sábado, marzo 03, 2018

VIRGEN DE LAS ALCANTARILLAS


Mírenla bajar del cielo de cristal y felpa,
del dulce paraíso del amor paterno.

Ya se hunde envuelta en humo
en el lodazal de las alcantarillas.

Mas no pierde su sonrisa ni su gracia
Su belleza permanece intacta.

Virgen de las Alcantarillas,
¿A qué has venido aquí?

Nosotros hace mucho estamos muertos,
hace mucho nos perdimos sin remedio.

Mírenla bajar del cielo del confort y la comodidad,
del obsceno paraíso de los justos biempensantes .

De sus manos brotan
pájaros de fuego.

Y ella se hunde bajo el fango.
Quiere ver la calle desde abajo.

Su cuerpo no se ensucia, sus labios no se manchan.
Su sonrisa celestial deslumbra.

Virgen de las Alcantarillas,
¿A qué has venido aquí?

¿No te han dicho acaso
que de aquí nadie regresa intacto,
nadie puede salir?

Virgen de las Alcantarillas
Tú que todo lo puedes,

Ayúdanos a salir del laberinto
que no tiene paredes.


miércoles, febrero 21, 2018

CIRCUNNAVEGACIONES ALREDEDOR DE UN POEMA

No puedo determinar con exactitud el año, pero fue hacia mediados de la década de los 80, es decir, hace algo más de 30 años, cuando surgió esta imagen como metáfora de la poesía:

 ¿Qué suave y ardoroso viento agita
el viejo mar de las palabras
para producir tan bellos
y fugaces resplandores?

Aunque bella y elocuente para mi gusto, resultaba algo incompleta para considerarla "un poema", de modo que en algún momento, más adelante, la reuní con otro fragmento escrito por esos mismos años que también habla de la poesía y que me parecía igualmente incompleto:

Borboteando su chorro de luz
mana el poema

Míralo inventar su llama
adentrarse en el vacío sin más
fuerza que su anhelo

Luna es
el poema

De modo que agrupé los dos fragmentos bajo el título de "POESÍA" -que es finalmente de lo que pretendo hablar- y, aunque no fueron publicados, permanecieron así, mancomunados, durante muchos años en mi computadora:

POESIA


           -1-

Qué suave y ardoroso viento agita
el viejo mar de las palabras
para producir tan bellos
y fugaces resplandores


         -2-

Borboteando su chorro de luz
mana el poema

Míralo inventar su llama
adentrarse en el vacío sin más
fuerza que su anhelo

Luna es
el poema

Desde luego, siempre sentí (siento) que hay algo artificioso, forzado, al poner en relación ambos fragmentos, aun cuando ambos hablen de la poesía. 

Hace pocos meses, encontrándome fuera de la ciudad, fui testigo una noche de una hermosa tormenta eléctrica en el cielo lejano, sobre las montañas. Escribí entonces en mi libreta de notas:

¿Qué invisibles piedras
chocan en el cielo
para producir tan deslumbrantes
y fugaces fuegos?

El asunto quedó ahí... Hasta que hace un par de días, revisando mi libreta, encontré el apunte y tuve la sensación, o más bien la certeza, de que aquello era casi un autoplagio o, más benévolamente, que otra cosa escrita por mí semejaba mucho a esta.  Era una sensación incómoda y no fue hasta hoy que tuve tiempo de explorar en mis archivos hasta dar con el viejo "poema" del que este es apenas una reescritura o palimpsesto. Creo que nunca me había ocurrido esto. Al mismo tiempo, tengo la sensación de que  algo se completa de una forma misteriosa, pues juntos, los dos fragmentos se acompañan mucho mejor que mi tentativa original:

¿Qué invisibles piedras chocan
en el cielo
para producir tan deslumbrantes
y fugaces fuegos?

¿Qué suave y ardoroso viento agita
el viejo mar de las palabras
para producir tan bellos
y fugaces resplandores?

Desde luego me gustaría formular algunas preguntas más en esta tónica. Quizás lleguen algún día. En cualquier caso, siento que cualquiera de los dos fragmentos puede ir primero; siento también que el tema central sigue siendo la poesía, aunque la potencia metafórica se incrementó al poner en relación los relámpagos y la poesía (que, al menos en mi experiencia, tiene algo -mucho- de iluminación instantánea.) Lo que tienen en común estos dos fragmentos son los destellos, el carácter instáneo y relampagueante, pero también fantasmagórico e irreal de los dos fenómenos. Quedaría entonces así:

DESTELLOS

         
¿Qué invisibles piedras chocan
en el cielo
para producir tan deslumbrantes
y fugaces fuegos?

¿Qué suave y ardoroso viento agita
el viejo mar de las palabras
para producir tan bellos
y fugaces resplandores?

Supongo que esto no termina aquí...



lunes, enero 15, 2018

IRREFUTABLE

¿Cómo podría no ser verdadero nuestro dios, si en su nombre matamos y morimos como moscas?

martes, enero 09, 2018

FIN DE PARTIDA


Maybe Managua, de Catalina Murillo. Uruk Editores (San José, 2017)

Es bien conocida aquella clasificación que afirma que existen básicamente dos tipos de relatos: los que centran su atención en los personajes y los que lo hacen en la acción o el argumento. Si hubiéramos de seguirla, no hay duda de que Maybe Managua (Uruk editores, 2017), la más reciente novela de Catalina Murillo (Costa Rica, 1970), se inscribe en la primera categoría, la de los relatos centrados en los personajes. En las 150 páginas de la novela, Murillo despliega su enorme capacidad para presentar los caracteres e interpretar su mundo emocional. Creeríamos estar ante una novela de corte psicológico, de no ser porque la autora construye a sus personajes desde una distancia implacable, sin piedad ni empatía, y parece tan interesada en dibujarlos como en juzgarlos. Esto, naturalmente, no es un defecto; antes bien, mucha de la fascinación que me produjo la lectura del libro deriva del juicio despiadado y certero que la autora destila párrafo a párrafo sobre ellos. Nadie se salva, ni el personaje principal, ni los secundarios; ni siquiera los extras o figurantes que aparecen fugazmente en alguna escena son redimidos por la mirada de la autora. Tampoco los escenarios urbanos –San José, Granada, Managua-, ni los naturales –playas, lagos y montañas de los dos países centroamericanos donde tiene lugar la acción–. El mundo completo que nos presenta Murillo está corroído por un malestar asfixiante: algo difuso pero omnipresente de lo que los personajes intentan vanamente huir, sin hacer otra cosa que hundirse más y más en él.
Lo que el argumento nos relata es, básicamente, el último acto en la vida de un cuarentón español que, en las postrimerías del siglo XX, ha venido a recalar a Centroamérica huyendo no sabe –ni sabemos– bien de qué, ni tampoco en busca de qué. El malestar en la cultura, que decía Freud, el hartazgo y el hastío del capitalismo avanzado, la inteligencia hiperinformada dirigida como daga contra sí misma.  Bastan algunos días acompañando los pasos de Juan, el protagonista, en su errática huída hacia ninguna parte, para comprender a cabalidad ante qué tipo de personaje estamos. El dibujo que de él hace la autora es, como he dicho, certero y amargo, y también lo es el de las tres mujeres con quienes se cruzará Juan en este “fin de partida”. Estos cuatro caracteres –y algún otro por ahí– están dibujados con precisión y mirada fría. El mundo emocional de los personajes ocupa el primer plano; más que sus acciones exteriores, o al menos tanto como ellas, la autora describe minuciosamente sus motivaciones y sentimientos. Y de todo ello desprende un juicio que, invariablemente, resulta amargo. “Mónica había hecho sufrir a pocos hombres, pero bien. Durante dos largas décadas, su única afición había sido esa: maltratar hombres, con el fervor de quien consuma una venganza.” (p. 126) El encuentro de Juan con esta especie de alter ego femenino se constituye en el climax de la novela y en una pre figuración del destino final del protagonista. El humor ácido que destilan muchos pasajes del libro es apenas un antídoto para el veneno que trasuntan sus páginas.
Una simple búsqueda en la Web me revela que, antes de ser la novela que es hoy, Maybe Managua fue un guión cinematográfico que, hasta la fecha, permanece sin realizarse. Aunque el palimpsesto no sea evidente, algunos trazos de esa antigua escritura permanecen en el libro.  Murillo no se interesa en esta novela por ningún tipo de exploración o búsqueda formal. El relato está construido linealmente y narrado de principio a fin por una voz omnisciente que se focaliza alternativamente en el protagonista y en los personajes con quienes este se cruza. Flaquea, quizás, la verosimilitud, con el truco de un pájaro estafador y, sobre todo, en el hecho de que un ave virtualmente extinta cruce legalmente por la frontera entre dos países sin ningún inconveniente. Mis amigas de UICN me darán la razón. Pero, a mi juicio, esto resulta peccata minuta. Quizás no estamos ante una novela ambiciosa desde el punto de vista del mundo narrado, pero sí ante una obra filosa, bien escrita y lograda.

Además de lo ya dicho, me interesa señalar al menos dos aspectos más de esta novela. Uno, que la acción tiene lugar en dos países centroamericanos (como ocurre también en La Casa de Moravia (2017), del salvadoreño Miguel Huezo Mixco). Tras consumarse la integración del espacio nacional en las literaturas centroamericanas, ¿estaremos acaso por iniciar un proceso de construcción del espacio regional en el plano literario? Y, segundo: a diferencia de otras novelas que, en las últimas décadas del siglo pasado nos propusieron relatos (y retratos) de aventureros europeos por tierras centroamericanas, en donde la mirada y la palabra fluían desde los centros de poder hacia las tristes periferias, aquí estamos ante la mirada ácida de una nativa que juzga descarnadamente al protagonista europeo de este extravío.     

lunes, enero 08, 2018

PASION

En definitiva, creo que la obra literaria (y artística en general) se construye desde la pasión y testimonia una pasión, en los múltiples y contradictorios sentidos de este término: pasión como carencia, pasión como búsqueda, pasión como gozo, pasión como sufrimiento e incluso como ofrenda. Uno explora y comunica su pasión mediante la obra o a través de ella. 

jueves, diciembre 28, 2017

UNA ÉPICA DE LA SUBJETIVIDAD

"Carta al hijo", de Juan Hernández
Novela, 137pgs.
Guayaba Ediciones, Costa Rica, 2017




¿Es posible librarse de la maldición de la sangre? Juan Hernández (Costa Rica, 1981), autor de esta breve e intensa novela en la que es fácil advertir tintes autobiográficos, afirma que sí. Desde cierto punto de vista el relato es una prueba de ello, pues refiere la historia de un niño y un joven que, habiendo crecido en el seno de una familia degradada por la violencia, la pobreza y el alcohol, termina forjándose como hombre de letras. Así, en varios pasajes la narración me hizo evocar aquella hermosa canción de Lennon, Working class hero, por ejemplo: “La pobreza es una enfermedad que se alimenta de sus propias familias” (p.135). Desde otro punto de vista el relato puede leerse como una novela familiar (llamarla saga sería inapropiado, dada su brevedad), pues al tiempo que el narrador va relatando su historia, refiere también la de su linaje materno (el único conocido para él), con especial énfasis en la figura de la madre, con quien lo unen profundos lazos de odio, vergüenza y asco.  
Desde otra perspectiva, la novela puede leerse también como una “novela de formación”, en donde la forja del protagonista gira alrededor de su desesperada, reiterada y, por fin, exitosa tentativa de arrancarse de la historia familiar materna y fundar la suya propia como hombre y como padre.  Pues el tema de la paternidad es otro de los ejes por donde transita el relato. Así, el mismo joven cuyo destino “natural” hubiese sido probablemente la delincuencia o la drogadicción y termina forjándose escritor, jamás conoció a su padre y descubre el sentido de esa palabra por boca de su primer hijo, a quien sin embargo luego habrá de perder. La historia parece condenada a repetirse una vez más; ante el horror de esta perspectiva, asoman la muerte y el suicidio, pero finalmente la voluntad se impone y, antes que nada, triunfa el amor. Sí, el amor.
Como se ve, la cantidad y la densidad de los temas abordados por Hernández sugerirían una narración mucho más extensa, no obstante él lo hace en poco más de 100 páginas sin que como lector me haya sentido defraudado en ningún momento. Esto se debe en parte al ritmo trepidante o espasmódico en el que nos sumerge el relato desde la primera frase. No todo se dice y mucho queda librado a la imaginación de los lectores; las elipsis y los saltos temporales son continuos y multidireccionales. Irónicamente, gran parte del relato está construido a modo de diálogo callado con la madre, aquella de quien el personaje lucha valientemente por arrancarse, y solo algunos pasajes están escritos para el hijo ausente o perdido, como sugiere el título. Así pues, se trata de una carta a la madre y de una carta al hijo, en evidente alusión y juego con la Carta al Padre de Kafka.

Inicié este comentario con una pregunta, lo concluyo con otra: ¿es posible una épica de la subjetividad, una épica de la intimidad? En principio, épica y subjetividad están en las antípodas, la primera reservada a los temas históricos y a la exaltación de los héroes, la segunda propia de abordajes dramáticos o satíricos. No obstante, el tono imperioso y urgente del relato de Hernández, el tratamiento literario directo, seco y desnudo de artificios, por momentos me ha hecho pensar que estamos ante una obra de ese tipo. Carta al hijo tiene la fuerza y la pulsión del relato testimonial, aborda con solvencia temas relativos a la subjetividad masculina sin dejar de lado el apunte social y, por su dureza y sequedad, se constituye en una suerte de épica de la subjetividad en donde el protagonista consigue alumbrarse a sí mismo. 

viernes, noviembre 03, 2017

PERSONAJE

¿Qué es, en definitiva, un personaje de ficción? Una gran mentira construida con muchas pequeñas verdades.

lunes, septiembre 11, 2017

DE LA ESTUPIDEZ HUMANA

Estoy convencido de que la estupidez humana no es el mayor problema. Ser estúpido no es tan grave si uno tiene la humildad suficiente para admitir su condición. El verdadero problema es nuestra soberbia, nuestra incapacidad de admitir nuestra ignorancia y el profundo convencimiento de que somos criaturas privilegiadas, elegidas por dios –cualquier dios-, para reinar sobre el planeta y sobre las demás criaturas.  

***

Respecto de la estupidez ajena, no hay nada que en definitiva yo pueda hacer. Respecto de la propia, sí. ¡Y cuánto cuesta!

sábado, mayo 20, 2017

LA NOVELA COMO "SIMULADOR" DE LA VIDA HUMANA

Supongo que ocurre en todos los oficios: conforme alguien se ejercita, conforme profundiza y persevera en la práctica, cambian sus ideas, su entendimiento y, por tanto, su discurso acerca de dicho oficio. Mi forma de entender la escritura de historias ha variado con los años.

Esta mañana, en charla con un grupo de estudiantes universitarios, me escuché decir  una expresión que jamás había utilizado para referirme al tema, pero que creo sintetiza  mi visión actual de lo que es (o aspiro a que sea) una novela o un cuento: un simulador de la vida humana.

Cuando hablo de un simulador quisiera evocar, de alguna forma, los simuladores utilizados en otras disciplinas: un simulador, del tipo que sea, pretende recrear o reconstruir, bajo condiciones controladas, las condiciones reales en las que actúan ciertos elementos (átomos, moléculas, organismos vivos, animales, personas) con el fin de observar y evaluar sus reacciones. Creo que esa, ni más ni menos, es la aspiración de las historias que leemos y escribimos: presentarnos una simulación de vidas humanas para que podamos observar y evaluar sus reacciones y de ahí sacar conclusiones para la vida, nuestra vida, la vida de verdad.

Eso sí: las novelas y los cuentos son simuladores muy particulares, pues están hechos solo de palabras,  y las palabras son objetos de naturaleza muy singular. Pero dejemos de lado por ahora la singularidad de las palabras, y concentrémonos solo en los simuladores que fabricamos con ellas.

La eficacia de un simulador se mide por su capacidad de recrear las condiciones reales de existencia en la que se desenvuelve aquello que deseamos observar. Siendo las vidas humanas el objeto único y último de la literatura, el reto consiste en recrear con la mayor precisión posible las condiciones que intervienen en nuestra existencia. Esto solo es posible a partir del ejercicio de la observación atenta de otras vidas y de la propia vida. Hay un ejercicio, una práctica de la conciencia que se materializa o se concreta en las historias, de ahí el hechizo, el encantamiento que nos producen. Ese es el saber que se transmite en ellas.

 ¿Cuáles son las condiciones que intervienen en nuestra existencia? Sea cual sea la respuesta que ensayemos, tendremos siempre un número considerable de aspectos. Mencionemos los más evidentes: el espacio geográfico, el momento histórico (desarrollo tecnológico, organización política, etc.), la cultura (valores, creencias, atavismos, tabúes, ideas, etc.), el género/sexo, las características físicas (aptitudes, limitaciones, incluso la genética, etc.), las relaciones sociales en las que estamos inmersos, las relaciones familiares (modelos, expectativas, complejos, etc.), el carácter o temperamento individual, nuestras experiencias previas, incluyendo aquellas que elegimos y las de carácter fortuito, etc., etc...

Una cosa son las condiciones que determinan nuestra existencia, y otra diferente (pero igualmente importante), es lo que nos proponemos o deseamos hacer. El deseo es el meollo de la individualidad, el sustrato de la subjetividad.  El deseo moviliza a los personajes y desencadena la reacción que llamamos "historia". Por ello es un elemento fundamental en nuestro simulador. En términos más abstractos, podemos decir que en la vida de los personajes (y en la nuestra) intervienen las circunstancias, la libertad y el azar. Y acaso debamos agregar también: lo desconocido y el misterio.

Reducir o integrar en una historia  (en un simulador) todos estos elementos, resulta un desafío inmenso. Pero cuanto más complejidad logremos introducir en ella, más rica y provechosa será la experiencia de leerla (y de escribirla.) Integrar la complejidad significa darle a cada uno de estos elementos la atención y la importancia debida, ni más ni menos. "Lo justo es lo correcto", dice la máxima, y nos será útil tenerla presente al calibrar nuestro simulador de vidas humanas. Y, desde luego, integrar complejidad no significa servirse de palabras difíciles ni hacer un discurso obscuro o incomprensible. La única obscuridad que debería tener cabida en una historia, es la de un cielo nublado o la de un pensamiento sombrío, y el único pasaje incomprensible, un diálogo en el que uno de los personajes dice un galimatías.

Presentar los elementos que intervienen y determinan la vida de los personajes, para que podamos observarlos, valorarlos  y sacar conclusiones acerca de ellos (y acerca de nosotros mismos), es el propósito y la utilidad de estos "simuladores de la vida humana" hechos de palabras: las novelas y los cuentos.


viernes, mayo 19, 2017

DEL OFICIO

Parece broma: a mis 55 años de edad, dedico días enteros a tallar, palabra a palabra, la vida de seres imaginarios, que para más detalle transcurren en lugares inexistentes. No obstante, lo hago con entusiasmo y hasta alegría, convencido de que esto es lo que debo hacer, y de que este es mi modesto aporte a la sociedad. 

viernes, mayo 12, 2017

ILUMINACIONES





...Poco antes de morir, comprendí que entregándome al odio que me inflamaba, a la furia vengativa que penetraba hasta la más mínima partícula de mi ser, alimentaría el fuego destructor que había arrasado el mundo que conocí, incluyendo a mis seres amados. Entonces comprendí que solo si me despojaba del odio, me liberaría de las garras de los que se disponían a matarme. Hacerlo dependía de mí, a eso se reducía mi libertad. En ese instante me poseyó una dicha inesperada y experimenté la liberación de quien renuncia a la venganza...

***

...y fue entonces cuando el Buda, irradiando luz consciente, abrió por fin los ojos, y sonrió.





ESCRIBIR



A esta altura de mi vida, entiendo la escritura como un ejercicio de lucidez o, al menos, como una tentativa o una aspiración a la lucidez. Pero lucidez no es sinónimo de racionalidad, ni mucho menos de intelectualismo. En la lucidez interviene todo el cuerpo, todo el ser, incluyendo los recuerdos, las vivencias, las emociones, la imaginación. La lucidez así entendida no pretende explicar algo (es decir, revelarlo en términos de causa-efecto), sino iluminarlo, es decirpresentarlo con la mayor claridad posible, incluyendo sus silencios, vacíos, misterios y contradicciones.

lunes, marzo 27, 2017

EL RIO QUE ME HABITA Y LAS PINTURAS DE PIETER BRUEGHEL

Hace como 15 años me contrataron por primera vez para elaborar “Historias de Vida”. En aquella ocasión tuve que entrevistar a dos personas de condición muy humilde que habían vivido situaciones de violencia para que me relataran pormenorizadamente su vida. Posteriormente fui contratado para hacer algo parecido con 15 personas residentes en la Zona Sur de Costa Rica. Y, hace pocos años, elaboré una docena de historias de vida de personas de todo el país. 
Estas experiencias cambiaron profundamente mi entendimiento de la literatura. Hasta entonces, mi fuente primordial de información era mi experiencia vital y la de unos pocos familiares, amigos y conocidos; después de esa mirada en profundidad sobre otras vidas, muy diferentes de la mía, mi información sobre la experiencia humana se multiplicó, y también mis posibilidades de fantasear e imaginar otras vidas.
Además de la información preciosa e invaluable que aquellas personas me confiaron, realizar esas entrevistas me dejó otra enseñanza para la escritura: al relatar nuestra vida, adoptamos una organización, una sintaxis narrativa singular. Pero también, y por sobre todo, el relato adquiere un ritmo, un fraseo particular.
El primer resultado de este largo aprendizaje es “El río que me habita”. Pero vendrán otros, espero.


De hecho, no más saliendo en España la primera edición de "El río que me habita", empiezo a escribir una continuación, con la intención de recoger y plasmar al menos algunas de las historias que se me quedaron en el tintero, algunas de las cuales me han acompañado desde hace décadas, sin que hasta ahora encontrara el contexto adecuado para verterlas. Pues el río Grande y Ciudad Real son, más que una novela, un mundo narrativo potencialmente infinito.
Entre las imágenes que vienen a mi mente cuando pienso en este mundo, se encuentran las pinturas de Pieter Brueghel, el Viejo, que me fascinaron desde que las vi por primera vez. Nada me gustaría más que tejer un tapiz narrativo como los de Brueghel, en cuyos lienzos confluyen centenares de personajes; ¿quiénes son? ¿A qué se dedican? ¿Se conocen entre sí? ¿Cuándo fue la última vez que tomaron una comida caliente? ¿Qué piensan del vecino? ¿Qué anhelan? ¿Cómo se ganan la vida? ¿Dónde pasarán esa noche?




domingo, febrero 19, 2017

DOS


- Que vender esperanzas sea uno de los mejores negocios que existen revela hasta qué punto vivimos en un mundo donde reina la desesperación.

- Hablando de circunstancias que nos determinan. La primera (y sin embargo, a menudo la menos evidente) es nuestro organismo. Solo quienes nacieron con una condición que difiere de la norma o cayeron en algún momento de su vida en esta condición, lo tienen claro, pues lo experimentan cada día. 

miércoles, febrero 08, 2017

Importancia de las palabras

No es lo mismo firmeza que inflexibilidad, ni satisfacción que vanidad. Cabe ser firme en cuanto a lo que es importante para nosotros, pero otra cosa muy distinta es ser inflexible, pues casi siempre, para lograr aquello que nos proponemos, es preciso ceder en  aspectos secundarios, dar rodeos, negociar sin perder de vista el objetivo, mientras que la inflexibilidad no permite nada de ello. Lo mismo en cuanto a la vanidad: sentir satisfacción por haber realizado o alcanzado algo por lo que nos hemos esforzado, es saludable y justo, pero envanecerse de ello es ridículo  y nos coloca al borde del abismo. 

sábado, enero 14, 2017

LUNA LLENA

Esta noche
los grillos y yo habitamos
en el lado jubiloso
del universo

viernes, enero 06, 2017

ORÁCULO DE MAYI ALBA

En memoria de Marielos Coto, agradecido.

Habrás de llorar cuando asome en tu encía el primer diente
y también cuando lo hagan el cuarto y el quinto,
y te estremecerá el aroma del joven
que estampe en tu boca el sétimo beso.
Maldecirás a la quinta amiga en traicionarte
y con los años te abismarás muchas veces
en el blanco  remolino del placer.
Paladearás en incontables ocasiones la dicha
de alcanzar lo que te proponías
venciendo obstáculos que parecían insalvables
o sobreponiéndote a tu propio escepticismo,
y también innumerables veces conocerás la frustración
y la impotencia ante retos que te superaban
o que rehuiste por pura cobardía.
Muchas veces, oh sí, más de las que desearías,
habrás de llorar a un ser querido
y enmudecerás con la rotundidad de su ausencia.

Pero solo una vez has de morir
Y esa es
la pobreza de la muerte.


3 de enero, 2017

lunes, enero 02, 2017

EL VALLE DE MENCHA

Al Valle de Mencha llegué la primera vez en medio de una tormenta de granizo. Fue un golpe de suerte, una casualidad afortunada, lo que me llevó hasta allá. Llevaba tiempo caminando en el crepúsculo, temblando de miedo y de frío, impulsado por la convicción o la esperanza de que más allá de aquél pasaje quebradizo, erizado de rocas amenazantes, tenía que existir algo distinto, cuando escuché el rumor leve de un arroyo y por instinto decidí seguirlo. Bueno, no fue exactamente por intuición ni por instinto: para ser sincero, el rumor del arroyo me tranquilizó. Rápidamente descubrí que aquél el sonido me infundía confianza. Después de horas de marcha infructuosa, en las que a menudo me descubrí  en el mismo punto de donde había partido, me encontraba física y nerviosamente agotado, y el sonido discreto y apenas perceptible del arroyo me tranquilizaba y prometía algo distinto.
No me equivoqué. El arroyo discurría entre las rocas con algo de violencia al principio, pero al seguirlo, desembocó pronto en un vallecillo. Ahí sus aguas se remansaban y fluían  pausadamente. Conforme me adentraba en el valle, sentía el efecto bienhechor de aquel sonido.  Era un murmullo reconfortante, como el recuerdo de una caricia recibida en mi más tierna infancia.  
El paisaje en torno mío también era distinto. Sin desaparecer del todo, las afiladas piedras se espaciaban y entre ellas emergían cada vez más árboles y arbustos de follaje brillante por la humedad. Estimé que pronto anochecería, pero para mi sorpresa, la claridad parecía ir en aumento. No pasó mucho antes de que constatara que también la temperatura aumentaba. Me dije que  aquello debía ser resultado de las condiciones atmosféricas que imperaban en el vallecillo, pues la densa niebla y la llovizna que me habían acompañado durante buena parte del trayecto habían desaparecido, pero pronto comprobé que en lugar de precipitarse en el ocaso, el sol apenas iniciaba su ascenso hacia el cenit.  Como mucho, serían las seis o las  siete de la mañana. Así lo confirmaba el griterío de los pájaros y la respiración luminosa de cuanto me rodeaba. Me pareció irrazonable que hubiera caminado la noche entera en la oscuridad, sin comer ni dormir, pero no encontré otra explicación. Mi ánimo también se había despejado. La sensación opresiva y angustiosa que antes me dominaba había desaparecido. Mis fuerzas también regresaron y, con ellas, la curiosidad y la ilusión por explorar el sitio donde me hallaba. Además de ralear, aquí las rocas eran de menor tamaño y no obstaculizaban una visión panorámica del sitio. El arroyo, tan estrecho que solo en algunos puntos hubiera sido difícil para mí cruzarlo de un salto, se precipitaba flanqueado por suaves colinas. Por el sonido y el color del agua calculé que su profundidad rondaría los setenta u ochenta centímetros.
En medio de la claridad creciente, de los verdes y los rojos que ganaban en intensidad y esplendor, me pareció distinguir a lo lejos una silueta humana. Sentí un golpe de alegría en mi pecho. No siempre me ocurre esto; a menudo, cuando camino, deseo estar solo. Cedí al impulso de acercarme y, conforme lo hacía, la silueta que divisaba se definió como la de un adulto con dos niños a su lado. Los niños estaban sentados en el pasto,  por eso no los divisé de entrada.
Ahora, más cerca, descubrí  que la figura adulta era de una mujer mayor, de unos sesenta y cinco  años. Su cabello largo y ralo de color gris pálido caía más abajo de sus hombros, la tez de su rostro y de sus brazos lucía quebradiza y comenzaba a agrietarse. La mujer permanecía de pie entre los dos niños sentados sobre el pasto, en una de las márgenes del arroyo. Ellos eran inconfundiblemente hermanos, con rasgos faciales muy parecidos, y a juzgar por su tamaño, pocos años de edad los separaban. Cada uno sujetaba entre sus manos una rústica caña de pescar fabricada con una vara de bambú y un delgado hilo que se sumergía dentro del agua. El anzuelo en el que culminaban ambas era invisible; en las expresiones de los niños reinaba la mayor expectación. La anciana solo estaba ahí, acompañándolos, cuidándolos, algunos pasos detrás de ellos.
Me acerqué sin que los niños advirtieran  mi presencia, tal era la concentración y la excitación con la que sujetaban sus cañas de bambú, aguardando un tirón o una señal. La mujer me recibió sin sorpresa, como si me aguardara.
   - ¡Qué bueno que viniste! –me dijo casi de inmediato. Su voz me resultó familiar, cálida e íntima, y me producía el mismo efecto bienhechor que el sonido del arroyo, pero yo no creía conocerla–. Te esperaba hace rato. ¿Fue difícil llegar?
De cuanto dijo, esto último era lo único que tenía sentido para mí.
   - La verdad, sí –respondí–.  Sobre todo la montaña antes de llegar. Las piedras son amenazantes.
   - Lo son, es verdad. Nunca es fácil, pero ya estás aquí. Y ahora -¡imaginate!-, podés volver cuando querás.
Me sorprendió esto último. ¿Por qué habría yo de querer regresar a ese valle remoto al que había llegado por azar, tras una marcha accidentada? No obstante, sus palabras me parecieron una promesa generosa y confiable.
   - ¿Cuando quiera? –me escuché preguntar.
   - Así es. Yo siempre, siempre estoy aquí.
Mientras respondía, fijé mi atención en los niños, quienes me resultaron también inesperadamente familiares. Seguían atentos a lo que ocurriera con sus cañas de pescar y ajenos a nuestra conversación. De pronto me resultó maravillosa y tranquilizadora la certeza de que siempre  que quisiera podría encontrar  a la mujer y conversar con ella.
   - Mencha. Podés llamarme Mencha –agregó adelantándose a la pregunta que se formaba en mis pensamientos.
El apelativo -la forma familiar de llamar a las Clemencia entre los campesinos y las clases populares-, me resultó algo incongruente con su figura, pues si bien su piel retostada y su pelo reseco hablaban de una vida rústica, o al menos al aire libre,  sus maneras pausadas y algo en el tono de su voz sugerían otras raíces sociales.
   - Bien sure. J´ai etudié a Paris dans un lyceé de fiilles,  –dijo en seguida, adelantándose por segunda vez a mis pensamientos.- Mais la vie, tu sais, est trés compliqué
Comprendí  cabalmente el sentido de sus palabras, no obstante mi  ignorancia del francés.
   - Lo es –corroboré convencido. Sabía, por experiencia, cuán difícil, impredecible, jodidamente cabrona y maravillosamente desafiante resultaba la vida. Para mí lo era entonces y no ha dejado de serlo; no puede ser de otra forma, pues entonces, amigo, con seguridad has pateado el balde  y no te has dado cuenta de ello o nadie ha tenido la amabilidad de decírtelo…
  - Do do, l´enfant do …  -tarareó en seguida, como si tuviera alguna relación con lo que yo venía de decir-. ¿Recordás?
Para mi asombro, la tonadilla infantil me resultó familiar. Deseé tenderme en sus regazos y que me acariciara el cabello, pero permanecí de pie frente a ella.
   - Me resulta familiar, sí… ¿Pero de dónde?
   - Do do, l´enfant do… -repitió sin responder a mi pregunta-.  A mí me la cantaban cuando niña…  Mamá, pero sobre todo mi tía Eleonora, que había viajado jovencita  a Suiza, y que  a pesar de su esmerada educación, como se decía entonces, y del empeño de mi abuelo Felipe por conseguirle un buen partido, murió solterona y no tuvo más remedio que volcar su prodigiosa energía maternal sobre sus sobrinos, entre ellas yo, su favorita….  ¡Imaginate, hasta canciones de cuna en francés le habían enseñado en Suiza!
Sonreí sin disimular mi condescendencia. Lo que la mujer me relataba me resultaba tan lejano como si viniera de otra galaxia, y sin embargo ella, su presencia, se me hacía cada vez más entrañable. Despertaba en mí una confianza incondicional que jamás había experimentado y hacía innecesaria cualquier forma de suspicacia, prevención o defensa.  Era bueno -¿qué digo? ¡Era magnífico!- sentir algo así.
Uno de los dos niños se volteó hacia Mencha y le preguntó algo que no escuché.
   - Por supuesto, m´hijito –le respondió ella con dulzura tranquiizadora-. No se preocupe…
Su respuesta resultó satisfactoria para el niño, quien de inmediato volvió a desentenderse de cuanto lo rodeaba  y se concentró en la pesca. Hizo salir el anzuelo del agua y comprobó que no tenía carnada. La mujer le acercó un frasco de vidrio del que el niño extrajo una hermosa lombriz de tierra que con alguna torpeza logró colocar en el anzuelo. Por primera vez me surgió la duda de si habría peces en aquél riachuelo. Iba a preguntárselo a ella pero me disuadió de hacerlo con una mirada simple. En ese momento, no sé de dónde, apareció un gato que no más llegando se refregó  contra la rodilla de uno de los niños, antes de sentarse primero, y luego echarse, justo entre ambos. Parecía entender lo que hacían y saber también que su empeño sería infructuoso, pero tuve la impresión de que con su presencia deseaba animarlos.  Mencha se sentó en la abultada raíz de uno de los árboles junto al riachuelo; de una cesta, sacó varios bocadillos que ofreció a los niños. Solo entonces se desentendieron de la pesca para comerlos con entusiasmo.  Luego me ofreció uno a mí. Era un bocadillo de pan blanco con paté; después de muchas horas sin comer nada, me supo a cielo. No había terminado de comerlo cuando ya me ofrecía otro, esta vez de pepino y mayonesa, que me supo igualmente bueno. Se los agradecí con sincero entusiasmo.
   - Ya casi tenemos que irnos. Nos esperan en la casa –anunció Mencha, no supe si dirigiéndose a mí o a los chiquillos.  La noticia me produjo parecida desazón que a los niños, quienes adelantaron una tímida protesta con mueca de insatisfacción.
   - Pero no hemos pescado nada –aventuró uno de ellos.
   - Otro día volvemos. Tal vez haya más suerte…
    - ¡Pero, abuelita…! –intentó apoyar a su hermano el que parecía menor.
   - Mañana. Si quieren podemos volver mañana…
Los niños reaccionaron con algarabía a la promesa; se incorporaron sin protestar más y, con la ayuda de Mencha, arroyaron el hilo sobre sus cañas.  La mujer puso una mano sobre el hombro de cada uno de los  niños y, antes de voltearse para emprender la marcha, se dirigió de nuevo a mí:
   - Ya sabe: cuando quiera. Siempre estoy aquí.

Y sonrió. Sonríe. Continúa sonriendo… 

lunes, diciembre 26, 2016

LA MONTAÑA MÁGICA



La montaña mágica con frecuencia cambia de lugar, por eso es mágica. Me ha ocurrido encontrarla en marzo en Centroamérica, recubierta de vegetación resplandeciente, emplumada serpiente que se encumbra hacia el azul cielísimo, y seis meses más tarde dar con ella en el sur de Europa, vibrante roca seca donde apenas crecen líquenes suaves como el cabello de un niño.  También su altura es variable. Cuando la descubrí de chiquillo, apareció como una colina a la que caminaba las mañanas de los sábados con mis amigos; después, durante mi adolescencia, había crecido como esos volcanes que se multiplican en el curso de unos años, y subirla representaba para nosotros una prueba de independencia y valor.
Y, como en el célebre libro de cuyo título me sirvo para evocarla aquí, es mágica también por sus poderes  salutíferos.  Pero a diferencia de lo que ocurre en ese libro, no soy enviado a ella con el propósito de curarme, antes bien, voy espontáneamente y sólo cuando estoy allá descubro el malestar que me poseía. Por contraste con el bienestar que experimento, termino admitiendo mi mal.
Además de sus efectos bienhechores, reconozco la montaña mágica por su llamado. Yo la miro a la distancia, la miro, y siento, escucho, su voz, su invitación: me pide, me reta, me reclama que suba, que lo intente, que vaya…  
Desarrollé la capacidad de escuchar ese llamado durante mi infancia, mirando a lo lejos las montañas que definen la Meseta Central de mi país: ya fuera emergiendo de las sombras, acariciadas apenas por la luz matinal, o bien durante el ocaso, recortadas contra el cielo alucinante de celajes, recibía deslumbrado su mensaje. Desde el pantano de impresiones movedizas, pensamientos y emociones fugaces, la constancia inconmovible y serena de las montañas revelaba algo real. Ese es su llamado, su mensaje. Ir hasta allá equivale a romper el cascarón quebradizo de impresiones fugaces para acariciar, así sea por un instante, la fluidez de lo real.

Hasta allá, hasta eso que aquí llamo (porque no encuentro mejor manera de hacerlo) “la fluidez de lo real”, llegaba, llego, mediante la actividad física, el ritmo y la respiración, acallando las voces alocadas de mis pensamientos y enfocando poco a poco la atención en un solo haz sobre mi voluntad, el preciso  punto donde el cuerpo y la mente confluyen, se encuentran.
Caminando, respirando, concentrado en el ritmo de mis pasos y mi respiración, esforzándome al máximo pero dosificando el esfuerzo para no desfallecer, traspongo sin saber cuándo ni de qué manera el umbral y accedo por fin a la montaña mágica: viento, luz, verde pálpito y roca viva, riachuelo a veces, esplendor vibrante…  Sus puertas se abren y durante un tiempo me acoge y permanezco ahí, pálpito yo también, viento y roca viva también yo, eslabón deslumbrado de cuanto me rodea.

Y de la misma forma como llegué, sin saber muy bien cuándo ni de qué manera, en algún momento me descubro afuera y otra vez soy yo, soy solo yo en un rincón apartado del mundo, y mientras desciendo, mientras regreso a la ciudad, me acaricia a ratos el viento luminoso de la montaña mágica.

domingo, diciembre 25, 2016

EL NIÑ0 EN EL PESEBRE

El niño en el pesebre
ignora que es divino

Sabe que tiene hambre
sabe que tiene frío y que a su lado
está su madre

¿Qué puede importarle que los tres
famosos nigromantes hasta su cuna
hayan venido?

Teta
Leche y teta

Como el niño mío


miércoles, noviembre 02, 2016

DES-HUMANIZARSE

 Me deshumanizo cuando niego tu humanidad; me convierto en bestia cuando reduzco al otro a la condición de bestia: los europeos frente a los amerindios y los africanos en los albores de nuestra era... Pero también: unos africanos frente a otros pueblos africanos, unos pueblos amerindios frente a otros; los chinos y los egipcios y los japoneses y los griegos frente a...  Aquí no caben idealizaciones románticas. Los nazis frente a los judíos,  los terroristas –de todos los signos o ideologías– frente a sus víctimas inocentes; mi seca indiferencia ante la desgracia del prójimo. La moral de la tribu frente a la incipiente, frágil, precaria conciencia de nuestra identidad como especie y de nuestro destino común. ¿Acaso la historia de la humanidad es algo más que una obstinada negación de nuestra común humanidad? 

miércoles, septiembre 07, 2016

EL TRABAJO

En San Francisco, California, vi una vez a un lustrabotas que se recogía para rezar antes de iniciar su jornada de trabajo.

En el mercado de Coyoacán, México, me conmovió hasta las lágrimas un viejo mendigo que silbaba para que la gente le diera dinero.


Ahora me llena un silencio gozoso y pido la palabra.

(2012)

lunes, agosto 01, 2016

En boca de una mente enferma, hasta los mejores alimentos se convierten en
veneno.

viernes, julio 01, 2016

Señor de la Buena Muerte

Señor de la Buena Muerte,
concédeme la gracia
de una muerte dulce,
de una muerte amable.
Así como la Vida ha sido generosa
en horas espléndidas,
sea tu hora un don que agradezca
y me reconcilie con la existencia.
Que mis células y mis moléculas
se desintegren mansamente
llevando asombro y gratitud a la Tierra;
que mi dicha por todo lo vivido alimente
a las plantas y a los pájaros y a los insectos;
que sea de provecho mi tránsito
por la insondable y magnífica danza
de las estrellas.


Julio, 2016

miércoles, junio 17, 2015

DINOSAURIOS Y PÁJAROS

¿Obedeciendo a qué impulso
se convirtieron tan torpes reptares
en estos vuelos,
y los ásperos chillidos
en dulces cantos?

¿Latía en la memoria  de aquellas células
el obstinado afán de ser lo opuesto?

(Anverso y reverso, mariposa y gusano,
fijación por palpar las dos orillas lejanas
aunque  entre ellas se abra el abismo
de una extinción...)

¿Viaja el futuro en nuestros cuerpos?

¿Llamamos espíritu a eso?




Junio, 2015

martes, marzo 24, 2015

LA OBSESIÓN DEL ASCO - Francisco Rodríguez


Dentro del ámbito ensayo  costarricense, restringido desde hace décadas a las investigaciones de talante académico, resulta un acontecimiento feliz la publicación de un nuevo libro de aforismos de Francisco Rodríguez.  “La obsesión del asco” es el título de esta, su sexta entrega en el género. Reúne aquí su producción de entre los años 2002 y 2007. El pensamiento profundo, inconformista y provocador de este autor josefino  nacido en 1956  y afincado desde hace más de dos décadas en Ciudad Quesada, asoma aquí a su madurez. Rodríguez retoma en este libro muchos de los temas que lo han obsesionado a lo largo de su vida y a los que se mantiene fiel desde sus primeras publicaciones: la muerte, el cuerpo, la enfermedad, Dios, el poder, el crimen, la convivencia social, el mal, la escritura misma, entre otros. Además, continúa su diálogo íntimo con numerosos autores antiguos, modernos y contemporáneos de distintas disciplinas, en particular la filosofía y la sociología (disciplina esta última en la que Rodríguez se formó): Nietzsche, Spinoza y Foucault son algunos de los más frecuentados en esta ocasión. A veces  los glosa, a veces los rebate y otras se sirve de ellos como trampolines para aventurar sus propias dudas y pensamientos. Destaco esto para anotar que, si bien Rodríguez desdeña la rígida (y a menudo aburrida) legalidad académica, es un lector voraz y un conocedor a fondo del pensamiento occidental. No es un advenedizo que balbucee ocurrencias creyendo descubrir el agua tibia. En las 135 páginas del libro encontraremos, además de reflexiones propias y glosas a los pensadores que acompañan al autor en su melancólica y solitaria trayectoria, anotaciones y apuntes de otra índole, desde el comentario irónico de las conductas propias y ajenas, al apunte psicológico, a la provocación y el terrorismo intelectual… En la tradición de Cioran, Rivarol y de otros aforistas, Rodríguez es además un estilista, un escritor obsesionado por la precisión y la belleza de la palabra de la que se sirve. 

Pocas veces será tan justo afirmar que estamos ante un libro visceral. “Hay una inteligencia cerebral como existe una inteligencia visceral o salival. La inteligencia circula en la sangre como la inmensidad parpadeante en la telaraña eléctrica del Cosmos. El cuerpo destella y nada en inteligencia, como los cetáceos se mecen en el vaivén tranquilo del mar…” (p. 30)

Ya la palabra “asco” que relampaguea en el título alude a lo corpóreo y, si abrimos las páginas del libro y auscultamos sus epígrafes, encontraremos una confirmación: todos, o casi todos, hacen referencia al cuerpo, a la enfermedad y a la muerte…

Aunque el autor se reconoce como un escéptico sin mayores esperanzas respecto al ser humano y a nuestro cometido en este mundo (¿acaso existe otro?), a menudo asoma un afán, incluso desesperado, por encontrar respuestas a las perennes preguntas de los niños y de la Filosofía: ¿quiénes somos? ¿por qué y para qué estamos aquí? Con frecuencia lo veremos lanzar rabiosos puñetazos e invectivas al fantasma de Dios –el Dios del monoteísmo judeocristiano-, y en no pocas ocasiones estas nos dejarán la impresión de ser los airados reclamos de un niño abandonado por sus padres al anochecer en una estación del tren…

Los más de quinientos aforismos reunidos  en la obra no están divididos en secciones que orienten a los lectores de los temas que el autor abordará, y aparecen simplemente numerados, algunos con un breve encabezado en mayúsculas a manera de título. A pesar de ello, quienes transiten de principio a fin por las páginas de este magnífico libro, advertirán que, más allá de las contradicciones, del aparente caos o arbitrariedad, existe una sutil ilación, un delicado argumento que organiza y estructura el pensamiento… Quizás sea esto una suerte de metáfora, un comentario lacónico del viaje espiritual del  autor, que nos revela de esta forma que su intensa búsqueda existencial  asoma a puerto, encuentra  por fin respuestas… La “gigantesca discordia resplandeciente” que, en palabras de Quevedo, es el Universo, no es Caos, aunque la contradicción y las violencias cataclísmicas le sean inherentes. “La verdad”, nos dice Rodríguez, “sería el estado de reposada fortaleza (e integridad) espiritual ante la presencia de la muerte. Es aceptar transformar el hecho de morir en un fenómeno más de la realidad cósmica, de cuya vastedad somos un asombrado espejo.” (p. 119)

Desde luego, no coincido siempre con Francisco. ¿Cómo podría ser de otra manera? Este es un libro personal, que da cuenta de un itinerario espiritual, de la búsqueda de una respuesta más allá de lo puramente intelectual --una respuesta vital, existencial--, a las  preguntas de siempre.  La obra de Francisco Rodríguez es uno de los secretos mejor guardados en nuestra aldea, y sus selectos y entusiastas lectores nos debatimos entre el deseo egoísta de mantenerlo en esta condición que nos hace sentir privilegiados, o compartir con otros el revulsivo fecundo de su pensamiento.

 

 

lunes, febrero 09, 2015

EL POZO



Me asomé a un pozo
Y no supe si era oscuro
o luminoso
No supe si lo que miré en el fondo
era mi reflejo, o si yo era
apenas el reflejo  
de Otro que asomaba lejos.


9 de febrero, 2015

lunes, febrero 02, 2015

Punto ciego

Tal y como existe un punto ciego a la mirada, la muerte se sitúa en un "punto ciego" para la conciencia. La muerte de los otros llega a nuestra conciencia como cualquier dato de los sentidos, pero no le ofrece a ella dato alguno acerca de su propia finitud.  Sin duda, parte del horror que nos infunde la muerte deriva del supuesto absurdo de que la conciencia registrará su extinción y perdurará de alguna forma a ella (¡tan inconcebible nos resulta la extinción!) pero, como han dicho los epicúreos de la antiguedad a hoy, "cuando tú existes, ella no está; cuando ella está, tú no existes..." 

viernes, enero 30, 2015

DOS

No hay mayor soledad que la ignorancia.

            ----o----

El cosmos obra en mí.

jueves, enero 22, 2015

SENTIDO Y SIGNIFICADO

El del significado es un fenómeno cognitivo; el del sentido, un fenómeno vivencial, que interpela a la totalidad de uno mismo, a la totalidad del ser. La creación de sentido consiste en vivir (actuar) de acuerdo con el significado que uno da a las situaciones, a los seres y a las cosas...

lunes, enero 19, 2015

Frente a la melancolía por lo que muere, la alegría por lo que nace...

viernes, enero 02, 2015

GUITARRA

Metal
            madera
                            y piel

Tres reinos de la naturaleza 

y una  
         sola

                vibración

domingo, noviembre 09, 2014

TIEMPO

En el oscuro pozo de la noche,

¿es espuma o son estrellas
lo que brilla?

martes, septiembre 30, 2014

¿Cuánto dura un instante?


Una vida es un conjunto de experiencias, la suma de ellas constituye lo que al cabo llamaremos “mi vida”. Desde luego, esta solo es una perspectiva, una forma de considerar el asunto, otras existen… Nadie puede dar cuenta de su vida (menos aún de la vida de otros), pues el espesor del tiempo, su densidad, resultan ilimitados. ¿Cuánto  dura un instante?  ¿Cuál es el alcance de una experiencia?
No obstante, sabemos que los instantes pasan y que las experiencias se suceden. Tal y como descubrió respecto del espacio Zenón de Elea, un instante puede descomponerse hasta el infinito. Fue así como el memorioso Funes nos  reveló que el relato de una vida tomaría al menos tanto tiempo como vivirla. Y agregaría yo: y aun así quedaría incompleto, pues restaría el relato de la experiencia de morir, el punto final del capítulo o de la novela –sobre el asunto existen opiniones encontradas–.
Por ello comparto la perspectiva de Víctor Frankl y otros pensadores que han puesto de manifiesto que el asunto medular de la existencia humana, es el significado o el sentido que damos a lo que vivimos. No obstante, con ello el asunto se complica pues, con la idea de “significado”, introducimos también la de alguien, un sujeto, que ordena, valora, discrimina e interpreta las experiencias. Mas como anotara Schopenhauer hace más de un siglo, cuando la palabra “hombre” todavía significaba “ser humano”, “un hombre puede hacer lo que quiere, pero no puede querer lo que quiere”. O, parafraseando a Lacan, ¿cómo afirmar “yo quiero” si yo mismo soy efecto o consecuencia del deseo de otros, no solo en el sentido literal (el linaje, la genealogía), sino también, en sentido amplio, producto y efecto de mi época, de mi tiempo histórico? Así resulta que, en tanto sujeto de mi deseo y de mi voluntad, yo no soy yo.
Sea como sea (aún por la ilusión de ser sujetos), afirmamos constantemente: “yo quiero” y  también “no quiero”, “sí” y “no”, las dos palabras más importantes de cuantas existen, como nos enseña Nietzsche en su Zarathustra.
Acaso sería más justo decir, como lo hicieron los filósofos existencialistas a mediados del siglo pasado, que somos un proyecto, un constante hacernos: más que sujetos acabados, somos un camino, una dirección… Puede que seamos efecto del deseo de otros, pero en algún momento, o progresivamente, aceptamos vivir, y con ello el desafío de hacer algo con esto que somos… Eso que poco a poco se afirma y emerge, que se manifiesta ante los otros mediante actos y palabras, y ante nosotros mismos, además, como sentimientos y  pensamientos, eso es lo que somos
Sin embargo, existe una parcela enorme de nuestra experiencia de la que nunca nos constituimos en sujetos, de la que jamás diremos “yo soy eso”, no porque no hayamos elegido esas experiencias (siempre es posible elegir la forma como interpretamos, el sentido que damos, a aquello se nos impone), sino más bien porque algo, alguien, ¿qué?, ¿nosotros mismos?, decide que eso no es relevante y lo excluye de la historia, del relato y de la experiencia significativa: sueños, temores inconfesables, actos reflejos y fallidos y el largo etcétera que Freud y sus amigos han estudiado durante más de un siglo…
A ello debemos agregar todas las experiencias que ignoramos o excluimos porque no logramos interpretarlas de manera satisfactoria. Nuestra capacidad de conceder valor y sentido a lo que vivimos depende, en buena medida, de la existencia de un marco (conceptual y valorativo) que nos permita interpretarlo. Tal es una función de las religiones, los mitos, los sistemas de creencias y de pensamiento, incluyendo el “sentido común” y el pensamiento científico. 
De la misma forma en que solo un pequeño porcentaje del ADN de los genes contiene información relevante para la reproducción, se diría que más del ochenta por ciento de nuestras experiencias son, o al menos parecen, inútiles, en este “ser haciéndonos” que es nuestra historia, la historia de quienes decimos ser.
¿Cómo explorar esa zona constituida por experiencias que hemos descartado por razones diversas, no siempre las mismas? Un relato de las experiencias relegadas por el sujeto, excluidas del sentido, ¿cómo hacerlo? O también: acercarse a la experiencia propia como si fuera de otro, ¿es posible esto?
Cualquier tentativa de entender lo que somos ha de contemplar las dos dimensiones: la que está a la luz, por decirlo de alguna forma, y la de todo lo que hemos descartado porque desquicia nuestra idea de lo que somos, porque no logramos comprenderlo o porque, por algún otro motivo, no tiene cabida en el relato que hemos construido acerca de nosotros mismos.