte, como signo de libertad y de progreso; pero también, por otra parte, como índice de la descomposición moral y social, de libertinaje o enajenación, como agente de ideas y costumbres exóticas que conducen a la pérdida de la identidad nacional.”

El período de oro del liberalismo costarricense termina abruptamente con la Primera Guerra Mundial, que trae como consecuencia inmediata el cierre de los mercados europeos para el café costarricense. La agonía del régimen liberal se prolongará durante varias décadas y no será hasta los años 40 cuando comience a perfilarse –dolorosa y conflictivamente, como ocurre siempre con los partos de la historia– un nuevo modelo o régimen de convivencia nacional. En este contexto se genera un clima de inestabilidad política –golpes de estado y revueltas de diverso tipo– y surgen nuevos movimientos sociales y políticos para canalizar las inquietudes y demandas de los sectores marginados o subordinados de la población.

El nuevo clima que agita al país y todas estas inquietudes encontrarán también un correlato literario. En los años 20 emerge un grupo de escritores e intelectuales que, bajo el liderazgo de Joaquín García Monge (1881-1958), conforman el llamado grupo Germinal. Además del propio García Monge –el célebre editor del Repertorio Americano, revista cultural de alcance e importancia continental durante las primeras décadas del siglo XX–, encontramos a pensadores como Omar Dengo (1888-1928) y a escritoras como Isabel Carvajal (1888-1949) quien, bajo el seudónimo de Carmen Lyra, se constituiría en un clásico –clásico infantil pero clásico al fin y al cabo– de la literatura nacional, con sus célebres Cuentos de mi tía Panchita (1920), en los que recrea y adapta al habla popular costarricense cuentos de la tradición oral americana y europea.

Los intelectuales del grupo Germinal tienen una sensibilidad muy diferente de la de los autores del pensamiento liberal oligárquico. García Monge escribe novelas de juventud en las que los protagonistas son seres humildes del campo o de la ciudad, precisamente aquellos que no tenían lugar ni voz propia en el discurso de los liberales, o que a lo sumo ingresaban en él vistos con irónica condescendencia. La mencionada Carmen Lyra es autora de la primera novela costarricense sobre el tema del enclave bananero, titulada Bananos y hombres (1931). Además de ampliar la representación literaria de lo nacional más allá de los límites del Valle Central –a donde permanecía confinada hasta entonces– esta novela y otras de sus coetáneos presentan en calidad de protagonistas ya no los hidalgos coloniales ni los simpáticos campesinos de la literatura liberal, sino a simples y explotados trabajadores agrícolas o a seres desarraigados que llegan a la ciudad en busca de futuro.

Como bien decía el escritor japones Kenzaburo Oe, “la segunda tarea más importante de la literatura es construir mitos. Pero la primera, y más importante, es destruirlos.” Y eso es lo que los escritores costarricenses han hecho durante más de un siglo: impugnar el mito de la excepcionalidad –componente central de la identidad nacional– confrontándolo con la realidad de cada época histórica.

Casi al mismo tiempo que los autores e intelectuales del grupo Germinal, irrumpen en la escena literaria otros escritores que, al igual que aquellos, publican sus obras durante las décadas de los años 30 y 40, en plena crisis de la república liberal. Entre estos autores –para mencionar solo a algunos pocos, de los narradores–, cabe destacar a José Marín Cañas (1904-1981), Max Jiménez (1900-1947) y Carlos Salazar Herrera (1906-1980). Marín Cañas y Jiménez son ante todo novelistas, Salazar Herrera es un cuentista extraordinario –cuentista de un solo libro, sus Cuentos de Angustias y paisajes–, en donde nuevamente los personajes principales son campesinos explotados y desheredados, sometidos a la violencia y muchas veces a la locura. Sus trabajos siempre me han hecho recordar, por la belleza de sus imágenes y por su atención y celo paisajista, a los del gran cuentista uruguayo Horacio Quiroga.

Por otro lado, si bien los novelistas Marín Cañas y Jiménez comparten con los autores del grupo Germinal una mirada profundamente crítica hacia su tiempo y hacia la sociedad costarricense, se distancian estética e ideológicamente de ellos: mientras García Monge y Carmen Lyra se acercan al naturalismo social y se vinculan en alguna medida con movimientos sociales y políticos emergentes, los dos últimos se acercan en sus obras a una estética expresionista –con imágenes exacerbadas y en ciertos casos tremebundistas– y evidencian un escepticismo sobre la condición humana del que carecen los primeros. Obras representativas de Marín Cañas son El infierno verde –que trata de la guerra paraguayo-boliviana del Chaco– (1935) y Pedro Arnáez (1942), y de Max Jiménez El domador de pulgas (1936) y El jaúl (1937).

La década de los años 40 se caracteriza en Costa Rica por una intensa conflictividad política. Reformas políticas y sociales impulsadas por el presidente de inspiración socialcristiana Rafael Ángel Calderón Guardia, desembocaron en una extraña alianza con el Partido Comunista y la Iglesia Católica. Todo este conflicto culminaría en la Guerra Civil o Revolución de 1948, como consecuencia de la cual el viejo orden liberal sería definitivamente barrido, y de donde emergería el Estado de Bienestar costarricense, también denominado Segunda República, de clara inspiración socialdemócrata o –quizás menos pretensiosamente– de inspiración roosveltiana o keynesiana.

En este ambiente social y políticamente agitado, comienzan a publicar sus libros una serie de autores que serán conocidos en la historiografía literaria del país como la generación del 40. A este grupo pertenecen Carlos Luis Fallas, CALUFA (1911-1966), Fabián Dobles (1918-1977), Adolfo Herrera García (1914-1975) y la ya mencionada Yolanda Oreamuno (1916-1956). A ellos se suma Joaquín Gutiérrez (1918-2000) –aunque publicó la mayoría de sus trabajos muy posteriormente– y podría añadirse también a Alberto Cañas (1920) y a Julieta Pinto (1922).

Estos autores pueden considerarse los “segundos clásicos” de la literatura costarricense. Casi todos centran su atención en la violencia y las contradicciones del mundo rural. Estéticamente se acercan a una concepción “realista” de la literatura –podemos hablar sin temor de un realismo social y en muchos casos, tomando en cuenta la vocación militante de los textos, de un realismo socialista–. Como dijimos, el problema agrario es el tema central de muchas de sus obras –en particular en el caso de Fallas, de Herrera García y de Dobles–. Mientras que Fabián Dobles aborda en sus cuentos y novelas el problema de los campesinos sin tierra o acosados por los latifundistas, Carlos Luis Fallas es célebre por su Mamita Yunai (1941), que aborda con desgarradora belleza el mundo de los trabajadores bananeros. Fallas, trabajador bananero él mismo en una etapa de su vida, se convertiría en uno de los principales líderes del Partido Comunista Costarricense, y toda su obra fue escrita con expresa vocación militante. Sin embargo, releída en el contexto de la post-guerra fría, su obra se perfila como un extraordinario mosaico de la vida, los sueños, los trabajos y sufrimientos de las clases populares o –como suele decirse ahora– de los “sectores subordinados” de la sociedad, durante la primera mitad del siglo XX. El habla, los valores, los sueños, los anhelos –y desde luego, “los trabajos y los días”– de dichos sectores, aparecen dibujados con diáfana belleza de zapatero y artesano.

Al igual que Fallas, Fabián Dobles también adoptó la militancia comunista y sufrió aislamiento y escarnio tras la derrota de su bando en la Guerra Civil de 1948. Joaquín Gutiérrez, por su parte, también adhirió la militancia comunista, pero estaba fuera del país para el momento de la Guerra Civil y vivió en Chile y en muchos lugares del mundo durante buena parte de su vida. La mayoría de sus obras están ambientadas en el entorno del enclave bananero, pero a diferencia de las de CALUFA, en donde los protagonistas son siempre trabajadores dotados de hermosa humanidad, en las suyas los protagonistas son siempre pequeños burgueses de la ciudad extraviados en un entorno hostil y ajeno, que viven como algo amenazante el mundo obrero y la diferencia racial y cultural.

Yolanda Oreamuno es caso aparte en el contexto de su generación y, en algunos aspectos, en la literatura costarricense. Autora de una única novela –La ruta de su evasión (1950)– centra su atención, no en los procesos sociales ni en el mundo rural, sino más bien en los procesos mentales y emocionales de sus personajes. La acción de su novela está ambientada en una ciudad anónima –ciertamente no se trata de San José– y, valiéndose de procedimientos narrativos hasta entonces inéditos en la literatura del país, dibuja el mundo opresivo y oscuro de una familia típica –es decir, patriarcal– de las clases medias. Incomprendida, se exilió en Guatemala al abrigo de la “década democrática” (1944-1954), país del cual adoptó la nacionalidad y, tras la caída del gobierno de Jacobo Arbenz, terminó sus días en México, en donde escribiría algunos relatos de deslumbrante intensidad.

Yolanda Oreamuno abre el camino de lo que me gusta llamar la “literatura del Yo” en Costa Rica, es decir, la literatura que tiene por tema no los grandes procesos sociales, sino más bien los procesos síquicos y emocionales de los personajes. En la “literatura del Yo” la distancia o el paradigma narrativo del realismo social se pulveriza, pues vemos el mundo “desde dentro” de los personajes.

A diferencia de los autores antes mencionados, los dos restantes miembros de la “Generación del 40” están vinculados con el bando ganador de la Guerra Civil: el Partido Liberación Nacional, de inspiración socialdemócrata, como fue dicho.

Alberto Cañas es un autor que, en la mayoría de sus obras, centra su atención en la vida y milagros de pequeños seres de la ciudad o de los pueblos del interior del país. Su mirada se asemeja mucho, muchísimo, a la mirada irónica con que los autores del liberalismo oligárquico se aproximaban a los campesinos. En su caso no puede hablarse de “costumbrismo” –ha pasado ya más de medio siglo– pero tiene en común con ellos su distanciamiento irónico.

Por su lado, Julieta Pinto es una autora muy tardía –publicaría su primera obra con más de cincuenta años de edad cumplidos– y en alguna de sus obras aborda el tema de la Guerra Civil de 1948 desde una perspectiva muy similar a lo que terminaría siendo el “relato oficial” del bando ganador sobre aquellos hechos.

Tanto Carlos Cortés como Alvaro Quesada Soto, en las dos obras mencionadas y que aquí seguimos en muchos de sus extremos, señalan la paradoja de que el naciente régimen “socialdemócrata” o la “Segunda República”, aún cuando disponía de intelectuales capaces de ofrecer una interpretación del desarrollo histórico del país, carecía de escritores –autores de ficción– capaces de dar cuerpo a esa visión.

De esta forma, en el curso de las décadas siguientes –señaladamente los años 50 y 60– el aparato cultural del Estado –creado o fortalecido por el propio estado de inspiración socialdemócrata– se encargaría de generar una interpretación de la literatura nacional para reafirmar y fortalecer sus tesis. Los ideólogos socialdemócratas habían acuñado la idea de la democracia rural como fundamento de la identidad y la nacionalidad costarricense. Esta democracia rural, como es fácil concluir., no es otra cosa que una reinvención o una actualización del mito de la excepcionalidad costarricense.

Para construir su canon o paradigma de la literatura nacional, el aparato cultural socialdemócrata debió servirse, irónicamente, de las obras de sus antiguos adversarios en la Guerra Civil: Fallas, Dobles, Herrera García y, en menor medida, Gutiérrez. Para hacerlo realizaron una lectura selectiva de sus obras, privilegiando algunas y dejando de lado otras que no correspondían o ponían en entredicho sus postulados.

Pues, aunque los autores de la generación del 40 adhirieran ideológicamente la Revolución y el marxismo–en diversos pasajes recrean el mito de la excepcionalidad costarricense.

Solo muchos años más tarde el escritor Alberto Cañas –vinculado, como ya se dijo, al grupo socialdemócrata– conseguirá dar expresión literaria a esa visión de la historia del país, en su novela postrera titulada Los molinos de Dios (1992).

Lo que podemos llamar “el período socialdemócrata” de la historia del país se extiende aproximadamente de 1950 hasta 1980, cuando la crisis financiera internacional y las políticas de apertura y liberalización a que dio lugar, pusieron en entredicho los postulados del “Estado de bienestar” costarricense. Dicha crisis, como sabemos , se prolonga hasta hoy. Además, coincide con el triunfo de la Revolución Sandinista en Nicaragua y con el apogeo de la insurgencia revolucionaria en los otros países de la región centroamericana.

Autores representativos de este período son, entre otros, Carmen Naranjo (1931), Samuel Rovinsky (1932), Fernando Durán Ayanegui (1939), Virgilio Mora (1935) y José León Sánchez (1929). Mientras que Naranjo, Rovinsky y Durán Ayanegui están de una u otra forma vinculados ideológica y políticamente al régimen socialdemócrata, Virgilio Mora y José León Sánchez son radicalmente ajenos a él. También podemos ubicar aquí a la cuentista costarricense de origen chileno Miriam Bustos Arratia.

En sus novelas Carmen Naranjo –también cuentista y poeta– reconstruye, mediante laberínticas introspecciones y recreaciones lingüísticas, el mundo de los burócratas y otros seres anodinos y desesperanzados que surgen de las entrañas de la nueva sociedad costarricense, cada vez más urbana, sometida ahora al bombardeo de poderosos y omnipresentes medios de comunicación masiva.

La vasta obra narrativa de Durán Ayanegui también comprende cuentos y novelas y resulta difícil de reseñar. Sin embargo, sobresale en ella una tendencia hacia lo fantástico y lo alegórico –lugares poco frecuentados en la literatura nacional. Por su parte, el escritor Samuel Rovinsky combinará en su trabajo la producción literaria –cuentos y novelas– y la producción dramatúrgica. En general, todos centran su atención en el mundo urbano de las clases medias, aunque la perspectiva y los énfasis difieran.

Como señalan con agudeza Margarita Rojas y Flora Ovares en diversos ensayos –entre ellos uno titulado Peregrinos y errabundos: la narrativa contemporánea en Costa Rica (1998)– “La narrativa de las décadas 1960 y 1970 se encierra en el espacio restringido representado en la casa, después de haberse abierto en la literatura anterior desde el Valle Central hacia la totalidad de la geografía nacional. (...) Entonces, integrada al contexto de la ciudad cada vez más despersonalizada y riesgosa, aparece la casa como último reducto del idilio. Pero este asilo también se ve amenazado por el paso del tiempo, por la historia. Ya no alberga relaciones armoniosas ni el cambio de las generaciones, sino el odio y el conflicto entre los miembros de la familia.”

Aunque de circulación limitada y poco visible durante esas décadas, es, quizás, en la obra de José León Sánchez y de Virgilio Mora donde encontramos la literatura más interesante de ese período. Sánchez es un autor satanizado por haber sido vinculado, desde niño, con el robo del sagrario de la Virgen de los Ángeles –ícono religioso del país–, y por haber publicado en prisión su primera novela, en la que recrea su experiencia penitenciaria: La isla de los hombres solos (1963). Además, él es el único autor costarricense cuya literatura tiene un carácter decididamente popular –en el sentido de estar dirigida al gran público- y que cuenta con varios “best-sellers” de carácter internacional, sobre todo en México. Obra suya es también Tenochtitlán, publicada en 1986, bastante antes del alboroto del Quinto Centenario, en donde recrea el derrumbe del imperio azteca desde la perspectiva de los campesinos y las mujeres del pueblo, y que también tuvo un considerable éxito de ventas a nivel internacional.
Por su parte, Virgilio Mora publicó en 1977 su novela Cachaza, que entonces pasó desapercibida pero que luego ha sido reivindicada por la crítica académica como un punto de inflexión en la historia literaria del país. En ella el autor –psiquiatra de profesión– reconstruye los horrores de la vida de los internos en el mayor hospital psiquiátrico del país.

Incómodos e inclasificables, estos dos autores fueron excluidos del “canon” y de diversas interpretaciones de la literatura nacional, y no es sino mucho después de haber sido publicadas, cuando sus obras comienzan a recibir la atención de críticos y académicos.

La literatura del Yo o de la subjetividad, que había iniciado con Yolanda Oreamuno y que encontró continuidad en la obra de Carmen Naranjo, tendría un momento de apogeo en la promoción subsiguiente, que comenzó a publicar sus obras en los años 70. Nombres significativos de ella son Gerardo César Hurtado(1949), Rafael Ángel Herra (1943), Quince Duncan (1940) y Alfonso Chase (1945). En diversa medida todos están marcados por la cultura pop que eclosiona en los años 60 y 70. Duncan es además el primer narrador de origen afro-costarricense. En algunos de sus cuentos y ensayos recoge el legado de esta tradición, mientras en otros aborda asuntos propios de la época o de su generación. Además de narrador, Chase es también un poeta notable. Su obra narrativa comprende cuentos y novelas; mientras sus novelas tienen un carácter introspectivo y experimental –acorde con esto que hemos venido llamando la “literatura del Yo” – sus cuentos suelen tener un tono paródico y festivo y giran alrededor de grupos sociales emergentes en el paisaje urbano de las últimas décadas del siglo XX.

Gerardo César Hurtado es autor de numerosas novelas cerebrales y alambicadas, en donde la búsqueda y experimentación lingüística tienen un lugar preeminente.
Por su parte, Rafael Ángel Herra, aunque empieza a publicar sus obras más tarde que sus coetáneos, comparte con ellos cierta vocación experimental. Filósofo de profesión, sus libros ahondan en los problemas del discurso o bien plantean dilemas morales o filosóficos desde una perspectiva literaria.

En síntesis, la estética del realismo social que prevaleció a mediados del siglo XX quedó hace mucho atrás, pulverizada por esta narrativa “del Yo” o de la “subjetividad”, que gana progresivamente espacio conforme el siglo se precipita hacia su fin.

A principios de la década de los ochenta comienzan a publicar sus trabajos una serie de autores entre los cuales me incluyo. Esta promoción publicará sus primeras obras en el contexto del fin de la Guerra Fría, tras el colapso del bloque soviético. La globalización, las migraciones crecientes, la irrupción de las nuevas tecnologías de información y comunicación, la constitución de poderes paralelos como el narcotráfico y ascenso de la violencia civil, delinean el escenario social en el cual se desenvuelven.

Los primeros trabajos de esta promoción parecen estar en consonancia y dar continuidad a esto que hemos venido llamando “la literatura del Yo”. Tal es el caso de las obras de Oscar Álvarez Araya, de la primera novela de Carlos Cortés, o de la primera novela de Anacristina Rossi.

En el mismo ensayo de Margarita Rojas y Flora Ovares que citamos antes, ellas anotan que en los primeros trabajos de esta promoción “predominan los personajes derrotados, la violencia como forma fundamental de la relación social y la ausencia de salida antes los problemas vitales. A lo largo de sus páginas, deambulan individuos erráticos por un mundo al que no logran integrarse...”

Sin embargo, esta misma promoción se encargará de consumar la ruptura con la “literatura del Yo”. El primer camino para hacerlo, será una literatura que, en tono paródico o alegórico, desacraliza, cuestiona o se burla del mito de la excepcionalidad costarricense. Tal es el caso de las primeras novelas de Fernando Contreras Castro y de Rodolfo Arias Formoso y de alguna de mi autoría. Sin embargo, la ruptura más profunda con la “Literatura del Yo” se consumará mediante la irrupción de una serie de novelas de carácter histórico. Pionera de ellas –y para mi gusto, insuperada en este campo–, es Asalto al Paraíso de Tatiana Lobo, escritora costarricense de origen chileno nacida en 1939, quien por su edad podría vincularse más bien con la promoción precedente o incluso con la anterior. A ella la seguirían otras novelas de la misma autora y también de otras escritoras como Anacristina Rossi, con su saga histórico-política sobre el Caribe costarricense o, más recientemente, otras que abordan el conflicto de 1948, como Hasta encontrarnos de nuevo (2008), de Sergio Muñoz Chacón. En general todas ellas –y otras a las que por motivos de tiempo no me refiero aquí– vuelven a impugnar el mito de la excepcionalidad costarricense, sea ahondando en los intersticios y contradicciones de la sociedad colonial, como es el caso de Asalto al paraíso, sea haciendo algo similar con el enclave bananero de Limón –como en Limón Blues de Rossi– o en un momento particular de la historia del país, como en la novela de Sergio Muñoz Chacón.

En conclusión: aunque el mito de la excepcionalidad no encuentra expresión cabal en los textos literarios, toda la literatura costarricense puede leerse como un vaivén o un combate dialéctico alrededor de dicha construcción. Como anotara la historiadora del cine y la literatura María Lourdes Cortés en un ensayo publicado en 1999, “Podríamos atrevernos a decir, entonces, que toda la historia de la literatura nacional se mueve en esta tensión entre la creación y la creencia en un mundo idílico y feliz y su desmitificación.”

Los dos momentos centrales de creación o refundación de las instituciones políticas –el liberalismo de finales del XIX y la socialdemocracia de mediados del XX– se encargaron, ya de dar expresión literaria al mito –como lo hicieron algunos autores del período liberal en sus cuadros de costumbres y crónicas coloniales- o bien de construir un canon o un paradigma interpretativo en consonancia con él, como hicieron las instituciones culturales de la socialdemocracia (sirviéndose, para ironía del destino, de los textos de autores de filiación o inspiración marxista) durante los años 60 y 70 del siglo XX. Los autores que en los años 40 y 50 produjeron la gran narrativa agraria del país, jamás imaginaron que sus obras serían utilizadas para alimentar el mito de la excepcionalidad costarricense en su versión socialdemócrata. No sería hasta después, en las décadas de los ochenta y sobre todo de los noventa, cuando una nueva generación de escritores y escritoras impugnará con nuevos discursos, imágenes y argumentos, el conglomerado simbólico e imaginario de la excepcionalidad costarricense. Entre estas obras y autores, destaca un conjunto de novelas que reexaminan aspectos puntuales de la historia del país, así como otras obras que, a partir de la historia inmediata, tienden puentes entre la violencia política en la Centroamérica insurgente de los años 70 y 80 y la situación del país, o bien otras más que caricaturizando, parodiando o deformando la realidad, nos ofrecen imágenes alternativas a las del mito de la excepcionalidad.

Alejándonos del terreno de la vida pública y de los procesos sociales, vemos que el mito de la excepcionalidad también ha sido impugnado por el costado de la vida familiar, íntima o privada. Siguiendo los pasos de Yolanda Oreamuno, diversas autoras –y también algunos autores– han desnudado en sus obras la violencia opresiva y las limitaciones de la familia patriarcal. Entre ellos podemos mencionar María la Noche, de Anacristina Rossi, El expediente de Linda Berrón, los cuentos de la escritora Miriam Bustos, entre otros. En años recientes, la publicaicón de textos que exploran o reivindican prácticas o identidades sexuales alternativas –entre los que destacan José Ricardo Chávez, Uriel Quesada y Alexander Obando– puede interpretarse en este sentido.

Inscrita como está la literatura en el campo de las representaciones y de los discursos, no es posible, en el caso de la literatura costarricense, entenderla sin hacer referencia a este mito fundante y fundamental de la identidad nacional: el mito de la excepcionalidad. La mayoría de la producción literaria del país, en sus escasos ciento y pico años de historia, debe leerse como un gran despliegue discursivo contra-hegemónico.

“¿Qué es lo que quiere decir el escritor y para qué? ¿Para qué y para quién?”, se preguntaba María Zambrano en su hermoso ensayo ¿Para qué se escribe? Y ella misma responde: “Quiere decir el secreto; lo que no puede decirse con la voz por ser demasiado verdad; y las grandes verdades no suelen decirse hablando. (...) Pero esto que no puede decirse, es lo que se tiene que escribir. Descubrir el secreto y comunicarlo, son los dos acicates que mueven al escritor.”

El gran secreto, lo que grita a voces la literatura costarricense, es la falsedad del mito de la excepcionalidad, piedra fundante y fundamental de la identidad de la nación. Quizás ello explique, en parte al menos, la marginalidad de la literatura en la sociedad costarricense, y la distancia y la desconfianza recíprocas que, salvo en los momentos de fundación o refundación de las instituciones políticas, han primado en las relaciones entre la clase política y los literatos del país.
(1) En la Universidad de Poitiers, enero 2008

jueves, abril 30, 2009

ACEPTACIÓN Y RENUNCIA

Vivir el presente exige de nosotros la aceptación incondicional y completa del pasado, de todo lo vivido, incluyendo nuestras cagadas y mierdas, hasta las irreparables. Solo a partir de una aceptación como esa somos libres para vivir el presente. Hasta las estirpes que han vivido Cien Años de Soledad tienen derecho a una segunda oportunidad sobre la Tierra, y la oportunidad está ahí, delante de nuestras narices, en todo momento. Solo es cuestión de tomarla, pero hacerlo implica al mismo tiempo una renuncia… Contrariamente a lo que piensan muchos, rechazar el pasado, o negarlo, es aferrarse a él. La única superación posible pasa pasa por la aceptación. Aceptación y renuncia: las antípodas se encuentran.

viernes, abril 24, 2009

MUJERES (Los días y sus dones, 1980-2001)

A los 20, hasta las feas son bonitas.
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Sólo las mujeres infelices pueden crearnos la ilusión de que, gracias a nuestro amor, podrían llegar a ser felices.
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¿Queres que te desee? Te desearé, pues, con lealtad de perro: inocente, intensa, fervientemente, pero luego no vengás a decirme que no entendés lo que me pasa, que te deje en paz, que todos los hombres somos iguales…
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¡Qué manera tan bonita de ser fea tenía ella!
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Hay mujeres que se ven a sí mismas como un pastel –y lo son.
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En el remolino de la calle cruzo una mirada con una joven mujer. Rápidamente ella baja la vista. ¿Se cierra a la penetración de mi mirada o acaso ese abandono, esa declinación, implica un esqui­vo asentimiento, la provocación de la debilidad?

sábado, abril 11, 2009

Lo grave no es tener manías, lo grave es tomárselas en serio.

lunes, marzo 30, 2009

"Hay algo más que tiene el poder de despertarnos a la verdad. Son las obras de los escritores de genio. Nos dan, bajo el disfraz de la ficción, algo equivalente a la densidad efectiva de lo real, esa densidad que la vida nos ofrece cada día pero que somos incapaces de captar porque nos entretenemos con mentiras."

Simone Weil.

lunes, marzo 09, 2009

MUERTE (Los días y sus dones, 1980-2001)

No es lo mismo la vida que se apaga que la que se destruye o se niega.
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Las pequeñas esculturas que acompañan las urnas funerarias etruscas parecen decirnos: “Aquí yace uno que gozó la vida”. ¿Puede pensarse en algo más distinto de las esculturas funerarias de la cristiandad, con sus Cristos desgarrados y sangrantes? Sin embargo, hay en ambas idéntica exaltación unilateral, pues la vida es gozo y sufrimiento, plenitud y muerte.
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El ángel de la muerte vino a verme anoche. Posó su mano sobre mi hombro y me habló al oído.
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Como a la inmensa mayoría, durante la adolescencia me atormentó la idea de morir. No soportaba la idea de abandonar el mundo sin haber resuelto el enigma. Ahora admito sin rencor la justeza de la muerte.
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Me impresiona que la mayoría de la gente viva como si fuera a hacerlo eternamente...
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No es casual que el término panteón haya devenido en sinó­nimo de cementerio: para los cristianos, los muertos están junto al Dios, participan de su divinidad... Con sus muertos, cada quien forma su pequeño "panteón" personal; hombres y mujeres a quienes "la risa de los dioses" les está vedada, pero que sonríen frente a las desdichas de los vivos.
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Tener presente la muerte se llama lucidez.
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Hay un momento de la vida cuando el cuerpo se hace consciente de que la muerte es real, y esa conciencia nos da un sentido maravilloso de la intensidad del instante.
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Es preciso aprender a vivir como Damocles, con la espada sobre la cabeza. Todos estamos sentenciados pero solo algunos tienen la fuerza necesaria para no dejarse intimidar, y eso hace la diferencia.
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Postrado en su lecho de muerte, expresó que sólo deseaba “sentir un gran dolor y morirse de una vez…” Me he preguntado mucho por qué su deseo del dolor, y la única respuesta que se me ocurre es que temía morir sin darse cuenta; peor aún, estar muerto sin saberlo. De ahí su necesidad de un campanazo, algo que le indicara sin lugar a dudas que dejaba este mundo…
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Sólo de algunos dioses se ha dicho que son todopoderosos, pero de nadie, creo, podría decirse que no tiene ningún poder. Aún la más desvalida y miserable de las criaturas se tiene a sí misma, así sea para decidir si continúa o no viviendo.
***
¡Qué inútil trabajo el de la muerte!

sábado, marzo 07, 2009

LA DIFERENCIA

- ¿Te gusta los Estados Unidos? -le pregunto al bello joven que conduce velozmente el pick-up amarillo, por las calles nocturnas de un dilatado suburbio americano.
Lo piensa un segundo antes de responder:
- Tenemos que aprender a amar la diferencia -me dice en español-. Para eso, es necesario (considerar) (remontarnos) a nuestra relación con lo extra-humano...
Hemos llegado. En el porche de su casa, me acuclillo y me abandono al llanto con la convicción con que lo hacía cuando niño. La convicción -me digo ahora- de que allá en el fondo encontraría algún alivio...

sábado, febrero 28, 2009

Redención y perdición

Tal como veo hoy las cosas, diría que solo hay dos tipos de historias: las que nos cuentan una redención y las que nos cuentan una perdición. Y, desde luego, aquellas que exploran ese territorio ambigüo donde ambas se superponen o entremezclan: la redención que nos pierde -Madame Bovary- o la perdición que nos redime -Don Quijote, el Jesucristo de los Evangelios-.

martes, febrero 10, 2009

Platón y los poetas

Mucho se ha dicho que Sócrates expulsó de su República a los poetas, pero menos se hace notar que, cuando su dialéctica flaquea y requiere de refuerzos para argumentar, acude a ellos, a los poetas, en busca de ayuda. Así, en Gorgias, cuando precisa demostrar la necesidad o conveniencia de actuar bien –es decir, acorde con la Justicia-, no le queda más remedio que acudir a Homero y a la escatología del Tártaro y las Islas Afortunadas para afianzar su argumentación. Por cierto que tal escatología sorprende por cuanto recuerda vivamente a la cristiana del Cielo y el Infierno, de modo que no hay duda de que estaba ampliamente diseminada por toda la cuenca del Mediterráneo y, según todo lo indica, se había originado en Egipto algunos siglos antes. Pero volviendo a los poetas, algo similar le ocurre a Sócrates/Platón con su doctrina epistemológica de la reminiscencia –tan próxima a la doctrina metafísico-religiosa de la reencarnación–, pues para apoyarla no puede más que recurrir a una oda –perdida- de Píndaro.

miércoles, febrero 04, 2009

miércoles, enero 28, 2009

sábado, enero 24, 2009

TRES

En el universo -no hay dudas de ello- la vida es un fenómeno infrecuente y más bien extraordinario. ¡Qué inmensa dicha ser parte de él!

La cibersociedad acerca lo lejano pero aleja de lo cercano.

Rara vez hay genio sin locura y locura sin genio. Su proximidad radica en que ambas nacen de la desmesura.

miércoles, diciembre 10, 2008

LA MENTE ES LA CASA

Si la conciencia es esa ventana por la que miramos el mundo,

la Mente es la casa donde está la ventana.


Si la conciencia es ese espejo en el que el Yo se mira,

la Mente es la habitación donde está el espejo.

miércoles, diciembre 03, 2008

martes, noviembre 18, 2008

apunte/sueño

No solo los personajes tienen una historia que queremos contar: también los lugares en donde se mueven y las cosas con que interectúan, tienen una historia y se encuentran en un momento particular... Cuando los personajes entran en contacto con algo, es el momento de relatar su historia, si es que esta merece contarse.

martes, noviembre 11, 2008

comen con prisa
orinan con prisa
cagan con prisa

para correr a sentarse
frente al televisor

miércoles, octubre 22, 2008

Máximas mínimas (Los días y sus dones, 1980-2001)

El Tiempo es un gran humorista: todo lo convierte en caricatura.
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No diré que sé lo que ignoro, ni que ignoro lo que sé.
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El cielo puede compartirse pero el infierno siempre es personal.
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Las luces del ingenio encandilan la mirada pero no iluminan el objeto.
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Un escupitajo sirve para limpiar un rostro ensangrentado.
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Haz del tiempo tu aliado.
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Día a día, uno puede hacer la diferencia.
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Desconfía siempre de los que escriben con mayúsculas: ésos, más que nadie, se creen en la razón…
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No tiene sentido vivir peleando contra uno mismo: ¡Vive como sos!
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Quiero lo que hago y hago lo que quiero.
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Todo regocijo es gratitud y toda gratitud bienhechora.
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La única autoridad que debería reconocerse es la que emana del conocimiento.
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Recibimos el amor que necesitamos cuando somos capaces de compartirlo.
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El infierno es la conciencia del sufrimiento y el dolor inflingidos a los demás.
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Vivimos para experimentar con nuestra existencia las leyes que rigen el universo.

viernes, septiembre 26, 2008

MASCULINO (Los días y sus dones, 1980-2001)

En nuestra sociedad, la desconección emocional es un rasgo masculino.
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Nada más turbador e inquietante para los sólidos machos sin fisura, que un hombre capaz de contener e incorporar lo Femenino.
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Ahora me resulta claro que la fijación machista con el coño, con el agujero femenino, responde a la necesidad de taparlo, sellarlo o silenciarlo, pues su eterna disposición a la abertura, su virtual insaciabilidad, es vivida como un desafío insostenible y experimentada como el fracaso del falo.
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Tarde sin lluvia de invierno y yo aprovecho para caminar por San José. En sentido contrario, se acerca una mujer bellísima. Al cruzarnos, me derrito: “¡Es usted hermosísima!” A media cuadra de ahí, un tipo observa la escena. Sigo mi marcha y, cuando llego donde él, me resulta imposible no compartir mi asombro: “¿Vió que maravilla?”, exclamo. “Una mujer así deja sin aliento a cualquiera”. Los pequeños ojos cafés del tipo asienten, pero en lugar de coincidir, me dice: “Estaba linda, sí, pero cuando pasó por aquí, el viento le pegaba el vestido a la entrepierna y se le veía tamaño bulto ahí. Parecían trapos; de seguro andaba con la regla…” Toda mi incredulidad debe asomar a mi rostro, porque el tipo se siente obligado a agregar: “No, estaba bonita, sí. Pero ese problemita lo tienen todas, ¿verdad?” Y antes que yo pueda decirle nada, da media vuelta y se larga.
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El padre que viola a su hija y ve a su madrecita como lo más sagra­do: eso es cultura patriarcal.
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Machismo es la sensación, más o menos confusa, de que después del encuentro amoroso las mujeres deben agradecerte.

domingo, agosto 31, 2008

Cita citable

"Necesitamos historias de ficción para entender el mundo. Más allá de las vaguedades que suelen improvisar los escritores acerca del valor de la literatura está la evidencia científica de que la mente humana sólo puede dar sentido al flujo caótico de la experiencia sometiéndolo a la disciplina de modelos narrativos estables."

Antonio Muñoz Molina

jueves, agosto 28, 2008

LITERATURA (Los días y sus dones, 1980-2001)

La tendencia a superponer y confundir los planos de “la realidad” y “la literatura”, es expresión de un conflicto, mucho más profundo, entre la idealización fantasiosa y la aceptación de la realidad. Los personajes que optan por vivir en las páginas de un libro revelan una tendencia delirante y escapista. Por otra parte cabe preguntarse si no es ese, precisamente, el espíritu de casi toda la literatura “moderna”. En este sentido todos somos epígonos de Cervantes, quien en el Quijote/Quijano radiografió por primera vez este conflicto.
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La literatura psicologista, el realismo psicológico, la narrativa de personajes, etc., no tiene ahora interés para mi. Demasiado cacareo, demasiado ensalzar los ires y venires, los dimes y diretes de un "yo" por lo demás incierto, cuando no irrisorio. Me acerco más a la propuesta del texto de ficción que se evidencia como tal, que no se quiere sucedáneo de "lo real": la alegoría y el relato metafórico siguen siendo una posibilidad, pero también la farsa, el relato fantástico, el humor…
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Toda la literatura no responde más que a la absurda pretensión de mostrar en el lenguaje lo que está fuera del lenguaje.
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El relato de ficción: fantasma de un fantasma, aparición de una aparición. A la ficción argumental se suma la ficción semántica, la ambigüedad del lenguaje. No se trata, como creía Platón, de degradaciones sucesivas, fatalmente traicioneras, de una realidad última, ideal e inmutable, sino de traducciones de un ámbito contiguo, de los impulsos de un mundo paralelo que pugna por aparecer.
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En el fondo de toda literatura, de toda obra de creación, hay siempre una antropología.
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La literatura ha de ser un pretexto y un camino para hablar sobre la vida.
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No sólo hay que desconfiar, es preciso impugnar la división estricta de los géneros literarios. Pero no es que lo narrativo, lo poético y lo ensayístico no se distingan, es que la vida los contiene o los incluye a todos, y a eso mismo debe aspirar la obra.
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Veo tres niveles como círculos concéntricos para analizar un texto: el del texto en sí mismo –estructura y escritura–; el de la intertextualidad –los otros textos, la tradición–, y el de su inserción y relación con su época y su sociedad –su "más allá", su universo referencial, para decirlo pedantemente–.
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Cortázar: la ciudad y los gatos.
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Si buena parte del sustento de la actividad creadora es la con­testación, los escritores costarricenses no hemos sacado provecho de nuestra debilidad: con una situación política relativamente estable, y con significativas áreas de la vida social caracterizadas por su democratización (antes que ninguna, el consumo), la posibilidad de contestación que tenemos no es sólo la de la injusticia del Sis­tema, sino la de su esencial equivocación. Este tema, más propio de los llamados "países desarrollados", ¿qué filones ofrece desde la perspectiva de un país marginal?
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Aquella era una mala novela muy bien escrita.
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Con Kundera parece llegar a su fin la novela del yo, del sujeto, de la subjetividad. Él no necesariamente simpatiza con sus personajes: realiza en ellos una vivisección existencial, los examina desde algo que a veces parece crueldad. Es la culminación previsi­ble de todo el proceso de "psicologización" de los personajes novelescos iniciado a mediados del siglo XIX, que recibió un segundo aire con Joyce, Proust, Woolf, etc. La primera reacción ante la crisis de esta novelística de la subjetividad ha sido un retorno, muchas veces banal, a los relatos de aventuras, la recuperación de la tradición épica de la que tam­bién es hija la novela.
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Quizás (o quizás sin duda), ahora son menos que en la adolescen­cia los escritores que me producen algún impacto, con quienes consigo entenderme. Pero también sin duda, y por ello mismo, su impacto es mucho mayor.
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"La generación del caparacho": en los 60's se inicia el proceso hacia la "subjetivización" del mundo narrativo en la literatura costarricense; el contorno social se desdibuja y el foco de atención se centra en el individuo. Esto coincide plenamente con la modesta urbanización de San José. Quizás por eso mismo, también, en los años 70 se produjo una abundancia bíblica de poetas y una ausencia casi total de narradores.
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Hay dos razones para que un creador se niegue a mostrar su obra: porque considera indigna a su criatura, o porque consi­dera indignos a los espectadores. ¿A cuál de ellas respondía, por ejemplo, Kafka?

miércoles, agosto 13, 2008

Apunte 2

En la escritura de esta historia a veces me guía la música y a veces la imaginación. Y pocas, muy pocas veces, he debido recurrir a la razón... (Tan solo para el diseño general, la gran arquitectura.)

lunes, julio 28, 2008

APUNTE

En la novela que escribo en la actualidad, se me plantea una especie de disyuntiva entre la eficacia argumental y lo que podríamos llamar la riqueza o –mejor aún– la densidad narrativa. Por una parte está la trama o argumento que organiza y precipita a los personajes en la acción; por el otro está el deseo o la necesidad de ensanchar el mundo de los personajes con sus impresiones, percepciones, pensamientos, imaginaciones, etc. Permanentemente advierto la tensión entre precipitarse en la trama argumental como quien se abandona a la corriente de un río, o demorarse en el mundo recreado dotándolo de espesor y densidad. Mientras el argumento puede graficarse con una línea horizontal –ilustrativa, además, de la temporalidad propia de la acción narrativa–, la densidad podría graficarse mediante el grosor de dicha línea: una línea demasiado delgada empobrecería el relato hasta reducirlo a su puro andamiaje, las acciones desnudas propias de un guión audiovisual, pero una línea demasiado gruesa atentará contra el interés del lector al impedirle especular, anticipar y dialogar con el curso de las acciones.

sábado, julio 26, 2008

En un entorno en el que todo está reglado, donde los mensajes nos avasallan permanentemente y todo está hecho para significar (aunque signifique tonterías), solo en lo fortuito, en lo aleatorio y en lo aparentemente insignificante asoman la libertad, el gozo y el significado profundo y misterioso de la vida.

viernes, julio 04, 2008

LEY (Los días y sus dones, 1980-2001)

Nos han hecho creer que la ley de la selva es únicamente competencia y “sobrevivencia del más fuerte”, pero lo cierto es que también es cooperación. Nada existe por y para sí mismo, todo se prolonga y expande en lo demás; cada ser depende de otros y a otros respalda, nutre y sustenta. Esta es “la otra” ley de la selva.
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Un policía pasa frente a un niño de la calle que mendiga tumbado en el suelo. El policía sigue de largo con la misma indiferencia de los demás transeúntes. ¿Qué ley perversa es la que resguarda?
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Cada generación tiene un momento para cuestionar la ley, pero cada generación deberá también, en algún momento, encarnarla…
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Cosecho el dolor de mi propia incongruencia.

miércoles, junio 04, 2008

ridículo

Uno de los aspectos más ridículos de nuestra civilización, es que el contacto y la continuidad entre el mundo de los vivos y el mundo de los muertos sea tenido por misterio amenazante o por mera charlatanería, cuando es tan natural como los árboles y los ríos...

martes, junio 03, 2008

artesanía

El amor es una artesanía. Desde luego puede haber –y hay– momentos de grandeza e inspiración, pero no son ellos, sino la constancia, la aplicación y la humildad, lo que pesa en la balanza y determina su suerte.

martes, mayo 20, 2008

LUCHA DE CLASES

El problema con la lucha de clases es que los triunfadores no son necesariamente mejores personas. (La mejor prueba de ello es precisamente el estatus quo: ¿quién podría decir que en el orden imperante los dominadores son "mejores" que los sojuzgados?). Por otro lado, convertida en programa político, la lucha de clases termina reducida a incitación a la revancha y la violencia vindicativa... La evolución será ética –y por ética quiero decir: de la conciencia– o no será.

miércoles, abril 23, 2008

INSTANTÁNEAS (Los días y sus dones, 1980-2001)

Los árboles son bailarines congelados en mitad de un movimiento.
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…y de pronto la luna llenó el valle…
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Salgo de casa, y las montañas me rescatan del abismo.
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Abro las cortinas y desnudo la mañana.
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La noche se escurrió por la ventana.
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…Permaneció suspendido, contemplando el movimiento inmaterial de sus pensamientos…
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Las cajas de aire acondicionado, prendidas de los edificios como garrapatas…
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…El resplandor satinado de los eucaliptos…
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Esta tarde es tan maravillosa que hasta el viejo león del zoológico dejó de quejarse.
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La tocaba como se toca un violoncello.
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Sus ojos bostezaron un parpadeo.
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… A esa hora la ciudad eructa maravillosas bocanadas de gente…
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…Y en los dorados caminos fueron embellecidas por la belleza natural de la tarde…
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De pronto, en la calle, la sonrisa de un desconocido te conmueve hasta las lágrimas.
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En otoño siempre debería sonar un violoncello.
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Un indigente destruido por la droga se mira detenidamente en los espejos que hay en la vitrina de una lujosa joyería.

sábado, abril 12, 2008

Miller, épica y picaresca

A menudo se nos advierte del peligro de regresar a los viejos amores: mejor mantenerlos en el recuerdo, pues fue en el pasado donde tuvo lugar el encuentro que contribuyó a transformarnos en lo que somos hoy. Con la literatura ocurre lo mismo. Nuestra vida está marcada por una serie de lecturas que se superponen en el tiempo y nos van definiendo. Por ello no he querido volver a Miller y conservo intacto, en cambio, el recuerdo de la pasión que me produjo su lectura. Han pasado cerca de 25 años desde que devoré, uno tras otro, los dos Trópicos y los tres volúmenes de la Crucifixión Rosada. Además de intensa y relampagueante, la lectura de sus libros fue una pasión compartida con un grupo de amigos, algunos de los cuales éramos –o aspirábamos a ser– “jóvenes escritores”.
Ante un autor cuyos libros amamos, como ante el recuerdo de una antigua amante, cabe preguntarse qué fue lo que nos capturó, de dónde surgieron su influjo y su hechizo. Pero no se trata de diseccionar una pasión sino más bien de rendir homenaje a los dones recibidos.
En el caso de Miller, no tengo duda de que me sedujo de entrada el carácter testimonial de su obra, esa forma radical de colocarse como personaje central de sus libros. Esta “apelación a la sinceridad” sobre la que se erige su narrativa es, al mismo tiempo, engañosa y seductora. En un momento vital en el que se valoran los hechos por sobre todas las cosas, semejante recurso resulta fascinante. Desde este punto de vista Miller es lo opuesto de Borges, maestro de la fábula, la parábola y la elucubración.
Sin embargo, también entonces me resultaba evidente que las páginas de Miller abundan en mistificaciones, excesos y exageraciones. Así, parte de su originalidad acaso reside en la subversión de un código largamente asentado en la tradición occidental: lejos de proponerse recrear vidas ordinarias –aspiración última de todos los realismos– uno de los propósitos de sus libros es dotarse a sí mismo una vida fabulosa y extraordinaria. Hay, así, una cierta épica –épica nimia, épica de lo cotidiano, si cabe la expresión– en la narrativa de Miller, algo desmesurado y voraz que, sin embargo, tiene lugar en un mundo ordinario y reconocible.
Más precisamente, diría que Miller nos ofrece una picaresca en la que él mismo es el personaje central. Como toda picaresca, la suya tiene lugar en los “bajos fondos” de la sociedad, en su caso la sociedad parisina (y en Trópico de Capricornio, newyorkina) de la primera mitad del pasado siglo. Así surge un retrato de la vida de los suburbios y sus habitantes, un vasto mural en cuyo centro se encuentra siempre el propio Miller: un desgraciado que a menudo no tiene dinero para comer, un hombre “sin oficio ni beneficio” que, al promediar su vida, se encuentra en una intensa –y con frecuencia confusa– búsqueda de sí mismo; alguien para quien la escritura y la creación se anuncian constantemente como una promesa, pero que pasa la mayor parte de su tiempo “sableando” conocidos, divagando sobre temas variopintos o consumando hazañas sexuales a menudo exaltadas por su imaginación.
Si esto fuera todo, la obra de Miller ofrecería una picaresca pero no habría asomo de una épica. Así, más allá de las pequeñas aventuras y desventuras cotidianas, hay al menos dos cosas extraordinarias en este mundo. En primer lugar, existe una confianza casi ilimitada en el porvenir, una fuerza que empuja permanentemente al Miller-personaje hacia delante, por sobre todas las adversidades. Este optimismo tan vital, esta frescura irracional –en el sentido de contraria a toda razón– resultan poderosas y sobrecogedoras. En este sentido Miller es profundamente norteamericano y puede reivindicarse como heredero legítimo de Withman. Por más críticos que sean con su país, este acendrado “vitalismo” es palpable en la obra de otros grandes narradores norteamericanos de la época (Steinbeck, Faulkner, Hemingway, por ejemplo) y acaso traduzca el último resquicio donde anidó el sueño americano.
Emparentado con ese optimismo rabioso e instintivo, la obra de Miller está transida también por un profundo y desafiante anticonvencionalismo que va más allá, mucho más allá de la moral sexual: en sus páginas asoma a menudo una convicción insolente en el sentido del mundo, en el carácter sagrado de la vida y del cosmos. Esa búsqueda de lo “sagrado”, de lo “profundo”, de lo “verdaderamente real” se aparta de filosofías y religiones y asume un carácter personal, aunque a veces asome algún tufillo ocultista... Salvo por este último detalle, la obra de Miller también resuma en este aspecto un poderoso aliento withmaniano.
Así, la picaresca enmascara una suerte de épica trascendental, una búsqueda incesante del sentido manifiesto/oculto del mundo. Dicha búsqueda debe realizarse dentro o a partir de sí mismo, y por ello resulta natural que Miller se erija en personaje central de sus libros.
Para el Miller-personaje la liberación se anuncia como el encuentro y la asunción de su personalidad creadora. Puesto que sabemos que Miller es el autor de lo que estamos leyendo, a los lectores se nos revela desde el inicio el éxito de la épica milleriana. Así pues, la de Miller es, de entrada, una Crucifixión Rosada con resurrección feliz: el viaje a los infiernos del Miller-personaje, narrado en clave de picaresca, con la redención final profetizada y cumplida por las palabras del Miller-escritor...
Según ciertas versiones, el proyecto de los Trópicos contemplaba una tercera obra ambientada en Panamá, en la que Miller recreaba su estadía de algunos meses en esa ciudad, que tituló provisoriamente Trópico Húmedo. Luego, en su periplo francés, Miller extravió el manuscrito, aunque según versiones no confirmadas antes había enviado una copia a un amigo norteamericano que conoció allá... Este hombre, casado con una panameña, tuvo tres hijos, y hay quienes aseguran que el manuscrito aún anda por ahí, rodando de mano en mano...

domingo, abril 06, 2008

DOS APUNTES

“¿Por qué existe el ser y no la nada?”, se preguntaba Heidegger. “Porque el universo no podría no-ser.” Tal vez esta idea solo sea un consuelo para sugerir la necesidad de todo cuanto acontece, empezando por el universo mismo, o acaso nuestras condiciones de existencia determinan todas nuestras posibilidades de pensamiento e imaginación, de modo que la idea del no-ser nos está radicalmente vedada a quienes intentamos pensarla desde el ser. Aún así, hay algo sugerente y –sí– consolador, en la idea de que el universo no podría no ser.

***

Si por “dioses” entendemos entidades imperceptibles con capacidad de obrar sobre lo “real”, no veo ninguna diferencia entre Zeus y la “antimateria”. Al fin de cuentas siempre recurrimos a “lo otro” para intentar explicar “esto”.

lunes, marzo 24, 2008

CICATRICES

Verano. En el ferry que atraviesa el Golfo de Nicoya, una multitud de turistas deambulamos, exaltados y atontados por el sol, por la amplia cubierta. Ropas ligeras, anteojos de sol, cervezas, bronceador y reaggetón. De espaldas a mí, una delgada muchacha recoge su cabello en un moño castaño; el vestido sin tirantes deja al descubierto buena parte de su espalda... Entonces descubro la larga y delgada cicatriz: emergiendo bajo el vestido, corre paralela a la columna vertebral para ir a morir muy arriba, cerca de las cervicales. Es una cicatriz antigua, delgada y discreta. El que la muchacha lleve ese vestido ligero y de espalda descubierta revela que para ella es un asunto del pasado y sin importancia. La muchacha desaparece pronto arrastrada por la marea de turistas. Un rato más tarde vuelvo a verla a lo lejos, ahora en compañía de un muchacho, pero luego los pierdo de vista.
Poco antes de llegar a Puntarenas vuelvo a encontrarla. Otra vez de espaldas a mí, mirando hacia la costa que se acerca. Empujada lentamente por el vaivén de la gente, otra mujer se coloca a su lado, joven y también vestida con una blusa que deja descubierta buena parte de su espalda. Entonces descubro la cicatriz: corre transversalmente en su espalda, de omoplato a omoplato.
Por unos momentos las dos mujeres están una al lado de la otra, las cicatrices contiguas, casi tocándose. Luego se separan sin percatarse de lo que ha ocurrido. ¿Alguien más se percató? Hay algo maravilloso en todo esto, lo sé. ¿Pero qué es? ¿Y cómo escribirlo?

martes, marzo 11, 2008

Creéme, hijo mío: la conciencia de la finitud es algo que crece con los años...

lunes, marzo 10, 2008

ILUMINACIONES (Los días y sus dones, 1980-2001)

En una plaza transitada de la ciudad, un tipo interpreta sonatas de Mozart y conciertos de Beethoven con un piano en ruinas. Reclinada sobre el instrumento, su novia lo mira con ojos enamorados, mientras los viandantes pasan o se detienen brevemente para escuchar… La música le da unidad de sentido a todo lo que sucede en la plaza: el niño que se mira abstraído las rodillas, el borracho tendido, el vagabundo que lanza objetos a las palomas en el árbol para que no ensucien su lugar, el hombre de negocios que se permite unos saltitos juguetones para sorprender a su amada, el ciclista que pasa, en fin… Todos quedamos momentáneamente hermanados por la unidad de sentido, la atmósfera de la música.
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Una flor puede ser una revelación de la verdad del mundo.
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El odio y los resentimientos “ciegan”, el amor revela o ilumina.
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Estoy cansado de andar siempre de puntillas para no despertar a los vecinos.
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A veces un ángel te despierta en la mañana con el roce suave de su voz.
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La cuarta dimensión del espacio es: la mente.
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Es su manera de reaccionar frente al cambio lo que nos revela la naturaleza más íntima de los seres y las cosas.
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Lo angélico y lo demoníaco son dos rostros de una misma cara.
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Hoy se ríen de ti, mañana te temerán.
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Nada más triste que el sexo triste.
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El deseo de compartir es instintivo.
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Ante la imposibilidad del éxtasis contentémosnos con el frenesí.
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Cada instante que pasa, un trozo tuyo queda prendido de la eternidad.
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La voluntad es impulso consciente, despliegue organizado de energía.
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La razón analiza, la intuición sintetiza.
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Poder es la capacidad de realizar deseos, de concretar intenciones.
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Inteligencia es el arte de transformar las debilidades en fortalezas.
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Mucho de lo que llamamos "inteligencia” no es otra cosa que valor.
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Creeré en la inteligencia artificial cuando se invente una computadora capaz de reir.
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El mundo es un perfecto y perpetuo coito, un acto de amor y voluptuosidad.
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No hay cosa que los latinoamericanos nos tomemos más en serio, que la diversión.
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Las agujas del reloj se abren como las piernas de una puta.
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Las dos caras de la luna se dan la espalda.
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El riesgo de tomar el cielo por asalto, es que en el asalto lo podemos incendiar.
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El mundo está rompiendo sobre mi cabeza.
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Me estoy naciendo a pedazos…
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A veces somos fascistas con nosotros mismos.
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Amigos son los que se alegran de que me vaya bien; enemigos, de que me vaya mal.
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La fuente de mis penas mana dolores azules como llamas.

viernes, febrero 29, 2008

ALGO SOBRE LO OBSCENO (A propósito de la muerte de Hermann)

A veces la muerte trae consigo algo obsceno. No digo que siempre sea así: hay muertes naturales, razonables, quizás incluso elegidas y deseadas. Puede haber también –las hay sin duda- muertes injustas, indignantes, repulsivas, como las de los niños y los civiles en las guerras. En fin, el reino de la muerte es amplio, y no es del caso explorarlo aquí. Pero los obsceno propiamente no siempre viene con la muerte. Solo a veces.

Hace un par de semanas murió mi amigo Hermann. Hermann –hombre culto, inteligente, agudo– hablaba varios idiomas, era fanático del rock (de cierto rock, por supuesto) y lector voraz. Desde hace años era también un hombre de Internet, si cabe la expresión. De hecho, cuando descubrió la red, se dedicó durante algunos años a explorar sus posibilidades. Estuvo convencido de que los medios electrónicos transformarían la literatura de manera radical e irremediable. Exploró –no sé hasta dónde- las posibilidades del hipertexto, los relatos de múltiples finales, el papel de co-creador que, mediante los medios electrónicos, el lector podría adquirir. Yo no lo seguí en ese camino y no sé, por eso, hasta dónde llegó su exploración. Curiosamente nunca tuvo un blog. Hasta este año, hasta enero de este año... La suya fue una muerte repentina, inesperada. Una noche se sintió un poco mal y se fue a acostar. No se levantó más.

Tras su muerte, visito su blog: http://nosetos.blogspot.com/

Visitarlo me produce una sensación extraña, profunda, indefinida. Es peor que visitar la casa de alguien que recién murió. Hay algo obsceno aquí, pero no sé muy bien en dónde ni cómo definirlo.

¿No hay forma de poner una cruz en el blog? ¿Nadie puede agregar un último post para explicar que el autor murió? ¿Cuánto tiempo permanecerá en línea esto? Y quienes lo visiten sin saber que Hermann murió, ¿qué pensarán? ¿Qué se dirán? ¿Ni una explicación, nada?

Lo obsceno, si entiendo bien a Coetzee en “Elizabeth Costello”, es “mostrar aquello que jamás debió mostrarse”. Pero, a la luz de esto, habrá que decir también: obsceno es no mostrar aquello que debe ser mostrado.

martes, febrero 26, 2008

Lo importante no es nuestra historia, sino lo que hagamos con ella.

miércoles, febrero 20, 2008

QUE MALA COSTUMBRE TIENE LA GENTE

“Qué mala costumbre tiene la gente
de morirse

Y lo peor de todo:

Es contagiosa...”

Con su buen humor amargo
lo hubiera podido decir mi amigo Hermann
con motivo de mi muerte
de no ser porque la muerte lo encontró
primero a él:
un buen tipo por todos los costados
otro de los míos que se va

No se acostumbra uno

No se acostumbra al hecho simple
de que la gente viene y se va

Venimos y nos vamos

Según parece es un vicio
viejo como la humanidad

lunes, febrero 11, 2008

FINALE ENERGICO

Toda la música vino a crear
este océano instantáneo y repentino

de silencio

no se debilita
no se contamina

Crece y profundiza
adentro

martes, enero 29, 2008

Infierno

Donde los cerdos comen
cadáveres de perro
Y las mujeres
paren con espanto

viernes, enero 25, 2008

Una estrategia narrativa

“Yo sé que Uds. imaginan que enseguida va a ocurrir esto y esto y esto, pero no, no es eso, se equivocan, van a ver lo que les tengo reservado...”

lunes, enero 14, 2008

HUMANOS (Los días y sus dones, 1980-2001)

Ser conscientes de nuestra irrisoria pequeñez sabiéndonos partícipes de la gran Danza universal: esa es nuestra grandeza. Solo por eso, si existen, los dioses y los ángeles han de considerarnos con ternura y condescendencia.
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De todos las formas que conozco para aludir a eso que nos distingue –mente, espíritu, alma, etc.–, “la imaginación creadora” es la que más me gusta y con la que mejor me identifico, pues presupone todas nuestras otras facultades: el pensamiento, la palabra, la conciencia, e incluso nuestras habilidades técnicas y manuales –el homo faber–. Además, acentúa la relación dialéctica entre lo “material” y lo “espiritual” y la importancia de la imaginación en la aventura humana. Somos, pues, producto y agentes de la imaginación creadora, o para decirlo en términos de hoy, somos sujetos de la imaginación creadora.
***
Los humanos somos bichos desequilibrados.
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Abolir la contraposición excluyente entre Naturaleza y Cultura, reasumir nuestra condición de "creaturas" y entender, así, lo humano como un ámbito de lo natural, de la Naturaleza.

jueves, enero 10, 2008

Otro sueño

Más allá (o más acá) de la trama inter-subjetiva que tomamos por “la realidad” –marasmo de recuerdos, mandatos, impresiones, esperanzas y temores que se transmiten en el lenguaje– algo real asoma a veces en nuestra experiencia cotidiana e incluso lo rozamos.

miércoles, enero 09, 2008

SUEÑO

Sueño que visito la tumba de Rubén Darío. Está en mitad de un parque boscoso a donde llegamos por la noche, ruidosamente, con un grupo de amigos. El parque está ocupado por miserables y seres marginales que viven ahí. Al principio me intimidan pero luego comprendo que no se meten con nosotros. Llegamos a la tumba, una especie de mausoleo lleno de colores, donde la gente ha hecho manifestaciones y homenajes espontáneos al poeta. Evoco sus versos: Yo soy aquel que ayer no más decía / el verso azul y la canción profana / en cuyo pecho un ruiseñor había/ que era alondra de luz por la mañana. Me invade una música plena, sinfónica, que luego transporto a melodía para flauta. Pienso en un fauno

miércoles, diciembre 26, 2007

LAS SEÑORAS DECENTES NO PELAN LA YUCA

Las señoras decentes no pelan la yuca
porque es sucia
y trae en su cáscara tierra olorosa
que les estropearía las uñas

Y porque es gorda y larga
como falo de elefante

Las señoras decentes no pelan la yuca
porque para hacerlo se requiere un cuchillo
grande y plateado
como los que utilizan los borrachos
para pelear en las madrugadas


Las señoras decentes no pelan la yuca
porque hacerlo requiere destrezas
que nadie jamás les transmitió
Y porque tienen empleadas domésticas
que si es necesario
lo hacen por ellas

Salvo en raras ocasiones
(cuando van de paseo y en una cantina
su marido pide “boquita de yuca con frijoles”
o en un restaurante a la orilla de la carretera
la esposa de un amigo pide una olla de carne)

las señoras decentes ni siquiera comen yuca

¡Pobres!

No saben de lo que se pierden.

domingo, diciembre 23, 2007

"Te llevaré en mis ojos"

Se siente uno tentado de decir que existe algo así como “la novela de la media vida”. Ya Dante había iniciado el más célebre de sus viajes con el no menos célebre verso “En mitad del camino de la vida....” Y como él, son muchos los autores que, en un momento de su trayectoria vital, sienten la urgencia de ensayar un balance de lo acontecido. Para efectuar dicho balance, debe haber transcurrido suficiente tiempo para que los sueños de la juventud hayan quedado atrás. Así el hombre –o la mujer– en trance de asumir su madurez, su adultez o cualquiera otra de las palabras indecorosas que existen para designar esta etapa en la que ya no podemos afirmar sin ruborizarnos que somos “jóvenes”, se mira en el espejo de sus años mozos para ensayar un careo entre el joven que se fue y el hombre –o la mujer– que se es. En algunos casos dicho careo es estrictamente personal, en otros desborda al individuo para convertirse en el balance de los sueños, aspiraciones y anhelos de un grupo. Este último es el caso de la novela Te llevaré en mis ojos, del escritor costarricense Rodolfo Arias Formoso, publicada recientemente en coedición por la Editorial Legado y la EUNED.
El grupo en el que Arias Formoso centra su atención es el de los jóvenes que apostaron por la revolución social durante las décadas de los años 70 y 80 del siglo pasado, esa generación a la que, en el clímax de su amargura y desencanto, Sergio Ramírez denominó “la generación traicionada”. La novela, entonces, nos presenta la vida de un grupo de personajes durante un lapso que se extiende desde mediados de los años 70 hasta finales de los 80, período en el que se desarrollará la juventud y lo que podríamos llamar la “entrada en la madurez” de los personajes, y que desde el punto de vista histórico abarca el punto más alto de los movimientos insurreccionales y revolucionarios en América Central, incluyendo el triunfo de la revolución sandinista, el apogeo de la guerra civil en El Salvador y la contrarrevolución nicaragüense, hasta la caída del régimen sandinista y el colapso del mundo soviético. En el caso concreto de Costa Rica, ese momento histórico inicia poco después del célebre movimiento juvenil contra la compañía ALCOA, pasando por el crecimiento de los movimientos revolucionarios o izquierdistas que tuvo su expresión en la alianza electoral que se denominó Pueblo Unido, hasta la crisis, división y virtual desaparición del Partido Vanguardia Popular. Otras novelas costarricenses que han abordado más o menos la misma temática son Desconciertos en un jardín tropical de Magda Zavala, Los ojos del antifaz de Adriano Corrales Arias y –hasta cierto punto– Cruz de Olvido, de Carlos Cortés.
En el caso de Te llevaré en mis ojos, los personajes que nos guiarán por ese tiempo y por esos mundos, son en su mayoría jóvenes universitarios de las clases medias urbanas. En este sentido, el autor reconstruye con propiedad y solvencia los valores, las creencias, los hábitos y prácticas, el habla, los juegos –en resumen– el modo de vida de ese sector de la sociedad costarricense a fines del siglo pasado. En el curso de sus mas de 450 páginas, personajes, sucesos y sitios históricos se mezclan y confunden convincentemente con otros ficticios, sin que en ningún momento el lector se sienta confundido sobre el “estatuto” de lo narrado. Así, en algunos momentos los personajes interactuarán con Joaquín Gutiérrez o Manuel Mora, para no mencionar al propio autor, o bien con otras personalidades de aquellos años claramente identificables, aunque sus nombres fueran cambiados.
Compuesta sin mayores alardes ni complicaciones formales, la novela se deja leer con facilidad en virtud de una trama en la que nunca decae el interés –en donde el amor, el extravío y la redención de los personajes funcionan como motor y acicate- y de un lenguaje al mismo tiempo vivaz y sencillo.
Hasta cierto punto, esta tercera novela de Rodolfo Arias –la más extensa de todas las que ha escrito hasta hoy– puede vincularse con lo que algunos estudiosos han denominado “la novela de la postguerra” centroamericana, pero Arias Formoso parece más interesado en ensayar este “balance de media vida” del que hablábamos al inicio, que en dibujar los contornos de la sociedad al cabo de dicho momento histórico, ese “paisaje después de la batalla” que vendría a ser, con mayor propiedad, la novela de postguerra.
Como ocurre con casi todas las miradas retrospectivas, aquí también el pasado resulta enaltecido por la nostalgia, y esto tanto en el plano personal –qué generosos y nobles fuimos (también ingenuos)– como en el plano social –qué diferente el país de entonces del de hoy; cuánto se ha degradado la situación–. En este sentido, aunque pueda parecer contradictorio, creo que Te llevaré en mis ojos termina siendo tributaria de algunos de los mitos fundantes de la sociedad costarricense: el pasado apacible, el igualitarismo de clases medias, etc.
Novela de una generación, novela de media vida, Te llevaré en mis ojos es, también, una de esas novelas en las que el Tiempo es en última instancia el protagonista y el asunto fundamental: ¿quiénes somos y dónde estamos hoy los que antes fuimos aquello y estuvimos allá? Perplejidad ante el tiempo, perplejidad ante el ser humano y su manera de adaptarse y reaccionar a los cambios. Rodolfo Arias Formoso formula estas preguntas para un grupo humano en particular y en un tiempo específico, pero más allá de esto, en las páginas de su novela todos podemos asomarnos al vértigo del tiempo, de la existencia que fluye y de las constantes decisiones que la vida nos obliga a tomar.

lunes, noviembre 19, 2007

Por qué no soy chavista

Es comprensible que ante las seculares y odiosas inequidades sociales de América Latina, aquellos políticos que despliegan un discurso que apela a la justicia social y a la mínima equidad, despierten las esperanzas de millones y ganen la adhesión de quienes se encuentran descontentos o indignados con el estado de cosas. Más aún si esos políticos son capaces traducir en acciones sus palabras. Soy de los que creen que Hugo Chávez es uno de ellos. No hay duda de que bajo su régimen, las transferencias directas e indirectas a los sectores más carenciados de la sociedad venezolana se han multiplicado. Por primera vez millones de venezolanos acceden a bienes y servicios básicos en el área de la salud, la nutrición y la educación. Por ello tampoco dudo de la legitimidad con que Chávez ha sido electo y reelecto, para escozor y escarnio de sus opositores internos y externos. Quienes pretenden desacreditar a Chávez aduciendo que sus programas sociales descansan en la bonanza de los precios internacionales del petróleo, deben recordar que no es la primera vez que sobreviene una bonanza como esta, pero sí la primera ocasión en que se ponen en marcha programas como estos en la escala en que Chávez lo ha hecho. El colapso del sistema político venezolano, de cuyos escombros emergió Chávez, debe llamar a sus colegas latinoamericanos a la más profunda reflexión. Ya Evo Morales puso en evidencia que el impuesto que se cobraba a las transnacionales por la extracción del gas boliviano, era cerca de ocho veces (800%) menor de lo que podía cobrárseles sin que el negocio dejara de ser rentable para ellas. Este dato ilustra mejor que ningún otro la corrupción de las elites políticas latinoamericanas.

Desacreditar a Chávez tildándolo simplemente de “populista” tampoco tiene sentido. Tengo la impresión de que el término “populista”, como todos los demás referentes ideológicos, ha perdido casi todo su sentido en el momento actual. Si Chávez es “populista”, no lo son menos los políticos tradicionales del resto de América Latina, a quienes en vísperas de elecciones vemos repartiendo alegremente ayudas sociales. La exsenadora, hoy presidenta electa de Argentina, es un ejemplo inimitable de ello.

Tampoco me parece suficiente desacreditar a Chávez por su estilo. Ya está escrito que sobre gustos no hay nada escrito, y si a mí personalmente no me agrada su chabacanería ranchera o su insaciable búsqueda de protagonismo, entiendo que haya otros a quienes eso les resulte atractivo.

Mi rechazo a Chávez y a lo que significa y representa, nace de la convicción de que los únicos cambios relevantes y perdurables, son aquellos que transforman la cultura de un pueblo; en el caso de un fenómeno político, aquellos que logran transformar su cultura política.

Y mucho me temo que, en este campo, el “fenómeno Chávez” lejos de constituir un avance, representan un estancamiento o una involución de la cultura política en América Latina. Bajo el chavismo –como bajo el castrismo o el peronismo en su momento– lejos de “empoderarse” a los humildes –como ingenuamente creen algunos– se fomentan el servilismo, el sometimiento y la adulación; lejos de fortalecerse la autonomía, la capacidad de representación y de gestión de los sectores socialmente vulnerados o disminuidos, se los convierte en comparsas –indistintamente iracundos o entusiastas– de un “gran líder” presuntamente infalible, al que se debe obediencia ciega y admiración sin límites. Es cierto que se crean nuevas organizaciones sociales y políticas y que se transforman las antiguas, pero todo el sistema se organiza en función y gira alrededor de la figura, ya no del “rey sol” como la Europa absolutista, sino del “gran líder.” Así pues, lejos de empoderamiento y dignificación, lo que veo aquí es sometimiento y enajenación. Eso sí –pues todo hay que decirlo–, la diferencia es que en regímenes como el de Chávez hay al menos un reconocimiento de la existencia de estos sectores, algo que en muchos países el sistema político tradicional ni siquiera llega a articular.

Resulta sorprendente que no se haya señalado suficientemente los paralelismos entre Chávez y Perón. Y resulta sorprendente que, quienes hoy se apresuran a aplaudir a Chávez, a reír sus gracias o a mendigar sus favores, se las arreglen para olvidar la suerte del peronismo tras la desaparición del “gran líder”. Sabedores de que en estos casos nunca es más cierto el refrán de que “muerto el perro se acabó la rabia”, los Estados Unidos han apostado, una y otra vez, a la eliminación física de los “grandes líderes” de estos movimientos. Lo intentaron con Fidel Castro centenares de veces y lo intentarán tarde o temprano con Chávez. Al final Castro morirá de viejo y puede que Chávez también lo haga en el poder. Pero esto no cambiará la suerte de sus regímenes, condenados desde su origen a extinguirse con ellos.

miércoles, octubre 31, 2007

Un grafiti en San José

Como tantas ciudades del mundo, San José ha crecido caótica y sin planificación. Allá por los años 60, en medio del apogeo desarrollista, cuando el Estado se ufanaba de ser amo y señor de la vida nacional, se realizaron algunos esfuerzos significativos de planificación urbana. Así, el distrito de Pavas tiene un sector eminentemente industrial. A los costados de la línea del tren se edificaron numerosas fábricas; buena parte de los trabajadores y trabajadoras que laboran en ellas viven no muy lejos, en las populosas barriadas de Pavas.

A menudo me toca transitar por ahí. Hace meses descubrí en las inmediaciones de las plantas industriales, en uno de los muros que flanquean la vía férrea, un graffiti que desde el inicio atrapó mi imaginación.

Dice así:

Yolanda M. te amo
Tu esposo


Está escrito con pintura blanca y grandes letras de molde. A su lado hay otras leyendas de amor y, si no recuerdo mal, algunas de fútbol, otras de política y, desde luego, palabras obscenas.

Declaraciones públicas de amor abundan por toda la ciudad y en todas las ciudades, pero nadie dudará de que lo que distingue al graffiti en cuestión es su segunda línea: “Tu esposo”.

Se supone que uno hace estas cosas cuando está locamente enamorado, cuando pretende impresionar o seducir a la amada, cuando desea que el mundo entero se entere de su amor... Pero proclamar de esta manera el amor cuando el matrimonio se ha consumado es, por decir lo menos, original.

¿Lo escribiría un esposo enamorado para conmemorar un aniversario de bodas? Puede ser. Pero a mí me sugiere más bien un drama pasional. Adivino algo de ruego, de reclamo, de desesperación, en las palabras de alguien que primero afirma “te amo”, y luego suscribe “tu esposo”. No es difícil imaginar el drama, por lo demás demasiado frecuente en estas latitudes.

Aventuro que Yolanda M. trabaja o trabajaba en alguna de las fábricas cercanas y que discutió amargamente con su esposo. ¿La habrá golpeado el hombre? ¿Se habrá perdido varias noches tras embarcarse en una francachela heroica con sus compinches de siempre? No lo sabemos. En todo caso, es probable que ella lo expulsara de la casa con la policía o hiciera que los juzgados interpusieran medidas cautelares que le impedían a él acercarse. Ante esto, en un intento desesperado por reconciliarse con ella y reconquistar su amor, el hombre pidió a algún amigo que lo acompañara una noche de esas a escribir el graffiti cerca de la fábrica donde trabaja o trabajaba ella. No descuidó la ruta por la que su mujer solía acercarse al trabajo y escogió el sitio más visible, en lo alto del muro. Las letras grandes hablan de su resolución, quizás también de su arrepentimiento. Así estampó el testimonio de su amor y esa patética –y hermosa– forma de reafirmar el vínculo matrimonial que los unía o los une todavía.

Recuerdo aquella hermosa película francesa de los años setenta, “Madame Rosa”, en la que la protagonista, una vieja exprostituta interpretada magistralmente por Simone Signoret, cría a varios niños semiabandonados y los somete a una intensa educación sentimental. Las últimas palabras que la mujer dirige a uno de los jóvenes, poco antes de morir, son simples y elocuentes: “Hay que amar.” Con esa frase enorme termina la cinta.

El drama de la masculinidad en América Latina es antiguo y sus expresiones diversas y a menudo patéticas. Una de ellas es el machismo y la violencia sistemática contra las mujeres. La otra es el síndrome de la super-mamá, la madrecita, la jefecita, como la llaman en México, la patrona, en fin... Llámela como prefiera. “Hay que amar”, es cierto. Y cuánto urge, qué necesidad tan profunda existe de una “pedagogía del amor”, de una educación sentimental.
Y sin que pueda precisar por qué, el grafitti de Pavas me recuerda de golpe, cada vez que paso por ahí, todo este asunto.

martes, septiembre 11, 2007

A SU IMAGEN

La forma pelotuda de interpretar la frase bíblica, es representarnos a Dios como un viejo barbudo, y a nosotros hechos a su imagen y semejanza.

La otra, inquietante y bella -explorada desde la antiguedad por múltiples aproximaciones-, es interpretar que nuestro cuerpo es espejo del Cosmos, y que los grandes principios y fuerzas que modelan uno, tienen expresión y correspondencia en el otro.

viernes, agosto 31, 2007

IMÁGENES SIMBÓLICAS

Los mitos y los sueños, la poesía, la narrativa y las artes representativas -de la pintura al cine-, tienen en común la recurrencia de ciertas imágenes. En el caso de la literatura estas imágenes pueden emplazarse en el entramado argumental -y entonces operan alegóricamente- o bien pueden emplazarse en la frase -y en ese caso operan como metáforas-. Ejemplo: Un personaje puede llegar a una casa maltrecha (función alegórica) o puede sentirse "como una ruina" (función metafórica). La imagen simbólica es la misma.
Todo esto da solidez a la idea de que la imaginación opera como "matriz" o principio organizador de la conciencia. Es a partir de ciertas imágenes -ciertos conjuntos dinámicos de imágenes- como se organizan la conciencia y el pensamiento -incluido el pensamiento puramente conceptual.
Sin pretender ser exahustivo ni entrar a debatir acerca de su universalidad, estas son algunas imágenes recurrentes:

Direcciones:
Arriba, abajo... Naciente, poniente...

Cuerpos y fenómenos celestes:
El Sol, la Luna y su ciclo, relámpago, Lucero del Alba, estrellas, cometas, eclipses, arcoiris...

Estaciones:
Primavera, otoño, verano, invierno...
Metales:
Oro, plata, bronce, hierro, mercurio...
Piedras:
Diamante, jade, obsidiana, cuarzo...
Horas del día:
Día/luz, noche/oscuridad, alba, mediodía, ocaso...

Elementos:
Agua, fuego, aire, tierra...
Colores:
Dorado, rojo, verde, azul, blanco...

Paisajes, geografía:
Mar, cordillera, montaña, desierto, pantano, llanura, bosque, cueva, selva, isla, río, precipicio o abismo...

Catástrofes:
Erupción volcánica, terremoto, tormenta, inundación, incendio...

Climatología:
Tormenta, lluvia, niebla, viento, granizada o nevada, nubarrones, cielo despejado...

Ciclo vegetal:
Arbol, raíz, flor, fruto, semilla...
Ciclo animal:
Huevo, capullo/mariposa, gusano...
Mundo vegetal:
Ceibo, cedro, roble, fresno, laurel, maíz, trigo, arroz, fruta-pan, rosa, trepadora, hongos...
Cuerpo humano:
Huesos, calavera, sombra, seno, falo, espalda, cabellos, mano, ojo...
Figuras geométricas:
Círculo y esfera, triángulo y pirámide, espiral y laberinto, cruz...
Animales:
Serpiente, pájaro -águila, quetzal, colibrí, cuervo-, murciélago, toro, caballo, león, zorro, lobo/coyote, cerdo, mono, lagarto, tortuga, gato, perro, ratón... Eterna compañía, espejo irremediable, los animales y las plantas revelan la permanencia y a la vez la relatividad histórico-cultural de las imágenes simbólicas: los elefantes sólo son símbolo de algo en la India y en África, y el maíz en mesoamérica...
Insectos:
Araña, escorpión, escarabajo, avispas, abejas, hormigas...

Oficios:
Agricultura, cacería, pesca, pastoreo, hilandería y tejido, alfarería, navegación, guerrero...
Aunque en el mundo "moderno" algunos de estos oficios pueden resultar lejanos, la riqueza de imágenes que ofrecen es virtualmente ilimitada y las utilizamos y recreamos sin cesar.

Alimentos:
Maíz, aceite, miel, leche, pan, vino...

Arquetipos humanos:
Madre, rey, sacerdote u oficiante, guerrero, princesa, consejero, peregrino o caminante, bruja o alquimista (que interroga y manipula la materia), juglar, místico/vidente, ermitaño, loco, bufón, pícaro/malandro, puta...

Ciudades, pueblos:
La ciudad deseada o buscada, la ciudad de perdición, el pueblo perdido o no-lugar

Elementos arquitectónicos:
Casa, torre, castillo, catedral, cúpula, techo, puerta, ventana, escalera, quicio o umbral...
Otras construcciones:
Pozo, túnel, fuente, tumba, huerto o jardín, puente, camino...
Convulsiones sociales:
Revuelta o alzamiento, peste o epidemia, migración, hambruna, guerra...
Objetos:
Cofre, barca, copa, corona, anillo, moneda, cuchillo, espada, flecha, máscara, espejo, tijera, aguja, bastón, llave, libro...
Acciones:
Caer, levantarse, volar, dormir, despertar, nacer, morir, extraviarse, buscar...
Así pues, utilizamos incesantemente imágenes del mundo que nos rodea para representar, expresar, comunicar intuiciones, situaciones, relaciones, procesos, cualidades, estados, momentos... En síntesis: para representar nuestro espíritu, nuestro ser en el mundo. A todos estos elementos de la naturaleza o de fabricación humana, hay que agregar aquellos seres y animales fantásticos construidos a partir de la fusión o mezcla de elementos tomados de la realidad -Dragón, Pegaso, Centauro, Sátiro, Mandrágora, el Árbol de las Calaveras, etc., etc., etc- que cumplen la misma función.

miércoles, agosto 15, 2007

LO QUE NOS CUENTA LA LITERATURA

Hace más de veinticinco años, cuando era un muchacho, comencé a escribir cuentos y poemas sin saber muy bien por qué lo hacía. Sentía la urgencia y la necesidad imperiosa de hacerlo y no tenía razones ni deseaba privarme de ello... Con frecuencia me pregunto –y me preguntan– de dónde y porqué surgió esa necesidad o ese deseo. Luego de darle muchas vueltas he llegado a la conclusión de que hubo varias razones que me trajeron a la literatura.
Sin embargo, para hablar de ellas es necesario remontarnos todavía un poco más en el tiempo, hasta ese período un tanto indefinido que llamamos “la adolescencia”. Si me veo como entonces, diría que era un adolescente confundido y desubicado: no sabía lo que quería estudiar ni hacer en la vida pero en cambio sabía que no quería trabajar en una oficina. Sentía desprecio por muchas cosas que la mayoría de la gente consideraba respetables, pero al mismo tiempo mis intereses eran confusos y vagos: me gustaban los carros, me gustaba el fútbol, había sentido atracción por la arqueología pero me desanimaba el rigor de las ciencias... Mi experiencia familiar había sido traumática, de modo que tampoco fantaseaba con una familia ni nada por el estilo. Tal vez, de una manera vaga, quería conocer el mundo, pero diría que ante todo necesitaba desentrañar mi propio mundo emocional, que se me presentaba como algo caótico.
Sufría, es la verdad.
Sufría por desconocer mi lugar en el mundo; sufría por pensamientos y emociones de muerte y destrucción que me asaltaban cuando menos lo esperaba. Y sufría porque, en muchos sentidos, me sentía aislado de los demás.
Había en mi casa familiar una biblioteca pequeña pero con buenos títulos. Tanto mi madre como mi padre y mis hermanos han sido lectores toda la vida. Sin mayores expectativas me acerqué a los libros, algo que prácticamente no había hecho hasta entonces.
Jamás olvidaré la tarde en que tomé en mis manos por primera vez “El Extranjero”, la novela de Albert Camus. Recuerdo vivamente la impresión que me produjo la frase inicial: “Hoy ha muerto mamá. O quizás ayer. No lo sé.” Tenía entonces alrededor de 15 años. Sentí un estremecimiento profundo y no pude dejar de leer durante varias horas, hasta estar tan conmovido y excitado, que tuve que salir de la casa a refrescarme. Había anochecido y los muchachos del barrio estaban reunidos frente a una de las casas del vecindario. Me acerqué a ellos –mis amigos más cercanos– y traté de comunicarles lo que me había ocurrido, pero de inmediato tuve la certeza de que no podría explicar lo que esa lectura había significado para mí.
¿Qué había significado aquella lectura?
Hoy diría que, en esas páginas, encontré algo que revelaba mi propio mundo interior. El caos, la confusión, el sufrimiento que yo no tenía palabras para nombrar, para comprender, para interpretar, había sido expresado antes por alguien, y al leerlo yo reconocía algo de mi propia experiencia. Esa lectura me ayudaba a entenderme y a explicarme como individuo. Además, me procuraba el inmenso alivio de sentir que no estaba completamente solo y que otros habían vivido o experimentado cosas semejantes.
Comencé a leer con avidez los libros que había en la casa. Muchos eran de autores del llamado boom latinoamericano –Cortázar, Carpentier, Vargas Llosa, García Márquez, Ernesto Sábato–. Me sumergí en ellos con esa furiosa avidez que experimentamos solo cuando creemos haber dado con nuestra salvación. Una y otra vez reviví la sensación que sentí leyendo “El Extranjero”: en la vida de los personajes sobre los que trataban esos libros, encontraba reflejos de mi propia experiencia y eso me procuraba el doble alivio de empezar a descifrar ese mundo interior que se me presentaba dolorosamente caótico, y de sentir que mi experiencia personal era semejante a la de otros.
Pero en aquellos libros encontraba también otras cosas. Encontraba juegos provocadores, imágenes deslumbrantes, chistes y paradojas, ideas complejas sobre la muerte, la vida y la sociedad; encontraba paisajes de tierras lejanas o de sociedades ya desaparecidas; encontraba costumbres y formas de hablar distintas de las mías... Encontraba, en fin, experiencias diferentes de la mía que me asombraban y me enriquecían. Así pues, en la experiencia iniciática que fueron para mí esas lecturas, encontré una revelación tanto de mi propio mundo interior –que me era hasta cierto punto opaco y desconocido–, como de otros mundos distintos que, al develárseme, me hacían más conciente de mi singularidad y de la diversidad humana.
Esas lecturas marcaron mi vida. De ahí nace mi deseo de escribir; más aún, mi deseo de convertirme algún día en escritor.
La devoción con que leí esos primeros libros rara vez la he igualada. En todo caso, conforme los años pasan, son cada vez menos las lecturas capaces de producir en mí un estado de trance como el que experimenté entonces.
La elección de esta palabra no es inocente. En la experiencia del trance somos poseídos por otro ser –generalmente de naturaleza espiritual– con el que establecemos una identificación profunda pero también transitoria. De tal identificación salimos transformados.
La lectura tiene algo de hipnótico y puede inducir un trance, un estado de suspensión del propio ser y de posesión por otro ser u otros seres –los personajes– al cabo del cual tenemos la sensación –difícil de definir, pero que estoy seguro todos los lectores han experimentado– de que ya no somos los mismos, de que algo en nosotros se transformó como por efecto de una revelación.
La posesión que sufre don Alonso de Quijano, mejor conocido como Don Quijote de la Mancha, es una parodia –es decir, una caricatura– de lo que nos ocurre a todos los lectores, pero lo resume bien. La lectura de un libro que nos ha conmovido modifica algo en nosotros. No se trata solamente, como le sucede a don Alonso de Quijano, de emular o imitar a los héroes de los libros. Al colocarnos en otra perspectiva o en situaciones nuevas o insólitas, la lectura enriquece nuestra experiencia vital y nos transforma.
Todo lo anterior para decir que, antes que escritor, soy lector. Mi deseo de escribir nace de mi deseo de producir en quienes me leen una emoción semejante a la que experimenté yo en aquellas lecturas. Creo que esa es la más alta aspiración que puede proponerse un escritor: deseamos ser leídos como leímos nosotros a aquellos escritores a quienes amamos.
Lo anterior dice mucho de mis motivaciones para convertirme en escritor, pero no es tan evidente que diga algo acerca de lo que nos cuenta la literatura. Sin embargo, si examinamos con mayor atención lo que me ocurrió entonces, tal vez encontremos algo que vaya más allá de mi experiencia personal.
***
A lo largo de mi vida me he preguntado muchas veces qué es un ser humano. En busca de respuestas podemos acudir a diferentes disciplinas que consideran o definen al ser humano desde un punto de vista particular. Así por ejemplo, podemos ensayar una definición del ser humano desde el punto de vista anatómico, fisiológico, antropológico, filosófico, sociológico o religioso... Cada una de estas disciplinas nos propone su definición del ser humano. Sin embargo, cuando nos enfrentamos a ellas, nos dejan la impresión de que resultar groseramente incompletas por haber sido formuladas desde una disciplina particular.
En algunos videos didácticos que realicé para organizaciones de derechos humanos intenté acercarme al asunto de una forma puramente descriptiva, mostrando que –con independencia de nuestra cultura, de nuestra edad, de nuestra posición social o del momento histórico en que nos toque vivir–, los seres humanos hablamos, reímos, bailamos, lloramos, hacemos música, necesitamos alimentos y los cocinamos, necesitamos vestimentas y guarecernos de las inclemencias del tiempo. Podemos afirmar también que todos conocemos, en alguna medida, sentimientos como el amor, el odio, la envidia, la alegría, el temor a lo desconocido y a la muerte... Todo esto lo tenemos en común con nuestro vecino y con un neandertal que vivió hace 35,000 años, con un babilonio, un chino o una egipcia que vivieron hace 3500 años, con un campesino maya que se deslumbró ante el esplendor de Tikal o con los gitanos y judíos que murieron asesinados en los campos de exterminio.
Para un pececito de arrecife, su hábitat o territorio vital son unos pocos metros cuadrados en torno a la piedra donde tiene su refugio; para una manada de monos cariblancos ese territorio se amplía hasta unos cuántos kilómetros y para un jaguar es de alrededor de cien kilómetros cuadrados. Pero nuestro territorio vital –o si se prefiere, nuestra comarca existencial– se extiende a todo el Universo, sea cual sea y por vaga que resulte la idea que tengamos de él. Para bien o para mal sabemos que estamos aquí, en esto que no sabemos muy bien qué es. Sabemos que la vida es transitoria y que moriremos.
Otra característica singular de los seres humanos es que, inevitablemente, tenemos juicios de valor, es decir, ideas acerca de lo que es bueno y es malo, correcto e incorrecto... Es significativo que en el Génesis bíblico, la pareja primordial adquiera en el mismo acto la conciencia, la conciencia de la Muerte y la conciencia del Bien y del Mal. Lo que en el lenguaje de los mitos se nos dice aquí, es que la conciencia es conciencia de la Muerte y al mismo tiempo conciencia de que existen “actos buenos” y “actos malos.”
Preguntarnos si las ideas del bien y del mal son relativas y están sujetas a la historia y a la cultura es otro asunto –o asunto de otra discusión–, pero los seres humanos “estamos obligados” a realizar juicios o valoraciones acerca de nuestros actos y los actos de nuestros congéneres. Ser conscientes del Bien y del Mal nos obliga a elegir. Hace más de medio siglo los filósofos existencialistas expresaron esta idea mediante la provocadora frase: “Estamos condenados a ser libres.”
No hay duda de que otras criaturas del planeta realizan algunas de las actividades mencionadas arriba. Como se sabe, hay pájaros que danzan y cantan, mamíferos que construyen madrigueras y cientos de especies se comunican mediante sistemas de señales y signos más o menos complejos. Sabemos que muchas especies tienen una vida emocional compleja y desarrollan poderosos vínculos entre los miembros de la manada o el grupo, pero hasta donde sabemos, ninguna otra criatura comparte nuestra conciencia de estar en el Cosmos, así como tampoco de la Muerte, del Bien y del Mal.
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Creo que la literatura es ante todo la expresión de un estado de perplejidad por la condición humana. La chispa de donde surge la literatura es la necesidad imperiosa de compartir esa perplejidad por nuestra paradójica y singular condición. La literatura es siempre un intento de transmitir y compartir tal estado.
La perpetua fascinación de los niños no es otra cosa que una forma de perplejidad. Sin embargo, mientras la palabra “fascinación” nos remite a un estado de embelesamiento o puro asombro, la “perplejidad” recupera algo de la violencia y la incertidumbre propias de nuestra experiencia.
La perplejidad es un asombro lúcido y supone algo más que el puro embelesamiento: impone en nosotros cierto distanciamiento de lo que vivimos y nos coloca en una situación en la que somos, al mismo tiempo, sujetos y espectadores de una situación.
Todas las criaturas estamos sometidas a la incertidumbre y debemos lidiar con ella. No sabemos si viviremos mañana; ignoramos si la enfermedad o el infortunio se abatirán sobre nosotros o si por el contrario un golpe de fortuna nos asegurará el sustento durante cierto tiempo. Pero a esta incertidumbre que compartimos con los restantes seres, nosotros debemos agregar la incertidumbre sobre la naturaleza de nuestros actos y sobre sus consecuencias últimas. La literatura surge de la perplejidad por nuestra condición y por las responsabilidades que derivan de ella, y pretende contagiar a los lectores de un estado parecido.
Los detonantes de nuestra perplejidad son muy variados: A veces es la injusticia o la estupidez humana; otras veces es la experiencia de la fugacidad del tiempo, siempre desconcertante; otras veces la perplejidad nace de la percepción de la belleza que nos golpea de repente; o bien de la sospecha de la trascendencia o, por el contrario, de la percepción de nuestra insignificancia debido a los cambios de la fortuna y a la fragilidad de nuestra dicha; otras veces la perplejidad surge de la percepción de lo ominoso y amenazante que hay en el mundo, o bien de nuestra indagación en el pasado o del conocimiento de otras tierras, costumbres y culturas... La experiencia del heroísmo, del sacrificio o de la santidad también pueden inspirar perplejidad en nuestro espíritu, así como las posibilidades de perversión y de crueldad del corazón humano.
De modo pues que, a diferencia de las ciencias humanas, de la teología o la filosofía, la literatura no ofrece una definición del ser humano sino más bien una recreación de la vida desde el punto de vista infinitamente diverso y, al mismo tiempo, irremediablemente parecido, de los seres humanos: nuestros dilemas, traspiés, esperanzas y zonas turbias, traiciones, engaños y caídas.
Si una inteligencia de otro planeta quisiera saber qué especie señoreó sobre la Tierra durante este período de su historia, podría recurrir a las ciencias humanas, a la filosofía y a la teología para saber cómo éramos físicamente, cómo nos organizábamos para vivir e incluso qué pensábamos, qué sabíamos y qué creíamos acerca de nosotros mismos... Pero si quisiera saber “cómo era ser humano”, es decir, si quisiera aproximarse a lo que es la existencia desde nuestra perspectiva, no tendría más remedio que recurrir a la literatura. Ahí encontraría la expresión y representación más acabada de la existencia desde el punto de vista humano.
La tragedia y la comedia, la épica y la lírica, la literatura dramática e inclusive los cuadros de costumbres tienen en común esa urgencia, ese afán de infundir en nosotros un estado de perplejidad por lo que somos, de revelar y redescubrir nuestra condición humana tan incierta, precaria y paradojal. El campesino más humilde que rasga su guitarra y canturrea en la noche cerrada sabe esto y lo canta a su manera; la poesía de la antigüedad y la moderna, la culta y la popular, los poemas épicos, los mitos y leyendas, todas y cada una de estas manifestaciones expresan, revelan y recrean de alguna forma nuestra perplejidad ante el mundo que nos rodea, ante los otros y ante nosotros mismos; la perplejidad ante nuestra condición incierta y ante la paradoja de saber que estamos en el Cosmos pero ignoramos qué es el Cosmos y para qué estamos aquí.
¿No es La Odisea un relato lleno de perplejidad por el heroísmo de Ulises para enfrentar y vencer infinitas adversidades? Y la literatura judeo-cristiana, del Antiguo y el Nuevo testamento en adelante, hasta las hagiografías y las vidas de los santos, ¿no es fruto y expresión de nuestra perplejidad por la incertidumbre y la fragilidad humanas, por el sacrificio o la santidad? ¿Y no nace don Quijote de la Mancha de la perplejidad por el heroísmo y el valor de los caballeros andantes, de cuyas hazañas se nutre Alonso Quijano hasta “secarle el seso”? Perplejidad por los otros y perplejidad por nosotros, por lo que somos y hacemos y por lo que otros hacen y son...
Hay perplejidades voraces, elefantiásicas, mastodónticas, como las de Neruda, Calderón de la Barca o Balzac. Para ellos no había fenómeno bajo el cielo que no fuera motivo de asombro, admiración o perplejidad: un ajo o una cebolla, un episodio olvidado de la historia, la vida de una sencilla campesina, de un exitoso capitalista o de un pícaro de pueblo...
O nuestro gran Debravo, en su “Canto de amor a las Cosas”:

Amado seas tú, corazón, porque el vino
no madura mejor que en tu roja carnaza
.
(...)
Amados seáis, camiones, duras células
De la ciudad que cruje, duele, canta
(...)
Amada tú, zanahoria, corazón encendido
De las tierras aradas.
(...)

Después de todo, vistas desde el asombro y la perplejidad, todos los seres y las cosas existentes –reales o imaginarios– se convierten en algo extraordinario que refleja la incertidumbre, precariedad y maravilla de nuestra condición.
***
Naturalmente yo no sabía ninguna de estas cosas aquella tarde, hace alrededor de treinta años, cuando tomé en mis manos “El Extranjero” de Albert Camus y experimenté una intensa sacudida al adentrarme en la lectura de sus páginas.
Aquella era la sacudida de la perplejidad, el asombro lúcido que me poseía al reconocer ahí sentimientos e ideas que yo intuía o entreveía de alguna forma. De esa experiencia –y de las lecturas que a partir de ese momento emprendí– saldría transformado para siempre. Ahí nació mi deseo de convertirme algún día en escritor, es decir, mi deseo de transmitir, mediante la recreación de vidas reales o ficticias –de vidas “realmente ficticias”– , el asombro y la perplejidad por nuestra condición de criaturas obligadas a elegir permanentemente entre el bien y el mal, entre la creación y la destrucción, mientras nos acecha la Muerte y seguimos preguntándonos qué es el Cosmos y qué hacemos aquí.
Aunque no lo sabía entonces, es precisamente de todo esto de lo que tratan los cuentos, novelas y poemas que comencé a escribir poco después y que continúo escribiendo hasta el día de hoy.

domingo, agosto 05, 2007

HISTORIA (Los Días y sus Dones, 1980-2001)

Puesto que la historia humana es una y es única, todos somos parte de ella. Pero en el “tercer mundo” somos desposeídos de nuestra historia particular, y de esa forma nos desgajamos de la “historia universal”. De ahí nuestro terrible sentimiento de orfandad.
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La “cultura occidental” es asiática, oriental, europea, africana, y luego también amerindia, etc… Es una síntesis (parcial, pero viable y exitosa) de todo lo precedente.
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La razón histórica del Estado centralista es el temor al “desmembramiento”, a la desintegración. Por eso sólo los estados fuertes, es decir, institucionalmente consolidados, pueden darse el “lujo” de descentralizarse.
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Los grandes proyectos históricos traen consigo una renovación del lenguaje, y la modernidad no es la excepción. Yo contemplo fascinado los vestigios de la Antiguedad en nuestra lengua, con la sospecha o la ilusión de que ahí se encuentra algún secreto. Una forma de abordar la historia es precisamente como una “arqueología del lenguaje”.
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Los países del norte de Europa son una prueba de que secularización y puritanismo no son excluyentes. Por el contrario, lo que se sustrae de la esfera de la influencia eclesial, son las relaciones económicas y políticas, pero la vida privada y familiar es redefenida de acuerdo con los más estrictos códigos de la moral religiosa. Así, la transacción puede resumirse de la siguiente manera: menos religiosidad en la vida pública, a cambio de más religiosidad en la vida privada…
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Los hispanos que conquistaron y colonizaron América lo hicieron como una forma de liberación del Padre, la Ley, el Límite y la Autoridad, pero a la vez, en nombre de todo ello… Esta es una de las contradicciones fundantes de nuestra realidad. La doble moral es así consustancial a Hispanoamérica.
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Es probable que no sean las contradicciones sociales, sino el mismo desarrollo tecnológico que le dio origen, lo que acabe con el mundo burgués, signado por la producción industrial y el estado-nación como forma de organización política.
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El “delirio redentor” de los estadounidenses es una marca de fundación, pues está presente en el fanatismo religioso de los “peregrinos” expulsados de Europa.
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En río revuelto ganancia de pescadores, y la mejor prueba de ello es Napoleón Bonaparte, que en nombre de la libertad se proclamó emperador.
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Hay quienes dicen que el siglo XX no inventó ninguna ideología política. Falso: inventó el nazi-facismo, y su influencia atraviesa todo el siglo.
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El Y2K, llamado también el “error del milenio”, no fue descuido ni casualidad, sino una concreción de la representación del tiempo que prevalece en la era informática, o más bien, en la era tecnológica: el tiempo es percibido y vivido como inmediatez, y somos incapaces de proyectarnos al futuro.
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Tendemos a creer que la arrogancia de la civilización occidental no tiene parangón en la historia, pero basta leer las inscripciones de Nabucodonosor o de Alejandro Magno –para no citar a algunos emperadores chinos–, para caer en cuenta de que, en el campo de la estupidez, somos herederos de una larga tradición.
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¿Cómo aceptar –vivir consciente de– la permanente arena movediza sobre la que estamos parados? Nada es verdad/todo es posible; lo único que veo son "puntos de vista" diferentes, pero la solidez, el asidero, ¿dónde está? En todo caso, la afirmación sobre las arenas movedizas no se refiere tanto a la relatividad del discurso, como a la incertidumbre de la acción: construimos sobre las que creemos bases sólidas, pero no pasa mucho antes que las fisuras, goteras, hendiduras en el techo y la pared, nos hagan ver que la firmeza del piso era ilusoria, que esta torre también hay que destruirla, pues desde sus bases, desde sus cimientos mismos, está falseada…
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El desafío consiste en construir afirmando los aciertos y superando los errores. Esto significa que la destrucción es parte del proceso creador, y que toda la sabiduría consite en distinguir los aciertos de los errores, lo que está bien de lo que está mal. Por eso, aún en la “destrucción” debe prevalecer la voluntad creadora. La ruptura utópica, el “borrón y cuenta nueva”, es suicida, puesto que nos priva de lo único que tenemos con seguridad: la herencia del pasado, con sus horrores y miserias, pero también con sus aciertos decantados por la historia.

domingo, julio 22, 2007

MARACA

Perfecto falo sonoro
cargado de la Semilla

Sagrado instrumento
en manos de las doncellas

viernes, junio 29, 2007

Violencia, arrepentimiento, perdón... (Toma 2)

Acaso, para completarse, tal “purificación del pasado” requiere al menos de otros dos elementos: la gratitud y algo que –a falta de mejor palabra– llamo “satisfacción”. De la misma forma en que la gratitud y el perdón son complementarios, lo son el arrepentimiento y la satisfacción. El arrepentimiento y el perdón nos redimen de la violencia sufrida o inflingida; la gratitud y la satisfacción nos reconcilian con los bienes recibidos y entregados.

jueves, junio 21, 2007

Violencia, arrepentimiento, perdón, justicia.

Como una planta maldita, la violencia se reproduce entre nosotros. En nosotros. Nos alimentamos con sus frutos y, sin percatarnos apenas, la multiplicamos y reproducimos cada día. ¿Cómo librarnos? ¿Cómo purificarnos y no ser más sus semillas? Solo el arrepentimiento y el perdón nos libran. Estos actos, consistentes simplemente en ponernos en el lugar del otro, son formas de eso que hoy llamamos “empatía”.

Solo si comprendemos las consecuencias de nuestras acciones, colocándonos en el lugar de aquellos a quienes hemos violentado, nos libramos del círculo de la violencia. Solo si comprendemos las causas que llevaron a actuar así a quienes nos violentaron, nos libramos del círculo de la violencia.

Solo colocándonos en el lugar del otro cesa la violencia y se crean las condiciones para que surja la justicia.

jueves, junio 14, 2007

El Enterrador

Llegar hasta donde él no ha sido fácil: debí atravesar la Ciudad por la noche sin extraviarme.
Su rostro de color ceniza me impresiona. También me impresionan su pulcritud, su seriedad, su carácter reservado y distante.
Desentendiéndose del cadáver que aguarda a un lado, me explica con devoción la forma de preparar el mortero: tras calentar en el fuego la pasta , se amasa rítmica, prolongadamente con una mano, mientras la mano libre replica el movimiento semejante a una pulsación...

martes, mayo 22, 2007

Pregunta

¿Los pensamientos ocurren o tienen lugar en el tiempo?

Filosofía (Los días y sus dones, 1980-2001)

Yo era un niño filósofo, fue después que me pervertí.
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Para el pensamiento cartesiano “sólo lo absoluto es verdadero”, en el sentido de que sólo podemos tener por cierto lo que es siempre y absolutamente de determinada manera; de ahí el carácter racional y abstracto de su método y de sus conclusiones. Sin embargo, así nos perdemos del amplio y decisivo universo de las “pequeñas verdades” relativas a un lugar, a un tiempo y a una situación; el universo de lo concreto, dueño también de sus revelaciones y secretos.
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La ventaja de la poesía sobre la filosofía es que en ella cabe la pasión. ¿Quién se imagina a Dios como un ingeniero preocupado por “la coherencia” y “el sistema”?
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Estoy más cerca de la filosofía que se anima a especular, que de aquella que se contenta con el análisis. La intuición siempre ha ido adelante de la ciencia, pues esta sólo refrenda o descarta las grandes intuiciones, pero sin ellas quedaría huérfana de dirección.
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Dice Nietzsche: "…la existencia tal cual es, sin finalidad ni sentido, regresando siempre, sin fin y de manera ineludible, a la nada: el eterno retorno." En la cita resulta clara la influencia del budismo (y su nada-nirvana como fuente de Energía primordial, el vacío que precede y del que se nutre el ser), sobre la visión de Nietzsche, quien la tradujo a términos occidentales bajo la palabra nihilismo. En todo caso, si Nietzsche se refiere a esta ciclicidad (no ser/ ser/ no ser), su idea del eterno retorno se inscribe en el campo de la ontología más que en el de la filosofía de la historia, como se la ha querido ver…
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Desde Descartes, en Occidente confundimos conciencia y razón.
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Parafraseando al político mexicano: no soy materialista ni idea­lista, sino todo lo contrario.